22
Ya de vuelta a casa, mi cuerpo comienza a relajarse. La adrenalina laboral por fin ha abandonado mi cuerpo y empiezo a sentir los estragos del día envueltos en forma de extenuación extrema.
Me doy un largo y nada ecológico baño mientras viejas baladas del rock me arrullan. Lo único que enturbia mi momento de relax es el sonido de los mensajes entrantes a mi móvil.
«Ya sabía yo que se me olvidaba algo», me lamento. Pero estoy demasiado cómoda como para levantarme y silenciarlo.
Cierro los ojos y me dejo llevar por los acordes de When you came into my life, de Scorpions, y por la imagen que esa canción me evoca: Cosimo.
Me despierto, aún dentro de la bañera, que ya no tiene nada de agradable o relajante. El agua está helada, y yo con ella —si fuera un hombre, me volvería ergonómico como los pájaros. Lo que viene siendo que el pene se me escondería dentro del cuerpo—, sin embargo, no me despierto por eso. Lo hago por el ruido sordo de un repiqueteo que mi estado de embotamiento mental me impide identificar. Solo sé que me ha despertado y que lo odio.
Me doy cuenta demasiado tarde que el molesto sonido proviene de mi teléfono y que alguien me está llamado.
—Como sean las chicas borrachas perdidas las que llaman, las mataré —me quejo a mí misma. Aunque pensándolo mejor, tal vez me han salvado de morir ahogada en la bañera. Tendré que comprarles un regalo. Algo así como una taza que diga: «Gracias por impedir mi muerte prematura. Eres una gran amiga».
Me acerco desnuda, chorreando agua por todo el suelo y muerta de frío, hasta el dichoso móvil que he dejado encima del lavamanos y contesto tiritando sin ni siquiera preocuparme por quien lo hace.
—Sandra, no voy a salir. No insistas —digo sin saludar al interlocutor—. Lo único que me apetece es meterme en la cama y dormir hasta mañana.
—Hola, Fragola —la voz de Cosimo me espabila al instante—. Te he estado enviando mensajes. Mi hermana me ha dicho que al final no salías y estaba preocupado. No es propio de ti perderte una juerga, y mucho menos si es idea tuya.
—Sí, bueno… no hay nada por qué preocuparse. Solo estoy cansada. No me sentía con ánimos de salir —contesto—. Es más, tengo que agradecerte por esta llamada, es posible que me hayas salvado de padecer hipotermia. Me había quedado dormida dentro de la bañera —le confieso al tiempo que agarro una toalla y comienzo a secarme como buenamente puedo con solo una mano libre.
—¿Por qué no me avisaste? Podríamos haber cenado juntos.
—Creí que habrías hecho tus propios planes —me disculpo, apagando la música—. Además, cené una hamburguesa con Iván al salir del trabajo. Estaba un poco de bajón, e intenté animarlo. Para cuando llegué a casa, lo único que me apetecía era sumergirme en agua caliente. Necesitaba descanso y relax, y… ¡vaya si lo conseguí! —Me río—. Si mi bañera fuera más profunda, ya no tendrías novia. Me habría ahogado mientras dormía plácidamente, y cuando alguien me echara en falta, encontrarían mi cuerpo arrugado como una pasa en el fondo.
El sonido del timbre me hace dar un respingo. Me aparto el teléfono de la oreja y compruebo la hora. Me sorprendo al ver que es mucho más temprano de lo que creía en un principio, tan solo son las diez de la noche.
No espero a nadie, así que asumo que quien está ante mi puerta será mi niño mimado que viene a buscar algo o a, simplemente, molestar. Cuando se encuentra aburrido, le entretiene venir a casa y fastidiar mi descanso con alguna serie molesta de pocos diálogos, muchos tiros, cuerpos perfectos y mucha testosterona, con la que me acabo quedando tronqui apoyada en sus muslos y teniendo sueños en los que soy una especie de Lara Croft con súper poderes y mejor gusto al vestir.
—Espera un segundo, limón —le pido. Dejo suelto el móvil y me enrollo una toalla alrededor del cuerpo—. Están llamando a la puerta. Seguramente será Iván que viene a arrasar mi nevera. Por cierto, hoy me ha dado una maravillosa noticia —le comento al tiempo que me dirijo a la entrada.
—Deja de hablar y ábrele al pobre. Ya sabes lo que sufre un adolescente hambriento —se burla.
Corro a abrir y, al hacerlo, me encuentro de frente con Cosimo y su sonrisa contagiosa.
—¿Siempre abres así la puerta? —me pregunta, comiéndome con la mirada—. Porque si es así, no me extrañaría nada que fueras la vecina más popular del edificio.
—Voy decente —me defiendo señalándome la zona del pecho y del pubis cubiertos con la toalla. Aclarando, con ese gesto, que no enseño nada—. Además, pensaba que era Iván, y para él soy como su madre. No me mira de forma sexual.
—Me parece que no voy a colgar —murmura todavía en el quicio de la puerta—. Esta llamada se ha puesto la mar de interesante.
—De acuerdo. Pues volveré a cerrar dejándote fuera —añado malvada—. Lo bueno de esta clase de aparatitos es que no hace falta estar uno en frente del otro para comunicarse por ellos.
—Eso ha sido cruel. Si no puedo ver cómo se te cae esa toalla, se acaba casi toda la diversión —se queja, dándole de forma exagerada al botón de colgar—. Ya que has frustrado mi actual fantasía sexual sobre tener sexo telefónico, en vivo, con la mujer de mis sueños contoneándose delante de mí, ¿me dejas entrar o me doy media vuelta y sexteamos25 un ratito?
Cosimo no ha regresado a mi casa desde aquel día en el que también acudió de improviso. Me aparto y le hago un gesto para que entre. Al hacerlo, cierra la puerta a su paso, se detiene y me da un sonoro beso en los labios.
—Ya sabía yo que me dejarías pasar. En el fondo eres buena persona.
—Alguien ha estado viendo un maratón de El club de la comedia —comento con sarcasmo.
Cosimo me abraza con fuerza, y siento su risa en el hueco de mi cuello, su aliento sobre mi piel que se vuelve de gallina ante su contacto.
—¿De verdad que estás cansada —me tantea, besándome el cuello, las mejillas, el mentón y acariciándome la base de la espalda. Su toque no pide segundas intenciones. Más bien, parece como si necesitase de mi contacto. Como si hubiera echado de menos tocarme, tenerme entre sus brazos—, o te ha podido la presión? No te culparía por ello. Las cosas se han vuelto muy reales. Desde esta mañana, ya todo es un hecho.
Estoy convencida de que no se refiere solo a la visita a la clínica, sino que esa pregunta incluye también la parte de ser una pareja.
Decido ignorar ese punto y concentrarme en el presente.
—Hoy tuve muchísimo trabajo. Sandra libraba y me tocó hacer de todo —le explico—. Nada más llegar, empecé a preparar los helados para el día hasta la hora de abrir. Bueno… a eso estoy casi acostumbrada, lo que me sorprendió fue la oleada de gente que entró. Fue un no parar.
—Tienes que estar agotada. ¿Quieres que me vaya? Podemos vernos mañana —sugiere.
—¡No! —la tajante negativa sale de mi boca antes incluso de que mi cerebro registre la pregunta—. Quédate —respondo más tranquila—. No te aseguro que sea una compañía muy conversadora, pero si no te importa que vegete mientras te abrazo, me encantaría que estuvieras aquí conmigo.
—Entonces, me quedo —sentencia—. Prefiero verte dormir que no verte en absoluto. Me he acostumbrado a pasar las noches contigo.
Al escucharlo, mi cuerpo se tensa de forma involuntaria.
Es verdad que desde aquella primera vez hemos dormido juntos todas las noches… en su casa. Lo hacemos cada uno en su lado de la cama, respetando nuestro espacio, conmigo apropiándome de la ropa de cama y solo unidos por mi pie encima del suyo. Cierto que, a lo largo del sueño y no sé cómo, acabamos entrelazados y con el pecho de Cosimo lleno de mis babas —de las que no se ha quejado ni una vez y de las que, ya pasado tanto tiempo, no me avergüenzan… tal vez un poco sí— y he llegado a verlo como algo común —y maravilloso—, sin embargo, mi cama sigue siendo territorio vetado.
Algo tiene que ver en mi expresión que me delata porque me dice:
—No hace falta que me quede a pasar la noche. Cuando ya no aguante más despierto, me marcharé.
No suena dolido. Ni siquiera preocupado por el hecho de que no lo admita en mi cuarto. Me habla en un tono resuelto, aceptando esa limitación como algo normal en nuestra relación.
Debería tranquilizarme el que lo haga, entonces, ¿por qué me siento incómoda, como si me estuviera poniendo la zancadilla a mí misma?
En silencio, lo agarro y lo llevo hasta le sofá.
—Espera aquí un segundo. Ponte cómodo. Voy a vestirme.
Suelto la toalla de cualquier manera en el baño y, desnuda, me dirijo a mi cuarto. Me pongo unas sencillas pero monas braguitas blancas y un blusón que reza: «¿Quieres probar mi mantecado?», debajo de un dibujo de una lengua y un helado que se parecen sospechosamente a un cunnilingus. Me reviso el pelo ante el espejo y me lanzo un beso en señal de aprobación. Estoy cansada, sin embargo, no puedo dejar que lo note demasiado. Mejor guapa y cansada que desarreglada y cansada. Necesito seguir despertando su interés, no que relacione mi imagen con la típica mujer físicamente agotada que soy en realidad.
Al regresar a la sala, me encuentro a mi Limone26 recostado en el sillón, con el torso descubierto, el vaquero desabrochado y descalzo.
«Por lo que veo, se ha tomado al pie de la letra mi propuesta de comodidad. ¡Qué pena que no se haya quedado en calzoncillos! No tengo ganas de acción, pero un dulce no le amarga a nadie», pienso entre divertida y decepcionada.
—Un día tienes que decirme donde compras estas camisetas —me dice, recorriéndome con la mirada—. Tal vez me haga con algunas.
—No te veo llevando nada como esto para irte a la cama —me burlo agachándome en busca de un Dvd y colocándolo en el reproductor—. Aunque todo es posible en la viña del señor…, no pongo la mano en el fuego por nadie.
—Reconozco que no son mi estilo. De todas formas, no serían para mí —aclara—. Te las compraría para cuando te quedes en mi piso, así no tendrías que robarme las mías.
—¿Acaso te molesta que lo haga? —inquiero, girando la cabeza para encararlo—. Porque en ningún momento te he oído protestar.
—Al contrario. Me encanta que lo hagas, pero quiero que te sientas tan a gusto y relajada en mi casa como si estuvieras en la tuya.
—Tu casa me encanta, Cosimo —reconozco, levantándome y sentándome a su lado—. Me siento muy bien cuando estamos allí. —Le doy un suave beso en los labios—. Cogerte las camisetas es un agradable extra. Huelen a ti.
De repente, sin dar más explicaciones, incómoda y tímida por mi improvisada y sentimental revelación, le doy al play. Le paso el mando a distancia y me acurruco en su contra.
—Creo que esta película te gustará —le digo, buscando una postura cómoda, la cual consigo posicionando casi todo mi cuerpo encima del suyo. De esta forma, siento como me invade el calor corporal que desprende mi acompañante sosegándome por momentos—. La historia principal se desarrolla en una bombonería.
—¿Sí? A ver si puedo copiar alguna idea. —Se ríe incrédulo—. Tal vez, después de todo, no tengas tan mal gusto para el cine y yo pueda robar alguna receta.
Con los ojos ya cerrados por el cansancio, me dejo llevar por el sonido de los latidos del corazón que me relajan tanto que ya estoy otra vez a punto de dormirme. Me encuentro tan relajada que no consigo reunir las fuerzas suficientes para reírme cuando se queja en voz alta al darse cuenta, por fin, de la peli que he elegido: Chocolat.
Si las tuviera, le diría una verdad indiscutible: Si me quieres en tu vida, tendrás que aguantar, alabar e incentivar mi obsesión, digo, adoración, por mi amado Johnny Deep. A continuación, y en forma de penitencia por sus quejas, le pondría la película Don Juan de Marco y le haría verme soñar despierta y babear…
Me despierto debido al movimiento. Yo estoy en movimiento. Un suave zarandeo que me indica que ya no estoy recostada sobre en mi sillón, sino que estoy siendo transportada hacia alguna parte en los brazos fuertes y cálidos de alguien que huele divinamente y que me carga con paso seguro.
De repente, siento en mis huesos la pérdida de ese calor que me envolvía y me encuentro sobre algo mullido y frío.
«Mi cama. Estoy en mi cama», pienso mientras floto en ese punto que separa el sueño de la realidad.
Noto como me arropan tapándome hasta el cuello, depositan un suave beso en mis labios, devolviéndome la calidez, y se retiran. Levanto la mano y agarro con fuerza al culpable:
—No te vayas —ruego en voz baja.
—Está bien. Dormiré en el sofá —me da otro beso—. Hasta mañana, Fragola.
—No —lo detengo sin soltarlo—. Quédate aquí, conmigo.
Aparto la ropa de cama, y Cosimo, aún con el pantalón puesto, se mete inmediatamente en la cama conmigo, como si pensara que si tarda mucho en acostarse a mi lado, cambiaré de parecer.
Me envuelvo a su alrededor como una enredadera. Disfrutando de su cuerpo y de su olor.
—Mmm, azúcar —le digo exhalando en su cuello.
Y, otra vez, Morfeo me reclama. Llevándome a un sitio que huele como pienso que debería hacerlo el cielo: a Cosimo.
Toco de forma perezosa un musculado pecho. Dejo que mis uñas jueguen un poco con sus pezones, arañándolos un poquito, hasta conseguir que se conviertan en pequeños y duros guijarros; saco la lengua y doy una perezosa pasada sobre la piel a la que tengo acceso probando lo salado de su piel.
Mi brazo izquierdo abandona su juego anterior. Baja por su abdomen, redondeando el ombligo, para seguir su camino hasta la goma de sus slips, dándole un silencioso gracias a lo que sea que le haya impulsado a quitarse el pantalón a lo largo de la noche. Dibujo el contorno de su pene y me excito al comprobar cómo va engrosándose por momentos.
Ya totalmente despierta, introduzco la mano dentro de la ropa interior y cojo su polla, que luce una completa erección, la saco de la restringida tela y la aprieto un poco. Lo suficiente para que sienta lo que le hago, pero no tan fuerte como para causarle dolor.
Empieza a mecer las caderas de manera automática —apuesto lo que sea a que sus sueños se han vuelto triple X—. Aprovecho la humedad que sale de la punta para lubricarlo con mi pulgar mientras su meneo pélvico acelera deseoso de llegar al clímax.
Mi otra extremidad se siente celosa hasta que llega a sus testículos. Jugueteo con sus bolas, tironeando un poco, como he aprendido que le gusta.
Sus gemidos me alientan a seguir tocando, a frotar con más ímpetu, a hacerlo estallar… aparto la sábana con el pie y lo empujo, posicionándolo boca arriba. Me deslizo entre sus piernas y, sin dejar de masturbarlo, lo introduzco en mi boca. Chupo con fuerza, lamo... aparto mi braga hacia un lado y empiezo a estimularme el clítoris con los dedos. Hacerle esto a Cosimo me ha puesto caliente y no soy de las que se quedan con las ganas.
Sollozando de puro gozo, introduzco mis dedos índice y corazón en mi sexo empapado a la vez que mi pulgar sigue frotando sin parar. De repente, me encuentro en el aire y acabo rebotando boca arriba en el colchón, con las manos de Cosimo entre mis muslos manteniéndome abierta para él.
—No pensarías que te iba a dejar hacer todo el trabajo a ti, ¿verdad? —me dice con voz ronca, sin dejar de observarme—. Eso no sería divertido.
Me acaricia por encima de las braguitas y con fuerza, me las arranca. Me eleva por las nalgas y se mete en mí de una profunda estocada, haciéndome delirar de placer. Gritando, al notar el entusiasmo con el que me folla, la pasión en su cara y la determinación en sus ojos —que me dicen que hasta que no esté llorando de puro gozo, no va a acabar conmigo—, me dejo llevar por las sensaciones. Dejo de ser racional y me centro en lo que mi cuerpo me pide: el éxtasis.
En este instante, solo existimos nosotros dos y lo que su cuerpo le hace al mío; su polla entrando en mi con la fuerza de un pistón hidráulico y mi coño más hinchado por momentos, deseoso de correrse.
La lujuria corre por mis venas, como lava líquida, encendiéndome hasta un punto de no retorno. Los frenéticos jadeos que salen de mi cuerpo parecen animar a Cosimo. Lo siento más duro, más grande, en mi interior. Sus quejidos inundan mis oídos.
Me corro con un grito. Cosimo, no satisfecho solo con eso, cambia de postura para que su pelvis coincida con mi clítoris en cada golpe. Mi orgasmo parece no querer parar; siento el sudor corriendo por entre mis pechos y la vista se me nubla cuando lágrimas de puro gozo acuden a mis ojos.
El culpable de mi estado corcovea entre mis piernas y, con un último empellón, explota, dejándose caer sobre mi sensibilizado cuerpo.
Nos quedamos así, entrelazados durante un tiempo. Desmadejados. Recuperando el aliento que parece habernos abandonado durante el explosivo sexo que acabamos de compartir sobre mi cama.
Mi cama. Mi habitación. Mi casa. Se ha quedado… yo le he pedido que se quede. Tendría que estar asustada o, como mínimo, un tanto desconcertada. No lo estoy. Me encuentro en paz. Me encuentro a gusto y segura.
«¿Por qué no lo había hecho antes? ¿Por qué guardaba con tanto celo la intimidad de mi cuarto? ¿Por qué no llegué a confiar en ninguno de los hombres que han pasado por mi vida?», dudo. Mi cabeza está repleta de tantas preguntas de las que no conozco la respuesta, que tengo miedo a que me comience una desagradable migraña.
Levanto las manos y acaricio el suave y despeinado cabello de Cosimo. Hacerlo me relaja y parece calmar mi activa mente. Espero a que la respuesta a mis preguntas aparezca de la nada, clara y transparente como el cristal… no ocurre nada. Mi cerebro ha colapsado a causa del explosivo encuentro sexual de hace unos instantes.
—¿Peso mucho? —me pregunta sin moverse ni un ápice de donde se encuentra situado, enterrado en mi interior.
—No. Quedémonos de esta forma un poquito más —le digo—. Por lo menos, hasta que la naturaleza siga su curso y la gravedad te gane la batalla…
—No he usado condón —me informa en tono preocupado, levantando la mirada para encontrarse con la mía.
—Tomo la píldora y nunca lo he hecho sin usar uno —le digo sin dejar de acariciarlo—. Estoy sana. Me hago análisis cada par de meses para asegurarme que todo va bien.
—Sabes que hace mucho que no estaba con nadie…
—Es verdad —afirmo entre dientes. Me acabo de acordar de la zorra de su ex y no me apetece que se una en la cama con nosotros. Ni quisiera en mi mente—. ¿Sabes una cosa? Se puede decir que me has desvirgado. Me has dado una primera vez. Estoy tan emocionada que hasta lo apuntaré esta noche en mi diario.
—Eres una payasa —se burla y comienza a hacerme cosquillas hasta que me revuelvo tanto que acaba por salirse de mi—. Me encantas.
—Vamos a limpiarnos un poco y a intentar dormir un ratito más —le digo, mirando el reloj de la mesilla de noche—. Si llego a saber que me ibas a atacar a las tres de la mañana, no te habría pedido que te quedaras…
—No te puedo prometer que no vuelva a hacerlo. Eres una tentadora. —Se levanta, y me embebo de su cuerpo desnudo—. Tengo que aprovechar cualquier oportunidad que me des… ¡Ah! Y que sepas que pienso hacerte la cucharita.
—Qué cucharita ni qué ocho cuartos… —protesto—, ya deberías de estar más que acostumbrado a que duerma sobre ti como una cría de chimpancé.
—Intentaré amoldarme a tus exigencias nocturnas, jefa —dice en un falso tono de «no te prometo nada».
Está encantado. Y yo, también.
25 Enviar, vía SMS, textos y/o fotos eróticos o pornográficos.
26 Limón.