31
¿La felicidad viene en cuentagotas? Un rotundo sí.
En mi caso, es similar a esos pequeños frascos de perfume con aroma frutal que huelen mucho y muy bien, pero que, sin embargo, el olor se evapora demasiado rápido y al final notas más el perfume de tu suavizante para la ropa que la colonia en sí.
Eso o es que un ser superior se está burlando de mí como un condenado. No sé… a lo mejor, está creando su propio programa de cámara oculta basado en mis miserias y partiéndose la caja (a mí costa) de paso.
Tal vez tendría que haber rezado más, acudir más seguido a misa, meter más monedas en las maquinas esas para que se enciendan las velas (que modernos son en las iglesias. Tienen sus propia versión de las tragaperras), hacer una promesa y acudir todos los domingos de rodillas, hasta que se cumpliera, a algún lugar de culto, sagrado o como se llame, porque… ¡JODER! Esta mala suerte no es normal. Es como si de repente, la fortuna hubiera decidido pasar de mi culo y dejarme tirada atrás en el camino mientras me hace un gesto tipo jódete con la mano, y por más que intentara alcanzarla, suplicándole que no me abandone, no lo consiguiera.
La Felicidad es una sádica. Por lo menos, lo es conmigo. Es cruel. Sí, cruel. Del tipo villana de película, esas que se regodean enseñándole un caramelo a un niño para después comérselo con lentitud delante del infante que la mira con ojos confusos y tristes. Ese niño perdido soy yo. Así es exactamente como me siento.
Si no, no me explico cómo he pasado de estar tranquila, enamorada, feliz a… ser un despojo humano. Llevo acostada en mi cama desde que salí del hospital. Tengo el pelo grasiento, y ninguna gana de levantarme para ponerle remedio. Si por mí fuera (y la anatomía me lo permitiera) mearía en una botella. Esto de estar deprimida me sienta fatal.
Cuando antes me decían que la vida te puede cambiar en un abrir y cerrar de ojos, no lo creía. Siempre fui más del pensamiento tipo: con esfuerzo y trabajo duro, podrás tener todo lo que quieras.
Tenía mi negocio soñado, una mejor amiga maravillosa, un novio perfecto, un cuerpo de infarto, una cara preciosa, confianza y ego de sobra… Celebraba el cumpleaños más increíble de mi niño mimado (que consiguió su deseo) dando un paseo en una preciosa moto alquilada cuando un conductor decidió que tenía demasiada prisa como para respetar las señales de tráfico e ir por su propio (y por lo visto, lento) carril y en un visto y no visto, acabé con mi cuerpo empotrado contra una no muy cómoda pared y sus afiladas rocas, que, para más inri, decidieron clavarse todas en el lado izquierdo de mi cuerpo dejándome igual al puto deforme de Los Goonies.
Vale, ahora sí que estoy exagerando. No se me ha caído un ojo o perdido dientes, pero una gran línea irregular baja por mi sien, mejilla, pecho y abdomen. Se acabó la ropa escotada para mí. Creo que es hora de comprar acciones de alguna fábrica de Burkas.
Ahora, paso de mi negocio. No sé si alguien se ocupa de si sigue abierto o no; mi mejor amiga me odia y ya no tengo novio.
«¡Bien por ti, Netta! Estás hecha toda una triunfadora».
Necesito despejarme la mente. Salir de mi casa y coger aire. Llevo casi un mes encerrada subsistiendo a base de ChocoKrispis medio rancios y llamadas a sitios de comida basura. Cuando no estoy vegetando en mi cama, me dedico a dejar mi casa como los chorros del oro (los nervios me dan por limpiar). No contesto al teléfono ni recibo a nadie. Solo Iván se atreve a venir a molestarme y lo consigue solo porque tiene una llave de mi habitación (que se niega a devolverme), y me da demasiada pereza llamar a un cerrajero para que cambie la cerradura.
Sandra me llama, pero como no quiero que me griten, no respondo; Tazia y Óscar me envían mensajes que borro sin leer; mi hermano no me acosa porque está en el culo del mundo fotografiando a algún bicho que le haya pedido la revista, aunque estoy segura que si abro mi e-mail, lo tendré petado a correos suyos, y Cosimo… Cosimo está desaparecido.
Me muero por hablar con él. Lo extraño tanto que casi me duele de forma física, pero tras la forma en que lo despedí de mi vida la última vez que nos encontramos, no creo que quiera hablar conmigo. No lo culpo. Si fuera posible, ni yo misma me dirigiría una palabra o pensamiento.
Me urge salir de este encierro auto-impuesto. Salir a la calle, respirar aire fresco y enfrentarme a las miradas llenas de pena o asco de la gente.
Sin embargo, ¿a dónde voy? Por mucho que me haga la valiente, no estoy preparada para enfrentarme al mundo. Una cosa es un vistazo casual en plena calle, y otra entrar en una cafetería y aguantar cuchicheos indeseados.
Respiro hondo. Inspiro y espiro lenta y profundamente al mismo tiempo que cierro los ojos e intento conjurar en mi mente la imagen de un lugar feliz.
Diapositivas de Cosimo llegan casi al instante y me encuentro devolviéndole la sonrisa a la imagen del hombre que se proyecta ante mis ojos. Todas las veces que hemos estado juntos se pasean a cámara lenta y me relajo: apoyada encima de su duro cuerpo mientras vemos una película, su cara de placer al hacer el amor, corriendo por las mañanas, ofreciéndome algún postre con expresión de sé que no podrás resistirte, y su risa… ¡lo echo tanto de menos!
Descarto esos pensamientos. No puedo darme el lujo de esperanzarme, de pensar que todo seguirá igual y ver la desilusión en su mirada.
Me giro en la cama frustrada por no encontrar una solución y al abrir los ojos, me encuentro de frente con la foto de mi nonno que tengo en mi mesilla de noche.
La bombilla se me enciende y ya sé a dónde dirigirme: al cementerio. Mi abuelo hará que mis pensamientos se centren. Nunca ha fallado en hacerme sentar la cabeza, y no creo ni que desde su tumba lo haga. Él me dará la paz que necesito.
Bueno, al menos lo lograré si consigo olvidar, mientras estoy allí, que le fallé en la promesa que le hice y que no acudí a mi cita anual con la tumba de mi padre. Si lo pienso con objetividad, el día del aniversario me encontraba ingresada en el hospital recreando de manera patética el papel de la momia, hasta el recto abuelo Copano perdonaría mi falta de asistencia.
Me visto con unos vaqueros, una vieja sudadera, que perteneció a mi hermano y que ha visto días mejores, unas gastadas Converse All stars, una gorra de Iván y unas maxi gafas. Me dejo el pelo suelo porque, aunque en estos momentos no me sienta muy bien conmigo misma, no puedo evitar ser un poco coqueta. Parece que mi pelo es lo único que no ha cambiado desde mi accidente y quiero lucirlo. Incluso grasiento y enredado me parece bonito y familiar, y no puedo evitar agarrarme de esa pequeña parte de mi pasado como de un clavo ardiendo.
Salgo de mi casa rápido y con determinación. No quiero demorarme con nada por si acaso pierdo las pocas fuerzas que he conseguido reunir y meterme de vuelta en la cama. Pillo un taxi y le indico que me lleve al cementerio de San Justo.
Durante el trayecto, ya siento como la presión me abandona y al llegar, estoy tan relajada que casi no siento el cuerpo. Me acerco a la zona en donde se encuentra el sepulcro y que he visitado tantas veces que el camino ya lo hago de forma automática. A medida que me voy aproximando, me percato que hay alguien de rodillas colocando flores.
Miro con curiosidad a la persona agachada frente a la tumba de mi abuelo. Parece una mujer joven, pero, sin verle la cara, no la reconozco. Me acerco, y al oír el sonido de pasos, la muchacha levanta la cabeza. Al verle con claridad el rostro, una ola de conocimiento y estupefacción me embarga. Sé con exactitud de quien se trata: de mi madre. De mi desaparecida y desconocida madre. La persona que rompió a mi padre en pedazos, sin forma alguna de volverlos a unir.
La reconozco de las fotos y porque no ha cambiado nada. Está magnífica. Una cara que, aunque no sea la de una adolescente, parece que no le han pasado los años; un cuerpo delgado y curvilíneo; desprende tanta seguridad en sí misma que ni de rodillas frente a una losa de piedra y rodeada de muerte pierde su porte orgulloso. Ese que tanto me gustaba copiar cuando ojeaba los álbumes de fotos, y que nunca conseguí.
—¿Qué haces aquí? —le reprocho, ignorando el hecho de que no nos vemos desde que yo era una niña y que he cambiado mucho desde entonces. Seguramente no sabrá ni quién soy.
—¿Simonetta? —duda, reconociéndome. La verdad es que me ha sorprendido. No me lo esperaba.
Asiento brevemente con la cabeza y me quito las gafas y la gorra.
—¿Qué haces aquí? —repito.
—Pero qué arisca. Se nota que no estuve a tu lado para enseñarte modales —dice, incorporándose—. Tanto tiempo sin vernos y solo me dices eso. Ni siquiera un: «hola, mamá. Estás preciosa» —termina con una sonrisa.
—Hola, madre. No eres bienvenida aquí —le digo en cambio—. Ya puedes largarte de una vez y seguir viviendo la vida loca que querías.
Sus ojos se abren con sorpresa al oír mis palabras. A lo mejor se pensaba que iba correr a sus brazos necesitada de amor maternal… No podría estar más equivocada.
—No seas así, Netti. Sabes que te quiero, pero no estoy hecha para ser madre.
—Ni esposa —la interrumpo, asqueada por cómo me ha llamado.
—¿Qué pretendías que hiciera? —inquiere—. ¿Cómo iba a aprovechar la poca juventud que me quedaba y la belleza que poseía arrastrando a dos niños conmigo? La vida está hecha para vivirla.
—Dime una cosa, ¿tengo más hermanos? —le pregunto, ignorando lo que acaba de decir—. Lo último que supe de ti es que te volviste a casar.
—¡Por Dios! ¿Hijos? No volvería a cometer un error como ese —niega escandalizada—. Me ligué las trompas en cuanto tuve ocasión.
—Gracias en nombre de Marco y mías por el nuevo sobrenombre: error —le agradezco con sarcasmo—. Ya recibiste el premio a madre del año, ¿verdad? Porque si no, voy a llamar para postularte al puesto de inmediato.
—Me he casado tres veces más aparte de con tu padre —continua hablando pasando de mi sutil pulla.
—Ninguno era demasiado bueno para ti —le digo con ironía.
—Cierto —afirma con rotundidad. Estoy asombrada con esta mujer. Se cree a pies juntillas todo lo que sale de su boca—. Me cansé rápido de ellos. No eran especiales y, lo que es todavía peor, no me hacían sentir especial.
Recuerdo el tono de adoración que mi padre utilizaba para hablar sobre ella y llego a la conclusión de que esta mujer, que está parada en frente de mí, está loca. Mi padre besaba el piso por el que ella pisaba. Si él no la hacía sentir adorada, nadie lo conseguiría.
—Tu abuelo sí que se salía de lo ordinario —prosigue con su discurso—. No logro entender por qué no me quería… y eso que hice todo lo posible por seducirlo.
—¿Te intentaste tirar a mi abuelo? ¿Al padre de tu marido? —estoy asqueada.
—¿Por qué no debería? No pensarías que una mujer como yo se conformaría con un simple y aburrido profesor. —Se ríe cínica—. Lo intenté con algunos de sus compañeros, pero eran peor que él.
—Mi padre te idolatraba, perra. Te quería. Eso tendría que haberte bastado —le reprocho con rabia. Aguantando las ganas de llorar, de pegarle una bofetada… o de las dos cosas a la vez. No consigo decidirme—. El amor lo es todo.
—Sí —concuerda—. Pero me he dado cuenta de una cosa con el tiempo: que lo haga solo una persona es aburrido, y yo no me conformo solo con eso. Yo quiero aventura, pasión, y si un hombre no puede proporcionármelo, lo busco en otro.
—De lo que sí me estoy dando cuenta, es de que eres una zorra sin corazón y que te vas a quedar sola.
—Ahí te equivocas. Las personas como yo somos animales sociales. Nunca nos sentiremos o estaremos solas. No está en nuestra naturaleza —razona—. Por lo menos, no mientras existan hombres con ojos en la cara. No pueden evitar sentirse atraídos por esto —explica, señalándose a sí misma—. No tengo la culpa de ser perfecta.
—La belleza no dura toda la vida, si no, fíjate en mí. En mi cara.
—¡Uy! No me había dado cuenta —exclama sorprendida. «¿Cómo es posible que no se haya dado cuenta de la horrible cicatriz que atraviesa el lado izquierdo de mi rostro?»—. Ahora comprendo tu actitud para conmigo.
—Te podría dar miles de razones por la que soy de esta manera. Sin embargo, prefiero que me ilumines.
—Estás celosa de mi cuerpo sin imperfecciones —dice sin más.
De todas las cosas que me podría decir, me suelta semejante gilipollez. Estoy tan asombrada que me he quedado sin palabras. Mi padre debía ser un verdadero tonto si cuando se enamoró de ella, era igual de egocéntrica.
«No. Ese no es el término exacto. La palabra que busco es narcisista. Así fue como la llamó Sandra», pienso mientras repito su frase anterior en mi cabeza.
Ahora veo claro como el cristal lo que todo el mundo me decía sin parar: no soy igual a mi madre.
Y tampoco quiero serlo.
—Soy muy rica, ¿sabes? —me informa—. Puedo pagarte la operación y tratar de borrar esa cosa asquerosa de tu cara.
—No, gracias —niego tajante. Ya no sé qué pinto hablando con esta mujer. Es una extraña. Una persona que a la que desde que soy consciente, nunca he extrañado y estoy absolutamente segura que no lo llegaré a hacer.
—Bueno, como quieras. Solo espero que no te relacionen conmigo,
—No te preocupes. No diré a nadie que eres mi madre.
—Mejor. —Se ríe—. ¿Quién se creería que eres mi hija? A lo sumo, una hermana… no tengo edad para tener una hija tan mayor.
—Tienes dos hijos —le recuerdo.
—Verdad. Marco. ¿Qué es de su vida?
—Es fotógrafo —respondo de forma automática. Me siento como si estuviera viviendo esta surrealista conversación desde fuera de mi cuerpo.
—Tendré que llamarlo para que me saque algunos primeros planos. Cuando me vea, no se podrá negar.
Esta parrafada se está alargando demasiado. Necesito huir de aquí.
—Me voy. Me están esperando —me despido.
—¿Vas a ver a algún novio o a varios…? —pregunta con una media sonrisa que, muy a mi pesar, la hace parecer encantadora.
—No estoy con nadie —respondo escueta.
—Lástima —se lamenta—. Tu única esperanza era haber cazado a algún hombre antes de la… desfiguración. Me temo que ahora serás incapaz —añade cruel—. Me parece que nunca sabrás lo que es ser especial para alguien.
Un desfile de caras parece aparecer ante mis ojos. Sandra, Tazia, Iván, Óscar, mi abuelo, Cosimo… para todos lo soy. Y, lo que es todavía mejor, me lo hacen sentir cada día. Ya es hora de que yo comience a creérmelo, ¿no?
—Bueno, me marcho ya —dice mi madre mientras estoy sumida en mis pensamientos. Se acerca a mi cara y da dos sonoros besos al aire al lado de mis mejillas—. Tengo cita en la peluquería.
Se da la vuelta y camina hasta la salida. La veo irse y no siento nada. Esta mujer es una completa desconocida y quiero que siga siéndolo. Sin embargo, me ha hecho darme cuenta de algo: sí que soy especial para alguien. En realidad, lo he sido para unas cuantas personas que me lo han demostrado en cada una de sus acciones.
Sandra, con su amistad, locura y comprensión; Iván, con su cariño y proteccionismo; Tazia, y las tímidas sonrisas que me dedica al escuchar alguna de mis inconvenientes frases; mi nonno, con sus historias y su paciencia; Óscar, con sus bromas subidas de tono; Cosimo… con su amor. Amor que yo he roto en mil pedazos al igual que su orgullo y su corazón.
Gente que me quiere no solo por ser una cara bonita y que, aún hoy, tras el accidente, siguen a mi lado apoyándome en todo.
Tengo que pedir perdón a mi familia. Porque eso es lo que son: parte de mí.
Me dirijo a la heladería y compruebo, con alegría, que, pese a mi repentina deserción, sigue abierta. Entro y encuentro a Sandra tras la barra preparando lo que parece ser café.
Me acerco lenta pero sin pausa hacia ella. Ignorando las miradas, furtivas tímidas o descaradas, que me dedican los clientes que hay esparcidos por todo el local. Muchos son habituales y estoy segura que lo hacen por pura curiosidad, no obstante, eso no quita que me incomoden.
Toco el timbre (que una vez compramos como broma) puesto sobre el expositor y espero a que se gire.
—Un momento —me pide y dirigiéndose a una señora sentada en una mesa, dice—: Enseguida estoy con usted.
Me quedo callada. No sé qué decir. Además, no quiero que se lleve un susto y derrame el café caliente por todas partes. Se quemaría (la conozco) y estaría echándomelo en cara hasta el fin de los días.
Cuando por fin se voltea, no parece sorprendida al verme. No me mira con pena o enfado. Ni siquiera con lo que yo más temía: asco. Me acabo de dar cuenta que sentía horror por lo que pensarían las personas que me importan al cruzarme con ellos la primera vez.
Porque, por mucho que quiera negarlo, soy una chica superficial. Me gustaba lo que veía al mirarme al espejo. Me encantaba mi cara, e incluso, mis odiadas pecas. Ahora tengo una cicatriz que recoge toda la atención que antes tenían mis ojos y mi boca… necesito un tiempo para acostumbrarme.
Aún tengo que adaptarme a ir por ahí con esta cosa en la cara. Este nuevo accesorio que me ha sido concedido y que me hace parecer permanentemente en Halloween.
—Por fin te dignas a aparecer —se limita a decir. Sin embargo, no detecto rencor en su tono de voz. Eso me tranquiliza.
—Estoy de baja por enfermedad.
—Eso no sería excusa para la Netta que yo conozco —me recrimina—. No, cuando la he visto arrastrarse por la gelateria un día después de la muerte de su abuelo o tras operarse de vegetaciones.
—Eso es diferente —me defiendo—. La operación era sencilla, y para mi abuelo esta era su casa. ¿Qué mejor forma de honrar su memoria que viniendo aquí a trabajar?
—No me convences —me reprocha y se da la vuelta, dándome la espalda.
No voy a rendirme con ella. La he cagado y no me voy a ir de aquí sin que sepa cuánto lo lamento. Entro dentro de la barra y la obligo a enfrentarme.
—Lo siento —le digo, ignorando a la gente de alrededor—. Soy una perra, pero te quiero. No me lo tengas en cuenta, por favor. No sabría qué hacer sin ti.
Noto como se va ablandando. La verdad es que nunca hemos podido pasar mucho tiempo enfadada la una con la otra.
—¿No te doy pena? —le digo poniendo mi mejor cara de perro apaleado—. Estoy lisiada…
—Eres mala… —me dice, abrazándome con fuerza—. No sirvo para pelearme contigo.
—Perdóname, Sandra. Soy una verdadera perra, pero te quiero.
—Eso es verdad. Aunque también es cierto que me dijiste unas verdades como puños.
—Mejor, discutimos ese tema al cerrar —sugiero consciente, por fin, de la gente que nos rodea. No quiero darles un espectáculo todavía mayor. Una cosa es que yo me humille, y otra muy diferente que se enteren de los problemas de mi amiga—. No queda mucho. Te ayudaré a recoger y nos podremos sentar a hablar.
—Sandra, yo me marcho ya. No puedo dejar a mi hermana sola por más tiempo.
Cosimo aparece de entre las puertas batientes que separan la cocina de la sala. Le habla a mi amiga con toda la naturalidad del mundo, bueno, por lo menos lo hacía hasta que me vio.
Su mirada se enfrenta a la mía y, mientras lo observo, no puedo evitar ver que está ligeramente más delgado y con los ojos menos brillantes, sin esa chispa habitual. Estamos paralizados sin saber qué decir. Yo, inconscientemente, me llevo la mano a la cara, protegiendo mi cicatriz.
Él se acerca despacio y posa una mano en mi lado del rostro visible mientras que con la otra me aparta la mía. Solo puedo dejarlo hacer. Ahora, sus dos manos me cubren, me acarician, me miman. Las lágrimas empiezan a fluir de mis ojos a borbotones. Gotas silenciosas que reflejan mi sufrimiento personal y lo mucho que lo he echado de menos.
Agacha la cabeza y me da un suave beso en los labios. Solo un simple roce, pero que me sabe a gloria bendita. Esperaba que pasara de largo, ignorándome como me merezco y, sin embargo, me trata con amor.
Me aparto y me dirijo a la trastienda. Estoy a punto de hiperventilar y no quiero que nadie me vea hacerlo. Cosimo me sigue, lo sé. Noto su presencia a mi espalda. Su calor rodeándome.
Me cubro la cara y comienzo a sollozar. Mi chico me abraza apoyando la barbilla en mi cabeza. Nos quedamos así, sin dirigirnos la palabra durante lo que pudo ser una eternidad. Hasta que los ojos se me secan y puedo respirar mejor.
Protegida en el capullo protector de sus brazos, me siento valiente. Fuerte. Lo rodeo con los míos y me dejo invadir por su calor. Estoy en casa. Estoy feliz. Ya no me importa si no soy la misma que era porque Cosimo está conmigo.
—Te amo —susurro y me acabo de dar cuenta de que es la primera vez que se lo digo—. No me dejes nunca, por favor.
Y en esta última frase, dejo que todos mis miedos se muestren. La vulnerabilidad, la inseguridad; el temor al fracaso, a haberlo estropeado todo.
—Nunca me he ido. Solo te estaba dando el tiempo necesario para que recordaras.
—¿Recordar? ¿Qué hay que recordar? Dirás a que me acostumbrara a mi nuevo aspecto —le pregunto confusa, levantando la vista.
—No, Simonetta. Tu cara me da igual. Lo que más me dolía es que parecía que el accidente te hizo olvidar una cosa muy importante —me responde, clavándome en el sitio con la fuerza de su mirada—: que lo eres todo para mí.
Y ahora sí que me dedica otra de sus sonrisas. Una de esas que tanto me gustan. Se la devuelvo al igual que si se estuviera mirando en un espejo. Porque, como siempre tiene razón: lo había olvidado. No obstante, es un fallo que nunca jamás repetiré.
Cosimo me ama, y yo a él. En sus ojos veo lo que siempre quise ver: adoración. Porque mi Limone me adora como yo no puedo evitar hacerlo con él. Ante sus ojos me veo y me siento hermosa, pero lo más importante es que me siento querida