Libro de Esther

Azar

HEGUE, el eunuco, justo antes del amanecer, entró en la habitación de la reina. En la penumbra descubrió que no dormía, entonces, sin que ella pudiera preguntar, le comentó a la sorprendida Esther que por toda la ciudad se oían los comentarios de cómo el rey había favorecido a Mordejai. Vestía la ropa del rey, incluso llevaba su caballo, pero lo más sorprendente era que el mismo Haman tiraba del caballo repitiendo que así se hace a quien el rey desea honrar. Esther se irguió, se sentó apoyando su espalda en un gran almohadón, dejando al descubierto sus hombros desnudos, y en silencio escuchó el relato. El eunuco le describió cómo habían paseado por la ciudad, por cada calle, y las gentes a su paso se arrodillaban, el bullicio a su alrededor de mujeres y jóvenes que corría tras Mordejai, arrojándole flores. Mordejai tenía el rostro serio y silencioso, y Haman al llevarle, tiraba enfurecido del caballo, se dedicó a golpear a los chiquillos que se acercaron y se le oía murmurar, quizá pensaba que debía ser él quien debía pasear en el caballo, pero la suerte no estaba de su lado, él debía estar encima y Mordejai debía llevarlo, sin embargo no sabía cómo había sucedido lo contrario. El eunuco, con manifiesta alegría en cada gesto, estaba complacido de comunicar a su reina una noticia tan importante. Le comentó que Mordejai se encontraba de nuevo en la puerta, el eunuco lo había visto llegar, despojarse de la ropa real y vestir el saco con el que llevaba días. Pero mientras, ese extraño guardián de la puerta no parecían alterarle esos honores, como si supiera que el honor exterior en realidad no añadía nada a lo que él sabía de sí, en la ciudad la gente comentaba sorprendida el acontecimiento, sobre todo porque el pueblo desea ver humillarse a un poderoso, seguro que durante meses se recordaría un suceso tan extraordinario, comentó.

Esther, se puso de pie, paseó por su habitación y reflexionó sobre lo sucedido. El rey había leído el libro de crónicas y recordado que fue salvado gracias a Mordejai, pero el poder es también dueño de la Historia, aunque sorprendentemente, y a pesar de Haman, se había honrado a Mordejai. Nada anunciaba el día anterior que se le concedería semejante honor al guardián de la puerta, como ya le llamaban muchos de los criados.

Mordejai era miembro del sanedrín. Un grupo de setenta hombres sabios, que tienen encomendado juzgar a su pueblo cuando sea necesario. Los miembros del sanedrín debían saber idiomas, su primo conocía casi setenta lenguas, muchos eran dialectos de países vecinos. Seguramente por eso cuando había oído a los eunucos conspirar contra el rey, ellos no pensaron que podría entender su dialecto, pero un miembro del sanedrín debía conocer muchos idiomas para escuchar los testimonios. Esther pensó en los motivos que podía haber tenido el rey para distinguir así a su primo. Descartó la idea de que le relacionara con ella. Entonces le sobrevino una imagen de una de las noches que pasaba en la estancia real. El rey apoyado en su mesa, leía el libro de crónicas, recordó que el rey leía por la noche ese libro, como le habían dicho, esa era la única razón, no había otra, la relación con ella no se sabía, nada más explicaba que el rey destacara así a ese desconocido. Comprendió que, por alguna razón extraña, esa noche, cuando les dejó, cuando el rey se quedó solo en su estancia, pidió el libro, y justo se abrió por el episodio en el que se cuenta cómo Mordejai le salvó. El rey sabía que su primo le había salvado, sintió alivio, el peso de la responsabilidad de repente desvanecida, ausente, porque ella descubrió que no era ella la única responsable de salvar a su pueblo, si su primo había sido de esa manera reconocido, no tenía ya nada que temer, aun así era una idea imprecisa que necesitaba comprender y afianzar.

Salieron a un pasillo y de allí al jardín. Flotaba un olor grato. El silencio, por el contrario era especialmente tenso, como expectante y temeroso.

—¿Qué aspecto tenía Haman? ¿Crees que ha cambiado de actitud hacia Mordejai? —interrogó la reina al eunuco.

—Caminaba tirando del caballo, arrastrando los pies con la boca apretada. En ningún momento parecía escuchar las voces de apoyo a Mordejai, como si estuviese en otro lugar.

—¿Crees que se daba cuenta de la atrocidad que pensaba cometer? ¿Parecía arrepentido? —preguntó la reina, sentándose en una piedra rosada y gris que bordeaba el lago.

—No me parecía arrepentido, no sé cómo debe ser el rostro de un arrepentido, pero quien odia tanto nunca llega a arrepentirse del todo. De todas maneras, su expresión era la de un hombre enfurecido y contrariado, nunca había visto ese grado de odio en un rostro, casi deformado. Qué sufrimiento para Haman, precisamente aquél al que odia a muerte es agasajado en su lugar —respondió, sentándose a su lado.

—Y Mordejai, ¿pudiste hablar con él?

—No, la multitud me lo impidió.

—¿Quiénes eran?

—Campesinos, gentes de la ciudad, y reconocí a algunos judíos que le seguían en silencio, con aspecto cansado. Algunos se acercaban pero no decían nada, era un coro de voces silenciosas, nunca había oído gritos tan callados. Le seguían sorprendidos. La mayoría vestía sayales, se veían abatidos. Un hombre gritó en contra de Haman, pero su voz se perdió entre el bullicio de las otras voces que gritaban y reían.

—Mi pueblo.

—¿Tu pueblo? —preguntó el eunuco, poniéndose de pie y lanzando una piedra al agua.

—No debo hablarte, no quiero perjudicarte, has sido siempre muy amable conmigo.

—Mi reina, no hay nada que no deba saber, porque de ti conozco todo, más bien lo intuyo. Esa gente del pueblo está informada del banquete. Algunos judíos se sorprenden, extrañándose de que se invite así a Haman y preguntándose si no querrá la reina agradarle, si no es traición.

—Dicen nuestros sabios que debemos aprender del silencio. Olvida los rumores que sólo pueden hacer daño. Escucha, dime una cosa, ¿conoces algún caso en que un decreto real haya sido anulado? De nada sirve lo sucedido si no conseguimos anular ese edicto. Podríamos reunir a los ministros, ¿hay precedentes?

—No, mi reina, no los hay, el sello del rey es sagrado.

—Esta noche estaré de nuevo con el rey y Haman. Pienso cómo ha podido aparecer esa página que ayudó al rey a descubrir que mi primo le salvó la vida. Sabes que la horca estaba preparada para él, y yo dudo que ahora el rey la use. ¿Cómo usar la horca con quien el rey quiere privilegiar? Mi primo no morirá esta noche. Pero queda por saber qué hacer para que nos salvemos el trece de Adar. La suerte determinó esa lecha. Hay tantos momentos, tantos instantes que se suceden uno tras otro que me pregunto quién soy yo para interpretarlos, pero tengo que estar abierta a ellos, no puedo negarlos. Son como el sonido de esta noche que entra por el patio, que llega a través de los huecos de las ventanas, mueve los visillos, ¿es el viento?

—Mi reina, ¿no fue suficiente una cena con Haman?

—Amigo, muchas veces la verdad se resuelve en la repetición, en la búsqueda de la oportunidad en el otorgar posibilidad de arrepentimiento, en descubrir y dejar que los hechos se revelen. Me parece que he pasado toda mi vida en este lugar, pero a la vez sé que mi situación es provisional.

—Y la situación de todos, mi reina. Y para mí ha llegado el momento, cuando mi reina me conceda permiso. Quiero viajar y volver de nuevo al lugar donde cometí mi agravio para pedir perdón. Sólo a ti puedo pedírtelo, tal vez por eso intuí que debías ser tú quien reinara. Muchos de nosotros deseamos que fuerais la reina.

Esther se puso de pie, pronunciando con aire ausente, distante, «tienes mi permiso y mi ayuda para el viaje». El eunuco la saludó y se marchó. Tenerle cerca era importante, porque su afecto la acompañaba en esos momentos difíciles de su matrimonio con el rey. Quién sabe si cada instante vivido desde que llegó del palacio, desde el momento en que salió de su casa y su primo le repetía: «Esther, no olvides tu nombre» no tenía más sentido que el de permitir que ella estuviese ahí. Comprendió que cada suceso tenía un sentido, que eran aislados y a la vez pertenecían a un orden distinto a lo que ella podía entender, ni siquiera llegar a comprender. Pero debía actuar. Preparó de nuevo lo necesario para el banquete y esperó la llegada del rey.

No sabía Esther cuánto tiempo había transcurrido, sólo que la noche era demasiado oscura y que el insoportable ruido de los carpinteros en el patio había acabado hacía rato. El rey entró y enseguida fijó la mirada en Esther, se acercó a ella, le acarició el rostro, la abrazó, atrayéndola hacia sí la besó en los labios, se sentó a su lado, pero ella no reaccionó como solía, acariciándole al primer beso, entregando su barbilla, poniendo su mano en su hombro. Simplemente bajó la cabeza en silencio.

Al poco rato entró Haman sentándose cerca de Esther. En ese momento, el rey se agitó, parecía intranquilo, se colocó la corona y se levantó sentándose en el trono que le habían preparado.

Los esclavos sirvieron la comida. Silenciosos escucharon la música de las bailarinas egipcias. El rey conversó con Haman sobre el paseo por la ciudad con Mordejai. Pero Haman evitó responder echando mas vino en las copas de la reina y de Asuero.

La penumbra se iba deteniendo, y cuando las últimas claridades del día desaparecieron, se instaló en la sala una oscuridad conocida, apacible, salvada gracias a las antorchas. La noche apagaba el oro y la plata, ocultaba la belleza del color y los hombres temerosos perdían su fuerza ante lo desconocido. Se acababan los ruidos y la música y el sueño les salvaba de un mundo diferente al del día en el que los ruidos y las sombras reinaban.

—Haman, ¿recuerdas un mensajero que habíamos enviado para dar a conocer nuestras leyes por mi reino? Nos contó que le hablaron de lugares con una noche muy larga y que en ocasiones es el día quien vence. Esther, quisiera una noche larga contigo —susurró el rey mientras comprobaba si la corona que llevaba en su cabeza estaba bien centrada.

—Lo recuerdo señor, y festejamos juntos a Ahura-Mazda, que en nuestra tierra no deja vencer ni el día ni la noche y nos trae el sueño para que durante la noche no nos perdamos en la oscuridad y el miedo —respondió Haman, colocando los adornos dorados de su manga.

—Una lucha diaria entre la luz y las tinieblas que no debemos olvidar. Ese hombre nos habló también de unas manos dibujadas, fijas en la piedra que había visto en unas grutas. Pero no le creí. Aunque anoche, sin sueño, entre pensamiento y pensamiento, me preguntaba si no sería cierto, y con interés quise saber qué manos quedaron en la piedra, tal vez las manos de artesanos desconocidos. Nuestros artesanos deberían conocer esas pinturas. Quisiera encontrar, mi bella Esther, a quien pudiera reflejar toda tu belleza. Creo que es el momento de iniciar un proyecto como el de los egipcios, que en los palacios los artesanos enseñan sus sistemas y métodos a sus aprendices.

—Pero mi rey —dijo Esther, que hasta entonces había permanecido en silencio—, tal vez eso conduce a un arte con menos posibilidades de una gran revelación. ¿Creéis que todo es susceptible de aprenderse? Entre mi gente cada hombre debe aprender y descubrir un nuevo significado a las palabras antiguas.

—¿Pero quién es tu pueblo?

—Mi pueblo habla con Dios. Cuando Nabucodonosor sitió Jerusalén, gobernaba Judá el rey Joaquim. Allí comienza el exilio de mi pueblo en Babilonia. Mi rey —añadió Esther, buscando el gesto en el rostro del rey y cambiando de tema—, espero que encuentres los manjares a tu gusto, hice traer los cocos de un lugar alejado porque su agua y su carne tienen muchos y conocidos dones.

—Sí, mi reina, está a mi gusto, pero no es eso lo que me preocupa, ¿cuál es tu petición?

—Mi rey, si he encontrado gracia a tus ojos, quisiera hacerte una petición para los míos.

—Esther —le dijo el rey—, cualquiera que sea tu petición, mi reina, te será otorgada, y cualquiera que sea tu demanda, aunque sea la mitad del reino, te será dada.

—Si me ves con amor… —dijo la reina, mirando al rey y atreviéndose a tocar su rostro y acariciarlo—. Oh, rey, y si ello place al rey, séame concedida mi vida ante mi petición y la de mi pueblo ante mi demanda, porque mi pueblo y yo hemos sido vendidos, para ser destruidos y exterminados. —Esther comenzó a llorar, su voz se fue debilitando y entre sollozos se abrazó al rey—. Si al menos fuéramos vendidos como esclavos o esclavas, como sucedió en Egipto, callaría, porque el enemigo no es digno de que el rey se perjudique.

—¿Quién es y dónde está el que se atreve a hacer eso?

Haman se puso de pie, se diría que su rostro paralizado era simplemente un bajo relieve en piedra. Entonces Esther se levantó y se apartó del rey, se alejó y le dio la espalda para acercarse a Haman:

—Un adversario y enemigo: Haman, por maldad o frivolidad va a destruir a los persas que llegaron de Canaán y que descienden de Abraham.

El rey se puso de pie. Esther supo que en ese instante estaba perplejo, había surgido un importante conflicto, temió por su vida, el rey les miró enfurecido y salió al jardín.

Los esclavos colocaron más antorchas encendiéndolas con las que ya lo estaban. Se llevaron los platos vacíos y trajeron bandejas con dátiles.

Haman se postró delante de la reina que en silencio seguía llorando, pero ahora su llanto era distinto. Sobre sus piernas, abrazado casi a ellas Haman comenzó a sollozar y a suplicar:

—Reina Esther, reina y señora, te suplico que perdones a tu siervo, no quise causarte ningún mal. No sabía que ese era tu pueblo. Perdona mi ignorancia y confusión, mi único error. Debes saber que fue mi malvada esposa quien creyó que tu pueblo podía ocasionarnos perjuicios, pero me arrepiento y pido clemencia. ¡Clemencia! ¡Clemencia! Mi reina, no obtendrás ningún beneficio con mi muerte. Eres una reina benevolente y perdonar es de sabios. Por eso ruego a su majestad que suplique al rey mi perdón. A cambio, mi reina, pondré el reino en tus manos, el rey no tiene demasiada autoridad, piensa en el poder que tendrías. No es cierto que seas sólo una mujer. Debes saber que pronto otra más bella, más joven, ocupará tu lugar y serás desterrada, como Vashtí fue apartada del rey. ¿Por qué? No complació mis deseos. Cuando aparezca otra mujer, ¿quién se acordará entonces de la reina Esther? Vashtí pagó su arrogancia. Éste es el momento de vengar a las mujeres del reino. Si me escuchas y haces lo que digo reinarás y tendrás todo el poder, serás la más grande reina del mayor imperio del mundo, desde que Ciro hiciera de nosotros una gran potencia. Nadie ha conocido un rey igual, y ahora será la reina Esther. Esculpirán piedras con la figura de tu rostro como los de la reina Napirasu de la antigüedad. Perdóname mi reina, mi señora. —Y bajando la voz añadió—: Mordejai te vendió y el rey te abandonará. Matemos al rey, y sé reina tú en su lugar. Así el edicto podrá anularse. Sabes que no puede derogarse, ¿cómo harás entonces para salvar a tu pueblo? Su destino ya está decidido, sólo si actúas podrás salvarlo. Nadie más que tú puede hacerlo y salvar así a tu pueblo.

Esther bajó el rostro y calló, justo cuando entró el rey, vio sus ojos sobre Haman, que seguía apoyado sobre sus piernas, los ojos del rey, enrojecidos, se fijaron en el bulto derrotado que caído sobre sus pies sollozaba temeroso.

Los esclavos dijeron que nunca habían visto al rey tan furioso, cuando fue derrotado en batallas se mostró colérico, pero ahora desconcertado y celoso, recordó el nombre de Vashtí. Dijeron que perdió completamente el control cuando Haman se tiró a sus pies, empeorando su enfado.

—¿Acaso mi ministro quiere forzar a la reina? ¿También quieres compartir a mi mujer? Puedo aceptar tus consejos, tu odio, pero ya basta, Haman, quien desea a la mujer del rey no tardará en querer ocupar su trono.