30. LOS NIÑOS CONSENTIDOS

El divorcio lo multiplica todo por dos: dos pisos, dos navidades, dos habitaciones, una existencia desdoblada. Sin embargo, a mí aquel acontecimiento me subdividió, me hizo sentir como amputado: me convertí en mediopensionista, en medio hombre, en un mediocre, en un hombre demediado. La separación devolvió a mis padres a sus diferentes universos: a papá a su burguesía excéntrica, y a mamá a su nobleza arruinada. Los títulos de crédito de la serie The persuaders, que se emitió como Amicalement vôtre a partir de 1972 en la segunda cadena de la ORTF, parecen resumir a mis padres. Se trata de una split screen, una pantalla dividida en dos en sentido vertical. A la derecha, lord Brett Sinclair, el aristócrata inglés, esnob y refinado, con un fular alrededor del cuello (mi madre, interpretada por Roger Moore); a la izquierda, Danny Wilde, el nuevo rico yanqui, jugador, desenvuelto y dicharachero (mi padre, interpretado por Tony Curtis). El piso de mi padre era más lujoso, había un chófer-cocinero, chicas de paso, una soledad alegre, aunque soledad al fin y al cabo. En casa de mi madre había más estrechez, la realidad era menos espaciosa pero más calurosa, ya que era la vida de verdad, la de todos los días, con una tierna madre a modo de hombre para todo. El divorcio me enseñó a compartimentar, a llevar una doble vida, a desarrollar el don de la ubicuidad y la duplicidad. A no hablar de papá en casa de mamá, ni de mamá en casa de papá. Y, sobre todo, a no compararlos. El televisor era alquilado en casa de mi madre, comprado en casa de mi padre. Papá nos dejaba al pie del edificio del 22 de la rue Monsieur-le-Prince para no encontrarse con mamá. Nosotros teníamos que subir la escalera a toda prisa, tocar el timbre en casa de mamá, entrar, cruzar el salón, abrir la ventana e indicarle a papá que habíamos llegado sanos y salvos. A ser igual de felices en cincuenta metros cuadrados que en un tríplex cinco veces más grande. A continuar como si todo fuera normal, puesto que, como decía mamá, teníamos «suerte en comparación con los pequeños etíopes». Nuestras barrigas no estaban hinchadas por la malnutrición, sino por los pastelillos de chocolate. Nuestros ojos no estaban cubiertos de moscas, sino rodeados por gafas. Cuando yo rezaba por los etíopes en la misa de la escuela Bossuet, lo hacía sobre todo para no parecerme a ellos.

No pretendo emitir ningún juicio moral sobre el divorcio de mis padres, habiendo impuesto yo el mismo procedimiento a mi descendencia. Pero dejemos de negar que esta nueva manera de vivir moldea a los niños. La nueva norma consiste en tener dos casas y cuatro padres (como mínimo), querer a personas que ya no se quieren entre ellas, temer constantemente las rupturas, a veces tener que consolar a los propios padres y oír siempre dos versiones de cada hecho, como un juez en un juicio.

Los hijos de padres divorciados en 1972 se vieron sobreexpuestos al vendaval del epicureismo moderno: la primera Liberación (1945) ya había anticipado la religión del confort, la segunda (1968) generó hedonistas ávidos e insaciables. Por reacción, la descendencia de aquellos adultos doblemente liberados concibió mecánicamente una angustia de la libertad. Así, los hijos de los divorciados de los años setenta son todos:

—necesitados que se fingen desenvueltos

—rigurosos que pasan por juerguistas

—románticos que se hacen los desganados

—ultrasensibles que se mueren por aparentar indiferencia

—ansiosos que se hacen pasar por rebeldes

—hombres elegidos en segunda vuelta.

Lo que sé de su divorcio lo sé por reconstrucciones posteriores. Él se marchaba demasiado a menudo de viaje y fue reemplazado. Él le contó a ella sus infidelidades, y ella se vengó. Las versiones difieren siempre: los dos achacan al otro los errores para aparecer como inocentes ante los hijos. En su momento, nada se formulaba verbalmente y nosotros teníamos que adivinar, aprender a leer entre líneas, sin hacer preguntas, sonriendo, en el silencio de la felicidad intocable. Nadie alzó nunca la voz. La alegría de vivir se esfumó con la llegada de la píldora, el mismo año de mi nacimiento; nací por los pelos.

Todo el mundo tenía razón, todo el mundo mentía sin querer porque nadie quería recordar exactamente la verdad, la cual, sin embargo, nos habría hecho sufrir menos que la percepción que tuvimos de ella: que nuestros padres se habían aburrido de nosotros. Que aquella vida ya no era digna de ellos. Nuestra familia no les bastaba. Los dos hermanos rubios echados sobre el césped verde eran insatisfactorios, el juego había terminado demasiado temprano. La aventura estaba en otra parte, la época cambiaba de normas, a partir de entonces la burguesía sería compatible con el placer, el catolicismo ya no prohibía disfrutar. Al fin se viviría con menos seriedad, en un mundo en el que la satisfacción sexual sería una prioridad. ¿Y los niños? Ya se las arreglarían, sobrevivirían. Un divorcio es menos grave que una guerra mundial. Nadie se muere por ello, no se quejarán. Así que los niños fueron mimados y cubiertos de besos y regalos: Mako moldeo, Mako velas, Chimie 2000,[5] Lego, Meccano, soldaditos Airfix y trenes eléctricos Märklin. Para obtener el perdón, cada fin de semana era Navidad, puesto que se había instaurado aquella nueva sociedad de la que hablaba el primer ministro con voz de pato (Jacques Chaban-Delmas), una sociedad de consumo ilimitado, de lujo americano, un mundo en el que la soledad se vería integralmente compensada por los juguetes y los cucuruchos de helado. Los niños fueron consentidos hasta tal punto que terminaron estropeándose. Los padres separados parecían más jóvenes que sus cargantes hijos, como en la serie Absolutely Fabulous, en la que la hija suelta latosas lecciones morales a su madre alcohólica. En 1972, las generaciones dejaron de oponerse unas a otras: viviríamos todos como individuos infantiles, como amigos sin edad. Los padres serían niños eternos. Los niños serían adultos a los ocho años, como en Bugsy Malone, el nieto de Al Capone o La pequeña, dos películas de aquella época. Mi hermano y yo no escogimos aquella situación, pero pasó lo que pasó: en 1972, vimos nacer a nuestros padres.