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—Te pido perdón por ello —se disculpa—. No tenía un buen día y lo pagué contigo.

—No sé, no sé… Fuiste un capullo, pero cocinas de miedo, de modo que estoy tentada a perdonarte. Vas a tener que hacer algo para convencerme —le digo, embozando un sonrisa ladeada.

Noto al instante su cambio de actitud. Entorna sus ojos verdes y cierra la boca en una dura línea.

—Realmente eres una niña malcriada, ¿verdad? —me reprocha—. Ya te he pedido disculpas, en tu mano está aceptarlas o no… No tengo por qué convencerte de nada.

—Eres un egocéntrico. ¿Qué pensabas, que te estaba pidiendo un revolcón? —Veo como levanta una ceja—. Primero de todo, eres un cerdo. Segundo, ¿me has visto bien? —digo, señalando mi cuerpo—. No me hace falta ir pidiendo polvos de caridad a todo aquel que se me cruce… Me refería a que me podrías invitar alguna cosa rica, y no me refiero a tu polla, sino a tus dulces… ¡Por Dios! Que mal pensado que eres, chico.

—No puedes negar que la forma con la que me miraste ayer era toda una invitación. Y por si acaso se te ocurra hacer algo parecido: no me interesa.

—¿Por qué tendría que hacerlo? Vi a un guapo desconocido y le sonreí. Perdón si mi mirada te ofendió. Si llego a saber que eras tan puritano, directamente te habría dado la espalda… No. Mejor no. Con lo mal pensado que eres, seguro que habrías creído que era una invitación a sexo anal…

Me mira horrorizado.

—¿Qué pasa? —pregunto al ver como retuerce la cabeza incómodo—. Estás escandalizado… nunca lo habría imaginado. ¡Ah! Y que sepas que esa invitación caducó el mismo día, más bien lo hizo desde el primer momento en que abriste tu bocaza para insultarme.

Respiro profundamente en un intento por tranquilizarme.

—¿Dónde está Óscar?

—¿Dónde está Sandra? —me devuelve—. Preferiría hablar de temas relacionados con el trabajo con ella. Será menos incómodo.

—¿Podrías, por favor, contestar a la simple pregunta que te acabo de formular? Resulta que Óscar es un buen amigo y estoy preocupada por él. No es normal no tenerlo aquí a primera hora.

Aún estoy esperando a que me conteste cuando de entre las puertas de estilo Saloon del viejo oeste sale mi pelirroja amiga.

—Buenos días, Cosimo —saluda—. De no haberte visto nunca, a que nos honres con tu presencia dos veces en dos días. Me tienes asombrada.

—Sandra, por favor, ¿puedes preguntarle al señor si Óscar se encuentra bien? A mí se niega a responderme, parece que no quiere saber nada de la prole…

—Eso no es verdad, te fui a contestar cuando salió Sandra. Pensé que era más educado saludarla y después responder a tu pregunta —se defiende Cosimo.

—Es verdad, ¿y Óscar? No es por ofenderte, pero preferimos que venga él. Nos conoce y nunca ha habido ningún conflicto entre nosotros.

«Esa es mi amiga… defendiéndome hasta el final».

Cosimo pasa el peso de su cuerpo de un pie a otro, en un gesto nervioso, mientras que se rasca la piel de debajo de la barbilla.

—Mmm, no te preocupes, diré lo que he venido a decir y luego me iré, podemos seguir como hasta ahora. Ustedes seguirán tratando con Óscar, y yo, a lo mío, será lo mejor —dice—. ¿Podemos sentarnos?

Sandra le señala la mesa más próxima. Cosimo la sigue y se sienta, yo me quedo de pie al lado de ella.

Tengo que darle crédito a este hombre, si le ha parecido extraño que una simple empleada esté delante en asuntos de negocios, no lo ha dado a demostrar. Parece que ha aprendido que está más guapo con la boca cerrada…

—Sandra, no sé si sabes que nuestros locales están situados casi en una punta distinta de la ciudad —comenta—, por eso me gustaría proponerte algo: ¿qué te parece si me proporcionas los helados para mi negocio?

—Nosotros no fabricamos para nadie más —no puedo evitar decir de forma cortante.

Cosimo me mira fijamente y después retoma su discurso.

—Sé que nunca lo han hecho, pero quiero reformar el carácter del negocio. Nosotros solamente damos servicio de recogida, me refiero a que los clientes no se pueden sentar allí a comer lo que compran… quiero cambiarlo. Pero para eso tengo que ampliar la carta, y los helados son parte de ella —explica—. No quiero perder la parte italiana y casera del negocio introduciendo productos que no están hechos de la forma tradicional, así que pensé en ti para hacerlo. —Hace una pausa para observar la expresión de Sandra—. Nuestros negocios, al estar tan separados el uno del otro, no se harían competencia… —razona en un último intento por convencerla.

—No sé qué decir… —comenta Sandra, buscándome con los ojos.

—Por lo menos, piénsatelo —pide Cosimo.

Pero yo ya lo he pensado, parece todo muy bonito, pero no creo que estemos preparadas para ello.

—No has pensado en todos los puntos importantes —le digo—. Nosotras dos estamos solas y no tenemos ni un vehículo ni nadie para que haga el transporte o nos ayude en la elaboración dependiendo del volumen del pedido, sobre todo en las épocas en la que haya mucho calor… No podremos servirte si no nos das una lista con lo que quieres con al menos dos semanas de antelación para poder pedir existencias, y no sé si tendrás cámaras frigoríficas donde guardar el producto durante tanto tiempo; los helados, al ser hechos de manera artesanal, no tienen conservantes artificiales; dependiendo del sabor, tienen que hacerse nuevo todos los días… y si no dispones de cámaras especiales con la temperatura adecuada, el producto se estropeará.

Cosimo me mira con el asombro dibujado en su cara.

—Mándame un informe con lo que estimas que puede ser tu pedido inicial, y si puedes resolver todo lo demás, hablaremos en serio.

Él pobre hombre pasea la mirada de Sandra a mí, confundido.

—Y, Cosimo, un consejo… cuando quieras hacer negocios con alguien, ya que parece que no puedes ser agradable durante más de diez minutos, por lo menos interésate por quién es el dueño y muéstrate educado con él. Te abrirán muchas más puertas.

Me dispongo a darme la vuelta e irme haciendo una salida triunfal, pero recuerdo que aún no me ha contestado a mi anterior pregunta.

—Ahora, ¿podrías decirme donde está Óscar? No te mentía cuando dije que estaba preocupada.

Parpadea durante un segundo antes de responder.

—Vendrá después, no sabe que estoy aquí. No quería que se enterara de mi proposición y se lo contara a mi hermana si me decían que no. Es muy susceptible y tenía mucha fe en esta asociación, no quería que se desilusionara.

Lo veo tan desmoronado que me da hasta pena.

—No te he dicho que no… todavía. Solo mándame un proyecto a ver si realmente es viable —digo—. Solo somos dos para todo y no pienso renunciar a mi tiempo libre si no me hace falta el dinero. No nado en la abundancia, pero vivo bien. Puedo permitirme no abrir los lunes durante todo el día ni los martes por la mañana, pero aun y todo vengo algunas veces a reponer o a experimentar con nuevos sabores… Si veo que por servirte a ti, tengo que sacrificar mi tiempo de ocio, con todo el dolor de mi alma, tendré que rechazar la propuesta.

Asiente y se levanta de la silla. Se acerca a mí, y veo algo en su mirada que me hace dar un paso hacia atrás: respeto. No me lo esperaba y aunque puedo sonar desconfiada, no me lo creo mucho.

—No sé ni cómo no me di cuenta de que tú eras la dueña… incluso Óscar me lleva todas las semanas una terrina de mi helado favorito: fresa Simonetta… Me habéis engañado bien. Sobre todo tú. ¿Eres más que una pose provocadora y una sonrisa irreverente, verdad?

Lo veo negar con la cabeza

—Realmente me has sorprendido… Simonetta.

—Veo que el ser la dueña me ha cambiado ante tus ojos, ¡qué pena que no me haya pasado lo mismo! Para mi sigues siendo una persona amargada, un creído y un mojigato.

—El que seas la dueña no ha cambiado mi percepción de ti, siento decirte que aunque no te conozco lo suficiente, no me gustas como persona —dice muy serio—. Pero en un momento, con solo unas frases, me has demostrado que sabes del negocio y que te preocupas por él. Respeto tu determinación y que el hecho de que no nos llevemos bien no te haya impedido escuchar mi propuesta e incluso darme una oportunidad de cooperación empresarial…

Vale, no le gusto como persona, pero le gusta mi cerebro. ¿Ha dicho eso, no? Puedo soportar el no caerle en gracia, más que nada porque él tampoco es santo de mi devoción…, pero me agrada que se haya dado cuenta de que no soy solo un rostro, «y un cuerpo», bonito, «espectacular, más bien…», sino que también tengo ojo para los negocios.

—Si no tienes más que decir, tengo que volver al trabajo —le digo a modo de despedida.

—Ok. Yo también debería irme, mi hermana tiene que estar como loca pensando en que la he dejado sola. —Parece que va a levantar la mano para estrechármela, pero la mete en el bolsillo delantero del pantalón—. Si me das una dirección de correo electrónico, te enviaré hoy mismo mi propuesta.

—Lamento decirte que por ahora no tengo disponible el de la tienda. Ya iremos avisando a nuestros proveedores del cambio. Estamos esperando a que nos hagan uno nuevo junto con nuestra nueva página web… —No sé por qué le doy tantas explicaciones—. Te puedo dar el mío si quieres…

—De acuerdo, me parece bien.

fresasimonetta@gmail.com, escrito todo junto —le dicto—. Si quieres, te presto un boli para que puedas apuntarlo.

—No te preocupes, creo que lo recordaré —dice con una sonrisa ladeada.

Lo acompaño hasta la puerta.

—No te puedo asegurar que acepte, Cosimo. No es nada personal.

—Lo entiendo, pero conseguiré que lo hagas… —comenta al salir por la puerta—. Estaremos en contacto, Simonetta.

Al cerrar la puerta tras su salida, no me siento muy satisfecha conmigo misma. Romper (o casi) las ilusiones de los demás nunca me ha gustado. Respeto su iniciativa al preguntar, por querer mejorar su negocio…, pero no le voy a dar una respuesta afirmativa dejándome llevar por la lástima. Además, no somos la única heladería de la ciudad, saldrá adelante.

Soy una empresaria y, como tal, tengo que ser práctica y tomar una decisión con las cifras delante. Ahora mismo no puedo permitirme contratar a nadie más… «Y me temo que a no ser que me toque la lotería, no podré hacerlo en mucho tiempo».

—¿Me he equivocado rechazándolo tan pronto? No sé… a lo mejor al negocio le vendría bien una pequeña expansión.

—No te preocupes, jefa —me tranquiliza Sandra—. Le has expuesto de manera clara y sencilla todos los puntos por los que no es posible, sin embargo, le has dejado una puerta abierta. Ahora todo depende de él, o de ellos, desconozco si la hermana tendrá algún voto en esta cuestión.

—Yo solo espero no haber perdido una gran oportunidad —le digo expresando mis dudas—. Todo lo que dijo es cierto. Se encuentran en la otra punta de la ciudad, así que no habrá competencia, pero si a sus clientes les gustan nuestros productos, cuando se trasladen a esta zona, pueden venir a la heladería. Es muy difícil saltarse las costumbres, sobre todo las gastronómicas…

Me llevo las manos a la cabeza.

—¡Oh, no! He perdido a muchos posibles clientes… Lo peor de todo es que no puedo retractarme porque todos los motivos que le di eran ciertos —mi voz suena cargada de resignación.

—No te fustigues, Netta. Todo irá bien —me anima—. No pienses en lo que puede que hayas perdido, solo céntrate en lo bien que lo has estado haciendo hasta ahora. Has renovado con éxito el negocio, por dentro y por fuera, y todo ello sin perder la firma personal que dejó tu abuelo.

Gruño con desesperación, «¡odio ser tan insegura!».

—Odio ser tan insegura —repito, esta vez en alto—. Menos mal que te tengo a mi lado para apoyarme. Si no fuera por ti, estaría tirándome del pelo dejándome casi calva… y sospecho que el look teniente O´neil no me favorecería en nada… gracias —agrego con sinceridad. No sé qué sería de mí sin Sandra para apoyarme, casi cada noche me voy a la cama dando gracias por la gran amiga que he encontrado.

Seguimos a lo nuestro cuando, como si de un huracán se tratase, entra Óscar a la heladería.

—¡Hola a mis chicas preferidas! —saluda al pasar—. Les traigo su pedido, fresco y jugoso, como el repartidor…

—Menos lobos, caperucita —le contesto entre risas—. ¿Te quedaste dormido o qué? Estábamos preocupadas por ti. No llamas, no escribes, no nos mandas ninguna foto posando seductoramente… pensaba que nos habías abandonado —le digo mimosa.

—Que no, mamá, solo estuve ocupado. Nunca me olvidaría de ti —me dice mientras cruza la barra, dejando las bandejas encima, para abrazarme—, ni tampoco de ti —añade, repitiendo el cariñoso gesto con Sandra—. Tuve que quedarme en la pasticceria8 con Tazia. El hermano llamó diciendo que llegaría un poco más tarde, y no me siento cómodo dejándola sola.

—En el fondo eres todo un caballero. No me extrañaría nada verte aparecer un día llevando una armadura recién pulida… Caramelo, eres un buen hombre.

—No lo divulgues por ahí. Si siendo un caradura las mujeres ya hacen cola por mí, imagínate la reacción si se enteraran de que, además de guapo y excelente en la cama, soy buena persona. No podría ni salir de mi casa. Las calles colapsadas, disturbios urbanos, mujeres semidesnudas peleándose por mí… En definitiva, el caos absoluto. Y en medio de este escenario, yo, sonriente y con un habano en la mano.

Sandra y yo nos doblamos por la cintura de la risa. Menudo es…

—¡Ay, Óscar! Eres un exagerado…, pero si odias el tabaco, por Dios —afirma Sandra—. Pero te echábamos de menos. Cuando tengas otro día libre, avisa con dos semanas de antelación, por favor.

—Eso, eso. Avisa —le repito—. Que ese día yo me ocupo de los dulces. En la tienda de la esquina venden unas palmeras de chocolate envasadas exquisitas. Haré lo que sea para no volver a ver al jefe taaan agradable que tienes. Por cierto, ¿la hermana también tiene un palo clavado en el culo o Cosimo es el único afortunado?

—¿Qué? —balbucea—. ¿Estás hablando de Cosimo, Cosimo Olivetti?

—De ese mismo. Espero que no existan dos como él.

—Pero si es muy simpático. Yo creía que se caerían bien al instante. Posee un sentido del humor muy negro que nunca falla en asombrarme.

—Pues a mí, solo me enseñó su lado oscuro —digo con ironía—. Y no hago referencia a Dark Vader, sino a su mala leche.

—El muy tonto se pensó que yo era la dueña y trató a Netta en plan «no hablo con sirvientes» —se entromete Sandra y añade, señalándome—: No sabes cómo me reí antes cuando le dejó claro no solo que la única dueña es ella, sino que sabe lo que se hace con su negocio. La cara de tonto que puso era para retratarla…

—Qué raro… normalmente es muy agradable.

Se toma un tiempo para reflexionar lo que acaba de escuchar.

—¿Estuvo esta mañana temprano por aquí? Ya me extrañaba que tuviera que traer tan pocos dulces hoy… —pregunta—. No comentó nada, pero llegó más contento de lo habitual. Yo imaginé que por fin había echado un polvo, pero ahora no sé qué pensar…

—Caramelito, te aseguro que de aquí no se fue feliz —afirmo—. A lo mejor lo hizo después de habernos privado de su grata compañía… No pierdas la esperanza.

—No sé… Entró por la puerta con una gran sonrisa en los labios. Tazia se alegró mucho porque hacía bastante tiempo que no lo veía de esa forma.

—No entiendo cómo un hombre tan agradable no sonríe todos los días… —deja caer sarcásticamente Sandra.

—Hace dos años que no es el mismo —dice amargamente—. Veo que se esfuerza por ser el que era, pero cuando cree que no lo miramos, noto su tristeza.

—Cuéntanos todos los detalles —le pido, rezando para que no se note la curiosidad malsana que siento—. Te mueres por contárnoslo todo. No te reprimas. Es malo, te saldrán canas prematuras… Por cierto, no omitas los detalles escabrosos, son los mejores.

Noto que duda, así que le doy un último empujoncito.

—No saldrá de aquí, lo juro… lo juramos —añado, mirando a Sandra.

—Lo juro solemnemente —dice ella con la mano puesta sobre el corazón—. Además, la única persona a la que se lo contaría está presente.

—Todo esto me lo ha contado Tazia, y no se adentró mucho en el tema: estuvo con una chica durante un tiempo, incluso tenían planes de boda. Estaba súper enamorado, y cuando lo dejó para irse con otro que le podía dar un nivel de vida más alto…, lo hundió. Le dijo que no podía estar con un pastelero del tres al cuarto, que ella aspiraba a más.

—¡Qué zorra! —gritamos Sandra y yo a la vez.

—Lo peor de todo es que él vivía por y para ella. Solo tenía que expresar el mínimo interés por algo, y Cosimo trataba de conseguirlo como fuera… —cuenta—. Era la típica niña guapísima que se aprovechaba de ello siempre que podía. Casi lo deja en la ruina. Tazia piensa que lo dejó cuando se dio cuenta de que no le podía sacar nada más.

Me siento fatal por Cosimo. Aunque sea un capullo, no se merece que lo hayan tratado así de mal.

—Bueno, a lo mejor aún no está preparado para tratar con mujeres —digo disculpándolo—, tendremos que darle otra oportunidad.

Óscar nos dedica una gran sonrisa.

—Me viene de perlas que digas eso, porque esta no es solo una visita de negocios. Vengo a invitarlas a la fiesta de mi cumpleaños, y Cosimo estará allí.

—¿Fiesta? —pregunta una sonriente Sandra—. Qué poco nos conoces, Óscar… A nosotras nadie, ni siquiera el tieso de tu jefe, nos puede arruinar la diversión.

Alza la mano para chocarla con la mía.

—Danos todos los detalles, pero sobre todo, di que no será en un antro —le ordeno.

—Por motivos laborales, se celebrará el próximo domingo en el pub Diamond. Picoteo y bebida gratis durante toda la noche —explica—. No os preocupéis pensando que como será un domingo, no habrá ambiente, porque todos mis amigos estarán allí. Así que, chicas, ese día poneos sexis y mentalizaos que hay que ir a darlo todo.

Acompaña su frase final con un movimiento de delante atrás de cadera.

—Lo siento, cariño, con ese balanceo no nos convences, más bien nos espantas… —digo entre risas—. Como regalo para ti, nos pondremos nuestra ropa más seductora e incluso te dejaré que me sobes un poco el culo…

—Y a mí. Todo por el cumpleañero —concuerda Sandra divertida.

—Bellezas, habéis conseguido que adore el cumplir años.

8 Pastelería.