26

Al final, tanto drama para que me dijeran: «la paciente sigue estable. Están prohibidas las visitas. El médico hablará con usted mañana por la mañana, cuando termine sus rondas».

«Por cierto, gracias por el susto, simpática enfermera.», pienso al verla marcharse y dejarme sola en medio de la nada.

Mirando al suelo, me fijo en todas esas líneas de colores marcadas en las baldosas. Me siento como una muy perdida Dorothy, a la que le han marcado varios caminos con los cuales encontrar la ciudad Esmeralda y no llega a decidirse por ninguno.

Tras pensarlo con detenimiento, me decido por seguir el rastro del rojo. Es mi color favorito. Está bien, no es una decisión muy meditada, pero el color me atrae. Y no tengo la cabeza para rollos psicológicos en este momento. Me dejo llevar.

Camino durante un ratito sin levantar la cabeza del suelo. Sé, porque veo sus zapatos, que me cruzo con otras personas, sin embargo, o están tan distraídas como yo o simplemente siguen el camino correcto, porque nadie me detiene.

Llego a una puerta que dice: Hazte donante. Y no me lo pienso. Entro y una enfermera muy simpática (y esta vez lo digo de verdad) me tiende un cuestionario que recojo con fervor. Esto mantendrá mi mente ocupada por un ratito.

Sífilis: no, gracias.

Convulsiones: no.

Epilepsia: no. (Puedo ir a la Disco sin que me dé un chungo).

Enfermedad de Chagas: la dejo aparte para que me expliquen de qué va eso.

Sida: no.

Diarrea: no. (Pero ahora que lo dice, me siento el estómago un poco suelto).

Rabia: No. (La espuma en la boca no me sienta bien al look).

Tatuajes o piercing: (por ahora) no. (Aunque va siendo hora de que modernice mi cuerpo).

Le entrego el formulario completo y al darle el visto bueno, le tiendo mi dedo índice para que me lo pinche. Todo ok. Vamos a donar.

Me recuesto en uno de esos butacones tan cómodos. Cierro los ojos, me relajo y dejo que me hagan lo que sea. Mientras me dejen descansar un ratito, no me quejaré por nada.

Al volver a abrirlos, me encuentro con la enfermera de pie a mi lado.

—Hola, bella durmiente —me saluda.

—¡Oh! Lo siento… —respondo azorada, restregándome los ojos perezosamente—. ¿Cuánto tiempo he dormido?

—No te preocupes, no ha sido mucho. —Sonríe—. Parecía como si lo necesitaras, así que decidí dejarte descansar un poco.

—La verdad es que no sabía que estuviera tan cansada. —Compruebo el reloj y me fijo en que son más de las cuatro de la mañana—. Aunque no me extraña nada que haya caído en coma… ¡Es tardísimo! Tienen que estar preguntándose en dónde me he metido.

—Eso se debe a la falta de estímulos. La adrenalina ha abandonado tu sistema y el cansancio ha ganado terreno —me explica con voz dulce—. Si quieres, puedes quedarte un poco más. No es como que estés ocupando un sitio que haga falta. No es que haya una fila de gente para donar. Bueno, ni a esta hora ni a ninguna… —comenta.

—Espero que mi pequeña aportación sanguínea sirviera de algo —le digo, consciente de que este servicio vital se mantiene gracias a las donaciones voluntarias.

—Toda ayuda es poca y bienvenida. Míralo así, tal vez tu sangre ayude a salvar la vida de alguien algún día. —Esta mujer es reconfortante. Parece tener solo las palabras adecuadas en cada momento—. Además, tus ronquidos han puesto algo de salsa a la sala. Yo misma corría el riesgo de caer rendida sobre el escritorio en cualquier momento.

—Yo no ronco —digo a la defensiva, pero sin sentirme ofendida en lo más mínimo e incorporándome en el asiento—, tan solo respiro fuerte. Es un problema genético y tal…

—Respiro fuerte, dice —se burla jocosa—. Cuando te veas en YouTube, comprobarás que eso que salía de tu boca se asimilaba más al bramido furioso de un búfalo que a un problema de genes… Serás un éxito, ya verás. Incluso harán poli-tonos con tus berridos.

Me rio con ganas. Esta señora me cae bien. No obstante, el deber me llama, y Cosimo e Iván tienen que estar comiéndose las uñas por la preocupación.

—Encantada de haber hablado contigo…

—Alicia.

—Encantada de haberte conocido, Alicia, pero no puedo esconderme aquí para siempre. Y créeme cuando te digo que, en estos instantes, unas vacaciones indefinidas me encantarían —le digo—. Es hora de enfrentarme a la realidad, a poder ser, llevando conmigo un café extra fuerte, a reventar de leche condensada, un pegote gigante de nata por encima y cacao.

—Si consigues uno de esos por aquí, acuérdate de mí y tráeme uno… o tres —me dice con sorna. Me tiende un zumo y lo que parece ser algún tipo de bollería industrial—. Por ahora, confórmate con esto. Cómetelo. No quiero que te desmayes por mi culpa en medio de tu expedición en busca del café perfecto.

Acepto la pequeña botella de vidrio con gusto. De repente, siento la garganta seca y la boca pastosa. Seguramente de dormir como un tronco y con la boca abierta. Me lo bebo con gusto y gula, pero el dulce indeterminado lo dejo tranquilo. No quiero arriesgarme a pillar un dolor de estómago.

De un solo movimiento, me pongo de pie, y un mareo me sobreviene.

—¡Alto, chica! —me ordena Alicia con una voz de mando contraria a su aspecto dulce y cándido. Quién iba a decir que una mujer con este aspecto maternal y de oso de peluche podría imponer tanto respeto—. Tienes que levantarte poco a poco. Tu organismo tiene que acostumbrarse a que ha perdido sangre.

Lo vuelvo a intentar (esta vez, a cámara lenta) y consigo mantenerme de pie sin problemas, pero no me muevo. La parte trasera de mis piernas pegada a la butaca.

—Por lo que veo, estás ansiosa por dejarme sola —me dice entre risas.

—¿Tanto se me nota?

—¿Mal día?

—Mala noche —respondo—. Aunque me temo que lo que me queda por delante será peor.

—No digas eso, mujer. ¿No te sabes el dicho: hay solución para todo menos para la muerte? —me dice en un intento por animarme—. Trabajando aquí, he visto de todo. Personas hundidas, gente optimista; situaciones desesperadas que al final se han arreglado, y otras que no tenían arreglo, pero se han sabido llevar igual de bien.

»Mientras a las personas les quede un aliento por el que luchar, no hay pérdida ni final.

—Si todo dependiera de mí, sería más optimista. Sin embargo…, no está en mi mano. Yo tan solo puedo sugerir e insistir. No es que eso sea de mucha utilidad.

—Pero piensa un cosa, ¿qué pierdes por intentarlo? —inquiere—. El «no» ya lo tienes, no pierdes nada por tratar de cambiar las cosas. Que nadie te pueda acusar de no haber dado todo de ti. Y aunque no lo consigas, te puedes acostar por la noche con la conciencia tranquila porque hiciste todo lo que estuvo en tu mano.

—No quiero decepcionar a nadie. Iván depende de mí —pienso en voz alta.

—Estoy absolutamente segura de que ese tal Iván sabe lo que te preocupas por él y lo mucho que te importa su felicidad. Tan solo el que te hayas ofrecido a arreglar las cosas dice mucho de ti como persona, y ese chico lo sabe. No lo vas a decepcionar por algo que, como tú dices, no depende de ti.

Esa es una gran verdad. No sé si lo conseguiré, pero que nadie diga que Simonetta Copano no da el 100% de sí misma en todo lo que emprende. No voy a defraudar a nadie siendo negativa. Y si Mónica no se ingresa, seguiré ayudando y apoyando a mi niño mimado en todo lo que pueda. Le demostraré que siempre podrá contar conmigo.

—Muchas gracias, Alicia —le digo, besándola en la mejilla—. Deberías de tener un consultorio, se te da muy bien esto de guiar a los perdidos.

—Dar consejos es muy fácil, lo difícil es aceptarlos. Suerte.

Con un gesto de la mano como despedida, me voy. Regreso a la zona de guerra sin miedo. Me siento preparada para lo que sea.

En la sala de espera, me reciben caras largas y ojos cansados y tristes. Por lo menos así lo hace mi novio, aunque estoy segura que si Iván no se encontrara dormido con la cabeza doblada en un ángulo que parece bastante incómodo, también lo haría.

—¿Dónde coño has estado? —me recrimina Cosimo sin levantarse del asiento—. No teníamos ni idea de dónde estabas ni forma de comunicarnos contigo. Te dejaste el teléfono cuando fuiste a hablar con la enfermera. ¿Para qué coño lo quieres si no lo llevas contigo?

—Lo siento —le digo compungida—. Fui a donar sangre y me quedé dormida sobre la camilla.

Su rostro se relaja. Me empuja hasta su regazo y me abraza.

—No. Perdóname tú a mí. Estaba preocupado. Estábamos preocupados —se corrige. Acerca su boca a mi oreja y me susurra—: Iván estaba como loco. No dejaba de mirar a través del cristal y de preguntar por ti a la chica de recepción. No creo que sea conveniente que te alejes mucho de su lado en estos momentos.

—Joder… soy de lo peor —me recrimino hablándole de igual manera, pegándome a su oído—. Él sufriendo, y yo como un tronco.

Me acaricia el cuello. Hociquea el hueco detrás de mi oreja y me besa.

—No te vuelvas loca. Hasta el más fuerte sucumbiría, y tú has pasado por mucho en poco tiempo —me disculpa—. Ahora, acércate al chico y dedícale alguno de esos mimitos tuyos. Ya verás cómo se tranquiliza al ver que ya estás aquí sana y salva.

—No me gustaría despertarlo. Necesita descansar todo lo posible.

—Eso es verdad. Pero me apuesto lo que sea a que si lo despiertas, le estarás haciendo un favor a largo plazo. La tortícolis es bastante jodida. Te lo digo por experiencia. —Me dedica otra de mis amadas sonrisas—. La padecí una vez y parecía una pobre y dolorida imitación de Robocop. No podía ni mear sin que pareciera que me estaban clavando un puñal en el cuello por culpa de los movimientos de cabeza involuntarios que hice al ir a bajarme la cremallera.

Imaginarme al pobre Cosimo de esa guisa hace que me relaje, y consigo reírme aplastando la cara contra su pecho para amortiguar mis carcajadas. ¡Dios, como lo amo! Incluso en momentos como estos, hace o dice algo para hacerme sentir bien, feliz… afortunada por tenerlo a mi lado.

—Tienes razón —le digo al tiempo que me levanto de su regazo y me siento en una silla pegada a la de Iván—. No quiero que sienta más incomodidad de la necesaria. Ya tiene bastante con tener la mente echa un lío, no quiero tener que preocuparme también por su cuerpo.

Con suavidad, manejo el inconsciente cuerpo de mi niño y le muevo el tronco superior hasta mi regazo.

—¿Netta? —pregunta aún dormido y con un toque de ansiedad en su voz.

—Shhh. Sigue descansando. Estoy aquí. No me iré a ninguna parte.

Pasa un brazo alrededor de mi pierna, como si de una enredadera se tratase. Como si quisiera asegurarse que no me escaparé de su lado. Entierro los dedos por su pelo, acariciándolo como cuando era pequeño. Lo oigo suspirar y vuelve a dormirse profundamente.

—Yo te cuidaré, Iván.

Me despierto aturdida y con dolor de espalda. Siento mi almohada mucho más dura de lo normal, y el cuello, en consecuencia, lo tengo tenso y dolorido. No quiero abrir los ojos para no perder el sueño. Intento desperezarme y rodar sobre mi cama para encontrar otra postura lo bastante cómoda para que me lleve de vuelta al país de los sueños, pero parece ser que las sábanas se han enredado entre mis piernas porque no puedo moverlas. Estiro los brazos, y mi codo choca contra algo.

—¡Ay, joder!

Asombrada por la queja masculina, intento abrir los ojos. Al hacerlo, comienzo a parpadear sin parar y empiezan a caerme lágrimas debido a la fuerte luz. Estoy confundida. No recuerdo haberme dormido sin apagarla ni tampoco acostarme con Cosimo esta noche.

Creo que salí y bebí demasiado. Siento la mente demasiado embotada, los recuerdos confusos.

Cuando por fin consigo mantener la mirada fija sin que me duela, la enfoco en lo que me rodea. No estoy en mi casa, ni siquiera en la de mi limón, estoy en una sala de espera. Paredes de un blanco descolorido me saludan, mi almohada no era tal, sino el hombro de mi novio; sábanas no se arrejuntan a mis pies, lo que me impide el movimiento es el cuerpo casi inmóvil de mi joven vecino.

Los gritos de Iván, Mónica inerte y desnuda en el suelo del salón de su casa, el RCP, la ambulancia, el hospital… no ha sido una pesadilla. Todo ha pasado, y ahora nos encontramos los tres aquí esperando a que nos den una actualización de su estado.

Enredo los dedos a través del cabello de mi niño y suspiro con fuerza. Ladeo la cabeza y la vuelvo a apoyar en Cosimo. Nada más tocar la tela de su camiseta, doy un respingo. La tiene toda mojada. He vuelto a llenarlo con mis babas… otra vez.

—Tienes que ir a casa a cambiarte —le susurro, fijándome en la gran mancha de humedad que recubre su blusa en la zona del hombro y del pecho.

—¿Estás de broma? —me pregunta en el mismo tono de voz—. No voy a dejarlos solos aquí. Me da igual la camiseta.

—Tal vez quieras darte una ducha —le digo, intentado darle una salida cómoda por si desea irse. Al fin y al cabo, esta no es su lucha, ¿no?

—Me quedo —dice con rotundidad, levantándome la cara para enfrentarme y que pueda ver la determinación en su rostro—. Me voy a quedar y no hay discusión que valga… no lo hago solo por ti. Iván también me importa.

Su determinada mirada del tipo no voy a volver a repetirlo, me calienta el corazón. En el fondo (y en la superficie), quiero, necesito, que se quede a mi lado.

—Me alegro de que estés aquí, Cosimo. Todo es más sencillo y llevable contigo apoyándome —admito con timidez. Cosa que espero que disimule el estar hablando en murmullos para que el chico no se despierte. Me sacudo el momento tierno y digo embozando una pícara sonrisa—: Te daría un beso mezcla de agradecimiento y buenos días, pero creo que ya tienes demasiada de mi saliva en tu cuerpo. —Le doy suaves golpecitos con el dedo en la zona húmeda para que sepa de qué le hablo—. Da gracias que no me huele mal el aliento…

—Tu halitosis mañanera es lo que menos me preocupa en este momento.

Y me lo demuestra besándome con lentitud. Explorando mi boca con su lengua. Diciéndome sin palabras todo lo que siente por mí.

Es extraño como, antes de Cosimo, un beso era un simple intercambio de fluidos. Algunos buenos, otros no tanto. Algunos húmedos, otros secos; un preludio para el sexo o simplemente un juego… Con Cosimo, es todo eso y más. Es sentimiento, es placer… lo es todo. Hace que me olvide de donde estoy y de lo que me espera. Consigue que me centre en él y solo en él como si fuera el centro de mi universo. «Y tal vez se esté convirtiendo en eso».

—Si ya terminaron con el besuqueo, me gustaría levantarme y desperezarme un poco. —La voz soñolienta de Iván hace que nos separemos con una sonrisa—. Por cierto, eso sigue siendo asqueroso.

Mi chico, haciendo uso de su energía habitual, se levanta de un salto y comienza a estirarse al mismo tiempo que nos dedica un gran bostezo.

—Tengo hambre —nos dice.

—Qué raro en ti —le contesto.

Compruebo mi reloj y veo que todavía es muy pronto. A esta hora me estaría preparando para ir a correr o teniendo sexo mañanero… y aunque no ha pasado ni un día, ya añoro volver a mis viejas rutinas.

—¿Por qué no nos acercamos a la cafería y tomamos algo? No me vendrá mal algo de café. Con suerte, tendrán algo comestible también.

—De acuerdo —dice Iván.

—Buena idea —responde Cosimo—. Me siento hambriento.

Vamos hacia la cafetería del Hospital y nos sentamos a engullir todo lo que hemos pedido. Mi niño mimado parlotea sin parar sobre todo y nada entre masticar y masticar. Tras tragar el primer sorbo de café (el que mi cuerpo parece absorber antes de darle la oportunidad de viajar hasta mi estómago y dirigirlo directamente hacia mi cerebro), mi mente se activa. Iván parece demasiado alegre y optimista después del día que tuvo ayer. A ver, alabo su actitud, ser positivo es bueno, pero no lo veo coherente. Y mucho menos al recordar sus lágrimas y sus gritos. Nadie cambia tan de repente de Gruñón a Feliz, y mucho menos en estas circunstancias.

Espero hasta que lo veo tragar el último pedacito comestible en su plato para comenzar a hablar.

—Iván, ¿cómo te sientes con todo esto? ¿Estás bien?

—Sí —responde demasiado rápido para mi gusto—. Me encuentro bien.

—Me extraña que estés tan manso —le confieso—. No me parece normal.

—No te preocupes. Me siento tranquilo porque ya sé a qué atenerme —me explica sereno, y al ver mi cara de confusión, sigue diciendo—: Cuando hoy le den el alta y regresemos a casa, ya sabré qué hacer. Podré cuidarla mejor y no volverá a estar tan mal. No dejaré que ocurra.

Siento tener que romper sus ilusiones. Pero como dice el dicho: no hay mayor ciego que el que no quiere ver. E Iván no solo está ciego, sino también sordo.

—Cariño —empiezo con suavidad—. No me entendiste, o a lo mejor no me oíste cuando lo dije: van a dejar a tu madre ingresada durante una temporada. Tu madre sufre una grave malnutrición, tuvo una sobredosis… Eso no se cura de un día para el otro.

Le doy un apretón en la pierna a Cosimo por debajo de la mesa en busca de su apoyo moral y físico. Tocarlo me relaja.

—Hoy el médico hablará con nosotros y nos dirá qué es exactamente lo que le ocurre, en qué consistirá el tratamiento y la duración del mismo. —Mientras Cosimo le habla, ver como sus ojos vuelven a encharcarse me desarma—. Mira el lado bueno, aquí estará controlada y se recuperará más rápido.

—Todo esto es por mi culpa —dice el adolescente que tengo en frente y que ahora, y por la expresión grabada en su cara, se asemeja más a un niño. Un niño sufriendo.

—¿Por qué vuelves otra vez a lo mismo? No es culpa tuya. Para ya de una vez.

—Entonces, si no soy yo, que soy el que debería estar cuidándola, ¿quién la tiene?

—Nadie y todos —respondo con sinceridad—. La familia que no estuvo a su lado aun sabiendo que ella estaba enferma, tú y yo por taparla durante todos estos años, e incluso el administrador tiene parte de culpa, tenía que olerse que algo no iba bien con Mónica y no dijo nada. Cada uno de nosotros, por una u otra razón, ha sido partícipe en todo esto.

»No te amargues pensando en cosas sin sentido. No vale la pena y te meterás de lleno en un círculo vicioso de dolor y remordimientos. Por mucho que queramos, no se puede cambiar el pasado.

—Tienes que concentrarte en hacerlo mejor en el futuro —habla Cosimo—. Nos queda un duro trabajo por delante. Tenemos que conseguir entre todos que tu madre ingrese en esa clínica, pero para eso, primero tiene que estar fuerte físicamente.

—¿Crees que accederá a internarse? —me pregunta Iván, y estoy segura que en su interior brilla la esperanza.

Embozo mi mejor sonrisa y le respondo segura:

—No vamos a tener mejor ocasión para comprobarlo.