30
Me siento cansada. Tan cansada que ni siquiera puedo abrir los ojos. Lucho por hacerlo, pero, aunque siento mi mente alerta, el cuerpo parece no obedecerme. ¿Dónde estoy? El bip-bip que se oye me indica que en un hospital.
Los recuerdos acuden a mi mente: la moto, Iván y yo riéndonos sin parar… accidente.
—¡Iván! —grito desesperada—. ¡Iván! ¿Dónde estás?
Unos brazos fuertes me sujetan y me impiden incorporarme de la cama, aun así, no paro de forcejear.
—Simonetta, cariño, no te muevas. Vas a hacerte daño.
La voz de Cosimo hace que me quede quieta.
—¿Dónde está Iván? ¿Cómo está? Quiero verlo —pregunto angustiada—. ¿Por qué no puedo abrir los ojos?
Intento llevar una mano hacia mi cara, pero algo me lo impide. La otra la tengo apresada bajo el agarre firme de Cosimo.
—Suéltame, por favor —le pido—. Si no puedo ver, por lo menos, quiero poder tocar.
—Espera, quiero explicarte varias cosas antes.
«¿Eh?». Mis alarmas internas se encienden. Y solo se me ocurre una cosa.
—Te lo voy a repetir solo una vez más. ¿Dónde está Iván? —le exijo puntualizando cada palabra.
—Cálmate, Simonetta. Iván está bien, solo tiene algunos rasguños y morados. —Oír eso me relaja—. Ha bajado a la cafetería con Sandra.
Siento que me he quitado un peso de encima. El oxígeno entra mejor en mi cuerpo. Molesta un poco al tomar el preciado aire, pero mi respiración se vuelve tranquila.
—Necesito hacer pis —digo—. Ayúdame a salir de esta cama y, de paso, ábreme los párpados, por favor. Estoy cansada de no poder ver.
—No puedes levantarte. Estás herida y tienes puesta una sonda.
«¿Una sonda? Adiós al sex appeal…».
—Déjate de tonterías. No siento ningún dolor. —Agito mi brazo para que me suelte. Cuando lo hace, llevo mi mano hacia mi cara.
Tengo un ojo inflamado y una especie de apósito recorre la mitad izquierda de mi rostro. Continúo bajando por cuello, pecho y abdomen siguiendo el rastro de vendas que llegan hasta el lateral de mi bajo vientre.
—Antes de chocar, empujaste a Iván. Absorbiste todos los golpes. Un trozo de cristal se incrustó en el lado izquierdo de tu cuerpo. No hay daños graves, pero estarás dolorida por algún tiempo.
Oigo su explicación como quien oye llover. Me centro en lo que me interesa: mi niño mimado está bien. Sin embargo, las palabras cristal y cuerpo tintinean de pronto en mi cerebro.
—¿Me estás diciendo que tengo el cuerpo…, la cara, desfigurado? —pregunto casi al borde de la histeria.
—Le salvaste la vida al chico. Deberías estar orgullosa. Y no, no estás deforme. Solo te quedará una pequeña cicatriz. Lo importante es que estás viva y bien. —Me da un suave beso en los labios—. Escapaste por muy poco. Eres afortunada, Fragola, unos centímetros más y podrías haber muerto.
Su intento de consuelo solo consigue exasperarme.
—No quiero estar bien. Quiero estar perfecta. Quiero estar como antes.
«¡Joder, estoy deforme!». Las palabras de mi padre vuelven a mi mente: «Tu madre iluminaba cualquier habitación en la que entrara. Ella iluminaba mi vida».
Empiezo a hiperventilar. Ella era perfecta, era querida, especial… y yo, ahora mismo, no soy nada.
«Ya nadie me querrá». Mi último pensamiento antes que me desmaye.
La conciencia me reclama poco a poco. Voces se mezclan en mis oídos y decido centrarme en ellas. Los sonidos se van aclarando y las palabras se vuelven nítidas.
—Estoy preocupado, Sandra —la voz de Cosimo suena apagada—. Sé que su aspecto siempre ha sido importante para ella, pero no me esperaba esa reacción. Entró en pánico. ¡Se desmayó! Tuvo un ataque de ansiedad, y todo por una cicatriz… ¡Se desmayó, joder!
—No es solo por la cicatriz, Cosimo. —Mi amiga suena tranquila. A entrado en modo terapeuta—. Netta nunca te habló de sus padres, de su madre, ¿verdad?
—Me los nombró por encima. Me contó que estaban separados. Que su madre se fue cuando eran pequeños.
—Nunca vi a su madre, Verónica, pero por lo que tengo entendido, era una mujer hermosa y muy superficial. Abandonó al padre de Netta y se fue a vivir la vida loca dejando a sus hijos con él. Giorgio la idolatraba y, cuando se marchó, se volvió un ser triste. Aunque era un padre atento, nunca lo dio todo por sus hijos. Vivía para y por el recuerdo de su esposa.
—Esa parte sí la conocía —confirma Cosimo.
—Netta creció oyendo las historias sobre su deslumbrante madre. De cómo llamaba la atención allá donde fuera y cómo la quería su padre. Eso distorsionó un poco su idea sobre el amor. Para ella, belleza es igual a amor. —No me puedo creer que le esté contando todos mis secretos, «no se lo voy a perdonar nunca»—. Personalmente, creo que siempre ha querido parecerse a su madre. Sobre todo si eso le hacía ganar el cariño de su padre.
—Ella no es así. Simonetta nunca abandonaría a sus hijos. Es diferente. Es buena persona —asegura Cosimo—. Piensa primero en los demás antes que en ella misma. Solo hay que verla con Iván. Lo adora.
—Su madre era una zorra, pero al parecer todo el mundo la adoraba al instante de verla —explica mi amiga—. Netta necesita sentirse querida… llenar el hueco que dejó vacío su padre, y piensa que tener un buen físico es la forma de conseguirlo. No sabe que ella es más que una cara bonita y que se gana a la gente por cómo es en su interior.
Sandra empieza a llorar, sin embargo, no siento lástima por ella. Estoy desfigurada, ¡joder! Y en vez de estar buscando como loca un cirujano plástico de urgencia, se dedica a psicoanalizarme y a contarle a la primera persona que he amado de verdad todo lo que yo me negaba a decirle. Mis secretos son míos, no tiene ningún derecho a anunciarlos como quien dice el parte meteorológico.
«Cállate de una vez», pienso. Pero, para no variar, ni llorando lo consigue.
—Al contrario que su madre, Netta tiene un corazón de oro. Su abuelo me contó que su madre era muy guapa, pero que no tenía mucha gente a su lado. Por lo visto, nadie la aguantaba por mucho tiempo. Era muy egocéntrica. —Alguien me acaricia la cara con cuidado de no tocar mi hinchado ojo—. Ojalá se diera cuenta de que no solo es hermosa por fuera, sino que por dentro lo es todavía más. Es por eso que todo el mundo la quiere.
Siento un beso en la frente.
—¿Sabías que su padre se suicidó? —pregunta la metomentodo de mi, ya ex, mejor amiga.
—Me dijo que su padre murió, pero no cómo —contesta Cosimo.
—Recibió una llamada de Verónica en la que le pedía el divorcio. Quería casarse con otro. «El amor de su vida» lo llamó. Giorgio aún conservaba la esperanza de que regresara a su lado, y eso lo destrozó. Todo esto lo sé porque el abuelo me lo contó, quería hacerme entender a su Fragola. Que no la dejara por imposible… —Oigo un ruidoso suspiro—. ¡Cómo si eso pudiera llegar a pasar! Conocerla fue lo mejor que me ha ocurrido en la vida. No solo porque me pagaran los estudios, sino porque ella y su gente se convirtieron en mi familia. Me salvaron de una vida llena de sufrimiento que todavía me persigue, pero gracias a ella, tengo las fuerzas para seguir luchando.
—Yo la conocí siendo niños —murmura Cosimo—. Nunca se lo he mencionado porque no me recordaba. Es lógico, pasaban muchos niños por la heladería para escuchar las historias del nonno Copano… Me acuerdo de ella con total nitidez. Pensaba que era la niña más guapa que había visto y la más inteligente. Siempre estaba con la nariz metida entre algún libro y casi nunca hablaba, pero cuando lo hacía, era para decir algo que me dejaba pasmado. Bueno, a mí y a más de uno. —Se ríe—. Nunca me acerqué porque me sentía culpable de que me gustara una niña más pequeña que yo. Ya sabes cómo son los chiquillos… Sin embargo, siempre procuraba ponerme cerca. Me gustaba leer por encima de su hombro.
—Ya desde pequeño apuntabas a maneras como acosador, Cosimo —se burla Sandra—. Me habría encantado conocerla en aquella época, mi infancia hubiera sido muy diferente.
—A ti también te ignoraría, no te hagas ilusiones.
—Ja, ja, ja. Seguramente estaríamos todo el día peleando, pero sería muy divertido.
«¿Cosimo me conocía? ¿Me vio con los aparatos y el pelo estropajo? ¡Maldito sea por no decírmelo!». Al instante, ya no puedo seguir su conversación. Mi mundo se vuelve negro otra vez.
—Simonetta, espabila. Ya es hora de que te levantes, gandula —Iván reclamándome por algo. Que buen despertar—. Estoy pasando hambre y sabes que estoy en vías de crecimiento.
—¿Qué pasa contigo, chico? Por lo menos espera a que suene el despertador. Hazte unas tostadas o algo —digo, sonriendo—. O mejor aún, métete en la cama conmigo. Te abrazaré por detrás como si fueras un osito de peluche.
Intento moverme y apartar la manta, pero me duele todo el cuerpo. Espera, dolor. Accidente. Hospital.
Abro los ojos y me sorprendo al conseguirlo. Mi ojo derecho no me deja ver mucho, pero el izquierdo funciona con normalidad. Estoy en una habitación de paredes de un color blanco desvaído. Mi niño mimado se encuentra de pie a mi izquierda junto a, un incómodamente dormido en una silla, Cosimo, quien no ha soltado mi mano ni siquiera durmiendo.
—El accidente. ¿Estás bien? —le pregunto a mi vecino—. ¿Hace cuánto que estoy aquí?
—Tres días. Y, sí. Estoy bien. Gracias a ti.
De pronto, Iván empieza a llorar.
—Lo siento, Netta. Si no te hubiera distraído, no estarías aquí, en esta cama. Soy un tonto —farfulla entre lágrimas—. Perdóname, por favor. Perdóname, Netta. Haré lo que sea con tal de que no me odies.
Suelto mi mano de la de Cosimo y la extiendo hacia Iván. Mi novio se despierta al instante.
—¿Qué pasa? —pregunta aturdido—. Simonetta, ¡estás despierta! —añade con entusiasmo al verme con los ojos abiertos.
Mira hacia un lado y saluda a Iván con la cabeza. Al ver la cara del chico, se acerca hacia a mí y me da un beso en los labios con cuidado de no tocar ningún vendaje.
—Vuelvo en un rato, Fragola. —Me vuelve a besar—. Necesito ir al baño.
—Gracias —susurro contra sus labios por su comprensión.
Espero a que salga de la habitación y me dirijo a mi niño mimado.
—No hay nada que perdonar. No es culpa tuya que un conductor haya decidido no respetar la señal de Stop.
—Pero si no te hubiera distraído, habrías estado más atenta.
—Bájate de la cruz, Iván. Si te digo que no, es que no. Los dos estábamos de risas y fiestas en la puñetera moto, no solo tú —lo increpo—. ¿Acaso podías hacer algo? ¿Tienes poderes de los que no tengo ningún conocimiento que te permiten adivinar el futuro?
Niega con la cabeza.
—Deja de culparte.
—No me culpo, pero…
—Pero nada, Iván. Para con esto de una vez —lo reprendo dando por zanjado el tema—. Y ahora, cuéntame algo entretenido. Me muero de aburrimiento.
—Pues la verdad es que tengo una cosa importante que decirte —me confiesa, fijando su mirada en todas partes menos en mí—. Ya no soy virgen —admite con una tímida sonrisa.
—Por el amor de Dios, chico. ¡Felicidades! —lo felicito de corazón. La primera vez (como su propio nombre indica) es una experiencia de un solo viaje que, según como haya sido, te marca el camino de las siguientes veces. Por su expresión, la cosa ha sido muy positiva—. Espero que tomaras precauciones. —Se me ocurre una cosa—. Y que no lo hicieras en mi cama. Sabes que me enteraré y tendré que matarte.
—No. No, Netta —niega horrorizado—. Nunca haría algo así en tu casa. Fue en la mía.
Pero que rico que es mi niño. Yo, a su edad, también respetaba a mis mayores. No obstante, eso no quitaba que desde que le cogía el despiste, metía al novio de turno en mi casa. Más concretamente, en la cama de mi padre. Era la más grande y solo la utilizaba para dormir… No iba a desaprovechar la oportunidad. Ni mi hermano ni yo nos cortábamos un pelo. Es más, nos turnábamos sobre su uso cuando mi padre tenía claustro de profesores.
—¿Y qué otra cosa, aparte de fornicar, has hecho mientras yo he estado casi muerta en este hospital? —le pregunto. No lo hago con malicia, pero incluso yo reconozco el resentimiento en mi voz. Intento enmendarlo—. Quiero decir… ¿Cómo fue?
Me mira horrorizado.
—¡Mal pensado! —lo acuso—. ¿Acaso quieres verme vomitar? Explícame las sensaciones, no el acto en sí.
—Fue una pasada… —me dice y vuelve a rehuir mi mirada—. Por lo menos, lo fue para mí.
Se sonroja, y ese gesto involuntario hace que lo entienda.
—¡Ah! Ya veo… te corriste en menos de lo que dura un parpadeo, ¿verdad?
—¿Cómo? ¿Cómo lo sabes? —me interroga demasiado asombrado como para darse cuenta lo que ha admitido sin querer—. Intenté hacerlo bueno para ella también, pero no pude aguantar mucho.
—No te preocupes por eso, Iván. A casi todos los chicos les pasa la primera vez Con la práctica, se gana el control —le aseguro—. Pregúntale a Cosimo o a Marco para que veas que es cierto.
Sopesa lo que le digo, pero no termina de creérselo. No puedo dejar que su ego salga dañado.
—Hay quien estalla por el simple hecho de ver un buen par de tetas en directo y accesible a sus manos —prosigo.
—Eso sí que no me lo creo —niega con la cabeza, riendo.
—Palabra —juro.
—Bueno… por lo menos, antes de quedar en ridículo, hice que disfrutara —duda—. Eso creo.
—¿Quiere volver a verte?
—Hemos hablado todos estos días.
—Entonces quiere volver a verte. Le gustas, Iván —aseguro—. Deja de preocuparte por el sexo. Imagina que es fútbol. Cuando empezaste no eras muy bueno, ¿verdad? Y ahora eres todo un experto.
Asiente.
—Solo te voy a dar un consejo como mujer: no todo lo que se ve en las pelis porno es cierto. Improvisa, y si tienes alguna duda sobre algo, pregúntale a ella. Es la que mejor te dirá lo que siente y lo que le gusta.
Los siguientes quince minutos los paso escuchando una especie de Oda a la belleza sobre la afortunada chica de la que mi niño se ha enamorado como un tonto. Me alegro, no obstante, me siento celosa. Gracias a mi nuevo look, ya nadie hablará sobre mí de esa manera, como si les gustara lo que vieran. Ya no más adoración para Simonetta. Ya no más de nada…
«Puto accidente», me lamento.
Marco ha venido a verme. Se enteró de mi accidente mientras estaba en uno de sus viajes de fotografía. Por suerte, esta vez no se fue muy lejos.
—Hola, hermanita —me dice al entrar—. ¿Cuándo vas a dejar de darme sustos?
—¿Cuándo vas a dejar de quejarte por todo? —contraataco—. Tienes mala cara. Cualquiera que te viera diría que eres tú el que tuvo el accidente.
—Si hubieras conducido toda la noche después de pasarte casi veinticuatro horas sin dormir vigilando a una familia de linces ibéricos, también tendrías este aspecto.
—Tienes que tomarte unas vacaciones —le digo. Y lo hago muy en serio. Se lo ve cansado y ha adelgazado un poco.
—Eso tendrá que esperar… tengo que estar en un avión rumbo a Brasil en tres horas. Ya sabes:
—Los animales no se fotografían solos —termino por él—. Siempre dices lo mismo, Marco. No eres el único fotógrafo del mundo, quédate un poco más —le suplico—. Casi no nos hemos visto.
—No me mires así, Netta. Sabes que tengo que hacerlo. Me gusta mi trabajo.
—Eres un adicto al trabajo —lo corrijo—. ¿No te doy pena? Estoy convaleciente…
—Sorella35, tus chantajes emocionales dejaron de funcionar conmigo desde que cumpliste los seis. —Se ríe. Me toca con el índice la punta de la nariz—. ¿Estás bien? —me interroga muy serio.
Y como nunca he conseguido mentirle, le respondo con lo único que soy capaz de decir en este momento:
—Lo estaré.
—Si lo que me dices sobre que me quede va en serio, lo haré. —Y estoy convencida de que lo hace. No existe mejor hermano que el mío—. El trabajo puede esperar.
—Estoy deforme, Marco. No impedida —me quejo—. Puedo cuidarme sola.
—Ya veo que el accidente no te ha quitado la capacidad de exagerar…
Le dedico un nada femenino gesto con el dedo.
—Vete tranquilo. Estaré bien. —«Con el tiempo y rompiendo todos los espejos».
—Te quiero, Simonetta. —Me abraza como puede teniendo en cuenta la vía en mi brazo y los vendajes—. Ten cuidado.
Tomando la partida de Marco como ejemplo, he obligado a todos a volver a sus vidas. Así que, mientras ellos trabajan y/o estudian, yo me como la cabeza.
Estoy sola en la habitación del hospital. Sola con mi hiperactiva y caótica mente que no me da ni un momento de descanso. Intento distraerme con cualquier cosa. La tele, una revista, un libro, el Facebook, el Instagram… incluso he hecho un intento de conversación con la enfermera y la limpiadora, pero han pasado de mí, y eso que he hablado de la Pantoja y del Sálvame ese del que todas las marujas hablan, pero me parece que reconocieron que no tenía idea de lo que hablaba. ¡Estoy tan desesperada! Haría lo que fuera por no quedarme sola conmigo misma y no enfrentarme a la realidad. Por desgracia, el cerebro es un órgano que nunca deja que funcionar.
He estado dándole sin parar vueltas a algo en mi cabeza: mi mundo se ha venido abajo a raíz de este accidente. Todas las creencias en la que basaba mi estilo de vida ya no puedo aplicármelas. Y por eso, tengo que romper con Cosimo.
Lo haré hoy mismo. No hace falta demorar las cosas más de lo necesario. Él es demasiado bueno como para atreverse y, al final, acabaríamos juntos por pena. Un sentimiento que no debería ser la base para ninguna relación.
No quiero notar como aparta la mirada de mi cuerpo o como se le va apagando ese destello de deseo en los ojos. Necesito que en su mente me recuerde tal y como era: bonita. Una chica bonita de la cual, tal vez, podría llegar a enamorarse y con la que saldría orgulloso de la mano.
Ahora, todo eso es imposible. Ya no soy esa persona y por lo tanto, ya no hay nada especial en mí. No soy digna de él. Porque, vamos a ser sinceros, nos veríamos fatal juntos: Cosimo, un Adonis rubio, y yo, la raruna de las cicatrices a su lado… la gente pensará que le pago por dejarse ver conmigo, y paso de sentirme aún más humillada.
Así que la decisión final ya está tomada: Adiós señor Olivetti.
¿Es una decisión egoísta por mi parte? Quizás, aunque prefiero pensar que me guía el altruismo.
Cuando el objeto de mis comeduras de tarro entra por la puerta, intento no mirarlo mientras se pasea por la habitación para llegar hasta mi cama, sin embargo, no lo consigo. Al igual que si de dos imanes se tratara, mis ojos buscan su cuerpo, su cara, esa sonrisa que estoy segura que solo me dedica a mí y que es mi preferida. Ese gesto casi me hace flaquear… casi. Porque ese mismo gesto me recuerda lo maravilloso que es y lo mala pareja que haríamos juntos.
—Hola, Fragola —me dice al mismo tiempo que me besa en la mejilla buena—. Llevo todo el día mirando el reloj como un loco. Mi hermana estaba de los nervios y me ha echado de la pasticceria un par de veces. —Se ríe—. Pero como soy buen novio, aunque me daba cosa dejarte aquí sola, he cumplido con la promesa que te hice, y ahora que he terminado mi jornada laboral, he venido a entretenerte y mimarte como te mereces.
Se agacha y me besa en los labios. Me chupa un poco el inferior de esa forma que me vuelve loca y que en otras circunstancias haría que lo tumbara en la cama sin importar quien estuviera presente.
—He estado trabajando en un proyecto nuevo y quiero que lo pruebes. No te lo he traído hasta el hospital porque no quiero llevarme una bronca de los médicos, pero desde que salgas de aquí, tienes que decirme qué te parece —me explica—. Es algo sencillo, pero muy especial y dedicado a ti —añade misterioso—. Espero que te guste.
—Bueno, Cosimo, no te preocupes. No he estado sola todo el día. Iván ha pasado por aquí —le digo, deseando cambiar de tema. Que me haya creado algo en mi honor no es buen pie para una ruptura—. Y bien…, Cosimo, quiero decirte algo.
—Dime, te escucho. —Se sienta en el colchón a mi lado. Me toma de la mano, pero yo se la suelto con la excusa de colocarme el pelo tras la oreja.
—Pienso que deberíamos darnos un tiempo —comienzo—. No sé, no es como si nos hubiéramos jurado amor eterno ni nada por el estilo. Te agradezco que hayas estado a mi lado todo este tiempo, ayudándome con lo de Mónica y eso…, pero no quiero tener nada serio con nadie.
—¿Cómo? ¿Estás bromeando? —pregunta—. Porque si es así, es de muy mal gusto hacerlo sobre este tipo de cosas.
—No estoy jugando —asevero—. Es una de las cosas que más en serio me has oído decir.
Se restriega las manos por la cara, en un claro gesto de nerviosismo.
—Sé que has pasado por mucho durante estos días, Simonetta, pero esta no es la solución. No me apartes de tu lado, por favor —me suplica, y me rompe el corazón.
—Esto —me señalo—, no tiene nada que ver. Hace mucho que venía pensándolo.
—Eso sí que no me lo creo. Estábamos, estamos bien juntos. Me haces feliz. Somos felices —asegura con determinación.
«Por eso mismo quiero dejarte. Ya no podré hacerte feliz», pienso con amargura. Lo amo tanto que me duele, pero es lo mejor.
—No voy a cambiar de opinión, Cosimo.
Se queda callado, no obstante, hay resolución en su mirada cuando me observa. Algo en mi expresión lo exhorta a no decir nada más. Se levanta, me da un último beso de despedida y se va. Cierra y me deja sola con mis lágrimas y mi arrepentimiento.
«¿Qué he hecho, Dios mío?»
En el momento en que la puerta vuelve a abrirse, me encuentro un poco más tranquila. Al contrario que mi amiga Sandra, que entra revolucionada en el cuarto.
—¿Qué coño has hecho? —me ataca—. ¿El choque te dañó el cerebro?
—No estoy para sermones.
—Pues los vas a tener. Cosimo te quiere, Netta, y lo has apartado de ti como si de agua sucia se tratase. ¿Sabes lo preocupado que ha estado?
—Lo siento por él… —De pronto, se me ocurre una idea—. Mira el lado bueno, ya no tendrá que preocuparse nunca más.
—Dime que no has dicho eso. ¿Crees que el sentimiento se anula así sin más? Por supuesto que va a seguir interesándose por ti. ¿No me has oído decir que te quiere? —me lo pregunta como si estuviera loca.
—No estoy sorda —replico, como una niña pequeña—. Y te he dicho que no quiero sermones. Y mucho menos de ti.
—Me da igual. Has hecho algo mal y tienes que oírlo.
—¿Tú me vienes a dar a mí lecciones de moral? —Me río sin humor—. Precisamente tú, la que sabe afrontar de forma madura y racional todos sus problemas. ¿Crees que debería seguir tu ejemplo? No sé, tal vez, salir a follar sin sentido con cualquier tipo que no conozca de nada y que me trate con un mínimo de respeto me ayudaría… A ti te funciona, ¿verdad? Aunque no sé si esa táctica me serviría… más bien, me haría sentir sucia y un poco usada. Pero bueno, esa es mi opinión, hay gente que ha nacido para ser ninguneada. Lo respeto.
Antes de terminar de hablar, soy consciente de que me he pasado de la raya. Yo soy la primera que la apoya en todo y sé los motivos por los que lo hace… Otra cosa más de la cual arrepentirme. La pondré en la lista de las cosas que debieron haber sido diferentes. Ahora ya no hay marcha atrás.
Mi amiga ha palidecido. Se ha quedado muda. Las lágrimas le resbalan por las mejillas.
—No te lo voy a tomar en cuenta porque comprendo por lo que estás pasando…
—Al final va a ser verdad que te gusta que te pisoteen, Sandra. —Le doy la estocada final—. Eres psicóloga, chica, háztelo mirar.
—Que sepas que durante todo este tiempo, nadie, nunca, me ha decepcionado tanto como tú lo acabas de hacer —me dice sollozando—. Ya hablaremos cuando estés más tranquila.
—Espérate sentada. No tengo nada que hablar contigo —la despido—. Ahora vete, por favor.
—Eres una perra, Netta —dice antes de marcharse con un portazo.
La he atacado sin sentido. Ella no se merece que le hable de esa forma, pero es que verla me duele. Seguramente, será otra de las personas que se quede a mi lado por pena, y eso no voy a consentirlo. Porque la dignidad es lo único que me queda.
35 Hermana.