IDIÁQUEZ
Ahora que ya ha terminado todo, cuando a mi pesar he alcanzado ya ese grado de indiferencia hacia el presente y el mañana propio de la vejez, y el rayo del Altísimo ha caído sobre nuestras cabezas, para avisarnos de que solo a Él corresponden el poder y la gloria, quisiera dejar escritas estas páginas a mi sobrino Martín Idiáquez (las cuales conocerá en parte, por ser asuntos tratados entre ambos de palabra) para que disponga de ellas a mi muerte, con la discreción debida, que nunca le ha faltado.
La experiencia me ha provisto de una coraza de escepticismo sobre los seres y acciones humanos, y me siento carente de ambición y hastiado ante la caída inevitable de una España que se hunde en el vacío, lo mismo que mi propia vida, cualquier vida, consumida por los años.
La historia de la Armada es una historia de mala planificación y decisiones equivocadas, pero también de traiciones, venalidad y engaños en un terreno en el que nuestros enemigos jugaron con ventaja. No se inició en el canal de la Mancha, sino que es preciso retroceder años atrás, pues en la naturaleza cuanto nace o sucede tiene su gestación mucho antes.
Todo aquí huele a engaño y traición desde que el maléfico Antonio Pérez campó a sus anchas por las salas y galerías de este alcázar de Madrid, sede de la corte. Pero no es el único. ¿Qué decir de las andanzas del Nuncio? Su capa de su bonhomía y su púrpura transmite las noticias a Roma antes que nadie, y una vez allí son tan de dominio público como las meretrices, pues sabido es que en Roma —con papa o sin él— nunca se ha guardado secreto alguno, como bien conocía el embajador en la ciudad, Juan de Zúñiga. Siempre que acudía a tratar con el papa en audiencia, su santidad estaba tan prevenido y tan avisado de nuestros asuntos que conocía muchas cosas antes incluso de que hubieran llegado por carta al embajador.
De la doblez de Pérez no hay duda alguna, y solo quedaría por dilucidar cuántos le ayudaron y cuánto queda de la red de espías que ha dejado en herencia, como rastro del diablo, tras su detención, pues era hombre que vivió en su época de esplendor rodeado de una turbamulta de servidores y esbirros armados para su guardia personal, por no hablar de los pajes, a los que escogía —como dice el conde de Luna— siempre de buen talle y lucida disposición, lo que ha hecho que algunos le acusen de bujarrón, pero eso fue casi a su final, pues cuando era poderoso nadie hizo mucho caso de ello.
Algunos de esos pajes eran flamencos y le acompañaron cuando estuvo en la prisión de Turégano y en las cárceles de Zaragoza y Madrid. Ellos fueron libres de ir y volver a Flandes muchas veces con toda clase de recados, y no dudo de que han actuado de mensajeros de su señor con los rebeldes flamencos y con los embajadores de Florencia y Venecia, por no hablar de los genoveses. Todos estos persiguen sus intereses particulares y tampoco callan nada si se trata de obtener ganancia, bien sea por dinero o prestigio ante su corte.
Uno de estos pajes, Guillermo de Staes, era sobrino de un general hereje de la flota holandesa. Ya le pedí al rey que le detuviera, pero había en la corte amigos disimulados del traidor, sin duda, que abogaban en su favor, y el propio Mateo Vázquez creía que era mejor tenerlo suelto y vigilado por ver si podía revelarnos pistas del entramado favorable a nuestros enemigos en Flandes.
De la importancia y recursos de esta gente da idea la labor de zapa que hicieron hasta llegar al propio príncipe don Carlos, que ya por entonces apuntaba ser el personaje desequilibrado y de poca sesera, que yo creo siempre fue, desde aquella desgraciada caída que tuvo de una escalera siendo niño y le dejó tarado el cerebro.
De la existencia de un partido subterráneo favorable a los flamencos en esta corte no hay duda alguna, y para mí tengo que son muchos más de lo que pueda pensarse desde fuera. Y no es difícil suponer que entre los simpatizantes subrepticios de los protestantes debe de haber judíos conversos, pues muchos de estos nunca han podido ocultar por completo la secreta simpatía con los herejes. Un hilo del que convendría tirar para sacar el ovillo de la red de soborno y traición que nos envuelve.
Del mismo Ruy Gómez, el marido de la princesa de Éboli, habría mucho que hablar en este sentido, si no por él mismo, por la gente que le era próxima, empezando por la esposa, con la que Antonio Pérez mantenía mucha amistad no disimulada y trato carnal.
Lo que debo dejar sentado es que, una vez ciertos de que Antonio Pérez había tejido su propia red para vender secretos de Estado por dinero, con la caída y fuga del traidor no podíamos dar por asegurado, ni mucho menos, que la trama hubiera quedado inactiva. Por un lado, Pérez necesitaba mantenerla para seguir inflando su importancia ante sus benefactores extranjeros y continuar el negocio de venderles información. Por otro, una red tal precisaba del concurso disimulado de muchos personajes de la corte. Todos ellos precisaban seguir medrando con el negocio de vender secretos al enemigo, aprovechando la guerra eterna y miserable de los Países Bajos y el comercio que los mercaderes hacen con Flandes, en muchos casos utilizando agentes disfrazados de arrieros o lacayos que esconden entre sus mercancías y ropas las noticias y documentos que llegan a manos de los herejes rebeldes a su majestad.
De esta guisa hemos llegado a tener un Consejo de Estado tan lleno de agujeros como un queso agusanado.
Sobre la traición de Pérez me dio hartas pruebas, además, el propio Escobedo, siendo ya secretario de don Juan de Austria, poco antes de que lo asesinaran en Madrid, cuando ya la amistad entre ellos se había disipado, pues en aquel tiempo los dos secretarios se escribían de ordinario y Pérez informaba a Escobedo, seguramente con intención aviesa, de muchos secretos que el Consejo de Estado trataba con el rey, que el traidor estaba obligado a no escribir ni comunicar a persona alguna. Quizá lo hacía como coartada, para poder atestiguar que Escobedo conocía los informes que llegaban a los rebeldes, y acusarle por tanto de ser él quien se los revelaba.
Escobedo era de pequeña nobleza de la Montaña con casona cerca de Laredo, y tampoco era trigo limpio. Su carácter era altivo y demasiado pagado de su propia persona, rudo y vocinglero en el hablar, bilioso pero no lerdo. El rey y Pérez lo apodaban el Verdinegro.
Con Pérez se entendió bien Escobedo al principio, y fue aquel quien susurró al rey para que nombrara a este secretario de don Juan de Austria, dejando en el descarte a Juan de Soto, que ocupaba de antes ese puesto, y al que nombraron —por no desairar a don Juan— proveedor de galeras, un cargo inocuo que lo mantenía alejado del hermano del monarca.
Pérez debió de pensar que Escobedo era hombre maleable a sus intereses, que no eran otros que informarle de cuanto hacía y pensaba don Juan, y utilizar cuanto este hiciera o dijese para inducir en el rey el recelo constante hacia su hermano.
El Verdinegro buscaba ennoblecerse a toda costa, y para eso tuvo que pactar con Pérez en torno a muchos asuntos inconfesables que proporcionaron ventaja y dinero a ambos.
Don Juan envió a Escobedo a Roma, a visitar al papa Gregorio XIII con objeto de que el Sumo Pontífice le apoyara en sus pretensiones de invadir Inglaterra, una idea que le rondaba en la cabeza desde la gran victoria de Lepanto, cuando la estrella del príncipe alcanzó su cenit. Poco a poco don Juan y Escobedo fueron adquiriendo confianza el uno en el otro hasta hacerse ambos uña y carne en la visión de los asuntos de Estado. Eso hizo que Pérez se fuera distanciando del secretario de don Juan, a medida que los informes de Escobedo cesaron de serle útiles por dejar de revelar interioridades negativas de su señor.
El ansia del Verdinegro por acrecentar títulos y honores fue la causa principal de su caída en desgracia, pues llegó a importunar en exceso al mismo rey con sus reiteradas peticiones para que se le concediese alguna merced con renta aparejada, exagerando sus merecimientos familiares, que consideraba tan buenos como los de muchos grandes de España, y dejando caer de paso el origen turbio de muchas casas nobiliarias.
El rey, que no le tenía simpatía alguna, daba largas a estas peticiones, lo cual tenía a Escobedo irritable y soliviantado en extremo. Y eso pese a que don Juan le apoyaba mucho, alegando en su favor los méritos que había contraído en Flandes, cuando la Hacienda real estaba en bancarrota, al conseguir dinero para pagar a las tropas de España, que antes de salir de ese territorio —tal como había quedado estipulado en Gante, tras el terrible saco de Amberes— exigían ser pagadas.
Escobedo consiguió que los soldados cobraran, avalando con su propio nombre y juramento letras de cambio sobre el rey, y valiéndose de cédulas de pago que los mercaderes le habían dado para Italia y España.
Todo esto hacía que los intereses materiales de Escobedo y las ilusiones heroicas de don Juan terminaran coincidiendo. El nuncio me reveló que Escobedo le había expuesto con detalle el proyecto de don Juan para invadir Inglaterra. Era una empresa que tenía encandilado al papa, y en la que debían de participar las tropas españolas salidas de Flandes, junto a fuerzas de la Santa Sede que embarcarían en Italia.
Pérez no tardó en enterarse de estos planes, que utilizó arteramente para poner ante los ojos del monarca el influjo que Escobedo tenía en el fomento de las ambiciones peligrosas de don Juan, en las que se incluía la empresa de invadir Inglaterra.
El rey don Felipe daba la razón a Pérez, y este espiaba muy de cerca a Escobedo, a quien consideraba su rival más poderoso en los manejos cortesanos. Por todos los medios trataba de impedirle el acceso al monarca, que a su vez desconfiaba de don Juan y descargaba su hostilidad contra Escobedo, con gran satisfacción de Pérez, que veía fructificar sus intrigas.
De sobra sé que la hipocresía y el doble juego en la corte no tienen límite, y eso fue lo que seguía manteniendo la apariencia amistosa entre Pérez y Escobedo, con zalamerías que escondían el puñal. Esto duró hasta que Escobedo, en un viaje que hizo a Madrid en 1577, descubrió las relaciones de lecho y negocio que existían entre Pérez y la princesa viuda de Éboli, y amenazó con contárselo todo al rey. Pero hasta ese momento nadie hubiera dicho que fueran mortales enemigos, pues se invitaban mutuamente a comer, se enviaban recados a diario y se hacían regalos uno a otro, aunque —como luego supe— Pérez aprovechó algunas de esas comidas para echar veneno en la copa de Escobedo, al que intentó emponzoñar con descaro varias veces.
Al mismo tiempo, Pérez fue intoxicando también la voluntad del rey hacia Escobedo y su propio hermano.
En los viajes que Escobedo hizo a Madrid desde Flandes poco antes de morir, aún tuvo tiempo bastante para exponer al rey las pretensiones de don Juan, que eran fundamentalmente dos: que le diesen tratamiento de infante, por ser hijo de rey, y disponer de un ejército para ir contra Inglaterra. A ambas, el rey ni consentía ni negaba, aconsejado por Pérez, que con su falsedad acostumbrada mantenía el doble juego de hacer creer a Escobedo que apoyaba sus pretensiones, mientras vertía en el oído del monarca ruines sospechas sobre la fidelidad de don Juan y su secretario, y presentaba a este como genio maléfico de aquel, lo cual terminó convenciendo a don Felipe de que Escobedo era un grave peligro para la seguridad del Estado.
Entretanto, la situación de don Juan en Flandes, nombrado gobernador general pero sin tropas ni dinero, y con los rebeldes cada vez más crecidos, se iba haciendo angustiosa. Tanto que don Juan, quien ya recelaba de la perfidia de Pérez, decidió enviar de nuevo a su secretario a Madrid para anunciar que la reanudación de la guerra en Flandes era inevitable, y era menester tomar las armas y preparar el asalto a Inglaterra con el apoyo del papa.
Pero el rey, inspirado por Pérez, se envolvía en el silencio, y bajo cuerda instruyó a su embajador en Roma para que pidiese al pontífice que no apoyara los propósitos de don Juan en lo referente a Inglaterra.
Y en esto, los acontecimientos se precipitaron en Flandes cuando don Juan se apoderó de la fortaleza de Namur y se reanudó la guerra, como muchos, tanto en España como en los Países Bajos, querían.
El doble juego entre Escobedo y Pérez tenía algo de enfermiza disputa por disponer de un poder vicario, emanado de la única autoridad, que era la del rey. Como dos escarabajos ciegos, ambos tanteaban los puntos flacos del otro para mejor acusarse en secreto, conscientes de que las acusaciones sonarían en la corte, el eco que los dos buscaban.
Escobedo se sintió satisfecho y confiado en exceso al dar con el filón de las estrechísimas relaciones que Pérez y la princesa de Éboli mantenían bajo capa, como convenía a sus intereses, que estaban basados en el montaje de un negocio de tratos venales. Secretos de Estado que atesoraban para ofrecérselos al mejor postor, falsificando incluso letras y avisos con las firmas del rey y don Juan de Austria.
Entrambos negociaban y conseguían lucro exclusivo del que no daban participación a Escobedo, entre otras cosas porque la Éboli no lo podía sufrir, y apenas soportaba al montañés en la intimidad, pese a que circulaban por Madrid rumores de que mantenían relación de cama, algo de lo que no se halló prueba alguna.
Antaño, sin embargo, cuando murió el príncipe de Éboli, Ruy Gómez, la viuda había encargado a Escobedo que supervisara sus asuntos en Italia, y este había cuidado con diligencia de las cosas del fallecido marido, pero la amistad en este mundo es un bien tornadizo, y los amigos de ayer suelen ser los peores enemigos de mañana, de acuerdo con la fragilidad de la disposición humana, que cambia según las circunstancias y los intereses de cada momento.
Puede que sus amores con la Éboli fueran decires de vecindad, pero el hecho cierto es que la ruda condición de Escobedo explotó por el desaire permanente que le hacían el melifluo y falso Pérez y la viuda de Ruy Gómez, de lo que colijo que el Verdinegro poseía secretos mucho más peligrosos que los amoríos de Pérez y la princesa tuerta.
Así que estos secretos —muchos de ellos relacionados con Flandes, donde los españoles guerreaban y morían a diario— fueron los que Escobedo amenazó con contar al rey, y los que motivaron su muerte.
Fue entonces cuando la Éboli y su compinche decidieron suprimirle para estar seguros de que cerraba la boca para siempre. Pero el toque genial fue utilizar como cómplice y coartada al rey, que veía con buenos ojos la eliminación de Escobedo.
El montañés hablaba mucho y de forma lerda, con salidas de tono y amenazas que herían la sensibilidad huidiza y desconfiada del rey y afectaban incluso a su real persona. No desistía de importunar al soberano en demanda de dinero y otras ayudas para su señor don Juan, lo que a don Felipe le resultaba odioso. Pérez, mucho más astuto, mató a su rival por la boca, como se hace con los peces. Después de hurtarle las llaves de la casa y hacer que sus esbirros la revolvieran y se apoderasen de papeles comprometedores, envenenó a su rival hasta tres veces, sin que el Verdinegro —que debía de tener el estómago más fuerte que el de un caballo— sintiera el bocado hasta la tercera vez, antes de recurrir a la espada. Dicen que le dieron una mixtura de quintaesencia brujeril mezclada con aceite de vitriolo y piedra bezoar.
En aquellos días, el influjo de Pérez sobre el rey era absoluto y el monarca más poderoso del orbe fue un títere en sus manos.
De esta forma, la red de mentiras y medias verdades de Antonio Pérez, unida a la aversión del rey y al influjo de la princesa, terminó envolviendo al bocón. Llegó un punto en el que ni el rey ni Pérez ni la Éboli podían sufrir más al montañés, y —casi de forma natural—, Pérez propuso al rey eliminarlo. Y el rey calló y otorgó.
La manzana de la gobernanza está podrida en España; la corrupción y granjeria de los asuntos públicos nos devora; antes y ahora, aunque yo, como servidor del Estado, no he dejado que el olor de esa podredumbre me atosigara tanto que me impidiera el trabajo que le debo al país y a la corona.
No hubo orden escrita del rey, pero la decisión de matar a Escobedo estaba tomada antes de que don Juan obtuviera la victoria de Gembloux, en la que los rebeldes calvinistas quedaron muy malparados. Eso fue en febrero de 1578, y el asesinato tuvo lugar un mes después. Todo se hizo con el mayor tiento, para que don Juan no pudiera sospechar la verdadera causa y motivo del crimen, dejando pistas falsas para que se pensara en alguna venganza por ofensa personal.
Así, por decisión tácita del monarca, aunque nada quedara en papel, Pérez llevó adelante el plan por medio de su mayordomo Diego Martínez y un criado que desde Aragón envió el duque de Villahermosa, un tal Antonio Enríquez.
En principio, como he dicho, se utilizó el veneno por tres veces. La primera en una cena en la casa de campo de Pérez, donde le administraron la pócima en el vino. Pero a Escobedo no le hizo efecto y se fue a su casa tan pimpante. Unos días después se repitió la escena, esta vez en la casa de Pérez en Madrid, y el veneno tampoco terminó de matar, a pesar de que a Escobedo le entraron tan grandes dolores y vómitos que hubo de retirarse a su casa y guardar cama varios días sin que, por raro que parezca, ni los médicos ni él sospecharan el motivo de la dolencia, lo que me lleva a pensar que el Verdinegro, además de fanfarrón, era ingenuo y confiado en exceso, un defecto letal en las intrigas de corte.
El tercer envenenamiento se lo hicieron a Escobedo en su propia casa, por medio de su cocinero, un rufián que por dinero emponzoñó con un dedal de polvos de solimán la olla de su señor. La víctima se agravó, pero su mujer echó la culpa a una pobre esclava morisca a la que tenía ojeriza, que fue ahorcada poco después en plaza pública.
El cinismo de Pérez en esa ocasión rayó a gran altura, pues fingió preocuparse mucho por la salud de su enemigo y acudió a visitarlo a su casa. Pero Escobedo no acababa de morir y los asesinos decidieron dejarse de pócimas y emplear otra vía de muerte más breve y segura, como la espada, pues es bien cierto que nadie resiste dos palmos de buen acero en el corazón o en las tripas. Y un golpe así está al alcance de cualquiera. Basta empujar el hierro.
Los detalles del asesinato fueron saliendo a la luz a cuentagotas, a medida que la justicia apretaba a Pérez y sus cómplices. El criado Enríquez fue a Barcelona con una bolsa llena de escudos de oro y contrató allí asesinos para realizar la faena. Entre ellos a su propio hermanastro y a un tal Insausti, sobrino de un catalán que trabajaba en las obras de El Escorial. A estos se les unió Juan de Mesa, un hombre de confianza de Pérez que vivía retirado en un pueblo de Aragón.
Después de varios cabildeos y de vigilar los alrededores de la casa de la víctima en espera de la ocasión propicia, se decidió la fecha y la hora, y entretanto, Pérez preparó su coartada, para lo cual se fue a Alcalá de Henares esa Semana Santa, donde se alojó en casa del alguacil mayor de la ciudad, a la vista de todos, y allí coincidió con una serie de personajes importantes, como el duque de Nájera y el marqués de los Vélez, con el que tenía trato y que conocía el crimen que se preparaba.
A Escobedo lo mataron el 31 de marzo, lunes de Pascua, en las primeras horas de la noche. En sus últimas horas, estuvo largo rato en casa de la princesa de Éboli y no sabemos lo que hablaron, pero ella, usando sus mañas, debió disipar en su visitante cualquier sospecha del golpe que le esperaba, pues no hay duda de que la tuerta estaba al tanto de lo principal de la conjura.
Luego de ver a la princesa, Escobedo fue a casa de su amante, doña Brianda de Guzmán, que tenía a su marido ausente en Milán, y cuando hacia las nueve de la noche el secretario de don Juan regresaba a recogerse a su vivienda, con las calles todavía animadas por el buen tiempo primaveral, los asesinos le cortaron el paso en una calleja cercana a palacio que unía la calle Mayor con la casa de la Éboli. Escobedo iba a caballo y dicen que muy pensativo, precedido de algunos servidores con antorchas.
Los que le atacaron fueron tres y actuaron muy rápido, mientras el resto de la gavilla vigilaba. El que le dio el golpe mortal fue Insausti, que lo atravesó con la espada de parte a parte, y Escobedo murió de la herida poco después.
Hubo gritos y pelea, pues la gente del montañés defendió a su amo, y los asesinos perdieron pistoletes, dagas y hasta una capa, y consiguieron huir con dificultad, con los alguaciles recorriendo las calles y registrando casas en su busca.
Diego Martínez, el mayordomo de Pérez, llevó a Insausti y otros asesinos a Zaragoza, donde les protegieron el duque de Villahermosa y otros nobles amigos de Pérez.
Finalmente, Insausti y Enríquez, a quienes se otorgó título de alférez y veinte escudos de sueldo con cédulas falsificadas por Pérez con la firma del rey, marcharon juntos a Italia, y el resto se dispersó por España, aunque casi todos murieron de forma sospechosa.
Insausti estuvo en Sicilia a las órdenes del virrey Marco Antonio Colonna, y poco después desapareció para alivio de Pérez, aunque todos daban por cierto que lo habían muerto para que no parlase.
Una y otra vez he vuelto sobre el punto de la mucha ayuda y el gran amparo que Pérez tenía en Aragón, quizá debido —dicen algunos— a la turbiedad de sus orígenes familiares de cristianos nuevos, muy extendidos en esa tierra. Lo cierto es que a base de halagos y dádivas, durante su época de poder en el gobierno, Pérez —hombre de labia fácil— fue creando una vasta clientela aragonesa de gente que le debía favores o dinero, y eso fue lo que le salvó del cadalso en España.
Aún hay más, porque esa red debió de servirle mucho en la venta de secretos que hacía de manera habitual y traicionera. Un daño que nunca sabremos calcular y que seguramente todavía colea, pues en el espionaje nuestros enemigos siempre nos han llevado la delantera en las cuestiones importantes, por la carcoma de nobles y políticos que han vendido y siguen vendiendo a nuestro país en almoneda.
Conviene estar muy atento a este dato, aunque tenga difícil solución por la calidad de la gente envuelta. Todo sería distinto si rodaran unas cuantas cabezas, pero ni el rey lo quiere ni está el reino para esos trotes. Somos un país más bien mojigato a la hora de castigar ejemplarmente a quienes de verdad lo merecen cuando están encumbrados. Un defecto que anima a la corrupción de casi todos los poderosos.
Don Felipe —que estaba avisado de la ejecución— sabía bien quiénes eran los asesinos, y encargó a Pérez que los tuviera algunos días ocultos. Los que le vieron recibir la noticia de la muerte de Escobedo —que le llevó a El Escorial el secretario Mateo Vázquez— dicen que no le pesó, y cómo iba a pesarle si él mismo era juez y parte.
Pese a algunos intentos por desviar la atención de los verdaderos asesinos, el rumor de la calle (que desde el principio apuntó a la culpabilidad de Pérez) no se acalló y flotaba en el ambiente como un humo invisible de acusación contra el secretario del rey.
La familia de Escobedo, por otra parte, también empezó pronto a sospechar de Pérez, demasiado afectuoso en esos días con la viuda y los hijos del finado, aunque todos sabían del poco afecto sincero que en los últimos tiempos profesaba al asesinado.
A esto se unió que Antonio Enríquez, el rufián protegido por el duque de Villahermosa, se cansó de su vida en Italia y regresó a España dispuesto a contar lo que sabía a la familia Escobedo a cambio de dinero.
Pérez, alarmado, envió a un esbirro para matar a Enríquez en Zaragoza, pero este, alertado a tiempo, escapó a Lérida y consiguió llegar a Madrid provisto de un salvoconducto real.
Día a día, además, la enemistad entre Mateo Vázquez y Pérez creció como un alud hasta convertirse en escándalo del vulgo y pasto de dimes y diretes. El cerco invisible alrededor del secretario del rey se fue estrechando y Pérez se defendía atribuyendo los rumores que le culpaban a la envidia, que en España va unida a la adulación y suele devorar a todo aquel que llega alto, sea por méritos propios o ajenos.
Pero la pieza maestra del engranaje que iba envolviendo a Pérez era su archirrival Mateo Vázquez, el secretario a quien el rey don Felipe tenía entonces en más estima.
Vázquez era clérigo, se educó en el Estudio de la Compañía de Jesús de Sevilla, y en Madrid se decía que lo había parido su madre en Argel, de padre desconocido, cuando estaba cautiva. Esto dio pie a la Éboli, muy orgullosa en cuestiones de sangre, para llamarle «perro moro» en una carta que osó enviar al rey.
Rechoncho y algo socarrón, ordenado y cachazudo, Vázquez también era taimado y conocía bien los entresijos y el engrase de la maquinaria estatal. Un temperamento opuesto al volátil, dado al lujo y mundano de Antonio Pérez.
Durante dieciocho años, hasta su muerte en 1591, gozó de la total confianza del rey, y también de la mía en el tiempo que trabajé a su lado, pues tenía clara la razón de Estado y sabía guardar secretos que se llevó a la tumba, igual que yo me llevaré los míos. Quizá por eso el rey le apreciaba tanto, después de haber sufrido de secretario a un traficante de secretos, como era Pérez.
Vázquez, además, respetó mi actividad de cazaespías en la corte y me apoyó en esto en lo que pudo, por lo que siempre nos llevamos bien.
Como digo, la enemistad entre Vázquez y Pérez acabó siendo una disputa a voces en la que participaban las dos facciones más poderosas de la corte. Con Vázquez se agrupaban los Álvarez de Toledo; el tesorero general Juan Fernández de Espinosa; el obispo de Ávila, Sancho Busto de Villegas; y el presidente del Consejo de Indias, Hernando de Vega Fonseca. En el bando de Pérez estaba toda la casa de Éboli, con la muy lenguaraz y temeraria princesa al frente, el cardenal arzobispo de Toledo, muchos nobles de Aragón y otros altos cargos que se mantuvieron fieles hasta la definitiva caída en desgracia del privado.