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PUENTE DE HUESOS
A Semproni De Paula no le gusta nada que el supuesto miembro de la profesión médica que acaba de presentarse en su despacho tenga menos aspecto de médico que de mero chupatintas de un despacho de notarios. Levita negra de chupatintas, cara afeitada y dedos manchados de tinta. Tampoco le ha gustado nada que cuando el supuesto médico ha entrado en su despacho y ha visto primero a Blai Boamorte limpiándose la sangre de los zapatos y luego a la muchacha medio muerta en el rincón, se haya sacado un pañuelo del bolsillo y se haya cubierto la boca y la nariz. Con cara de estar a punto de caer redondo al suelo. Ahora De Paula lo mira sin esconder su desprecio. La actitud del hombrecillo se suma a la irritación que le ha causado el telegrama del cuartel de San Pablo que tiene abierto sobre la mesa.
El médico con aspecto de chupatintas se quita la chistera respetuosamente, se saca una tarjeta de visita de su tarjetero con sus dedos manchados de tinta y se la deja sobre la mesa. De Paula la coge con las puntas de los dedos, como si la tarjeta estuviera sucia de algún fluido corporal particularmente repugnante, «DR. FABIÁN FRANCISCO DE ASÍS D.T.L.S. PANISELLO. REPRESENTANTE EN ESPAÑA DEL CÉLEBRE MÉTODO DEL DOCTOR SIGFRIDO MORIA DE LEIPZIG PARA LA COMUNICACIÓN MEDIANTE SIGNOS MANUALES». La vuelve a dejar sobre la mesa.
—Encantado de conocerle, señoría.
El hombre se ha destapado la boca para hablar, pero no consigue dejar de echar vistazos de reojo a la figura encogida en el suelo de Liberata. A ésta le ha desaparecido un ojo de las facciones, bien porque lo tiene demasiado hinchado o bien porque lo ha perdido.
—¿D.T.L.S.? —pregunta el inspector.
—De Todos los Santos.
—Mucho nombre tiene usted, me parece a mí.
—El superintendente me ha puesto al corriente de la misión que desean encomendarme —dice el hombre en tono rimbombante—. Estoy orgulloso de servir a las fuerzas vivas de este país. ¡Viva el Cuerpo de Vigilancia! ¡Viva el Rey!
—¿Puede hablar con esa de ahí? —De Paula señala con el pulgar a Liberata.
El tipo usa el pañuelo para secarse el sudor que le cae a chorros por la frente.
—El método de Sigfrido Moria es eficaz en el cien por cien de los casos, señoría —dice—. Es una simple cuestión de tiempo y técnica.
—Tiempo es justo lo que no hay —dice De Paula—. ¿Cuánto tiempo necesita para interrogarla?
Panisello traga saliva.
—El Método Moria nunca deja de aprenderse, señoría. —Hace una pausa cuando ve que la cara de impaciencia de De Paula empieza a convertirse en una mueca de contrariedad—. Pero supongo que puedo enseñarle a la… paciente los signos básicos para comunicarme con ella en unas dos semanas.
—Ni hablar de dos semanas. Le doy esta tarde. —Se saca el reloj del bolsillo, abre la tapa y lo mira con el ceño fruncido—. Hasta las siete.
—Señoría…
—O lo tiene para las siete o pasa la noche en el calabozo, ¿qué le parece?
—Y a lo mejor se resbala y se rompe el cuello —añade Boamorte.
Semproni De Paula se toma un minuto para encender uno de sus caliqueños, haciéndolo girar con parsimonia con las yemas del indice y el pulgar mientras sostiene el yesquero frente a la punta. El verdadero propósito de su gesto, sin embargo, podría ser dejar que los gemidos estrangulados que vienen de la figura encogida en el suelo se abran camino gradualmente hasta los estratos más profundos de la conciencia del médico.
—Pregúntele para quién trabaja en realidad el Trasgo —dice De Paula cuando termina de encender el puro, mirando la brasa con el ceño fruncido—. Dígale que si le tiene algún apego a la vida, que nos diga con quién está confabulado.
Boamorte se acerca a De Paula y le dice algo al oído. El inspector asiente con la cabeza.
—Puede que ella no lo conozca por ese nombre —explica De Paula—. Roca, se llama. Pregúntele por Roca.
Panisello abre y cierra la boca.
—Señoría —dice por fin—. La cosa no funciona así. Ni siquiera existen traducciones de los nombres propios al lenguaje de signos. La confianza del paciente es esencial. Puedo enseñarla a explicar estados de ánimo, a pedir cosas… pero todo se basa en la repetición. Repetir las mismas dinámicas a diario. Durante meses…
Semproni De Paula señala con el caliqueño la cabeza sudorosa de su visitante.
—Me está agotando la paciencia —dice—. Si quiere salir de aquí de una pieza, más le vale tener lo que le pido para cuando yo vuelva a las siete.
En la berlina oficial que lo lleva a su burdel favorito de la carretera de Sarriá, el inspector se dedica a releer una y otra vez el telegrama que le ha mandado esta mañana el capitán Lombardo. Por fin, mientras el carruaje está abandonando las Ramblas por el amplio bulevar de la calle de Pelayo, lo arruga entre mordiscos furiosos al caliqueño y lo tira por la ventanilla. A primera hora de la tarde, las partes del Dosel de Sombras que asoman por encima de los tejados de la Ciudad Nueva son del color de los dedos sucios de tabaco. De las manchas de orina y los hematomas viejos. Las señales de una conspiración para derrocarlo de su cargo llevan semanas multiplicándose a su alrededor, hasta que Semproni De Paula ya se ve incapaz de seguir pasándolas por alto. No es una simple cuestión de que Lombardo siga escondiendo a su testigo, escudándose en su supuesto ataque de locura para evitar que el Cuerpo de Vigilancia lo interrogue. Los detalles sospechosos empiezan mucho antes. Como el hecho mismo de que Lombardo siga en su cargo. O el propósito exacto con que Blokium y el gobernador decidieron sacar al Trasgo de la cárcel. Mientras el carruaje se detiene con un crujido y una sacudida delante de la puerta del burdel, el inspector admite que es posible que realmente quisieran que el Trasgo encontrara al asesino. Sin embargo, también le parece cada vez más probable que previeran el desastre y lo sacaran solamente para que al caer arrastrara también al inspector. Incluso le parece cada vez más probable que toda esa majadería de los asesinatos la hayan montado en palacio para defenestrarlo a él.
Asomadas a las ventanas, las mujeres del burdel apenas pueden esconder su terror cuando ven a Semproni De Paula salir de la berlina y subir de dos en dos las escaleras del establecimiento. En el salón, el inspector elige a un par de mujeres temblorosas y las lleva a empujones hasta una de las habitaciones del piso de arriba. Durante la primera hora, ni siquiera se quita los pantalones. Sentadas en el salón, rezando avemarías y mirándose con angustia, la regenta del burdel y sus criadas escuchan los chillidos de las elegidas. Al cabo de la segunda hora, las dos prostitutas se escabullen cubriéndose como pueden con los jirones de su ropa mientras Semproni De Paula, ya mucho más tranquilo, se lava la sangre de las manos en la pileta del baño.
Son casi las siete cuando vuelve a la jefatura. Al abrir la puerta de su despacho, se encuentra al doctor Panisello en mangas de camisa y sentado en una silla delante de Liberata. Delante de ellos hay varias páginas con dibujos y una lata de galletas abierta. Boamorte lo saluda desde el antepecho de la ventana con cara de aburrimiento.
—Es prodigioso —Panisello se gira para mirar al inspector con cara excitada—. Le aseguro que esta criatura, lejos de ser idiota o simple, tiene una inteligencia prodigiosa. Sus dotes de observación y su raciocinio son casi los de un adulto normal.
—Le ha estado dando galletas a la detenida —dice Boamorte.
—¿Qué le ha sacado? —dice De Paula.
—Esto.
Boamorte coge un dibujo que hay encima de la mesa. Se lo da a De Paula, que lo coge y se lo queda mirando. Es el retrato de un muchacho.
—¿Qué es esto? —pregunta.
—La chavala nos ha dicho dónde estaba —explica el superintendente—. Hemos ido a su casa y lo hemos encontrado enseguida. Creemos que es la persona con la que está trabajando el Trasgo.
—No esperaba encontrar una inteligencia tan desarrollada —insiste Panisello—. Nos ha dado indicaciones precisas para encontrar el dibujo.
—¿Trabajando? —De Paula examina el retrato con atención.
—Bueno, eso parece. Ella dice que el chaval del dibujo los ha visitado en su casa.
Un vértigo repentino obliga a Semproni De Paula a sentarse con el retrato en la silla más cercana. El conoce al muchacho del retrato. O mejor dicho, él conoce la cara que hay oculta en la cara del muchacho del retrato. Muy a lo lejos, como si viniera del laberinto de calles circundantes, oye la voz de Blai Boamorte preguntándole si se encuentra bien. La sensación de estar mirando el retrato es como la sensación que tiene uno dentro de un sueño. Uno de esos sueños en que uno entra en un desván de su casa para reparar una gotera y se encuentra el lugar entero podrido e infestado de liquen, y a medida que examina el alcance de los daños, se va encontrando más y más habitaciones invadidas por la putrefacción, hasta darse cuenta de que su casa entera se ha convertido en una ruina reblandecida y comida por los escarabajos. Porque no se trata de la simple impresión falsa de un recuerdo. Él sabe quién es el muchacho del retrato. Y a su alrededor empieza a desplegarse un mapa nuevo de constelaciones de causalidad. Frente a él, un puente terrible de huesos empieza a desplegarse en dirección a lugares de su memoria que De Paula había confiado en no tener que revisitar nunca.