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La tarde de ayer, contra todo pronóstico, mejoró notablemente, y más considerando que cerré pronto y me fui de cañas y compras con mi pelirroja mejor amiga.
Decidí echar la casa por la ventana e irme a una pequeña boutique en donde venden unos vestidos fabulosos y no muy económicos, pero llegué a la conclusión de que Óscar lo valía, y quería darme el gusto de comprar algo caro y que, para variar, fuera para mí en vez de para otras personas. Necesitaba alegrarme el día.
Llegué a mi casa con la satisfacción que da el tener una tarde libre solo de chicas y las manos llenas de bolsas. Sandra y yo compramos los vestidos para la fiesta solamente similares en la poca tela que usaron para coserlos. Ella se decantó por un mini vestido blanco con cuerpo metálico, de escote a un hombro, de manga larga, zapatos peap toes nudes, de trece centímetros, y una cartera de mano multicolor, para darle vida al conjunto. Como si su pelo, junto con su voluptuoso cuerpo, no llamara suficiente la atención.
Para mí, elegí un little black dress de lentejuelas, de manga larga, con escote cerrado (que le da una apariencia sexi pero conservadora), pero con una profunda U en la parte trasera que enseña casi toda mi espalda. El look termina con un bolso tipo sobre y unos sencillos stilettos con tacón de vértigo, los dos en negro. El toque de color lo darán mis labios, que irán pintados de rojo, como Óscar pidió.
Después de nuestras compras textiles, nos dirigimos a una pequeña terraza a recargar las pilas, con unas buenas jarras de cerveza, con las que coger fuerzas para adquirir los regalos perfectos para mi chico caramelo: Unos calcetines calentitos con la cara de Audrey Hepburn impresa y dos muñecas hinchables, una morena y otra pelirroja, junto con un bote de lubricante. Al final de la noche, dependiendo de la cantidad de alcohol que acumule en el cuerpo (o no), podrá realizar el trío que tanto ansía.
Llegué a mi casa rendida (y un poco borracha), solo con ganas de meterme en la cama y dormir hasta el mediodía del día siguiente.
Hoy he despertado eufórica. Salgo a correr como todas las mañanas, con la esperanza de quemar ese exceso de energía que me embarga, pero, para mi pesar, sin llegar a conseguirlo. Mi cabeza no deja de dar vueltas, y ahora, de camino a la heladería, me pregunto el porqué de esta agitación que siento.
Tal vez (y solo tal vez), puede que me sienta un poco nerviosa por volver a ver a Cosimo tras nuestra pasada conversación on-line… Cordial. Sé que fue idea mía, pero ¿cómo coño voy yo a saber lo que es tener una relación cordial con alguien? Nunca lo he hecho, ni siquiera intentado. Mi máxima es simple: Si me caes bien, me comporto contigo en consecuencia; o no lo haces, y en este caso no trato contigo de ninguna de las maneras. Punto.
Reconozco que por mi forma de ser tan abierta (y con esto hago referencia a ser abierta de mente), soy simpática con casi todo el mundo, pero no sé otra forma de actuar. «Bueno, nada de preocuparse, Simonetta, improvisa sobre la marcha. Todo saldrá bien».
Si solo Cosimo no me intrigara tanto, podría tratarlo (o ignorarlo) como hago con los demás…, pero no, el señor limón, a mi pesar, me provoca curiosidad aun sin quererlo. Sufro tantas ganas de fisgonear sobre él, que la idea de meterlo en una habitación oscura con un foco brillante apuntándolo directamente y obligarlo a que me cuente todos sus secretos e inquietudes me resulta cada vez más atractiva.
«Acabo de descubrir que tengo una vena sádica… porque la idea de tenerlo a mi entera merced me excita».
Nada más entrar en la heladería empiezo a prepararlo todo para la apertura, pero eso tampoco logra distraerme. Cuando llega Sandra, con su perpetua sonrisa dibujada en su rostro, la saludo con un:
—¿Qué es ser cordial?
Me mira confundida mientras piensa su respuesta.
—Ser cordial es tratar a una persona correctamente. Ser amable, pero sin pasarse con las confianzas.
—Vale. —Esa parte entendida, ahora solo faltan por resolver las diez mil dudas que quedan—. Entonces, ¿cómo lo nombras, por el nombre o por el apellido? ¿De tú o de usted?
—Me estás asustando, Netta. ¿Por qué me haces esas preguntas y actúas de una forma tan extraña?
—Cosimo y yo quedamos en tratarnos de manera cordial, y no sé exactamente cómo hacerlo. Fue idea mía, y ahora me siento como una estúpida por no saber cómo comportarme… Cordialidad. ¡Dios! Odio esa palabra —le señalo—. Va a venir esta tarde, y la verdad es que no tengo ni idea de cómo actuar. —Contarle mis dudas a Sandra es fácil, lo difícil es asumir el porqué de esas dudas—. ¿Cuándo llegue lo saludo con dos besos, le doy la mano o le hago una casi imperceptible señal de reconocimiento con la cabeza?
—¡Por Dios, Simonetta, cálmate! No va a venir el rey, solo es Cosimo —me dice mi amiga de los nervios, y sé que la he exasperado porque solo me llama por mi nombre completo cuando está a punto de estrangularme—. Si no sabes cómo actuar, pregúntale y ya está. Deja de dar tantas vueltas a las cosas, no llevo ni diez minutos aquí, y ya me tienes loca de la cabeza.
—Bien, eso es lo que voy a hacer —le replico—. Aunque quede como una tonta, se lo preguntaré.
Me dirijo a mi oficina como un rayo, pero, ya allí, me doy cuenta de que no tengo su número de teléfono personal, y ni muerta voy a llamar a la pasticceria y que todos los que trabajen allí sean testigos indirectos de mi humillación y de mi ignorancia… es una cuestión de orgullo.
Voy hacia mi ordenador y le envío un correo electrónico rezando para que no esté muy ocupado esta mañana, lo lea y me conteste antes de la hora de la cita. «¿Cita? Cita, no. Encuentro laboral». Y que me conteste antes de nuestro encuentro profesional. «Eso está mejor. Rectificar es de sabios».
De: fresasimonetta@gmail.com
Para: theoc@gmail.com
Asunto: Definir términos.
¿Qué es para ti, exactamente, ser cordial?
¿Nos saludamos con dos besos o dándonos la mano? ¿Nos vemos y nos tratamos de usted? Si no estamos tratando temas laborales, ¿nos ignoramos elegantemente o podemos hablarnos con libertad?
Vuelvo a la zona del comedor, no sin antes subir el volumen del ordenador al máximo por si acaso me responde, enterarme lo antes posible. Le prohíbo a Sandra que ponga música y sigo a lo mío. La distracción es la clave, solo espero conseguirlo rápido.
Por el rabillo del ojo, veo que en el escaparate de la tienda hay movimiento. Me extraña, ya que los proveedores no tienen que venir hoy, y Óscar siempre llega más tarde. Me acerco a la puerta despacio, procurando no hacer ningún ruido, temiendo que sea algún atracador madrugador. Si es un ladrón, se va a cagar. Mis años de duro entrenamiento de AeroBoxing con la Wii han dado sus frutos. Mis bíceps son de hierro (o casi) y pego unos derechazos increíbles. Siempre consigo las mejores puntuaciones.
Abro la puerta de repente, preparada para hacer correr la sangre de quien se atreva a intentar colarse en mi negocio, pero con lo primero que me encuentro es con un hombre agachado y de perfil intentando ver algo del interior. Viste una cazadora vaquera, pero parece que debajo lleva otra de algodón con capucha que le tapa el rostro, un vaquero roto que se le pega a las nalgas de una forma tan apetitosa que estoy a punto de invitarle a robarme yo misma y una zapatillas New Balance grises y azules, preciosas.
Toso para que se dé cuenta de que no está solo, y cuando gira el rostro, me encuentro con los ojos verdes de Cosimo. Se endereza con rapidez, y veo como sus mofletes se vuelven de un rojo vivo dándole un aspecto enternecedor.
—Ya he dicho que sí a asociarnos, Cosimo. No hace falta que vengas a espiarnos.
—No he venido para eso —dice avergonzado—. Solo estaba comprobando que estabas sola, pero como no tienen todas las luces encendidas, no distinguía muy bien las siluetas.
—¿Y para que querías saber si estaba sola? —le pregunto, y no puedo evitar añadir—: No estarías pensando en violarme, ¿verdad?
—¿Qué? ¡NO! —grita horrorizado. Al ver mi expresión de burla, se calma—. Joder, Simonetta. No me des estos sustos, y menos en un tema tan serio.
—Es una broma, hombre. Si lo pensara en serio, no lo habría dicho. Aunque vestido de esa forma tienes un aspecto sospechoso… La verdad es que pensaba que eras un ladrón.
Se baja la capucha del gorro y puedo ver su pelo rubio revuelto y sexi, como si no lo hubiera peinado tras salir de la cama.
—He venido porque me siento incómodo con la conversación de tuvimos ayer y no sabía muy bien cómo tratarte hoy. —«No soy la única… ¡Menos mal!»—. Me encontré dándole vueltas al tema sin parar en mi cabeza, no quería que esta tarde se convirtiera en algo incómodo para los dos. Así que, ¿cómo lo hacemos?
—Me acabas de quitar un peso de encima porque estaba igual de confundida que tú. Incluso te he mandado un correo… —Ahora la que suena avergonzada soy yo—. ¿Dos besos o mano?
—Mano —responde al instante.
—¿De tú o de usted?
—De tú. Las formalidades no me van. Pero si no estás de acuerdo, me adaptaré.
—Y por último, no por ello menos importante, ¿Cuándo nos veamos, solo hablamos de trabajo o te puedo preguntar cómo va tu día?
—Mejor limitémonos a preguntas superficiales. No creo que nos lleváramos muy bien si profundizamos el uno en el otro.
—Ok. Muy bien. Estoy conforme con todo lo que has dicho.
Nos mantenemos la mirada un segundo o dos, durante los cuales se vuelve a poner la capucha y me dice:
—Hasta esta tarde, Simonetta. —Se da la vuelta y se va caminando calle abajo, creo que para buscar su coche.
—Gracias por venir hasta aquí, Cosimo —le digo antes de que se aleje demasiado y tenga que levantar la voz—. Me has quitado un peso de encima.
Se gira, para de andar y me dedica una sonrisa repleta de dientes blancos.
—Ha sido un placer.
Y se va. Yo me quedo como una boba en mitad de la calle, pasando un poco de frío y con la sensación de que, efectivamente, ha sido un verdadero placer el haberlo visto caminar dentro de esos pantalones ceñidos.
—Ha venido Cosimo —informo a Sandra al ayudarla a sacar brillo a las mesas—. Al parecer, no era solo yo la que estaba confusa sobre la definición de cordialidad.
—¿Y qué habéis decidido?
—Pues que nos relacionemos solo de forma profesional. La distancia que tomemos al darnos la mano será lo más cerca que estemos el uno del otro.
—¿Cómo te sientes con ello? Desde que lo conociste te estás comportando de una manera un tanto extraña, y tú no eres así. Eres de las personas que afrontan los problemas de frente, no de las que se comen la cabeza cada dos por tres con nimiedades. —Suelta el paño sobre la mesa y continúa su diatriba—: Busca dentro de ti el porqué de esa agitación que sientes e intenta solucionarlo. Eres una mujer fuerte e independiente, puedes con cualquier problema que se te plantee, aunque el problema lo crees tú misma.
—Deja de comportarte como una profesional conmigo. Si quieres ayudar a alguien de verdad, con problemas reales y no tonterías como la de no saber actuar delante de un estúpido, ejerce de una vez tu maldita profesión. No has estudiado durante cuatro largos años, más uno del máster, para tratar con mis inexistentes problemas psicológicos. Te lo agradezco, pero no me hace falta.
—Se te olvidó el tiempo que pasé en las prácticas —dice sarcásticamente—. No hace falta que me recuerdes mi currículum estudiantil. Solo trataba de hacerte sentir más segura contigo misma.
—Vale. Está bien. Solo pretendías ayudarme —le concedo—. Pero sigo pensando que deberías de aplicarte tus propios consejos…
—No empieces, Netta —me corta—. A no ser que me eches, no me iré nunca de aquí. Estoy muy a gusto trabajando a tu lado.
—No te estoy echando y tampoco quiero que te vayas de la heladería, sin embargo, me da pena que desperdicies tu vida aquí conmigo cuando sé que los helados no son tu sueño, sino el mío.
—No te alarmes. Nadie me obliga a estar aquí, lo hago porque quiero y porque me gusta. —Recoge el paño y sigue limpiado unas manchas, que solo ella puede ver, en el cristal esmerilado de las mesas—. Cuando te conocí, no solo encontré a una gran amiga, sino, también, una familia. Tu abuelo me trató mejor en los últimos diez años que mi familia… que mi madre, en todo lo que llevo de vida. Irme de aquí seria casi un sacrilegio para mi mente. Los recuerdos más bonitos de mi vida tienen que ver con este sitio. No quiero correr el riesgo de alejarme de aquí y olvidarme ni del más mínimo de los detalles.
Joder, cuando se pone profunda, lo hace de verdad. Incluso los ojos se me han llenado de lágrimas.
—Sandra, eres una hermana para mí, pero no puedes esconderte de la vida y de lo que te rodea para siempre —le digo con suavidad al tocar este delicado tema—. Tu misión es ayudar a los demás a que sobrevivan lo mejor que pueden. Tú eres el mayor ejemplo de que somos dueños de nuestro destino. Creciste en un hogar que no desearía ni a mi peor enemigo, pero saliste hacia delante, a lo mejor, no indemne, pero sí curtida en la adversidad. Deberías enseñar eso a otros. Mi abuelo lo habría querido así.
—Ya lo sé, pero aún no estoy preparada. Quiero honrar la memoria de tu abuelo…
—Nuestro abuelo —la corto—. Insistía en que lo llamases así.
—Eso, nuestro abuelo —acepta con una tímida sonrisa—, pero creo que hasta que no pueda ayudarme a mí misma, no lo puedo hacer con los demás. Lo que más me pesa es que él me pagó la carrera, y parece que estoy desperdiciando su dinero.
—No seas tonta, Sandra. Fue el dinero mejor empleado del mundo —afirmo—. Estudié repostería, y Marco, fotografía, que, admitámoslo, estudiarlas no era costoso. Había ahorrado mucho para pagar las carreras que pensaba que cursaríamos, y al no hacerlo, todo ese dinero le sobraba en los bolsillos. Le dio su parte a Marco porque el material fotográfico sí es caro, pero lo mío no tenía dónde emplearlo. —Me acerco y la abrazo—. Estaba segura que iba a trabajar aquí, así que cuando le planteé a mi abuelo lo de tus estudios, no sé negó. Es más, estaba encantado. Ya sabes cómo le gustaban las graduaciones.
Me dirijo a la pared y busco una foto en concreto, la descuelgo y se la muestro: Es la del día de su graduación. Sandra, con su diploma en la mano y con una gran sonrisa, se abraza con fuerza a mi abuelo que sonríe entre lágrimas de emoción.
—Piénsalo de esta manera: ¿me compraba una moto y montones de ropa de marca, o nos daba a mi abuelo, a mi mejor amiga y a mí algo por lo que sonreír y sentirnos orgullosos? —Espero que mi cara refleje la satisfacción que me da el haber compartido ese momento con ellos, pero añado—: Fui a por la moto, pero no había del modelo que quería…
—Gracias. Cambiaste mi vida —solloza Sandra, cogiéndome de la mano—. Ojalá pueda hacer algo parecido yo por ti.
—No seas boba, el dinero es solo dinero, y no hay mejor forma en la que utilizarlo que en la educación. Aunque, por otro lado —le quito la foto de las manos y me doy la vuelta para colocarla de vuelta en su lugar mientras le digo intentando suavizar el ambiente—, si quieres tener un detalle hacia mí y que te ame eternamente, podrías regalarme una Vespa GTS 125…
—Ja, ja, ja. Eres muy graciosa. No te regalo una moto ni de coña. Ni siquiera una bici eléctrica… Tienes que reconocer, Netta, que solo te mantienes equilibraba cuando montas en tacones de trece centímetros. Tiene su mérito, es verdad; por otro lado, los vehículos de menos de tres ruedas no son lo tuyo. Le puedo pedir la bici con ruedines auxiliares a la hija de tres años de mi vecina, para practicar está muy bien. Si después de hacerlo durante un tiempo con esa, eres capaz de usar una normal sin caerte, me comprometo a regalarte la moto que elijas, y en rosa chicle para darle más glamur.
—Te odio —le digo, riendo debido a sus ocurrencias—. Volvamos al trabajo antes de que llegue Óscar y nos entretenga mucho más. Si seguimos así, no vamos a abrir hoy.
La mañana pasa sin pena ni gloria. Entraron las habituales de los desayunos, grupo de estudiantes, algunas parejas e incluso algún turista despistado preguntando por una dirección y que acabó llevándose un cucurucho triple.
Estuve en la trastienda preparando nuevo género y mi mezcla especial, de la cual una cuarta parte irá directa al congelador de mi casa: helado de nata, sirope de caramelo, trocitos de chocolate y brownie. Más concretamente llamado 2 kilómetros. Bautizado de esa manera porque es lo que estás obligado a correr (como mínimo) para que esa bomba de calorías no se quede atascada permanentemente en tu (elige uno o más): cartucheras, estómago, muslos, brazos, papada, tobillos… Quienes me conocen bien, saben que una de las razones por las que corro todas las mañanas es este helado.
Cuando me quise dar cuenta, había terminado de preparar no solo veinte litros de 2 kilómetros, sino también de Chupa-chups de cereza, Sonrisa de sandía, Corazón de melón y del famoso Fresa Simonetta. Sintiéndome relajada y satisfecha como siempre me pasa al terminar de cocinar los helados, me acerco al Ipod dispuesta a poner música vigorizante que me ayude a limpiar antes de que la sobrecarga de satisfacción que siento me obligue a salir fuera a molestar a mi mejor amiga e incitarla a que entre a bailar conmigo y acabe, como siempre, dejando la limpieza para el último momento.
El teclado de DLG, con su canción Juliana, resuena en la pequeña cocina, y empiezo a moverme. Limpio y recojo todo con brío mientras meneo mi cuerpo al ritmo pegadizo de la vieja canción a la que le tengo un especial cariño, ya que es una de las primeras que Sandra y yo bailamos juntas en nuestras clases de baile.
Al acabar este tema y empezar el siguiente en mi lista de reproducción titulada levanta ánimos, estoy lanzada. He terminado de recoger y no hay quién pare mis pies o caderas. Azúcar, de Eddy Mclean, hace que mi cuerpo se agite sin parar, y cuando en uno de mis giros veo que bajo el quicio de la puerta se encuentra una sonriente Sandra acompañada de unos atónitos Cosimo y compañía, no me importa. Agarro la mano de mi amiga y la empujo a la pista de baile. Ella se deja llevar y, entre risas, terminamos el baile delante de nuestro improvisado público.
Apago la música antes de que otro tema inspirador me obligue a seguir bailando y me acerco a mis visitantes con una cara de lo siento, no pude evitarlo en mi rostro. Cosimo me mira directamente, y como siempre me pasa con él, no puedo descifrar esa mirada que me dedica.
Desvío la vista hacia su rubia acompañante. Lleva un vestido tipo Baby Doll blanco con pequeños corazones estampados por toda la tela, cuello partido y entallado a la cintura por un fino cinturón, todo ello en color negro. En sus pies, unas manoletinas rojas, y en su mano, un bolso estilo satchel del mismo tono que los zapatos. Tras mi escaneo textil, me fijo en su preciosa cara enmarcada por una lisa melena, exactamente, del mismo tono de rubio que tiene su hermano. Morena de piel, preciosa y muy tímida, como compruebo al tratar de posar mi mirada en sus ojos verdes y ver cómo se sonroja apartando la vista. Parece un raro cruce entre la cara y el estilo de Taylor Swift y el cuerpo de Sofía Loren.
—Lamento el espectáculo —digo, tendiéndole la mano a la rubia—. Soy Netta. Dueña de este negocio y aspirante frustrada a cualquier concurso de baile que la tele pueda emitir.
—Tazia —dice, sonriendo y, por fin, posando sus ojos en mí—. Tu heladería me parece preciosa, y el baile también me ha encantado.
—Gracias —contesto agradecida por sus palabras—. Me alegro que te haya gustado. La heladería es mi vida, pero el baile es mi pasión. Como has podido comprobar hace un momento, mezclar las dos cosas me vuelve loca.
—Eso no es serio —oigo mascullar a Cosimo.
Le suelto la mano y la insto para que pase dentro.
Le dedico un vago «hola» a Cosimo y me centro en su hermana, no sin antes evitar que mi mirada vague por su cuerpo sexi. «Esa es la forma correcta de llenar unos vaqueros. Sí, señor».
—Sandra, no sé cuánto tiempo estaremos reunidos, pero si no hay mucho movimiento, puedes ir recogiendo —le pido a mi ayudante/amiga/compañera de baile.
Los llevo hacia mi oficina y los invito a sentarse.
—Tazia, dime una cosa —le digo nada más acomodarme en mi sillón—. ¿Tu hermano es siempre así de agradable o yo soy la única afortunada que logra sacar lo mejor de él?
—Siento decirte que mi hermano es así por naturaleza. Siempre ha sido serio, pero desde que te conoció, y según me ha informado Óscar, se ha pasado de la raya —me responde en un tono informal—. Y contestando a tú pregunta, sí. Creo que eres la única que lo saca de sus casillas.
Nos reímos mientras Cosimo nos apuñala con la mirada.
—Me caes bien, Tazia. Muy bien.
Para mi grata sorpresa, Tazia resultó ser muy simpática. Una chica del tipo tranquilo, pero agradable. Por lo poco que hemos hablado, me ha dado la impresión de que a pesar de ser una chica dulce, tiene un sentido del humor afilado. Un humor que dedica, casi exclusivamente, a mofarse de su hermano.
—Me han dicho, no recuerdo quién, creo que fue Óscar… que hace tiempo que querías venir a ver la gelateria. ¿Qué te ha parecido, hemos cumplido tus expectativas? —le pregunto ignorando con deliberación a su hermano y el que haya sido él quien me dijo que Tazia quería ver el lugar.
—Las has superado —contesta con rapidez—. La combinación de colores me fascina, y la decoración, aún más. —Sonríe y añade—: Recuerdo venir con mis padres cuando éramos pequeños, y aunque no lo hago con todos los detalles, mantengo la imagen en mi cabeza de las cosas que llamaron mi atención. Con algo de pintura y poco más, has renovado casi completamente el interior del local. ¡Me encanta! Puede que hasta te copie algo…
—Copia todo lo que quieras, mujer. No soy una experta, pero puedo ayudarte si quieres hacer algo parecido para renovar tu negocio.
Seguimos conversando sobre decoración hasta que Cosimo nos interrumpe.
—Hemos venido a trabajar, Tazia. No a parlotear sin sentido. Céntrate.
Tazia empieza a hablar italiano. Creo que ha olvidado que mi familia también es de origen italiano y aunque no lo hable normalmente, es un idioma que es mi segunda lengua.
—Sei un cretino9—farfulla entre dientes.
—Non essere infantile. Siamo venuti a parlare di affari, non di sciocchezze10 —le reprocha Cosimo—. Comportati bene11.
—È geloso perchè non si sente al centro dell´atenzione12 —dice en tono seco—. È simpatica, io credo che possiamo essere amiche. Non lo rovinarlo per favore.13
Que linda, cree que soy simpática y que el hermano está de mala leche porque lo mantenemos excluido de la conversación. Coincido absolutamente con ella.
—No peleéis, chicos. ¿Por qué no nos centramos en los negocios? Tazia, si te apetece y no tienes que irte, podemos seguir hablando luego.
La pobre chica me dedica una mirada de agradecimiento, y yo solo puedo sentir compasión. Tengo un hermano mayor y sé lo pesados que pueden llegar a ser.
Miro a Cosimo con la rabia que toda hermana menor siente.
—Empecemos. No quiero hacer perder su valioso tiempo a nadie.
9 Eres un idiota.
10 No seas infantil. Hemos venido a hablar de negocios, no sobre tonterías.
11 Compórtate.
12 Estás celoso porque no eres el centro de atención.
13 Es simpática y creo que podemos ser amigas. No lo estropees por favor.