Capítulo 2
La culpa fue de los monjes
En este capítulo
Los
protagonistas de los primeros balbuceos musicales
Las
notas musicales reciben sus nombres
El
Renacimiento y la aparición de la ópera
Los
grandes compositores del Barroco
Todos los grandes compositores fueron seres de carne y hueso, con una personalidad propia, una historia familiar y un régimen de higiene personal. Su música tendrá más significado y será más interesante si conocemos sus vidas.
En los siguientes capítulos nos hemos esforzado por condensar y hacer entretenida una historia que la verdad es que tiene de todo, pues abundan en ella tanto personajes egocéntricos dignos de una novela psicológica como odios y trifulcas para toda la vida por cuestiones de tanta trascendencia como si es mejor la ópera italiana o la francesa. ¡Y luego dicen que la historia es aburrida!
¿Cómo comenzó la música clásica?
La
música ha existido desde el origen del ser humano o, por lo menos,
desde su despertar. El hombre primitivo se expresó vocalmente, a
veces con sonidos musicales hechos con piedras o algún que otro
artefacto que se sacara de la chistera. Lógicamente es imposible
saber cómo sonaba esa música, pero no cabe duda de que el ritmo
sería en ella un elemento esencial. Al menos hasta hace
aproximadamente cuarenta y tres mil años, cuando un aburrido
Homo sapiens de una cueva del sur de Alemania tuvo la
extravagante ocurrencia de coger un hueso de buitre leonado,
hacerle unos estratégicos agujeritos y empezar a soplar por él. Y
lo más curioso del caso es que la extravagancia
debió de tener éxito, porque desde entonces el ser humano no ha
dejado de tocar la flauta.
El inventor de la flauta no dejó partitura alguna de la música que tocaba, pero es fácil imaginar que con ella reproducía los sonidos de las aves y el viento, mientras los tambores amplificaban los latidos del corazón. De este modo, y con el paso de los siglos, la música se fue volviendo más y más compleja. Y llegó un momento en que se crearon las escalas musicales y aparecieron los gremios. Había nacido la música clásica.
Probablemente, las primeras canciones fueron religiosas. Los hombres, temerosos y asombrados por el ambiente, cantaban oraciones y hacían ofrendas a los elementos. Si el viento aullaba, aullaban; si llovía, cantaban al bañarse. También tenían cantos para jactarse de sus conquistas, agradecer una buena cacería o quitar las manchas pertinaces.
El ritmo apareció temprano en la historia para imitar la cadencia de la marcha, de la carrera o el ruido de la lucha. La danza, acompañada de música, se inventó para apaciguar a los dioses.
En esos tiempos primitivos la música se transmitía de forma oral, y en algunas culturas orientales se hace aún de igual manera. Y aunque parece que hay testimonios arqueológicos de partituras del antiguo Egipto y de la Grecia clásica que han dado lugar incluso a intentos de reconstrucción de cómo debía sonar esa música, lo cierto es que nuestra tradición como tal, la de la música escrita, ocupa sólo los últimos mil años de la historia de Occidente.
La Edad Media
Los mil años que se extienden entre la caída del Imperio romano y la conquista de la capital del Imperio bizantino, Constantinopla, por los turcos han sido vistos tradicionalmente como una oscura era de plagas, peste y autoflagelación. Pero lo cierto es que fue también una época amable y jovial. Y, para lo que a nosotros nos interesa, fue la época en la que en los monasterios europeos algunos atareados monjes desarrollaron uno de los máximos logros de la humanidad: la música escrita.
El canto gregoriano
Fue
hacia el año 600, cuando el papa Gregorio Magno creó un sistema
para explicar las escalas musicales que se usaban en la música de
iglesia. Se dice que fue él quien bautizó las
notas con sugestivos nombres de letras, como A, B, C, D, que
todavía se emplean en los países anglosajones y germánicos. Eso sí,
ten en cuenta que por aquel entonces la escala empezaba en la, no
como ahora en do, de modo que A es la, B es si, C es do, D es re, E
es mi, F es fa, G es sol y A, de nuevo, la, y volvemos a empezar.
El porqué del do re mi fa sol la si te lo explicamos más
adelante.
Del papa Gregorio proviene el nombre de canto gregoriano: una melodía sencilla y ondulante, cantada al unísono por voces generalmente masculinas. Al buen Gregorio le habría temblado su puntiaguda tiara si hubiera sabido que el canto gregoriano se convertiría, en 1990, en un descomunal éxito mundial, cuando cierta grabación, cantada por un grupo de monjes españoles de Santo Domingo de Silos (Burgos), rompió todos los récords de ventas habidos y por haber.
Este retorno obedece a una razón: el canto gregoriano posee una auténtica profundidad espiritual. Si cierras los ojos y lo escuchas, te parecerá que tus preocupaciones cotidianas se desvanecen. Tu respiración se volverá más lenta y profunda, el ritmo de tu metabolismo disminuirá...
Pero dejemos las divagaciones para otro día.
Un monje llamado Guido
Guido
de Arezzo fue un monje genial que, en la primera mitad del siglo
XI, introdujo muchas innovaciones en la música,
entre otras llamar a las notas de la escala con los nombres con que
hoy las conocemos. Este sistema de cantar las notas de la escala
con sílabas estándares, practicado durante siglos por los cantantes
de ópera y los estudiantes de música en todo el mundo, se llama
solfeo.
Eso
sí, el bueno de Guido no tomó los nombres al azar, sino que tuvo la
ocurrencia de extraerlos de un Himno a san Juan Bautista
en latín. Dado que la música de cada uno de sus versos empezaba con
una nota más alta que la anterior, pensó que sería una buena idea
tomar la primera sílaba de cada verso. La única pega es que la
sílaba del último verso, sanc de sancte (santo en
latín) era tan dura como poco apta para ser cantada. Pero,
tranquilos, hay solución: se toma la s y se le une la
i de la siguiente palabra, Ioannes, y ya tenemos
si, una sílaba mucho más musical. De este ingenioso modo
quedaron bautizadas las notas, y así las seguimos conociendo
hoy.
(Dicho sea entre paréntesis, si se te ocurre mirar la sílaba inicial del primer verso del himno pensarás que te hemos engañado, pues no es do sino ut; no es culpa nuestra, sino de un músico del siglo XVII, Giovanni Battista Doni, que consideraba que ut era un sonido demasiado duro para solfear. Y que, en cambio, la primera sílaba de su apellido, do, iba fantásticamente bien, y así quedó la cosa. En Francia, no obstante, aún puedes encontrar aquel primigenio ut.)
Pero Guido de Arezzo no se contentó con estas innovaciones, sino que fue más allá e inventó un nuevo sistema de notación musical, que empleaba una versión rudimentaria del pentagrama que se usa hoy. De hecho no era un pentagrama, sino un tetragrama, pues no tenía cinco líneas sino cuatro. Pero la idea era tan genial que todavía hoy se mantiene.
¡Rompan filas!
Los monjes no influyeron en el curso de la historia musical sólo con sus aportaciones técnicas. Su sistema de culto, en especial la misa católica, tuvo que ver también, y mucho. Piensa que algunas de las más grandiosas obras corales y orquestales que se han escrito nunca son misas. Todavía hoy compositores, como el estonio Arvo Pärt, dedican la mayor parte de su tiempo a la composición de misas, motetes y otras piezas de inspiración sacra.
La misa católica toma su nombre de las palabras finales, en latín, de todas las misas de antes: “Ite, missa est”, cuya traducción aproximada sería: “¡Largo de aquí, esto se acabó!”. Todas las misas y las piezas musicales basadas en la misa católica utilizan el mismo conjunto de palabras. Probablemente, y aunque las misas ya no se hagan en latín, habrás oído algunas, como Kyrie eleison (“¡Señor, ten piedad!”); Gloria in excelsis Deo (“Gloria a Dios en las alturas”, frase familiar en muchas canciones de Navidad); Credo (“Yo creo”); Sanctus, Sanctus, Sanctus (“Santo, Santo, Santo”, también familiar en Navidad) y Agnus Dei (“Cordero de Dios”). Si escuchas una misa compuesta en cualquier período, desde la Edad Media hasta el presente, rápidamente te saltarán al oído.
A una voz se le une otra
El gregoriano triunfó, y tanto, que al margen de los monjes de Silos antes mencionados, su huella está presente en compositores modernos, y profundamente religiosos, como el francés Olivier Messiaen y el mencionado Arvo Pärt. Pero no es la única invención medieval con vocación de perdurabilidad en el terreno de la música.
Hacia 1150, un oscuro músico de la catedral de Notre Dame de París se puso a hacer experimentos. ¿Y si a la melodía cantada por el coro le añado otra voz más aguda que vaya por libre y embellezca el canto? Dicho y hecho, el revolucionario experimento fue todo un éxito. Había nacido la polifonía, nombre que significa “canto con muchas voces”, en oposición a la monodia gregoriana o canto a una sola voz.
(Por una voz en música se entiende una línea de canto. Una melodía gregoriana la puede cantar un coro de varias personas, pero todas cantan lo mismo y al mismo tiempo, al unísono. O dicho de otro modo, a una voz, mientras que la polifonía propone un tipo de canto en el que cada voz es independiente y entona una melodía propia que, unida a las demás, crea la obra.)
Léonin y Pérotin, de Notre Dame, fueron quienes desarrollaron esta técnica, que pronto se difundió por las catedrales de toda Europa, de España a Alemania. Y que había llegado para quedarse lo demuestra el hecho de que ni el Renacimiento pudo acabar con ese vestigio medieval. Es más, fue en esa época cuando alcanzó un nivel de virtuosismo casi delirante. Ya en el siglo XVII, la anónima Missa salisburgensis ¡era para 53 voces! Pero eso será ya casi en el Barroco...
El Renacimiento
Unos cuatrocientos años después de la muerte de Guido y su cohorte de monjes, la sociedad entró en una fase conocida hoy con el nombre de Renacimiento. Las artes, patrocinadas por los ricos aficionados, florecieron entonces con una fuerza desconocida, alentadas por el deseo de los artistas de emular los logros de la ya lejana Antigüedad grecorromana.
Uno de los músicos italianos más famosos del Renacimiento fue Giovanni Pierluigi da Palestrina (1525-1594), a quien vemos en la figura 2-1. Compositor predilecto del papado, se hizo conocer por sus composiciones para voces solas sin acompañamiento instrumental que suponen una de las culminaciones de la polifonía, ese arte de crear armonías maravillosas del canto simultáneo de varias melodías independientes. Fue tanta su maestría que de él se dice que fue el salvador de la música polifónica.
Eran los tiempos de la Reforma protestante de Martín Lutero. La Iglesia católica se había propuesto recuperar a las ovejas descarriadas, y en esa cruzada la música había de desempeñar un papel primordial. Ahora bien, la polifonía había llegado a tal nivel de virtuosismo que los compositores casi parecía que se retaran entre ellos por ver quién hacía las obras más alambicadas y retorcidas, olvidando que esas misas y motetes que escribían tenían la función de acompañar los oficios religiosos. De este modo, ante tal caos de voces y melodías entremezcladas, superpuestas y contrastadas el texto era ininteligible (aunque también puede ser que los asistentes no entendieran ya el latín). La conclusión era obvia: la polifonía no servía para transmitir la palabra divina, por lo que había que prohibirla.
Y es aquí donde entra Palestrina, que escribió la llamada Missa Papae Marcelli (Misa del papa Marcelo) y consiguió convencer a los celosos guardianes de la fe de que la música polifónica era bella, podía ser inteligible y por ello debían perdonar sus excesos. La historia posiblemente tenga mucho de leyenda, pero convirtió a Palestrina en una especie de santo del panteón musical. Y no sólo eso, sino que en pleno siglo XX, cuando más arreciaban los combates entre vanguardistas y tradicionalistas, uno de estos últimos, el alemán Hans Pfitzner, hizo de él el protagonista de una ópera (titulada Palestrina, por si acaso había dudas) con la que se proponía devolver a la música a cauces más sanos. En su caso, wagnerianos.
Figura 2-1: Giovanni Pierluigi da Palestrina, uno de los máximos compositores de polifonía.
Otros polifonistas de cuidado
Pero Palestrina no fue el único polifonista destacado. Contemporáneo suyo era el franco-flamenco Orlando di Lasso (1532-1594), uno de los maestros más admirados de su tiempo, tanto que el emperador Maximiliano II le concedió un título nobiliario, una atención que, lamentablemente, no se ha convertido en habitual para los compositores...
Y no menos importante fue un español, Tomás Luis de Victoria (1548-1611), con el que la polifonía alcanza un insuperable nivel de perfección técnica, lo que en su caso no resta un ápice de calidad dramática y expresiva a sus composiciones. Tanto es así que su música, toda ella de carácter sacro, ha sido comparada a veces con la poesía de los místicos san Juan de la Cruz y santa Teresa de Ávila.
Todos estos compositores destacaron en la composición de misas y de música religiosa. Pero por la misma época los compositores comenzaron a buscar también textos fuera del culto para emplearlos en su música. Se utilizaron entonces largos pasajes de los grandes poetas italianos, entre ellos Dante y su Divina Comedia. Nacía así el madrigal.
El madrigal profano
La forma
musical más popular por entonces era el madrigal. Un
madrigal es una composición para varias voces, tres como
mínimo, por lo general sin acompañamiento instrumental. Durante el
Renacimiento la gente se reunía en familia o
con los amigos para cantar estos madrigales. Cada persona cantaba
una línea vocal diferente y codeaba al vecino cuando éste se
equivocaba.
Era divertido cantar madrigales, porque en su composición solía emplearse una técnica de representación visual del texto. Al llegar a una palabra particularmente descriptiva, la música trataba de dibujarla literalmente. Por ejemplo, en la palabra suspiro la línea vocal comenzaba en una nota alta, para el registro del cantante, y caía luego con desaliento a una nota inferior. Para las palabras “corre”, “vuela” o “feliz”, el músico componía una cascada de notas rápidas...
Entre los compositores de madrigales destacaron Carlo Gesualdo (1566-1613), príncipe de Venosa, autor de una música dramática y particularmente expresiva y disonante, aunque quizá sea más conocido por un hecho propio de la crónica negra: el sangriento asesinato de su mujer y su amante. Más amables se muestran Orazio Vecchi (1550-1605) y Adriano Banchieri (1568-1634), quienes a pesar de su condición de religiosos escribieron unos madrigales tan originales como divertidos y de aire popular que, además, podían escenificarse. Son los casos de L’Amfiparnaso del primero y Barca di Venetia per Padova del segundo. Aunque el más innovador madrigalista fue también quien debía llevar a su fin el género. Se llamaba Claudio Monteverdi.
El amanecer de la ópera
Claudio Monteverdi (1567-1643) vivió durante el apogeo del Renacimiento italiano. Sus inicios en la música fueron idénticos a los de cualquier otro compositor de su tiempo, dedicado a la escritura de misas polifónicas y madrigales.
Pero
todo cambió a raíz de un experimento llevado a cabo por unos
ociosos aristócratas e intelectuales florentinos entre los que se
encontraba el padre del científico Galileo Galilei. Reunidos en el
palacio del conde Bardi, se les ocurrió que, ya que la pintura, la
escultura y la arquitectura renacentistas habían recuperado todo lo
bueno de la Antigüedad clásica dejando atrás la barbarie gótica,
estaría bien que la música se pusiera también al día. Porque la
música persistía en ser polifónica, esto es, medieval. El grupo se
fijó entonces en las grandes tragedias griegas que por una cita
leída aquí y otra allí vieron que no se recitaban, sino que se
cantaban. Por supuesto, no con el estilo polifónico, como en las
comedias de Vecchi y Banchieri, en las que ¡cada personaje debía
ser encarnado por varios cantantes! No, las tragedias de aquellos
remotos tiempos debían cantarse a una sola voz. Había que
recuperar, pues, la monodia. Y como esa voz cantando en el aire quedaba extraña,
decidieron que no estaría mal acompañarla de algún instrumento que
le sirviera de soporte.
En 1598, un compositor de ese círculo, Jacopo Peri, y un poeta, Ottavio Rinuccini, mostraron al público una obra de teatro titulada Dafne cantada de principio a fin. Poco se sabe de la acogida de eso que se dio en llamar opera in musica, pero no debió de ir mal porque en 1600 éstos volvieron a la carga con un nuevo título, Euridice, para celebrar la boda de Enrique IV de Francia con la florentina María de Médicis. Es la primera ópera conservada.
Pronto el resto de las casas aristocráticas quisieron estar también a la última y encargaron a sus compositores que imitaran y a ser posible superaran a los presuntuosos florentinos. Y eso es lo que hizo Monteverdi con su Orfeo, representado en Mantua en 1607. Aunque cronológicamente no es la primera ópera, sí lo es en cuanto a su significación, pues todo lo que ha de tener el género, desde la caracterización de los personajes a la adecuación del canto y la música a cada situación dramática, está ya ahí. Y que esta obra siga presente en los teatros de ópera es la mejor prueba de su perenne originalidad y modernidad.
El género, no hay que decirlo, triunfó, y cuando llegó a Venecia lo hizo no sólo en las casas de los nobles acaudalados, sino sobre todo en teatros abiertos a un público ávido de escuchar esa maravillosa conjunción de música y teatro. El mismo Monteverdi escribió allí dos de sus obras maestras de madurez, L’incoronazione di Poppea e Il ritorno d’Ulisse in patria.
Pero podríamos hablar mucho más sobre ópera. Si el tema te interesa, te remitimos ya a un libro dedicado exclusivamente a ella: Ópera para Dummies. De sus autores no te diremos nada porque no nos gusta echarnos flores a nosotros mismos...
La era del Barroco
Monteverdi y sus seguidores, como Francesco Cavalli (1602-1676) y Marco Antonio Cesti (1623-1669), prepararon el camino para un nuevo período en la historia de la música, conocido ahora como la era del Barroco.
El Barroco se extiende desde mediados del siglo XVII hasta mediados del siglo XVIII y fue la época de un arte florido y emotivo. Y así también fue la música: ornamentada y emocional. Los creadores del Barroco llenaron sus obras de caprichosas volutas, como se muestra en la figura 2-2.
Figura 2-2: El estilo florido del Barroco.
Suspiros instrumentales
Cuando oímos la música del Barroco nos sorprende pensar que en su tiempo fue considerada emotiva y exagerada. Hoy suena relativamente inofensiva y civilizada. Pero en la época esas melodías floridas, sinuosas y serpenteantes eran consideradas algo salvaje, algo que escapaba a los principios de mesura y equilibrio clásicos tan caros a los renacentistas. Los compositores experimentaban con toda clase de estructuras y quebrantaban las reglas existentes acerca de la transición entre distintas secciones musicales.
La técnica descriptiva, tan popular en los madrigales del Renacimiento, se extendió al Barroco. Antes, un intérprete habría cantado jadeando varias notas descendentes para ilustrar la palabra “suspiro”. Ahora un músico podía emplear las mismas notas en una composición puramente instrumental. La audiencia sabía lo que la figura melódica descendente significaba, sin necesidad de que alguien tuviera que cantar las palabras. Esta técnica descriptiva sin palabras se convirtió en un elemento emocional básico en la música del Barroco.
Reyes, iglesias y otros poderes
Un asesor vocacional habría aconsejado a un joven músico, hace trescientos años, buscar trabajo en tres lugares:
Todos los grandes compositores de la época tuvieron esa clase de trabajos. Unos fueron más afortunados que otros. Muchos compositores famosos pasaban la mayor parte del tiempo haciendo el trabajo de la casa en hogares acaudalados. Después de todo, ¿con qué frecuencia se necesitaba una nueva composición dedicada a la familia? En cambio, ¿cada cuánto se mudaban de calcetines?
Veamos el ejemplo de Giuseppe Sammartini (1695-1750), gran intérprete italiano del oboe y autor de algunas de las primeras sinfonías. Pues bien, su ocupación principal era la de jefe del servicio de la casa del príncipe de Gales... Y no es un caso único. El mismísimo Johann Sebastian Bach, de quien te hablaremos en este mismo capítulo, trabajó en distintas casas nobles antes de encontrar un empleo estable en la iglesia de Santo Tomás de Leipzig. Y Franz Joseph Haydn, aunque con él ya nos vamos al clasicismo, también sirvió en una casa principesca. Como en otras muchas cosas, Mozart fue el primero en rebelarse contra esa situación de servidumbre. Y bien que se lo pagó su patrón el arzobispo de Salzburgo. Lo despidió con una patada allí donde la espalda pierde su casto nombre...
Pero volvamos al Barroco y parémonos en algunos de sus grandes representantes.
Antonio Vivaldi
Si de
celebridades del barroco se habla, merece un puesto de privilegio
el veneciano Antonio Vivaldi (1678-1741). Fue un compositor de
verdad prolífico, y si no fuera porque coincidió en el tiempo con
el alemán Georg Philipp Telemann (1681-1767), una verdadera fábrica
andante de partituras con más de tres mil títulos en su haber, bien
podría encabezar la lista de músico más productivo. Eso sí, las
malas lenguas, entre ellas la de Ígor Stravinski, van diciendo por
ahí que Vivaldi no escribió quinientos conciertos, sino quinientas
veces el mismo concierto... a lo que respondemos: ¡Tonterías! ¿Por
qué habría de escribir alguien la misma obra quinientas veces? ¡Qué
desperdicio! Nosotros nunca escribiríamos la misma obra más de
doscientas veces, y sólo lo haríamos para cumplir el plazo de
entrega para su publicación.
Lo que pasa es que el estilo musical de Vivaldi es muy reconocible, de ahí la acusación de que todo suena igual. Pero si te fijas en los detalles, verás que el tipo tenía inventiva de sobra.
Pero es que, además, Vivaldi no se conformó con escribir o reescribir conciertos, sino que compuso también más de cincuenta óperas y un buen puñado de composiciones corales y de cámara. Y encima le sobraba tiempo para otros quehaceres en la siempre sorprendente Venecia.
El sacerdote que se abstuvo
Vivaldi creció en Venecia. Cuando llegó a la edad adulta decidió hacerse sacerdote. Esta decisión y su llameante cabellera roja fueron la causa de que lo apodaran il prete rosso, “el cura rojo”. (No vale aquí atribuir tendencia política alguna.)
Pero
su sacerdocio no duró mucho. Abundan las historias sobre sus
desventuras. Por ejemplo, un día durante la misa se le ocurrió una
gran melodía. De inmediato, y sin pedir permiso ni ofrecer
disculpas, bajó del altar y se precipitó a una habitación contigua
para copiarla. La congregación quedó atónita.
Vivaldi fue llevado al tribunal eclesiástico para ser castigado. Por suerte la Inquisición o estaba ese día de buen humor o contaba con un inquisidor general que apreciaba la buena música, por lo que su veredicto fue que el genio, sí, se había desviado del camino recto y que por ello bien merecía una pena. Descartados lóbregos calabozos, visitas a la sala de torturas y ejecución pública en la hoguera, se le condenó a no volver a celebrar misa.
Y de este modo el cura rojo llegó a ser simplemente rojo.
La filarmónica de las niñas descarriadas
El siguiente trabajo de Vivaldi duró treinta y cinco años, hasta el final de su carrera. Se convirtió en profesor de violín en el Ospedale della Pietà, u hospital de la Misericordia. Esta institución, única en su género, era a la vez un conservatorio de música y una escuela para niñas ilegítimas. Ninguna institución actual posee tales características.
Con los años, Vivaldi fue asumiendo más y más funciones en este Ospedale, hasta que llegó a ser en la práctica su director. Para lo que a nosotros nos interesa, debes saber que organizaba conciertos semanales que alcanzaron fama en toda Europa. Y cuando quería resaltar el talento musical de alguna de sus pupilas, escribía un concierto para ella. (Para saber más sobre la forma concierto, consulta el capítulo 9.)
Los conciertos de Vivaldi tienen tres movimientos y todos siguen un formato único, que se convirtió en modelo para muchos compositores del Barroco y perduró en su esquema más básico hasta más allá, hasta el clasicismo e incluso el Romanticismo. Ésta es su fórmula:
RÁPIDO-LENTO-RÁPIDO
Como ves, más sencilla imposible. Pero funcionaba en su época y todavía hoy sigue funcionando en muchas obras que escriben los compositores actuales.
La música de Vivaldi
Aunque no seas muy aficionado a esto de la música clásica, el nombre de Vivaldi seguro que te evoca una obra: Las cuatro estaciones. Se trata de un conjunto de cuatro conciertos para violín y orquesta de cuerdas. Cada uno de ellos evoca las sensaciones de una de las estaciones del año.
“La primavera” está llena del canto de los pájaros, hay una tormenta con relámpagos y truenos, un soñoliento pastor de cabras, con perro y todo, y un baile de pastores y ninfas. En “El verano” se siente el calor de un sol abrasador; se oye el canto del cuclillo, hay unas cuantas picaduras de mosquitos y se percibe la fuerza de una repentina granizada. “El otoño” comienza con una bacanal de borrachos durante la siega y termina en una cacería desenfrenada, con trompas de caza simuladas por las cuerdas. En “El invierno” uno tirita, patalea, se hiela, y se sienta junto al fuego para calentarse. Luego sale, resbala y cae sobre el hielo. La música expresa de maravilla todas estas sensaciones.
Amamos
Las cuatro estaciones y hay que tener el disco, pues sin
él una discografía clásica ni es clásica ni es discografía. Pero
Vivaldi no se agota ahí. No hagas, pues, caso de las malas lenguas
y explora alguno de los apetitosos bocados que siguen (el RV que
encontrarás es la referencia de catálogo, que te será muy útil para
localizar la obra en tu tienda de discos):
Y no conviene tampoco perderse el último descubrimiento sobre Vivaldi: su papel como compositor de ópera. Hasta no hace tanto, era una parte de su extensa producción que se miraba un tanto de soslayo, eclipsada como estaba por la originalidad de sus conciertos. Pero eso ha cambiado en los últimos tiempos, cuando sus óperas se están grabando y representando con éxito. Y es que un personaje como Vivaldi, con tantas experiencias detrás, tenía que ser por fuerza un hombre de teatro. Algunos títulos recomendables:
Cualquiera de estas obras te descubrirá el talento de Vivaldi, un músico que pudo escribir quinientas veces el mismo concierto, pero con tal arte que parecen nuevos.
Georg Friedrich Haendel
Mientras Vivaldi escribía música en Venecia, otro grandísimo compositor surgía en Alemania. Se trata de Georg Friedrich Haendel (1685-1759), cuyo retrato puedes ver en la figura 2-3. También Haendel influyó notoriamente en el curso que la música tomaría en su tiempo y después de su muerte.
Figura 2-3: Georg Friedrich Haendel, compositor de grandes oratorios, entre los que figura El Mesías.
El más italiano de los alemanes ingleses
Haendel nació en la alemana Halle, pero fue en la próspera Hamburgo donde hizo sus pinitos en el arte musical. Pero donde de verdad le llegó la oportunidad fue en Italia, que por entonces era el gran corazón musical de Europa. El joven alemán llegó allí con veintidós años, entró en contacto con los mejores compositores del momento y, para sorpresa de éstos, no tardó mucho en escribir óperas y cantatas italianas con más arte y gracia que los propios italianos. Y es que Haendel, como tendría ocasión de demostrar repetidas veces a lo largo de su carrera, era una auténtica esponja. Y no en el sentido de beber cerveza (aunque tampoco nos atreveríamos a negarlo), sino en el de absorber todo tipo de influencias y asimilarlas como algo propio.
Además, poseía un olfato único para intuir por dónde soplarían los caprichosos vientos de la moda y adelantarse a ellos. Así, algo le dijo que el futuro estaba en la ópera italiana, y a ella se aplicó con entusiasmo.
Nació en Alemania y vivió allí hasta los veintidós años. Haendel abandonó su tierra natal y se instaló en la pujante Londres, donde llevó el espectáculo que hacía furor en el resto de Europa (excepto en Francia, donde siempre han sido muy suyos): la ópera italiana.
Haendel escribió 36 óperas en Inglaterra, muchas de ellas obras maestras en su género que le valieron grandes éxitos. Pero no hay nada en esta vida que cien años dure, y el gusto de la gente comenzó a cambiar, con claro perjuicio para las arcas del compositor, que en los tiempos de bonanza se había convertido también en empresario operístico.
La nueva moda era un tipo de obra musical basada en la Biblia, así que Haendel, dispuesto siempre a complacer al público, se puso a la tarea de escribir oratorios, es decir, unas obras para cantantes solistas, coro y orquesta de temática sacra y que, a diferencia de las óperas en italiano, se cantaba en la lengua de la gente que asistía al concierto, el inglés.
El más célebre de sus oratorios, El Mesías, se estrenó en 1742 con tal éxito que nadie quería perdérselo. Todavía hoy es una de las partituras más populares en las islas Británicas, donde incluso se organizan conciertos participativos que brindan al público la oportunidad de cantar.
La música de Haendel
Las composiciones de Haendel representan uno de los mejores ejemplos del estilo barroco. Son frescas, animadas, a menudo tienen ritmos de danza y poseen una carga emocional. Esto es asombroso, si consideramos la rapidez con que trabajaba. Compuso su famoso oratorio El Mesías, que dura más de dos horas, en un tiempo récord de tres semanas.
Haendel fue un compositor prolífico, de modo que con toda probabilidad la tienda de discos de tu localidad, o la biblioteca, tendrá muchas grabaciones de sus obras. En particular, te recomendamos los siguientes títulos:
Obras
para orquesta:
En cuanto a óperas, todas ellas en italiano y con un gran despliegue de pirotecnia vocal:
Y en el apartado de oratorios:
Escuchando cualquiera de estas obras entenderás el porqué de la fama imperecedera de que goza Haendel.
Johann Sebastian Bach
La mayoría de los músicos considera a Johann Sebastian Bach (1685-1750) como uno de los más grandes compositores de todos los tiempos. Algunos, entre los cuales nos contamos, piensan que es el mayor de todos, no sólo porque todas sus composiciones son una maravilla, sino porque los músicos que le siguieron le deben mucho. Puedes verlo en la figura 2-4.
Algunos detalles menores
Como todos sus contemporáneos, Bach tuvo que trabajar mucho para ganarse el sustento, yendo de corte en corte hasta encontrar alguna que necesitara a algún músico que lo mismo escribiera una gavota para una fiesta o un motete para una celebración religiosa. Su primer destino lo encontró en Weimar, donde compuso varias excelentes piezas para órgano, instrumento del que era un auténtico virtuoso. (Si quieres saber más sobre el órgano, puedes consultar el capítulo 16.)
El que
tales obras sigan vigentes es notable por dos razones:
Figura 2-4: Johann Sebastian Bach, organista insigne, y mucho más.
El maestro del órgano
Bach fue uno de los mejores organistas de todos los tiempos. No sólo poseía unos dedos hábiles y ligeros, sino que también manejaba los pedales con maestría. (Consulta el capítulo 16 para ver una descripción de los pedales del órgano, que hacen sonar las notas mas bajas.) La gente viajaba desde muy lejos para escuchar a Bach, el de los pies ligeros.
Bach fue también un maestro en la improvisación. Podía tomar casi cualquier tema y construir nueva música a partir de éste, al instante, como hacen los músicos de jazz de hoy. Pero aquí hay un problema: como nadie escribía las improvisaciones y como entonces nadie disponía de un aparato para grabar lo que sonaba, nunca sabremos cómo eran esos fugaces destellos de la fantasía de Bach.
Prolífico en más de un aspecto
Bach fue uno de los más prolíficos compositores. Cualquiera necesitaría varias décadas sólo para copiar toda la música escrita por él en todos los géneros excepto en uno, la ópera. Pero fue fecundo en muchos aspectos. Con la ayuda de sus dos esposas (no simultáneas, por supuesto) tuvo una veintena de hijos que, como no podía ser de otra manera, se dedicaron a la música. Y algunos de ellos con auténtico talento, como, entre otros, Wilhelm Friedemann Bach (1710-1784), Carl Philipp Emanuel Bach (1714-1788), considerado uno de los fundadores del estilo clásico, y Johann Christian Bach (1735-1782), el llamado Bach de Londres, el benjamín de la familia y el único de ella que no le hacía ascos a eso de escribir algo tan mundano como una ópera.
A la edad de treinta y ocho años, Bach consiguió el que sería el ultimo y más duradero empleo de su vida: el de kantor en la iglesia de Santo Tomás, en Leipzig, cargo que le obligaba no a cantar, como parecería por esa palabra alemana, sino a ocuparse absolutamente de todo lo referido a la música de esa parroquia, desde la preparación y dirección de los conciertos hasta la interpretación al órgano y la composición de toda la música necesaria para los oficios y festividades, pasando por la educación de los músicos.
Allí fue también prolífico hasta lo increíble. Escribió cantatas —un tipo de obra para solistas, coro y orquesta— para todos y cada uno de los domingos y festivos del calendario luterano, y repitió el trabajo cuatro veces. En total escribió por lo menos unas doscientas quince cantatas, de las que sólo un puñado son profanas.
La
música de Bach está llena de contrapunto, una técnica que
hunde sus raíces en la polifonía de que ya te hemos hablado en este
capítulo: es el arte de que dos, tres, cuatro o más melodías suenen
al mismo tiempo de modo armonioso. Bach perfeccionó el arte de la
fuga, que es una composición de gran complejidad que se
suele escribir para cuatro líneas melódicas o voces. Cada melodía
es similar, pero una voz no comienza hasta que otra ya lo ha hecho.
Las fugas de Bach contienen melodías muy complejas que, aunque
comienzan en instantes diferentes, conforman un conjunto que suena
bien. Así trabajaba el cerebro de Bach.
La música de Bach
En la
pista 2 de los audios que vienen con este libro, y que puedes
encontrar en www.paradummies.es, se incluye una de las obras
maestras para teclado de Bach, un preludio y fuga del primer libro
de El clave bien temperado. Y si deseas escuchar más,
busca grabaciones de las siguientes obras:
Las letras BWV se refieren a un número de catálogo, que puede serte útil para encontrar la obra en la tienda de discos, en la biblioteca o incluso en internet.
Otros barrocos de la A a la Z
Pero la
música barroca no se agota en estas figuras. Por si los grandes
genios de que te hemos hablado no son suficientes, aquí tienes
otras sugerencias. A partir de ellas verás cómo el Barroco fue un
período de lo más variado y fascinante:
Todos ellos son dignos representantes de un estilo que en su etapa final fue perdiendo complejidad para dar más relieve a unas melodías de tipo sentimental y galante que anuncian ya la llegada del clasicismo.