CUÉLLAR
Otra vez Granuaile parecía querer distraerme del único asunto que entonces importaba. En mi fuero interno sabía que la ayuda a Irlanda era improbable. Bastante tenía España con lamerse ahora las heridas de la Armada. Eso debería de haberle dicho. Pero no estaba allí para hablar de unas decisiones que solo correspondían al rey, y menos en presencia de un trujimán como fray Malaquías, por muy hábito frailero que vistiera. Así se lo dije claramente, entre la barahúnda de las gaitas y los interminables brindis con la cerveza del país, que me pareció tan buena como la flamenca o más.
—La política no me incumbe —corté, algo molesto—. Gente hay en Madrid para eso. Hablemos de los papeles. Me parece haberos oído insinuar que podrían recuperarse. ¿Lo creéis posible?
—Nunca os engañaría en esto. Me siento pesarosa por haberle vendido los papeles a Walsingham, aunque es posible que este no los tenga todavía en sus manos.
—Explicaos.
—Dos sicarios del gobernador Bingham, ese hijo de Satanás al que desearía ver mil veces muerto, vinieron a recibirlos y hacer el pago. A uno de ellos lo conozco bien. Partieron de aquí a caballo hace dos días.
—¿Queréis decir…?
—Que lo más probable es que todavía tengan los papeles en su poder, y aún no hayan tenido tiempo de entregarlos en Dublín al virrey o algún agente de Walsingham.
—¿Y?
—Ya os he dicho que conozco a uno de los sicarios, y si no está ya cerca de Dublín, es posible, solo posible, que podamos dar con él y con los papeles.
Me alteré al oír esto.
—Entonces, señora, deberíamos haber partido inmediatamente en su busca, en lugar de estar aquí festejando con zampoñas y zarandajas.
—Ya os digo que se trata solo de una posibilidad.
—En mucho os agradezco vuestra acogida, pero parad la fiesta y partamos ahora mismo. ¿Tenéis caballos?
—No hay caballos en esta torre, capitán. Puedo enviar a alguien a reunidos, pero no estarán aquí hasta mañana a primera hora. Entretanto, descansad. En cuanto tengamos los caballos os avisaré.
Entendí que no había otra solución que esperar unas horas, que me vendrían bien para sacudirme los vapores de la copiosa cena y las cervezas.
—He dispuesto para vos un aposento. Reposad unas horas. Nada se puede hacer de momento.
—Confío en vos, señora. Mi suerte está en vuestras manos.
—No os inquietéis. Keane y Brendan nos acompañarán.
La bella Margaret, que se había acercado a escuchar la última parte de nuestra conversación, me miraba fijamente sin dejar de sonreír, y sentí hervir dentro de mí la lujuria. Parecía una fruta demasiado tentadora para no cogerla, Dios me perdone ahora. Entre ella y Granuaile intercambiaron un gesto de asentimiento que me pareció una señal de dar vía libre a mis deseos. Sin hablar, mientras el fuelle de las gaitas languidecía y los sirvientes recogían las viandas sobrantes, Margaret me cogió de una mano y yo me dejé conducir. En ese momento hubiera sido capaz de bajar con ella la escalera del infierno, que Dios me perdone otra vez.
Las mujeres irlandesas son muy apuestas y garridas, altas y esbeltas en su mayoría, de complexión ajustada y piel blanca. La mayoría morenas, aunque algunas son pecosas y con el cabello pelirrojo, que es señal, según algunos, de fiereza de carácter, y como dice el proverbio: cuanto antes madura, antes se pudre, y así ellas son mujeres a los trece años y se consideran ya mayores a los treinta. Por lo demás, son de natural muy amable y de buen trato.
Entramos en mi habitación y Margaret preguntó en su lengua por algo que no entendí, pero su abierta sonrisa, su rostro radiante y su expresión retozona lo decían todo, y yo hubiera sido muy sandio caballero si no hubiera entendido lo que ella insinuaba y parecía pedirme ya, en ese mismo momento.
La atraje por las muñecas y la tumbé sobre las pieles que cubrían el lecho. Sus pechos eran cantarillos de leche dulce y su pubis parecía seda y miel, y yací con ella varias veces, dándole lo que me pedía entre sofocos y palabras de pasión para mí ininteligibles. Abrazados íntimamente, pasamos el resto de la noche adormilados, hasta que el relente del amanecer nos despertó y anunció una nueva jornada. Parecía un buen día para cabalgar. Pero antes hube de satisfacer otra vez el ardor amoroso madrugador de Margaret y sus mañas de hembra en celo sobre el tosco catre recubierto de pieles.
Cuando miré por la ventana vi a Granuaile, vestida con ropas de hombre y botas de montar, escrutando impaciente las primeras luces del día.
—¡En marcha, capitán! —gritó al verme asomado a la ventana.