Capítulo 5

La hora de los posrománticos

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En este capítulo

image La subjetividad se desborda y las orquestas crecen

image Strauss y Mahler, dos grandes directores y compositores

image Carl Nielsen o cómo pasar a la historia mediante golpes

image La sensibilidad enfermiza de Serguéi Rajmáninov

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Richard Wagner es como una piedra arrojada a un estanque: las ondas resultantes tocaron a casi todos los que le siguieron, en especial a sus dos seguidores más entregados, Richard Strauss y Gustav Mahler, cuyos retratos se muestran en la figura 5-1.

Ellos son los principales representantes de una corriente que se caracterizó por llevar al extremo todo lo que había latente en el Romanticismo. Para empezar, el componente subjetivo, que fue exacerbado hasta límites enfermizos, como en la obra de Mahler, toda ella expresión de su atormentada biografía, sus traumas y sus miedos, o en Strauss, quien, aunque sin tantos problemas emocionales, hay que reconocer que era un megalómano de tomo y lomo. ¿O cómo considerarías tú a un tipo que hace un poema sinfónico de casi cincuenta minutos de duración, lo titula, en claro homenaje a sí mismo, Una vida de héroe (Ein Heldenleben, que es como se dice en alemán, queda incluso más potente) y en uno de sus movimientos recrea con todo lujo de detalles una brutal paliza a sus repelentes y ridículos críticos? Y, encima, ¡al final se va con la chica! Eso por no hablar de Serguéi Rajmáninov y su obsesión por la muerte, que le hace citar una y otra vez un característico tema de la misa de difuntos gregoriana, incluso cuando parece que está de buen humor.

Eso por un lado, porque por otro el posromanticismo se distingue por hinchar todo lo que se puede hinchar en la música. Las armonías se complican y retuercen tanto que llegará un punto en que un músico que empezó con osadas obras posrománticas como Arnold Schoenberg decidirá romper con las reglas tradicionales, hacer tabla rasa y empezar de nuevo. Pero también las orquestas crecen hasta extremos inimaginables. Que la Sinfonía n.o 8 de Mahler se conozca como la de “los Mil” ilustra perfectamente este crecimiento elefantiásico. ¡Y aún se queda pequeña al lado de la de los Gurrelieder, que incluye hasta cadenas!

Con ustedes, los desmesurados posrománticos.

Strauss, el pintor de sonidos

Richard Strauss (1864-1949) recibió de su padre, que tocaba la trompa, un fuerte entrenamiento musical desde temprana edad. Tanto como para escribir a su padre un concierto para trompa tan difícil que el hombre se vio incapaz de interpretarlo...

El joven Strauss creía firmemente que no era posible, después de Wagner, seguir escribiendo música según las viejas formas establecidas. De ahí que se inclinara por la música que tuviera un programa o directamente un texto. Esto es, compuso poemas sinfónicos, óperas y muchas canciones o lieder, tanto con acompañamiento de piano como de orquesta.

Si has visto la película 2001. Una odisea en el espacio, de Stanley Kubrick, ya sabes cómo suena la música de este Strauss (por favor, no lo confundas con los Strauss de Viena que escribían valses, porque no tiene ninguna relación de parentesco). ¿Recuerdas el comienzo de la película, cuando los hombres de las cavernas observan el gran monolito negro venido del espacio exterior? Se oyen tres notas largas de la trompeta, seguidas por un gran acorde de toda la orquesta (“Ta-Taaa”) y el redoble de los timbales. Es el poema sinfónico Así habló Zaratustra.

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Figura 5-1: Richard Strauss (a la izquierda) y Gustav Mahler, dos de los más fervientes seguidores de Wagner.

image Fiel a su filosofía, Strauss cuenta una historia en sus poemas sinfónicos. En Don Juan, la del gran conquistador y libertino. En Tod und Verklärung (Muerte y transfiguración) se escucha vacilar el arrítmico y débil corazón de un anciano ante la inminencia del fin. En Don Quijote vives con el ingenioso hidalgo la acometida contra un ejército de ovejas plañideras o contra los molinos de viento... Cierta vez, Strauss se ufanaba ante un amigo: “Puedo traducir a sonidos cualquier cosa. Con mi música puedo describir la acción de tomar su cuchara, levantarla de un lado del plato y colocarla al otro lado”. ¿Una exageración? Sin duda, pero que Strauss poseía el don de pintar con la orquesta y una imaginación sonora desbordante, ¡eso es una realidad!

El músico va a la ópera

La mayor parte de sus poemas sinfónicos son anteriores a la entrada en el siglo XX. A partir de 1900, es la ópera la que centra sus mayores atenciones. De su aportación a este campo te hablamos con más detalle en Ópera para Dummies, pero toda aproximación a Strauss que obviara este campo quedaría coja.

Como operista, Strauss se dio a conocer con dos obras escandalosas, ambas protagonizadas por dos mujeres locas de atar y con una música tan disonante que perforaba los oídos: Salomé y Elektra. A partir de ahí, y ya que era un compositor famoso, pensó que no convenía alborotar tanto al público y creó otras obras más asequibles, pero no menos ricas en melodías y pasajes mágicos para la orquesta. La más popular de todas ellas quizá sea Der Rosenkavalier (El caballero de la rosa), pero también hay que destacar Ariadna en Naxos o La mujer sin sombra, todas ellas con libreto de Hugo von Hofmannsthal.

image Strauss fue también un director destacado, aunque al verlo dirigir nadie hubiera pensado que era un genio. Lo hacía sentado, con gran sobriedad, sin expresión, agitando en el aire su batuta, sin ningún énfasis. Alguna vez dijo que no era necesario que el pulgar izquierdo de un director saliera del bolsillo de su chaleco.

Cronológicamente hablando, Strauss fue un compositor del siglo XX durante la mitad de su vida, pero desde el punto de vista musical pertenece al Romanticismo o, quizá mejor, el posromanticismo y su querencia por las orquestas descomunales.

Aunque experimentó de continuo con ideas novedosas, Strauss nunca abandonó por completo la tonalidad (su música está basada en la armonía tradicional; te hablamos con más detalle de ella en el capítulo 19).

De hecho, cuando estaba cerca de la muerte, su escritura se volvió más tradicional. En su juventud había escrito el poema sinfónico Muerte y transfiguración; sesenta años después, a las puertas de la muerte, el maestro de las pinturas musicales exclamó: “La muerte es como la describí”.

Para conocer más de Strauss

image Además de los poemas sinfónicos y óperas mencionados, te recomendamos:

La música, arrebatadora y bella hasta lo sublime, de esta última obra puede verse como el canto de cisne de toda una época. Strauss escribió esas canciones al final de su vida y en una Alemania derrotada y en ruinas tras la locura nazi.

El neurótico Gustav Mahler

En contraste con la personalidad sobria y equilibrada de Strauss, el otro compositor devoto leal de Wagner fue un genio neurótico y atormentado: Gustav Mahler (1860-1911).

Nacido en una aldea de Bohemia, hijo de un destilador de licor, Mahler comenzó pronto su vida de angustias. A un amable transeúnte que le preguntó cierta vez“¿Qué quieres ser cuando seas mayor, pequeño?”, el niño respondió “¡Mártir!”.

image Su deseo se cumplió, pues su vida estuvo dominada por la tragedia. Con catorce años, perdió a su hermano menor y, ya de adulto, su hija falleció de fiebre escarlatina, algo de lo que el supersticioso Mahler se sintió culpable, pues acababa de componer un grupo de canciones para voz y orquesta titulado Canciones a los niños muertos (Kindertotenlieder, en alemán). El propio Mahler tenía un corazón débil y vivía obsesionado con la muerte, a lo que se sumaba la sensación de sobrar en todos sitios: “Estoy tres veces desamparado: como bohemio en Austria, como austriaco en Alemania, y como judío en el mundo entero”.

Sus años de infancia estuvieron marcados por momentos muy dramáticos. Su padre ultrajaba regularmente a la familia, en especial a la madre. Después de un episodio especialmente amargo, el joven huyó de la casa, incapaz de soportar la situación. En la calle, un organillo tocaba una canción popular de taberna. Años más tarde, en su única sesión de psicoterapia con Sigmund Freud, Mahler comprendió que, a causa de este episodio, asociaba la música alegre y trivial con una gran tragedia. Y esos contrastes entre lo trágico y lo banal están presentes en todas sus composiciones.

image En realidad, gran parte de la música de Mahler tiene muchos contrastes: alternación rápida de sonidos fuertes y débiles, altos y bajos; instrumentos estridentes en los extremos de la tesitura; momentos de belleza etérea, frenesí, tormento, desolación o triunfo. Y todo a una escala como no se había visto hasta entonces en el mundo de la sinfonía: sólo el primer movimiento de la Sinfonía n.o 3 en re menor dura tanto como una sinfonía entera de Brahms. Y no sólo eso, sino que esa misma obra consta de seis movimientos, dos de los cuales requieren de una contralto solista, un coro femenino y otro infantil... Por no hablar de la Sinfonía n.o 8 en Mi bemol mayor, la “Sinfonía de los mil”, con sus ocho voces solistas, dos coros mixtos, coro infantil y una orquesta que incluye instrumentos infrecuentes como la mandolina y el órgano, y cuyas dimensiones sólo fueron superadas por los Gurrelieder de Arnold Schoenberg. Vamos, que el sobrenombre se le queda incluso corto.

Un maestro de la batuta

Excepto esa Octava, que logró un éxito apabullante, el resto de las obras de Mahler sólo le valieron crueles críticas cuando no hirientes sarcasmos. Mahler era sobre todo reconocido y admirado como director de orquesta y operístico. En un momento llegó a ser, simultáneamente, director de la Ópera de la Corte de Viena y del Metropolitan Opera de Nueva York. No sólo dirigía la música, sino que arremetía contra ella y se la apropiaba. Aunque, curiosamente en un director muy vinculado a la escena operística, nunca escribió ninguna ópera.

Su devoción por alcanzar el más alto nivel de ejecución musical lo llevó al agotamiento y al colapso, pero con ello ganó la admiración universal y el éxito como director. El reconocimiento como creador sólo llegó cuando ya hacía cincuenta años que había muerto, y ello gracias a intérpretes convencidos como Leonard Bernstein.

La música de Mahler sigue la senda de Wagner al llevar la tonalidad hasta su límite. Casi toda la música anterior a Wagner estaba escrita claramente en una determinada tonalidad. En la música de Mahler hay largos pasajes que parecen no estar en ninguna. Arnold Schoenberg, que fue uno de los pocos admiradores con que contó Mahler en vida, seguiría esa senda y acabaría rompiendo con la tonalidad. Pero ésa es una historia que te explicaremos en el capítulo 7.

La experiencia de escuchar a Mahler

Mahler escribió nueve sinfonías (la Décima quedó inacabada, aunque su primer movimiento suele interpretarse y grabarse) y una serie de ciclos de canciones que van de lo popular a lo directamente fúnebre.

image Además de las obras que han aparecido mencionadas en el texto, no dejes de acercarte a estas otras:

Todas estas obras son una muestra de cómo algo tan abstracto como la música puede llegar a decir tanto y tanto de una persona.

Carl Nielsen

El compositor danés Carl Nielsen (1865-1931) es uno de los grandes nombres de la música nórdica, comparable a los más conocidos Edvard Grieg y Jean Sibelius (de ambos te hablaremos en el siguiente capítulo, el 6), si bien su música es bastante diferente y está más relacionada con el posromanticismo y el modernismo que con el nacionalismo. Sin embargo, muchos aficionados a la música no conocen todavía su obra. Y es una lástima, porque sus composiciones son brillantes, notoriamente originales y siempre expresivas. Puedes ver cómo era en la figura 5-2.

Vida de isleño

Igual que su más ilustre compatriota Hans Christian Andersen, Nielsen nació en la isla de Fy. Esta isla, con sus severos cambios de estación y su vida sencilla y tradicional, influyó en gran manera en la música de Carl. A los diecisiete años ya componía, y a los dieciocho estudiaba en un conservatorio de música en Copenhague. Pero sus maestros le enseñaban ideas musicales pasadas de moda, así pues que Carl viajó (¡adivina adónde!) a Alemania para estudiar las tendencias del momento en los centros musicales más punteros. Como otros compositores de la “periferia” europea, Nielsen estudió la música germana, la asimiló profundamente, y volvió a su tierra para ignorarla por completo. Por entonces escribió: “Aquellos que golpean fuerte son los más recordados”. “Beethoven, Miguel Ángel, Bach, Berlioz, Rembrandt, Shakespeare, Goethe, Henrik Ibsen y otros como ellos le pusieron un ojo amoratado a su época.”Y él, claro está, imbuido de esos altos ideales pugilísticos, quería hacer lo mismo.

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Figura 5-2: Carl Nielsen, un danés original.

Y sí, Nielsen golpeó fuerte, en especial con sus sinfonías. Cada una de ellas explora nuevos territorios musicales y tiene momentos maravillosos, como aquel de la Sinfonía n.o 5 (estrenada en 1922) en el que le indica a uno de los percusionistas encargado de tocar la caja: “Destruir la música”. O en la sinfonía anterior, la Cuarta “Inextinguible”, cuando hace que dos parejas de timbales se enfrenten entre sí. A redobles, por supuesto, ¡no a mazazos!

A pesar de la novedosa sonoridad de su música, abundante en disonancias y armonías poco comunes (de hecho, dudábamos si incluirlo aquí o entre los compositores del siglo XX...), Nielsen consiguió, con el tiempo, la admiración del mundo musical.

Para escuchar a Nielsen

image Por su novedad, Nielsen puede chocar en un primer momento. Pero lo mismo pasa con Mahler o con Strauss. O incluso con Beethoven. Si quieres asumir el riesgo, escucha cualquiera de las obras mencionadas en el texto, a las que puedes añadir estas otras, sabedor de que no te arrepentirás:

Serguéi Rajmáninov

Aunque vivió hasta bien entrado el siglo XX, Serguéi Rajmáninov (1873-1943), cuyo retrato aparece en la figura 5-3, fue un romántico ruso a carta cabal. Creció en San Petersburgo y estudió en el conservatorio, asimilando todo lo que los grandes maestros rusos, como Chaikovski y los Cinco, podían ofrecer. (De ellos te hablamos en el capítulo 6.)

Cuando el estallido de la Revolución rusa le llevó a buscar refugio en Estados Unidos, Rajmáninov se llevó consigo el espíritu de su tierra natal. Bajo su apariencia fría y distante latía un cálido y generoso corazón, si bien un tanto obsesionado por ideas fúnebres. Abundan en su catálogo las obras en las que, en un momento u otro y más o menos disfrazado, aparece la melodía del Dies irae de la misa gregoriana de difuntos... Por no decir que uno de sus poemas sinfónicos lleva por título La isla de los muertos...

Serguéi es hipnotizado

image Al comienzo de su carrera Rajmáninov padeció un largo período de “bloqueo creativo”, provocado por el desastre del estreno de su Sinfonía n.o 1 en re menor, op. 13. Y es que el director de orquesta, el también compositor Alexander Glazunov, parece que empuñó la batuta con unos cuantos vodkas de más en el cuerpo...

Ese fracaso, aunque no se debiera estrictamente a su música, hizo que Rajmáninov sufriera un severo colapso nervioso, de resultas del cual perdió la inspiración y la capacidad de componer. Sólo después de visitar a un hipnotizador llamado Nicolás Dahl superó su bloqueo. ¡Y vaya si lo superó! El resultado fue su Concierto para piano n.o 2 en do menor, op. 18, que desde su estreno en 1901 fue un éxito memorable. Y lo sigue siendo. Nobleza obliga, y Rajmáninov le dedicó su obra al hipnotizador.

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Figura 5-3: Serguéi Rajmáninov, el maestro ruso del piano.

Sergei fue un pianista fenomenal. Escribió sus más famosas obras pianísticas para tocarlas él mismo con sus gigantescas manos, capaces de alcanzar notas alejadísimas entre sí. Hoy se le conoce sobre todo por estas piezas, aunque este compositor también escribió obras para orquesta, para coro e incluso tres breves óperas, una de ellas de tema gitano, Aleko.

image Además de las mencionadas, te recomendamos estas otras composiciones:

Todas estas obras de todos estos compositores, por su mismo subjetivismo exacerbado y su desmesura instrumental acabaron provocando una reacción entre los compositores más jóvenes, sobre todo a partir del fin de la primera guerra mundial. De esto te hablaremos en el capítulo 7. Pero antes toca fijarse en otros compositores que fueron también románticos, pero crearon una obra en la que mostraban su amor por la tierra natal.