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CEBRA CON SACO AMNIÓTICO/LIBERATA

Una hilera de dientecitos asombrosamente blancos, interrumpida a intervalos regulares por franjas negras verticales, desemboca por uno de sus extremos en un caliqueño que muestra señales de haber sido masticado con ansiedad, o tal vez con entusiasmo, durante un rato largo. El mismo patrón vertical tembloroso de luces y de sombras que se proyecta sobre la dentadura del inspector Semproni De Paula recubre también el resto de su fisionomía. Sobre su bigote prolijamente encerado. Sobre su pelo prolijamente pegado al cráneo con fijador. En la intrincada geografía subterránea de barrotes de hierro que son los calabozos de la Jefatura Provincial del Cuerpo de Vigilancia, todas las cosas se convierten en versiones veteadas de sí mismas. Plantado delante de uno de los calabozos, mientras espera a que el guardia le abra la puerta, el inspector expele una bocanada de humo de caliqueño a presión por entre las rendijas de su dentadura asombrosamente blanca. El humo experimenta un primer movimiento de plenitud, una hermosa geografía de vigorosos remolinos blancos veteados, seguido rápidamente de un movimiento de deflación. Allegro seguido de pianissimo. Los barrotes de sombra que por un momento se han materializado en el aire se funden con la penumbra. La puerta del calabozo se abre con un chirrido. La dentadura de Semproni De Paula se expande horizontalmente hasta que amenaza con alcanzar sus orejas diminutas.

Igual que todos los lugares del cosmos donde se aglutina el dolor humano, los calabozos del Cuerpo de Vigilancia hacen que una burbuja de paz increíblemente refrescante estalle en el interior del pecho del inspector. Igual que la cárcel de la Reina Amalia. Igual que el interior de una carga policial con la guardia montada. Lugares que lo reconcilian con el universo. Que hacen que se detenga esa enojosa sensación que tiene a veces el inspector Semproni De Paula de que el mundo entero se está yendo al carajo con la misma decisión y presteza con que un prisionero maniatado, cargado de cadenas y con los bolsillos llenos de piedras se va para el fondo cuando uno lo deja caer suavemente en la superficie del mar.

Encogido en un rincón del calabozo que se acaba de abrir delante del inspector, a la luz temblorosa de la lámpara de aceite que el guardia sostiene por encima de sus cabezas, hay un hombrecillo vestido con unas espardeñas rústicas y una camisa rústica de sirga llena de rasgones. El temblor de la luz de la lámpara hace que tiemblen también las sombras de los barrotes que se proyectan sobre su cara acobardada.

—Levántate, hombre. —El guardia le da un puntapié desganado al hombre en las costillas.

Protegiéndose los ojos del brillo de la lámpara, el hombrecillo se abre paso entre sus compañeros de celda en la dirección que ahora le indica el carcelero. Por entre los barrotes de hierro asoma una espesura mugrienta de brazos flácidos cuyos dedos cuelgan más o menos a la altura de la cabeza de Semproni De Paula. Que está a la altura a que suelen estar las cabezas infantiles. La mayoría de esos brazos pertenecen a prisioneros que han sido relegados a estar pegados a los barrotes por otros prisioneros más fuertes, o bien que han decidido pegarse a los barrotes para alejarse de algo particularmente hediondo que hay en sus celdas, o bien simplemente a prisioneros que están encerrados en celdas tan abarrotadas que no tienen otro sitio donde estar más que pegados a los barrotes. El Cuerpo de Vigilancia, por su parte, es perfectamente consciente del problema de falta de espacio en sus calabozos, y trabaja día y noche para subsanar ese problema: casi a diario salen conserjes del edificio llevando a cuestas sacos ensangrentados y cargándolos en carretas rumbo a algún albañal de las afueras. Con manos y pies asomando por los agujeros de la tela.

El inspector señala al hombrecillo con la punta incandescente de su caliqueño.

—Ahora me vas a contar otra vez lo que pasó la noche del martes —le dice—. Y mejor será que esta vez no te saltes nada, que no estoy de humor.

El prisionero de aspecto rústico se deja caer de rodillas.

—Yo no sé nada de lo que pasó, señoría —dice, lloroso—. Yo no vi nada. Ya se lo he dicho a los señores policías, me confundí. Me equivoqué y ya les he pedido perdón. Por favor, que tengo tres hijos.

Semproni De Paula suspira. Le hace una señal al guardia. El guardia se pone detrás del hortelano y le rodea el cuello con un garrote. Aprieta con todas sus fuerzas. Al hortelano se le pone la cara azul, se le hinchan las venas de la frente hasta que parece que le vayan a explotar y por fin los ojos amenazan con salírsele de las cuencas. El guardia lo deja ir. El hombre cae al suelo, luchando por respirar. Cuando por fin consigue hablar otra vez, le sale un hilo de voz.

—Por favor, señoría —Pausa—. Que tengo tres hijos —Pausa—. Per l’amor de Déu. Que yo solamente quiero marcharme a mi casa y trabajar. No he visto nada y no sé nada.

—Y dale.

Semproni De Paula le hace una señal al guardia para que le entregue su pistola. El inspector carga el arma, la amartilla y apunta al hombre a la cara.

—¿Me lo cuentas o no?

El hombre traga saliva.

—Salí de casa porque el perro estaba nervioso —dice—. Como hay muchos ladrones, me acerqué al huerto a ver quién andaba. Y vi a un hombre con una carreta. Nada más, lo juro. Ni siquiera me acerqué. El hombre se marchó enseguida.

—¿Qué había en la carreta?

—No lo sé.

El inspector baja el cañón de la pistola y dispara. La geografía subterránea de los calabozos genera una explosión centrífuga de réplicas acústicas del estruendo. Desplomado en el suelo, el hombrecillo se agarra la pierna herida y se retuerce en ángulos complejos. Por un momento, y debido al patrón de franjas blancas y negras que se proyecta sobre todo, sus movimientos irregulares hacen pensar en una cebra que forcejea con su bolsa amniótica en el suelo después de salir del canal de nacimiento.

—¿Qué había en la carreta? —repite el inspector.

—¡Un muerto! —dice el hombre con voz estrangulada.

—Bien. Un muerto. ¿Cómo estaba el muerto?

—No lo vi bien. Todo lleno de sangre.

—El hombre que conducía la carreta, ¿cómo era?

—Muy grande. Por favor, señor, que em moro.

—¿Cómo era?

—Grandullón, con la cabeza rapada. Muy blanco de cara.

—¿Quién iba con él?

—¿Eh?

—Dale una patada.

El guardia le da varias patadas al prisionero.

—¿Quién iba con él?

—¡No lo sé! ¡Yo no vi a nadie!

—¿Un hombre joven, con barba larga?

—¡No lo sé! ¡Yo creo que iba solo! ¡Estaba muy oscuro!

—¿Y te dijo para qué quería el cuerpo?

—¡No me dijo nada! ¡Y no iba con nadie! ¡Lo juro!

De Paula piensa un momento.

—Bueno, te creo. —Mira al guardia—. Mátalo ya. Pero usa eso, collons. Ya nos ha hecho perder una bala.

El guardia estrangula con el garrote al hombrecillo, que se pone a patalear. De Paula está saliendo de la celda por entre docenas de brazos colgantes cuando ve llegar por entre los calabozos a la versión veteada de Blai Boamorte, que camina arrastrando del brazo a una criatura escuálida y greñuda. La criatura lleva colgado del pecho un tablón con algo escrito. La mirada del inspector va de su subordinado a la criatura. Parece ser una criatura de tipo femenino, más bien por exclusión de otros tipos, aunque De Paula ha visto pocas manifestaciones tan degradadas de la forma femenina. De Paula la mira de esa forma en que los hombres miran a menudo a las mujeres que carecen de ninguna clase de atractivo sexual: no exactamente como si no debieran estar ahí, sino casi como si ya hubieran empezado a no estar ahí.

—La he encontrado mendigando en la calle de Trentaclaus —gruñe Boamorte—. Llevaba esto.

Señala el tablón que cuelga de una cuerda del cuello de la mujer:

BIENAVENTURADOS LOS QUE

ESPERAN EN SILENCIO QUE

LLEGUE EL REINO DE JEHOVÁ.

LAMENTACIONES 3,26.

El inspector le agarra la barbilla a la criatura y la obliga a levantar la cara. Los labios descarnados se retraen para enseñarle un colmillo amarillo a modo de amenaza. La piel a franjas blancas y negras se tensa sobre los huesos faciales. Por un momento parece que la mujer esté gruñendo, y sin embargo de su garganta no sale ningún ruido. El efecto es extraño. Como un animal que imita a una persona que imita a un animal. Y en ese momento, un destello de reconocimiento ilumina los ojos de Semproni De Paula.

Él ha visto a esa criatura antes.

Es la chavala del Trasgo. La muda que vive con él.