JUAN DE IDIÁQUEZ A BERNARDINO DE MENDOZA

21 de mayo de 1587

El informe que os remito me llegó en gran parte por intermedio del general de la Compañía de Jesús, Claudio Acquaviva, quien a su vez lo ha recibido en Sevilla de uno de los padres jesuitas del colegio que la orden tiene en Cádiz.

El ataque de Drake fue demoledor, y así se lo he informado al rey, más o menos en los mismos términos que aquí expongo, sin ahorrarle la cruda realidad de los graves daños recibidos, ya que en estos momentos la verdad es la única medicina para el cuerpo enfermo de un proyecto que cada vez parece más espinoso.

La población de la ciudad no estaba preparada y el fuego del dragón les cayó de improviso. Mucha gente asistía a la representación de una comedia y la exhibición de saltimbanquis en la plaza principal en el momento en que se divisaron las naves inglesas, que venían bajo falso pabellón de banderas flamencas y francesas para disimular sus intenciones hostiles.

El engaño se quebró cuando dos galeras que se hallaban en el puerto salieron a identificar a la flota y fueron acogidas a cañonazos, lo que evidenció que se trataba de enemigos. Eso sembró el pánico y la confusión en la ciudad, y el desorden tuvo consecuencias dramáticas para la población.

Muchas mujeres y niños se agolparon en busca de refugio a la entrada de la fortaleza de la plaza, cuyo comandante, temiendo un alud de personas agitadas e incapaces de combatir, cerró las puertas. Eso hizo que un gran número de esta muchedumbre pereciera por asfixia, al caer amontonados unos sobre otros.

Lo primero que los ingleses intentaron fue tomar el puente de Zuazo, que es la única conexión entre la tierra firme y el istmo donde se sitúa Cádiz, para cortar la vía de ayuda a la ciudad.

Estuvieron a punto de lograrlo, pero por casualidad lo impidieron dos galeras que se hallaban en las proximidades en trabajos de mantenimiento, y aunque iban sin munición ni soldados, su sola presencia hizo retirarse al enemigo.

Cuando Drake vio que no podía entrar en la ciudad decidió hacer el mayor daño posible a los navíos que estaban a su alcance en el puerto. Su mayor presa fue un galeón genovés cargado de valiosas mercancías, que estaba listo para zarpar hacia Italia, al que cañoneó y hundió en poco tiempo, y después la emprendió con otros cinco de nuestros barcos preparados para navegar a Nueva España.

Todo eso acaeció antes de que cerrara la noche del primer día, y a la mañana siguiente, la flota de Drake se trasladó cerca del Puntal, que es el promontorio que divide el puerto interno y mar abierto. En las inmediaciones estaba el formidable galeón del marqués de Santa Cruz, que fue destruido, y luego los ingleses saquearon otros diez navíos repletos de arcabuces, munición y víveres, y también los incendiaron.

Al iniciarse el ataque había en aguas de Cádiz unas sesenta naos, sin contar barcos más pequeños. Algunas de estas naves consiguieron refugiarse en Puerto Real y el Puerto de Santa María.

Como la artillería de la ciudad era escasa, nuestras galeras tuvieron que limitarse a realizar acciones de hostigamiento contra los barcos ingleses, sin poder acercarse a ellos por el mayor alcance y precisión de tiro de la artillería inglesa. Me dijeron que solo hicimos un disparo digno de mencionarse, que alcanzó a uno de los bajeles ingleses y debió de herir a varios tripulantes. Poca cosa, en verdad.

A la mañana siguiente, la bahía de Cádiz parecía un cementerio de barcos hundidos o incendiados, y los ingleses señoreaban el puerto. Poco antes, sin embargo, habían llegado refuerzos desde muchos lugares próximos. El corregidor de la ciudad dio aviso al duque de Medina Sidonia, que partió de Sanlúcar para tomar el mando de la defensa de la plaza. Unos dos mil quinientos hombres entre soldados de infantería y a caballo, que se aprestaron a defender la ciudad, la fortaleza y los puntos más vulnerables de la costa.

Se produjo entonces un extraño gesto por parte inglesa. Pensando en ridiculizarnos, los navíos ingleses desplegaron banderolas y gallardetes multicolores haciendo fiesta, al tiempo que organizaban zarabanda y tocaban en los navíos música de chirigota. Todo esto contribuyó a rebajar la tensión y la sensación de peligro en la población, cosa que, por descontado, favorecía a los asaltantes. La dureza de los momentos iniciales se fue ablandando y a las amenazas de Drake y sus capitanes sucedieron gestos de cortesía por ambas partes. A esto siguieron respetuosas embajadas entre el pirata y el comandante español de las galeras, el adelantado mayor de Castilla don Pedro Acuña, cuyos hombres fueron bien recibidos en los barcos enemigos, y hasta invitados a cenar y despedidos con obsequios.

También hubo otros encuentros de Drake con el duque de Medina Sidonia para lograr un intercambio de prisioneros. En eso ellos nos ganaban, pues habían apresado a más de un centenar de españoles, mientras que los de Cádiz solo habían capturado una lancha inglesa con cinco hombres a bordo. Para recuperarlos, Drake ofreció al duque dejar en libertad a veinticinco vizcaínos atrapados en uno de los navíos incendiados, pero el trato se interrumpió cuando se levantó un viento favorable y la escuadra inglesa, ante el continuado reforzamiento de nuestras defensas, decidió izar velas y hacerse a la mar al amanecer del día 2 de mayo.

En principio se temió que Drake regresara, como había hecho otras veces. Tanto era el temor que el rey, en cuanto se enteró de la partida del pirata, ordenó a Medina Sidonia que mantuviera alerta a don Agustín Mejía con toda la infantería y caballería para repeler el esperado nuevo ataque.

Cuando los días pasaron y se hizo evidente que Drake no volvería, aunque continuaba merodeando en la costa sur portuguesa, el rey comenzó a temer que pudiera impedir el paso de naves cargadas con bastimentos para la Armada en Lisboa, o se lanzase a navegar de nuevo hacia las Indias para atacar los barcos de la plata y repetir las destrucciones que había hecho en Cartagena y Santo Domingo. Para menguar el posible daño recomendé al rey que enviara despachos avisando de la situación, y así se hizo con los gobernadores de La Habana, Florida, Puerto Rico, Cartagena, Santo Domingo, Panamá, la isla Margarita y Jamaica, y con el general de la flota de Indias, Álvaro Flores. Aquí quedamos a la espera, a ver en qué para todo. Quiera Dios que el pirata y los galeones del Nuevo Mundo no se encuentren, pues eso sí sería gran ruina.

En total, estimo que perdimos en Cádiz unos veinte navíos, de ellos solo cinco o seis grandes, más una gran cantidad de municiones, duelas de barril y víveres destinados a la Armada que se está equipando en Lisboa. El daño puede evaluarse en unos ciento cincuenta mil ducados, de los que solo una pequeña parte corresponden a la corona, pero el ataque, sobre todo, ha revelado la fragilidad de las defensas costeras. Si Cádiz ha caído con tanta facilidad, ¿qué impedirá a los ingleses tomar Lisboa, La Coruña o cualquier otro gran puerto de la Península?

Como comprendéis bien, todo esto me tiene sumamente preocupado. Nuestras costas son largas y no es posible defenderlas todas con el poder necesario.

Al socaire de cuanto os digo, y a tenor de las nuevas que con el capitán Gamboa me habéis enviado, comparto vuestra inquietud por las señales de filtración de nuestros secretos. Estoy de acuerdo en que la red de espías de la reina Elizabeth parece actuar de forma audaz y sabe mucho más de lo que pensamos sobre los preparativos de la Felicísima Armada, a la que no podrá detener el golpe recibido en Cádiz, a Dios gracias. Drake parecía saberlo todo de las defensas de la ciudad cuando llevó a efecto su ataque y alguien le dio aviso. Así pues, tenemos gusanos en la cesta de las manzanas y debemos acabar con ellos antes de que lo pudran todo.