Capítulo 3
El estilo clásico
En este capítulo
La
aparición y consolidación de las grandes formas instrumentales
Vida y
obra de la trinidad vienesa: Haydn, Mozart y Beethoven
Otros
compositores clásicos cuya música vale la pena conocer
Las obras de Johann Sebastian Bach constituyen la cima del estilo barroco en la música, y se puede decir que el período barroco concluyó con él. El estilo musical que le siguió se conoce hoy con el nombre de estilo clásico.
Nos
apresuramos a señalar la diferencia que existe entre el estilo
clásico, o período clásico, y la música clásica. Empleamos
el término música clásica para toda la música de que hablamos en
este libro. Pero el período clásico como tal es sólo una de las
eras musicales que conforman la música clásica, en concreto aquella
que se extiende desde mediados del siglo XVIII hasta
los comienzos del XIX. La música de este período
está escrita en el estilo clásico.
El estilo clásico fue, en cierto sentido, una reacción contra los excesos del Barroco. Si la música de éste había sido florida, extravagante y emocional, la del estilo clásico será todo lo contrario, preferirá el equilibrio y la mesura, la elegancia serena y la belleza. A priori, una música con corsé; en la práctica, una en la que se consolidan las grandes formas vocales e instrumentales (puedes saber qué son en el capítulo 9), que serán tomadas como modelo universal por todos los compositores europeos sin importar su lugar de origen. Y no sólo durante el clasicismo, sino también más allá, durante el Romanticismo y, en sus líneas básicas, en un amplio grupo de compositores del siglo XX.
Es el
momento, pues, en que surgen tres formas musicales particulares con
vocación de perdurabilidad: la sonata, la
sinfonía y el cuarteto de cuerdas. En el capítulo 9 encontrarás información
detallada de todas estas formas.
Los tres grandes compositores del período clásico, Haydn, Mozart y Beethoven, fueron maestros en dichas formas. Estos tres genios se conocieron entre sí y vivieron un tiempo considerable en Viena, que por entonces era la capital de la música europea, la meca a la que acudían compositores de todos los rincones del continente.
Franz Joseph Haydn
Franz Joseph Haydn, cuyo retrato se muestra en la figura 3-1, fue la persona más amable y jovial que se pueda imaginar. Hacía constantes bromas a la gente y se divertía con las cosas y consigo mismo. Su música refleja ese carácter.
Haydn nació y creció en una región rural de Austria colindante con las actuales Eslovaquia y Hungría. De niño oyó mucha música popular ejecutada por campesinos y llegó al firme convencimiento de que la música era para divertirse. Poseía una bella voz y por ello, a la edad de ocho años, fue seleccionado para viajar a Viena e ingresar en el coro de la catedral de San Esteban.
En Viena, Haydn tuvo oportunidad de familiarizarse con las obras maestras de la música de entonces y decidió ser compositor, aunque por poco sufre una suerte un tanto más cruenta (lee el recuadro “El soprano Haydn” para tener más detalles).
Una vez acabada su formación, llegó el momento de abrirse camino en la vida, lo que para un aspirante a compositor de la época venía a ser lo mismo que encontrar acomodo en alguna casa nobiliaria que requiriera,
Figura 3-1: Franz Joseph Haydn, un alma buena y alegre.
además de peluqueros, cocineros, mayordomo o lavanderas, de alguien que pudiera cantar, tocar al clave o escribir alguna pieza musical que entretuviera las largas veladas.
Haydn tuvo suerte, mucha suerte, pues después de algunos empleos menores en 1759 entró como maestro de capilla (lo que sería hoy un director musical) al servicio del conde Morzin y, dos años más tarde, al de los príncipes húngaros de Esterházy, una de las familias más poderosas de todo el Imperio austriaco. Haydn permaneció a su servicio prácticamente toda su vida.
La vida en el castillo de Esterházy
A pesar de que la descripción oficial del trabajo de Haydn era la de sirviente y que estaba obligado a llevar librea como cualquier otro criado, lo cierto es que se le trataba con consideración. Tenía su propia criada y un lacayo a su servicio, además de un salario apreciable. Y lo mejor de todo para un compositor, libertad total para crear y una orquesta a su servicio con la que experimentar sin miedo. Así, Haydn pasaba sus días escribiendo nueva música y ejecutándola para el príncipe Nicolás. Éste, que como músico no era ningún haragán, también tocaba a veces.
Este trabajo le proporcionó a Haydn la oportunidad ideal de experimentar diversas formas musicales. Durante los años que permaneció en Esterházy estableció en la práctica las estructuras de la sinfonía y del cuarteto de cuerda (para saber más sobre ellas, pasa al capítulo 9). Por eso es reconocido como el padre de la sinfonía y por eso también Beethoven y otros músicos lo llamaban “papá”. Incluso hoy muchos de los que escriben sobre música se refieren al compositor como “Papá Haydn”.
Cuando el príncipe Nicolás Esterházy murió en 1790 y su hijo y heredero no mostró tanto interés por la música, Haydn inició una nueva aventura en la que, sin romper con la aristocrática familia (cada año tenía que escribirles una misa para voces solistas, coro y orquesta), tuvo ocasión de pasar temporadas en Viena y realizar viajes a Londres, donde era toda una celebridad. Y todo ello sin dejar de componer, pues era tal su fama que le llegaban encargos de todos los rincones de Europa. Uno de los más curiosos, todavía en vida del príncipe, fue uno de Cádiz para un oficio litúrgico que debía celebrarse en la Semana Santa de 1787. Haydn respondió con Las siete últimas palabras de Cristo en la cruz, para cuarteto de cuerda.
Investiguemos a Haydn
Para
apreciar desde el primer instante la frescura e ingenio del arte de
Haydn te recomendamos que escuches la Sinfonía n.o 94 en Sol mayor “Sorpresa” .
Existe una anécdota, seguramente falsa, pero no por ello menos
deliciosa, sobre ella: cuando trabajaba en Londres, Haydn percibió
que una persona de la audiencia tenía la tendencia a quedarse
dormida después de comer, cuando la música era lenta o suave. En
venganza, escribió un movimiento lento en el que la música suena
cada vez más suave como invitando a echar una cabezadita, todo para
romper luego, de improviso, en un atronador acorde de la orquesta
al completo. Exactamente como lo había previsto, ese acorde
despertó no sólo al durmiente en cuestión, sino a toda la sala.
Bromas
de este tipo son comunes en Haydn. A veces incluso con una
intención un tanto reivindicativa que diríamos hoy, como en la
Sinfonía n.o 45 en fa
sostenido menor, subtitulada “Los adioses”. El
compositor la escribió para indicarle sutilmente al príncipe que la
estancia en el palacio de verano de Esterházy se estaba alargando
demasiado y que todos los músicos (y no menos el resto del
servicio) tenían ya ganas de volver a sus casas con su familia.
¿Qué hizo Haydn? Pues escribir un movimiento final en el que los
músicos de la orquesta van callando paulatinamente y abandonando su
atril hasta que en el escenario queda solo el primer violín, acaba
y se va también. Una forma sutil de decirle al príncipe: “¡Venga,
vámonos ya a casa, que esto se alarga demasiado!”.
A medida que envejecía, Haydn incorporaba en su música más y más melodías del folclore campesino, como las que había oído en su juventud. Un ejemplo perfecto es el movimiento final de su última sinfonía, la Sinfonía n.o 104 en Re mayor “Londres”.
Si te
entusiasma este tipo de música, a continuación te indicamos algunas
excelentes obras de Haydn para añadir a las ya comentadas:
Todas estas obras te darán una imagen completa del genio de Haydn. Pero si tomas cualquier otra sinfonía o cuarteto de cuerda no pasa nada. La estructura será igual de impecable y siempre, en un momento u otro, aparecerá un detalle del humor característico de este gran compositor.
Wolfgang Amadeus Mozart
En el
capítulo 2 te decíamos que para
nosotros Bach es el máximo compositor de todos los tiempos. Pero
mucha gente le otorgaría tal título honorífico a Wolfgang Amadeus
Mozart (1756-1791), ¡y con todo el derecho del mundo! Tanto, que
estamos a punto de desdecirnos... Desde el comienzo de su vida
Mozart dominó la música de manera tan fácil y natural que la gente
quedaba, y queda, estupefacta. En la figura
3-2 puedes ver cómo era.
Si has visto la película de Milos Forman Amadeus, sabrás cómo Mozart hacía sufrir a sus rivales por la facilidad con que componía. Las ideas musicales surgían en su cerebro completas, como si le fueran dictadas y no tuviera que hacer más que escribirlas, sin necesidad de realizar luego correcciones. ¡Y no es ficción! Las partituras autógrafas que se han conservado carecen de tachón alguno. Otra cosa es cuando tenía que escribir una carta: en ese caso, lo mejor que se puede decir es que su aproximación a la ortografía era muy imaginativa.
Su padre, Leopold, fue un compositor y violinista respetado y un teórico de la música, pero sacrificó su propia y prometedora carrera para fomentar el descomunal talento de su niño prodigio. Así, le enseñó al joven Wolfgang a tocar el piano y el violín, además de la teoría musical mientras crecía en Salzburgo, su ciudad natal.
Con la educación recibida de su padre, Wolfgang compuso obras para piano desde la edad de cuatro años. Poco después, con ocho años, escribió su primera sinfonía. Y cuando tenía doce, ya se atrevía con óperas como Bastián y Bastiana.
Figura 3-2: A la izquierda, Wolfgang Amadeus Mozart, niño prodigio. A la derecha, Mozart en años posteriores.
Mozart en el circo
Leopold reconocía al genio con sólo mirarlo. Llevó a Wolfgang y a su hermana mayor, Maria Anna (Nannerl para la familia), por toda Europa. Dondequiera que llegaban, Leopold presentaba a su hijo como un fenómeno digno de ver. Uno de los carteles en Londres anunciaba: “A todos los amantes de la ciencia: el mayor prodigio de que Europa, o aun la naturaleza humana, pueda ufanarse es, sin lugar a dudas, el niñito alemán Wolfgang Mozart”.
Y lo era. El joven Mozart desplegaba habilidades tales como improvisar al teclado, ejecutar a primera vista piezas difíciles que nunca había visto, y tocar con las manos ocultas bajo un paño de modo que no pudiera ver las teclas. Por su parte, Nannerl cautivaba al público tocando el clavicémbalo.
Uno de
los logros más asombrosos del pequeño tuvo como escenario Roma.
Mozart tenía catorce años cuando un día lo llevaron a la Capilla
Sixtina para que escuchara el Miserere del compositor
Gregorio Allegri (1582-1652). Se trataba de una compleja obra
polifónica que sólo podía escucharse allí y de la que ni siquiera
había partituras disponibles fuera del Vaticano. Es más, se
guardaban celosamente y estaba prohibido sacarlas al exterior bajo
pena de excomunión. Pues bien, a Mozart le bastó escucharla una
sola vez para, de vuelta a su habitación, transcribirla toda sobre
pentagrama. Una segunda audición al día siguiente le sirvió para
corregir algún pequeño detalle. La obra prohibida ya estaba en sus
manos y en las de cualquiera que quisiera leerla. Hoy a esto se le
llamaría piratería musical...
Mozart recibe un puntapié en el trasero
El padre de Mozart era un empleado de la corte del arzobispo de Salzburgo, y ése en principio debía ser también el destino de su prodigioso hijo. Pero la provinciana ciudad y la vida de su pequeña corte ahogaban a Wolfgang. Sí, el trabajo era seguro y no estaba mal pagado, pero eso de pasarse la vida escribiendo misas para el arzobispo y serenata para algún burgués se le quedaba francamente pequeño. Y más siendo consciente como era de su genio y habiendo saboreado las aclamaciones del público. Lo tenía claro: Viena, la capital imperial, debía ser su destino.
Finalmente, tanto insistió para que lo liberaran del servicio que, para escándalo de todos los salzburgueses y terror de Leopold, el arzobispo acabó despidiendo a Mozart. Su secretario, en uno de los menos sutiles gestos de toda la historia de la música, le propinó un certero puntapié en el trasero al genio, quien sin perder un solo instante marchó hacia Viena en busca de mejor fortuna.
La capital imperial era por entonces un importante centro de la actividad musical europea. Y Mozart, que ya había triunfado allí como niño prodigio, entró con buen pie. Sus conciertos para piano eran aplaudidos, no le faltaban ofertas para que diera clases de música a las hijas de los nobles y burgueses, y además le encargaron una ópera en alemán, El rapto en el serrallo. Ópera que gustó, a pesar del comentario del emperador José II: “Demasiadas notas, mi querido Mozart, demasiadas notas”. Y es que en aquella época las óperas alemanas (en realidad un singspiel, tipo de obra que alterna partes cantadas con habladas) tenían una música bastante sencilla, y la de Mozart era la propia de una ópera con todas las letras.
Mozart se gana la vida
Por entonces, Mozart se enamoró de una encantadora soprano llamada Aloysia Weber. Después de que ella le diera calabazas, Mozart orientó sus afectos hacia la hermana menor, Constanza, con quien se casó. Para conmemorar la boda, Mozart compuso su Gran misa en do menor, que la novia cantó en el estreno.
Pero el público vienés pronto se reveló en exceso voluble. Mozart no era ya un niño prodigio y, aunque su música era muy apreciada por los buenos conocedores, al poco tiempo dejó de ser una novedad. Consecuencia: bajaron los encargos, bajaron las clases, bajaron los ingresos.
Mozart, no obstante, no se desanimó. Y además conoció a uno de los pocos colegas a los que admiraba: Franz Joseph Haydn. Ambos entablaron una amistad para toda la vida. Cuando Mozart dedicó al anciano maestro un conjunto de cuartetos de cuerda, Haydn escribió a Leopold, el padre del genio: “ Manifiesto a usted, delante de Dios y con toda honestidad, que su hijo es el más grande compositor que conozco, personalmente o de nombre”.
Aunque sin un trabajo estable y con una familia que mantener, Mozart siguió componiendo, con las miras puestas sobre todo en el único género que podía dar entonces buenos beneficios a un compositor: la ópera. Para ello encontró un aliado de excepción en un poeta italiano de vida disoluta, Lorenzo da Ponte, que le sirvió el libreto de Las bodas de Fígaro. Viena la acogió con frialdad, pero cuando se representó en Praga el público enloqueció de entusiasmo. Tanto como para que un año después, en 1787, Mozart volviera a ella para estrenar una nueva ópera, también con libreto de Da Ponte, Don Giovanni. Fue otro éxito sensacional. No obstante, Mozart desoyó las propuestas de fijar su residencia en la capital checa y volvió a la ingrata Viena.
Adiós a Papá Haydn
En Viena Mozart continuó frecuentando a su amigo y mentor Haydn. En 1790, cuando Haydn era un “viejo” de cincuenta y ocho años y Mozart tenía sólo treinta y cuatro, pasaron un día juntos. Después de la cena, cuando llegó el momento de separarse, Mozart se dirigió a Haydn, que estaba a punto de partir hacia Inglaterra para dar a conocer sus últimas sinfonías, y le dijo: “Ésta es probablemente la última vez que nos decimos adiós en esta vida”.
Tenía razón. Antes de que transcurriera un año, Mozart habría muerto.
Después de su muerte, a los treinta y cinco años, corrió el rumor de que había sido envenenado por Antonio Salieri, un celoso colega. El rumor circuló durante años y ha dado lugar a una obra de teatro de Alexander Pushkin sobre la que Nikolai Rimski-Kórsakov escribió su ópera Mozart y Salieri, y a otra obra de teatro, de Peter Shaffer, que dio lugar a la mencionada película Amadeus. Pero lo más probable es que el compositor muriera de agotamiento físico.
La última obra de Mozart fue un Réquiem encargado por un extraño desconocido. Si recuerdas la escena de la película, ese extraño no es otro que Salieri escondido tras un disfraz monstruoso, que aterroriza a Mozart hasta el delirio y la muerte. Aunque esta escena es pura invención, el extraño desconocido sí existió: era un enviado del conde Franz von Walsegg, un noble con ínfulas de compositor que deseaba hacer pasar el Réquiem como una obra maestra suya y dirigirla en memoria de su esposa.
La leyenda romántica dice también que Mozart estaba convencido de que escribía este Réquiem para sí mismo. Se apresuraba en forma febril para terminar la obra, pero sólo lograba agravar su enfermedad. Finalmente completó unos pocos movimientos y un bosquejo del resto. Su alumno, Franz Xaver Süssmayr, la terminó después de la muerte del maestro. Ésta es la versión que se ejecuta hoy la mayoría de las veces.
Desde la muerte de Mozart, el mundo musical no ha vuelto a ver jamás a alguien con tal combinación de genio musical, facilidad de composición e inspiración elevada. Su música representa la esencia del estilo clásico: elegante, refinada, vivaz y nada sentimental, pero con un susurro de profunda emoción.
La música de Wolfgang
Nada de lo escrito por Mozart es malo. Puedes ir a la tienda de discos más cercana o a la biblioteca o a internet, dondequiera que haya música, y escoger a ciegas, porque siempre tendrás entre manos una obra maestra de este músico.
Es
difícil seleccionar y recomendar una corta lista de sus más de
seiscientas composiciones en todos los géneros. Pero como sabemos
que confías en nosotros, y como nuestro sagrado deber es
intentarlo, te recomendamos las siguientes obras orquestales:
Y escucha también estas obras de cámara y para piano solo:
Por supuesto, no puedes perderte estas óperas:
No podían faltar algunas obras vocales:
En estos títulos las iniciales KV se refieren al número de catálogo de Mozart, y te serán muy útiles a la hora de buscar ciertas obras.
Ludwig Van Beethoven: el hombre que lo cambió todo
Ni siquiera Mozart influyó tanto como Ludwig Van Beethoven (1770-1827) en el curso de la música clásica. Nacido en la alemana Bonn, Beethoven (puedes ver su retrato en la figura 3-3) era hijo de un músico de la corte local llamado Johann. Como el padre de Mozart, Johann intentó convertir a su hijo en un niño prodigio famoso. Pero, a diferencia del salzburgués, lo hizo de manera ruda, golpeando a su hijo cuando el prodigio no se manifestaba con rapidez y optando por la maniobra un tanto burda de restarle a la criatura años para que pasara por más precoz de lo que ya era. No funcionó. En todo caso, prodigio hubo: el de que Beethoven no aborreciera la música, sino que se consagrara a ella con auténtica pasión.
A los veintidós años Beethoven viajó —¿adónde sería?— a Viena, el centro de la actividad musical de entonces. Allí se estableció para el resto de sus días, escribió música para varios personajes, compuso obras para ocasiones especiales y dio conciertos de sus propias composiciones, con los que obtuvo mejores ingresos que su ídolo Mozart.
Figura 3-3: Ludwig Van Beethoven lo cambió todo.
Beethoven era de temperamento altivo, impulsivo e impetuoso, como son sus obras. A la gente le gustaba observarlo y escucharlo mientras ejecutaba sus apasionadas composiciones para piano. Entre bambalinas, no obstante, se enfrentaba a patronos y amigas con su vehemente personalidad. No fue un tipo fácil en sus relaciones.
Todos conocemos caracteres así: genios de difícil trato, a pesar de sus increíbles habilidades y talento.
Papá Haydn le enseña dos o tres cosas a Ludwig
Pero la razón principal por la que Beethoven se mudó a Viena fue para estudiar composición con Haydn. (Tras la muerte del melómano príncipe Esterházy, Haydn había vuelto a su residencia permanente en Viena.) Aunque la relación entre ambos no fue menos tormentosa que otras de Beethoven, Haydn toleró con paciencia las impertinencias de su alumno, cuyo talento supo vislumbrar de inmediato.
Al igual que Mozart, Beethoven aprendió a escribir sinfonías y cuartetos de cuerda, las dos grandes especialidades de Haydn. De hecho, en las dos primeras sinfonías de Beethoven la influencia de Haydn es omnipresente. Su forma, estructura y duración las hacen casi idénticas a las que componía Haydn por entonces, si bien sus acentos son más rudos y el sentido del humor es barrido por la contundencia.
La tragedia de no oír
Pero
entonces ocurrió algo que cambiaría para siempre a Beethoven. A los
trienta y un años comenzó a darse cuenta de que estaba perdiendo
paulatinamente el oído. Como puedes imaginarte, esto es lo peor que
puede ocurrirle a un músico, y no hablemos ya si se trata del más
temperamental de todos. Esa sordera incipiente tuvo un profundo
efecto perturbador en Beethoven.
Una vez, Beethoven paseaba por el bosque en compañía de su alumno Ferdinand Ries, quien se refirió a la hermosa melodía de la flauta de un pastor que sonaba en las proximidades. Al notar que no había oído nada, el maestro cayó en una depresión abrumadora. Sobre su tormento escribió más tarde un documento, a la vez valiente y patético, conocido como el Testamento de Heiligenstadt. En él se puede leer:
Oh vosotros, hombres que pensáis que soy malvado y misántropo, cuán equivocados estáis. No conocéis la secreta razón... Desde hace seis años he estado horriblemente afligido... ¡Ah! ¿Cómo podría admitir una debilidad en un sentido que en mí era más perfecto que en otros, un sentido que alguna vez poseí en un alto grado de perfección? No puedo hacerlo. Perdonadme entonces si me veis vivir apartado en tanto que me mezclaría de buena gana entre vosotros... Debo vivir solo, cual desterrado...
Las composiciones de este período ostentan el sello de un hombre desesperado por ser el dueño de su propio destino. Si se conoce su situación se comprenderá mejor su música. Al expresar su sufrimiento, Beethoven tomó de la mano la música y la llevó del clasicismo al Romanticismo, época en la que el elemento musical de mayor importancia es la expresión de los sentimientos.
La sinfonía “Heroica”
No existe una obra que haya revolucionado tanto la historia de la música como la Sinfonía n.o 3 en Mi bemol mayor, conocida como “Heroica”. Con esta composición, Beethoven dejó de ser un simple continuador de Haydn y Mozart, y encontró su propia y particular manera de expresarse.
Desde el comienzo, concibió una obra de grandes proporciones, destinada a evocar la vida y la muerte de un gran héroe. Originalmente ese personaje (tan vivito y coleando que acabó sitiando Viena) era Napoleón Bonaparte. Pero todo cambió en 1804, de acuerdo con el relato de Ferdinand Ries:
Por entonces Beethoven sentía una gran admiración hacia Bonaparte. Yo vi una copia de la partitura sobre su mesa de trabajo, con la palabra Bonaparte escrita en la parte superior de la primera página, y en la parte inferior Luigi Van Beethoven y nada más.
Fui el primero en anunciarle que Bonaparte se había proclamado emperador. Se enfureció y gritó: “Entonces ¿es sólo un ser ordinario? Ahora pisoteará los derechos del hombre, guiado por su ambición. ¡Se convertirá en un tirano!”. Luego tomó la primera página, la hizo pedazos y la tiró al suelo. Más tarde esta página fue escrita de nuevo y sólo entonces recibió la obra el nombre de Sinfonía heroica.
La obra
dura casi dos veces más que cualquier sinfonía anterior; Beethoven
manipuló sus proporciones en forma dramática.
El segundo movimiento, lento, es especialmente novedoso. Consiste en una sombría marcha fúnebre con instantes de gran aflicción y apasionadas explosiones de pena, pero sin perder nunca el tono solemne.
Beethoven escribió en total nueve sinfonías. En ellas puso a prueba y expandió las formas sinfónicas existentes. Con cada obra trató de que su música fuera más y más expresiva y la condujo con intrepidez hacia regiones del espíritu que ningún músico antes que él había hollado.
La Quinta sinfonía
Pero la sinfonía más famosa de Beethoven es, por supuesto, la Quinta. Es la que comienza en la tonalidad austera de do menor, con el famoso motivo de cuatro notas que todo el mundo conoce: “¡Ta, Ta, Ta, TAAAAAA!”.
La sinfonía termina después de cuatro movimientos de una lucha gigantesca. Pero en lugar de hacerlo en do menor (la tonalidad seria del comienzo), Beethoven concluye en la tonalidad alegre, triunfal y exuberante, de Do mayor. (Para saber más de las tonalidades, consulta el capítulo 19.)
Ahora bien, la diferencia entre un acorde menor y uno mayor es, en términos musicales, de sólo una nota. Pero desde el punto de vista emocional la diferencia es enorme. Cuando pasas de menor a mayor sientes que la tormenta amaina, las nubes se disipan y el sol brilla de nuevo.
Escucha el primer movimiento en la pista 4 de los archivos de audio
de este libro que puedes encontrar en www.paradummies.es y síguelo mientras lees el
capítulo 11. Pero, para apreciar
por entero la atormentada aventura musical de la Quinta
sinfonía, lo mejor es que la escuches completa.
Del bosquejo inicial a la sinfonía
A diferencia de Mozart, Beethoven no fue un músico dotado de facilidad para componer. De hecho, en sus cuadernos se ve que luchaba con cada obra durante semanas y meses, años incluso, sin quedar nunca satisfecho.
Una de las más sencillas melodías que figura en sus cuadernos de notas se convirtió en uno de los temas más profundos de la historia: el de la “Oda a la alegría” de su última sinfonía, la Sinfonía n.o 9 en re menor “Coral”. Hoy es el himno de la Unión Europea.
La “Oda a la alegría” es un largo y hermoso poema de Friedrich Schiller. Desde los veintitrés años, Beethoven deseaba ponerlo en música. Finalmente encontró el lugar adecuado, justo al final de esa Novena sinfonía.
Hasta entonces, las sinfonías eran sólo para orquesta. Pero en su Sinfonía n.o 9 Beethoven incluyó cuatro voces solistas (soprano, contralto, tenor y bajo; puedes saber más sobre ellas en el capítulo 17) y un gran coro para cantar el poema de Schiller. Para los críticos musicales de su tiempo, incluyendo los cantantes, esto fue una traición, y el debate continuó durante décadas en los círculos musicales. Pero no tardaron otros compositores en seguir su ejemplo, como Felix Mendelssohn, Gustav Mahler o, ya bien entrado el siglo XX, Dmitri Shostakóvich, que tienen también sinfonías corales.
Por
fortuna, al público le importan muy poco las dudas y cuitas de los
círculos musicales y la primera ejecución fue un gran éxito. Al
terminar la obra la audiencia, de pie, brindó a Beethoven una
ovación atronadora. Pero en esa época el músico
ya estaba completamente sordo y, sentado en el escenario frente a
la orquesta, no percibió la reacción del público. Entonces uno de
los cantantes, en un acto bondadoso y célebre, le tocó
delicadamente el hombro y le dio vuelta para que viera al auditorio
enloquecido.
Cuando Beethoven murió, su entierro fue como el de un héroe. Unas treinta mil personas asistieron al funeral. Uno de los portadores del ataúd era Franz Schubert, de quien te hablaremos en el próximo capítulo.
La música de Beethoven
Si
deseas escuchar más música de Beethoven (y deberías hacerlo)
considera las siguientes obras maestras para orquesta:
A propósito de Beethoven, no podemos dejar de hablar también de sus sonatas para piano. Éstas son sus tres más famosas, aunque cualquiera de las 32 que escribió derrocha genialidad y originalidad a raudales:
También están sus obras de cámara. Algunas de nuestras favoritas son:
Y, por supuesto, no podemos olvidar la obra a la que Beethoven dedicó muchos años de su vida, la ópera Fidelio, uno de los cantos más emocionantes sobre el anhelo de libertad del ser humano y la fuerza del amor conyugal, esto último algo como mínimo sorprendente, habida cuenta que Beethoven nunca se casó... Aunque no la escuches toda, las tres oberturas, tituladas Leonora I, Leonora II y Leonora III (Leonora era el título de la primera versión de esta ópera), además de la propia de Fidelio, valen mucho la pena.
Otros clásicos de la A a la Z
Si algo
distinguió al clasicismo fue el ser un estilo internacional. Era,
por decirlo de otro modo, el lenguaje en el que se entendían y
expresaban todos los compositores. A continuación, te destacamos
algunos de ellos:
Como ves, el clasicismo es un estilo clave en esto de la música clásica. Y lo es sobre todo por el papel que dio a las formas, a las estructuras que ponen orden a la inspiración del compositor y hacen que su obra pueda ser entendida y disfrutada por los melómanos. Pero a la generación más joven todo esto le parecía demasiado artificial, falto de sentimientos humanos. O mejor, de pasiones de esas de todo o nada. Los jóvenes, melenudos y rebeldes románticos estaban ya llamando a la puerta. Pasa página y los conocerás.