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EL MURO DE LA ALEGRÍA
Mientras ve acercarse el Carruaje de la Medianoche entre la niebla de la calle de San Pablo, con su linterna meciéndose en el pescante, el soldado intenta devolver algo de vida a sus pies congelados. Ha llovido todo el día y al alejarse las nubes se ha abatido un frío mortal sobre la ciudad. Los canales de riego se han congelado. El Riego Condal se ha helado a su paso por las Balsas de San Pedro. En la guarnición de San Pablo, los soldados de guardia se refugian en sus casetas, al abrigo de las llamas azules del queroseno, o bien caminan de arriba para abajo, soplándose nubes de vapor en las manos enguantadas. Frente a las cancelas, el soldado da un trago de una botella de aguardiente que los centinelas tienen escondida entre unas piedras y sale a la calle para recibir al carruaje.
El Carruaje de la Medianoche ya se ha integrado en la rutina invernal de la guarnición. Empezó a venir en noviembre, y aunque al principio solamente visitaba el cuartel una vez por semana, ahora ya son tres o cuatro las noches en que aparece, siempre a la misma hora. Plantado en medio de la calle, con el fusil al hombro, el soldado espera a que el cochero tire de las riendas para agarrar a uno de los caballos del ronzal. La respiración de los caballos forma espesas nubes que se arremolinan bajo la luz amarilla de la linterna. A continuación, el soldado despliega la escalerilla del carruaje. Abre la portezuela y espera a que baje su ocupante.
Vista a través de la niebla y de los ojos alcoholizados del soldado, Remei De Paula es un ser de otro mundo. La amante del capitán Lombardo no pertenece a la misma esfera de existencia que las demás mujeres que el soldado conoce. No por el hecho de ser más hermosa ni más elegante. Ni siquiera por el hecho de cruzar la ciudad a medianoche como un ladrón para entregar su cuerpo a un hombre que no es su marido. Es algo más difícil de explicar. Algo que inunda los sentidos y lo paraliza a uno. La diferencia entre las mujeres corrientes y Remei De Paula viene a ser como la diferencia que hay entre una tormenta en las calles de la ciudad y una tormenta en pleno océano.
Ahora Remei De Paula espera a que el soldado abra las cancelas del cuartel. El abrigo de pieles blanco que lleva parece tan suave al tacto como el algodón en rama. Sobre su frente pálida resplandece una diadema. La forma en que espera es como si en realidad no estuviera esperando. Como si simplemente estuviera allí porque es el lugar que le corresponde en el orden de las cosas. El soldado descuelga una de las linternas y echa a andar hacia la Casa del Abad, seguido de cerca por el suave crujido de los pasos de ella sobre la grava.
De las ventanas iluminadas de la Casa del Abad sale el estruendo de los valses. Desde que asignaron al capitán Lombardo a la guarnición de San Pablo, todas las noches hay luces y música hasta el amanecer en la casa de oficiales del destacamento de infantería, instalada en la antigua Casa del Abad. El perímetro del cuartel coincide con el del antiguo monasterio de San Pablo del Campo: al este la iglesia; en el centro el claustro, la Sala Capitular y la Casa del Abad; al sur los refectorios, los almacenes y el dormitorio. Por fin el soldado se detiene ante la puerta del vetusto torreón de piedra. Da varios golpes con la aldaba y se aparta a un lado. Es posible que Remei De Paula le haya dado las buenas noches en voz baja antes de desaparecer en el interior y es posible que no. El soldado no está seguro. Durante el segundo o dos que la puerta permanece abierta, lo envuelve el estruendo de la música.
Con el rabillo del ojo se aventura a echar un vistazo fugaz al vestíbulo. Oficiales con uniformes de gala sosteniendo copas de brandy. Justo antes de que las puertas se cierren en su cara, el soldado tiene la impresión confusa de haber visto a un oficial subido a espaldas de otro y a una mujer que llevaba algo parecido a un zorro echado sobre los hombros como si fuera una estola.
Y después, nada. El soldado se queda plantado en los escalones de la Casa del Abad, a oscuras, con el fusil echado al hombro. Con la noche helada como una boca abierta gigantesca detrás de su espalda.
Cinco minutos más tarde, el soldado ha encontrado quien lo releve y se aleja de las cancelas en dirección a los huertos del cuartel. Es en esa dirección donde se levanta el Muro de la Alegría. Una vieja institución en el cuartel de San Pablo. Convenientemente situado lejos de las fogatas azules de queroseno que los soldados encienden para calentarse. Convenientemente situado lejos de las linternas de las casetas de guardia y de las ventanas iluminadas de la Casa del Abad. Entre tapias bajas y caminos de cabras. El Muro de la Alegría es muy antiguo. Mucho más antiguo que la guarnición. Una tapia de piedra seca que servía de muro trasero de un antiguo cementerio. Según las malas lenguas, fueron los frailes del monasterio quienes le dieron su uso actual. En noches normales, los soldados lo usan para llevar allí a mujeres y copular rápidamente con la espalda contra el muro, o bien sobre una manta echada en el suelo. En las noches heladas como la presente, sin embargo, las calles están vacías de esa clase de mujeres. Los soldados van allí para masturbarse contra las piedras vetustas. Y es eso precisamente lo que está haciendo el soldado, invocando la imagen fabulosa de la amante del capitán, cuando ve las luces.
En el invierno del Año del Señor de 1877, en la ciudad de Barcelona, no hace falta ser supersticioso. El Asesino de la Esperanza ha convertido la ciudad entera en su dominio. No hay periódico ni novela por entregas que no hable de los crímenes. Nadie se libra de la sospecha. Los artículos de la prensa apuntan a los anarquistas, a los despojos del ejército carlista, a los invertidos, a la Liga del Orden Social, a los vestigios del Partido Autoritario. Las calles se vacían después del anochecer. Los hombres son llevados a los calabozos del Cuerpo de Vigilancia y ya no vuelven a salir. Han regresado los cuentos de aparecidos. En las parroquias, los curas hablan de la Divina Retribución. Del Fin de los Tiempos. De la parousia. Es por todo eso quizás que el soldado, plantado frente al Muro de la Alegría, se limita a quedarse plantado ante las luces. Transfigurado. A duras penas se acuerda de volver a meterse el miembro en los pantalones antes de salir de su escondite.
Las luces son muy débiles. A ratos parece que haya dos o tres y otras veces parece que sean más. Flotan a un metro o dos por encima del suelo, al otro lado del muro. El soldado camina con cautela. La tierra del descampado está helada y obliga a buscar puntos de apoyo con las botas. Más adelante las suelas se le hunden en la tierra reblandecida. Con movimientos lentos, se descuelga el fusil del hombro y le encaja la bayoneta. Un grito se le ahoga en la garganta cuando algo a la vez blando y áspero le golpea la cara. La rama de un árbol. Y cuando mueve el brazo para apartarla, una de las luces aparece de golpe ante él.
Y entonces lo ve.
Delante de él hay una niña muerta, con la cara blanca y abotargada, envuelta en una mortaja negra. La niña está de pie, con una vela en la mano, mirándolo fijamente. Lo más extraño de todo es la cara con que la niña muerta lo está mirando. No es la cara lastimera con que el soldado imagina que las apariciones deben de mirar a los vivos. Es más bien una cara de fastidio. Como ese mohín que ponen los niños cuando un adulto intenta disipar alguna elaborada fantasía infantil. La niña lo mira un momento y suelta una palabrota por lo bajo. La llama de la vela se inclina bruscamente a un lado antes de apagarse con un chisporroteo, y el soldado comprende que la aparecida la ha apagado de un soplido.
El soldado sigue caminando, confuso. Atraído por las luces. Varios pasos más adelante se topa con otros dos niños fantasmales. Vestidos con ropa de otras épocas. Los niños lo miran y se alejan en silencio. Hay velas por el suelo, hundidas en el barro. Y todavía más adelante, el soldado ve por fin algo que no le suscita ninguna duda acerca de qué es lo que está viendo. Hay un cuerpo tirado en el barro. Un cadáver. Está abierto en canal, de la garganta a la entrepierna. Hay vísceras por todas partes. Y en medio de todo, con la cara hundida en el vientre del muerto, o en el agujero donde antes estaba el vientre, un niñito pequeño. De unos cinco años. Al oír sus pasos, el niño saca la cabeza de la herida gigantesca y se queda mirando al soldado con la cara embadurnada de sangre. Un trozo de víscera le asoma de la boquita. Sin dejar de masticar.
El niño se está comiendo al cadáver.
El soldado no es consciente de haber disparado hasta que el olor a pólvora le llena las narices y el extraño silencio líquido que le ha llenado la cabeza se convierte en un pitido. Entonces tira el fusil y echa a correr.