IDIÁQUEZ
Y si algunos se preguntan por qué el rey no ordenó ejecutar al traidor Pérez, y lo dejó tanto tiempo en prisión atenuada hasta que se escapó, diré que después de su primera detención ya era tarde, pues los papeles que a don Felipe tenían tan enturbiado no habían aparecido, y aunque hubiera matado al traidor el daño ya estaba hecho y nunca fuimos capaces de repararlo, aunque lo intenté, bien sabe Dios, y por eso envié a Cuéllar otra vez de vuelta a Irlanda, pues además de ser uno de mis mejores agentes en la Gran Armada, el infortunio le había permitido conocer ese país mejor que cualquier español entonces.
Su valor y abnegación quedaron una vez más acreditados al obedecer mis instrucciones sin objetar nada, pues pocos hombres hubieran osado tornar a esa isla después de haber sido allí testigo de tanta muerte y haber sufrido lo que él sufrió. Son soldados así los que salvan un país que de no ser por ellos estaría derrotado y muerto.
El rey, además, era muy escrupuloso con su propia conciencia, pues temía el juicio de Dios y sabía que al final de sus días habría de rendir estrecha cuenta al Señor de todos sus actos. Eso le hacía ser muy dubitativo en las decisiones trascendentales, pues, como ya he dicho, intentaba comprender el pensamiento divino en tales casos, y se aferraba a los legalismos para remarcar el poder de la ley sobre sus vasallos y no ser acusado de tirano.
Una vez supe que los documentos más secretos del traidor habían salido de España y estaban probablemente en Irlanda, no había tiempo que perder, y por eso decidí que «Lázaro», en realidad el padre Thomas Briand, un hombre de total confianza le ayudase en la difícil tarea que le esperaba. Aunque la misión era muy peligrosa, debía viajar solo, porque así se vería más suelto para actuar y estaría menos expuesto al espionaje enemigo. Dos siempre llaman más la atención que uno en país extranjero.
Como es lógico, di cuenta de todo ello al rey, que tras el fracaso de la Gran Armada había entrado en uno de sus tenebrosos estados de ánimo, y se lamentaba de las desgracias familiares que los designios de la Providencia habían descargado sobre él. Era un hombre muy entristecido, a quien la vida parecía pesarle, y más de una vez me dijo que se sentía en deuda con su hermano don Juan, del que tanto había dudado, muerto en Flandes como un soldado más.
Don Felipe se sabía burlado y engañado por Antonio Pérez, y esa era una daga que llevaba en el corazón y continuamente lo atormentaba. «Antonio Pérez —me dijo en una ocasión— falseó el contenido de mis notas manuscritas con malicia. Decía tener pruebas fehacientes de la desafección de don Juan y de la traición de Escobedo. Pérfidamente, alteró el sentido de las notas que yo le daba, comprometedoras, es cierto, porque respondían a insinuaciones falsas. Podría dar respuesta cumplida de todo ello, pero hay secretos que no deben salir a la luz porque sería peor para el reino que se airearan».
Pérez era ladino y sabía que mientras tuviera en su poder los papeles que el rey deseaba, su vida no correría peligro. ¿Y qué contenían esos documentos tan importantes? El rey nunca me lo dijo, y yo no me atreví a preguntárselo abiertamente, pero no parecía muy difícil de colegir que debía de haber cartas de don Felipe en las que daba instrucciones de avivar las ambiciones de don Juan con misivas provocadoras, para sacar claramente a la luz la conspiración que Pérez aseguraba haber detectado. Era el rey quien corregía las cartas entre Pérez y Escobedo, esperando descubrir secretos traicioneros de su hermano don Juan, cuyas ilusiones de gloria y actitud impaciente le tenían escamado. Se decía incluso que un poderoso grupo de nobles flamencos le había ofrecido a don Juan ser rey de los Países Bajos como una vía de acabar la guerra. Puede que en los tales papeles aparezca también que don Felipe negociaba con los agentes de Guillermo de Orange la paz, si este aceptaba volver al redil, mientras su hermanastro languidecía en Flandes sin tropas ni dinero y Alejandro Farnesio enviaba a nuestros tercios a la hoguera. A eso se uniría, estoy casi seguro, la orden de puño y letra de matar a Escobedo, y los reproches por fallar los primeros intentos de asesinarle con veneno. Un crimen cuya víctima propiciatoria fue la inocente y pobre esclava mora de la casa de Escobedo, a la que Pérez acusó y que terminó ahorcada.
Tanto temía el rey los documentos comprometedores que Pérez tenía en sus manos que durante diez años solo permitió que se le juzgara por venalidad y tráfico de secretos de Estado, sin que se mencionara el asesinato de Escobedo. Solo en 1590, si la memoria no me falla, se le abrió proceso por esa muerte y se le puso en manos de la Inquisición, que tampoco se mostró muy celosa en el caso. El asunto quedó envuelto en una información falsa, como supuesta represalia por la hostilidad de los dos partidos que se disputaban la corte. Así, la causa comenzó para salvar la reputación y la seguridad del secretario Mateo Vázquez, sin que la familia de Escobedo se querellase. Por eso, en principio, se dio trato de favor a Pérez y se le permitió mantener el boato al que estaba acostumbrado gracias a los dineros que había robado.
En fin, es posible también que los papeles dejen al descubierto el disimulo con el que el rey se deshizo de alguna gente que consideraba peligrosa para los intereses del Estado, como ocurrió con los condes de Egmont y Horn, aunque en esto se dejó guiar por el criterio del duque de Alba. Y apostaría que las dichosas notas incluían también el mandato real para acabar con la vida de Floris de Montmorency, barón de Montigny y hermano del conde Horn, una muerte llevada a cabo de manera hipócrita y taimada, pues el tal había llegado a España como enviado de Margarita de Parma, la gobernadora de Flandes y hermanastra del rey.
Poco después de llegar Montigny a Madrid, donde fue recibido con todos los honores, don Felipe lo mandó encarcelar en el Alcázar de Segovia, sin que de nada sirvieran las protestas de inocencia del barón. Pero el duque de Alba insistía en que era culpable de traición y sedición, algo que nunca pudo ser demostrado.
El caso es que el Tribunal de los Tumultos de Bruselas decretó que le fuera cortada la cabeza y puesta en un palo alto, aunque el rey —según su costumbre— se mostrara dubitativo.
Poco después de que se hubiera dictado en secreto sentencia de muerte contra Montigny, Ana de Austria, la nueva esposa del rey, llegó a Bruselas de camino hacia Madrid, donde había de celebrarse el casamiento. Como era de esperar, todos los amigos y parientes del barón, que eran muchos, suplicaron a la nueva reina que intercediese por él, dada su inocencia e intachable hoja de servicios a la corona en misiones diplomáticas.
La austriaca era mujer de buen corazón y les aseguró que pediría a su marido el rey que dejase en libertad a Montigny, y todos confiaron en que don Felipe no podría negar tal favor a su reciente esposa.
Pero el rey era tan testarudo en sus preferencias como en sus odios y, atizado por Alba, tenía fijo en mente deshacerse del desgraciado noble flamenco, que veía pasar los días aterrorizado en su calabozo de Segovia, sin saber a ciencia cierta por qué razones se le había detenido y condenado.
Fue Alba quien insinuó al rey que se vería en un compromiso si Ana le pedía gracia para el noble flamenco, por lo que sería mejor ejecutarle antes de que ella llegase a España. Luego se podría hacer público que había muerto por causas naturales.
Al rey esta idea le pareció bien, y designó juez, escribano, confesor y verdugo, que fueron advertidos de guardar el secreto bajo pena de muerte. «El prisionero debe conocer su castigo y sufrirlo», dijo.
Montigny fue trasladado al castillo de Simancas. El juez le notificó la sentencia y el verdugo hizo su oficio en la celda del desventurado barón, después de que le permitieran confesarse y comulgar. Consumado el garrote, se vistió el cadáver con el hábito de San Francisco para encubrir la infamante muerte y se le enterró en la iglesia parroquial de Simancas. El rey se felicitó por el engaño, y escribió al duque de Alba en una carta cuya copia me ha llegado y que sin duda guardará Antonio Pérez: «Me parece que se ha conseguido lo que se pretendía, pues se ha hecho justicia y evitado el juicio y rumor que causara si se ejecutara en público».
Volviendo a Pérez, parecerá en el futuro increíble a muchos la tribulación que un personaje tal ha causado al rey más poderoso de la tierra, y la alteración que el traidor provocó en Aragón. Tal cosa solo es explicable si se tiene en cuenta la escasa cohesión que en asuntos de fueros y encomiendas existe en España, unido a los escrúpulos y el retorcido legalismo de don Felipe y a la red de clientes y corruptelas que Pérez había formado, otorgando favores y creando a su alrededor un colchón de intereses económicos con mucha gente de la corte beneficiada, entre la que se cuentan nobles y altas autoridades de la Iglesia, como el propio arzobispo cardenal de Toledo, Gaspar Quiroga, que hasta el final fue uno de sus más firmes defensores y gran amigo y confidente de la princesa Ana de Mendoza.
Pérez era hombre de gran desenvoltura en el trato, sabía halagar a unos y amedrentar a otros, y ser servil y melifluo con los poderosos y ante todo con el rey cuando eso convenía a sus fines. Sabía que don Felipe recelaba mucho de los caracteres fuertes, y el secretario supo disfrazarse con la piel de la debilidad. Poco a poco, se convirtió en la mejor puerta para acceder a los favores del monarca y se fue labrando una enorme fortuna vendiendo prebendas, influencias y secretos de Estado, que ingleses, franceses y rebeldes flamencos compraban a buen precio. En realidad, le perdió la avaricia, y se hundió por querer abarcar demasiado.
Su caída en desgracia no le llegó por su malicia personal sino por el enfrentamiento de las dos facciones que existían en la corte y forcejeaban por acercarse a la privanza del rey, fuente principal de todo poder. Ese fue el trasfondo, pero su ruina se la labró él solo por el doble juego que mantuvo. Por un lado, animando al rey a poner trampas a don Juan y desconfiar de la fidelidad de su hermano. Por otro, seleccionando las respuestas que el taimado Pérez mostraba al rey, haciendo pasar por una conspiración contra la corona lo que no era más que un duelo de voluntades y ambiciones personales en la corte.
Las dos camarillas estaban enfrentadas tanto en negocios de política exterior como en los asuntos internos del reino, lo que creaba una atmósfera permanente de enemistades, recelos y odios personales intensos y larvados.
La facción que encabezaban el duque de Alba y el inquisidor general era partidaria de aplastar con las armas, sin excusa, la rebelión de los Países Bajos, y a cambio mantener la paz con Inglaterra, una contradicción tan irresoluble como la cuadratura del círculo. La facción de Éboli, Pérez, el marqués de Vélez y el cardenal de Toledo propugnaba la paz con las provincias rebeldes, pero en ello había mucho de intereses personales porque la negociación política iba de la mano con los negocios y la venta bajo cuerda de secretos que proporcionaban victorias a los rebeldes y alargaban la guerra. Corrupción, en suma, la más pesada piedra de molino que España lleva atada al cuello. Además, los ebolistas querían la paz en Flandes para llevar mejor a cabo la invasión de Inglaterra, que poco a poco se iba perfilando como la gran enemiga de la Monarquía Católica no solo en Europa sino en todo el mundo.
La oposición entre ambos partidos provocaba continuos choques en la maquinaria del Estado, pero el rey mantenía en equilibrio el fiel de la balanza hasta que, con la conciencia abrumada por las sospechas contra su hermano y el asesinato de Escobedo, decidió desnivelarla en contra del grupo que encabezaba Pérez. A partir de ahí, la trayectoria del privado entró en declive hasta estrellarse. Pero el proceso avanzó muy lentamente, con grave perjuicio público, en gran medida por la prudencia que producía el temor de que los dichosos papeles salieran a la luz.
De Ana Mendoza, yo que la conocí puedo decir que era bastante insufrible, muy pagada de sí misma y amiga de intrigas palaciegas. Su altanería le llevó a chocar con la monja Teresa de Jesús cuando al morir su marido, el príncipe de Éboli, quiso entrar e imponer su voluntad (no precisamente santa) en el convento de carmelitas de Pastrana, que ella misma mantenía con su dinero. Pretendía disponer de aposento propio separado de las otras monjas, y de criados y libertad para entrar y salir cuando se le antojase. La respuesta de la madre Teresa fue fulminante, porque ordenó a sus monjas abandonar el convento de noche y secretamente para no ser vistas. Cuando Ana de Mendoza despertó a la mañana siguiente, el convento, que ella creía suyo, estaba vacío, y a partir de ahí abandonó toda pretensión de santidad, algo en todo punto contrario a sus aspiraciones y afición al mundo y la carne, pues utilizaba su encanto para conquistar voluntades y ganar partidarios. Y esa fue precisamente la razón por la que el rey la mantuvo tanto tiempo oculta, pues conocía el influjo que con su belleza ejercía en pro de sus ambiciones. Eso sin contar con sus deseos de emparentar con la casa de Braganza a espaldas del rey, casando a su hija con el heredero de esta estirpe, rival de don Felipe al trono de Portugal. Y esto creo que fue un desaire que el rey nunca perdonó. En cuanto al pueblo llano, ninguna razón tenía para apenarse por ella. Muchos la llamaban Jezabel y sin empacho convenían en que la princesa debía pasar lo que le quedaba de vida hilando en su casa, sin meterse en más intrigas.
En vista de que los papeles no aparecían, el rey pensó que podría ablandar la felonía de Pérez, o al menos hacerle caer en algún descuido, siendo benevolente, y por eso ordenó suavizar la prisión del privado, con quien seguía colaborando el nuncio papal, que le visitaba con frecuencia y mantenía con el traidor secretísimos despachos más que sospechosos, en los que anudó relaciones con personajes que le ayudarían en su fuga y le acogieron en tierras de Aragón. Esta red de relaciones le hizo sentirse seguro y malogró la actitud condescendiente del monarca, pues Pérez seguía sin soltar los documentos. Al final, y sin que apareciesen los papeles, el rey dio vía libre a las presiones de la familia de Escobedo, y decidió detener a Pérez de nuevo por cargos de corrupción, aunque no de asesinato. Le condenaron a dos años y una gruesa multa, pero los jueces no consiguieron que entregara los papeles, que —por lo que el capitán inglés ha dicho— habían salido ya de España.
Sabe Dios cómo consiguieron salir de España los archivos del traidor. Fue una suerte que el capitán que servía en Flandes se confesara con el jesuita inglés, y esto nos permitiera saber al menos que los documentos habían salido de España. Poco después, ese capitán fue enviado de mensajero en un filibote por Alejandro Farnesio, cuando la Armada llegó a la altura de Dunkerque. Por las cambiantes circunstancias de la batalla en el Canal, el capitán no pudo regresar a tierra firme y quedó en uno de los barcos que naufragaron en Sligo y pudo llegar a la costa. Cuéllar se lo encontró cuando ambos escapaban por la playa de Streedagh, pero el irlandés murió pronto por el frío y las heridas recibidas, y Cuéllar nada supo de su trabajo como espía en España hasta que Lázaro se lo reveló en Amberes.
En realidad sacar los papeles de España no debió de resultar muy difícil. El arresto de Pérez en su domicilio era leve, y el dinero bajo cuerda lo ablandó todavía más. Los guardias que le custodiaban vivían como criados dentro de la casa, y él podía pasear, ir a misa y recibir visitas. Pronto, esas visitas de amigos, secretarios y embajadores extranjeros se convirtieron en un cenáculo de conspiraciones. Mis espías vigilaban entradas y salidas, pero era muy difícil saber lo que se cocía dentro, a pesar de que algunos lacayos de Pérez me informaban puntualmente. Seguramente, seguía manteniendo contacto subrepticio con Ana de Mendoza por medio de cartas que no conseguimos interceptar. Fue uno de mis mayores fracasos. Se decía, incluso, que el mismo Pérez logró algunas veces burlar la vigilancia y disfrazado de mensajero de postas cabalgar hasta Pastrana y yacer con la princesa, aunque creo que esto son fantasías del vulgo, pero tampoco hubiera sido imposible, visto lo que vino después y las ayudas de que dispuso el traidor, tanto en su fuga de Madrid como cuando logró cruzar la raya de Aragón, que entonces vivía revuelto y con los ánimos muy soliviantados por el auge del bandolerismo, la arrogancia de la nobleza en defensa de sus privilegios, la guerra entre montañeses y moriscos y los enfrentamientos civiles en el condado de Ribagorza. Todo junto hacía de ese reino un barril de pólvora con la mecha encendida.
Para Walsingham, que tenía espías en Madrid y dentro del palacio de los Medina Sidonia en Sanlúcar, debió de ser un juego de niños disponer de los papeles secretos de Antonio Pérez y trasladarlos por Castilla hasta algún puerto del norte de España. Posiblemente Laredo, Pasajes o la costa asturiana.
De esta forma, los papeles fueron en barco hasta Inglaterra o algún puerto de Flandes, donde Walsingham debía de hacerse cargo de ellos. Pero el temporal arrastró la nave hasta la lejana costa irlandesa, y fue allí donde los consiguió Grace O’Malley, una mujer con muchas agallas. Del resultado de su arriesgada empresa me dio cuenta el propio Cuéllar en un memorial que envió y cuyo rastro he perdido. Es así como acaban nuestras vanas ilusiones y cómo se esfuman para la posteridad las graves cuestiones que tanto nos alteran y aquejan en vida. Al final de los días, todo son columnas en el aire sin otro basamento que el albur o la desgracia. Todo imperio se extingue cuando el viento de la fortuna adversa se aviva. Y cualquier felicidad, como la rosa, nace de las espinas y trabajos y acaba marchitándose pronto, pues la muerte, que a todos iguala, camina más ligera que nuestros propios deseos y ambiciones, y las desgracias que nos envía el cielo humillan la soberbia de los príncipes y reducen el mundo a su justa medida, que es casi nada fuera de la vida eterna o el fuego del infierno que nos espera en el Juicio de Dios.
Poco sirve el valor de un rey si se rinde pronto a la fortuna adversa o desespera por falta de ánimo, y de poco aprovecha su prudencia si se expone más de lo debido a una resistencia insuperable, pues no es menos gloria saber eludir el peligro que vencerle. En el caso de don Felipe, su abatimiento tenía por tope la aceptación de la voluntad de Dios, que él tenía siempre en mente, pues era persona muy devota, de rezo diario. En cuanto a prudencia, hasta sus enemigos se la atribuían, aunque yo, que le conocí bien, puedo decir que las más de las veces era indecisión, por ser muy escrupuloso en lo tocante a la salvación eterna de su alma, y en cada resolución de Estado hacía interiormente balance de lo que eso le pudiera favorecer o perjudicar en la subida por la escala que debía conducirle al cielo o al infierno y sus tormentos interminables.
La propaganda inglesa y luterana terminó ganando la partida al presentar al mundo la imagen de un rey don Felipe como encarnación del Mal, un triste fanático religioso que enviaba la gente a la hoguera o a la muerte sin misericordia. Algo muy alejado de la realidad, porque su poder casi absoluto no le impedía tener conciencia moral de sus yerros, y cada asesinato secreto por razones de Estado le provocaba grandes desasosiegos y remordimientos, y por ellos murió amargado.