Capítulo 5

Libro de Esther

Entrar sin ser llamado

«TODOS los siervos del rey, y la gente de las provincias del rey saben que para cualquiera, hombre o mujer, que se acercase al rey y entrase en el patio interior sin ser llamado, hay una sola ley, y por ella será muerto, salvo que el rey le extienda el cetro para que viva, pero yo no he sido llamada para acudir en presencia del rey en estos treinta días».

En la sala del cronista Esther encontró pergaminos y tinta. Apoyada en la mesa, con letra firme, procurando no manchar el pergamino, copió esta ley y se la hizo llegar a su primo, porque aunque Mordejai lo sabía, creyó que al recordarlo de alguna manera hacía hincapié en el significado de esa trasgresión. Le pidió a Hegue que se la hiciera llegar. No preguntes, le dijo, no debes saber, no deseo comprometerte, vuelve pronto con la respuesta. Además, la angustia ante su responsabilidad, recordada por su primo, le indicaba que había algo más: el rey no la había llamado en estos treinta días. Al pensarlo se sintió herida, porque debía esperar, estar dispuesta. ¿Qué le había sucedido durante tantas noches? Es cierto que se habían encontrado en algún momento, incluso le consultó algo que no recordaba, pero esas noches las pasaba sola, deseándole, y a la vez dolida, por esperarle, porque no llegaba. Solía el rey avisar al atardecer; por eso cuando la luz se anaranjaba, ella sentía un anhelo, una ansia que permanece en estado de alerta hasta que llega la noche, cuando él envía a un eunuco, se baña a la luz de las velas, se viste y adorna. La dicha de la espera, contenía el aliento, su pulso acelerado le indicaba su deseo, era la medida de su afecto. Entonces el tiempo se precipitaba y cada instante contenía mañana. Había pasado varios días sin verle y esos minutos adquirían una densidad insoportable. Puso su mano sobre el libro de crónicas. Tuvo la tentación de leerlo, pasó la mano, la dejó inquieta y la retiró. A veces saber lo que no se sabe puede desviar la vida.

Nunca le había preguntado al rey si veía a otras mujeres. Ignoraba la realidad, no la veía, no quería saberlo, pero lo cierto es que no pudo dejar de preguntarse con quién dormiría durante los días sin ella, y sintió una ruptura, un desvanecimiento, el rey era también hombre con otras.

Trató de ignorarlo, pero después de conocer el edicto, de pensar en acercarse a él sin ser llamada, le pareció terriblemente injusta su situación, sería un rey pero ella era su mujer. Y entonces sentía como una mujer enamorada. Mientras su pueblo amenazado temía ser destruido, mientras que dolidos se reunían en sinagogas para llorar y orar, mientras los jóvenes decidían protegerse, ella únicamente pensaba en él y buscaba una explicación al porqué de esos días sin estar juntos.

Salió, quería alejarse del libro, respirar el aire ajeno al texto, a lo escrito, a la ley, olvidar; quería olvidar quién era, qué hacía allí y qué debía, para dejarse llevar por el agua y el olor agradable del jardín.

Mientras esperaba una respuesta de su primo en el jardín interior de los granados, paseó, pensando que la separación aumenta el deseo de los amantes, pero aquella separación no era propuesta por Esther, de alguna manera era muestra de sumisión, ella debía asentir en todo momento. Sí, debo ir a ver al rey, decidió mientras su mano jugaba con el agua de la fuente de piedras rojas y caía herida su mirada sobre la luz de la tarde; atardecía y él no la llamaba, esa noche tampoco estaría con él. Su pueblo amenazado, niños, mujeres, ancianos, y no había lugar en la tierra adonde huir, ese Imperio era extenso, fuerte. ¿Cómo defenderse? Hubo un ejército de judíos en el Imperio persa, pero la mayoría ya no tenía una organización que pudiera defenderles. Su ejército era el mismo del rey. ¿Cómo podían imaginar que su propio rey los ignoraría? Olía a incienso traído de la India, frutas me/chulas con clavo. En ese palacio convivían cientos de culturas distintas. Y ellos no eran un pueblo extraño, como decía Haman. Todos lo eran a su manera, ¿quién no lo es? Cada uno tenía su diferencia, pero la de ellos era la que se definía, se nombraba, se consideraba peligrosa. Sin embargo, Haman tenía el poder de traer el lado oscuro, de desplegar el miedo. Quien es capaz de provocar la inseguridad se hace fuerte. Recordó la primera noche que él no la había llamado al atardecer. Después de su coronación habían estado juntos noche tras noche. Esa tarde, ella ya estaba preparada, había elegido unos velos y quería sorprenderle con un perfume. Se habían separado unos días de acuerdo con las menstruaciones, pero se vieron, no durmieron juntos, sin embargo pasaron la noche, uno al lado del otro, en silencio a veces, conversando otras; entonces aparecía el hombre, no el poderoso, la autoridad que se impone, no, aparecía el hombre, narraba la infancia, sus viajes con la hermana de su madre, una mujer fuerte que quiso enseñarle el mundo, la ausencia de su madre, la simpatía del padre. Luego la lucha por la sucesión. Hubo que enfrentarse y venció. Pero toda victoria permanece como vacío de tiempo. La dicha de vencer se une siempre al dolor y al conocimiento de saber que al día siguiente la victoria tiene que mantenerse, porque se vence una vez pero no para siempre. Y hablaban mientras se acariciaban con las manos, se buscaban con los pies y se desnudaban el uno al otro bajo las gasas de la cama real, envueltos por el aroma de un incienso egipcio y la música de dos esclavas etíopes. Aunque nunca hablaba de las Termópilas, ni de las pérdidas de su ejército, en una ocasión confesó a Esther que nunca olvidaría esa afrenta de sus antepasados y que arrastraba la pesadumbre de la derrota, frente a lo que nada podía. Si pudiera cambiar el orden de los acontecimientos, le decía, mientras mordisqueaba suavemente su oreja, si pudiera, te llevaría conmigo a esa batalla, y delante de tu belleza se rendirían los griegos. Y reía, reía lejos ya del dolor y del recuerdo.

Los que conocían algunos detalles de las noches de Esther con el rey —los eunucos y algunas mujeres—, dijeron que era amor. Permanecían juntos, mirándose, uno junto al otro, sintiéndose, descubriendo partes del cuerpo del otro, lunares, manchas, pliegues. Y cuando una de esas manchas se daba a la vez en el cuerpo del otro en similar disposición, la alegría y la risa les atrapaban. Se amaban. Al menos ella le amaba. Pero él era el rey.

La luz de las antorchas iluminaba con leves movimientos la figura de Hegue, que volvió pronto de su visita a Mordejai. Le observó acercarse, el pecho desnudo y un colgante dorado, con eslabones muy anchos, se movía levemente por momentos devolviendo destellos anaranjados como reflejos de fuego. Cuando lo vio aproximarse se puso en pie ansiosa. Sabía que tal vez no había dicho a su primo lo que necesitaba oír, pero esa comunicación deficiente hacía que las palabras se perdieran. ¿Cómo podría ella saber si era cierto? Tal vez no fuese exacta la información. ¿Cómo podía el rey haber demostrado esa debilidad ante Haman? ¿Acaso necesitaba el dinero? Haman era cruel, pero el rey no, sin embargo, y por eso, su actuación era aún peor que la de Haman. El odio vano tiene sus reglas, pero el rey actuaba sin odio, dejando actuar al mal, no impidiéndolo. Sentía a la vez amor y rabia, amor y desprecio.

—Mi reina, éstas son las palabras del anciano de la puerta: «No creas dentro de tu alma que vas a escapar en la casa del rey más que cualquier otro judío. Si en este momento callas, vendrán socorro y liberación para los judíos de otra parte, pero tú y la casa de tu padre pereceréis, y ¿quién sabe si tú no has alcanzado la realeza para un tiempo como éste?».

—Lo único anciano en él es el peso de su historia. Dime, éstas son sus palabras, pero ¿qué gestos las acompañaron?

—Me miraba a los ojos, como si me hiciese su cómplice, su testigo.

—¿Sigue vestido con el saco? No importa, no me respondas, sé que sí, que es perseverante, fiel. Retírate porque no debes permanecer mucho tiempo a mi lado, pase lo que pase, soy la única responsable. Temo perjudicar a quienes tanto me habéis ayudado.

 

Esther se retiró a su habitación, pero no pudo dormir. Las palabras de su primo se repetían en diversos tonos, una y otra vez. «Y quién sabe si tú no has subido al estado real para un tiempo como éste». Esther pensó en esas palabras. Le pareció que en la primera frase: «No creas dentro de tu alma que vas a escapar en la casa del rey», había una recriminación injusta. ¿Acaso no la conocía desde niña? Conocía a su primo, era un hombre que daba a la acción un lugar primordial. Frente a quienes creen que había que esperar el sentimiento, la emoción, su primo consideraba la acción lo único posible. Eso lo había impulsado a ir a Jerusalén. Y ahora estaba manteniendo una actitud firme y segura, pero ¿no era acaso también el que había suscitado el odio de Haman?

Imaginó que hablaba con su primo, que le decía que le amaba y esperaba, pero también le preguntaba por qué había puesto a su pueblo en peligro, si se hubiera arrodillado, tal vez no estarían ahora en esa situación. Pero sabía que él le diría que el hombre que pide al otro que se arrodille, quien no considera al otro como uno de la misma especie, termina por matar indiscriminadamente. A Haman, como odiaba a Mordejai, matar a los demás judíos le pareció una consecuencia lógica, pero ¿era responsable él por ser judío? No. El culpable era Haman. No hay motivo, nada justifica la aniquilación de un pueblo. Nada. Y le oía pronunciar estas palabras que ella le atribuía, hasta ese punto conocía su pensamiento, había crecido con sus palabras, le conocía. ¿Cómo podría ella escapar de su responsabilidad? Seguía su primo en la puerta. El palacio mantenía ciertas reglas en las que todos participaban, un movimiento interior ajeno a lo externo. Durante más de un año había permanecido allí, acostumbrándose lentamente.

Aún recordaba el primer día, cómo había ido reconociendo los rostros, los olores, la incertidumbre que les rodeaba. Mujeres de todo el reino compartieron con ella conversaciones e historias, cada una de ellas una experiencia. Todas guardaban un secreto, un anhelo. Todas tenían una parle de belleza única. Todas eran seres especiales. Pero el rey la había elegido a ella. Ella intuyó que si estaba ahí era por algo. Si tenía razón su primo, quién sabe si su destino era estar ahí, justo en ese momento, si se debía a que ella les iba a dar la posibilidad de sobrevivir. Era mucha su responsabilidad, y debía asumirla, no lo había dudado. No hacía falta esa manera que tenía el primo de decir que perecerían ella y la casa de su padre. Tal vez se refería a que su descendencia estaría así fuera del pueblo. Pero ella sabía que debía ayudar a su pueblo. No albergaba ninguna duda, buscaba la manera de hacerlo, únicamente eso.

¡Qué lejano sintió entonces a su primo! Comprendió que al no hablar directamente desde hacía tiempo, las palabras dichas por otros se llenaban de significados no dichos. Él no había entendido sus dudas y sus miedos. No quería decir que se mostraría impasible, que no actuaría. Simplemente quería conocer la manera de reinterpretar un edicto que no se podía cambiar. Eso era lo grave, porque un edicto del rey era imposible de anular. Pero en la respuesta de su primo manifiesta por un lado un enérgico rechazo a la pasividad, hay que actuar y es a ella a quien le corresponde; y por otro lado la amenaza de que si no lo hace va a desparecer, desparecerá su nombre de la casa de su pueblo. Su pueblo la ataba a una historia de muchas generaciones. Su pueblo que cruzó el mar Rojo, que vio el milagro y recibió la Ley, su pueblo se veía amenazado de nuevo. Recordó lo que se dice de Amalec:

 

Y vinieron los amalecitas y combatieron con Israel en Refidín. Y le dijo Moisés a Josué: «Escoge hombres (fuertes) para (luchar por) nosotros y hazle frente a Amalec. Mañana yo permaneceré sobre la cima de la colina con la vara divina en mi mano». E hizo Josué lo que le había indicado Moisés para combatir contra Amalec. Y Moisés, Aarón y Jur subieron a la cumbre de la colina. Y cuando alzaba Moisés su mano, dominaba Israel, pero cuando abandonaba su mano era Amalec el que llevaba la mejor parte en la lucha. Como las manos de Moisés estaban cansadas (sus acompañantes) tomaron una piedra y la pusieron debajo de él para que se sentara. Y Aarón y Jur sostenían las manos de Moisés, uno la derecha y otro la izquierda, con gran firmeza. Así Josué pudo debilitar a los amalecitas, a filo de espada.

Y le dijo el Eterno a Moisés: «Escribe para recordación y ponlo en oídos de Josué como recordación, que borraré la memoria de Amalec de debajo del cielo». Y construyó Moisés un altar que llamó «El Eterno, mi bandera», y explicó: «Puesto que alzó la mano contra el trono de Dios, habrá guerra del Eterno contra Amalec de generación en generación».

 

El Eterno contra Amalec. Ésa sería su victoria. Haman era el Amalec de su tiempo. En cada generación reaparecía Amalec, el mal, que despertaba y al que había que enfrentarse una vez más. Sabía que la victoria estaría siempre de su lado, era una intuición, una certeza casi, pero al mismo tiempo pensaba que era una lucha eterna, nunca se librarían de ese mal. Nunca sabrían de dónde vendría, cómo le despertaban, un mal que no hacía más que esconderse para aparecer con furia de repente. ¿Cómo dialogar con la tormenta? Haman y sus lujos los odiaban desde siempre, un hombre al que temía desde el primer momento. De lo que le había dicho su primo, la última frase era la que más le había impresionado, quién sabe si no has alcanzado la realeza para un tiempo como éste. Quién sabe. Y descubrió que de alguna manera necesitaba creerlo, porque no era una situación que deseara, no, ella había soñado con ser una esposa y madre pero no necesitaba reinar, lo que los demás consideraban una suerte para ella de alguna manera no lo era, sino su contrario. Estaba ahí y cumplía, incluso amaba al rey, sí, le amaba, no quería negárselo a sí misma; pero no había deseado semejante destino para ella, hasta que había escuchado las palabras de su primo. Tal vez para estar ahí, oculta, en secreto, para ser quien luchase con el Amalec de su generación era por lo que los acontecimientos la llevaron a ese lugar en ese tiempo concreto, y aunque no contaba con un ejército de guerreros, tal vez su batalla podía librarla de otro modo. Algo se iluminó en su pensamiento. Adquirió entonces una fuerza enorme. Se miró en el reflejo del lago del patio de las mujeres, observó sus rasgos y el brillo de la corona. Se la sacó y se quedó mirándola, prefería su reflejo en el agua. Pensó en la mujer que la había llevado antes que ella y en que la corona no la convertía en reina. Era de oro y esmeraldas. El trabajo delicado del oro le daba un brillo matizado y suave. Volvió a colocarla en su cabeza, y sintió entonces su peso por primera vez, nunca hasta entonces se había dado cuenta de que la llevaba, ni cómo sujetaba su pelo.

Se incorporó y mandó llamar de nuevo al eunuco que había intercambiado los mensajes con su primo. Se aproximó a él con paso seguro para pedirle que repitiera sus palabras, que no olvidara ninguna de ellas.

La anciana Gara se le acercó con una cesta de frutos rojos recién recogidos.

—Estás pálida, niña, ¿has usado el aceite de almendras para tu rostro?

—Mi querida amiga, no hay aceites para el dolor que siento.

—Ay mi niña, siempre supe que llegaría un momento como éste, debes reunir todas tus fuerzas. En un harén descubres lo importante que es la paz. Te he visto disfrutar de tu felicidad durante este tiempo, pero ya no puedes vivir fuera de tu tiempo, todos tenemos una responsabilidad. La paz es también un edificio que necesita de estructuras y ventanas, entradas y salidas. Pero sobre todo es necesario ordenar a muchos en un solo movimiento común. No debe ser la voluntad de uno solo. Todos los días una mujer deseaba envenenar a otra, un eunuco preparaba la muerte de un rival. Es ahora cuando empiezas a reinar y no cuando entraste en la alcoba real.

Gara se acercó a ella y la abrazó con sus brazos desnudos y blandos. A su lado el eunuco Hegue, de pie, se mantenía en silencio, en espera. El cuerpo casi desnudo mantenía los músculos en tensión, como alguien preparado para correr. Esther le pidió que dijera a su primo:

—Anda y reúne a todos los judíos que están en Susa, que ayunen ellos por mí, y no comáis ni bebáis durante tres días, ni de noche ni de día. Mis doncellas y yo ayunaremos de igual manera, y así llegaré hasta el rey, aunque no está permitido por la ley. ¡Si he de perecer, que perezca!

Hegue se dirigió a cumplir el encargo y le dijo a Mordejai, palabra por palabra lo que le había dicho la reina. Luego regresó al jardín privado en donde Esther y Gara le esperaban.

—Esther, el hombre de la puerta abandonó por primera vez el lugar en donde estaba, y de repente, parece haber recobrado su juventud.

—Es el momento. No sé qué pasará mañana, pero sé que debo hacer. Aunque arriesgo mi vida soy feliz. Qué extraño, ¿verdad?

—Te traeré mas fruta y agua —dijo Gara—, también zumo de dátiles frescos, debe alimentar ahora su hambre para cumplir lo pactado —añadió mirando al eunuco—. Yo ayunaré también.

—Ve, pero no digas nada a nadie. Confío en ti —respondió Esther.

—Pero ¿por qué ayunar? ¿Por qué pedir a todos que lo hagan? —preguntó el eunuco, mirando a la anciana.

—Quizá para encontrar la fuerza y la energía del espíritu colectivo que invoca una sola voz —respondió Gara mirando a Esther, que bajó la cabeza, se puso de pie y se marchó después de besarla en la mejilla.

Al irse, por un momento, sintió la dicha del encuentro que preparaba con el hombre a quien amaba, luego descartó esta idea y se distanció de ella, ahora era depositaría de una misión fundamental y debía enfrentarse a ella.

El primer día evitó movimientos demasiado intensos, pero mantuvo su actividad diaria, no le pareció conveniente que nadie más lo supiera. El peor momento fue el hambre de media mañana, la sed de la tarde, pero mantuvo un pensamiento limpio y fijo en una idea, la de encontrar una fórmula de salvación. Debía haber una manera de actuar que desencadenara el menor daño posible. Agradeció la noche y el leve desvanecimiento del sueño. Aunque apenas pudo dormir, sí descansó con un temor roto, el hambre venció al miedo.

El segundo día, el miedo había desaparecido y algo en su cuerpo débil se unía a una sensación de comunidad. Con los sirvientes se condujo como de costumbre, pero evitó los largos paseos y las conversaciones con otras mujeres de la familia real. Cada movimiento del cuerpo fue adquiriendo sentido, la respiración era la vida, el cuerpo respondiendo al mundo. Por la tarde se desmayó en su jardín, pero el eunuco que estaba a su lado llegó a tiempo para recostarla cerca de un arbusto que a ella le pareció en llamas. Una visión que preocupó al eunuco quien le pidió que bebiera al menos un poco de agua. Ella, estirando la mano hasta acariciar la mejilla del amigo, cerró los ojos sonriendo.

El tercer día Esther recuperó algo de fuerza. Al despertar, supo que había llegado el momento, al cerrar los ojos se le apareció un arbusto en llamas, la cara de Mordejai, luego recorrió la piel suave del rey recreándole en su mente. Sabía que eran espejismos, pero se dejaba seducir por la sensualidad de estas imágenes y de repente supo qué era lo que buscaba. Fue un instante. Como una revelación que deja la huella imprecisa de la sabiduría. No sabía exactamente cómo, pero sabía que llegado el momento sabría qué hacer. Ya no sentía el hambre. Pálida, con la mirada como suspendida en un precipicio a punto de caer, con la sensación de ligarse a algo exterior más allá de su propio ser, se puso sus ropajes reales, con sedas de color azul y dorado, se colocó la piedra del efod que había unido a la piedra de Jerusalén mediante un alambre de oro y fue a presentarse ante el rey.

Abrió la puerta y con el rostro iluminado y ardiendo, la mirada baja, a punto de desmayarse, Esther se detuvo frente al pasillo que daba a la estancia real, que le pareció estrecho y largo.

 

El cronista anotó que Esther tenía rostro iluminado por una nueva luz que le daba un aire abstraído y lejano. Un rostro nuevo sobre el que había un gesto de una fuerte determinación. Una nueva determinación. Vestía un delicado traje, el de las grandes ocasiones. Había elegido el azul y el dorado. Llevaba el cabello suelto y sobre su cabeza reposaba la corona que ahora parecía más grande. La vio salir de su habitación, dirigirse al pasillo, cruzarlo hasta entrar en el área del rey, su paso firme, no había temor. Anotó que Esther entraría en la estancia del rey arriesgando su vida.