CUÉLLAR

La bahía de Streedagh es plana y tan larga que a la luz del día la vista se pierde abarcándola. Ahora, de noche, los tres barcos, Lavia, Juliana y Santa María del Visón, estaban fondeados a un cuarto de milla de la costa, zarandeados como troncos sueltos por la galerna y las olas salvajes.

El oscuro manto nocturnal no dejaba ver las estrellas y un cielo roto de nubes negras envolvía a Cuéllar y sus compañeros.

La penumbra daba un aire fantasmal al oleaje que se estrellaba contra las rocas de la costa y movía el cabeceo de los barcos y la agitación de las velas. El viento aullaba sobre un mar alborotado, que rebotaba contra los arrecifes y las rocas aisladas próximos a la playa, y el tenue resplandor opalescente que se filtraba entre las oscuras montañas nubosas bañaba la silueta ominosa de la cercana costa con un leve halo de estela plateada.

Cuando el viento aminoraba, las olas se elevaban cadenciosamente y golpeaban las bordas de las naves, como falsos abrazos de un monstruo devorador deseoso de engullirlas.

Desde la cofa del palo mayor, el grumete de la Lavia oteaba aterido de frío el horizonte de formas desdibujadas, esforzándose por distinguir alguna muestra de vida o luces en la orilla. El fanal de popa estaba encendido y dibujaba sombras mortecinas sobre la cubierta.

Cuéllar pensó que se acercaban a la boca de un dragón silencioso que les esperaba escondido en las dunas para devorarlos.

La llovizna empezó a caer, primero floja y luego cada vez más fuerte.

Los hombres en cubierta permanecían expectantes. Hablaban en susurros y cuando gritaban sus voces las arrastraba el viento.

Luego el mar volvió a embravecerse. Los marineros decían que nunca habían visto una cosa igual. Como si la cólera de Dios se abatiera sobre la tierra, pero ¿por qué sobre ellos? Al fin y al cabo habían llegado hasta allí en defensa de su santo nombre. Estaban dispuestos a morir por eso, pero no así, como cucarachas ahogadas en la cloaca del infierno.

Un pequeño destello pareció moverse en el límite de las arenas. Cuéllar dedujo que podían ser raqueros, piratas de la costa que se aprovechaban de los desgraciados náufragos que caían en sus garras.

Con frecuencia, los raqueros provocaban ellos mismos el naufragio y solían realizar sus fechorías en las barras que bloquean el acceso a los puertos o en los promontorios rocosos. Así ocurría en la costa de Flandes y otras partes de Europa. Durante los temporales, los raqueros ataban un candil o una lámpara a la cabeza de un caballo y lo hacían caminar por la arena de la barra o entre las rocas. El animal, con su paso vacilante, hacía oscilar el resplandor de la lámpara, que desde la lejanía se confundía con la luz de posición de una nave.

Los confiados pilotos enfilaban sus embarcaciones hacia la engañosa llama en movimiento y, creyendo encontrar un paso seguro para llegar a puerto, acababan empotrados en los bajíos. Entonces era el turno de los raqueros, que caían como pirañas nocturnas sobre los exasperados supervivientes, a los que unas veces degollaban y otras dejaban abandonados a su suerte, antes de saquear los despojos del barco inmovilizado o hecho añicos. Solían ser aldeanos desesperados por el hambre, embrutecidos por la estrechez de sus miserables vidas, explotados por los terratenientes y presa a su vez de otros piratas tan desdichados como ellos, que de vez en cuando aparecían para robarles lo poco que tenían.

Los raqueros vivían tan aislados del mundo que con frecuencia ignoraban para qué servía lo que robaban: ropas que no sabían ponerse o productos venidos de las Indias o el Lejano Oriente que desconocían cómo utilizar o aderezar. A veces, como no sabían qué hacer con ellos, los dejaban abandonados en las playas y terminaban devueltos al mar por la marea.

El viento borrascoso arreció. Su ladrido estremecía el aire y al golpear el agua hacía rugir a las olas.

—¡El peor tiempo del mundo! —le chilló a Cuéllar un sargento de infantería que a duras penas conseguía mantenerse en pie entre los bandazos de la nave, y a voces repetía un nombre de mujer y maldecía su suerte.

De repente, toda la nave crujió y al punto se hizo astillas, como si el hacha de un titán la hubiera golpeado desde el fondo.

Marineros y soldados cayeron en una especie de remolino de olas. A algunos el mar los devoró allí mismo, y otros —como Cuéllar— aterrorizados, intentaron salvarse agarrándose a cualquier esquife o salvavidas de circunstancia: un madero, un tonel, un resto de mástil… Unos cuantos braceaban desesperadamente, tratando de alcanzar tierra firme por cualquier medio, chapoteando en el oleaje entre sombras, ayes de dolor y blasfemias, sometidos a la venganza del cielo.

[…]

Escribo:

Creo que se admirará vuesa merced al ver esta carta, por la inseguridad que tenía de que yo estuviera vivo, y para asegurárselo la escribo, aunque sea algo larga, porque motivo hay para ello, por los muy grandes trabajos e infortunios que he pasado desde que salió la Armada de Lisboa para Inglaterra, de los cuales Nuestro Señor, por su voluntad infinita, me ha librado; y porque no he hallado ocasión de escribir a V.md. hace más de un año, no lo hago hasta ahora, que Dios me ha traído a estos estados de Flandes, donde llegué hará doce días con los españoles que escaparon de las naos que se perdieron en Irlanda y Escocia y Shetlandia, que fueron más de veinte, las mayores de la Armada, en las cuales venía gente de infantería muy lucida, muchos capitanes y alféreces y maeses de campo y otros oficiales de guerra, muchos caballeros y otros mayorazgos. De todos ellos, que serían más de doscientos, no se escaparon cinco cabales, porque murieron ahogados, y los que nadando pudieron llegar a tierra, fueron despedazados por manos de los ingleses que de guarnición tiene la reina Elizabeth en Irlanda.

Yo me escapé de la mar y de estos enemigos por encomendarme muy de veras a Nuestro Señor y a la Virgen Santísima madre suya, con trescientos y tantos soldados que también pudieron salvarse y llegar nadando a tierra, con los cuales pasé harta desventura, desnudo, descalzo todo el invierno, caminando más de siete meses por montañas y bosques, entre salvajes, que lo son todos en aquellas partes de Irlanda donde nos perdimos, y porque me parece que no está bien dejar de contar a V.md., ni queden en el olvido la sinrazón y los grandes agravios que tan injustamente me quisieron hacer, de lo cual me libró Nuestro Señor, pues me vi condenado a muerte tan afrentosa, como vuesa merced habrá sabido, que al ver el rigor con el que se mandaba ejecutarme, pedí con mucha cólera que se me dijese la causa por la que se me hacía tan grave afrenta. Y eso después de haber servido al rey como buen soldado y leal vasallo en todas las ocasiones y encuentros que tuvimos con la Armada del enemigo, de las cuales salía siempre muy mal parado el galeón que yo llevaba, y muerta y herida mucha gente.

Pedí que se me hiciese traslado de este mandato y que se pidiera información de los trescientos cincuenta hombres que había en el galeón, y que si alguno me considerara culpable, me hiciesen cuartos.

Pero no me quisieron oír, ni a muchos caballeros que por mí intercedieron porque, me dijeron, el duque estaba en aquella sazón retirado y muy triste en su camarote, y que no quería que nadie le hablase. Estaba decaído porque, además, del ruin suceso que tuvo siempre con el enemigo le informaron mal del hecho que me había condenado.

El día en que consideró mi caso le dijeron que los dos galeones, San Mateo y San Felipe, de la escuadra de Portugal, en los que iban los dos maestres de campo: don Francisco de Toledo, hermano del conde de Orgaz, y don Diego Piamonte, hermano del marqués de Távara, se habían perdido en la mar, hechos pedazos y muerta la mayor parte de la gente que traían. Por esta causa el duque se sentía tan deprimido en su cámara, sin querer ver a nadie, y los consejeros que había a su alrededor turbaban más su ánimo con sinrazones a diestro y siniestro, jugando con las vidas y honras de los que no tenían culpa. Y esto es tan público que todo el mundo lo sabe.

El capitán Cuéllar bebe un trago de la copa de vino que por indicación de Farnesio le ha servido un criado. Un detalle amable del gobernador.

El vino contribuye a estimularle el relato y los fantasmas de la memoria se van agitando a ráfagas en la evocación de las penalidades pasadas.

A medida que pasan los días, los sucesos se le van trasegando y difuminando en la mente, aunque conserva intactos, como aglutinadores del recuerdo, los hechos básicos que le han sucedido desde que salió de Lisboa, entre fanfarrias y gritos de esperanza.

A pesar de que no es mucha la lejanía del tiempo transcurrido, lo pasado le va pareciendo lejano y casi irreal.

Entre cendales de bruma dispersos a ras de agua avanzábamos hacia el cabo Lizard, y a la altura de un lugar llamado Ushant el viento cesó y vimos nubarrones que anunciaban lluvia, recuerda el capitán.

La costa se recortaba amenazadora bajo un cielo de plomo, y la tripulación realizaba sus faenas en silencio. No había bromas ni risas pero la visión de la gran masa compacta de la Armada, avanzando sigilosa era como un seguro de victoria que hacía remitir cualquier incertidumbre.

Por la tarde el viento volvió a soplar y las previsiones de lluvia se cumplieron en forma de violentos chubascos que en poco tiempo encharcó las cubiertas.

A la lluvia siguió la oscuridad, como si la noche tuviera prisa en llegar. Los barcos empezaron a dispersarse y aumentar las distancias entre ellos, aunque no nos perdíamos de vista unos a otros.

Todo parecía ir bien hasta que las galeras, naves más bajas que los galeones, no hechas a la navegación oceánica, empezaron a sufrir los efectos del oleaje. Una de ellas, la patrona Diana, lanzó señales en demanda de permiso a la nave capitana para retirarse al puerto amigo más cercano. Tenía las cuadernas agrietadas, hacía mucha agua por varias vías y la perdimos de vista. Eso, según Cuéllar calcula, debió de ser el martes 26 de julio, cuatro días después de haber salido toda la Armada del puerto de La Coruña con viento que empujaba del sur.

Esa noche, a las órdenes del contramaestre, todos los soldados ayudamos a los tripulantes a gobernar y tensar la jarcia, reforzando la sujeción de palos y obenques y animados por los gritos del capitán desde el alcázar… El viento fresco seguía soplando fuerte y estuvimos trabajando hasta el amanecer. A la luz del alba, cuando cambiaron la guardia y se rezó el padrenuestro y el avemaría, descubrimos el cansancio y temor que los rostros reflejaban. Había mar muy alta y grandes olas sacudían el barco. Con el temporal se apartaron varias naves de la Armada, aunque el grueso continuaba compacto, sin que los barcos perdieran el contacto entre ellos, y todos siguiendo la estela del galeón San Martín, donde iba Medina Sidonia, que nos guiaba hacia el norte…

Luego, cuando el temporal parecía haber pasado, volvió con mayor fuerza, y todo aquel día y la noche siguiente nos tuvo en vela. Los hombres caían rendidos en los camastros, destrozados por el jalar de los cabos y el achique de agua.

Debíamos de estar a unas ochenta leguas al sur de las islas Sorlingas cuando el duque de Medina Sidonia envió tres pinazas en exploración y en busca de los barcos extraviados, que en total supimos eran unos cuarenta, más tres galeras. El día era claro con sol y el viento y el mar más bonancible que el día anterior.

Navegábamos con lentitud hasta ver qué había pasado con las naves perdidas.

En la tarde llegaron malas nuevas. Las galeras habían recalado en varios puntos de la costa y no estaban en condiciones de navegar, pero lo peor fue que el galeón Santa Ana, de la escuadra del almirante Recalde, en la que iba el maestre de campo Nicolás de la Isla, tuvo que abandonar a la Armada en plena tormenta gravemente averiado y se refugió en un puerto de Flandes, aunque Recalde —a quien nuestros hombres respetaban más que a ningún otro jefe en el mar— pudo pasar a otro barco, el San Juan de Portugal.

Reunidos en consejo de guerra en el galeón San Martín los comandantes de las diferentes escuadras para decidir lo que había de hacerse a partir de aquel punto, pronto fue de dominio público lo tratado en la reunión. Medina Sidonia, que de cuestiones de mar entendía poco, se aferró al pie de la letra a las órdenes del rey para no tener que lanzarse decididamente contra los ingleses, que se mantenían a la expectativa en Plymouth, como supimos por un pesquero apresado por una de las pinazas enviadas en misión de reconocimiento.

Su única obsesión —al parecer— era no desviarse del plan trazado y no entretenerse en combatir. Se trataba de ayudar a los tercios de Alejandro Farnesio a pasar desde Flandes a Inglaterra. Eso y solo eso. Aunque nos llegaron noticias de Recalde, Oquendo y Leyva que pedían atacar a la flota inglesa concentrada en Plymouth antes de internarnos en el canal de la Mancha.

Hubo comentarios y murmuraciones, pero sin elementos de juicio para saber si el ataque era mejor que continuar adelante. Todos hicimos lo único que los soldados pueden hacer en esa situación: obedecer al superior inmediato y seguir hombro con hombro a los compañeros. Primero iban las naves levantinas de Bertendona y Alonso Martínez de Leyva, luego el cuerpo principal, con la nave capitana de Medina Sidonia, y en los flancos las escuadras guipuzcoana y andaluza. A retaguardia, en bloque compacto, navegaba la escuadra vizcaína y un grupo de galeones al mando de Recalde, para hacer frente a los mordiscos de la jauría inglesa que nos pisaba los talones.

Ese mismo día se descubrió tierra de Inglaterra que dijeron ser el cabo Alisarte.

Al día siguiente, la Armada amaneció muy cerca de tierra y desde ella nos descubrieron. Desde los barcos los vimos encender hogueras y hacer ahumadas a poniente, y otras hogueras respondieron más lejos. Pronto, la línea de costa quedó salpicada de fogatas que anunciaban nuestra presencia.

Por la tarde, el duque envió al alférez Juan Gil en una zabra de remos a capturar a algún habitante. Ese mismo día, ya noche cerrada, se unió a la Armada la mayor parte de los navíos perdidos el día anterior, pero por la oscuridad y la llovizna persistente no se pudieron contar todos.

A medianoche volvió el alférez Juan Gil con cuatro pescadores ingleses capturados en una barca del puerto de Falmouth. Los cuatro dijeron que habían visto salir aquella tarde de Plymouth a la flota inglesa que estaba al mando del almirante Howard y Drake.