IDIÁQUEZ

—¿Qué pensáis de Walsingham? —me consultó un día el rey. La gota le tenía por entonces muy dolorido, y su humor era tan negro como los nubarrones preñados de agua que se avistaban desde las ventanas del salón donde nos reuníamos en El Escorial.

—Walsingham no me asusta —le dije—, lo conozco bien. Desde los primeros tiempos de la reina Elizabeth, e incluso antes, los servicios secretos ingleses han trabajado con la divisa de que el fin justifica los medios. Dinero, soborno y chantaje, son sus métodos de actuación. Pero tampoco han dudado en utilizar otros métodos aún peores.

—¿Peores?

—Brujería, por ejemplo. Ocultismo. Prácticas negras que aquí perseguiría el Santo Oficio.

—¿Tuvo éxito?

Sonreí.

—Desde luego. Las ciencias ocultas y el espionaje van de la mano. ¿No os parece?

—Hum… Ahora que lo decís…

—Pensadlo un poco, señor. Como los agentes secretos, los ocultistas también usan códigos, símbolos y criptogramas para esconder o transmitir información. El engaño es la esencia de su trabajo.

—¿Qué sabemos de Walsingham en lo personal?

—Ha sido abogado, político y diplomático, y en todas estas ocupaciones ha destacado. Protestante desde niño, tuvo que huir al extranjero para escapar de la persecución católica en los tiempos de la reina María, vuestra esposa inglesa.

—Nunca llegué a conocerlo.

—En aquel momento era un personaje de poca importancia. Durante su exilio aprendió italiano y francés y asimiló los usos del servicio secreto veneciano, que disfraza a sus espías de comerciantes, mercaderes o diplomáticos. Walsingham regresó a Inglaterra cuando coronaron a la reina Elizabeth, y fue nombrado secretario del embajador inglés en la corte de París. Eso no le impidió informar a la reina de las actividades del secretario de Estado de la soberana, sir William Cecil. Por lo visto, en ese momento Elizabeth no se fiaba mucho de su propio secretario.

El rey, cuya naturaleza desconfiada nunca le abandona, asintió como si tal cosa le pareciese lógica. «Hay mucho de Elizabeth en Felipe», pienso a veces.

Proseguí hablando de Walsingham.

—Luego fue miembro del Parlamento y se ocupó del contraespionaje. Desbarató varias conspiraciones contra la corona, o al menos eso es lo que él decía, porque es fama que muchas de las pruebas que presentaba eran amañadas. Puro humo.

De nuevo en el rostro de don Felipe se marcó una cierta comprensión. Amañar pruebas por razones de Estado no era grave pecado a los ojos de un rey.

—Maquiavelo, el maestro —dijo en susurro. Y luego añadió—: Escuché que vuestro rival inglés estuvo destinado de embajador en Francia.

—Así es. Esa fue su verdadera forja de maestro de espías. Con lentitud y paciencia, pero sin dar ningún paso en falso, fue extendiendo su propia red de agentes encubiertos en Francia, Italia, los Países Bajos y España.

—¿Y lo de las brujas? ¿Leyenda o realidad?

—Total realidad, majestad.

—Dadme nombres.

—Hay un mago galés de nombre John Dee que es astrólogo en la corte de Londres. La reina Elizabeth lo aprecia mucho. Dicen que influyó en ella para impedir que se casara con el duque de Anjou, que las estrellas se lo habían revelado, pero los hilos los manejaba Walsingham. También hay quienes afirman que Dee utilizó sus poderes mentales para descubrir a los conspiradores que pretendían liberar a María Estuardo y crear códigos ultrasecretos. Imposibles de romper. Se dice que esas claves están inspiradas en un alfabeto mágico, y si algún espía es capturado con esas claves, nadie entendería el cifrado, que parecería cosa de locos.

—Locura parece, en efecto.

—Hay más. Poco antes de que la Armada zarpase de Lisboa, Dee pretendía haber recibido un mensaje espiritual procedente de los ángeles en relación con la amenaza que entonces pendía sobre Inglaterra. El mensaje decía que un grupo de franceses saboteadores que trabajaba secretamente para España se había instalado en el Bosque de Dean, que es donde los ingleses construyen muchos de sus barcos. El caso es que gracias a los pretendidos poderes sobrenaturales de Dee, los franceses fueron desenmascarados y detenidos. Murieron en terrible tormento, claro está.

—¿Creéis tan crédula a la reina como para dejarse influir por la superstición en asuntos de boda?

—No. En realidad ella no ha demostrado nunca deseo alguno de casarse. Ni siquiera quiso hacerlo con vos, cuando se lo propusisteis.

—Nada se hubiera perdido con tal casamiento, Idiáquez, aunque la fealdad de la dama no inspire mucho deseo.

—Cierto, majestad. Pero volviendo a Walsingham, después de su embajada en Francia regresó a Londres a formar parte del Consejo Privado de la reina. Eso le situó en el corazón de la máquina estatal y le permitió crear y dirigir un servicio de espionaje propio que opera desde Inglaterra y, según dicen, se extiende a Rusia y Turquía. Pero sobre todo nos espía a nosotros en la propia España y en las Indias.

—Harto daño nos hizo, al parecer con sus poderes mágicos —se chanceó don Felipe.

—Lo cierto es que Walsingham parece que le pidió a Dee que, utilizando sus poderes astrológicos, predijera el tiempo que haría en el momento de la inminente invasión. Y el mago le dijo que habría grandes tormentas que causarían mucho desastre en Europa, y esas nuevas alcanzaron España y llegaron hasta Lisboa. Algunos marineros se asustaron y hubo deserciones.

—También tormentas.

—Tormentas terribles, como recordaréis. Como no se habían visto desde hacía siglos.

—Las tormentas que hundieron a la Armada.

—Así es, majestad.

—No iréis vos a creer ahora en tamaño disparate. Solo Dios puede predecir el tiempo.

Le dije que no, pero no estoy seguro. Galileo, Tico Brahe y otros hombres de ciencias nos han enseñado que hay posibilidades en la naturaleza y la mente humana que no conocemos. Quizá venga un día en el que podamos predecir si mañana lloverá o no. De hecho, muchos pastores y hombres del campo, sin haber pasado por Salamanca lo saben. El futuro solo lo conoce Dios, pero también podemos atisbarlo con nuestra inteligencia. El mismo Dee predijo para el emperador Rodolfo de Bohemia y el rey Estanislao de Polonia que vendría una gran tormenta que causaría la caída de un imperio muy poderoso, y Rodolfo, que también se las da de ocultista, le pasó el aviso al embajador español en Viena, que me informó y se lo tomó a chacota. Ahora, a la vista del desastre, no sé qué pensar.

Aún hay más sobre esto, porque me han contado algunos de mis agentes católicos en Inglaterra que Drake realizó un ritual mágico sobre los acantilados de Plymouth cuando la Armada se dirigía al Canal. Hay gente supersticiosa que lo considera un hechicero que ha vendido su alma al diablo a cambio de lograr la victoria contra España, y también se dice que organizó reuniones de brujas que convocaron a Satán para que levantase los temporales que hundieron a nuestros barcos. Desde luego, la Inquisición tendría harta tarea si algún día conquistáramos Inglaterra.

Solo dos años después del fiasco de la Armada, murió Walsingham, y con la subida del nuevo rey al trono de Londres, John Dee perdió el favor regio. El monarca sucesor de Elizabeth odiaba a los brujos y la brujería. No se fiaba de ellos y ordenó a su servicio secreto que actuará contra esa plaga. Uno de los detenidos fue el conde de Bothwell, que fue acusado de alta traición por organizar ceremonias ocultas contra el rey con la intención de hacerse con el trono. Apoyándose en una ley que el Parlamento aprobó a la carrera, en todo el reino se desató una cacería de brujas y magos, y muchos, por simples sospechas o acusaciones infundadas fueron quemados vivos. Me dijeron que hubo un momento en que el resplandor de estas hogueras se extendía por todos los campos de Inglaterra.

Volviendo a Walsingham, casi toda su actividad en el mundo de los secretos estuvo encaminada a proteger la vida de su soberana y detectar complots contra ella, la mayor parte ilusorios. Para esto no ahorró medios. Hubo un tiempo en el que se dice que tuvo pagados a más de cincuenta agentes en tribunales extranjeros y gobiernos. Algunos de estos eran espías dobles, que también nos vendían a nosotros los mismos secretos que pasaban a Inglaterra, aunque he de reconocer que Walsingham tuvo mucho éxito en captar espías católicos. En su madriguera de Londres se entrenaban muchos hombres en el arte de descifrar y falsificar cartas. Sus espías eran casi todos personajes de dudosa reputación, y en eso él y yo nos parecíamos, porque este oficio no atrae a los hombres de bien.

Su jugada maestra fue destapar la conspiración de Babington para eliminar a María Estuardo. Si no inventó la trama, sí inventó al menos las pruebas de la culpabilidad de la pobre reina escocesa.

Según me dijeron, Walsingham murió endeudado y prácticamente en la pobreza por los gastos descontrolados en cuestiones familiares. Su sueldo, por lo que deduzco, no era muy alto, y la reina Elizabeth, que al parecer es muy avara, no le ayudó mucho con eso, a pesar de que le debía cien veces la vida.