9
Mi ideal de tiempo libre no incluye acampar casi dos días en un hospital aguantando a la madre de mi amiga, una borracha desagradable, pasando por una versión minimizada del síndrome de abstinencia por las drogas contra el dolor que le administraban, pero… es lo que hay. Quise estar allí porque eso es lo que se hace por la familia: aguantar a cabronas insoportables. Solamente por no protestar ante las variopintas y absurdas quejas de Marta, deberían santificarme, y a Sandra también.
Pensaba que volviendo a la rutina del trabajo, me distraería, pero no es así. Hoy amanecí con un cielo gris y húmedo que me acompaña durante toda la jornada, y eso no es bueno para el negocio de los helados. Por suerte, este lluvioso día de primavera ya casi se está acabando.
Estoy sola en la heladería, ya que mi amiga se ha que quedado en casa de su madre para acomodarla. Los pocos clientes habituales que tenemos han huido de esta lluvia intermitente que lleva mojando las calles desde el amanecer. Si a todo eso le sumamos que es martes, poco puedo hacer…
Aún quedan dos horas para el cierre, en las que me temo que el aburrimiento podrá conmigo. Con todo limpio y ordenado, a falta de guardar el género, no queda mucho por hacer…
Me siento en el sofá de mi abuelo y observo las fotos antiguas que todo el mundo piensa que son parte de la decoración (que lo son), cuando en realidad son mucho más que eso. Forman parte de mi vida, y en cada uno de los retratos hay un poco de mí.
Mis ojos vagan por los retratos, pero acabo por centrarme en uno en concreto. Una foto vieja, desgastada por el tiempo, y una de las primeras de Marco: mi padre, sentado en este mismo sillón en el que me encuentro, me mantiene en su regazo, y yo, a mi vez, mantengo apretada contra mi pecho su vieja cartera de cuero… de la cual decía que era de uso obligatorio para todo profesor que impartiera una asignatura tan aburrida como lo hacia él. Enseñaba historia y, aunque se burlara, realmente lo adoraba.
Recuerdo ese día como si fuera ayer porque fue en el que cambió mi perspectiva para ver el mundo. Me cambió para siempre:
Abrí la cartera y saqué de su interior la foto de mi madre que siempre lo acompañaba.
Mi madre era el epítome de la belleza. Pelo y ojos negros, pestañas tan espesas que se notan hasta en esta foto, cuerpo lleno de cuervas… Irradiaba algo sobrehumano, y yo ansiaba con todas mis fuerzas parecerme a ella, aunque solo fuera un poquito. Pero a los trece años, con el pelo rebelde, ortodoncia y gafas de pasta… lo único que salía de mi persona era lástima.
—Papá, ¿soy bonita? —le pregunté deseando que me dijera que era lo más bonito de su vida.
—Sí, nena. Muy bonita.
—¿Tanto como ella? —insistí, señalando la imagen.
Tomó la foto entre sus manos y la observó mientras acariciaba la cara morena de mi madre con el pulgar.
—No, cariño. Siento decirte esto, pero aunque eres preciosa, nunca serás como ella —dijo sonando apesadumbrado—. Tu madre era tan guapa, que todos se giraban a mirarla. Solo era por su belleza, emanaba esa seguridad que suelen tener las personas que saben que son hermosas, que saben que con un simple parpadeo te podían dominar… tu madre iluminaba cualquier habitación en la que entrara. Ella iluminaba mi vida.
Duras palabras para dedicárselas a una adolescente, pero, sin embargo, hicieron mella en mí. Me convertiría en esa madre que no conocí y la superaría. Ella iluminaba las habitaciones… yo las deslumbraría.
No por la gente, sino para encontrar, aunque fuera solo una vez, una persona especial que hablara de mí con la misma adoración con la que mi padre lo hacía de una mujer que lo abandonó con dos niños pequeños. Por recibir la completa aceptación, aunque no me la merezca… para que me amaran con esa pasión desinteresada, para ser parte de alguien y, por fin, sentirme completa.
Lo más gracioso de todo era que, entre la gente que más me adoraba, menos especial me sentía. Porque, ¿por qué no me querían cuando tenía aparato o cuando me sentaba sola en el patio suplicando atención?
Con el tiempo, ser Simonetta la alegre, la fiestera, la popular… llegó a formar parte de mí, como otras de las muchas peculiaridades de mi personalidad a las que me acostumbré a no mostrar a los demás por miedo al rechazo. Solo me permitía comportarme como yo misma delante de mi pequeño grupo secreto: mi abuelo, Marco y Sandra.
No me miraban mal si no quería salir a bailar o a conocer chicos, sino que si me apetecía pasar el día entero en la heladería aprendiendo o leyendo un libro, me apoyaban y me alentaban a hacerlo.
A los años, cuando pude entender los sutiles matices de la vida, supe que mi padre sufría desde hacía muchos años una fuerte depresión consecuencia del abandono de mi madre... estaba obsesionado con ella y no tenía ojos para nadie más, ni siquiera para sus hijos.
Aprendí que no todo es blanco o negro, pero el mal ya estaba hecho. En mi mente, ser hermoso y popular equivalía a que te amaran, aunque, por ahora, nadie había sido capaz de demostrármelo… ¿Cuándo encontraría a alguien a quien amar?
El sonido de la puerta me saca de mis sombríos pensamientos. Levanto la mirada y allí, en la entrada, encuentro a un empapado Cosimo con su nevera colgada al hombro. Lo miro sin hablar, dejándole ver por un instante lo vulnerable que me siento.
—Hola, Simonetta —saluda—. ¿Te encuentras bien?
—¿Alguna vez has deseado algo con intensidad pensando que es lo que te hará feliz, para después descubrir que era todo lo contrario?
Me mira fijamente.
—Sí, Simonetta. Lo he hecho —me contesta y se sienta en una silla en frente de mí—. Por suerte o por desgracia para mí, aprendí bastante pronto que lo que más deseas no es lo que más te conviene o lo que te hará realmente feliz.
Durante un minuto, que se me hace eterno, solo nos dedicamos a observarnos. El silencio entre nosotros es un vacío que se siente cómodo.
—¿A qué has venido, Cosimo? —le pregunto intrigada—. Sé, por una extraña razón que desconozco y que nunca me has explicado, que no soy tu persona favorita. Óscar ha venido esta mañana. ¿Te debo dinero? —lo interrogo—. Es la única solución que se me ocurre para que estés aquí voluntariamente.
—He venido a darte las gracias, que es lo que te quería decir la otra noche en la fiesta —contesta sin negar que le caigo mal—. Tras ver tu reacción a mis dulces, me atreví a no solo servirlos aquí y en mi tienda, sino a llevarlos a varios restaurantes… Han sido todo un éxito. Me han duplicado los pedidos —explica contento—. Eres mi talismán. No me habría arriesgado de no ser por ti.
—¿Y cuál llevaste? —le pregunto sabiendo la respuesta de antemano.
—El mousse de chocolate blanco y crocante de naranja.
Al recordar mi entusiasta reacción, me sonrojo al instante.
—Estaba muy bueno —logro decir.
—Por lo menos eso de que tienes un paladar de oro es verdad… —dice dando a entender que está hablando de la mentira sobre la propiedad de la tienda—. Te he traído algo nuevo en agradecimiento.
Lo veo poner la nevera encima de la mesa, preparándose para sacar lo que se encuentra en su interior.
—Pues a mí me da la impresión que lo que quieres de verdad es que pruebe otro de tus experimentos y te diga qué tal…
—Bueno, eso también —dice, embozando una sonrisa que lo hace parecer aún más guapo—, pero, sobre todo, es por agradecimiento.
—Vale, pero con una condición —accedo—: no estoy de humor para dramas y no me apetece estar sola, así que fingirás lo que nos dure el acabarnos el dulce y un café, que no te soy repulsiva y serás amable conmigo.
—No me das repulsa —replica.
—¿Prefieres café o té? —pregunto ignorándolo. Parece no entender que no estoy para peleas estúpidas ni que tampoco le he pedido explicaciones.
—Café. Solo, con tres de azúcar.
—¿Por qué no te echo el café directamente en la azucarera? Sería más fácil de remover… —digo con una sonrisa mientras me acerco a la máquina—. Chico, de repente me han invadido unas ganas terribles de verte la dentadura… contar tus caries será muy entretenido.
Se ríe. Una risa de verdad. Un sonido ronco, pero feliz. Estoy asombrada.
—¡Eh! Me gusta el azúcar, pero también cuido a mis preciados dientes. No quiero perder mi deslumbrante sonrisa.
—¿Acabas de hacer una broma? —pregunto estupefacta.
—No. He dicho una gran verdad —contesta serio—. Mi sonrisa es preciosa. Ya sabes, eso de «tus dientes son perlas», se inventó por mí…
Y emboza otra sonrisa perfecta. No puedo evitar estar de acuerdo con él… es deslumbrante. Qué pena que no lo haga a menudo.
Solo espero que, pasado este pequeño paréntesis, no acabemos peor de lo que estábamos y pueda disfrutar de más gestos como aquellos.
Miro el reloj asombrada por sentirme tan cómoda hablando de todo con una persona que no puede ni verme y, para mi casi completa estupefacción, con la que la conversación parece fluir sin esfuerzo. Ningún tema es tabú. Hablamos durante lo que parecen horas, aunque solo ha pasado, como mucho, una.
Le he hablado incluso de la relación que mantenía con mis padres, o más bien, de la falta de relación que mantenía con ellos; de mi abuelo, del que recuerda muchos detalles que me hacen reír; de mi hermano y de Sandra.
—Estoy muy cómoda hablando contigo, pero tengo que empezar a recoger —le digo con pereza. Me lo estaba pasando muy bien y me da pena que se acabe—. No hace falta que te vayas aun, sigue comiendo tranquilo. Yo me dedicaré a danzar a tu alrededor haciendo lo mío. Por cierto, ¿cuántos dulces te has comido ya? ¿Tres, cuatro? Ya he perdido la cuenta… esta noche seguro que no cenarás.
—¡Eh! Que no he sido yo solo… me haces sentir como el glotón del barrio. Tú has comido tanto como yo.
—No me lo recuerdes —le pido mientras me paso las manos por el vientre—. Tendré que esforzarme el doble para evitar que estas exquisiteces que me acabas de dar a probar se acoplen permanentemente a mi cuerpo. ¡Ah! Y por si no había quedado lo bastante claro, te odio por ello.
—Las mujeres y sus quejas. Parece que nunca están conformes con nada. Tienes un cuerpo precioso, Simonetta, no creo que unos cuantos dulces vayan a afectar tu metabolismo y hacer que, de repente, parezcas una ballena.
—Olvidas una cosa, Cosimo: somos italianos. O por lo menos, yo lo soy en parte. Italia está repleta de mujeres voluptuosas (que no gordas) que tienen demasiada carne. Es sexi, lo admito, pero a mí no me favorecería nada. Me gusta mi cuerpo tal y como está. Tal vez, algún día, cuando me quede embarazada de mi segundo o tercer hijo me plantearé dejarme un poco. Pero por ahora me encanto a mí misma.
—¿Quieres tener hijos? —pregunta sorprendido—. No pareces de las chicas a las que les atraen las noches en vela cuidando a un bebé llorón y las fiestas del vómito.
—Si los pintas así, ninguna mujer querrá tener hijos nunca. ¡Por Dios, Cosimo! Que negativo que eres… Cuidar un bebé tiene sus cosas negativas, es verdad. Pero lo positivo lo supera con creces. Estoy deseando que pasen dos años y pueda quedarme embarazada. Seré la madre que siempre quise para mí.
Me fijo en cómo me observa y me animo a seguir hablando. Parece que lo he vuelto a sorprender, y sorprender a Cosimo se ha convertido, de repente, en una de mis cosas favoritas.
—No me importaría ver crecer mi vientre poco a poco. Notar como una vida crece dentro de ti tiene que ser una pasada. Estoy convencida de que seré una buena madre. —Frunciendo el ceño, me obligo a puntualizar—: Por lo menos siempre estarme allí para cuando él o ella me necesite. No desatenderé mis responsabilidades.
—Lo dices en serio, ¿verdad? —Cosimo está sorprendido y no puede evitar que su tono lo delate—. Joder, Simonetta, te he juzgado peor de lo que creía. Te pido disculpas. A partir de ahora, si tú quieres, vamos a empezar de cero. No dejaré que mis prejuicios afecten mi percepción de la realidad, y mucho menos en lo que a ti se refiere.
Asombrada y eufórica al mismo tiempo de que por fin haya recapitulado en lo que a mí se trata, le contesto:
—Yo estoy dispuesta a intentarlo, Cosimo. Si no te gusta algo de mí, simplemente dilo. No te aseguro que vaya a cambiarlo, pero por lo menos sabré a qué atenerme contigo. Si te digo la verdad, estoy un poco cansada de nuestra fingida relación cordial.
—No te prometo que vayamos a ser amigos íntimos, pero me intrigas. Como mínimo, quiero tener la certeza de que te conocí sin ninguna sombra delante. Me gustaría formarme una opinión sobre ti que no estuviera empañada por los recuerdos.
—Algún día tendrás que decirme a que recuerdos te refieres. No soy perfecta, lo sé, pero me gustaría que me conocieras por como soy realmente, no por los fantasmas dentro de tu cabeza.
—Tenemos un trato. —Me tiende la mano y la estrechamos sellando el pacto—. A ver, proyecto de nueva amiga, dime qué es lo que haces para bajar todo lo que zampas por esa boca. No es normal estar tan flaca comiendo tanto.
Acepto gustosa el cambio de tema. Soy consciente de que lo está intentando y yo también lo voy a hacer. Voy a respetar mi parte.
—Te agradezco lo de flaca, pero digamos que soy normalita. No hace falta que me hagas la pelota. Ya somos casi amigos, puedes decirme la verdad —le contesto en broma—. Corro todas las mañanas. Me voy a El Retiro y hasta que no le doy, como mínimo, dos vueltas no me voy a casa.
—¿A qué hora es temprano para ti?
—Normalmente estoy en la entrada del observatorio sobre las seis y media de la mañana, pero voy corriendo desde casa, así que corro desde más temprano.
—Yo siempre he sido un corredor nocturno, pero creo que voy a cambiar de horario por una temporada… Si aceptas un compañero de carrera, claro.
—Vale, nos vemos allí. Espero que puedas seguir mi ritmo, no me voy a frenar por ti.
—Hace bastante que no corro en serio, espero no quedarme atrás. Si me ves echando los pulmones por la boca, no te asustes.
Empiezo a recoger lo poco que me queda, ya que había adelantado trabajo durante la solitaria tarde, y Cosimo se coloca a mi lado para ayudarme. Le indico que solo tengo que guardar el género en las cámaras frigoríficas y limpiar las neveras por dentro. Mientras él guarda, yo paso el paño, y en un pis-pas ya está todo hecho.
—Bueno, señor pastelero. Me ha encantado todo, pero ya es hora de irse. Si aún tienes hambre, podemos ir a picar algo por ahí. Yo estoy llena, pero te acompañaré si quieres.
—Si yo como algo tú tamb…
El ruido de la puerta lo interrumpe. La gran figura de Germán irrumpe en el local. Algo que me sorprende, ya que solo hemos hablado unas pocas veces durante estos días pasados.
—Netta, cariño, ¿ya has acabado? Pasaba por aquí cerca y se me ocurrió darte una sorpresa y venir a buscarte.
Se acerca y me da un cariñoso beso en la mejilla.
—Hola, te recuerdo de la fiesta de Óscar. —Mi guapo casi-amigo con derechos saluda amigablemente a mi recién proclamado casi-amigo formal—. Soy Germán.
—Cosimo —le contesta—. Yo también te recuerdo. Trabajas en el Diamond, ¿no?
—Bueno, no solamente trabajo allí, en realidad, soy el dueño —dice Germán—, vente a tomar algo cuando quieras. Estás invitado.
—Creo que aceptaré tu ofrecimiento. Has conseguido algo bueno con ese sitio. Me encantó el ambiente —accede, aunque me suena falso. No sé… tal vez me lo esté inventando, pero noto a Cosimo raro. No natural.
—Gracias. Me costó mucho trabajo el dejarlo como yo quería. Los contratistas de hoy en día no saben seguir muy bien las instrucciones. —Se gira hacia mí—. Nena, ¿te queda mucho? He aparcado en doble fila.
—Ya he acabado, pero pensaba ir a cenar con Cosimo.
—No te preocupes por mí. Creo que no me va a entrar ningún alimento más en el cuerpo —interrumpe y me dedica una sonrisa que me resulta todavía más falsa que sus palabras anteriores—. Vaya a divertirse, señorita.
Se acerca y me da un beso en la mejilla contraria a la que ha besado Germán. Le dice adiós y abre la puerta.
—No olvides nuestra cita de mañana.
Sale y cierra tras de sí, dejándome apenada por no haber insistido más en que se quedara y cenara conmigo.
Tengo al lado a un hombre que con cada mirada que me dedica me promete diversión y sexo sin límites, y yo me siento aturdida, porque lo que de verdad me apetece hacer es salir y hablar con el huraño y extraño hombre que se acaba de marchar. Un hombre que cada vez me tiene más y más fascinada.
Al oír el click de la cerradura, me giro hacia mi inesperado visitante que se encuentra observando con detalle todo lo que le rodea.
—Me encanta el local, Netta —dice—. Pero, si me permites una sugerencia, ese viejo sillón no pega con la decoración.
Por ahí sí que no paso. La butaca de mi abuelo es intocable.
—Menos mal que no he pedido ni necesito tu opinión —le recrimino—. Me importa bien poco si pega o no. Lo tengo por motivos sentimentales, lo demás da igual.
—Perdona, mujer. No lo dije en mal sentido, es solo el que su color no parece concordar con todo lo demás… —se disculpa—. Yo también mantengo algunas cosas viejas de las que no me apetece deshacerme.
Me abraza y me pega contra su cuerpo al mismo tiempo que comienza a mordisquearme el cuello. Va demasiado rápido, y no me siento cómoda. Es verdad que normalmente soy más lanzada y que en otras circunstancias le daría la bienvenida a mi cuerpo con los brazos (y las piernas) abiertos. Sin embargo, parece que hoy no es uno de esos días.
Me despego de Germán con la excusa de ir a buscar mi bolso y me dirijo a mi oficina. Al ir a apagar mi ordenador, me doy cuenta de que tengo un correo entrante. Es de Cosimo. Lo ha tenido que enviar desde el móvil.
De: theoc@gmail.com
Para: fresasimonetta@gmail.com
Asunto: Nueva amiga.
Solo decirte que me alegro de haber pasado esta tarde hablando y comiendo contigo. Eres una persona interesante, Simonetta. Ha sido para mí una grata sorpresa el poder llegar a conocerte mejor durante este pequeño rato juntos.
Besos, Cosimo.
P.D. No olvides que mañana tenemos una cita. No te acuestes tarde, tienes que conservar todas tus fuerzas para la carrera matutina.
Me acabo de quedar patidifusa. Ya no más saludos, ahora me envía besos. Estamos mejorando.
Vuelvo al comedor y veo a Germán mirando las viejas fotos en la pared.
—¿Ves algo por lo que quejarte? —le pregunto de forma maliciosa.
—¿Esta eres tú? —Señala una foto en la que se ve a una versión mucho más joven y desaliñada de mí leyendo y evitando el objetivo de la cámara con gesto avergonzado. No es mi mejor foto, lo admito, pero es una de las primeras de Marco y se merece un sitio en mi pared de los recuerdos.
Asiento con la cabeza.
—Has cambiado mucho. Te has convertido en una mujer espectacular, Netta. —Se gira y me acaricia la mejilla con suavidad—. El patito feo se convirtió finalmente en un hermoso cisne. Eres deslumbrante. Me deslumbras.
Y, por fin, oigo las palabras que siempre he querido oír. No obstante, por raro que parezca, no siento satisfacción al escucharlas, sino vacío.
«No siempre lo que quieres es lo que necesitas», repito para mí. Lo acabo de descubrir, y la confusión que noto en mi interior me desborda. Me pregunto si mi madre, alguna vez, se habría sentido como yo en este momento. Por un instante, me replanteo mis antiguas creencias. «¿Es malo querer ser algo más que una cara bonita?».
Paseo mi mirada por las fotos y me cruzo de frente con una imagen de mi padre, y recuerdo su tono de adoración cuando hablaba de ella y su belleza. «No. No es malo», me contesto. «Visualiza tu objetivo, Netta. El verdadero amor solo se encuentra si eres hermosa. No te conformes con menos».
—Llévame a tu casa, Germán —le pido, embozando mi pose más coqueta y sensual—. Tengo ganas de divertirme.