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ATARDECER: LA TORRE DELS CORBS
El elegante faetón donde van Semproni y Remei De Paula baja traqueteando por la carretera de Gracia bajo esa ausencia de cielo nocturno que es el Dosel de Sombras. Ni una estrella ni rastro de la luna. Nada que no sea el resplandor epiléptico de la electricidad. Fuera del carruaje, el horizonte ha desaparecido tras la Ciudad Nueva. Los edificios en construcción son una parousia de cuerpos levantándose de sus tumbas. En el interior lleno de humo de caliqueño de la cabina, el miriñaque gigantesco del vestido de noche de Remei ocupa la mayor parte del espacio. Un vestido de noche de seda salvaje azul, con los lazos y los bordados de color esmeralda. A Semproni De Paula el uniforme de gala le da más aspecto de niño disfrazado que nunca: las botas de caña alta le llegan casi a las rodillas. Cuando camina, la vaina del sable que lleva colgado del cinto le arrastra por el suelo con un suave chirrido.
—Te estás tirando ceniza en la casaca —dice Remei, dándole unas palmadas distraídas en la pechera—. ¿Cómo puede ser que te acabes de vestir y ya vayas hecho unos zorros? No te toques el pelo. Y no te cruces de piernas, que te rozas todas las botas.
Desde la ventanilla del faetón, los tejados de la Ciudad Nueva se retiran de golpe para revelar la explanada de la muralla. El puente de Canaletas sigue en su sitio, vadeando el foso, pero el acueducto lo derribaron hace años. La puerta del Ángel, que fue la entrada más majestuosa de la ciudad durante la infancia y la juventud del inspector, ya no es más que un arco absurdo, olvidado en medio de los edificios nuevos. Minutos más tarde, el faetón dobla por la calle de Fernando y empieza el suave ascenso al monte Táber.
La Torre dels Corbs debe de estar a tres o cuatro manzanas del palacio de la Diputación y a la misma distancia de la iglesia de San Justo. Con la fachada principal orientada al Regomir. El arco por el que el faetón entra en el patio tiene labrada la fecha «1354» bajo un friso mellado. Semproni De Paula espera a que se detenga el carruaje y salta con sus piernas cortas a las losas del patio. Da la vuelta al faetón, despliega la escalerilla y abre la portezuela de su mujer. Cuando Remei De Paula baja, todos los presentes tragan saliva. El azul del vestido de Remei De Paula es perfectamente apropiado a su condición de mujer casada, igual que el tocado y el chal. Es la forma en que la carne de su pecho y de sus brazos se impone al vestido y sugiere áreas rosadas y recónditas de su cuerpo lo que profana sutilmente el ambiente de la velada. Ese cuerpo que es un insulto perfecto e incontestable. Bajo las miradas de los presentes, marido y mujer suben la escalinata de la casa cogidos del brazo. Lo cual quiere decir que Semproni necesita ponerse ligeramente de puntillas y Remei inclinarse un poco de lado.
—Oh, Semproni —murmura ella sin mirar a su marido—, lo que daría yo por vivir en una casa como ésta.
Mientras le dan sus abrigos al mayordomo y Remei se arregla el miriñaque con los dedos, Semproni certifica que su mujer ya no está con él. Puede que su cuerpo esté presente. Abrumadoramente presente. Pero su expresión es una ventana a un salón vacío. Su mente ya hace rato que se ha ido. Ya está en otra parte, con otro hombre, contando los minutos que faltan para escabullirse de su brazo.
En el salón de fumar de la casa de Dado Blokium, Semproni De Paula se dedica a dar sorbos largos de una copa de brandy con la mano derecha y caladas largas de un cigarro habano con la mano izquierda. Lo que llaman «salón de fumar» en la Torre dels Corbs es una cámara de piedra con tapices en las paredes y lámparas colosales de hierro que cuelgan de complejos sistemas de cadenas. En ella cabría un barco sin dificultades. En medio del baile de sombras de las lámparas, el inspector ve al obispo Urquinaona, rodeado de su séquito de canónigos, todos bien provistos de copas de brandy, aunque, gracias a Dios, ninguno lleva ejemplares de La ciudad secreta asomando bajo las capas; están el médico José de Letamendi, héroe de la epidemia del cólera del cincuenta y cuatro; el periodista Mañé y Flaquer, de quien se dice que el rey en persona y Cánovas le consultan temas políticos; el marqués de Peña Plata, capitán general de Cataluña, héroe de la guerra carlista y vencedor de la batalla del Baztán; está Narciso Monturiol, diputado en Cortes y peligroso simpatizante republicano, en opinión de De Paula, además de notorio chiflado por sus investigaciones sobre la respiración submarina, y están, por fin, Manuel Durán y Bas y su séquito de políticos conservadores de la Liga del Orden Social, entre ellos Melcior Estrany, media docena de alfonsinos tenaces que controlan la política barcelonesa con puño de hierro.
Ahora Estrany se acerca a saludarlo con un apretón de manos y una palmada en la espalda.
—Espero que haya ejercitado usted esos pies —Estrany hace un bailecito ágil que contrasta con su aspecto más bien pesado—. Mi mujer me ha estado instruyendo para bailar al estilo bostoniano. —Se encoge de hombros—. Que me aspen si sé qué es, pero yo le he dicho que estoy listo.
Después de cuatro o cinco copas de oporto, a Semproni De Paula le sale un rubor en las mejillas diminutas que hace pensar en colegiales sonrosados. En la clase de colegiales que evocan la expresión «mejillas como manzanas». A poca distancia de los hombres, el grupo de las mujeres se ha convertido en un sistema gravitacional que tiene como centro a Remei De Paula. Un sistema gravitacional genuinamente femenino, organizado en torno a consideraciones de belleza, juventud y odio atávico a la belleza y a la juventud. Entre los satélites más incómodos está la esposa del gobernador, una mujer de dimensiones elefantinas con un escapulario sobre la pechera del vestido que la acredita como regenta de la influyente Sororidad de Esclavas de la Virgen del Carmelo. Cuando se abren las puertas del salón de baile, las parejas se reúnen en el vestíbulo y por un momento De Paula desea que Remei le arregle las charreteras con displicencia. O que le recrimine lo mucho que está bebiendo. La mirada de ella, sin embargo, sigue siendo una ventana a un lugar vacío. Un letrero de «AUSENTE». El rubor suave que le cubre los pechos pálidos y venosos resulta vagamente poscoital. El inspector se quita el sable y se lo entrega a un criado que va recogiendo armas de distinto calibre en una cesta. Después todos entran en el Gran Salón.
Hay algo desnaturalizado en el Gran Salón de la Torre dels Corbs. Tal vez la manera en que la decoración romántica imita el estilo de las partes más antiguas del palacio. Tal vez el aspecto de estatuas de cera que tienen los músicos de la orquesta. El programa de la noche es el de costumbre en estas ocasiones: media hora de valses vieneses rápidos, seguidos de valses ingleses más pausados para recuperar un poco de fuelle y un gran final con los bailes románticos más populares entre las damas.
Remei cumple de forma sumaria con los bailes que le corresponden con su marido, saludando todo el tiempo con la cabeza a otra gente que el inspector no puede ver por culpa de la rapidez de los giros y el aturdimiento del brandy. Ella no le dirige la palabra en ningún momento, y las dos o tres veces que Semproni tropieza, atrayendo las miradas de la gente y mascullando alguna palabrota, Remei se limita a extender la mano y a esperar a que él se reponga. A continuación empiezan las rotaciones, y el inspector baila una vez con la mujer elefantina del gobernador y otra con la del capitán general antes de retirarse. En el centro del salón, Remei pasa de unas manos de hombre a otras manos de hombre, risueña y sonrojada por el esfuerzo, con un rubor cada vez más poscoital en la piel pálida y venosa de los pechos. Convertida ahora en el centro absoluto de un sistema gravitacional mucho más complejo, integrado por mujeres y hombres y regido por coordenadas entremezcladas de atracción, admiración y odio atávico.
El gobernador y Dado Blokium se unen a Semproni De Paula bajo un intrincado cielo raso romántico. Jadeante el primero por la emoción del baile y sereno el segundo, como si acabara de unirse a su propia fiesta. Blokium les enseña su colección de espadas medievales en medio de una nube de humo de cigarros. Al cabo de poco llegan el doctor Fauré, cuñado del gobernador, y Melquíades Guiu, el predecesor de De Paula en el cargo de inspector provincial de Vigilancia. Guiu es un hombre grande y barrigón, con un aspecto de oso que resulta paradójico teniendo en cuenta que su pasión es la caza del oso pardo pirenaico. Su barba y su bigote castaños son tan frondosos que apenas dejan ver nada de su cara más que un par de ojillos azules de oso.
—Querido De Paula —Guiu envuelve a De Paula en un abrazo que lo obliga a extender a los lados del cuerpo las manos con que sostiene su copa de brandy y su caliqueño—. Es prodigioso que haya conseguido escaparse de sus obligaciones. —Se despega de su sucesor y sonríe con su cara invadida por la barba—. Yo no supe lo que era una fiesta hasta que me retiré de la fuerza.
De Paula estrecha las manos de Fauré y de Guiu.
—Demonios, ahora mismo me alegro de estar retirado —Melquíades Guiu hace una mueca solemne que le junta los rasgos peludos en el centro de la cara y le da todavía más aspecto de oso—. Toda la ciudad está hablando de su asesino.
—Desde que anda suelto ese indeseable el crimen no para de bajar en la ciudad —dice el gobernador, ufano—. El crimen y la sedición. No es que yo me empeñe en ver el lado bueno, es que lo tenemos ahí delante. —Hace un gesto de asombro teatral—. Salta a la vista.
—He leído el informe del doctor Roca —dice Fauré con su máscara funeraria de hombre lentamente envenenado—. Apasionante, ¿no les parece?
—Una mujer asesina. —El gobernador suelta una risita llena de buen humor—. Tendrían que darle trabajo en un folletín de ésos.
—La inteligencia de ese hombre es excepcional —dice Blokium—. ¿Recuerdan esa parte que habla de las ruinas de Montjuich? Sea quien sea el asesino, le hemos encontrado a un oponente formidable.
—Pese a todo —interviene Fauré, levantando un dedo artrítico—, no podemos aprobar los métodos de ese hombre. Hablando científicamente, ese informe es espurio. Estoy seguro de que el inspector está de acuerdo.
Todos se giran en dirección a Semproni De Paula, que de hecho ya no parece estar presente en la conversación. Lo que está haciendo es mirar en dirección al salón de baile, con el puño fuertemente cerrado en torno a la copa.
—¿Qué collons hace ése aquí? —dice con voz repentinamente ronca—. ¿Qué significa esto?
Los demás miran en la dirección en que está mirando el inspector. En el centro del Gran Salón, en medio del sistema gravitacional de parejas jóvenes que bailan valses a un ritmo endiablado, Remei De Paula está bailando con el capitán Lombardo, de la infantería del cuartel de San Pablo. Los dos giran vertiginosamente, convertidos en algo mitológicamente borroso y centrífugo. La mano de él en medio de la espalda escotada de ella. La cabeza de ella echada hacia atrás para reír con entusiasmo alguna broma de él. Guiu carraspea con un puño delante de la barba.
—¿Cuándo va a venir con nosotros a cazar, De Paula? —dice, acariciándose la barriga con gesto nervioso—. Ya va siendo hora, ¿no le parece?
—El viejo inspector ya solamente vive para cazar —interviene el gobernador.
De Paula continúa mirando hacia la pista de baile.
—¿Cómo puede ser que esté todavía aquí? —dice, con la cara roja de furia.
El gobernador es consciente de que los otros dos lo están mirando en busca de una respuesta.
—El cuartel ha prorrogado su traslado —dice por fin, llevándose un puño enguantado a la boca para carraspear—. Hasta que le encuentren un sustituto. Parece que andan un poco escasos. Sigue habiendo partidas carlistas en el monte, de las que huyeron de la Seo y de Olot. Y bueno, parece que Lombardo alegó algún asunto familiar. —Se encoge de hombros—. Tiene una tía enferma en Barcelona o qué sé yo. Lo siento, De Paula. —Le pone una mano en el hombro al inspector, que ahora no solamente está rojo de furia, sino que casi tiembla de rabia—. Entre usted y yo, parece que el mozo también tiene amigos influyentes. Espere, hombre, ¿adónde va?
Estrany y sus acompañantes miran cómo Semproni De Paula se aleja dando zancadas diminutas y crispadas por el vestíbulo, en dirección a la parte de atrás de la casa y a la escalinata que da a los jardines. Al pasar junto a un camarero que empuja un carrito, deja su copa vacía en el carrito y agarra una botella de brandy. Después desaparece al otro lado de una puerta acristalada.
De Paula cruza un par de salas y sale a un balcón. El frío de la noche diluye parte de su borrachera. Desde el balcón trasero de la Torre dels Corbs la ciudad es un incendio colosal que arde lentamente sin consumirse. Con miles de pequeños puntos focales. Las llamas anaranjadas del gas y los filamentos epilépticos de la electricidad anaranjada. A la izquierda, las ruinas de la Ciudadela y los huertos del Besós. Al frente, la plaza del Palacio, medio desnuda tras el derribo del Portal de Mar y el Baluarte del Mediodía. A la derecha, todavía en pie en varios puntos, la Muralla de Mar y el Baluarte de San Ramón. Un ruido tras su espalda lo saca de su contemplación. Blokium acaba de salir al balcón.
—Esto es lo que está causando el progreso —dice el dueño de la casa, apoyando las palmas de las manos en la baranda de granito—. La gente está perdiendo la cabeza. Demoliendo, construyendo. —Hace una pausa, como para ver de qué manera reacciona el otro—. Y cometiendo crímenes terribles, no hace falta que se lo recuerde.
El inspector abre la botella de brandy retorciendo enérgicamente el tapón y da un trago del gollete. Luego se seca la boca con el dorso del guante de su uniforme de gala.
—Yo creía que usted era la avanzada del progreso —dice por fin.
Blokium sonríe. Lo que le confiere su aire pertinazmente pomposo no es exactamente su tono erudito, ni la displicencia evidente de sus modales de la alta sociedad. Es más bien esa mueca aséptica y estructuralmente parecida a una sonrisa con la que parece haber reemplazado todo su trato emocional con sus coetáneos. Hay un momento de silencio mientras los dos contemplan el avance pesado de un barco de vapor hacia los muelles de la Barceloneta. Las luces de posición, la linterna del puerto. La campana del buque.
—Es como una gangrena, la forma en que está creciendo esta ciudad —continúa el diplomático en el mismo tono displicente—. Todo se echa a los hornos de las fábricas. Y la gente se olvida de lo que es realmente la ciudad, de cómo empezó todo. Un sitio donde mantener vivo el fuego, unas murallas para defenderse. Un suelo donde enterrar a tus muertos.
—¿Adónde quiere llegar?
Blokium se encoge de hombros.
—Me preguntaba si usted también lo sentía —dice—. Esa tristeza que trae el progreso. Cuando piensa en Barcelona. —Se gira hacia De Paula y se lo queda mirando—. Es como tener una mujer y descubrir que se ha vuelto una ramera.
De Paula nota cómo el rubor le invade la cara. Por un momento, con el pelo del cuello erizado, el incendio eléctrico de la noche barcelonesa flaquea en comparación con el que el inspector nota por dentro. El fuego blanco del interior de un horno industrial. Los ojos grises de Blokium lo miran desde sus facciones extranjeras. Ojos como gotas de mercurio. Por fin De Paula consigue apagar el incendio lo bastante como para contestar.
—¿Está usted casado, Blokium? —Sus nudillos están lívidos en torno al cuello de la botella.
—Lo estoy, inspector —dice el otro, para sorpresa de De Paula—, felizmente casado, supongo, aunque no tengo una relación muy próxima con mi mujer.
—¿No está aquí?
—Mi mujer está en las misiones, evangelizando a los niños —dice—. Y yo respeto su sacrificio. Los dos compartimos una gran devoción espiritual.
—Qué tierno.
—¿Quiere verla? —Blokium señala con la cabeza en dirección al interior de la casa.
De Paula lo acompaña al otro lado de las puertas, con la botella de brandy todavía en la mano. El diplomático enciende una lámpara de aceite y la acerca a un retrato que cuelga de la pared. De Paula mira el retrato. Hay algo en los ojos de la mujer que le resulta poderosamente familiar, como si la hubiera visto en otras circunstancias. Algo indefinible, un parecido resonante con algo que da vueltas al fondo de su memoria.
—¿Cómo se llama su mujer? —pregunta por fin.
—Dorotea Sullivan —dice Blokium—. Que Dios le dé larga vida.
Por un momento parece que el nombre enciende una pequeña chispa en la mente del inspector. Y un instante después se apaga.