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LAS SOMBRAS DE DEBAJO DEL DOSEL DE SOMBRAS
Las gestiones de Semproni De Paula para conseguir que alguien le traiga el desayuno se han materializado en forma de un saco humeante lleno de panes recién horneados y de un queso envuelto en un paño que sostiene uno de los agentes uniformados junto a las casetas de los baños de San Beltrán. De la longaniza, ni rastro. Las casetas de los baños están cerradas, como corresponde a un lunes helado de enero, y su perímetro rodeado de cadenas oxidadas. Tampoco hay bañistas, ni paseantes, ni ninguna de las otras especies que uno suele asociar con una playa. A primera hora de la mañana, la playa de San Beltrán está vacía de todo lo que no sea basura y los perros que se dedican a comérsela. Perros en distintos grados de despojamiento de su dignidad de perros. Perros sin dientes, o bien con muñones en lugar de orejas, colas o patas. Perros que defecan entre aullidos de dolor y luego se comen sus excrementos humeantes.
Semproni De Paula y Blai Boamorte están a poca distancia de donde rompen las olas, aguantándose los sombreros con la mano para evitar que la brisa del mar los haga volar. Boamorte se lo aguanta con la mano derecha y De Paula con la izquierda, codo con codo. Perfectamente simétricos y grotescamente dispares en tamaño. Con los ojos fruncidos para distinguir mejor el cadáver de la segunda víctima bajo las sombras de debajo del Dosel de Sombras de Barcelona. Con ellos hay media docena de agentes de uniforme, formando un cordón alrededor de Nanet.
—¿Qué es eso? —dice De Paula. Señala con la cabeza la soga que rodea a la víctima—. La cuerda esa.
—¿Cuerda? —dice Nanet—. No es una cuerda.
Nanet está en cuclillas, con su delantal de cuero negro y fumando un cigarrillo con sus guantes de caucho. Hay muchas cosas que resultan desagradables de Nanet a primera vista, y sin embargo ninguna lo es tanto como las cosas desagradables que se descubren en él después de un minuto de conversación. Su pulcritud, por ejemplo. Esa forma de ir extremadamente pulcro y perfumado que en los hombres de mediana edad resulta más repulsiva que si fueran sucios. O la parsimonia con que se recoge el pelo con una redecilla elástica y procede a enfundarse distintas partes del cuerpo en distintas fundas profilácticas.
—No es una cuerda —repite Boamorte, insuflándole un asomo de vida a la máscara de su cara—. Son sus tripas.
En ese momento uno de los policías de uniforme resbala sobre los guijarros de la playa y cae de costado encima de una lazada de tripas de la víctima. Nadie dice nada mientras el policía se levanta y se sacude el uniforme dándose palmadas nerviosas. Tampoco nadie alude al hecho de que hay varias vueltas de tripas alrededor de la segunda víctima del Asesino de la Esperanza. Que es una mujer.
—La han matado dándole con algo en la cabeza —está diciendo Nanet—. Con un ladrillo, posiblemente. Igual que al otro. También le han atado las muñecas con alambre. Igual que al otro. Y la han matado en otro sitio, bastante lejos, parece, igual que al otro, porque el cuerpo está todo golpeado y raspado de arrastrarlo. —El guante de caucho se extiende para señalar un rastro que discurre por la arena—. Todavía se ve por dónde la han traído.
De Paula sigue con la mirada el rastro en dirección a la ciudad, al portal de Santa Madrona, el baluarte y la mole oscura de las Atarazanas, ya casi tapada por los edificios nuevos que han brotado sobre los antiguos huertos de extramuros. Una composición de sombras, con los contrastes dramáticamente rebajados. No es que el cielo haya amanecido gris sobre la ciudad en que se ha convertido Barcelona, aunque hace muchos meses que no hay día en que el cielo no amanezca gris. Es que el cielo de Barcelona ha desaparecido, literalmente. En su lugar está suspendido el Dosel de Sombras. Una bóveda baja de humos negros y arremolinados. Los humos de un millar de chimeneas que nunca se apagan. Las chimeneas de Gracia, del Pueblo Seco y del Besós, del Fuerte Pío, de la Laguna y del Pueblo Nuevo, ardiendo día y noche. Con sus columnas de humo congregándose a una legua por encima de los tejados. Una geografía de nubarrones químicos, que convierten todos los colores en variaciones del mismo gris químico. Y a través de ese humo, el sol únicamente asoma en forma de resplandor enfermo. Una degradación periódica del negro al gris oscuro que es lo único que queda del ciclo circadiano en Barcelona.
—¿Podemos comer ya? —dice Nanet, incorporándose y sacudiéndose el delantal de cuero con gesto distraído—. Con todo esto, ya llevo una hora levantado.
De Paula le hace una señal al agente que custodia el pan y el queso.
—Nosotros venimos de sofocar un disturbio —dice—. Una mujer que levitaba y curaba las llagas. Menos las de ella, claro.
—¿Curaba las llagas? —Nanet levanta las cejas.
—Los vecinos llevaban meses poniéndole velas —dice Boamorte—. Dicen que convirtió una garrafa de vino en agua de rosas.
—¿Y eso para qué? —Nanet parece genuinamente perplejo.
Los agentes se congregan en torno al saco del pan y sacan sus navajas. Todo el mundo se sirve rebanadas de pan y trozos de queso. Mastican en silencio, con nubecillas de vapor saliéndoles de las bocas.
—Menos mal que nadie ha traído longaniza —dice uno, señalando con la cabeza la soga de tripas que hay sobre las piedras.
En ese momento aparece una pareja de agentes trayendo a un hombre maniatado. Al hombre le tiemblan demasiado las piernas para aguantarse de pie, de manera que cuando le sueltan los brazos se desploma sobre las piedras. Lleva la barba cubierta de sangre y mocos. De Paula y Boamorte se lo quedan mirando, sin dejar de masticar. Desde la distancia de las casetas de baños, los perros contemplan al hombre maniatado con el pelo del lomo erizado. Con los muñones enhiestos. Enseñando las encías enfermas. Como si el hombre ya hubiera iniciado su transición a la condición de carroña comestible.
—¿Y éste quién es? —dice De Paula, cortando otro trozo de queso.
—Un sospechoso, señor inspector —dice uno de los agentes, cuadrándose.
—Lo hemos cogido merodeando por la playa, señor inspector —dice el otro—. Iba armado, con arma blanca. Ya ha confesado, señor.
De Paula mira al hombre que ahora está de rodillas. Aunque la boina le tapa la cara, se ve que está llorando por los espasmos que le sacuden los hombros.
—¿Has confesado? —le pregunta el inspector—. Contesta.
El detenido levanta los ojos.
—No, señoría —dice—. Yo no he hecho nada. Me han prendido en la cantina.
Uno de los agentes le da un golpe en el costado de la cabeza y el sospechoso vuelve a caer sobre los guijarros. Allí se queda tumbado un momento, recuperando el aliento. Bajo la luz plana y difusa del Dosel de Sombras, ninguno de los presentes proyecta ninguna sombra sobre la arena de la playa.
—Que firme una confesión —dice De Paula por fin—, y encerradlo en la jefatura. Esta tarde lo hacemos público.
—¡No, señoría! —gime el sospechoso, con un hilo de mocos cayéndole de la nariz—. Yo no he hecho daño a nadie nunca. Dígales que no me peguen más, señoría.
—Hacedlo callar —dice De Paula—. Lo van a oír todos los vecinos, joder.
Se produce un forcejeo. Uno de los agentes uniformados mantiene agarrado al hombre esposado mientras el otro lo golpea en la cabeza con la porra. Un par de gotas de sangre salpican el traje blanco de De Paula, que chasquea la lengua. El detenido cae de lado sobre las piedras, con un hilo de sangre saliéndole de la oreja.
Nanet se acerca al cuerpo y se arrodilla a su lado. Se quita uno de los guantes de caucho y le pone los dedos en el cuello al detenido, buscando el pulso.
—Os lo habéis cargado —le comunica a los agentes. Luego se gira hacia De Paula—. Se lo han cargado. Nos hemos quedado sin sospechoso.
Uno de los policías resbala otra vez sobre las piedras y cae sobre las tripas de la segunda víctima del Asesino de la Esperanza.