CUÉLLAR

Unos días después, el capitán Cuéllar pidió audiencia en el despacho de Idiáquez, tal como este le había indicado. El consejero le recibió afablemente y se interesó por el acomodo.

—Muy satisfactorio, excelencia. Pero ahora que me he repuesto creo mi deber partir de nuevo a Lisboa, si no me necesitáis aquí.

Idiáquez sonrió, mientras observaba con detenimiento al capitán.

—Parecéis presuroso de partir, capitán. Veo que las tentaciones de la corte no son para vos.

Cuéllar se tensó. La corte es para los ricos, los embaucadores y los cortesanos ociosos, y él no es nada de eso. Los soldados como él están mejor entre los suyos, con sus banderas y camaradas. Está a punto de decírselo así al secretario, pero se reprime. A fin de cuentas, Idiáquez es también hombre de corte, aunque percibe en él madera de fiel funcionario austero, poco amigo de fiestas y agasajos. Un hombre honrado, si tal cosa es posible en este Madrid de marrullería y artificio, una enorme cucaña por la que todos se afanan en trepar y donde tanto tienes tanto vales. El capitán prefiere vérselas con su espada en campo abierto, aunque su vida hasta ahora tampoco es que haya sido un lecho de rosas.

—Señor, hay mucho trabajo en la empresa que allí se prepara. Y a no ser que queráis que me quede por algo…

—No, don Francisco. Partid. Pero os necesitaré en Lisboa.

—Estoy a vuestras órdenes.

—Mi misión es informar al rey, y eso requiere ojos y oídos en muchos sitios.

—Sin duda tenéis razón, excelencia.

—Necesito informadores de confianza, capitán. Gente que además de manejar la espada sepa manejarse en secreto. Sin duda, habéis hecho tareas semejantes con don Álvaro de Bazán.

—Soy soldado del rey y cumplo cuanto se me ordena, excelencia. No distingo en esto entre lo secreto y lo público.

—Me gusta que lo veáis así. La partida en la que estamos empeñados no se resolverá solo con cañones ni barcos. Nos enfrentamos a un enemigo astuto, y el engaño es su mejor arma.

—Comparto lo que decís. En Lisboa sabemos que hay espías ingleses por todas partes, y aquí mismo, en la corte…

—Yo sé lo que pasa en la corte, no necesito que me lo digáis —cortó Idiáquez con sequedad.

—Seguro estoy. No pretendía molestaros.

—Capitán. Aquí en Madrid recibo a diario cartas de gobernadores, generales y altos oficiales. En muchos casos son informes honrados y en otros torcidos, pero en cualquier caso abundan en información interesada. Lo que necesito es que alguien como vos, en contacto con la tropa, y sin ánimo de medrar, me dé cuenta de la realidad que se palpa en las banderas, qué piensan de verdad los soldados, y cuál es el ambiente que se respira en los barcos y las compañías. Contádmelo a mí y solo a mí con toda crudeza.

A Cuéllar le sorprendió la propuesta. Los espías no estaban bien considerados en el ejército. Se estimaba una labor menor y algo bellaca, poco digna de caballeros, aunque él mismo la había desempeñado en misiones para el marqués de Santa Cruz en Portugal.

—Me gustaría reflexionar, excelencia.

—Muy bien —dijo Idiáquez—. Lo entiendo. Os doy exactamente un minuto para que me digáis sí o no. Nada os obliga.

Le dijo que sí en diez segundos, y a estas alturas aún no sabe por qué lo hizo. Pero ya está hecho y él no es hombre de darle muchas vueltas a las cosas. Las cosas vienen y van y la vida sigue.

Idiáquez le instruyó de que le diera cuenta de todo lo que en la Armada viera u oyera de interés en cuanto salieran de Lisboa, y le envió a entrevistarse con un experto en claves que durante varios días le enseñó el manejo de muchas de ellas, de lo que Cuéllar tomó buena nota.