14

—¡ABRE LA PUERTA, NETTA. SÉ QUE ESTÁS AHÍ, HE OÍDO LA MÚSICA!

La voz de mi niño mimado se escucha a través de la puerta de entrada.

—Es Iván, mi vecino —le explico a Cosimo—. Iré a ver qué quiere.

No acabo de terminar de decir la frase cuando oigo el ruido que hace la cerradura, seguido por el de una puerta al abrirse y al cerrarse, junto con la voz de Iván.

—Netta, espero que estés vestida porque ya he entrado. Sé qué día es hoy y he pensado que una de las cosas que puedes hacer es seguir con nuestras clases…

Iván se detiene en seco al descubrir que no estoy sola.

—Tú no eres Marco, ¿quién eres? —interroga de manera protectora mientras taladra a Cosimo con la mirada—. Netta nunca trae hombres a su casa.

Cosimo me mira con la ceja alzada y yo encojo los hombros y sonrío.

—Tranquilo, Iván, lo he invitado yo. Este es Cosimo, un amigo. —Señalo a mi vecino y añado con orgullo—. Este es el hombre que mejor me cuida. Mi gran amigo, protector y vecino: Iván.

Noto como el atractivo joven de quince años cuadra los hombros al oír como lo presento. Es un chico muy guapo. Alto, moreno y atlético.

Le tiende la mano a Cosimo, aguantando el agarre un poco más de lo debido. Mi socio le sonríe en respuesta a su desafío.

—Basta, Iván. Es solo un amigo y compañero en el negocio. Es el chico que hace los pasteles que vendo en la heladería. Lo conozco, no va a hacerme daño. —Por fin deja caer la mano y se gira hacia mí. Ya tengo toda su atención—. ¿Por qué no estás en clase? Ayer te envié un mensaje y no me contestaste.

—Mi madre se ha puesto enferma otra vez. —Clave para: mi madre bebió o se drogó hasta la inconsciencia y tuve que cuidar de ella—. Ayer noche la dejé en su cama y como no se despertará hasta hoy muy entrado el día, pensé que podríamos seguir con nuestras clases y, tal vez, que me invitaras a almorzar. Pero si estás ocupada, ya vuelvo otro día.

Giro la cabeza hacia Cosimo.

—Por mí no hay problema. Es tu día y lo administras como quieres —me dice, creo, sonando un poco aliviado—. ¿En qué consisten esas clases? Tal vez pueda ayudar…

—Le estoy enseñando a bailar. Aprovechamos mis huecos libres para hacerlo y algunas noches en las que no llego muy cansada.

—¿A bailar?

—No suenes tan sorprendido. Soy una excelente bailarina, e Iván, una de las mejores parejas de baile que he tenido.

—Es verdad —corrobora Iván tomándome del brazo y haciéndome dar un giro completo para acabar pegada a su cuerpo—. También me enseña las cosas que todo hombre debería saber, y ofrecer, para conquistar realmente a cualquier mujer y que sea suya para siempre.

—¿Si? ¿Y cuáles serían? —pregunta Cosimo sonando realmente intrigado—. Tengo mucha curiosidad. A lo mejor yo también aprendo algo.

—R.A.C.G.R.O. —recita Iván—. Respeto, amor, comprensión, generosidad, risas… la última no me la quiere decir. Me ha prometido que en cuanto cumpla los dieciséis, lo hará. Me quedan seis meses.

Su sonrisa toda hoyuelos nunca falla en cautivarme. Lo conozco desde hace siete años, y desde el primer momento en que lo vi sonreír, me embrujó.

Nunca me habría imaginado que el día en que me mudé a este piso conocería a un pequeño y, anormalmente flaco, niño de ocho años que cambiaría mi vida para siempre. He llegado a quererlo de una forma apabullante. No como a un hermano ni incluso un amigo, sino como a un hijo.

Había dejado la puerta del piso abierta en mi último viaje de recolección de cajas desde el furgón alquilado de mudanza, para que de esa forma entrara un poco de aire fresco. Noté que algo se movía y me encontré con una cabeza infantil asomada en el quicio de mi puerta.

—No sé quién eres, pero agradecería cualquier ayuda —grité lo bastante fuerte para que supiera que me dirigía a él—. Puedes entrar. No muerdo.

Seguí a lo mío mientras por mi visión periférica lo veía entrar dando tímidos pasos.

Empecé a hablar en alto a medida que sacaba cosas de las diferentes cajas y maletas. Cosas sin sentido, pero en un tono amable que intentaba hacerle sentir incluido y cómodo.

Recuerdo su mirada anhelante al ver mis bolsas que contenían la pequeña compra de comida que había hecho por si me entraba hambre entre colocar caja y caja.

—¡Uy, chico! No sé tú, pero yo me muero de hambre —le solté como si nada—. No me gusta comer sola. Al final, acabo zampando más de la cuenta y no me cierran los vaqueros. ¿Me harías el grandísimo favor de almorzar conmigo? Te debería un favor, y yo siempre los devuelvo.

—¿Hay también para mi mamá? —Su preciosa voz infantil sonaba cargada de esperanza—. Está enferma y no se puede levantar de la cama. Podría llevarle mi parte, no me importa.

—No te preocupes, hay bastante para los tres —le dije pretendiendo sonar animada, aunque por dentro me rompiera el corazón ver a este pequeño niño escuálido renunciar a su comida a favor de su madre—. Serás mi ayudante del chef. Lávate las manos y has todo lo que yo te diga.

Esa fue la primera de tantas comidas que compartimos y, no sé ni cómo, acabé preparándole su merienda para el colegio, pero lo hice, e incluso, hoy en día, le doy una paga semanal.

Lo he protegido durante todos estos años. Fingiendo ser una tía suya en casi todas las reuniones escolares o cuando necesitaba ir al médico. Su madre, Mónica, sufre un trastorno bipolar, es adicta a la bebida y, según la época, a alguna que otra droga recreativa. Es una mujer joven viuda que parece no encontrar la fuerza y el valor para dejar esa vida y cuidar al maravilloso hijo que trajo al mundo, así que lo hago yo. Se niega a medicarse o a buscar ayuda sin pensar que con su actitud está destruyendo a su hijo poco a poco.

Por el dinero no se preocupan. La casa está pagada y de sus gastos se encarga un administrador de bienes que su marido le dejó asignado antes de morir como precaución por su enfermedad. El dinero no les dura mucho, pero por lo menos tienen lo básico. No tienen relación con la familia materna ni paterna. Solo están ellos dos y van sobreviviendo con lo poco que tienen.

Me aterraba (y aún lo hace) que los servicios sociales se enteraran de su situación y lo apartaran de mi lado o del de su madre porque, aun con todo lo que ha visto, la quiere con toda su alma.

—No me dediques esa sonrisa, Iván. Tendrás que esperar —le digo.

—Pues entonces dímelo a mí —pide Cosimo—. No me chivaré y te daré mi más sincera opinión masculina sobre si es verdad.

—Venga, díselo —me anima Iván—. Quiero saber si la espera vale la pena.

Me acerco a Cosimo y le susurro al oído: «orgasmos».

Él me mira y asiente con la cabeza.

—Chico, esta última es de las más importantes. No solo te servirá en una relación seria, sino que también es aplicable a cualquier chica que conozcas. Saber ofrecer eso te simplificará la vida.

Observo divertida como los ojos del chico se amplían por el interés a cada palabra que le dedica Cosimo

—Puedo esperar —sentencia Iván.

—Voy a buscar algo de beber —anuncio.

Me dirijo a la cocina con Cosimo pegado a mis talones.

—Ahora que estamos solos, ¿me podrías explicar cómo coño le enseñarás eso al chico? ¿No estarás pensando en impartirle algunas clases prácticas, verdad?

Lo miro horrorizada.

—Eso que acabas de insinuar es insultante y asqueroso —digo—. Yo pensaba, más bien, en darle varias clases teóricas basadas en mi experiencia y en unas cuantas escapadas prácticas con una profesional en el tema.

—¿Pensabas llevarlo de putas? —inquiere—. Joder, Simonetta, eres la hostia.

—¿Qué hay de malo? Son profesionales, y además pensaba contratarle a una Escort. Mi chico tendrá una primera vez de alto standing —le explico con suficiencia.

—Admiro tu arrojo en el asunto, pero eso no será real. Sabes muy bien que por muy adelantadas que estén las niñas de hoy en día, no tendrán la experiencia que tienen esas mujeres. Además, su primera vez debería ser normal, como la de todos, no subvencionada por ti. Se morirá de vergüenza si le ofreces ir a una profesional.

Escucho atentamente sus palabras, reflexionado mientras lo hago. Por una parte, una parte muy grande, tiene razón… no sé ni cómo se me pudo haber ocurrido.

—Vale. La misión descorchar el vino queda abortada. Por lo menos la parte práctica, la teórica sigue en pie. Me niego a claudicar en esta parte. Mi chico será igual de buen amante como lo es de bailarín —le digo—. Créeme, se merece toda la confianza en sí mismo que pueda obtener, y si saber satisfacer a una mujer le hace aumentarla, le dibujaré hasta un puto croquis.

—Está bien, lo entiendo —dice y, para mi sorpresa, añade—: pero deja que sea yo el que le dé esa charla.

—¿Por qué querrías hacer tú eso por nosotros… por mí?

—Porque he notado la forma en que Iván te mira, Simonetta. Te idolatra. Estoy seguro que si le das esa charla ahora mismo, lo humillarás. Por lo menos deja que sea yo el que hable con él la primera vez. Entre hombres nos entendemos, y todo será más fácil.

—De acuerdo —cedo—, pero si veo que gracias a tus consejos no se come ni un colín, le daré una master class sobre sexo con muñecas hinchables incluidas. A saber todo el daño que tendré que arreglar… —Suspiro—. Solo espero que no sea tarde y lo que tú le hayas enseñado no se le pegue como si fuera una de esas manías extrañas que adquiere la gente al conducir y que incluso con clases intensivas no pueden remediar hacerlo de nuevo.

—Me estás insultando —suena ofendido de verdad—. Que sepas que soy malditamente bueno en el sexo. Si el chico aprende de mí, convertirá a cualquier mujer en multi-orgásmica. Te lo aseguro.

—Que sepas que antes de poder demostrar tus fantásticos dones —digo haciendo comillas con mis dedos y olvidando que hace menos de diez minutos yo era esa chica deseosa de probarlo—, tienes que encontrar a una chica que quiera probarlos, y me temo que tus dones sociales no son tan fantásticos como tus supuestos y mágicos encantos sexuales.

—¿De qué hablas? Soy agradable y también un ligón…

—Ja, ja, ja. Cosimo, siento decirte que de ligón no tienes nada, y de agradable, menos. Recuerda que te vi actuando en el cumpleaños de Óscar y diste pena.

—No me viste ligando, solo siendo agradable con aquellas chicas. Si hubiera querido, alguna habría caído.

No considero que esté chuleando con lo de llevarse a cualquier chica. Está como un tren y capté el interés que despertó en las mujeres. Lo único que les impedía acercarse a él era el aura de no molestar que desprendía.

—Me has ofendido, y te voy a probar que no es cierto nada de lo que dices. Soy agradable y un ligón, y te lo voy a demostrar. Esta noche salimos solos tú y yo.

—Reto aceptado. Si pierdes, te tendré que dar esas clases a ti. Si lo hago yo…

—Yo te daré las clases a ti.

—De acuerdo —accedo—. Te espero esta noche con tus mejores galas. —Imitando mi mejor acento y tono de reggaetón añado—: Nos vamos de cacería.

Regresamos a la sala con las manos a rebosar de comida. En mi bandeja llevo zumos, café y leche. Y Cosimo, en la suya, lleva algunos sándwiches fríos. Son casi las doce del mediodía, pero entre la película y el baile nos habíamos (por lo menos yo) olvidado de desayunar.

Comemos mientras Iván nos cuenta la última novedad en su instituto: pillaron a dos chicos montándoselo en el vestuario del gimnasio. La gente se volvió un poco loca, sacaron los teléfonos móviles y comenzaron a grabarlos. Las consecuencias no se hicieron de rogar: video viral por la red, la chica llorando, el chico orgulloso de su gran hazaña, padres cabreados, junta directiva histérica… lo normal en estos casos. Si estos casos se pudieran considerar como tal.

No entiendo a la juventud de hoy en día. Cuando yo era una joven normal, no la que se escondía entre sus libros en la última fila, mi máxima preocupación siempre fue qué ponerme, qué fotos pegar en mi carpeta, y si permitía a algún chico afortunado tocarme el pecho por encima de la ropa. Es verdad que esa fase inocente me duró poquito, pero la tuve. Es más, nunca, ni en más salvajes sueños, se me ocurrió pasar de la primera base con un chico dentro del instituto. Como decían antes: me dejaba respetar.

Hoy en día, si un chico no intenta comprobar, de forma manual, si mi sujetador tiene relleno o si prefiero el tanga al cullotte, me siento hasta rara. Será que ya no me dejo respetar tanto como antes…

La pobre chica, en realidad, me da pena. No hizo caso a la regla de hora: sin cámaras y con condón es donde se encuentra la diversión. Bueno, creo que ya la habrá aprendido. O eso o es exhibicionista. Opción respetable, pero no dejes que te graben, mujer. Por lo menos, no hasta que te vayas de casa de tus padres…

Iván se lanza hacia el que sería su tercer bocadillo.

—Para ya de una vez, después me dirás que no tienes hambre —le digo al mismo tiempo que le doy un golpe en la cabeza—. No quiero oír tus quejas.

—Joder, Netta, eres una bruta —se queja, acariciándose el sitio donde le pegué—. Yo tampoco he desayunado y tengo mucha hambre. Además, estoy en vías de crecimiento. ¿No te da pena de mí?

Mi modo protector entra en acción.

—¿Por qué no me habías dicho nada? Tendrías que haberme tocado desde que te despertaste. Hubiéramos hecho algo, sabes que me encanta cuando desayunamos juntos los dos en pijama viendo los dibujos.

Iván desvía la vista hacia Cosimo y se pone rojo.

—No duermo en pijama —aclara—, y tampoco veo los dibujos.

—No hay problema, amigo. Yo duermo en pantalón de pijama y veo Hora de aventuras —le explica Cosimo—. No hay de qué avergonzarse.

Le dedico una mirada de agradecimiento y sigo hablando con Iván.

—¿Por qué no viniste, Iván?

—Ya te dije que mi madre se puso enferma, no pude venir antes… —su voz suena rota, y yo reprimo las lágrimas que luchan por escapar de mis ojos—. De todas formas, no quería molestarte en tu día especial. Sé que aunque intentes disimular, te afecta.

—No es la primera vez que estoy contigo cuando tu madre se pone así. Este día no significa nada comparado contigo. No pongas más excusas —le digo seria—. Sabes que lo primero en mi vida eres tú. Si tienes algún problema, me importa, y si te saltas alguna comida, me preocupo aún más.

Me levanto del suelo donde estaba sentada y me voy a recoger mi habitación. Estoy nerviosa y no quiero cogerla con Iván.

Estoy estirando la cama cuando siento una presencia en la entrada del cuarto.

—El chico trataba de hacer lo correcto, Simonetta —dice Cosimo desde el quicio de la puerta. No hace ni siquiera el amago de entrar. Se acaba de ganar mi respeto—. No sé qué es lo que le pasa a su madre, pero el chico cree que es lo bastante mayor para cuidar de ella él solo y ahorrarte a ti la molestia.

—También se creía lo bastante mayor a los ocho años, y ahí estaba yo a su lado. Me da igual que tenga quince, veinte u ochenta. No puede apartarme porque piense que puede él solo con todo.

—No sé, Simonetta. A lo mejor prefiere apoyarse en su familia.

—No te confundas. Yo soy su familia —sentencio—. Y que intente protegerme como hace con su madre me duele. Yo soy más fuerte, debería saberlo.

—Lo siento, Netta —se oye la voz de Iván desde detrás de Cosimo—. No quería preocuparte si lo tengo todo controlado. Ya sabes cómo es mi madre. Después de dormir unas cuantas horas, se calmará.

En todo este tiempo no he dejado de recoger. Iván entra en mi cuarto y me ayuda a colocar sobre la cama mis múltiples cojines.

—Ya lo sé. Pero no quiero que estés solo con ella cuando se pone así. Llámame inmediatamente, por favor. Solo te pido eso. —Le lanzo uno de los mullidos cojines a la cara—. No vuelvas a preocuparme, capullo.

Empezamos a lanzarnos cojines en una guerra improvisada. Riéndonos y, de paso, dejando escapar un poco de la tensión acumulada.

—¡Eh! No es justo. Toda la diversión se encuentra en la habitación en la que tengo el acceso restringido —se queja Cosimo—. Además, dijiste que ningún hombre podía entrar, y ese al que estás golpeando es un hombre hecho y derecho ¿Qué hace Iván ahí dentro?

—Me refería a hombres a los que no he visto crecer…

Tanto dar y tomar con los cojines me ha dejado casi sin aliento. Pero no me pasa por alto la referencia que hace sobre la hombría de Iván. Se lo agradezco profundamente. Este chico necesita toda la confianza que pueda, y con esa clase de comentarios la obtiene, aunque sea en gotitas pequeñas. Muchas gotas pueden hacer un lago.

—Bueno, como no estoy incluido en la diversión, voy a ejercer de adulto responsable y llamar al trabajo a ver si entre mi hermana y Óscar no lo han quemado desde los cimientos. —Camina hacia la sala, pero a mitad de camino para, se da la vuelta y me dice—: Te das cuenta de que si pierdo mi negocio por estar aquí contigo, estás obligada a darme un trabajo en la heladería, ¿verdad?

—Ni lo sueñes, guapo —le contesto—. Aunque pensándolo mejor, siempre he querido un hombre pancarta. Te verías muy bien desnudo, con solo dos cucuruchos tapándote las partes nobles y el culo… ¡estás contratado, Cosimo! —añado entre risas.

Me asomo nada disimuladamente para ver si todavía sigue en el pasillo. Al ver que no hay moros en la costa, le digo a Iván:

—Ahora que estamos solos, dime la verdad. ¿Por qué no me avisaste?

Me mira, dudando entre decirme la verdad o no.

—Esta vez ha sido peor, Netta —dice, desviando la mirada—. Ayer me quedé dormido temprano, pero me desperté por el ruido y me la encontré desnuda en un rincón de casa. Está en los huesos, parece un cadáver ambulante. Había estado buscando dinero por la sala. Estaba todo patas arriba… me daba vergüenza que la vieras de esa manera.

Rodeo la cama y lo abrazo con fuerza.

—Iván, nada sobre tu madre me avergonzará jamás. Y a ti, aunque no lo creas, tampoco. Tu madre está enferma. No son solo las drogas lo que la han deteriorado tanto, su enfermedad no la deja pensar con claridad.

—Pero tiene momentos en que mejora. Lo has visto. Cuando el administrador se pasa por aquí, ella se controla y parece totalmente normal… —explica—. Tal vez, si se esforzara más, se recuperaría totalmente.

—Tu madre está enferma, sin embargo, no es tonta. Cuando el abogado viene, no sé cómo lo hace, pero se refrena —comento—. De todas formas, creo que esa solución no le servirá de mucho por más tiempo. Las drogas que toma, a largo plazo, impedirán que las pastillas le hagan efecto… Reza para que el administrador siga avisando antes de sus visitas como ha estado haciendo hasta ahora, si no, estamos jodidos.

—Algunos días la veo y solo me sonríe, me dice que me quiere y que todo va a ir bien. Eso tiene que contar para algo, ¿no? —Noto la desesperación en su mirada. Su rostro refleja el anhelo porque su querida madre se encuentre de una vez bien—. Si durante ese ratito en el que parece lucida, consiguiera convencerla para que tome la medicación regularmente, mejoraría. Estoy convencido.

—A ver, Iván —mi voz suena dura porque quiero que me preste toda su atención—. Tu madre sufre un trastorno bipolar, con la medicación mejoraría considerablemente, pero, por desgracia, no la toma; y por si fuera poco, las drogas han agravado su situación. —Tomo una respiración profunda y me obligo a decirle la verdad—. No quiero que pierdas la esperanza, pero quiero que seas consciente que con tu madre, aún nos queda un largo y duro camino para llegar hasta su recuperación, y tal vez, eso no ocurra nunca.

—¿Qué toca ahora en el mundo sibarita de Simonetta? —Se oye la voz risueña de Cosimo sonando cada vez más cerca. Asoma la cabeza por el quicio de la puerta y dice—. Solo quiero informar que otra vez me muero de hambre. Dime que el próximo paso en tu lista del día es comer —Se arrodilla y junta las manos delante del pecho de manera suplicante—. ¡Aliméntame, por favor!

Agradecida por la interrupción, le hago una seña a Iván para que salgamos.

—Es tu día de suerte —le digo a Cosimo mientras lo paso de largo en dirección a la cocina—. Tengo todos los ingredientes necesarios para hacer el plato favorito de Iván desde los ocho años: Albondipizza. ¡Te vas a chupar los dedos!

—¡Mmm! Hace mucho que no lo hacías. —Se relame mi muchacho—. El día va mejorando por momentos…

Llegamos a la cocina y empiezo a sacar los ingredientes necesarios.

—El secreto para que una albondipizza salga perfecta es dejar la masa un poco gruesa para que aguante el peso de las albóndigas, que están rellenas de queso —instruyo, como haría una buena profesora, a mi invitado—. Yo siempre tengo en el congelador por si a Iván le apetecen, pero me temo que de la masa te tendrás que encargar tú.

—¡Eh! No es justo, soy un huésped, merezco que me sirvan.

—Eres un okupa. Si quieres comer, tienes que ganártelo, como todos.

—Chicos, voy a comprobar a mi madre —interrumpe Iván—. Volveré desde que pille el olorcillo a comida.

Me da un beso y se va.

—¡Adiós, escaqueado! —grito para que me oiga antes de salir—. Y por ese motivo —añado, mirando a Cosimo—, eres el que hará todo el trabajo sucio. A mí no me apetece nadita, y antes de que te quejes, recuerda: hoy es mi día.

—No puedes escudarte en eso, caradura.

—Míralo de esta forma: amasar es como hacer una paja. Empiezas con entusiasmo, pero si realmente no tienes ganas, al final solo consigues un cabreo de narices y que te duelan los brazos… las cosas van mejor si te salen desde dentro —explico muy seria para después hacerle un guiño.

—¡Joder, Simonetta! Tú y tus símiles.

—¿Qué quieres que diga? Es la pura verdad. Los brazos se me quedan hechos papilla, parece como si hubiera estado cogiendo pesas sin parar. Y si el tío es de los que tardan en correrse… prefiero hacerle una mamada, me canso menos.

—¡Quieres callarte de una vez! Me podrías haber ahorrado la imagen mental.

—¿Te molesta imaginarme con los brazos cansados? —lo provoco—. ¡Qué raro que eres, chico!

—Eres mi amiga, y a los amigos no se los imagina teniendo sexo de ninguna clase. Es raro.

—Una mamada no es sexo. Lo dijo Bill Clinton, y es un hombre muy sabio —bromeo—. Creo, Cosimo, que eres un poco mojigato.

—Si no puedes con ellos, únete —lo oigo murmurar.

Baja la mirada de vuelta a mi camiseta y clava sus ojos en mí.

—Las mamadas están bien, pero no hay nada mejor que sentir a una mujer correrse contra tu boca mientras tienes los dedos enterrados profundamente en ella.

Me quedo lívida. No me esperaba una frase como esa, y mucho menos de Cosimo.

—¿Qué? ¿Ahora te haces la tímida? —pregunta burlón.

—No me lo esperaba…, pero tienes razón —digo, recuperando la compostura—. No hay nada mejor que correrse contra la boca de un hombre mientras empuja dos dedos profundamente dentro de ti. Bueno —añado solo para provocarlo—, nunca se puede desprestigiar una buena follada. Una follada de las salvajes, de las que tienes que esperar un tiempo antes de poder cerrar las piernas de nuevo.

¡Error! Me he puesto cachonda. Muy cachonda. Absolutamente cachonda.

—Aparta —le digo a Cosimo—. Me han dado ganas de amasar.

Le doy un, no muy suave, empujón y me pongo en su lugar. Necesito mantener la cabeza, «y las manos», ocupadas. Una imagen de Cosimo tumbado boca arriba sobre mi encimera, con manchas de harina cubriendo su brillante piel, mientras yo lo cabalgo como una posesa destella en mi mente. Tengo que parpadear un par de veces para que la vívida escena desaparezca.

—Voy al baño —dice la fuente de mis fantasías.

«Sí. Vete, por favor. Y, de paso, dame una muestra de ese culito respingón que se marca bajo ese pantalón de chándal».