23

Casi no me puedo mover y me estoy haciendo pis.

Por lo que parece, Cosimo y yo hemos cambiado de lugar esta noche. Hoy es él el que me está aplastando a mí. Tiene medio cuerpo encima del mío, «por lo menos, no siento un río de saliva corriendo por mi pecho». Mi tronco superior está atrapado bajo unos noventa kilos de carne y huesos que, aunque no me impiden respirar, me están agobiando, ya que solo puedo acertar a menear un poco el brazo y la pierna izquierda.

En otro momento, me encantaría despertar en esta posición. Hoy, no. No cuando necesito ir al baño con urgencia. Tengo la vejiga a punto de reventar y sería vergonzoso hacérmelo encima con Cosimo a mi lado. «Una sonda me vendría de maravilla en este momento».

Me retuerzo todo lo posible, con la esperanza de despertarlo con mi pequeño intento de sacudida. Soplo en su oreja (o en donde creo que está posicionada), con la ilusión que crea que es una mosca y cambie de postura. Nada… duerme como un muerto.

Se acabaron las sutilezas, me digo desesperada. Planto el pie en la cama y ayudándome de la mano libre, empujo la pelvis hacia arriba, llevando al peso pesado conmigo. Me deslizo y consigo apartarme sin despertarlo.

Me bajo de la cama y echo a correr hasta el cuarto baño. Me siento en la taza y suspiro de alivio.

—¿Por qué te has escapado de la cama? —me interroga un adormilado Cosimo apareciendo por la puerta y dándome un susto tremendo.

—¡Joder! Voy a tener que ponerte un cascabel, Limone —grito asustada—. Soy consciente de que te acabas de despertar, pero ¿de verdad que no te resulta evidente el porqué de mi fuga? —lo interrogo, dándole unos golpecitos a la taza del inodoro para probar mi punto—. Te salvas porque no sea tímida o habrías vuelto al cuarto con un bote de gel incrustado en la cabeza. ¿No te han dicho nunca que antes de entrar a una habitación hay que llamar primero?

—Si la puerta está abierta, no tengo por qué hacerlo —contesta divertido—. ¿No te da vergüenza orinar delante de mí?

—No. Recuerda que tengo un hermano con el que compartía un baño pequeño y al que le encantaba darse largas duchas de agua caliente. Así que, si no quería empezar a hacer mis cosas en la maceta que teníamos en la entrada, tuve que perder el pudor a pasos agigantados —le explico—. ¿Y tú lo has hecho alguna vez delante de alguna chica o se te vuelve chiquitita al intentarlo? —me burlo. Me limpio y me subo las braguitas.

—No sé si se me encogería. Nunca lo he hecho delante de ninguna.

—¡Qué raro eres, Cosimo! Te lo digo de verdad —niego con la cabeza—. Tienes una madre y una hermana con la que creciste, algún día tuvieron que entrar corriendo al baño y pillarte dentro.

Me dirijo al lavamanos y al asomarme al espejo, me quedo asombrada con la imagen que se refleja: mi pelo es una maraña y mi cara está hinchada, al igual que mis labios. Estoy horrible, y lo que es peor, he dejado que Cosimo me vea así.

Mi chico se acerca por detrás y me abraza.

—¿Te he dicho alguna vez lo sexi que estás por las mañanas?

«¿Sexi? No, gracias». Aunque tengo que reconocer que me ha subido la moral. Que te digan ese tipo de cosas sin haberte lavado los dientes y sin saber a ciencia cierta si tu aliento es similar a una brisa fresca de verano, motiva. Y mucho.

—No seas mentiroso. Estoy horrorosa —lo reprendo, aunque por dentro estoy hinchada como un pavo por sus palabras—. Tendrías que haberme dejado secarme el pelo antes de meternos en la cama.

—Pobre de mí… ¿A qué persona racional se le ocurre impedir que usen un secador a las tres de la mañana? —me dice, fingiendo horrorizarse—. No creo que los vecinos se quejaran por el ruido ni nada por el estilo.

—Mejor enfrentarse a unos malhumorados vecinos que despertarse con este aspecto —me quejo insegura—. Estoy horripilante. Seguro que ya no te parezco tan guapa.

Y eso es lo que más temo. Dejar de gustarle, ya no parecerle atractiva y que nunca llegue a amarme.

—Estás preciosa. Eres preciosa —recalca, clavándome en el sitio con la mirada a través del espejo—. Me gustas de todas las maneras: arreglada, con ropa de trabajo, después de ir a correr, despeinada, con cara de dormida, natural, vestida para matar… estoy obsesionado contigo, joder. Y no solo por el físico, sino por toda tú. Cada vez que abres la boca, dices algo que me asombra. En el buen y en el mal sentido —me guiña un ojo.

Me sonrojo sin poder evitarlo. Sus palabras ensalzan algo en mi interior. Me hacen sentir bien, segura… yo misma.

—Gracias —le digo. Y me sale de lo más profundo del corazón—. Gracias por hacerme sentir perfecta, pese a que no lo sea.

—¿No lo entiendes, verdad? —curiosea. Me gira entre sus brazos para encararme—. Para mí, eres perfecta.

Mientras habla, me acaricia la cara con los pulgares. Y yo ladeo el rostro en busca de más.

—Da igual que seas la persona que más me ha sacado de quicio, que cinco de cada diez palabras que sueltas por la boca me hagan encogerme de espanto, que tengas una rara tendencia llamar a las personas por nombres de alimentos, que oigas música y no puedas evitar bailarla allí donde estés… No cambiaría nada de ti, Simonetta. Te has convertido en mi persona favorita en el mundo.

Su discurso (que para mí imaginativa mente se ha convertido en un apasionado juramento), sumado a la adoración que veo grabada en sus ojos, hace que el corazón me lata desbocado, con fuerza.

—Te amo —le suelto de sopetón.

«Ahora sí que te has lucido, Netta», pienso asustada por lo que acabo de confesar. Una cosa es tenerlo asumido dentro de mi cabeza. Que lo sepa él es otra cosa muy diferente.

No dice nada. «¿Por qué no habla?». Tan solo se limita a observarme. Me entra el pánico. Estoy cagadita de miedo. «¡Di algo, por Dios! ¿Qué he hecho?».

—Lo siento —me disculpo, azorada por su silencio, bajando la vista al suelo.

Cosimo me eleva, agarrándome por las axilas, y me sienta en el mueble del lavamanos. Instándome con dos dedos en la barbilla a levantar la cabeza. Cuando me decido a mirarlo, me encuentro de frente con otra de sus preciosas sonrisas.

—Pensaba que no me lo dirías nunca —confiesa aliviado.

—Entonces, ¿no vas a salir huyendo despavorido? —pregunto confundida—. Te quedaste tan callado que creí que al levantar la mirada no te encontraría aquí conmigo.

—¿Corriendo? Todo lo contrario, Fragola. Todo lo contrario —me besa la frente y la punta de la nariz.

Me encuentro realmente sorprendida. No estoy muy puesta en esto de las relaciones, pero, en las pelis, cuando la chica, de forma espontánea, le confiesa al hombre que lo ama, este sale escopeteado. Verdad es que al poco regresa con el rabo entre las piernas jurándole amor eterno, pero no estoy segura de que esa última parte sea cierta… Esto del amor es muy complicado.

—Sé que eres nueva en esto, por eso tenía miedo a decirte que te amaba. A ser el único con sentimientos en esta relación —admite—. Estoy enamorado de ti, Simonetta.

—Suenas como un niño —lo reprendo—. ¿Vas a dejar de tratarme alguna vez como si fuera la guay del instituto y tú el pardillo que no se cree que me haya fijado en él?

—Te digo que te amo, y tú, en cambio, me echas una bronca. Joder, Simonetta. Eres de lo que no hay —se queja—. ¡Viva el romanticismo!

—Por si no te has dado cuenta, estamos en mi baño, que no es un sitio demasiado romántico que digamos —me burlo.

—He estropeado el momento. Lo siento —se disculpa—. Nunca pensé que la primera vez que nos confesaríamos los sentimientos sería de esta forma. No sé… en una cena, o incluso en la cama, pero nunca en un baño.

—No pasa nada, Cosimo. La que lo ha estropeado soy yo, declarándote mi amor eterno encima de un lavamanos. Por cierto, tengo las nalgas mojadas —le digo introduciendo un poco de humor en la conversación. Se le nota tan afligido que me está dando pena—. Venga —lo animo—, vamos a empezar de nuevo. Da igual en donde estamos, solo las palabras y lo que significan.

—Te amo, Simonetta. Creo que lo he hecho desde el primer momento en que te vi —murmura con su boca pegada a la mía. Nuestros ojos conectados—. Ti amo, Fragola. Mi sembre che un eternità che lo stò facendo.27

Nos besamos con lentitud. Demostrando el amor que nos procesamos en cada roce de nuestros labios, en la forma en la que nos abrazamos.

—¿Se supone que ahora tengo que decir algo tan bonito como lo que tú me has dicho, no? —cuestiono con sorna al separarnos—. Me los has puesto un poco difícil, guapo.

Se ríe contra mi boca.

—No hace falta que digas nada. Ya me has hecho feliz tan solo no rechazándome. Amándome cuando no lo has hecho con ningún otro.

Soy consciente que este debería ser un momento serio, maduro, trascendental…, pero estoy demasiado contenta con todo lo que está ocurriendo entre nosotros.

Me empiezo a descojonar. Risotadas de alivio que parecen no tener fin. Me tengo que agarrar el estómago porque me ha empezado a doler de la risa.

—No estoy loca —le digo entre carcajada y carcajada—. Tan solo es que me he dado cuenta de una cosa.

Y al terminar de hablar, la seriedad, por fin, acude a mi mente. Es un poco extraño pasar de padecer una risa casi histérica a la sensatez en tan solo un pestañeo, pero me ha llegado una revelación desde mi subconsciente.

—No soy una tullida sentimental —enuncio en voz alta—. No me había dado cuenta de que tenía miedo a serlo. A no ser capaz de amar nunca.

—Simonetta, no puedo creer que pensaras eso sobre ti. Eres la persona con más capacidad de querer que conozco —me dice—. ¿Sabes lo celoso que estaba al ver con el cariño que tratabas a los demás? Sandra, Marco, Iván… Tú sabes amar, nena. Solo que lo haces de manera inconsciente, natural… forma parte de ti.

—Te estoy hablando del amor romántico. Ese que surge entre dos personas que son algo más que amigos —explico—. Nunca tuve nada de eso y me acabo de dar cuenta de que sentía que me faltaba algo. Como si mi vida hubiera estado incompleta durante todos estos años. No supe identificar qué era hasta este momento.

—No creo que se deba a alguna carencia por tu parte —razona—. Simplemente no habías conocido al indicado. Deja de comerte la cabeza por cosas que no puedes cambiar.

—¿Crees que soy rara?

—Te voy a decir dos cosas: primero: deja de menospreciarte. No eres rara, sino maravillosa. El que no hayas sentido amor, no lo cambia. Segundo: ¿te haces una idea de lo orgulloso que estoy por haber conseguido enamorarte? Siempre me ha gustado ser el primero en todo… —termina guiñándome un ojo.

—Eres un payaso… —farfullo más tranquila—. Y ahora, señor número uno, vamos a comprobar cuanto tiempo nos queda antes de irnos al trabajo. Me encantaría hacerte el amor.

Se echa hacia atrás, y el gesto hace que su erección salte como un resorte.

—Está así desde que te senté ahí arriba. No quería que me lo notaras para no cortar el momento. No quiero que me acuses de quererte solo para follar.

«¿Está de broma, verdad?».

—¡Ay! Limón, limón… —le digo, dándole pequeñas bofetadas en la cara, bajando la mano libre hasta su pesado pene—. Por lo que veo, mucho quererme, pero no sabes nada de mí. Si el sexo es bueno, no solo no estropea las cosas, sino que las eleva a un nivel superior.

—Te voy a hacer una camiseta con ese eslogan —murmura.

Me bajo de un salto y me agacho hasta quedar de rodillas frente a su miembro. Levanto la cabeza para enfrentarlo y le digo:

—Voy a estrenarme con otra primera vez contigo, Cosimo —le digo, pasando la lengua a lo largo de su erección—. Nunca he hecho una mamada por amor. Pon eso en otra camiseta si te apetece.

Llego al trabajo corriendo. Con el pelo empapado y la ropa descolocada. Al final resultó que solo eran las cinco y media de la mañana y mi novio encontró la manera de apurarlos al máximo. Tanto, que casi llego tarde.

Entro apresurada hasta la cocina, dejando mis cosas esparcidas por el camino, para encontrarme a Sandra acostada boca abajo encima de una de las mesas de trabajo, roncando como un oso.

El vestido que lleva se le ha subido hasta la cintura y muestra la casi inexistente ropa interior que lleva. «Espera… ¡esas bragas son mías!».

Ver a mi querida amiga de esta forma me entristece a un nivel superior. Se está destruyendo por dentro. Y no me refiero al alcohol que consume, sino a su mente. Sus fantasmas del pasado la persiguen. Tiene que dejarlos ir de una vez por todas.

—Tú, la bella roncadora durmiente. —La zarandeo—. Despiértate de una vez para que me devuelvas las bragas, pedazo de ladrona.

—Déjame, Netta —gruñe. Su voz rebotando contra la superficie de metal, creando un efecto grave.

—Déjate de déjame y espabílate de una vez. ¡Joder, Sandra! Tienes que cambiar. No puedes seguir emborrachándote de la manera en que lo haces… —le digo, me acerco hasta le fregadero y lleno un cacharro con agua fría—. Aunque creo que la culpa es mía por animarte e incluso incitarte a salir por ahí entre semana.

Desparramo todo el líquido helado sobre su cabeza. Eso hace que se levante de un salto. Ya tengo toda su atención.

—¡Coño! —grita—. Te has pasado, tía. Estaba a puntito de espabilarme.

Le paso un pedazo de papel absorbente y dejo que se seque.

—Tienes que buscarte un trabajo de lo tuyo, Sandra. No puedes seguir aquí conmigo pagando por algo que fue dado libremente y con todo el cariño.

—Me gusta estar aquí, Netta. No estoy por obligación, sino porque me gusta.

—Lo que pasa es que estás acomodada. Te dejo hacer lo que te da la gana. Pero eso tiene que cambiar. No puedo dejar que sigas llegando al trabajo en este estado.

—Ahora suenas como mi madre. O por lo menos a cómo debería de sonar… —se queja.

—Solo estoy preocupada por ti. Estás en un bucle sin fin: tu madre te llama, bebes para olvidar lo perra que es y te acabas acostando con algún tío cualquiera —explico con voz serena—. Eres psicóloga. Ya es hora de que ejerzas como tal. Creo que un poco más de responsabilidad te vendrá de perlas.

—¿Me estás echando? No puedes echarme… —dice con desesperación—. ¿A dónde iría? No tengo contactos ni experiencia real en psicología, nadie me contrataría, y si lo hacen, será por cuatro duros. No puedo permitirme perder este empleo, Netta. Tengo muchas deudas.

—Dirás que tu madre tiene muchas deudas —le rectifico—. No te voy a despedir, tonta. ¿Qué quieres, que el nonno salga de la tumba solo para patearme el culo? Solo quiero llegar a un trato contigo.

—¿Qué tipo de trato?

—Podrás seguir aquí si te comprometes a solo salir los días que libras o entras por la tarde…

—Eso puedo hacerlo. ¿Dónde firmo? —me interrumpe.

—No tan rápido, señorita —la freno—. Esa solo es la primera de mis condiciones.

—Me empiezas a dar miedo, amiga. Habla de una vez, por favor.

—Quiero que te busques un trabajo complementario. Un voluntariado, prácticas… como quieras llamarlo, de psicóloga. Es tiempo de encauzar tu vida.

—Se acabó la broma, ya no me divierte.

—¿Acaso tengo cara de payaso? No estoy tratando de divertirte, sino de que entres en razón.

—No puedes obligarme a nada. No eres mi madre.

—Ese es tu principal problema, tu madre.

—No la metas en esto —sentencia.

—La has metido tú. Yo, solamente, estoy subrayando un hecho.

—Netta, me duele la cabeza —dice en un intento de dejar pasar el tema—. Vamos a dejar esta conversación para cuando tenga el estómago lleno y un par de paracetamoles en las venas.

—Ok. Hablaremos después —asevero—, pero será para que me digas tu respuesta a lo que te acabo de plantear.

Camina derecha al baño. Está huyendo, siempre hace lo mismo.

—Y…, Sandra, espero que tu contestación sea un sí rotundo, porque si no lo es, me temo que tendrás que obligarme a decepcionar a mi difunto abuelo —la estoy amenazando, lo sé.

Haré lo que sea para que consiga ser feliz, aunque eso separe una amistad de años.

Las horas pasan, los clientes comienzan a llegar, y Sandra y yo seguimos sin hablarnos de algo que no sea profesional.

Tal vez me he pasado un poco con mi ultimátum, pero acciones desesperadas requieren soluciones desesperadas.

Estoy harta de ver la desesperanza en sus ojos, incluso al reír. Ser testigo de cómo su madre se aprovecha de ella sin inmutarse ni un ápice ni preocuparse por los sentimientos de su hija. Quiero que sea feliz, que consiga el amor, la paz mental, la estabilidad que tanto merece. Pero ante todo, quiero que deje de esconderse dentro de la heladería.

¿Es egoísta de mi parte obligarla a que abandone su lugar de confort? Sí.

¿Creo que necesita un pequeño, y no deseado, empujón que la motive a lanzarse hacia lo desconocido? Otro rotundo positivo.

¿Estoy dispuesta a convertirme en la mala de esta película para que lo consiga? No tanto… Sin embargo, lo haré.

—¿Cuánto tiempo tengo para buscarme otra cosa?

La voz cabreada de la pelirroja me llega desde atrás. Me volteo y me dan ganas de reír. No le pega nada estar enfadada.

—¿Te vas a ir? Porque yo no te he despedido. Solo quiero que aumentes tus horizontes.

—No me voy. Sabes que aunque quisiera (que no lo hago) no podría. Me pagas demasiado bien y como jefa eres excelente —me dice, acercándose hasta pararse a mi lado—. Te preguntaba cuánto tiempo me das para encontrar algo relacionado con la psicología.

¡Uy! Eso no lo había pensado…

—¿Dos meses? —pregunto más que afirmo.

—Creo que encontraré algo para entonces. —Me toma de la mano—. Sé lo que intentas hacer y te lo agradezco.

—Solo busco tu felicidad —le digo.

—Lo sé. Y por eso daría mi vida por ti. —Los ojos se le llenan de lágrimas, y los míos se copian—. Eres mi verdadera familia. La que elegí, no la que me tocó al nacer. Y por mucho que me hayan jodido tus palabras, no puedo enfadarme contigo por hacer lo que toda buena hermana hace: ser una entrometida.

Le doy una palmada en el culo. Estoy harta de estar seria con ella. Ya he plantado la idea en su cabeza, con eso basta. Sandra es de las que cuando se compromete con algo, lo hace hasta el final. No hace falta que la fustigue con mi silencio y mala leche.

—Si te dejaras de gilipolleces de una vez por todas, no tendría que hacerme la dura contigo. Me limitaría a no regalarte por tu cumpleaños o, todavía mejor, te compraría un regalo feísimo y perdería el ticket de la tienda. Te verías obligada a llevarlo por compromiso.

—Te veo capaz de comprarme unas botas fosforescentes y hacerme usarlas —asegura, persignándose de manera exagerada—. En el fondo eres una persona malvada. ¿Estás segura que no eres hija de Satanás?

—Si Satanás es una mujer morena, sí —me rio sin ganas. Sandra no es la única con problemas con las matriarcas dentro de su núcleo familiar.

«Bueno, mejor cambiamos de tema», pienso al intuir por donde va mi mente.

—Ahora que nos ajuntamos otra vez, cuéntame cómo fue la noche y si convenciste a Tazia para que perdiera las bragas…

27 Te amo, fresa. Parece que llevo toda una eternidad haciéndolo.