CUÉLLAR
Escribo:
El galeón San Pedro en el que yo venía recibió gran daño. Le alcanzaron muchas balas muy gruesas por muchas partes, y aunque lo remediamos lo mejor que supimos, quedó alguna vía encubierta por la que entraba mucha agua.
Después del bravo combate que tuvimos en Calais, que duró desde la mañana hasta las siete de la tarde el 8 de agosto, nuestra Armada se fue retirando. No sé decirlo mejor.
La flota enemiga iba a nuestra cola empujándonos fuera de sus tierras, hasta que nos perdió de vista. Y cuando estuvimos seguros de que el enemigo se quedaba atrás, algunos navíos de la Armada aderezaron y remendaron sus daños.
Y el día 10 de agosto, por mis grandes pecados, estando yo reposando un poco, que había diez días que no dormía ni paraba por acudir a lo que me era necesario, un piloto mal hombre que yo tenía, sin decirme nada, dio velas y salió delante de la capitana real cosa de dos millas para irse aderezando, como otros navíos habían hecho.
A punto de amainar las velas para ver por dónde hacía agua el galeón, llegó a bordo un mensajero que venía en un patache y me dijo que fuera a la capitana real de parte del duque. Allá fui, y antes de que llegase, los de la capitana tenían orden para que a mí y a otro caballero llamado Cristóbal de Ávila, capitán de una urca que iba mucho más adelantada que mi galeón, se nos quitase la vida afrentosamente.
Cuando yo tuve noticia de tal rigor, pensé renegar de coraje, y pedí que todos me fuesen testigos de tan gran sinrazón, habiendo yo servido tan bien como podría demostrar por escrito.