CUÉLLAR
El jefe amigo del rey de España que había mencionado el muchacho irlandés era Briand O’Rourke, que en ese momento tenía ya refugiados en sus tierras a más de setenta supervivientes de los naufragios de la Armada, aunque eso Cuéllar aún no lo conocía. Pero solo saber que había alguien cerca dispuesto a prestarle ayuda levantó el ánimo del capitán y le dio esperanzas. Por lo menos ya no iría por ahí vagando a ciegas y sin dirección, y con ayuda de una rama de fresno que le servía de bastón reanudó su caminata hacia las montañas que el mozo irlandés le había señalado.
Marchó durante dos días, refugiándose por la noche en cuevas que encontró en su camino. Como decidió no encender fuego para no ser descubierto, pasó un frío infame, lo que unido al temor de que lo asaltara alguna alimaña, lo tuvo en vela casi hasta el alba hasta que, falto de fuerzas, pudo conciliar un par de horas de sueño, y cuando despertó volvía a llover.
Una vez que alcanzó las montañas, divisó un lago y en su orilla distinguió unas treinta cabañas, todas aparentemente vacías y abandonadas, y dedujo que los habitantes de aquel poblado habían huido a los montes.
En la mejor cabaña que encontró, caliente y llena de pieles de cabra a medio curtir que desprendían un tufo nauseabundo, Cuéllar se instaló y al poco observó removerse unos bultos entre las pieles.
Sobresaltado ante la perspectiva que fueran lobos o cualquier otro animal peligroso lo que en la cabaña había, estaba ya dispuesto a salir de allí corriendo, cuando vio que se trataba de figuras humanas. Eran tres hombres, españoles para más fortuna, todos desnudos como los parieron sus madres. Uno era alférez y los otros dos soldados. Cuéllar dijo algo en español y ellos le respondieron en esta lengua. Entonces, la sorpresa del encuentro dio paso a la alegría de verse juntos. Los tres que estaban ocultos en la cabaña se asombraron al comprobar que estaban con el capitán Cuéllar, a quien habían conocido en Lisboa y creían muerto, y le abrazaron calurosamente.
—Éramos once soldados los que llegamos desfallecidos a la playa —relató al capitán uno de los tres compatriotas hallados—, y nada más pisar tierra aparecieron los merodeadores de la playa, que nos despojaron de todo cuanto llevábamos.
—Pero eso no fue lo peor —dijo otro— cuando ya íbamos tierra adentro en busca de gente cristiana, aparecieron los soldados ingleses, y cada uno de nosotros corrió por un sitio buscando salvarse, pues íbamos sin ropas ni armas, y casi todos con heridas. Los ingleses mataron a ocho de los nuestros, y nosotros tres pudimos escapar por habernos adentrado en un bosque tan espeso que aunque nos buscaron muchas horas no pudieron encontrarnos.
Felices por haberse reunido, los cuatro españoles estuvieron chalando largo rato, y Cuéllar reveló lo que el muchacho irlandés le había dicho.
—Me habló —dijo a sus compañeros— de un poblado en el que al parecer es gente principal un tal Rurke, y en ese sitio podríamos esperar recibir ayuda. —Los otros se alegraron mucho ante la perspectiva de verse a salvo, pues también habían pasado mucha calamidad, y uno de ellos tenía una herida de feo aspecto en la cabeza, de la que salía un líquido purulento, y el dolor le tenía atenazado y encogido en un rincón.
—¿Tiene vuesa merced algo que comer? —preguntó uno de los soldados náufragos a Cuéllar cuando se acercó la noche.
—Nada he traído —reconoció el capitán—, salvo algunas zarzamoras y bayas que he ido recogiendo por el camino, y con gusto repartiremos ahora mismo.
Los tres dieron efusivamente las gracias a Cuéllar por el generoso ofrecimiento, y ese sacó del bolsillo el puñado de frutas del bosque que atesoraba y lo extendió sobre una de las pieles. Como aves impacientes, los cuatro picaron ansiosamente el minúsculo alimento que les supo a gloria, y poco después la fatiga les rindió y cubiertos con los pellejos de las cabras y las pajas durmieron a pierna suelta.
Escribo:
Se levantaron y me miraron, y sentí algún temor porque entendí sin duda que eran diablos, y ellos debieron de pensar de mí lo mismo, al verme aparecer envuelto en mis pajas y estera.
Ellos no me hablaban, porque estaban temblando, y tampoco yo les hablé, porque no los conocía y estaba algo oscura la cabaña. Y al verme en esta confusión tan grande, dije:
—Oh, Madre de Dios. Sed conmigo y libradme de todo mal.
Al oírme hablar español y llamar a la Madre de Dios, ellos dijeron también:
—Sea con nosotros esa gran Señora.
Entonces me aventuré y me acerqué a ellos, y les pregunté si eran españoles.
—Lo somos —dijeron— por nuestros pecados, que a once que llegamos a tierra nos desnudaron juntos en la costa, y en carnes como estábamos nos vinimos a buscar alguna tierra de cristianos. Y en el camino nos encontró una cuadrilla de enemigos y nos mataron a ocho compañeros, y los tres que aquí estamos nos metimos huyendo por un bosque tan espeso que no nos pudieron hallar, y esta misma tarde ha sido cuando encontramos este poblado deshabitado, donde por descansar nos hemos quedado, aunque no haya gente ni qué comer.
Entonces, les dije:
—Tengan buen ánimo y encomiéndense siempre a Nuestro Señor, que cerca de aquí hay una tierra de amigos y cristianos, de la que me han informado en una aldea que está a tres o cuatro leguas de aquí, que es del señor Rurik O’Rourke. Allí se han recogido muchos españoles perdidos, y aunque yo vengo muy maltratado y herido, mañana caminaremos hacia allá.
Los tres se regocijaron y me preguntaron quién era yo, y cuando les dije que era el capitán Cuéllar no lo pudieron creer porque me daban por ahogado. Y se llegaron a mí y tanto se alegraron que casi me acabaron de matar con abrazos.
La paja y la maleza les sirvieron de cama confortable para pasar la noche, y estaban profundamente dormidos, agotados y hartos de emociones, cuando les despertaron voces.
Un hombre apareció en la puerta de la choza, y en principio pensaron que iba armado con una alabarda, aunque después dedujeron que bien podía ser aquello una guadaña o cualquier otra herramienta agrícola de las que se usan en Irlanda.
Sin saber a qué atenerse, apenas osaron respirar hasta que aquel hombre, tras echar una furiosa ojeada al interior de la cabaña, se marchó a realizar fuera sus tareas, que, como comprobaron luego, consistían en recoger y amontonar la cosecha de cebada que crecía en los campos de alrededor.
Los náufragos, desconfiando ya de todo, decidieron no dejarse ver y continuar escondidos, y así permanecieron todo el día hasta que aquella gente terminó la faena y volvió a sus aldeas.
En el tiempo que estuvieron escondidos se preguntaron qué pasaría en caso de que aquellos irlandeses les descubrieran y apresaran o les entregaran a los ingleses, que les tenían amedrentados por los severos castigos anunciados para quienes auxiliaran a un español, incluida la horca para toda la familia del que se atreviera a hacerlo. Y aun así, muchos irlandeses les ayudaron, pero Cuéllar no acababa de fiarse de ellos, hasta que pudo darse cuenta de que no eran salvajes heréticos, sino cristianos católicos que veneraban, como él, a la Virgen Santísima.
No obstante, era verdad que en muchos casos el temor les hizo participar en las crueldades contra los españoles, a los que sistemáticamente despojaban de todo, aunque en su descargo —pensó Cuéllar— estaba que fueran sumamente pobres. Otros muchos en su lugar hubieran hecho lo mismo en cualquier otro país. En cuanto a las delaciones y entregas, y no dejó de considerar que es mayormente el miedo al propio sufrimiento y al tormento lo que convierte a los hombres en delatores de sus compañeros, y en España había hartos ejemplos con los procesos del Santo Oficio cuando se aplica el suplicio a los reos.
El capitán reconocía que posiblemente el rechazo que al principio sentía hacia los lugareños tuviera que ver con los vestidos andrajosos que vestían. En cualquier caso, los cuatro españoles permanecieron escondidos todo ese día hasta que aquellos rústicos terminaron de faenar y abandonaron la aldea, pero ni siquiera entonces se fiaron, y esperaron hasta que salió la luna antes de salir cautelosamente de la cabaña y dejar aquel sitio subrepticiamente poco antes de que amaneciera.
Los españoles caminaron hacia la aldea de O’Rourke lenta y penosamente, porque el terreno estaba húmedo y embarrado y los pies se les hundían en el lodo. Además, las heridas del capitán retrasaban a todos y les forzaba a descansar con frecuencia.
Al fin, llegaron a otra aldea de chozas construidas de pajas y ramaje. Dudaron si entrar en ella, pero Cuéllar animó a sus compañeros a quedarse. Consideró que se trataba de un lugar seguro y habitado por mejor gente que en la anterior aldea, cristiana y caritativa, y además iban mejor vestidos y no parecían agresivos.
La intuición del capitán resultó acertada, pues aquellos irlandeses, cuando vieron aparecer a los náufragos, se mostraron generosos y bien dispuestos a recibirlos. La acogida que les dieron estaba de acuerdo con la tradición de hospitalidad que era una obligación en la cultura gaélica.
Uno de los irlandeses, incluso, llevó a Cuéllar a su pobre choza, donde la esposa y sus dos hijos vendaron las heridas del español y le cuidaron con esmero, tanto que no le permitieron abandonarlos hasta que recuperó las fuerzas lo bastante para continuar huyendo.
Cuéllar se hallaba en una situación de agotamiento extremo, hambriento y herido. Se sentía deprimido y sin fuerzas para evitar la muerte, y perdió la noción de los días y las noches mientras estuvo al cuidado de aquellos aldeanos irlandeses que, como averiguó más tarde, pertenecían a la pequeña nobleza local, y eran miembros del clan familiar de los O’Rourke.
Calculó luego que debió de estar en cama en la choza al menos una semana. La mayor parte de este tiempo lo pasó durmiendo, y esa fue —junto con algunas hierbas, sopas y pociones que le proporcionaron sus bienhechores— la mejor medicina para recuperarse del agotamiento y hacerle revivir.
Cuando por fin abandonó la aldea se había recuperado en cuerpo y alma. El optimismo renació en su espíritu y contemplaba con esperanza la ayuda que O’Rourke podría prestarle. Quizás estaba de Dios, que incluso pudiera algún día regresar a España.
Los tres supervivientes españoles que estaban con Cuéllar ya se habían marchado cuando el capitán se recuperó y abandonó la aldea, por lo que debió de continuar solo su camino. No quisieron esperarle para poder caminar más deprisa y el capitán no volvió a verlos. Lo más probable es que perecieran en la fuga.
Cuando llegó a la aldea de O’Rourke, en las proximidades de Glendale, le desilusionó descubrir que el jefe irlandés no estaba allí. Tras muchos esfuerzos por entenderse con los nativos, dedujo que se había marchado para defender una parte de su territorio que estaba siendo atacado por los ingleses, y en su ausencia nadie tenía la responsabilidad de cuidar a los españoles fugitivos.
Pero Cuéllar se alegró de encontrar en el lugar a más de setenta españoles, aunque casi todos vagaban sin apenas ropas y hambrientos y con heridas que necesitaban gran cuidado. En cuanto a él, la única ayuda que recibió fue la de un irlandés que le dio una manta. Estaba sucia y llena de piojos, pero le sirvió para no morirse de frío.
Escribo:
Al día siguiente por la mañana nos juntamos hasta veinte españoles en la cabaña del señor O’Rourke para que nos dieran, por amor de Dios, alguna cosa de comer.
Estábamos suplicando la comida cuando nos dieron nuevas de que había una nao de España muy grande en la costa, el galeón Girona, que venía a recoger a los españoles que se habían salvado.
Al conocer la noticia, sin aguardar más, partimos todos al lugar donde nos dijeron que estaba la nao.
Recorrimos el camino con mucha dificultad, aunque yo, por llevar tan mal las piernas, no pude llegar al sitio donde estaba el barco, como hicieron los demás que iban conmigo. Lo cual fue merced que Dios me hizo, como contaré ahora.
La nao era de la Armada y había arribado allí de milagro. Tenía el árbol mayor y la jarcia muy maltratados, y ante el temor de que lo quemasen o lo atacasen los enemigos, se hicieron a la vela en dos días, pero la desgracia hizo de las suyas.
Sobrecargado en malas condiciones con la gente que en la nao venía y los demás que se recogieron, el barco tornó a dar al través en la misma costa, y se ahogaron más de doscientas personas. Los pocos que pudieron escapar nadando fueron atrapados por los ingleses, que los pasaron a todos a cuchillo.
Fue obra de Dios que solo yo me quedase en tierra de los veinte que salimos de la aldea, y eso hizo que no muriese como los demás. Bendita sea su santísima misericordia, por tantas mercedes como me ha hecho.
Después de conocer la pérdida del Girona y la muerte de casi todos los que iban a bordo, Cuéllar se sintió perdido y confuso. Por completo deprimido, pensó en el suicidio, pero desistió al pensar que sería un grave pecado que le condenaría irremisiblemente al infierno.
El capitán continuó avanzando a duras penas por un camino que creía llevarle en la dirección correcta, cuando se encontró con un sacerdote vestido con ropas seculares que hablaba bien la lengua latina. Sorprendido por su actitud amistosa, Cuéllar sospechaba de él hasta que el hombre, cuando supo que era un español superviviente de la Armada, le confesó abiertamente su condición de sacerdote.
—Voy así vestido —admitió el que decía ser cura—, porque esa es la costumbre en Irlanda de los clérigos católicos para evitar que los ingleses nos reconozcan.
Cuéllar no le preguntó a qué congregación pertenecía, pero pensó que debía tratarse de un fraile franciscano, ya que había muchos de esta orden en Irlanda, según se decía en España. Iba de aldea en aldea manteniendo vivo el culto de la fe católica entre la grey irlandesa, y los pobladores le protegían y le escondían para que los ingleses no le capturasen, pues en ese caso su muerte, torturado o quemado vivo, era segura.
El capitán se sintió reconfortado por poder hablar en latín, una lengua que entendía bien, y el sacerdote se mostró alborozado al poder hablar con un superviviente español de la Armada, aunque su alegría quedó empañada al conocer el mal resultado de la empresa contra Inglaterra y los naufragios en la costa irlandesa.
El religioso compartió su comida con el español y le informó sobre un jefe irlandés que se mantenía independiente en su castillo de Rossclogher, situado en unas montañas que se dibujaban en el horizonte. Pero antes de que Cuéllar pudiese llegar ahí, aún le quedaban penalidades por soportar.
La principal de ellas se le apareció en forma de un tipo greñudo y de larga barba, herrero de oficio, con el que topó a la salida de un bosque. El hombre aquel le fue llevando con engaño a una cabaña situada en un valle desértico. El lugar era una herrería y cuando llegó había una vieja desdentada que esperaba impaciente a su marido, el herrero. Allí, entre los dos, encadenaron a Cuéllar a un poste, y le dijeron que no lo soltarían hasta que accediese servirles y trabajar en la forja. A cambio, el herrero le enseñaría el oficio. Cuéllar, desesperado al verse encadenado, accedió.
En un primer momento, el trabajo de la herrería no dejó de atraerle. Le ayudaba a vigorizar su alicaído cuerpo y a templar sus músculos, y además se trataba de un oficio altamente respetado por toda la gente del contorno.
Fue capaz de trabajar unos diez días como siervo y aprendiz de aquella extraña pareja, que parecía salida de un mal sueño, a pesar de las heridas sufridas y de que ya era un hombre de casi cincuenta años, y no exactamente un joven principiante.
Más tarde pensó que no le hubiera venido mal una temporada en ese oficio, de no haber sido por el futuro de servidumbre perpetua que le esperaba, pues el herrero y la maldita mujer que era su esposa le hicieron comprender que debería permanecer con ellos el resto de su vida, ayudándoles en el trabajo, y si desobedecía lo entregarían a los ingleses.
A partir de ahí, la relación del esclavo Cuéllar con sus nuevos amos se hizo mala y peligrosa. Probablemente hubiera terminado en sangre de no ser porque volvió a aparecer por allí el sacerdote con ropas seculares con quien se había entendido en latín días antes.
El cura se sorprendió al verlo allí forzado a trabajar de forma humillante, y recriminó su actitud al herrero.
—Confía en mí. Pediré a MacClancy que te libere —le dijo a Cuéllar.
—¿Quién es ese MacClancy?
—Como ya te dije, es señor de un castillo situado en un gran lago que hay a cuatro leguas de aquí. Es un hombre celoso de su independencia que odia a los ingleses y no dudará en ayudarte, como ha hecho ya con otros españoles en tu misma situación.
El sacerdote cumplió su palabra, y al día siguiente MacClancy envió a un grupo de su gente a recoger a Cuéllar. Con ellos iba un soldado español llamado Salcedo que había naufragado en la costa de Donegal y llevaba varias semanas recogido por los irlandeses. Tras relatarse someramente sus mutuas desdichas, el soldado informó a Cuéllar de que el señor que le enviaba era muy enemigo de Inglaterra, como lo eran muchos de los habitantes de Irlanda, que deseaban vivir sin sumisión a la corona inglesa. También le dijo que en tierras de MacClancy había otros veinte españoles que iban en la Armada y habían sido desvalijados en cuanto llegaron a la costa maltrechos y desamparados. Al igual que Cuéllar, lo habían pasado muy mal hasta que la fortuna les guio hasta la gente de MacClancy y recibieron comida y resguardo.
El capitán aún tuvo que lidiar con el herrero para el que había trabajado como esclavo, aunque a cambio algo había aprendido del oficio.
—Me voy —dijo el capitán al herrero, pero este, de acuerdo con la arpía de su mujer, no quería dejarle marchar. Lo consideraban un siervo a perpetuidad que la suerte les había concedido.
El herrero empuñó un martillo y le cerró el paso. Parecía decidido a romperle la cabeza antes que dejarle marchar.
Cuéllar vio brillar el peligro en los ojos de aquel hombre, y oyó los gritos de su vieja y desdentada mujer que gritaba animando a su marido a detenerle. Pero en un instante la situación cambió, cuando Salcedo sujetó por detrás el cuello del herrero y le plantó un cuchillo de más de dos palmos en la yugular.
—Suelta el martillo, hideputa. Nos vamos —dijo Salcedo—. Son órdenes del señor MacClancy.
—Me importa una higa MacClancy. Es un bandido como todos vosotros.
Salcedo pinchó ligeramente la garganta del herrero. Brotó sangre y este soltó el martillo. La mujer seguía gritando, y sus chillidos persiguieron como graznidos de cuervo a los dos españoles mientras se alejaban.
De esta forma, el capitán pudo llegar al castillo de Rossclogher, en el valle de Glenade, levantado en una isla en el extremo oeste de la costa sur del lago Melvin, al oeste de la isla de Inisheher y a unas dos millas de Kinlough. Era el hogar del jefe irlandés llamado MacClancy, cuya familia poseía el territorio desde hacía siglos.
El castillo estaba construido sobre cimientos de piedra en el lago. Tenía forma circular y estaba totalmente rodeado de una gruesa muralla de cinco pies de altura. Los muros eran muy gruesos, de piedra berroqueña salida de una cantera cercana. El interior parecía un pequeño pueblo. Alrededor del patio central había casas de piedra ocupadas por la familia del señor, y otras más sencillas, de adobe y madera, además de una iglesia con techo de pizarra y un campanario rematado en tejado puntiagudo a dos aguas.
El conjunto del castillo, el lago y las montañas que lo rodeaban componían un escenario natural de imponente belleza con todos los tonos de verdor. Verdes eran los prados, las colinas, la foresta y las orillas repletas de junqueras. Todo verde menos el cielo, perpetuamente ceniciento, preñado de nubes oscuras dispuestas a dejar caer la lluvia a todas horas.
En el lago del castillo había restos todavía visibles de lo que en irlandés lleva el nombre de crannogs, viviendas lacustres que los jefes irlandeses utilizaban en tiempos revueltos para defenderse mejor de los ataques enemigos.
Una vez en el castillo, Cuéllar se encontró con el resto de los españoles, que le contemplaron con cierta curiosidad, como un aparecido al que ya hubieran dado por muerto. En cuanto al señor, parecía vivir en peligro permanente, rodeado de vasallos que cuidaban de su protección.
Esa misma noche, Salcedo, acompañado del resto de los españoles, llevó a Cuéllar a presencia del dueño de aquella fortaleza de imponente aspecto, dominadora de todo el entorno hasta donde alcanzaba la vista, con servidores armados que vigilaban la muralla y las almenas.
MacClancy, a quien los españoles llamaban Manglana, le recibió bien y dijo sentirse muy honrado con la presencia de un caballero español como Cuéllar. Era un hombre que parecía rondar los sesenta años, alto y fornido, de ojos astutos. Vestía ropas sencillas de lana gruesa y llevaba el pelo largo hasta los hombros. A pesar de su amabilidad, su actitud traslucía una cierta desconfianza de persona que vive en permanente alarma dentro y fuera de sus tierras, en perpetua guerra con los ingleses y con la gente de otros clanes.
El señor presentó a Cuéllar a su mujer, llamada Enihm, y a sus hijos. Le dijo que además de su familia, tenía bajo su protección a muchos campesinos, pastores y algunos artesanos, y luego mandó que sacaran de comer y sirvieran cerveza. Una bebida turbia y áspera, con sabor a hierbas amargas. En cuanto a la comida, pusieron carne de vaca y cabrito, manteca de cerdo, pescado asado, bayas, leche agria y pan de avena.
Después de unos cuantos brindis que había que apurar hasta el fondo, según la costumbre del lugar, MacClancy pidió al capitán que les relatara su aventura.
Así lo hizo Cuéllar, que con la cerveza y las viandas se animó en el relato de sus propias desventuras, las cuales, por otra parte, no diferían mucho de las de los otros españoles que allí estaban acogidos a la magnanimidad del señor. Y estuvieron muchas horas hablando hasta que la noche cayó por completo y envolvió al castillo en un manto de oscuridad profunda.
Tras la copiosa cena, a la mañana siguiente, muy temprano, vieron gente armada a caballo moviéndose en las cercanías del castillo. Pronto comprobaron que se trataba de soldados ingleses.
—Vienen de un cuartel cercano —le dijo Salcedo al capitán—, y no se cansan de robar todo el año en el territorio de esta gente. La única defensa que los irlandeses tienen cuando los ingleses se aproximan es retirarse a las montañas con sus familias y el ganado, hasta que pasa el peligro. Pero los ingleses les incendian las casas y les saquean lo poco que tienen.
Las mujeres del castillo mostraron pronto gran interés por el bienestar de aquel español macilento, de mirar un tanto arrogante y aires de hombre de mundo venido a menos. Para ellas, sin duda, era una novedad atractiva la llegada de un forastero con modales de señor, llegado de la lejana y exótica España, que había sido capaz de superar tantas penalidades.
La curiosidad de aquellos irlandeses por las cosas de España, un país al que miraban con simpatía por ser enemigo de Inglaterra, convirtió a Cuéllar en un personaje muy solicitado en el transcurrir de las largas, frías y lluviosas tardes otoñales, cuando las horas transcurrían lentas y las neblinas envolvían el lugar con un sudario blanquecino de sombras.
En una ocasión, estando con Enihm y algunos amigos de la dama, departiendo en una de las salas del castillo al calor de la leña que crepitaba en la chimenea, le preguntaron cómo era la vida en España y en otros países que el capitán había visto.
Cuéllar hizo gala de su mejor retórica en latín para encandilar a su reducido auditorio, y charlando de una cosa a otra, se terminó hablando de los gitanos, que tanto abundaban en España, Portugal y otros sitios de Europa que el capitán había recorrido.
Una de las señoras presentes le preguntó si sabía leer la buenaventura en la palma de la mano, como solían hacer las mujeres de esa etnia, y el capitán, en un arranque de orgullo, convertido en sujeto de admiración de aquella buena gente, no pudo resistir la tentación de mentirles para tenerlos entretenidos y darse importancia.
—Algo sé de ello —simuló—. Pero son prácticas que la Santa Madre Iglesia reprueba y no deben ser tomadas muy en serio.
Como estas últimas palabras no parecieron inquietar a ninguna de las admiradoras del capitán, este se vio pronto en la necesidad de leerles el futuro en las líneas de la mano, como hacían las gitanas, y eso le granjeó la atención de todos.
Cuéllar tenía una especie de don para improvisar toda sarta de historias fantasiosas y patrañas. Actuaba como un consumado comediante, fingiendo concentrarse con auxilio de alguna fuerza sobrenatural en las revelaciones que las manos tendidas le señalaban. Aquel juego le divertía, pero pronto la situación se desbordó, a medida que su fama adivinatoria se extendía.
No solo del castillo, sino de las aldeas próximas acudían a verlo a todas horas del día gentes crédulas o simplemente curiosas, ansiosas por conocer su destino. Algunos hasta le traían comida y otros regalos, aunque no dinero porque eran muy pobres. Practicaban el trueque como actividad económica normal y apenas hacían uso de las monedas, que rara vez veían.
El capitán y el resto de los españoles se reían mucho al ver el revuelo organizado en torno a lo que empezó siendo una simple broma. Y Cuéllar supo apreciar la ironía de que, tras tantas situaciones amenazantes como había pasado, ahora podía dar gracias a Dios por permitirle sobrevivir bien atendido, haciendo gala de gitanería entre aquellos crédulos. Por primera vez desde que la desgracia le empujó a tierra irlandesa, se sintió a gusto en aquella comuna familiar de los MacClancy o Manglana, donde desde el principio se sintió tratado cordialmente y con respeto, igual que el resto de los españoles que allí se refugiaban.
El capitán no solo pudo reponer fuerzas y descansar, con comida y bebida en abundancia, sino que se solazó con las mujeres del clan, que se sentían muy atraídas por su aspecto de hombre avezado en guerras y aventuras, que tantas penalidades había sido capaz de soportar.
Las jóvenes irlandesas tenían encandilados a los supervivientes de la Armada. Eran mujeres desenvueltas y gallardas, muy despejadas y sueltas. Vestían con desenfado ropas de colores que dejaban al desnudo los hombros y parte de las piernas, algo impensable en las mujeres de España, como no fueran las públicas, y aun estas solían guardar las formas por temor a la estricta moralidad impuesta por el ambiente de religiosidad vigente en tierras de Castilla.
En su audacia amorosa, Cuéllar puso los ojos en la esposa de Manglana, una joven muy hermosa y lozana, que había sentido gran compasión al verle llegar tan malherido y agotado al castillo, y había cuidado de sus heridas con una especial dedicación que al español no le pasó desapercibida.
La blancura de la tez de Enihm y el brillo de sus cabellos rojizos, le causaron mucha impresión. Poco a poco se fue aficionando a su trato, aunque por ser hombre agradecido a MacClancy trató de evitar que la relación con la dama pasara a mayores, algo que finalmente no lo consiguió, porque ella se le insinuó más de la cuenta.
La hermosura de la mujer y el apego que esta demostraba al español no parecía molestar demasiado al señor irlandés, su marido, más preocupado en las cosas de guerra y en defender su fortaleza que en mostrarse celoso de su esposa.
Poco a poco, fueron intimando hasta que un día en que se hallaban solos paseando por las cercanías del lago, Cuéllar sintió de súbito el estímulo acuciante de la carne, y comenzó a acariciar a Enihm lentamente. Sin palabras, rozando con la mano su rostro y sus labios, le manifestó su deseo, y ella se plegó a su apasionada intención sin hacer resistencia.
Los dos se abrazaron y besaron, y pronto rodaron por el suelo. Tumbados sobre la hierba, el capitán satisfizo su deseo plenamente y durante largo rato, encendido por la belleza de la irlandesa, a la que solo podía entender por el ronroneo de placer y el brillo amoroso que brillaba en sus ojos.
Esa misma noche, aprovechando que MacClancy estaba fuera, recorriendo algunas aldeas próximas, Enihm y Cuéllar continuaron su intercambio amoroso cuando todos parecían dormir en el castillo.
Cogiéndole de la mano y sin decir palabra, ella lo condujo a su alcoba, una sala con las paredes forradas de cortinajes y tapices, donde había una chimenea encendida y un lecho de lana cubierto de pieles sobre el que yacieron.
El cuerpo de Enihm desprendía la tibieza acogedora de una fuente de caricias. Cuéllar la tomó en sus brazos con mucho deseo y estuvieron varias horas juntos, hasta despertar abrazados con las primeras claridades del día.
La tranquilidad de Cuéllar y sus compañeros se rompió de pronto, con la llegada a Rossclogher de noticias alarmantes. El virrey inglés Fitz William había partido de Dublín hacia el norte de Irlanda con un pequeño ejército de mil setecientos hombres a la caza de los náufragos de la Armada. Le precedían rumores de los terribles castigos que esperaban a los españoles supervivientes y a los irlandeses que se hubieran atrevido a darles refugio o cualquier ayuda.
Al saber que los ingleses se aproximaban, MacClancy montó en cólera y se sintió indefenso. Sabía que no le quedaba sino trasladarse con todo su pueblo y el ganado a las montañas al norte del lago.
Insistió a Cuéllar para que fuera con ellos, pero el español tenía otros planes, que había decidido ya con el resto de sus compatriotas fugitivos.
—Nos vamos a quedar y defenderemos el castillo —le dijo a MacClancy.
—Solo sois nueve contra más de mil. Mis oteadores dicen que ellos podrían ser unos dos mil.
Cuéllar estaba de acuerdo en que, en condiciones normales, la resistencia hubiera sido una locura, pero el castillo tenía muy buena defensa. Estaba en una isla y el terreno alrededor era pantanoso. Eso impedía a los ingleses emplazar debidamente su artillería, y sin contar con sus cañones no podrían hacer mucho.
—¿De cuántas armas disponéis? —preguntó el irlandés.
—Siete mosquetes, seis arcabuces y varias pistolas. Además de espadas, dagas y un par de lanzas. En cuanto a las provisiones…
—La despensa está llena. Podríamos dejaros para seis meses.
—Suficiente para resistir hasta la próxima primavera. Los ingleses no soportarán un asedio tan largo.
MacClancy se mostró conforme, aunque parecía menos optimista que el capitán. Sabía que los ingleses eran tan tenaces en la guerra como en los negocios, y disponían de refuerzos abundantes que les podrían ser enviados desde Dublín.
—Si os quedáis —le dijo a Cuéllar—, tendréis que defender Rossclogher hasta morir si es preciso.
—Así lo haremos.
—Prométeme que no lo rendiréis confiados en falsas promesas de los ingleses. En el arte de mentir y simular son maestros.
—Lo juro por mi honor —dijo Cuéllar.
Esa noche, MacClancy pernoctó fuera del castillo. No quería sorpresas y decidió explorar a caballo, con algunos hombres, el camino que su gente y sus animales habrían de recorrer al día siguiente para evitar emboscadas.
Cuéllar y Enihm aprovecharon la ausencia del señor para pasar lo que quizá podría ser su última noche juntos.
El capitán entró en el lecho donde dormía la esposa de MacClancy y la tomó en sus brazos con mucho deseo. El cuerpo de aquella mujer era como una dulce manzana fresca. Un rescoldo de ternezas que desprendía el cariño tibio y acogedor de la madre tierra.
Muchas veces recordaría luego que ella era la cosa más hermosa que había visto nunca: cabellos cobrizos, ojos de amatista refulgentes, pómulos ligeramente salientes, pechos pródigos y cintura firme. Hubiera dado gracias sinceras a Dios por haberla conocido de no saber que había pecado.
Enihm tenía todo su cuerpo en tensión y tembló ligeramente cuando el capitán empezó a acariciarla. Al cabo de un rato, ella se levantó de la cama y le pidió que esperase un poco tumbado. La mujer se untó las manos con una especie de mejunje aromático que empezó a restregarle lentamente por todo el cuerpo; primero los pies, y luego fue subiendo por las piernas, la entrepierna, el pecho, los hombros, el cuello… muy despacio, hasta trastornar a Cuéllar.
En la excitación, Enihm se montó encima de él, mientras continuaba dándole placer por todo el cuerpo. Al final, llegaron al paroxismo, entre chillidos sofocados, suspiros y resoplidos de goce.
Suavemente transcurrió la noche, y al amanecer los dos se despidieron con lágrimas, y ella le pidió al capitán que se marchara. MacClancy llegaría pronto y aún debían ultimar los preparativos para la huida a las montañas.
Escribo:
El virrey inglés prendió a tres o cuatro señores irlandeses que tenían castillos en los que se habían recogido algunos españoles y los hizo prisioneros a todos. Buscó por toda la costa hasta llegar al sitio donde yo naufragué, y desde allí se dirigió al castillo de Manglana MacClancy, que así se llamaba el señor que me había acogido, el cual fue siempre gran enemigo de la reina de Inglaterra y nunca la quiso obedecer.
Por esta razón, el virrey tenía mucho empeño en ponerle preso, y cuando el señor irlandés vio que venía contra él con gran fuerza y no podía hacerle frente decidió huir a las montañas, que era lo único que podía salvarle.
Los españoles que con él estábamos, cuando tuvimos noticia del mal que nos venía, no sabíamos qué hacer ni dónde resguardarnos.
Un domingo después de misa el señor nos habló a los españoles y ardiendo en cólera dijo que no podía esperar y que había decidido huir con todo su pueblo y ganados y familia, y que mirásemos lo que queríamos hacer para poner a salvo nuestras vidas.
Yo le respondí que se sosegara un poco y que pronto le daríamos respuesta.
Hice un aparte con los ocho españoles que conmigo estaban, todos ellos mozos valientes, y les dije que después de todo lo que habíamos pasado, para no vernos en más trabajos era mejor acabar de una vez honradamente, y teníamos una oportunidad de no andar más huyendo por montañas y bosques desnudos, descalzos y pasando tan gran frío como hacía.
—Ya que el señor que tanto nos ha favorecido —les dije— debe dejar desamparado su castillo, nosotros nos quedaremos en él y lo defenderemos hasta morir.
»Podemos defenderlo muy bien, aunque los ingleses vengan con gran fuerza, porque el castillo es fortísimo y muy malo de ganar si no le baten con artillería, porque está fundado en un lago de agua muy profundo, con más de una legua de ancho por algunas partes y tres o cuatro leguas de largo, y tiene desaguadero a la mar. No se puede ganar por agua ni por la banda de tierra más cercana, porque una legua alrededor de tierra firme es un pantano que cubre hasta los pechos, y la gente no puede entrar en él sino por veredas.
Tomando todo esto en consideración, decidimos decirle al señor irlandés que le guardaríamos y defenderíamos el castillo hasta morir, y lo único que necesitábamos eran bastimentos para seis meses y algunas armas.
Al ver nuestro ánimo, el señor se alegró tanto que sin tardanza nos abasteció de todo, contando con la voluntad de los principales de su pueblo.
Y después de preparar bien lo necesario, nos metimos en el castillo con los ornamentos y aderezos de la iglesia, y algunas reliquias, y pusimos dentro tres o cuatro barcadas de piedra, seis mosquetes y otros seis arcabuces y otras armas.
Luego el señor nos abrazó y se retiró a las montañas, donde ya era ida toda su gente, e hizo correr la voz de que el castillo de los MacClancy estaba dispuesto a la defensa y no se entregaría al enemigo, porque le guardaba un capitán español con otros españoles que dentro estaban.
A todo el mundo le pareció bien nuestro valor, pero el enemigo se indignó al ver nuestra resolución y vino sobre el castillo con todo su poder.
El virrey, con cerca de mil y ochocientos hombres a su mando, hizo alto a milla y media del castillo, sin poder acercarse más por el agua que había de por medio. Y para atemorizarnos, el inglés ahorcó a dos españoles que había capturado y hacía otros daños para infundirnos miedo.
Muchas veces nos pidió por un trompeta que le rindiéramos el castillo y con eso él nos perdonaría la vida y nos permitiría regresar a España. Pero no estábamos tan locos como para confiar en la palabra de un inglés hereje.
Los ingleses llegaron y emprendieron el cerco, pero la situación se mantuvo equilibrada. Los defensores españoles estaban motivados y disponían de buena defensa. Sabían que no saldrían con vida si caían en manos del enemigo, que tantas veces había incumplido su palabra en el trato a los prisioneros.
Los soldados ingleses no se arriesgaban a emprender un asalto frontal, y apenas hacían otra cosa que no fuera disparar desde lejos y lanzar improperios y ofrecimientos con falsas promesas de perdonar la vida a los defensores en caso de que se rindiesen. Furiosos por la inutilidad de su esfuerzo para apoderarse del castillo, ahorcaron a dos prisioneros españoles frente a las murallas, por pura venganza y para intentar amedrentar a los que combatían dentro. Pero los hombres de Cuéllar respondieron a esto mostrándose desafiantes y reafirmándose en el empeño de resistir a toda costa.
Después de diecisiete días de asedio el cerco llegó a su fin porque el tiempo empeoró. Grandes tormentas de nieve cayeron en la zona y el virrey inglés ordenó retirada. Luego, a finales de diciembre, envió un escrito al Consejo Privado de la reina en Londres en el que daba cuenta de su actuación en el norte de Irlanda desde mediados de noviembre hasta su regreso a Dublín en enero de 1589.
En el informe Fitz William refiere que desde Athlone marchó sobre Sligo, en la costa oeste, donde se le unieron los hombres de Bingham, y describe el escenario que halló en la playa de Streedagh, donde habían naufragado Cuéllar y sus compañeros. Cuando llegó, mil doscientos cadáveres habían sido ya quemados en hogueras o abandonados a los perros salvajes hambrientos que pululaban por los alrededores, pero los restos del naufragio aún estaban esparcidos por todos lados.
Asombrado por la magnitud de los restos de los barcos españoles estrellados contra la costa, el virrey escribió a Londres que parecían grandes montañas de madera, confesando no haber visto nunca mástiles tan gigantescos, tirados en la arena entre despojos revueltos de cordaje, cables y barcazas de salvamento recubiertas de algas.
Para disimular ante la reina las causas de su fracaso en acabar con la reducida tropa de Cuéllar, Fitz William no mencionó en sus cartas a Londres el cerco de Rossclogher. Le resultaba muy embarazoso admitir que su tropa de varios cientos de hombres bien armados había sido mantenida a raya por nueve fugitivos españoles. De forma que se limitó a informar que los O’Rourke, O’Hara, Mcguire y otros clanes rebeldes irlandeses habían huido con su gente y sus ganados a los bosques y las montañas; lo cual, aunque era cierto, solo era parte de la historia. Rumiando su encono por no haber liquidado a aquel pequeño grupo de españoles que había osado hacerle frente, el virrey se guardó su rencor y juró vengarse más tarde.
«Volveré», les dijo a sus soldados, que a esas alturas lo único que querían era regresar a calentarse en sus cuarteles de invierno y disfrutar de lo que habían robado en las aldeas de los desgraciados campesinos irlandeses.
Pero las noticias de la humillación inglesa se extendieron pronto por todo el norte de Irlanda y el señor MacClancy regresó a Rossclogher para recuperar su castillo. Cuando vio que su mansión estaba a salvo se emocionó tanto que ofreció amistad eterna y el disfrute de todas sus posesiones a Cuéllar y sus compañeros, y a este compromiso se unieron otros jefes de la zona.
Pero lo único que deseaba Cuéllar era regresar cuanto antes a España y tanta gratitud generosa empezó a preocuparle, sobre todo cuando MacClancy le ofreció un día por esposa a una de sus hermanas. Era una hermosa muchacha, pero el capitán no se veía acabando sus días correteando por las praderas irlandesas rodeado de retoños. Era un hidalgo y un soldado del rey, mucho más inclinado a la espada que a la vida de familia.
Cuando MacClancy le anunció su ofrecimiento de boda para convertirlo en su pariente, el español trató de mostrarse comedido y honrado por el gesto.
—Os estoy muy agradecido —le dijo— y en verdad os aprecio como a un hermano, pero mi destino queda lejos. Soy un soldado de España, unido por contrato al ejército del rey don Felipe. Si me quedo aquí para siempre seré considerado un desertor, y la deshonra caerá no solo sobre mí, sino también sobre mi familia.
—Aquí estáis seguro, y seguiríais siendo un soldado que combate a los ingleses. ¿Quién os lo podría reprochar en España? —insistió Manglana.
—Permitid que me marche a algún sitio desde el que pueda embarcar a Escocia. Tarde o temprano mis jefes sabrán que estoy aquí y lo considerarán una traición. Debéis de entender que he prestado juramento a mi rey.
MacClancy, no obstante, era reacio a dejarle partir y a diario ponía obstáculos a los deseos de partida del capitán. Le repetía que los caminos hacia la costa no eran seguros, algo que era verdad, puesto que los soldados ingleses se mantenían vigilantes, pero Cuéllar sabía que la intención del irlandés era conservarle a su lado como guardia personal. Algo que se confirmó cuando uno de los hijos del señor irlandés le dijo sin rodeos que su padre no le dejaría partir hasta que el rey de España enviara soldados que les ayudaran a combatir a los ingleses, porque los de Manglana quedarían indefensos contra las guarniciones inglesas, que ya afilaban sus armas pensando en lanzarse de nuevo a saquear los poblados irlandeses cuando terminase el invierno.
Finalmente, el capitán tomó una decisión drástica. Consideró que debía de resolver la situación por sí mismo, y acordó con otros cuatro españoles fugitivos dejar a escondidas el castillo unas horas antes de amanecer. Los restantes compañeros se habían integrado en el clan de MacClancy de tal suerte que no deseaban regresar a España y eligieron unir su destino a la de los irlandeses.
Fue a mediados de enero cuando Cuéllar y sus compañeros abandonaron Rossclogher y emprendieron una dura marcha por montañas heladas y lugares desérticos, a través de los condados de Tyrone y Fermanagh, para llegar a algún puerto de la región de Ulster desde el que pudieran embarcar hacia Escocia.
Emplearon veinte días en ese recorrido y alcanzaron su destino en los primeros días de febrero. Fue una larga y cruel caminata entre hielos y ventiscas, por terreno embarrado o cubierto de nieve. El frío era tan intenso que uno de los españoles pereció una noche congelado, y solo se dieron cuenta de su muerte cuando a la mañana siguiente reemprendieron la marcha. Se le habían quedado la cara y las orejas azuladas, con la boca en un rictus medio risueño, y no consiguieron cerrarle los ojos. La tierra helada estaba tan dura que no lograron enterrarle y lo único que pudieron hacer fue cubrir de piedra y turba el cadáver y colocar encima dos palos en forma de cruz.
El capitán y sus mortificados camaradas no hubieran podido sobrevivir esos días de no haber encontrado gente irlandesa en chozas aisladas y aldeas miserables que les prestó cobijo y comida. Personas muy humildes, pobres como ratas, que resistían el invierno recubiertos de pieles y casi sin moverse de sus refugios, pero aun así les dieron de lo poco que tenían y su generosidad impresionó a los españoles como algo que no habían visto nunca en parte alguna.
En un momento del infernal recorrido, cuando avistaron la costa, Cuéllar pensó que habían hallado el lugar donde pereció Leyva, aunque luego resultó ser una apreciación errónea, pues el lugar estaba muy alejado de la Calzada de los Gigantes, la tumba marina que acogió al valeroso adalid de la Armada, el hombre que no hubiera permitido escapar la victoria en el Canal si le hubieran dejado.
A la vista de los mapas que luego le enseñaron, Cuéllar consideró que lo más probable es que hubiera cruzado el territorio deshabitado cercano a Bushfoot, donde hubiera podido ponerse en contacto con los McDonnell de Dunluce, opuestos a la presenda inglesa y amigos de España, pero no lo hizo por las prisas que tenía de alcanzar su destino, y por temor a perder el barco que, según le habían dicho, podría tomar en Kintyre.
Pero cuando los españoles llegaron allí se encontraron con una nueva desilusión. En Kintyre solo vieron algunas cabañas de gente muy pobre y les informaron que no había posibilidad de embarcar desde allí hacia Escocia.
Fue entonces cuando le llegaron noticias de la existencia de un jefe irlandés que habitaba un territorio cercano y contaba con algunas embarcaciones dispuestas para zarpar. El señor se llamaba Ockan O’Cahan, y su casa estaba en Castleroe, en la orilla oeste del Bann opuesta a Colerain, a unas tres leguas al oeste de Bushfoot.
Escribo:
Muchas veces el enemigo nos pidió por un trompeta que dejásemos el castillo, y a cambio nos haría merced de la vida y nos dejaría escapar a España, pero no nos dejamos engañar.
Le dijimos que se acercase a la torre, que no le entendíamos bien, y le demostramos hacer poco caso de sus amenazas y palabras.
Diez y siete días estuvimos sitiados, pero Nuestro Señor fue servido ayudarnos y librarnos de los ingleses con malos temporales y grandes nieves que cayeron, de tal suerte que al virrey le fue forzoso levantar el campo con su gente y caminar de vuelta a Dublín, donde los ingleses tenían el gobierno de Irlanda y estaban acuartelados.
Desde allí nos volvió a amenazar si caíamos en sus manos, pues pensaba volver pronto a invadir aquella tierra.
Le respondimos muy a nuestro gusto y de MacClancy, el cual cuando tuvo noticia de que el inglés se había retirado, regresó a su villa y castillo y se sosegó y nos hizo mucho regalo, pues consideró que éramos amigos leales y nos ofreció cuanto tenía para que nos sirviéramos de ello. Y los otros señores principales de aquella tierra hicieron lo mismo.
MacClancy me dio una de sus hermanas para que me casase con ella, y yo se lo agradecí mucho, pero le dije que intentaba regresar a España y me contentaba con que me proporcionase un guía que me llevase a algún sitio donde pudiera encontrar una embarcación para ir a Escocia.
Pero el señor de Rossclogher no me quería dar permiso de marchar, ni a mí ni a ningún español de los que allí estábamos. Nos decía que los caminos no eran seguros, con el fin de detenernos para que quedáramos a formar parte de su guardia.
No me pareció bien tanta amistad, que lo único que hacía era retenernos en tierra extraña, y así decidí en secreto, con cuatro de los españoles, escapar una mañana dos horas antes de que amaneciese, para que no salieran a perseguirnos. En la apresurada partida también influyó lo que me dijo un día antes un hijo de Manglana: que su padre no me dejaría salir del castillo hasta que el rey de España enviase soldados a Irlanda, y estaba dispuesto a ponerme en prisión para que no me fuese.
De forma que con esta noticia me vestí lo mejor que pude y emprendí camino con los cuatro soldados españoles una mañana de enero, y fui caminando por montañas y partes despobladas con harto trabajo, y al cabo de veinte días de caminata vine a parar a las tierras donde se perdieron Alonso de Leyva, el conde de Paredes y Tomás de Granvela y tantos otros caballeros, que serían menester muchas páginas para dar cuenta de ellos.
Por allí nos refugiamos en las cabañas de algunos salvajes, que me contaron grandes lástimas de las gentes nuestras que allí se ahogaron, y me mostraban muchas preseas y objetos valiosos de ellos que habían recogido en los naufragios, de lo cual yo recibía grande pena, que aún se hacía mayor al pensar que no hallaría modo de poder embarcar para ir al reino de Escocia.
En eso estaba hasta que un día me dieron noticia de la tierra de un príncipe irlandés llamado Ockan O’Cahan, en la cual había unas charrúas de camino hacia Escocia.
Hacia allá caminé casi arrastrándome, pues no podía menearme por la herida que tenía en la pierna. Pero como en ello me iba la salvación, puse toda mi alma en andar.
Cuéllar había logrado continuar caminando con la pierna herida, alimentándose de berros y bayas silvestres, tal como venía haciendo antes de encontrarse con los MacClancy. Sufrió mucho hasta que varias semanas después de haber abandonado el castillo de Rossclogher volvió a divisar el mar, en un lugar en el que había gente buscando cangrejos, peces y mejillones entre las rocas de la costa.
A riesgo de romperse la crisma, tuvo que descender con gran trabajo el acantilado, aferrándose con manos y pies a una pared casi lisa, labrada a modo de columnas, pegadas unas a otras, hasta formar como una fantástica y gigantesca calzada vertical que se introducía en el mar.
Cuando por fin alcanzó las rocas en la orilla, pudo comunicarse con aquella gente, y por señas pidió que le llevaran hasta las barcazas en las que transportaban gente a Escocia.
Los lugareños, muy sorprendidos de ver aparecer al capitán, mostraron primero hostilidad y estuvieron a punto de matarle para hacerse con sus ropas, pero su indefensión les inspiró piedad. Vagamente, Cuéllar entendió que las embarcaciones que partían hacia Escocia zarpaban desde el litoral situado más al oeste, y con gran disgusto tuvo que reemprender camino en esa dirección.
Agotado y con la pierna casi quebrada, cada paso era una tortura, pero aún hubo de recorrer unas dos leguas trastabillando a través de un aguacero pertinaz que la fuerza del viento convertía en una pared líquida y le mantenía permanentemente empapado.
Así avanzó varias horas hasta que dio con la ensenada donde debían de estar las anheladas embarcaciones, pero no encontró ninguna. Tan solo halló algunos hombres con aspecto más de piratas que de pescadores, entre unos cuantos tablones hincados en la orilla y una argolla fijada en una roca que hacían las veces de muelle. Le observaron con interés predatorio y le rodearon, pensando seguramente si valía la pena acabar allí mismo con ese extranjero que parecía español o era mejor tratar de entenderle y saber qué buscaba. Quizá con eso obtuvieran alguna ganancia. Por suerte para Cuéllar, algunos de esos hombres conocían unas pocas palabras en castellano, lo que indicaba que habían debido transportar ya algunos supervivientes de la Armada a tierras escocesas. Ellos le indicaron que las embarcaciones habían partido varios días antes, y seguramente no regresarían hasta dentro de algunas semanas, ya que el tiempo y el estado del mar en esa época era muy malo y la travesía muy arriesgada.
Cuéllar se desesperó y maldijo su mala suerte, aunque se alivió un tanto cuando le indicaron el camino para llegar hasta los dominios de un tal O’Cahan, amigo al parecer de los españoles, que distaban unas cinco leguas, y le advirtieron que tuviese mucho cuidado, pues los soldados ingleses recorrían continuamente la costa en busca de náufragos. Con gestos expresivos de degüello, pasando los dedos por la garganta, dieron claramente a entender al capitán lo que le esperaba si le cogían.
Luego le pidieron algunas monedas o cosa de valor por la ayuda que le habían prestado, pero Cuéllar no llevaba nada valioso, mucho menos oro. Ellos vieron que guardaba un cuchillo para su protección que le habían dado en el castillo, y se lo exigieron con brusquedad, por lo que el capitán no tuvo más remedio que entregárselo, y con eso se dieron por satisfechos.
Escribo:
Y caminé para allá casi arrastrando, que no podía menearme por la herida que tenía en una pierna, pero como en ello me iba la salvación, puse todo mi empeño en andar, y cuando llegué al sitio hacía ya dos días que las embarcaciones habían partido, lo que no fue poca tristeza para mí, porque estaba en muy ruin tierra de enemigos y había muchos ingleses alojados en este puerto, que venían cada día a estar con el señor O’Cahan para vigilarle.
Por entonces yo sufría gran dolor en la pierna, de suerte que de ninguna manera me podía tener sobre ella, y los irlandeses me avisaron de que me escondiera, pues había muchos ingleses por allí y me harían grande mal si me cogían, como habían hecho a otros españoles, y especialmente si llegaban a saber quien era yo.
En esos momentos yo no sabía qué hacer. Estaba solo, porque los soldados españoles que venían conmigo habían decidido separarse e ir a otro puerto que estaba más adelante a buscar una embarcación, y como me veían solo y enfermo, unas mujeres se dolieron de mí y me llevaron a unas chozas que tenían en la montaña, y allí me tuvieron más de mes y medio escondido y me curaron de suerte que se me cerró la herida, y yo me vi en buena disposición para ir al casar de Ockan O’Cahan a pedirle ayuda, pero no me quiso oír ni ver porque había dado palabra al gobernador inglés de no esconder en su tierra a ningún español ni dejarle andar en ella.
A todo esto, los ingleses que allí había, y O’Cahan con ellos y su gente de guerra, invadieron un territorio próximo, con lo que la villa, que era de casas de paja, quedó desguarnecida y se podía andar libremente por ella.
Y había allí unas mozas muy hermosas, con las cuales yo tenía mucha amistad, y algunos ratos entraba en sus casas a conversar, pero una tarde, cuando estaba parlando con ellas, entraron en la casa dos mancebos ingleses, uno de los cuales era sargento y tenía noticia de mí por el nombre, pero no me conocía de vista, y cuando se sentaron me preguntaron si yo era español y qué estaba haciendo allí.
Yo les dije que sí, que era de los soldados de don Alonso de Luzón, y que por estar malo de una pierna no me había podido ir de aquella tierra, y que allí me tenían para servirles.
La aldea de que era señor O’Cahan estaba en Castleroe, a unas nueve millas al oeste de Bushfoot. Una distancia larga para el capitán, que seguía sufriendo mucho dolor por las heridas en la pierna, agravado por la recia andadura desde que dejaron el castillo de Rossclogher. Creyendo morir a cada paso, consiguió llegar por fin a su destino y allí terminó siendo atendido por algunas mujeres irlandesas que le llevaron a sus cabañas en las colinas. Ellas cuidaron de su herida durante mes y medio, y en ese tiempo se curó.
Por entonces era ya principios de abril, y Cuéllar trató de persuadir a O’Cahan para que le llevase a Escocia, pero este se desentendió alegando que había prometido al virrey no dar refugio a más supervivientes españoles en su territorio. Además, había una guarnición inglesa próxima a la aldea, lo cual le ponía en peligro.
Cuéllar podía moverse libremente por las cercanías de la aldea y pronto encontró algunas muchachas muy bellas, con las que se entendió bien. Estando una noche en casa de dos hermanas irlandesas, cerca del castillo de O’Cahan, aparecieron dos jóvenes soldados ingleses de visita, uno de ellos era un sargento al que le habían llegado noticias del capitán. Preguntó a Cuéllar y este le dijo ser superviviente del barco Trinidad Valancera. El sargento entonces le indicó que tendría que ir con ellos a Dublín, y que si no podía caminar con su pierna herida le proporcionaría un carromato con un caballo. Cuéllar fingió estar de acuerdo, y los ingleses se desentendieron de él mientras se solazaban con las muchachas. Entonces la madre de estas le hizo una seña para que escapara por una puerta trasera, y el español emprendió una fuga desesperada hasta que perdió de vista el lugar de O’Cahan.
Escribo:
Dijéronme los ingleses que los esperase un poco, porque tenía que ir con ellos a Dublín, donde había muchos españoles principales en prisión. Yo les dije que no iría con ellos porque no podía ni caminar, y enviaron a buscar un caballo para llevarme, y les dije que montado en él iría contento con ellos. Con esto se confiaron y quedaron tranquilos y empezaron a retozar con las mozas.
La madre de ellas me indicó por señas que me escapase por la puerta, lo que hice con mucha presteza. En mi huida fui saltando barrancos y me metí por unos zarzales muy espesos y anduve por ellos hasta perder de vista el castillo de Ockan O’Cahan.
Al caer la noche, Cuéllar llegó a un gran lago en cuyas orillas había un rebaño de vacas. Dos muchachos irlandeses estaban arreando el ganado hacia un lugar más alto, donde sus padres estaban refugiados de los ingleses. Los chicos le trataron amistosamente y estuvo con ellos durante dos días. Uno de los zagales bajó a la aldea de O’Cahan para tratar de saber qué estaba pasando, y cuando volvió informó a Cuéllar. Los dos ingleses estaban rabiosos y le buscaban con desesperación para matarle, y el capitán decidió entonces abandonar completamente ese territorio.
A la mañana siguiente se dirigió hacia el oeste para encontrarse con un obispo que vivía retirado en las costas del Foyle. Su salud recuperada le permitió recorrer 25 millas en un día, y su alegría fue grande cuando por fin encontró al prelado. Era Redmond O’Gallagher, el obispo católico de Derry, un hombre justo y honorable que ya había ayudado a supervivientes del Trinidad Valancera cuando fueron atacados por los ingleses.
Había otros doce españoles fugitivos bajo la protección del obispo, que trataba a todos con simpatía y generosidad y diariamente celebraba misa para ellos. Cuéllar y sus compañeros tuvieron que esperar seis días mientras se preparaba un barco cargado con provisiones para la travesía hasta Escocia, que normalmente duraba dos días, y el prelado les advirtió que tuvieran cuidado en ese país, porque la gente de allí en su mayoría eran protestantes que odiaban a los católicos.
Escribo:
Aquel mozo irlandés fue tan buen hombre que, al darse cuenta de la situación, se volvió a su choza y me avisó de lo que pasaba. De suerte que me fue forzado abandonar aquel refugio muy de mañana y caminar en busca de un obispo que vivía a siete leguas de allí en un castillo donde se escondía de los ingleses.
El obispo lo era de Times y era muy buen cristiano, y andaba vestido de rústico irlandés para no ser reconocido, y prometo a vuesa merced que no pude contener las lágrimas cuando me llegué a él a besarle la mano. Tenía doce soldados españoles consigo para trasladarlos a Escocia, donde se podía llegar en dos días, y mi llegada le alegró mucho, y más cuando los soldados le dijeron que yo era capitán.
Durante los seis días que estuve con él me brindó su hospitalidad y nos procuró una barca con todos los aderezos para pasarnos a Escocia, y nos dio bastimentos para la mar y después de celebrar una misa en el castillo me habló de algunas cosas tocantes a la pérdida de Irlanda y de la ayuda que recibía de nuestro rey, y me dijo que deseaba venir a España lo antes posible.
Una vez que desembarcara en Escocia, me advirtió el obispo que yo debía vivir con mucha paciencia, pues la mayoría en ese país son luteranos y hay muy pocos católicos.
Al fin llegó el barco que esperaban, que a Cuéllar le pareció una pobre barca. Se trataba de un curragh irlandés hecho de un bastidor de madera recubierto de cueros de vaca, una embarcación pequeña empleada desde hacía siglos para comerciar con Escocia. Pero flotaba, y para los españoles empeñados en volver a su tierra, aquello era suficiente.
La mala suerte, sin embargo, seguía persiguiendo al capitán y sus diecisiete compañeros que dejaron las costas de Lough Foyle al amanecer de un día de principios de abril de 1589. Antes de caer la noche les golpeó una tormenta que arrastró la embarcación hasta las islas Shetland, donde arribaron en mal estado al amanecer del día siguiente. Los españoles tardaron dos días en reparar su barco, y, por fin, tres días más tarde llegaron a la costa escocesa de Ayrshire.
Escribo:
Y aquel mismo día al amanecer me fui a la mar en una pobre barca en la que íbamos dieciocho personas, pero al poco tiempo tuvimos viento en contra y nos fue forzoso ir corriendo en popa la vuelta de Setelandia, donde amanecimos en la costa, la barca casi anegada y rota la vela mayor.
Escocia les defraudó. Estaban convencidos de que en ese país serían bien tratados, obtendrían ropa y se les facilitaría el embarque hacia España, pero los escoceses se mostraron indiferentes con su suerte y apenas les hicieron caso. Había varios cientos de otros supervivientes españoles en el área de Edimburgo que también esperaban ponerse a salvo, y durante seis meses, Cuéllar y sus camaradas quedaron abandonados a su suerte, tan pobres y desnudos como habían estado en Irlanda.
A Cuéllar tampoco le gustó el rey escocés Jacobo VI, hijo de María Estuardo, al que consideró un don nadie, «no es nada», sin la dignidad ni la autoridad de un rey. Jacobo tenía entonces 26 años y había alcanzado la corona siendo todavía un niño. Eso hizo que durante su minoría de edad, el país fuera gobernado por un consejo de nobles acostumbrados a detentar el poder político en cualquier situación. Algunas de estas familias nobles eran católicas y proporcionaron ayuda a los españoles, pero los protestantes eran mayoría y no tenían simpatía por los náufragos de la Armada. De ellos recibieron muchos insultos y si cualquier español les respondía le atacaban y lo mataban.
Finalmente, los españoles pudieron enviar una carta al duque de Parma solicitándole ayuda, y un mercader escocés que residía en Flandes fue contratado para llevarles a casa con cuatro barcos. El acuerdo incluía pagarle cinco ducados por cada español que entregara a salvo en Flandes.
Sería a principios de septiembre de 1589 cuando los náufragos pudieron por fin embarcar y navegar hacia Dunkerque en esos cuatro barcos. Pero sus cuitas estaban lejos de haber terminado. Para empezar se vieron forzados por el mal tiempo a entrar en el puerto inglés de Great Yarmouth, con la perspectiva de ser hechos prisioneros. No ocurrió así porque llevaban salvoconductos de la reina de Inglaterra que el mercader les había proporcionado, sin duda comprados a precio de oro.
Cuéllar todavía no había superado todos los obstáculos que el destino puso en su camino de retorno. El 22 septiembre de 1589, los cuatro bajeles alcanzaron la barra de Dunkerque, pero su sorpresa fue mayúscula cuando vieron que les estaban esperando filibotes holandeses enemigos. De una forma u otra los holandeses estaban enterados del viaje, y dos de los bajeles escoceses fueron destruidos por la artillería holandesa. Cuéllar iba en uno de los dos barcos que no habían sido alcanzados, pero pronto las corrientes le arrastraron a los bancos de arena y se vio casi en la misma situación que había sufrido en las playas de Irlanda un año antes. Naufragó y llegó a la costa flotando sobre un madero.
Escribo:
De los cuatro bajeles en que veníamos, se escaparon dos que embistieron en tierra donde se rompieron e hicieron pedazos. Y al ver el enemigo que nos escapábamos nos lanzó una buena descarga de artillería, de suerte que nos fue forzoso echarnos a nado, pensando que había llegado nuestra última hora.
Cuéllar se salvó gracias a que algunos soldados de España que por allí había le ayudaron, pero tuvo que sufrir la indignidad de llegar a Dunkerque vestido solo con una camisa, aunque pudo considerarse más afortunado que la mayoría de sus compañeros de viaje, que murieron en el intento.
Escribo:
Los del puerto de Dunkerque no nos podían socorrer con barcas, pues el enemigo las cañoneaba vivamente. Por otra parte había mucha mar y viento, por lo que nos vimos en grandísimo aprieto de perdernos.
Con todo, nos tiramos al agua sobre maderos y se ahogaron algunos soldados españoles y un capitán escocés, pero yo pude llegar a tierra en camisa, y me vinieron a socorrer unos soldados del capitán Medina que allí estaban.
Lástima grande fue otra vez vernos entrar en la ciudad desnudos en carnes, viendo cómo los holandeses estaban haciendo mil pedazos a doscientos setenta españoles que venían en la nao que en Dunkerque nos tomaron, sin que dejasen con vida a más de tres, lo cual los enemigos también pagaron caro, pues los nuestros han degollado a más de cuatrocientos holandeses que después fueron acá capturados.
Esto he querido escribir a V.md.
De la villa de Amberes, 4 de octubre de 1589 años.
FRANCISCO DE CUÉLLAR
Solo mucho más tarde sabría el capitán que en la Semana Santa de 1590, el gobernador Bingham atacó la fortaleza de MacClancy, que intentó escapar a nado, pero lo impidió un disparo que le destrozó un brazo. Cuando lo llevaron a tierra, el implacable Bingham lo mató, le cortó la cabeza y la envió a Dublín. El inglés se mostró orgulloso, y aseguró al gobierno de Londres que MacClancy era «el hombre que más merecía la muerte en Connaught en mucho tiempo… un gran rebelde que nunca vivió de acuerdo con la ley ni un solo día de su vida y no pagó a su majestad ni un penique de renta por todas las tierras que poseía».
MacClancy era el principal protector de O’Rourke, y sin su apoyo, este quedó expuesto al avance de las tropas inglesas. Entonces decidió trasladarse a Escocia para intentar conseguir la ayuda del rey escocés. Pero el ruin Jacobo VI lo entregó a Inglaterra, y el 2 noviembre de 1591, acusado de alta traición, fue condenado por haber ayudado a los españoles y ejecutado pocas semanas después en Tyburn. Al morir, O’Rourke pidió ser ahorcado con una cuerda irlandesa, en vez de con una soga de cáñamo inglesa, aunque es incierto si esa última voluntad le fue concedida.