Capítulo 5

Libro de Esther

La invisibilidad de las lailas

HAY un instante al atardecer en que la luz parece plegarse y a la vez extenderse en una dimensión diferente a la del día y la noche. Una luz intermedia. Una luz escondida de la plenitud que exagera los contrastes.

Esther amaba esa luz porque le traía una visión de los objetos cercana a lo que ella creía que era su verdad. Escuchó el agua. Unos músicos continuaban durante el día tocando unos instrumentos que le resultaron extraños. Es curioso cómo se acostumbra uno a los acontecimientos y cambios bruscos. Llegan, suceden y se tarda en comprender su sentido, incluso pueden entenderse muchos años después o nunca. Pero uno se acostumbra. Siempre hay una belleza en lo nuevo, se dijo Esther cuando se acostumbró al desorden de ese sonido y empezó a apreciar la música triste y enérgica que señalaba el tiempo. El rey deseaba marcar las horas, el atardecer era indicado con esa música, y otra anunciaba la noche, y otra el día. Esther pensó en los cánticos de su tío. Recordó las canciones de su pueblo. Recordó el sonido de las velas encendidas. Recordó las vajillas del sábado. Recordó el sonido de su casa al atardecer cuando los chiquillos y los hombres volvían de sus oraciones. Recordó ese olor pausado y tranquilo de los días festivos. Recordó la sensación de plenitud y de compañía. Pensó en cómo también su tío señalaba el tiempo, pero allí esa señal adquiría un significado profundo.

Dos mujeres con unas letras tatuadas en el brazo derecho a la altura del hombro, vestidas con el atuendo de las esclavas, la tumbaron en una mesa de madera húmeda y la cubrieron con pétalos de amapolas. Después le colocaron una gasa sobre la piel; alrededor el vapor de unas piedras oscuras y calientes.

—¿Has abandonado las dudas? —preguntó Gara—. ¿Sabes? Bastan unas horas para que lo plácido llegue al cuerpo y haga que la mente olvide. La mente necesita que el cuerpo pierda su sentido, la apreciación de cada uno de sus instantes. Un masaje, un olor permiten llegar a la mente a un lugar distinto y abierto, un lugar edificado de sentidos. La mente necesita que el cuerpo pierda.

—Dime, ¿qué le sucedió a Vashtí? —preguntó de nuevo Esther con voz pausada, queriendo que su tono no denotara demasiada curiosidad, esa curiosidad que había sentido desde que supo que el rey buscaba una nueva reina, y añadió—: Se escucharon varias versiones. Unos decían que está muerta. Otros que se marchó, que se rebeló contra el rey y abandonó el palacio, que ahora está en un lugar secreto conspirando para matar al rey. Ella es todavía la reina. ¿Dónde está Vashtí?

—Ya no es la reina. Es lo que debes saber, lo único. Y estás aquí para saber si puedes reinar en su lugar. Tú y las otras mujeres. ¿De dónde vienes? No te pareces a las mujeres de esta tierra.

—Soy de aquí. Lo soy.

—Quiero lo mejor para vosotras —comentó mientras continuaba con un suave masaje sobre la piel de Esther—. Busco lo mejor para mi señor, velo por su bien. No es fácil cuidar de las mujeres. Créeme. He dado mi vida por cuidar de esta tierra femenina. ¿Sabes? Para cada hombre hay un olor oculto y secreto que despierta su deseo. Y conozco el olor que apacigua la ansiedad del rey y sus dolores. Pero en cada piel las fragancias son distintas. Conozco las pieles de las mujeres, sus aromas, texturas, mi labor es descubrir en ellas la belleza. Cada mujer la tiene, hay que extraerla, dejar que crezca, atenderla. Eres hermosa, pero eso no basta, hay que dejar que surja plenamente la belleza que se te asigna.

—Y dime, ¿cuál es la tuya?

—No debo hablarte de mí. Pero ya he descubierto qué debo despertar en ti.

Entonces, con gesto divertido, tapándose una sonrisa, le recomendó la dieta adecuada. Las esclavas se la darían, no todas las mujeres deben alimentarse de la misma manera. Le explicó que su habitación daba a los castaños que perfuman el aire de noche, un aire que entraría despacio en ella.

—No hables con las otras mujeres, no debes —le advirtió—. Es preferible no crear lazos. La amistad de una puede suscitar las envidias de las otras. Nuestra misión es importante, superior, no debemos dejar que la entorpezcan pequeñeces. Estamos aquí para que cada mujer pueda ser la reina. La afortunada elegida por el rey será ama y señora. Las otras se pondrán bajo sus órdenes. Nadie sabe ahora quién será ella. Y puede resultar que es una amiga o una enemiga. Es mejor no arriesgarse. Lo prudente es mantener la distancia.

—Quiero pedirte que me dejes comer unos alimentos que yo elija, no los del rey, para que no me contamine.

—Debes alimentarte como las demás, porque seré castigada si apareces demacrada, y el rey me acusaría.

—En unos días mira mi rostro, si me ves demacrada y que me perjudico, entonces comeré lo que me digas.

En ese momento se despidió de Esther quien recordó su cita secreta. El eunuco le ofreció un aceite que dijo era de polvo de oro.

Ella le llamó, quería pedirle un favor. Quería saber qué había sucedido con su primo. El eunuco le rogó que no se preocupara. El primo estaba junto a la puerta del palacio.

La curiosidad por ver y conocer el palacio se fue diluyendo y convirtiendo en abatimiento. Tendría que pasar allí demasiadas horas. Horas que se perderían. Deseaba volver a su vida, pero ya no la tenía, la había abandonado por otra y no había posibilidad de recuperarla. Después del vestido y el masaje, le permitieron salir al exterior. Se sentó un instante cerca de la fuente, mirando su reflejo. Observó su peinado. El pelo retirado de la cara, envuelto en cintas celestes. El agua de lluvia tenía el poder de lo puro. Observó los alientrodos, los peces de color rojo que se movían libremente. Eran similares pero cada rojo era distinto al otro. Unos tiraban al naranja-rosado, y otros al amarillo-verdoso. Si se les observaba detenidamente podía identificarse cada uno de ellos. Pensó en la naturaleza, en su capacidad para lo igual y lo diferente. Observó a las mujeres que la rodeaban. Y respiró hondo. En su mirada reflejada en la fuente había tristeza. Temió convertirse en otra. Temía perder algo de sí misma. Sabía que debía callar, tenía un secreto. No podía hablar de su pueblo. No comprendía qué hacía allí. No lograba acostumbrarse. Quería saber qué debía hacer y por qué estaba en ese lugar. Durante toda su vida había ideado otros proyectos, proyectos diferentes. Soñaba con hijos, con una casa, con la familia que no había tenido, acariciar a sus hijos como abuela y madre. ¿Por qué dejó Mordejai que se marchara? ¿La amaba? Ella había creído que sí, que además del amor familiar sentía por ella algo más, creía que la amaba como mujer. Nunca se lo había dicho pero lo hacía ahora, en silencio. Y entonces el deseo de volver se impuso, quería hablar con él y mirarle a los ojos. Le gustaba hablar con él de la lluvia y del paisaje. De las festividades y los vientos que cuando llegan empujan las ramas y sus frutos. ¿Qué estaría haciendo? No entendía por qué la había dejado ir, le odiaba por ello, aunque prefería no decírselo a sí misma. Los otros hombres solían hacer comentarios poco amables acerca de las mujeres, pero a él nunca le había oído ninguno. Se mantuvo al margen de la decisión de ella, dejando que la tomara, aunque en realidad ella sabía que era él quien la tomaba al no decirla que se quedara. Tal vez él sabía que pedirle eso suponía un compromiso que no quería en ese momento asumir, o quizá él tenía una visión de futuro de los acontecimientos.

Cuando se desea algo, se construye una vida en función de esa idea, se deja y abandona cualquier alternativa y, de repente, aparece lo que nos cambia para siempre. Tuvo proyectos, deseó la tranquilidad de lo conocido y ordenado. En ocasiones, lo inesperado puede alterar desde el principio lo conocido y sabido, y aunque a veces se siente el hastío del precipicio del futuro igual, es en el cambio cuando se añora la sucesión monótona de lo igual. Observó toda su vida, todo su pasado, podía explicarla pero sólo podía ahora vivir el futuro, la explicaba, la llevaba hasta ahí, pero no era más que lo acabado. Lloró en silencio por su amor. Ya se alejaba en su memoria y ocupaba un lugar diferente ajeno al mañana.

Entró en una estancia cerrada. No era difícil el acceso, pero se percibía que nadie había estado ahí en mucho tiempo. Un leve velo de polvo que volvía blanquecina la luz del cuarto, el olor a cerrado, parecían parar el tiempo. Sobre la cama, unas vestiduras plegadas como recién colocadas que parecían de algo o de alguien, las sandalias dispuestas, cintas para el cabello. Estuvo moviéndose por la habitación anhelando de encontrar algo sugerente, una idea donde apoyar una imagen, un pensamiento. Su abuela materna, con quien se había criado, nunca hablaba de la madre de Esther. Era como esa estancia. Un lugar donde el tiempo se paraba ignorando el devenir. Ella quería hablar, entrar en sus recuerdos y sus ausencias, pero la abuela había detenido el pasado en el presente. El presente contenía un tiempo limitado, breve, el mismo instante anterior. Cada cumpleaños era como el primero. Los objetos de su madre se habían quedado en la casa a la que nunca había vuelto, ignoraba qué había sucedido con ellos, seguramente permanecerían así en ese orden apaciguado del momento. Cuando se disponía a salir, observó que había algo oculto entre las ropas que se amontonaban en la cama. En el lugar de las mujeres no había espacio para guardar algo propio, todo se mantenía expuesto, no se permitía la posesión, el secreto, por eso no era extraño que el pliego de pergaminos que encontró al mover las ropas estuviese ahí. Tal vez la mujer que ocupaba esa habitación no tuvo tiempo al salir de llevárselo, tal vez temió que si lo llevaba consigo podían quitárselo. Intuyó que lo habían dejado para ella, sabía que esa estancia respondía a muchas de sus preguntas, era cuestión de tiempo descubrir su significado.

Salió cuando escuchó risas y gritos alterados y alegres. Esa noche podrían ver al rey. Ella aún no debía ser presentada, faltaba un año para terminaran de prepararla, pero ella sí le vería a él. Una imagen a la que adorar, pensó, y esa idea le dolió porque debía huir de las imágenes. No se atrevió a coger los pergaminos, pero se dijo que volvería.

La noche en el palacio tenía una agradable fragancia. Los colores amortiguaban su sensación de encierro, y con la oscuridad parecían diluirse las fronteras. En su hogar la noche era redonda y agradable. Cómoda y protegida, cerca de Mordejai. En palacio había muchas sombras, ya se había hecho una idea del espacio en el que debía pasar los próximos meses. El área de las mujeres era un cuadrado alrededor de un jardín de lailas. Unos arbustos con flores nocturnas. Pétalos blancos casi transparentes envolviendo alvéolos anaranjados con pigmentos oscuros. Existía una leyenda acerca de la invisibilidad de las lailas, que durante el día no podrían verse. Las lailas eran adormideras y su olor producía al atardecer un leve desvanecimiento de los sentidos que permitía un sueño tranquilo. La estancia cuadrada de las mujeres se rompía por un pasillo que comunicaba con el palacio de los hombres, un palacio con una frontera invisible pero rígida. El palacio estaba construido sobre una alteración elevada del terreno, un lugar con un verde indefinido.

Esther tenía una cita extraña esa noche. Sintió miedo, porque tal vez no era conveniente, era peligroso acercarse al patio y escuchar lo que le iban a decir, sabía que si ella se equivocaba le sucedería algo muy grave a mucha gente.

El eunuco se acercó a ella.

—Te he visto pasear por el palacio —le dijo—. Ésta es una gran obra, la construyó Ann Bsalver. Visitó muchos países antes de diseñarlo. Trajo experiencias y conocimientos. Está construido sobre una colina, en busca del equilibrio que Ann proponía, mantiene aire en tensión con las distintas corrientes. Su teoría es que el viento debe encontrar lugares de salida en paralelo a los de entrada. Que la energía que llega no debe desviarse ni permanecer. Hay una disposición del sol y la luz. Escribió un libro, Las puertas del aire. Ahí explica cómo construir para que los vientos y la luz penetren de manera armónica. La luz y el aire son los elementos básicos en toda construcción. Dos cubos unidos por un pasillo expresan un deseo de simpleza y perfección, y al mismo tiempo la distancia entre lo femenino y masculino. Esa habitación donde has estado es la de Vashtí, la reina. Está prohibida la entrada, y no debemos hablar de ella. Hay que ignorar su huella. Esta noche podrás ver al rey. No infravalores ese hecho. Nunca puede cambiarse una primera impresión. Dispón tu ánimo a recibir su imagen porque en ella puedes encontrar tu futuro.

Y le colocó un espejo delante.

Ella miró su rostro y entonces supo que era el suyo, que tenía algo nuevo, un gesto extraño aún para ella. Y en ese mismo momento comprendió que ya no había vuelta posible, que aunque regresara, ella ya nunca sería la misma, y se rompió por dentro. Sintió que le dolía y que perdía la idea que tenía de su vida.

 

El cronista solía escribir cada día algo de las mujeres que le rodeaban. Se había fijado en Esther desde el principio, pero no era capaz de encontrar las palabras adecuadas para describirla. Quería hacerlo, pero algo en ella se le escapaba. No era como el resto de las mujeres. Caminaba como si no rozara el suelo. En un principio lo achacó a la vanidad, creyendo que se sentía superior a las demás. Pero en su trato relajado, nada altivo, descubrió que no, que en ese gesto residía precisamente su diferencia.