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DE HUMANI CORPORIS FABRICA

El destino de la electricidad animal en los minutos posteriores a la muerte es una de las cuestiones cruciales para dilucidar la veracidad de la Hipótesis de la Araña Basal. Y de todas las investigaciones científicas del doctor Menelaus Roca, la Hipótesis de la Araña Basal es la que más horas de trabajo y de escritura le ha ocupado nunca: la piedra angular de sus trabajos en el terreno de la frenología. Su obra magna y la razón de su descrédito. Mitad organismo y mitad animal, distinto a cualquier otro ente natural, la Araña Basal es la única explicación plausible de la vida y la muerte. Frente a la controversia de la electricidad animal, la Araña Basal llena las lagunas de la neurociencia. Si el tejido en reposo es isoeléctrico, y por tanto incapaz de generar electricidad animal, entonces hace falta algo que explique por qué el cuerpo inmóvil no se apaga y muere. Hace falta un origen para la electricidad que equivale a la vida, un cuerpo generador, un motor inmóvil. La Araña Basal, sin embargo, es lo bastante esquiva como para haber burlado durante milenios al ojo de la ciencia. Como Roca intentó explicar muchas veces ante una audiencia de colegas escépticos, desaparece en los minutos previos a la extinción de la vida que la soporta. Igual que un parásito, vive dentro del huésped y goza de movilidad. E igual que un órgano, ejerce una función de generación de impulsos que alimenta directamente el encéfalo y lo mantiene activo. Su naturaleza híbrida le permite desplazarse mediante los propios impulsos que genera, tan pequeña que apenas es visible al ojo humano y sin embargo capaz de tender largos brazos sinápticos. Una mota rosada que viaja por entre los tejidos, bajo la piel y entre los músculos, a veces alojándose en un órgano y prefiriendo asentarse entre el cerebelo y el nacimiento de la médula espinal. Menelaus Roca jamás ha visto la Araña Basal. Jamás ha encontrado restos de la misma ni siquiera en cadáveres recientes. Su disolución debe de ser casi inmediata en las secreciones previas a la muerte cerebral. Sin embargo, no hay duda de que existe: es la única explicación posible. Es el eslabón perdido de la cadena de la vida. La pieza perdida del rompecabezas. Alguna vez cree haberla hecho reaccionar aplicando electricidad galvánica o farádica. Para encontrarla, se pasó diez años construyendo la máquina más fabulosa creada por la ciencia moderna.

La Pseudorquídea.

En medio de un triángulo de lámparas de aceite, bajo las vigas colosales del Museum Clausum, Roca despliega sobre la mesa una colección de frascos sellados. Nuez vómica. Ricino y cicuta. Beleño y belladona. Nunca había deseado tanto tener un cerebro para diseccionarlo. Del funcionamiento de los venenos enloquecedores en el cerebro se sabe tan poco como de la misma electricidad animal, aunque ahora, mientras comprueba las etiquetas de los frascos y los ordena en la mesa, Roca no considera ambas cuestiones como problemas distintos. La solución de uno le aportará la solución del otro. Se sabe, por ejemplo, que la mayoría de las drogas enloquecedoras producen alteraciones funcionales en el hipocampo. El hogar de la memoria y los sentimientos. Se sabe que las alteraciones producidas por drogas son en esencia análogas a las alteraciones producidas en el cerebro por la luz y la oscuridad. Usando una escalera de mano para alcanzar un estante alto, baja su ejemplar del De humani corporis fabrica de Vesalio y lo coloca sobre la mesa con cuidado. Se trata de la segunda edición en gran formato, de 1555. Lo abre directamente por el libro séptimo, el dedicado al cerebro. Esta vez no busca al habitante del órgano a cuyo estudio ha dedicado su vida. Esta vez busca a un intruso. Al atacante.

Pasando páginas, le da vueltas a esta idea. Un asaltante, buscando una vía de entrada. Pasando una uña amarilla y larga sobre los renglones del papel mohoso, relee una serie de pasajes. El libro de Vesalio está construido sobre la metáfora arquitectónica. El cuerpo es una casa. Un edificio inmenso y laberíntico. Provisto de entradas fastuosas para el público, pero también de puertas secretas y pasadizos prohibidos. Y con la yema del dedo todavía pegada a la página de Vesalio, Roca levanta de repente la cabeza. Con esa expresión parecida a la expresión de haber oído algo de quien acaba de tener una idea sorprendente. En sus registros iniciales de la casa, a Menelaus Roca le ha bastado un examen de la cerradura y de los detritos que cubren la escalera para certificar que Liberata sigue frecuentando la casa pero no está usando la puerta para entrar y salir. Ahora, sin molestarse en cerrar el libro ni en devolverlo a su sitio, Roca sale a la calle armado con una lámpara y una vara de medir y se pone a examinar las paredes exteriores de su casa. La vida entera de Liberata ha sido un ejercicio de sigilo. Un acercamiento concienzudo a la invisibilidad. Al cabo de unos minutos Roca encuentra un agujero que comunica la pared de la cocina con un pasadizo encharcado, poco más que una cámara de aire entre dos casas de vecinos del callejón de Picalqués. Acerca la lámpara al boquete: es imposible que lo haya abierto Liberata con sus brazos escuálidos. Lo más probable es que el fuego del horno y el hierro recalentado hayan debilitado la pared de atrás y la humedad y el abandono hayan hecho el resto. Hecho el descubrimiento, vuelve a casa. Pone una silla en la cocina y se sienta con una bolsa de picadura de tabaco. El tiempo no es problema. Puede esperar todo lo que haga falta. Los años pasados en la cárcel han terminado de templar un temperamento paciente, que ya antes era capaz de pasarse días enteros esperando la emergencia de algún fenómeno natural. Esta vez, sin embargo, no le hace falta esperar más que una hora.

Al cabo de ese tiempo, la puerta del horno se abre desde dentro.

Con movimientos incómodos y encajonados, y al mismo tiempo con la fluidez de quien repite una maniobra practicada cientos de veces, asoman del horno primero las manos de Liberata, agarrándose a los bordes de la portezuela, a continuación sus brazos flacos y morenos y por fin la cabeza.

Antes de que ella lo vea, Roca tiene ocasión de contemplarla. En los siete años que él ha pasado encerrado, Liberata se ha convertido en otra sin que ninguno de sus rasgos individuales se haya alterado de forma patente. El cuerpo flaco y la piel morena son los mismos. Los ojos negros y la melena grasienta son los mismos. Hasta el vestido de algodón y el abrigo remendado parecen ser versiones casi idénticas de la ropa con que Roca la recuerda. Más que por los cambios tangibles, la apariencia de Liberata parece marcada por la desaparición de elementos intangibles. Entre los trece años que debía de tener cuando a él lo apresaron, y los veinte que debe de tener ahora, su cara ha perdido toda apariencia infantil. Pese a seguir igual de flacos, sus brazos han dejado de parecer débiles. La mueca con que ahora forcejea para salir del horno es una mueca de determinación furiosa que Roca no recuerda haber visto nunca en ella. Después de sacar la cabeza y los hombros, Liberata apoya las manos en el suelo de baldosas rotas de la cocina y hace fuerza para sacar las caderas del agujero. Toda la operación dura menos de cinco segundos, al cabo de los cuales la chica cae suavemente en el suelo de una forma que recuerda inevitablemente a un recién nacido.

Y levanta la vista hacia Roca.

Solamente uno de los dos tiene tiempo de reaccionar. Liberata suelta un chillido silencioso y se echa atrás, golpeando con la espalda contra el horno de hierro. Roca deja caer el cigarrillo y se pone de pie de un salto. Con dos zancadas, ha salvado la distancia que lo separa de ella y se le ha abalanzado encima.

El forcejeo que viene a continuación resulta salvajemente desequilibrado. Roca le agarra las muñecas con sus manazas, le da un bofetón en la cara y la tira al suelo. Ella intenta defenderse dando sacudidas con todo el cuerpo arqueado y pataleando. Roca le agarra las dos muñecas juntas, se baja los pantalones y se saca el pene, todavía flácido. Durante el minuto siguiente, lo único que pasa en el suelo de la cocina es que Roca, usando todo su peso para mantener a Liberata inmovilizada contra las baldosas, se frota el pene con furia desesperada para conseguir ponerlo erecto. Cuando le parece que ya lo tiene suficientemente duro para penetrarla, le levanta la falda y le clava el glande con todas sus fuerzas. Liberata lucha por respirar y crispa todas las facciones en un grito silencioso. Roca tiene la frente amoratada. Una y otra vez la penetra y su pene se ablanda casi al instante, obligándolo a salir. A continuación otro minuto de frotamiento crispado y otra penetración. Por fin, cuando ya deben de llevar media hora así, Roca masculla una palabrota y se pone a masturbarse encima de ella. Tres o cuatro gotas de semen amarillento aterrizan sobre la pelvis de la muchacha. Agotado, Roca se deja caer a su lado.

Los dos permanecen un minuto así, tirados el uno junto al otro en el suelo, respirando con dificultad. Liberata con la cara amoratada por la falta de oxígeno. Agarrándose el bajo vientre con las manos. Roca frotándose los ojos con las yemas de los dedos. Por fin él se pone de costado y la abraza. Ella solloza en silencio un instante y por fin le devuelve el abrazo, con las manos sucias de tierra del suelo.

Afuera, en las sombras de los portales de la calle Riudecendra, los hombres del inspector Semproni De Paula montan guardia.