15

Estoy amasando como una loca. Estoy preparando pasta para un regimiento, pero no me importa. La clave está en tener la mente despejada. Vaciar mi cerebro de imágenes de Cosimo desnudo.

«Por cierto, ¿dónde está Cosimo? ¿Se estará masturbando en el baño? No. Él nunca se atrevería a eso», pienso.

Cosimo sentado, con los pantalones por los tobillos, gimiendo bajito para que no lo pille mientras bombea su miembro en su mano con firmeza. «¡Joder, Simonetta! Estás enferma… y cachonda»

—Simonetta —oigo de repente—. ¿Me podrías explicar para que se usa todo esto?

Levanto la cabeza y veo a Cosimo que tiene las manos llenas con mis aparatos sexuales. «Menos mal que les di un repaso en la bañera».

Mi vibrador morado de veinte centímetros, mi estimulador rosa para el clítoris incorporado en una funda para el dedo, mis bolas anales naranjas…

Decido hacerme la chica de mundo y actuar como si nada, aunque por dentro me estoy muriendo de vergüenza.

—Definitivamente, Cosimo, no eres un hombre experimentado. —Me acerco a él, con las manos aun manchadas de harina, y se los arrebato de las manos al mismo tiempo que digo sus nombres—. Estas son unas bolas anales; este, un estimulador para el clítoris, y este… —le pongo el dildo morado frente a sus ojos—. ¿Sabes para qué sirve o también tengo que explicártelo?

Su cara está roja. Roja brillante. Me está dando hasta pena el pobre…

—Cosimo, no sé cómo te has atrevido a coger todo esto, ¿qué habría pasado si no los hubiera lavado? Tendrías tus manos oliendo a mí.

Soy consciente de que estoy jugando con fuego, pero estoy caliente y necesito alguna vía de escape para mi lujuria, y quemarme, en este momento, me parece una estupenda opción.

—Sé cómo se usan —contesta—. Me expresé mal. La pregunta que quería hacerte es: ¿tienes que utilizar todo esto para darte placer? ¿No te bastaría solo con esto? —Señala mi falo morado.

—La cuestión correcta sería: ¿Por qué te extraña que una mujer liberada, y activa sexualmente como yo, los use?

—Lo pregunto por eso mismo. No te ves como alguien que necesite ayuda para conseguir un cuerpo caliente que le consuele.

—Hay algunas cosas que, a veces, apetece tomarse por su cuenta. Cosimo, eres un hombre, tienes que entenderlo mejor que nadie. ¿O acaso tú no, ya sabes…, les das a la zambomba regularmente?

Lo interrogo con verdadero interés, no solo porque su rostro esté adquiriendo un tono magenta fosforescente que me divierte y me incita a ser aún más descarada.

—No te preocupes, Cosimo —le digo colocando mis juguetes en una ordenada fila multicolor sobre la encimera—. Todos lo hacemos. Es algo natural, no hay de qué avergonzarse.

—Sé que es normal, solo que nunca había tenido una conversación como esta con una chica ni con nadie, si soy sincero. —Se pasa la lengua por los labios—. Me siento un poco incómodo…

—¡Ay, limón! —lo nombro por su apodo en un intento de hacerlo sentir incómodo—. ¿No dijiste hace poco algo como: si no puedes con ellos, únete? Pues yo no veo que te hayas adaptado.

—Es verdad. Tienes razón. Tengo que cambiar el chip —me da la razón—. Tú eres una chica sincera (demasiado, diría yo), sin inhibiciones aparentes en la vida. Eso es refrescante hoy en día. No me has pedido lo mismo, pero lo voy a intentar.

Le echa una última ojeada a los consoladores y, por extraño que parezca, ese gesto, creo, le da fuerzas para seguir hablando.

—Me masturbo, sí, pero no tanto como quisiera o debería… y más si tengo en cuenta que no estoy con una mujer desde hace más de un año.

Su confesión me ha dejado de piedra. Es un hombre en la flor de la vida, aparentemente sano y que está como un tren.

—No lo entiendo, Cosimo —digo confusa—. ¿Estás enfermo? —le pregunto con la mirada fija en la parte delantera de su pantalón.

—¡¿Qué?! ¡No! Joder… Todo me funciona estupendamente —exclama ofendido—. Simplemente, he elegido no estar con nadie. Una elección personal, ¿comprendes?

—No. No comprendo —niego todavía más perpleja que antes—. ¿Por qué elegirías conscientemente una vida monjil? Estás bueno. Si yo tuviera tu cuerpo, me exhibiría sin pudor allá donde fuera. Las playas nudistas se convertirían en mi hogar.

Me siento tan anonadada que ni me paro a pensar en la confesión que sin querer le acabo de hacer.

—Me alegro de que me encuentres atractivo, pero no tiene que ver con el físico. —Veo que se muerde el labio y sé que lo hace mientras se centra en buscar las palabras para que lo entienda—. El sexo para mí nunca fue algo casual, ni siquiera cuando era adolescente. A ver, he tenido sexo sin compromiso, sin embargo, no me va. Nunca sabes lo que te puedes encontrar por ahí, así que suelo elegir con cuidado con quien me acuesto y si puede ser, conocerlas de antes.

—Sigo sin entenderlo. Tienes que haber conocido chicas durante este tiempo de sequía auto-impuesta.

—Pero no estaba preparado para compartirme con ellas…

—Porque aún te duele la traición de tu ex —acabo la frase por él.

Me mira fijamente y asiente con la cabeza. Un gesto sutil que deja entrever la inmensidad su dolor.

Con todo rastro de humor y picardía ya olvidado, va hacia el fregadero en donde se lava las manos minuciosamente con la soltura de alguien acostumbrado a la limpieza, las seca con papel absorbente y se dirige a donde se encuentra la descuidada masa.

Se toma su tiempo manoseando la mezcla pastosa. Sintiendo su tacto entre los dedos, explorándola, pensando… añade un poco más de harina y empieza trabajar en serio. Los músculos de los brazos se le tensan con cada enérgico movimiento. Una parte de mí no puede evitar pensar que es una de las imágenes más eróticas que he visto. Pura dedicación masculina que hace que me plantee si será igual de metódico usando las manos para otros asuntos no relacionados con la comida.

—Jennifer —comienza con un susurro tan bajo que si no hubiera estado concentrada en él, no lo habría escuchado—. La conocí con veintitrés años recién cumplidos. Era un chico despreocupado y feliz, con ganas de encontrar eso que veía en mis padres. Soñaba con tener una mujer a mi lado y cuidarnos mutuamente. Soy un romántico, será mi sangre italiana… Ella tenía veintinueve y más experiencia en la vida que yo. Había viajado a numerosos países y conocido a gente interesante mientras que yo era feliz, simplemente, siendo un pastelero de barrio. No me hacía falta viajar para ser feliz.

Hace una pausa mientras sopesa la masa y sigue:

—La conocí en una fiesta, y cuando mostró interés por mí, me quedé atónito. Ella era una belleza pija y refinada, y yo, un chico de vaqueros y deportivas… caí enamorado de ella casi al instante, o eso creía yo. Fui un estúpido. Confundí lujuria y pasión juvenil con amor. —Da una breve carcajada—. Sin embargo, no estaba tan ciego como para saber que las cosas no iban como deberían, por eso me esforzaba en ser la persona que ella quería que fuese, aunque eso fuera lo contrario a lo que yo era; me criticaba a todas horas. Mi familia no quedó mejor parada. Me envenenaba diciendo que no eran lo suficiente buenos para mí, me incitaba a ser más ambicioso… ¿Por qué conformarse con ser pastelero, aunque esa fuera mi pasión? Y lo peor es que estaba tan ciego que lo único que veía eran flores y corazones a su alrededor.

Mientras lo veo torturar la masa contra la superficie de mármol, siento su vergüenza al contármelo, al reconocer su error. No me atrevo a interrumpirlo por miedo a que se calle y no termine de desahogarse.

—Me mataba al trabajar. Me negaba a contratar a nadie, necesitaba todo el dinero posible para hacerla feliz. Estuve a punto de vender la pasticceria, ¡por Dios! Durante cinco años me comporté como un completo gilipollas y aunque la gente, mi familia y amigos me advirtieran, yo solo hacía oídos sordos y me enfadaba con ellos por meterse en mi vida. Cuando mis padres regresaron a Italia para jubilarse, no fui al aeropuerto a despedirlos —esto último lo murmura, otra vez avergonzado.

En un impulso, rodeo la isla y me abrazo a su cuerpo desde atrás. Necesito que se sienta arropado en este momento. Que sepa que no está solo y que todo eso ya quedó muy atrás.

—Una tarde, tras despertarnos de una mini siesta post-sexual, me dejó. Así, sin más. Se levantó, se puso con calma la ropa, prenda por prenda, se arregló el pelo y me dijo: «ya no puedes darme lo que necesito». Mi mente embotada por el sueño tardó en procesar sus palabras. «Acabamos de acostarnos y ¿me sueltas eso?», le dije creyendo que era broma. ¿Y sabes qué fue lo que me contestó? «El sexo es solo sexo, eso nunca ha fallado entre nosotros. He conocido a alguien que también me lo hace estupendamente y me puede dar la vida que me merezco y a la que estoy acostumbrada».

Se calla durante unos instantes en los que se dedica a pasar con suavidad un dedo por mi antebrazo firmemente sujeto a su cintura. Lo dejo hacer porque me relaja y creo que a él también.

—Recogió unas pocas cosas y se marchó. Lo último que oí fue el ruido de la puerta al cerrarse. Convivimos juntos durante más de cuatro años y se fue sin decirme adiós.

—No te martirices, Cosimo. Era una zorra sin corazón. Estás mejor sin ella —le digo en un pobre intento de consuelo.

—El único alivio que me queda es que estaba tan aturdido para no suplicarle que se quedara. Cuando me levanté de la cama, al cabo de un rato, seguía sin creérmelo. Fue al revisar los armarios y verlos vacíos que me convencí. —Me da un toque para que suelte mi casi asfixiadora llave de su cuerpo—. Por lo menos, en ese aspecto, mi orgullo está intacto.

—Tienes que aprender a mirar el vaso medio lleno; lo que no te mata, te hace más fuerte; pelillos a la mar y lo pasado a olvidar; más vale pájaro en mano que ciento volando; a buen entendedor, pocas palabras bastan; el que a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija… —le digo casi un refranero completo para animarlo—. Ahora, en serio, tienes el cariño de tu familia, la pastelería y la arrogancia inalterada. —Sonrío mientras cojo dos rodillos y me coloco a su lado—. Aunque lo hicieras por una loca insensible, te arriesgaste, eso dice mucho de ti. Vivir solo es un asco. Te lo digo por experiencia. Simplemente, procura elegir mejor la próxima vez.

Le doy un golpe de cadera para que me haga sitio, le quito la suave bola y la parto en cuatro pedazos. Le paso un rodillo y me pongo a estirar la masa mientras él hace lo mismo a mi vera.

—Tienes mi respeto, Cosimo. Amaste y perdiste… sobreviviste. No te avergüences de ello.

Seguimos preparando el almuerzo en un cómodo silencio, solo roto por el ruido de nuestras respiraciones y de los utensilios que utilizamos. Con las pizzas ya listas, pongo el horno a precalentar y me pillo unas cervezas de la nevera. Le doy una a Cosimo y dejo que el líquido frío baje por mi garganta.

Con los ojos cerrados, me paso la botella por el cuello, el pecho y los hombros en un intento de refrescarme. Al abrirlos, veo a Cosimo a mi lado, nuestros cuerpos casi tocándose.

—No te pareces a ella —me dice.

—¿A quién? —le pregunto confusa, aunque ya sé a qué persona se refiere.

—A Jennifer… —agarra con su dedos el cuello de la botella que sostengo contra mi hombro izquierdo, provocando que pulgar e índice acaricien mi mano—. A tu madre. No eres como ellas. Eres mejor.

Lo miro confusa y nerviosa fijamente a los ojos. Este hombre parece ver en mi interior. Mis anhelos y temores al descubierto.

—No sé de qué estás hablando… —susurro un poco asustada.

—Sí lo sabes, y me alegro por ello. Eres mejor, Simonetta. Eres extraordinaria. Una mujer que ama sin reservas y que da todo por los demás.

—¿Qué sabrás tú? Lo único que has hecho desde que me conociste ha sido juzgarme. ¿Qué te hace pensar que no estás haciendo lo mismo otra vez?

Me separo. Su proximidad haciéndome anhelante de algo que no me atrevo a reconocer… abro el horno que ya está de sobra caliente y meto las pizzas. Esto me salvará.

—Ya te pedí perdón por eso. No intentes cambiar de tema porque este te incomoda. Eres buena. Lo veo en cada una de tus acciones hacia los demás. Con Sandra, tu hermano, e incluso mi hermana. Tazia es más feliz gracias a ti.

—Tu hermana es una mujer adulta, solo necesitaba un poco de confianza en sí misma y más conversaciones con mujeres que no tengan mentalidad de una chica de catorce años. La primera vez que dije algo sobre pollas delante de ella se ruborizó como una niña… —Sonrío sin poder evitarlo.

—¿Y dónde encaja Iván en todo esto? Él sí que es un niño. Un niño indefenso al que tú has dado amor y apoyo. Una mujer egoísta nunca lo habría hecho.

—Te confundes. Soy superficial. Que haya dejado entrar en mi círculo a algunas pocas personas no lo cambia —digo con vehemencia—. Soy como soy. No puedes cambiarme.

—No comprendo a qué tienes miedo. Sentir no te hace vulnerable, Simonetta. Te hace más fuerte. ¿Quieres saber por qué te odié nada más verte? Cuando te estuve observando desde fuera, ¿sabes qué fue lo que vi? Vi a una chica guapísima, pero también vi a una chica risueña, de risa fácil, y eso, a mis ojos, te hizo parecer preciosa. Brillabas, Simonetta.

Se vuelve a acercar a mí. Siento su calor en mi espalda mientras disimulo limpiar la puerta del horno, con el cuerpo tenso a más no poder. Por mucho que me sienta atraída por este hombre, eso no quiere decir que esté preparada para esto. Esta especie de mitin dirigido directamente hacia mi persona. Me hace sentir insegura de lo que soy, y lo que es aún peor, de lo que siempre he sido o pensado.

—Me hiciste desearte. Quería ser el que te hiciera resplandecer de esa manera… —Se pega a mi cuerpo. Noto su pecho en mis hombros y me veo luchando por no apoyar mi cabeza sobre él—. Al entrar, me llevé una desilusión tremenda. Pensaba que la chica que adoré de lejos era un calco de la que tanto me hizo sufrir… te odié por obligarme con ese cuerpo y esas risas dedicadas a otros a encapricharme de ti. Llegué a la pastelería confundido, enfadado con todo el mundo y, en ese momento, decidí que te olvidaría.

El calor de su aliento se desliza por mi cuello. El roce de su nariz contra mi piel hace que me erice. Ya no puedo pelear contra lo inevitable, me dejo caer contra él. Mi cuerpo fundido contra el suyo. Sus brazos apoderándose de mi cintura, mis manos con un fuerte agarre a las suyas para impedir que me deje sola. Son con una toma de tierra que evita que acabe electrocutada por las sensaciones y que me dicen que esto es real, no me invento nada. Estoy aquí con Cosimo, que parece leer mi alma con una asombrosa facilidad.

Desplaza sus dedos a través de mi abdomen mientras mis manos acompañan sus movimientos. No me besa, no se restriega contra mi parte trasera. Se limita a eso. Me tranquiliza y me excita a la vez. Me siento extrañamente relajada y pienso que puede ser porque, tal vez, es la primera vez que alguien parece verme de verdad. Tengo la certeza que Cosimo nunca me apartaría de su lado y aunque me siento en paz por ello, también me siento asustada. Muy asustada.

Necesito decir algo. La ocasión lo merece, ¿no? Pero, extrañamente, las palabras se niegan a salir de mi boca. Mi mente embotada por el calor y la ternura que me rodea.

—No sé qué decir —«muy original, chica. Sigue así, te darán un premio de oratoria».

—No digas nada. Solo con que me dejes abrazarte me conformo.

—¡Huele de maravilla!

El grito de Iván hace que salte como un resorte. Le doy un culetazo a Cosimo para alejarlo y me pongo a mirar cómo de hecha está la pizza en el horno. Soy la reina del disimulo. En ningún momento me doy la vuelta para ver qué hace el hombre rubio que hasta hace un instante me rodeaba con su cuerpo.

—Casi no llegas —le recrimino a mi vecino, al girarme por fin—. Sabía que al oler a comida te darías cuenta que no hay nada que hacer y vendrías corriendo. Nunca falla.

El olor a comida aparentemente es un reclamo místico para este adolescente que parece tener hambre a todas horas. Estaba segura que me salvaría… no obstante, al ver la brillante mirada que me dedica Cosimo, no estoy segura de haber querido realmente que me salvaran. «Estoy en un lío».

Durante el almuerzo y parte de la tarde, me dedico a ignorar a Cosimo. Centro mi atención en Iván o en cualquier otra cosa que se me ocurra. Todo es poco con tal de olvidar lo de antes. Cada vez que lo recuerdo, mis ojos fluctúan hacia el rubio italiano que ocupa gran parte de mi sala, «y de mi mente», con su cuerpo y siento como mi rostro arde. Estoy convencida que hasta mis pecas están resplandecientes al igual que mis cachetes, cuello y pecho. Antes no me ruborizaba y desde que lo conozco, es raro el día que no lo haga.

Él no me agobia. No intenta retomar el contacto. Tan solo me mira y me sonríe. No es una mueca arrogante, ni mucho menos. Es una sonrisa bellísima, toda dientes blancos, que, en otras circunstancias, podría haberlo hecho parecer un idiota. Sin embargo, hace que mi corazón retumbe de felicidad.

Le seguimos las bromas a mi niño mimado. Comemos, reímos e intentamos contestar (sobre todo Cosimo) a todo lo que nos pregunta. Iván está disfrutando como un chiquillo. Se ve que está gozando de una de las pocas conversaciones que ha mantenido con un hombre adulto. Me duele por él, pero hay cosas que yo no puedo darle.

Mi vecino se levanta, desaparece por el pasillo y reaparece al instante con un gran libro en las manos. Es mi álbum especial, en donde tengo mis fotos preferidas, esas que no tengo colgadas en la pared de la heladería.

Se sienta en el suelo, la espalda apoyada en el sillón, en medio de Cosimo y yo, que estamos sobre él. Cada uno sentado en una punta. Lo he hecho adrede con el descarado propósito de estar lo más separada posible de mi invitado.

Iván abre el álbum y empieza a pasar las fotos en las que no hay ningún orden. Nuevas y viejas. Pasado y futuro. Todo se mezcla según me plazca en ese momento. No las colecciono para recordar tiempos pasados, lo hago para recordar momentos… instantes llenos de felicidad que me han llenado en diferentes etapas de mi vida.

La primera es una de Marco y mía, disfrazados de cartas de la baraja de Póker con un traje hecho de cartulina blanca y roja. Posamos felices uno al lado del otro. Marco es el dos de tréboles, y yo, el as de corazones. Tendríamos unos siete y once años, y nos la hizo mi abuelo en una fiesta del colegio.

La segunda fotografía es de una adolescente Sandra con dos bolas de helado en el pelo, cortesía de mi hermano. Verlos correr uno detrás del otro no tuvo precio…

La tercera es Iván durmiendo con la cara manchada de chocolate. Tiene puesta la equipación completa del Real Madrid. Fue nuestro primer cumpleaños juntos. Nueve años. Le compré una tarta y le canté el cumpleaños feliz. Cayó rendido en mi antiguo sofá.

Al pasar las hojas, me veo contando la historia detrás de cada imagen. Hasta llegar a una que hace que me avergüence: yo con catorce años, con mis viejas y grandes gafas de pasta, el pelo separado en múltiples y multicolores coletas, y una gran sonrisa de alambre, de pie en la heladería mostrando con orgullo un gran recipiente de helado. Fue el primer sabor que creé yo sola.

—Mira qué pelo —digo y empiezo a contar la historia.

—Sí. —Se ríe Iván—. Menos mal que la moda ha evolucionado

—Yo también lo pienso —farfullo entre risas

—Yo creo que estabas adorable —opina Cosimo, pasándome un dedo por el cuello. Estaba tan absorta en las fotografías, que ni me di cuenta que se había movido de sitio y que casi se encontraba pegado a mí.

—Pues eres la única persona fuera de mi familia que lo ha pensado. No era muy popular en esa época —le digo.

—Eras preciosa. Esos ojos, ese pelo… hasta con los brackets tu sonrisa era bonita.

Y aquí, en este mismo instante, casi me enamoro de él. Del hombre que ha dicho palabras que parecen sacadas de mis más secretas fantasías infantiles.