CUÉLLAR
Cuando doblamos Escocia perdimos de vista algunos barcos que se fueron quedando atrás, como sombras evanescentes en la neblina y las borrascas. Navegaban semihundidos por las inacabables tempestades que nos flagelaban.
Tres urcas levantiscas, que en situación desesperada subían y bajaban como juguetes del océano, intentaron desviarse hacia el este para ganar una costa cualquiera, pero desaparecieron y nada más supimos de ellas. Igual que sucedió poco después con el Gran Grifón, la capitana de las urcas.
La Armada menguaba cada día y no había tiempo ni fuerzas para compasiones ni lamentos, pues bastante teníamos con soportar androjosos el frío, el viento y la lluvia que a diario caían sobre nosotros como la maldición de algún dios inclemente.
La comida, además de escasa, apenas podía tragarse, a pesar del hambre que nos atenazaba las tripas a todos. La ración diaria era ocho onzas y media de galleta, un cuarto de azumbre de agua y medio cuarto de vino. Un racionamiento miserable que no alcanzaba a reparar las energías perdidas en mantener el barco a flote.
En una decisión estúpida, una más, el duque ordenó arrojar al mar los caballos y las mulas que transportaban las urcas. Se dijo que era para ahorrar agua y comida, cuando los animales bien podrían al menos haber rendido el último servicio sirviendo de alimento a los hombres que antes les habían cuidado.
Pena daban los relinchos y pataleos desesperados de las pobres bestias, que en nada entendían la crueldad de sus dueños, con los que hasta entonces habían convivido y soportado tantas fatigas. Esa era la caballería con la que habíamos soñado recorrer en triunfo los campos ingleses, y que ahora se ahogaba entre espasmos aterrados, con los ojos temblorosos de pánico, en las gélidas aguas de un océano impasible y siniestro, como un fantasma devorador.
El holocausto animal debió de ocurrir hacia el 20 de agosto, y en las dos semanas siguientes persistió la desolación. Vientos contrarios y tormentas demoledoras nos condujeron al borde del delirio, mientras cada día desaparecían de nuestra vista nuevos barcos, como si se los hubiera tragado la tierra, sin que supiéramos si se habían hundido ya o navegaban perdidos a la deriva.
Desde la lejanía, superando el rugido del mar, nos llegaban a veces gritos de auxilio que parecían voces fantasmales del mundo de los muertos.
Entre estos barcos que se perdieron estaba el San Juan del almirante Recalde, a quien muchos de nosotros considerábamos el auténtico jefe de la Armada, pues siempre estaba en ayuda de sus hombres y su sola presencia nos hacía sentirnos seguros. También perdimos otras naves, como La Rata Encoronada del gran señor Martínez de Leyva, y varios barcos de las escuadras de Levante, Andalucía y Castilla, y también de la escuadra guipuzcoana que dirigía Oquendo, el mejor navegante que teníamos.
Por esos días, el continuo sufrimiento nos había reducido a espectros de rostro apagado y boca deforme por la hinchazón amarillenta de las encías que los más padecíamos. Los dientes, ennegrecidos, se nos caían como si fueran de leche, igual que el cabello, que perdíamos por mechones, creo que por el cansancio, el temor continuado y la mala alimentación.
Algunos escapaban de la cubierta para ir a tenderse enfermos en los jergones del sollado, incapaces ya de incorporarse y seguir trabajando con el resto de sus compañeros, con la apatía del que busca descansar en la muerte, sin que le importen ya las cosas del mundo.
Febriles y sumisos a la llamada de la noche eterna pasaban a otra vida sin despertar a la mañana siguiente y, tras un breve responso, echábamos sus cuerpos cubiertos de andrajos al agua como un lastre inútil.
Una noche, al fin, en medio de un temporal furioso, el barco pareció que se negaba a seguir. Era como si la nao, igual que los tripulantes enfermos que ya no querían levantarse, eligiera ser engullida también en aquellas aguas para descansar eternamente.
Las velas rotas del Lavia se soltaron, los cabos se aflojaron, se rompió el bauprés, y los pocos oficiales que aún quedábamos nos reunimos en la cabina del capitán. Intentamos, inútilmente, saber al menos cuál era nuestra posición, pero ni el capitán del barco ni los pilotos supieron decirlo a ciencia cierta.
Ninguno conocía aquellas latitudes ni sabía dónde nos hallábamos, aunque teníamos la noción vaga de que no estábamos lejos del litoral irlandés. Una costa que ya considerábamos maldita sin haberla visto.