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LAS CONSTELACIONES SE MUEVEN

Uno a uno, los distintos movimientos de las estrellas por la esfera celeste se van convirtiendo en variables en los diarios científicos del doctor Menelaus Roca. La rotación de las estrellas respecto a la triple referencia del cenit, el polo norte celeste y el ecuador celeste. Los movimientos retrógrados de los planetas. Los cambios estacionales causados por la traslación. Y, por supuesto, la deriva de la precesión, que va reorganizando el mapa celeste con los años. La falta de instrumental no es más que uno de los problemas que Roca tiene que afrontar. Desde su celda ve un sector celeste minúsculo. Si lo dejaran asomarse a otra ventana del edificio ya habría una variación mínima de coordenadas, pero encerrado como está no puede hacer ningún paralaje. Y tampoco tiene cartas celestes. Todo lo tiene que hacer de memoria. Sentado a su escritorio a la luz de la vela, con su manta echada sobre los hombros, contempla las casillas vacías de la tabla que ha ido dibujando. Los datos observacionales lo rehúyen como si fueran pececillos y él un niño que los intenta pescar con las manos. Y, por supuesto, está la cuestión del Dosel de Sombras. Roca solamente consigue avistar algún cuerpo celeste en los momentos en que alguna ráfaga de viento abre una rasgadura en el telón de humos químicos. A juzgar por la luz desvaída que se cuela por el ventanuco, no debe de ser más que media tarde cuando un traqueteo en la cerradura lo alerta de que alguien está a punto de entrar. Roca cierra atropelladamente el cuaderno y se mete debajo del escritorio. La puerta se abre y la luz inunda el interior. Los escarabajos salen corriendo en todas direcciones.

Desde el refugio donde está encogido, con las rodillas pegadas al pecho, lo único que puede ver es una sombra con abrigo y sombrero que se proyecta sobre las losas del suelo. Y algo más entra en la celda: un olor tan extraño en la cárcel que Roca tarda un momento en entender de qué se trata. Colonia de hombre. La primera que huele en siete años. Si lo que hubiera entrado en la celda fuera una cebra, la aparición no habría resultado más exótica.

El hombre perfumado entra en la celda con pasitos cortos. Se detiene frente al sitio donde Roca está encogido bajo el escritorio y da un par de golpes en el suelo con la punta del zapato.

Sin dejar tiempo para que el otro reaccione, el doctor Menelaus Roca se le tira contra las piernas, usando todo su peso para desequilibrarlo. Y no resulta difícil. De hecho, sucede lo contrario. El recién llegado resulta ser tan liviano que Roca no puede controlar su impulso y los dos ruedan por el suelo, envueltos en la manta piojosa. Un porrazo metálico informa a Roca de que el otro se ha golpeado la cabeza contra el costado de hierro del camastro. Aprovechando la confusión, agarra por el pelo la cabeza perfumada y trata de usarla como escudo, pero en ese momento una mano le atrapa el tobillo y la porra del carcelero se le clava en el estómago.

—¡Trasgo, suéltame, me cago en la Virgen! —grita el hombre perfumado, con una voz que hace que el doctor Roca se quede de piedra. Una voz del pasado.

Todavía envuelto en su manta, el doctor Roca se suelta de las manos del carcelero y se arrastra de vuelta a su refugio. Al cabo de un momento el inspector provincial Semproni De Paula se incorpora como puede, sacudiéndose con las manos el traje blanco arrugado. En medio del pelo que siempre lleva encerado y escrupulosamente pegado al cráneo le acaba de brotar una especie de palmera de mechones acartonados y revueltos. Trata de aplastarse nuevamente los mechones despeinados contra la cabeza y se mira los dedos manchados de sangre con el ceño fruncido.

—Cierren la puerta —les dice a los carceleros—. Es la luz lo que lo pone violento. Cierren la puerta y déjennos solos.

La puerta de la celda retumba al cerrarse. Los dos hombres se quedan solos a la luz del cabo de vela. El uno todavía mareado por el golpe, aplicándose un pañuelo a la herida que tiene en la cabeza. El otro encogido debajo del escritorio, con el cuerpo panzudo retorcido de forma milagrosa debajo del escritorio, con una pericia que solamente puede dar el hecho de haberse encajado miles de veces en ese mismo espacio insuficiente. Un contorsionista forzoso. Un escapista a la inversa.

—¿Capitán? —Roca asoma los ojos por entre los pliegues de la manta—, ¿Capitán De Paula?

—Ahora soy inspector provincial.

El inspector se presiona el pañuelo contra la herida mientras se acerca al escritorio. Se quita un guante, coge del escritorio el cuaderno que Roca ha cerrado apresuradamente antes de esconderse y lo abre.

Las diez o doce primeras páginas están cubiertas de dibujos de lo que parece ser la disección de una rata. La rata despatarrada boca arriba, con el vientre abierto y el árbol de órganos a la vista. Con las dos mitades del pellejo del vientre estiradas y clavadas a los lados del animal. La garganta seccionada para poner al descubierto la laringotráquea y los pulmones. Y una serie de vistas y secciones laterales y frontales del cerebro: los brazos del telencéfalo rodeando la masa esponjosa del hipocampo, parecida a un bocado de comida masticado y escupido, y el hipotálamo diminuto, parecido a un fruto seco pequeño y arrugado. Y de pronto, en mitad del cuaderno, una masa impenetrable de cálculos trigonométricos, garabateada con letra tan minúscula y apretada que parece imposible descifrarla sin microscopio. Alternada con una sucesión de cartas celestes, con distintas disposiciones organizadas según las estaciones del año.

—¿Qué collons es esto? —dice Semproni De Paula, sosteniendo el cuaderno con las puntas de los dedos. Como si lo acabara de sacar del fondo de una letrina.

El doctor Menelaus Roca carraspea.

—En la madrugada de ayer registré una variación significativa en la carta celeste —dice con voz ronca. La voz de alguien que ha perdido el hábito de hablar.

Por primera vez desde que ha entrado en la celda, el inspector se agacha para mirar a Roca.

—¿Eso es lo que has estado haciendo todo este tiempo? —le dice—. ¿Mirando las estrellas por la ventana?

Roca se encoge de hombros.

—He registrado una variación significativa —dice—, hace unas doce horas. Simplemente no sé qué significa.

Semproni De Paula se sube a la silla de madera y levanta el paño que cubre el ventanuco para asomarse afuera. Si se pone de puntillas y mira hacia abajo, puede ver las célebres cuadras de la cárcel de la Reina Amalia, las jaulas al aire libre donde la mayoría de los reclusos pasa el tiempo, hombres mezclados con niños y con ancianos, todos apelotonados en unas jaulas donde la falta de espacio para moverse no impide las puñaladas continuas y las reyertas. Contempla las caras consumidas. Las señales de las palizas en todos ellos. Semproni De Paula siempre siente una punzada de orgullo cuando visita esta cárcel: es la prueba gratificante de que la casa de la ley tiene unos cimientos sólidos. La Cárcel Nacional de la Reina Amalia es la única pieza que sigue en pie de ese edificio cósmico demolido que es la ciudad. La piedra basal de la sociedad. El único lugar que consigue levantarle el ánimo cuando su mujer y el mundo se conjuran para enfurecerlo.

—Dicen que ya no estás loco —dice De Paula, bajándose con cuidado de la silla—. ¿Es verdad?

Bajo el escritorio, Roca frunce el ceño.

—Me envenenaron, capitán —dice—. La locura desapareció a la semana de estar aquí encerrado. Del todo.

—No te envenenó nadie —dice el inspector—. Es eso tuyo con la luz. No se puede vivir sin ver la luz del sol, no es bueno para la cabeza. Eso es lo que te pasó.

Roca acepta el caliqueño que le ofrece su antiguo superior.

Fas goig, Trasgo —dice De Paula—. Se te ve bien, se nota que te han cuidado. Y este sitio es prácticamente una habitación de hotel. —Hace un gesto vago en dirección a la celda—. Quería venir en persona para asegurarme de que te estaban tratando bien. Cuando te traje aquí insistí mucho en que te dieran un trato especial. Ya sabía yo que no podías estar loco del todo.

Los dos hombres se entregan a la tarea de encender los cigarros.

—Hay un médico en la ciudad que lleva treinta años estudiando los venenos —dice por fin el doctor Roca—, fue profesor mío. Se llama Fauré. Es el único que me puede decir lo que me pasó, si es que todavía vive. —Hace una pausa y traga saliva. Parece que le cuesta preguntar lo que pregunta a continuación—. ¿Cuánto tiempo llevo aquí dentro?

—Siete años, Trasgo. Estamos en mil ochocientos setenta y siete.

Roca asiente con la cabeza. Da una calada a su cigarro y se queda mirando la brasa de la punta mientras expulsa el humo.

—Te han restaurado los privilegios —dice De Paula—. No sé por cuánto tiempo, pero en la jefatura dicen que ya no eres peligroso. El jefe político es otro, claro. Ha habido varios desde que te fuiste. Pero ahora te necesitan. Ha habido un par de crímenes muy feos. O sea que coge lo que necesites. —Hace un gesto en dirección a la mesa y los libros—. Todo está listo. Los documentos, el coche en la puerta, todo.

Roca suelta otra bocanada de humo, todavía encogido bajo la mesa, envuelto en su manta. Por fin levanta la vista hacia el diminuto inspector.

—¿Y adónde voy a ir? —dice.

De Paula se lo queda mirando, con una mueca de perplejidad divertida.

—¿Que adónde vas a ir? —dice—. ¿Y a mí qué me cuentas? A tu casa, me imagino.