Capítulo 8

Libro de Esther

Recuerdo y memoria

UNA mañana, transcurrido algún tiempo, cuando sintió que los días se volvían iguales, que había conseguido una rutina que controlaba su sufrimiento, cuando supo que el recuerdo no dolía, que no era olvido, pero sí deseo de arraigar su vida y vivir lo que vivía, Esther decidió no dejar pasar más tiempo sin hablar con su primo. Sabía que él, como cada día después de su separación, se encontraba en la puerta del palacio que daba al Este.

Hasta entonces no había sentido la necesidad de ir, como si intuyera que no era posible, que sucedería un contratiempo, una acción inexplicable que lo impediría. Y aunque no se alojaba lejos de esa puerta, sentía que su distancia nada tenía que ver con su realidad física. Se trataba únicamente de pasar sin demasiada dificultad el pasillo de columnas doradas, columnas que a medida que se acercaban a la puerta se volvían más delgadas, hasta convertirse en apenas unas finas varillas, breves hilos dorados que sonaban en la estancia como instrumentos de cuerdas musicales y volátiles. Era un camino cerrado, pero hasta entonces Esther no lo veía posible. Sabiendo que podía ir hacia ahí, nunca lo había hecho. Porque la distancia física nada tenía que ver con la distancia que se había trazado.

Le encontró allí, sentado fuera, cerca de la puerta, al borde del primer escalón, con la mirada hacia el horizonte. Cuando se vieron se acercaron el uno al otro lentamente, conteniendo la emoción, y se dieron un abrazo.

—Ha pasado mucho tiempo sin vernos —le dijo—. ¡Qué hermosa estás! Tienes en la piel, en los ojos un brillo nuevo, esas ropas te hacen parecer otra mujer, una princesa, aunque no necesitas sedas ni adornos, siempre has sido bella, y tu belleza es también tu entrega. Ay, no sabes, este tiempo me ha permitido pensar, dudar y pensar. Recuerdo cada día los días que pasamos, cómo fuiste creciendo, cada detalle de tus días, de tus gustos, la manera que tienes de despertar y acercarte a la fuente para lavarte las manos, la manera con la que escuchas, sabes escuchar. Pero tienes tristes los ojos, Esther —dijo el primo—, muy tristes. Y me siento responsable de tu tristeza, me pregunto si actué como debía, si utilicé los pensamientos adecuados, porque uno no sabe dónde está la verdad. Pedí con fuerza una respuesta, saber qué debía hacer, y veo la tristeza en tus ojos y duele, duele intensamente, un dolor que no pasa, que se instala para permanecer junto a mí como un órgano de mi cuerpo.

Esther le sonrió, bajó los ojos, le colocó la túnica y se sentó junto a él.

Permanecieron un tiempo en silencio y entonces ella le respondió que ahora ya no era exactamente tristeza, que la había sentido, pero ya no de la misma forma. Antes se sentía triste porque quería verle, porque le echaba de menos, y ahora le dolía porque había empezado a acostumbrarse y esa vida era la que ahora adquiría la fuerza del pasado; su vida en palacio era fácil, no tenía nada que hacer más que cuidarse a ella misma, pero no se sentía libre. Esther comenzó a llorar, un llanto que empezó como un suspiro. Su rostro se fue llenando de lágrimas, lloraba sin poder parar, con lágrimas que venían de cada día silencioso, de cada instante sin él. No podía parar de llorar mientras su primo la observaba confuso, parecía que no podía comprender ni saber qué debía hacer. Le acarició el pelo, ella puso la cara en su pecho, los sollozos se hicieron intensos. Entonces él le pasó la mano por la cara susurrándole:

—Esther, cuido de ti desde esta entrada. No llores, no hay un solo día que no venga y no te atienda, que no vigile tu vida desde esta cercanía que no me permite más que escuchar las voces y los ecos del palacio, de las personas que de lejos y de cerca pasan por aquí. Sé qué mujer se acerca cada día a la estancia real, escucho sus pasos al llegar, escucho su nombre con el corazón agitado. Es pronto aún, lo sé, falta algún tiempo, pero siempre temo que seas tú. Las mujeres van por la noche y salen de su estancia por la mañana, vuelven a la segunda casa de las mujeres bajo la custodia de Hagaz. Se escuchan murmullos, conozco los descontentos de algunos soldados, los enfados de los eunucos. Los poderosos tienen tantos enemigos como poder. Te asombraría sabor lo ficticio de muchas palabras, de los halagos y favores. Hay una asombrosa red de favores que no se basan en el amor, en el dar de manera generosa, sino en la seguridad de que un favor es una deuda y que quien lo otorga está luego en el derecho de solicitar a su vez el cobro de la deuda. Hay demasiadas personas enredadas en este sistema. Un mundo complejo de poderes, de autoridad y servidumbre, de necesidades y sobre todo vanidades. Nada es exactamente como parece, ninguna palabra es dicha sin otra intención que la que se puede suponer al principio. Se requiere mucha fuerza, mucha dosis de maldad para sobrevivir en este complejo mundo. Hay pactos, la paz de ellos se basa en el pacto, en el acuerdo, nosotros buscamos el shalom, nuestra paz es otra manera de concebir el mundo. Estoy aquí y se han acostumbrado a verme, hasta el punto de que ya no me ven, que me ignoran como si fuera un elemento más de la madera de la puerta; eso me permite saber muchas cosas, conocer secretos. Pero hay demasiadas corrientes internas. Y eso me preocupa, Esther, no sé si podrás ser feliz. Reconozco que durante este tiempo he tenido dudas. No debería decírtelo. Lo sé, ahora no es el momento de hablar de eso, no es el momento de lamentos, pero quería advertirte, quería acompañarte, también decirte que puedes salir, que si lo decides, estoy aquí y puedes contar conmigo para partir. Te digo lo que no supe decir antes, lo que quizá esperabas y no supe, no tuve la valentía o el acierto de saber que tal vez era mejor la huida.

La prima de Mordejai le observó preocupada, había adelgazado y los ojos apagados, enrojecidos, se perdían en el rostro muy blanco. Un efecto tal vez de su pelo, que había encanecido extraordinariamente en poco tiempo.

—Hoy estoy aquí, como cada día, no podía imaginar que te vería. Si me preguntas por qué estoy aquí, te sorprendería saber que no soy capaz de responderte. Soy el guardián de esta puerta desde que has venido al palacio. Me siento desde el amanecer y veo los colores del cielo, ¿ves a lo lejos, los reflejos sobre el bosque? Adquieren matices que no podía imaginar. Pienso mucho, no descuido el estudio, no descuido las oraciones y el negocio de telas está en buenas manos. Tuve problemas con el del adobe, pero ya se ha solucionado, no me preocupan los aspectos materiales. He conseguido un sitio, sentir cómo puedo controlar mi cuerpo, conozco nuevas posturas para colocar mis piernas, para permanecer mucho tiempo en el mismo lugar, ni siquiera me afectan las distintas temperaturas. He tenido mucho tiempo para pensar, mucho, y no estoy seguro de nada. Cuando supe que habías sido elegida, no quise interponerme, tenías la posibilidad de reinar. Supuse que cualquier mujer podría ser feliz, que podrías tener cualquier cosa que desearas, y dejé que los acontecimientos se impusieran, como una especie de seguridad fuera de mi voluntad, de mi pensamiento, esa seguridad de dejar que un fluido por encima de nosotros decidiera me hizo callar. No pude sino callar y dejar que sucediera lo que tenía que suceder. Nunca he querido imponer mi voluntad a la vida, porque siempre he procurado dejar que lo que tiene que ser sea. Hay por encima de nosotros una voluntad y no he querido nunca cegarla, impedirla. Pero los días en este lugar, días largos y solitarios, me hicieron preguntarme si me había equivocado. ¿Qué señales tenía de qué era lo acertado? Nunca podemos saberlo, por eso quiero que seas tú quien lo decidas, que sepas que te espero, que deseo que vuelvas y que ya no sé si esto es o no lo correcto. ¿Cómo saber el camino que debemos seguir? Esther, pensé que tu reinado sería bueno no sólo para ti, también para nuestro pueblo, y creía que debía sacrificarme.

Esther calló, contuvo de nuevo las lágrimas, pero en esta ocasión eran de agradecimiento. Había creído que su marcha no había supuesto para su primo más que un alivio, que era una manera de evitar cuidarla, atenderla como lo había hecho desde que llegó de niña cuando murieron sus padres y sus abuelos. Durante todos esos días ella se preguntaba a todas horas qué estaría haciendo, incluso se preguntaba si habría encontrado una mujer. Pero estaba allí, a su lado en la distancia, compartiendo su destino. Comprendió la palabra sacrificio. Le habló de sacrificio y supo que de alguna manera sentía también que ella se sacrificaba, no exactamente sacrificio, pero sí aceptación, dejar que su deseo se doblegara a algo superior. Abrazó de nuevo a Mordejai, sabía que no podía permanecer allí más tiempo, pero no quería irse. Supo también que se quedaría en el palacio, que no abandonaría. Aquella elección tendría seguramente alguna finalidad, ambos lo presentían, sabían que debía ser así. Por primera vez desde que había llegado supo que debía aceptar su vida, que debía separarse definitivamente de su primo. Había comenzado otra vida, y aunque le amaba, era consciente que ya no estaban unidos, que ya se había roto para siempre la unidad que formaban. Había imaginado un futuro con él. Recordó que, en una ocasión, la imagen de los dos juntos, una imagen de futuro, se impuso con tanta fuerza que estaba segura de que lo viviría alguna vez; a veces una imagen soñada, querida, esperada, puede determinar la vida, dos ancianos, uno junto al otro de la mano frente a un libro; ella creyó con fuerza en esa imagen, pero ahora sabía que era una de las posibilidades de su vida, pero que se había cernido para siempre. Tal vez hubo un día, un instante de sus vidas en que fue posible, pero ya no lo era, no, había desparecido como posibilidad y su vida avanzaba hacia otro lugar. Le dolió esa certeza, recordó los momentos que habían compartido, y aunque no eran pareja, aunque nunca habían hablado de amor, ella siempre había sentido esa unión, sus risas, paseos, los libros compartidos aparecían convertidos en imágenes dolorosas, la autoridad de la añoranza. Cuesta alejarse del placer vivido. Pero hay un momento, un instante breve, en que se tiene un nuevo conocimiento. Y de repente las emociones, los sentimientos que atan al otro ya no están donde estaban. En la emoción, no hay posibilidad de retorno, de volver al inicio, no hay vuelta atrás. Una herida, la distancia, la cercanía crean el ámbito de una memoria, de un recuerdo, cuando se interrumpe el devenir que se comparte con alguien, cuando se tropieza. Siempre que se produce una brecha en el sentimiento hay que seguir. La vida es un fluido continuo, el amor no se puede detener, la belleza es breve, las emociones varían. En ese momento descubrió que se había equivocado al no comprender la actuación de su primo, que él se había equivocado al no ver su amor por él, y que los equívocos les habían separado para siempre. Al ver los ojos de su primo, pensó que no era sepa ración sino amputación, algo de su vida se amputaba para siempre y tendría que vivir con ese dolor. Y comprendió que estaba ahí porque debía estar, que ése era ahora su lugar. Adquirió mucha fuerza, una certeza de hacer lo que debía. Mientras que su primo le descubría a ella sus dudas, ella descubría su lugar.

Se separaron.

Ella le dejó ahí prometiéndole verle pronto. Y le dijo que no se preocupara por ella, que en ese momento había descubierto que debía estar ahí, no pensaba huir. Le agradecía su presencia, su entrega, y le aseguró que un día descubrirían que había hecho bien, que no se preocupara, que a partir de ese día estaría consciente de su vida nueva.

Esther volvió caminando despacio. Un dolor nuevo, cuando se ama intensamente no se quiere olvidar, la posibilidad del olvido, de un tiempo en el que no se recuerde ese amor o que no duela igual, aparece como lo terrible. Ahora se había separado para siempre de su primo, lo que no se atrevía ni a pensar había sucedido y ella sufría intensamente, porque sabía que el amor por él ahora era otro. Había comprendido el «nosotros» que él le dijo.

Al llegar a la estancia de las mujeres, no se detuvo delante de ninguno de los grupos que reían, bailaban o tocaban música. Comprendió que detrás de ella había un mundo abierto, que su reinado no le pertenecía y que el deseo de ser la elegida no respondía a una posibilidad personal vanidosa, sino que era un compromiso, una responsabilidad a la que debía responder y atender. Desde ese momento, su tiempo adquirió un nuevo significado. También comprendió que debía leer el texto que guardaba, el texto que le fue entregado y que no había leído hasta entonces porque le producía pudor leerlo, pero de repente se dio cuenta que no le era ajeno, que tenía la responsabilidad de leerlo.

Eran unos papiros, la letra estilizada hacia la derecha, elegante y ordenada, a medida que el texto avanzaba se convertía en una letra más desordenada, más caótica su organización en párrafos. Pero no perdía la elegancia interna.

Leerlo era una obligación, era cumplir un designio de su estancia en el palacio. Una vez que había comprendido que debía estar ahí, debía leer y saber. Intuía que ahí se encontraba algo importante para ella.

Leyó:

 

No puedo matarlo.

 

Se detuvo, permaneció un instante con los papiros en la mano, sintiéndose cómplice de algo extraño. No sabía si debía continuar o dejar de leer, tal vez le abría las puertas a algo que no debía conocer, tal vez su lectura aportaba una información de la que después no podría huir. Sabía que debía continuar.

Pero la lectura no aportaba nada más acerca de a quién deseaba asesinar. Lo siguiente era una especie de relato de vida. Contaba que de niña padecía mucho miedo a lo nuevo, le gustaban sus juguetes viejos y los lugares conocidos. Había crecido en una pequeña aldea. Su padre, militar, también se dedicaba a teñir telas y su madre le ayudaba, seleccionando y matizando los colores a la perfección. Su madre era griega y ella se crió escuchando canciones, relatos de sus dioses, la belleza de sus textos, de su lengua. Grecia, en la mente infantil, se fue convirtiendo en el palacio de los dioses, en su otra alma, era siempre una música lejana que la llamaba, a la vez que una ausencia que necesitaba. Fue creciendo junto al hijo de una amiga de su madre, también griega. Eran como hermanos.

Cipro adoraba jugar con ella, admiraba sus ocurrencias y estaba siempre dispuesto a compartir su tiempo; sabía apreciar sus gustos, su manera de inventar lo que les rodeaba. Ponían nombres a los árboles, a las plantas, a las ralinas, a los leitezos, a los pájaros y a las distintas emociones. Crecieron juntos, aprendieron a valorarse y saber los gustos y deseos del otro. No habían nombrado su sentimiento, pero eran hermanos, amigos, se amaban como se ama alguna vez en la vida de manera entregada y sin torpezas, ni miedos, de manera sencilla y constante.

Describe a Cipro de niño, luego de joven y más tarde de hombre, en cada dato se van añadiendo detalles muy concisos, los objetos que utiliza, su ropaje, las primeras heridas y las señales que le fueron quedando.

Esther imaginó la amistad entre los jóvenes. No se indicaba si hubo entre ellos algún juego amoroso, si se besaron o acariciaron. Ella no había besado a ningún hombre, únicamente en una ocasión en la que su primo la besó en la mejilla y por la torpeza de un movimiento se besaron en los labios. No olvidó la sensación de la boca de su primo, la sensación de una calidez dulce y agradable. Ambos se turbaron y el momento pasó rápidamente, enseguida continuaron haciendo lo que hacían, pero ella no lo olvidó. El diario continuaba dando una serie de apuntes sobre cómo era el trabajo de sus padres. También las comidas; esas páginas le resultaron a Esther demasiado detalladas y sin apenas interés, pero encontró una página donde contaba un altercado de Cipro. Él trabajaba cuidando el ganado de su familia. Entonces se le escaparon unas ovejas. Hay anotadas el número de ovejas y los nombres que les pusieron a las manchadas. Cipro fue tras ellas, se habían adentrado en un bosque y Cipro de repente se encontró con dos soldados persas, habían agarrado las ovejas y se disponían a matarlas. Cipro enfurecido se lanzó contra ellos, pero eran mucho más fuertes que él y lo mataron. De repente hay un vacío en la página. Escribió «y lo mataron», y aparece un vacío en su descripción.

Esther pudo entonces imaginar el dolor de ella. El vértigo. No dice cómo lo encontró, ni si ella estaba ahí, si había corrido con Cipro tras las ovejas, pero seguramente sí, porque si no cómo podía saber que eran soldados persas, claro que podía deducirlo por las armas que utilizaron para matarle, aunque tampoco se dice cómo murió, únicamente que «lo mataron». Y si ella estaba ahí, cómo reaccionó, qué les dijo, tal vez incluso la atacaron, pero no se dice nada. Toda esa experiencia permanece en el vértigo del silencio; las anotaciones diversas y minuciosas sobre los alimentos, los ropajes, la vida en la aldea contrastan con ese silencio. La muerte es algo que altera profundamente a quienes la ven a su lado. Seguramente nunca se repuso de ese dolor. Las imágenes permanecen vivas, el pasado mantiene siempre su realidad. Esther pensó que ella ni siquiera pudo lamentar la muerte de su madre porque no había llegado a conocerla, pero crecer con ese vacío, con ese conocimiento desde tan temprano la hacía vulnerable desde siempre. No había llorado la muerte de su madre, pero eso nunca fue un consuelo. Hubiera preferido desgarrarse por esa muerte que sufrir esa ausencia eterna. Pudo imaginar el sufrimiento de perder a su amigo, el dolor de las madres, el odio que se fue despertando en contra de esos hombres, un instante apenas y la vida, todo lo que se vivió juntos, el amor que se daban, la amistad, la compañía, todo eso desaparecía de repente. Imaginó el dolor ciego, un dolor desgarrador. No hay más anotaciones sobre esa muerte.

Hay una página en blanco.

Lo siguiente que cuenta es acerca de su enfermedad, una debilidad de mucho tiempo que tenía preocupados a sus padres y continúa explicando los planes de boda que tenían para ella. Un médico que la había cuidado durante mucho tiempo quería desposarla. Debían de haber pasado varios años, aunque Esther lo pensó no vio ningún motivo que apoyara esa intuición.

Varias páginas describían a las gentes que le rodeaban, la risa de las mujeres, sus gustos por los bordados y sus trucos de belleza, hablaba de la depilación con miel y limón y la utilización de un hilo para eliminar el vello del rostro, pero decía que ella sentía que estaba muy lejos de ese mundo. Grecia tenía para ella una presencia en su imaginario, pensaba siempre en cómo sería su vida rodeada de otra gente, quería para ella otro mundo. La imaginación tiene un gran poder, un poder real y violento. Seguramente, pensó Esther, la imagen de los soldados se fue convirtiendo lentamente con el paso del tiempo en la del pueblo persa, considerando, seguramente, a todo lo que le rodeaba responsable de la muerte de su amigo.

Esther dejó de leer.

Imaginó esa separación tan brusca y cruel.

Imaginó cómo el paisaje, de repente, tuvo para Vashtí un hueco, un vacío.

Cómo el tiempo se detuvo.

Las palabras se volvieron transparentes y líquidas.

Imaginó el olvido que fue imponiendo sus garras, y a la vez que vencía. Cómo aumentaba el daño frente a esa derrota del dolor, porque atarse a él, mantenerlo vivo es la única manera de dejar la huella y constancia de lo vivido que cuando va desvaneciéndose, alejando la herida a la vez es una nueva pérdida. Perder el dolor es una nueva muerte, otra separación.

Recordó el día en que se había marchado de su casa. La puerta, el umbral de su puerta, parecía un centro de gran energía, una fuerza enorme que no podía abandonar. Su primo, en esa imagen, no sonríe ni parece triste, simplemente está mirándola, expectante, se despiden con los ojos y se van adentrando en la distancia.

Continuó su lectura.

Pasado un tiempo, su abuelo quiso regalarle una estancia en un lugar que pudiera hacerla feliz. Propuso pasar un tiempo en uno de los palacios que el rey cedía a sus mejores generales, y fue ahí donde se encontró con el rey. Ella recordaba de esa primera imagen un rostro iluminado, decía que no sabía si porque había vuelto a él, a ese primer encuentro, tantas veces que terminó por enfocar ese rostro en su imaginación de esa manera. Pudo sentir la mirada del rey, una mira da que no se apartó de ella en ningún momento. Recuerda los ojos de él como acuosos y abiertos, sorprendentemente abiertos como queriendo aprenderla y atraparla. Fue amable, y respetuoso. Ella sintió la experiencia de una nueva existencia, perteneciente a otro lugar, su vida delante de esos ojos tenía un sentido sagrado, fue un instante, pero suficiente para mantener en ella una perdurable sensación de intensidad.

Esa noche Esther sintió una nueva serenidad en su espíritu por primera vez en mucho tiempo, supo que ya no elegiría. Saber que algo fundamental en la vida de uno está en nuestras manos, que tenemos una opción u otra, otorga libertad a la vez que mantiene el pensamiento en una inquietante tensión. Cualquier movimiento puede determinarnos, y un camino puede llevarnos a un lugar, pero también a otro alejado, ser uno o su contrario. Cuando descubrió que había elegido, que su decisión de quedarse se basaba en algo ajeno a ella, a la imposición de la realidad y a su conversación con su primo, pensó que ya estaba lejos de él, que debía asumir ya esa distancia que se había producido, una distancia que nada tenía que ver con el mismo amor que le tenía, un amor que no había disminuido, no se trataba de eso, era simplemente que había entendido que ya no compartían futuro, que ese nosotros que había pronunciado le había revelado que debía estar ahí, que era su lugar.

 

Cuando llegaban mensajeros y soldados a Susa, sabía que el mundo exterior tenía una gran fuerza que se introducía en el palacio. Pero no quería contar aquello que no veía, que no escuchaba directamente. Tenía la certeza de que aunque no escribiera lo que sucedía fuera, al anotar los mínimos movimientos del interior del palacio éstos reflejarían el mundo exterior. Tenía la tranquilidad de que lo mínimo, era una expresión de algo mayor.