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EL JARDÍN DE LOS ELÉBOROS
Menelaus Roca se para a contemplar la entrada de la Nueva Imprenta Almarrosa. El arco con motivos japoneses y egipcios. Las doncellas extasiadas de los pilares del dintel. El parpadeo de las farolas hace que las criaturas fantásticas de la entrada cobren vida. Una bandada de murciélagos sale volando. Una medusa vestida con una túnica ondulante señala con una mano de uñas largas el anuncio publicitario que Roca lleva doblado dentro del bolsillo, «CURACIÓN GARANTIZADA». La idea de que el tratamiento de heroína del doctor Sigfrido Moria está relacionado con la droga mencionada por el doctor Fauré y por Max Téller se ha abierto paso en la mente de Menelaus Roca tal como acostumbran a abrirse paso en su mente esa clase de ideas. No como la luz al final de un túnel de conjeturas, sino más bien de esa manera en que una catástrofe natural irrumpe en el orden de las cosas. Borrando todo lo demás. Haciendo que nos olvidemos del hecho mismo de que existía una vida cotidiana antes del desastre.
Dentro de la imprenta hay una docena de trabajadores, fundiendo planchas de grabado en cubas de plomo incandescente. El calor es bestial. Roca le pregunta algo a un operario que tiene la cara cubierta de una pátina de grasa y el hombre señala una escalera que sube al piso de arriba.
En mitad de la escalera, Roca oye los pasos que bajan. Pasos llenos de brío. Un momento más tarde alcanza el rellano al mismo tiempo que el hombre joven que está bajando. Un joven con barba, vestido con levita de color rojo cobalto y pantalones a rayas. Polainas cortas, bombín y cadenilla en la cintura. Un cruce entre maestro de pista circense, marinero de ópera bufa y algo más. Algo ajeno a todo modelo conocido de indumentaria. No un rechazo deliberado a las leyes imperantes de la indumentaria, sino algo situado completamente al margen de las mismas. Como si alguien le hubiera dejado un vestidor a un indio salvaje sin darle más explicación y el indio salvaje se hubiera limitado a coger la ropa que más le apetecía para cada parte del cuerpo.
El encuentro en el rellano solamente dura un segundo. Y durante ese segundo la indumentaria del joven genera ondas concéntricas de desconcierto en la mente de Menelaus Roca. Las ondas todavía no se han apagado cuando llega a lo alto de la escalera. Y ya está a punto de llamar a la puerta del despacho de Aniol Almarrosa, con la mano extendida, cuando su mente consigue olvidarse de la ropa: Menelaus Roca regresa al encuentro del rellano y es repentinamente consciente de lo que la extraña indumentaria no le ha dejado ver.
Que el joven no es un hombre. Su barba es falsa. Una barba postiza y cejas postizas para disimular las facciones suaves y los labios llenos de una mujer. Y no una mujer cualquiera. La Asesina de la Esperanza.
Roca gira sobre sus talones y empieza a bajar las escaleras tan deprisa que se salta un escalón. Su caída tiene elementos de grandiosidad operística combinados con la indignidad bochornosa de un tropezón en cueros. Intenta sin éxito frenar la caída con las manos. Rebota sobre el trasero. Se le engancha un pie en la baranda y se golpea la frente con la pared antes de quedar sentado como un tonto al pie de la escalera. Frotándose el cuerpo dolorido. Todavía acierta a ver cómo la silueta de la mujer gira a la izquierda por debajo del arco egipcio de la imprenta, en dirección a la plaza de Santa Ana.
Bajo el resplandor anaranjado de las farolas, Roca la sigue a través del bullicio de la plaza Nueva. Al llegar a la esquina de la Tapinería, la mujer se gira de repente y lo obliga a esconderse en un portal. Tomando callejuelas laterales, ella bordea la plaza del Ángel en dirección sur. Roca camina cerca de los portales, manteniéndose a dos o tres calles de distancia. El campanario de Santa María del Mar toca las ocho. La mujer se detiene una vez más y Roca consigue a duras penas esconderse y evitar ser visto. Esta vez, sin embargo, cuando sale del portal, la calle está desierta. Mira a su alrededor a través de la nube de su aliento. Se encuentra en algún lugar al sur de la plaza del Ángel, dentro del amplio ángulo formado por la calle Platería y la calle de Jaime I. De noche, el Dosel de Sombras que cubre la ciudad no es exactamente un dosel. No es un paisaje de continentes químicos y mares tenebrosos. Es más bien como si no hubiera cielo. La obliteración misma de la idea de cielo. De noche, la ciudad entera es una enorme habitación iluminada con fanales anaranjados. El exterior se convierte en interior. Al girar por la siguiente bocacalle, divisando por encima de unas tapias anaranjadas la torre anaranjada de la iglesia de San Justo, su presa se le echa encima. Él la agarra de las muñecas y trata de inmovilizarla, pero ella resulta ser más lista. Después de un momento de forcejeo, la mujer le ve las heridas de la cara y le estrella la frente en la nariz partida.
El dolor del impacto es eléctrico. Roca suelta las muñecas de la mujer y por un momento está convencido de que se va a desmayar. Se lleva las manos a la cara y se aleja un par de pasos, dando tumbos. Cuando vuelve a abrir los ojos, su campo de visión se ha llenado de chispas y manchas de colores. La sensación sería como estar dentro de un barril que rueda por una pendiente si el barril estuviera lleno de fuegos artificiales y el suelo también estuviera dando vueltas. A tientas, usando una pared como punto de apoyo, echa a andar. A continuación abre los ojos a medias.
Una figura borrosa corre a lo lejos.
En cuanto se disipa la nube de dolor, Roca continúa su persecución. El lugar donde está parece ser un descampado encajonado entre edificios antiguos, en la ladera sur del monte Táber. A ambos lados hay tapias que delimitan huertos diminutos. Por fin dobla un último recodo y se topa con un muro. Un callejón sin salida. Gira sobre sí mismo y repara en un muro más alto que los demás, distinto de las tapias de piedra seca de las huertas vecinas. El muro de argamasa de una casa señorial, probablemente colindante con San Justo o el Regomir. El muro en sí es imposible de escalar, pero a su lado hay una tapia más pequeña desde la que sí se puede alcanzar. Por allí trepa Roca. Y desde encima del muro contempla por primera vez el Jardín de los Eléboros.
Bajo la luz difusa de la ciudad circundante, el Jardín de los Eléboros es un mundo anaranjado y autocontenido. Un sistema de simetrías radiales en torno a un punto focal. Radios y curvas y arcos de circunferencia intersectados. Una cifra sin correspondencia con la matemática natural. Menelaus Roca se aventura a dar un par de pasos sobre el muro. El centro del sistema lo ocupa una pérgola alta y anaranjada. La superficie reverberante de su cúpula de bronce condensa la luz de la noche entera. Igual que las masas celestes condensan la energía del éter que las rodea. Menelaus Roca piensa en la batería de corriente continua que alimenta el motor de su Pseudorquídea, con su resplandor químico y sus chispazos espasmódicos. Fascinado por los ángulos extraterrestres de la vegetación, tarda un momento en darse cuenta de que lo que está contemplando es una ruina. El cadáver de un jardín. Debe de hacer décadas que lo abandonaron. La simetría persiste solamente en forma de sombras y rastros. Las hierbas y los líquenes han crecido adaptándose al esquema original del jardinero. Los caminos de gravilla ahora son caminos de cardos. Las celosías del emparrado ahora son viveros de ortigas. Y por todas partes, de un extremo a otro del mundo autocontenido, una explosión furiosa de flores blancas de eléboro. Delicadas como copos de nieve. Una nevada al revés.
Encaramado al muro, Roca tarda un momento en recuperarse de su visión. Levanta la vista y contempla la casa. Un caserón antiguo, posiblemente de hace tres o cuatro siglos. Un antiguo palacio de los muchos que todavía ocupan las laderas del monte Táber, apostado en lo alto de un terraplén. Las ventanas entabladas. La fachada trasera infestada de hiedras. Baja la vista y estudia cómo bajar de la tapia. Parece imposible no torcerse un tobillo en el mejor de los casos. Nada indica que la mujer disfrazada haya pasado por ese jardín. Y, sin embargo, a Roca no le cabe ninguna duda. Así que se decanta por saltar. Y se queda rodando un momento en el suelo, sobreponiéndose a los latigazos del dolor.
Desde el nivel del suelo, el Jardín de los Eléboros ya no es una cifra. Las cosas han regresado al orden natural. Roca avanza cojeando por una de las avenidas invadidas de flores blancas que se cruzan en la pérgola. Mientras llega a la construcción central y sube los escalones de mármol, su mente viaja hacia atrás en el tiempo. A la Imprenta Almarrosa. Al encuentro en las escaleras. Y repasa los detalles de dicho encuentro con la misma minuciosidad con que un director de orquesta disecciona una sinfonía. En busca de indicios. Claves de interpretación. Cualquier cosa que pueda explicar la ropa extravagante y la barba postiza y la persecución y este jardín en cuyo centro se encuentra. Su mente ha dejado de operar con la parte con que la mente opera normalmente. La parte que opera ahora es una parte recóndita. Roca se detiene en el centro justo de la pérgola. Los baldosines del suelo dibujan una rosa de los vientos de ocho puntas. Y en el centro de la rosa, en el centro del centro del jardín, hay una trampilla abierta. Roca se agacha para mirar la abertura. El pozo que hay al otro lado de la misma es estrecho y negro. Demasiado estrecho para que Roca se meta por el mismo, aunque un niño o incluso un adulto muy liviano podrían estrujarse en su interior.