Capítulo 4
La revolución de los románticos
En este capítulo
Schubert y Mendelssohn, dos románticos amantes de lo clásico
Hector
Berlioz, el gran revolucionario de la orquesta
Brahms, el tercero de las tres grandes Bes de la música
La
música del futuro vista por Liszt y Wagner
El nacimiento del siglo XIX vino acompañado por un cambio en el gusto musical. Seguía vigente el clasicismo, sí, pero como la propia obra de Beethoven demostraba, se estaba abriendo paso también una necesidad nueva en los artistas. Ya no bastaba tomar una forma bien definida como la sinfonía o el cuarteto de cuerda, e intentar demostrar ingenio en su forma de abordarla. No, ahora el creador quería mostrarse también a sí mismo, los sentimientos que le embargaban.
Frente a la objetividad y perfección formal clásica, las artes, y en particular la música, se asomaban ahora a los abismos de la subjetividad y la expresión individual. Eso Beethoven ya lo había hecho con sus obras mayores, como la Sinfonía n.o 5 o las últimas sonatas para piano y cuartetos de cuerda, pero ahora su ejemplo iba a cundir en muchos otros compositores jóvenes, que lo tomaron a él como modelo y también al Mozart de Don Giovanni y su bajada a los infiernos. Nacía, pues, el Romanticismo, en el que lo más importante era la emoción, el sentimiento y la introspección, elementos subjetivos que muchas veces hallaban su reflejo en la naturaleza, de ahí la frecuencia con que en estas obras aparecen atardeceres, tempestades y trabajos en el campo.
No obstante, el Romanticismo, y te lo decimos ya, no es un movimiento homogéneo. Ni siquiera supone una ruptura radical con el período anterior como en un principio podría pensarse. Muchos compositores, de hecho, empezaron cultivando una música en el más puro estilo clásico, como Franz Schubert, y sólo más tarde derivaron hacia un estilo más romántico. Pero todos, de una manera más respetuosa o menos, conservaron las estructuras y formas tradicionales del clasicismo. Las enriquecieron, sin duda, pero no las tiraron por la borda. Señal inequívoca que los clásicos lo habían hecho bien creando unas formas flexibles y maleables.
Schubert y sus canciones
Veintisiete años tenía Beethoven cuando nació Franz Schubert (1797-1828). Observando con astucia que todos los grandes compositores del período clásico habían terminado por vivir más pronto que tarde en Viena, Schubert decidió ahorrarse el traslado y nacer de una buena vez allí.
Al igual que de Mozart, las melodías brotaban espontáneamente del cerebro de Schubert (cuyo retrato se muestra en la figura 4-1), como el agua de la fuente. Cuando terminaba una obra, simplemente comenzaba otra. Y sus melodías son cantables, pegadizas, incluidos los temas de sus sinfonías.
Tardes schubertianas
Schubert fue un pianista notable, pero no un virtuoso como Mozart o
Beethoven, y no ganó mucho dinero tocando. Pero su piano estaba
siempre dispuesto en las alegres tardes que pasaba con sus amigos
músicos, las que con el tiempo se llamaron schubertiadas.
Se reunían, se contaban sus cosas y bailaban la música que Schubert
componía allí mismo.
Figura 4-1: Franz Schubert, uno de los más prolíficos compositores de canciones de la historia.
Y sobre todo cantaban, cantaban las maravillosas canciones que la fértil imaginación del compositor no cesaba de dar.
Ese círculo de amigos se acercó aún más cuando Schubert, quebrantado y sin trabajo, tuvo que vivir en casa de algunos de ellos por largo tiempo. Viena todavía recordaba a Haydn y Beethoven estaba en ascenso, de modo que era difícil para Schubert competir en el campo de la sinfonía. Por otra parte, un joven compositor llamado Gioachino Rossini (lee en este mismo capítulo el recuadro “Un siglo de ópera italiana”) arrastraba multitudes con sus óperas, así que Schubert tampoco lograba tener éxito con las suyas.
Una sinfonía sin acabar
No
obstante, las sinfonías de Schubert son exquisitas. Las primeras
seis son trabajos escolares de aroma mozartiano, aunque en la
calidad de sus melodías ya se aprecia la personalidad schubertiana.
Pero la más famosa es la Sinfonía n.o 8 en si menor, la
“Inacabada”. Y no recibe este nombre porque sí, sino
porque realmente está inacabada. En realidad, nadie sabe
exactamente la razón por la que Schubert escribió sólo dos
movimientos en lugar de los cuatro habituales. Proponemos tres
hipótesis al respecto:
Algunos musicólogos han tratado de reconstruir el tercer y cuarto movimientos pero, para nuestros oídos, no suenan compatibles con los dos primeros, que son extensos, emocionantes, llenos de una expresividad vivida. Puro romanticismo en estructuras clásicas.
Tras la “Inacabada” Schubert escribió su Novena, llamada en este caso la “Grande”, y por una buena razón: es la más larga de sus sinfonías, y una de las más largas del repertorio hasta la irrupción de las mastodónticas criaturas de Anton Bruckner y Gustav Mahler. Pero Schubert no tuvo oportunidad nunca de escucharla. Quedó en un cajón, y fue sólo diez años después de su muerte cuando otro romántico, Robert Schumann, la encontró entre unos papeles que tenía un hermano del compositor. Rápidamente advirtió su valor y se la envió a Felix Mendelssohn, que entonces era director de la orquesta de Leipzig. Allí se estrenó en 1839. Para Schumann, no se había escrito nada tan impresionante en la música orquestal desde Beethoven.
El maestro de la canción
A pesar de que sus sinfonías son buenas, Schubert estaba más dotado para escribir pequeñas piezas musicales, como las obras cortas para piano llamadas Impromptus y Momentos musicales, en las que su fantasía puede desarrollarse libremente sin necesidad de seguir unos esquemas formales estrictos.
Pero, sobre todo, Schubert fue un gran compositor
de canciones, o lieder (lied en singular), por
decirlo en alemán. Escribió en total más de
seiscientos.
Schubert las escribió para una voz con acompañamiento de piano.
Aunque la palabra “acompañamiento” no es en realidad apropiada,
pues en estas canciones voz y piano están en pie de igualdad.
Cuando la voz canta “Margarita en la rueca”, en el piano se oye una
figura melódica que se repite una y otra vez, evocando a la vez el
girar de la rueda y la agitación de los pensamientos románticos de
la joven. Cuando canta sobre un padre y su hijo que cabalgan en la
noche en “El rey de los elfos”, el acompañamiento describe
gráficamente el galopar del caballo. Si, como en “La trucha”, la
voz canta sobre ese pez que nada en el río, el piano es el río y
también el pez. Cuanto más se escuchan las canciones de Schubert
tanto más se comprenden, y sin necesidad de conocer el sentido
exacto de cada palabra.
Algunas de esas canciones Schubert las agrupó en ciclos, lo que le permitía explicar y desarrollar una historia más larga, siendo cada una de las canciones como la viñeta de un cómic. La bella molinera y El viaje de invierno son los dos ciclos que compuso y en los que hay de todo, desde escenas de carácter popular a toda la desolación del amor no correspondido o de la muerte.
Un año después de cargar el ataúd en el funeral de Beethoven, Schubert moría de fiebre tifoidea. Murió muy pobre, como había vivido, y en plena juventud: tenía sólo treinta y un años.
Para conocer más de Schubert
Si
deseas ser un schubertiano de la cabeza a los pies, escucha las
siguientes obras:
En todas estas obras, la letra D se refiere al número de catálogo de Schubert.
Felix Mendelssohn
Mientras tanto, en Alemania surgía otro genio, que también estaba destinado a escribir grandes obras y a morir joven: Felix Mendelssohn (1809-1847).
Felix (puedes ver su retrato en la figura 4-2) fue un niño privilegiado. Su padre era banquero y su abuelo, filósofo. Cuando sus padres percibieron las inmensas dotes naturales de su hijo, le ayudaron a desarrollarlas contratando a los mejores profesores. No es extraño así que comenzara a componer desde muy temprano y que esa música suene muy madura a la par que espontánea y fresca, como demuestran tanto el Octeto para cuerdas, compuesto a los dieciséis años, como la obertura para la comedia de Shakespeare Sueño de una noche de verano, un año posterior.
Figura 4-2: Felix Mendelssohn, el hombre que redescubrió a Bach.
Mendelssohn compuso, unos diecisiete años más tarde, música
adicional para la misma comedia. Entre las piezas compuestas
entonces figura la más famosa de su catálogo: la “Marcha
nupcial”.
Al igual que Mozart, Mendelssohn no necesitaba hacer bosquejos preliminares. La música fluía de su cerebro completa y no tenía sino que escribirla. Los colegas se maravillaban al ver a Felix escribir en medio de una conversación corriente.
El redescubrimiento de Bach
Mendelssohn fue uno de esos raros compositores que lograron fama y dinero sin tener que morirse primero. Pero no sólo destacó como compositor, sino también como director de orquesta. Uno de sus grandes hitos en este campo lo logró a los veinte años, cuando desempolvó y resucitó la Pasión según san Mateo de Bach en un concierto en Leipzig. Desde la muerte del compositor, era la primera vez que se escuchaba. Desde entonces, Mendelssohn participó activamente en la labor de recuperación de Bach, que comenzó a ser admirado, reverenciado y amado por el mundo entero.
El contacto con Bach acabó influyendo sobre el Mendelssohn compositor. Era inevitable, y así su huella está presente en los oratorios bíbicos Paulus y Elijah.
Su popularidad, no obstante, no puede compararse con la de sus sinfonías. Sobre todo la Sinfonía n.o 3 en la menor “Escocesa” y la Sinfonía n.o 4 en La mayor “Italiana”. (No hagas mucho caso de los números de las cinco sinfonías de Mendelssohn, pues de manera excepcional no indican el orden de composición; así, la Tercera es la última de las cinco que compuso, mientras que la Cuarta es la tercera, y la Quinta, la segunda.) Ambas son fruto de los viajes que el compositor emprendió en su juventud para empaparse de experiencias vitales y musicales por lugares tan románticos como pintorescos.
Los sonidos de Mendelssohn
Además
de las obras mencionadas en el texto, el catálogo de Mendelssohn
tiene muchas otras que vale la pena escuchar. Busca cualquiera de
éstas:
Con estas obras descubrirás un romántico de perfiles clásicos, es decir, un músico con una fina sensibilidad poética, pero para quien la música no necesariamente tenía que expresar pasiones desgarradoras, por lo que se encontraba bien a gusto con las formas heredadas del clasicismo. Algo que compartía con nuestro siguiente invitado.
Carl Maria von Weber
Como todo compositor romántico que se precie, Carl Maria von Weber (1786-1826) compuso gran cantidad de obras que suenan muy románticas. Pero también es recordado por sus contribuciones a la música clásica como un estilo de vida.
Weber (puedes ver su retrato en la figura 4-3) fue el primer director en disponer una ubicación particular para los músicos de la orquesta, es decir, un sistema de secciones o grupos que se usa todavía; el primero en hacer ensayos separados por secciones; el primero en dirigir, usando una batuta, desde el podio (en lugar de hacerlo desde el teclado o golpeando una vara contra el suelo). Y por si todo eso no fuera poco, fue el primero en exigir un completo control artístico sobre todos los aspectos de las producciones operísticas que dirigía, y tanto daba si se trataba de obras suyas o de otros. Si a eso se suma el que era uno de los mejores pianistas del mundo, sólo cabe una sana envidia.
Figura 4-3: Carl Maria von Weber, uno de los primeros compositores románticos, innovador en casi todos los aspectos del medio musical.
Por otra parte, Weber es conocido como el padre de la ópera romántica alemana. Y para ganarse un lugar entre todos los que definieron la era romántica, logró morirse de un modo muy romántico: de tuberculosis, la causa principal de muerte entre los artistas de este período.
Weber fue un maestro de los ambientes. Creó diversos efectos de atmósfera, incluyendo una sensación estremecedora, escalofriante, perversa y sobrenatural en la escena culminante de su ópera más famosa, El cazador furtivo. Es como una escena de horror gótico. De hecho, y no por nada, la obra es contemporánea del Frankenstein de Mary Shelley.
Por encima de todo, Weber sobresalió en el campo de la ópera, al que hizo otra importante aportación: incluir unas oberturas basadas en melodías que se escucharían al alzarse el telón, pero usadas de tal modo que ya te están explicando la historia. De hecho, pueden considerarse auténticos poemas sinfónicos en un momento en que éstos aún no existían (si quieres saber más sobre ellos, lee lo que se dice en este mismo capítulo sobre Liszt y consulta también el capítulo 9). Y por ello, no es extraño tampoco que esas oberturas se interpreten habitualmente en los programas de las orquestas sinfónicas.
Además
del mencionado El cazador furtivo, he aquí otras obras de
Weber que vale la pena conocer:
Esta última obra es un brillante vals para piano que se ha hecho popular en la no menos brillante orquestación de nuestro siguiente invitado, Hector Berlioz.
Hector Berlioz
Muchos de los grandes nombres de la historia de la música se conocen porque cambiaron las reglas de juego. Hector Berlioz (1803-1869), cuyo retrato puedes ver en la figura 4-4, es famoso por haberlas ignorado.
Figura 4-4: Hector Berlioz, romántico, visionario, genio de la composición.
Berlioz fue un innovador aún mayor que Beethoven, al menos en cierto sentido. Escucha, por ejemplo, una sinfonía de Beethoven y luego acércate a la Sinfonía fantástica de Berlioz, escrita sólo tres años después de la muerte del genio de Bonn. Al comparar los sonidos y todo lo que ellos conllevan y sugieren, pensarás que te has saltado algo, o que sencillamente Berlioz es alguien venido de otro planeta.
A punto de fallecer durante una disección
Berlioz nació en Francia cerca de Grenoble. Su padre era médico e
indujo a su hijo a seguir sus pasos. Así que Hector se fue a París
a estudiar medicina, pero una vez allí se convirtió en el más
famoso de la larga lista de futuros médicos que han abandonado la
profesión para dedicarse a cualquier otra cosa, por ejemplo la
música. ¿Qué le hizo cambiar de opinión? Pudo ser el inefable
atractivo de la música. O más bien que tuvo que hacer la disección
de un cadáver. A propósito de este episodio escribió:
Cuando entré por primera vez en al anfiteatro, el espectáculo de esa horrible carnicería humana, los miembros esparcidos, la mueca de las caras, los cráneos destrozados, la sangrienta cloaca por donde caminábamos, el olor nauseabundo, el enjambre de gorriones que se disputaban los jirones de pulmón, las ratas que en un rincón roían vértebras sanguinolentas, me colmó de tal horror que salté por la ventana, huyendo a toda velocidad, jadeante hasta llegar a casa, como si la muerte y su pavoroso cortejo me persiguieran...
Berlioz fue siempre un exagerado, pero lo cierto es que dejó la medicina. Es imposible saber si se perdió así un gran médico, pero lo que es indudable es que la música ganó un compositor con una sensibilidad a flor de piel y, como ya deja entrever el texto, una imaginación enfebrecida... ¡Buen cambio!
El sueño de un nuevo tipo de música
Berlioz entró entonces en el Conservatorio de París para estudiar con Luigi Cherubini (1760-1842), un compositor de origen italiano que había gozado de cierto éxito en tiempos de la Revolución francesa gracias a la ópera Medea. En su papel de pedagogo, Cherubini tenía fama de ser tan estricto en la disciplina como conservador en sus gustos, tan obediente a las reglas musicales como alérgico a toda idea nueva interesante, por lo que el nuevo alumno acabó convirtiéndose en una pesadilla. Y es que Berlioz, incluso antes de acabar su formación, ansiaba crear ya un nuevo tipo de música y no podía soportar la miopía de quienes no le comprendían.
Para espanto de Cherubini, Berlioz sentía que debía apartarse de las normas si eso le ayudaba a expresar lo que deseaba. Y a ello se consagró no sin haber estudiado a fondo todos los aspectos de la música: las reglas de la armonía, la estructura de una sinfonía, el modo de escribir una melodía, el número de ejecutantes de una orquesta...
Una historia fantástica
A los veintisiete años, y contra pronóstico, Berlioz ganó el Premio de Roma del Conservatorio, beca de cuatro años que le permitiría residir con todos los gastos pagados en la Ciudad Eterna, se entiende que para proseguir su formación. En realidad, no compuso gran cosa allí, ocupado como estaba en conocer la ciudad y sus gentes. Pero se llenó de inspiración para obras posteriores, entre ellas la obertura El carnaval romano, todavía hoy una de sus partituras más populares.
De
regreso a París, su vida iba a experimentar un cambio radical.
Cierta noche fue a una representación, en inglés, del Romeo y
Julieta de Shakespeare. Cuando la actriz que representaba a la
trágica protagonista salió a escena, Berlioz se enamoró perdida e
irremediablemente de ella. No había entendido ni palabra del texto,
pero desde entonces se propuso que esa mujer sería su esposa.
La mujer en cuestión era Harriet Smithson, una actriz irlandesa que no hablaba nada de francés. Pero eso, lejos de ser un obstáculo, avivó aún más la llama de la obsesión del músico. Comenzó a enviarle cartas, regalos y notas amorosas. E incluso viajaba donde ella se encontraba para hacerse el encontradizo. Al final tuvo éxito al aterrorizarla por completo.
Una obsesión hecha música
Como
resultado de su obsesión, Berlioz compuso una extraña sinfonía en
cinco movimientos a la que tituló Sinfonía fantástica y
para la que pergeñó todo un programa para que el público entendiera
mejor de qué iba la cosa. Este “Episodio de la vida de un artista”,
como figura a modo de explicación en la partitura, recrea una
historia de delirio, amor y muerte en la que un joven artista se
enamora locamente de una mujer que le responde con indiferencia
(¡sorpresa, sorpresa!). Berlioz escribió un tema musical para
representar esta obsesión y lo llamó idée fixe (idea
fija). La melodía en cuestión se oye una y otra vez en todos los
movimientos de la sinfonía, siempre adaptada a las
circunstancias.
En el primero de esos movimientos, titulado “Sueños y pasiones”, el protagonista toma opio y se hunde en un mar de pesadillas; el segundo, “Un baile”, evoca la visión de la amada en una fiesta; el tercero, “Escena en el campo”, es un cuadro de paz bucólica; el cuarto, “Marcha al suplicio”, no es sino una brutal marcha que conduce al artista al cadalso, pues resulta que ha asesinado a su amada... La guillotina cae, rueda la cabeza y... ¡acabamos en un último movimiento que pinta un conciliábulo de brujas y otros engendros, que acogen el alma del condenado! Y todo con la melodía del Dies irae de la misa gregoriana de difuntos planeando sobre toda esa fantasmagoría...
Como puedes imaginarte, la Sinfonía fantástica era tan diferente de todo cuanto se había oído hasta entonces que Berlioz se vio obligado a escribir unas notas destinadas al director de orquesta que decían: “Esto no es un error del copista. Está escrito así a propósito. Por favor, no ‘corrijan’ las notas”. No era de extrañar su temor, pues la obra es tan original en su concepción (y no digamos en su orquestación, no en balde Berlioz revolucionó el arte de escribir para orquesta) que muchas de sus innovaciones bien podían ser tomadas por errores.
Sin embargo, y para disgusto de Cherubini, la Sinfonía fantástica fue un éxito. Musical y también en otro sentido, pues el artista consiguió a la chica. Harriet Smithson asistió al concierto y quedó flechada. Se dieron una cita y al final se casaron.
Y nos encantaría poder añadir que fueron felices y todo lo demás, pero no fue el caso: después de años de matrimonio, Harriet seguía sin hablar francés y Hector nunca aprendió inglés. Finalmente, desesperados y aburridos, acabaron por separarse. C’est la vie!
Otras obras de Berlioz
La obra de Berlioz no se agota en la Sinfonía fantástica. Después de ella siguió escribiendo obras no menos desmesuradas, pero también otras más sencillas, siempre para orquesta, pues ése era el medio que más y mejor estimulaba su imaginación. Era un mago de los sonidos, y cada obra suya lo demuestra.
Muchos esfuerzos los dedicó también a la ópera, aunque sin suerte. Sobre todo porque la obra de toda su vida, Les Troyens, dura prácticamente cinco horas y requiere un montaje escénico y un elenco de solistas, coro y orquesta al alcance de pocos teatros... En su versión completa sólo se representó en 1969, un siglo después de la muerte del compositor.
Estas
obras te servirán para completar la visión de Berlioz:
Como Berlioz, nuestro siguiente compositor vivió sobre todo en París. Pero difícilmente podría hallarse un temperamento y personalidad más diferente. Juzga tú mismo.
Frédéric Chopin
Si Berlioz prácticamente no compuso nada fuera del ámbito de la orquesta, Frédéric Chopin (1810-1849) hizo del piano su principal y casi exclusivo medio de expresión. Delgado y frágil (en la figura 4-5 tienes su retrato), fue él quien revolucionó el universo de la música para piano. Cambió las ideas comunes sobre lo que se podía lograr con el piano (intimidad, brillo, canto, timbres diversos) y demostró que todo era posible.
Infancia polaca
Como muchos de los compositores de este capítulo, Chopin fue un niño prodigio. A los siete años publicó su primera obra en su Polonia natal, y sólo un año después debutó como pianista de concierto. Su infancia estuvo impregnada por los sonidos de las danzas populares polacas, como la polonesa y la mazurca, influencias musicales que se manifestarían con posterioridad en su música.
Frédéric compuso todas sus obras sentado al piano (si quieres saber más cosas de este instrumento, consulta el capítulo 16), y le gustaba improvisar a medida que las ejecutaba. Odiaba escribirlas de una vez por todas, pues ello significaba que quedarían congeladas en una forma única. Por desgracia el genio de Chopin para improvisar al instante se perdió con él. ¡Lástima que no se hubieran inventado las grabadoras un poco antes!
Cuando Chopin llegó a París a los veintiún años, su virtuosismo causó sensación: nunca antes se había oído música como la suya. Pero por su naturaleza frágil y enfermiza no podía dar muchos conciertos. Con todo, lograba ganarse la vida dando clases de piano y vendiendo sus composiciones, al tiempo que limitaba sus presentaciones públicas a reducidos y más descansados conciertos de salón, que tenían lugar en casa de alguien y con los que obtuvo un gran éxito.
Dedos pequeños, gran corazón
Una vez vimos (y tocamos) una réplica en bronce de una de las manos de Chopin. A partir de esta experiencia podemos concluir lo siguiente: sus dedos eran pequeños, delicados, brillantes y metálicos.
A pesar de esas manos pequeñas, el joven Frédéric dominaba el teclado. Su música es una cascada de notas que suben y bajan como un torbellino. Sus obras son suaves, cálidas y tiernas; en una típica grabación de Chopin rara vez se perciben los sonidos de agonía y dolor.
Figura 4-5: Frédéric Chopin revolucionó el sonido del piano.
Para conocer más de Chopin
Si
deseas conocer más cosas de Chopin, la verdad es que hay mucho
donde escoger. Te recomendamos especialmente estas obras, por
supuesto, para piano:
Te recomendamos estas obras, pero cualquier cosa que cojas de Chopin, sus mazurcas, polonesas, estudios, sonatas... Todo tiene valor y te mostrará a un creador con una escritura que más que tocar, parece que acaricie el teclado.
Robert Schumann
Robert Schumann (1810-1856) fue uno de los más notables compositores románticos alemanes, a pesar de no ser muy reconocido en su tiempo (puedes verlo en la figura 4-6). La historia de su vida, marcada por períodos de intenso traumatismo emocional, podría haber figurado en primer lugar en la lista de libros de autoayuda más vendidos.
Otro niño prodigio
Schumann mostró desde pequeño un talento excepcional para el teclado. Por desgracia la señora Schumann, como muchas madres de músicos antes y ahora, quería para su hijo una profesión más “respetable”, como la de abogado. De mala gana, Robert entró a la Escuela de Leyes de la Universidad de Leipzig. Pero, por desgracia para la señora Schumann, allí conoció a Felix Mendelssohn y se volvieron compinches. Muy pronto, como Berlioz, Schumann abandonó la universidad para probar suerte en la mucho más precaria carrera de músico.
Robert comenzó a estudiar piano con un fabuloso profesor llamado Friedrich Wieck, y muy pronto pasó lo que tenía que pasar: el alumno se enamoró de Clara, la hija adolescente del maestro.
Figura 4-6: Robert Schumann, uno de los principales compositores románticos alemanes.
Buscando desesperadamente a Clara
Clara también era un prodigio musical. A los nueve años había recorrido Alemania como virtuosa del piano; en esos momentos, a los dieciséis, tenía toda una brillante carrera por delante. Como es de imaginar, el padre fue de todo menos indiferente con respecto al interés de Schumann, que tenía veinticinco años y ninguna profesión sólida ni visos de tenerla en un futuro cercano, por su hija.
Pero Wieck cometió un grave error: olvidó el precepto básico en la educación de los niños. Aquel que dice que si le prohíbes algo a tu hijo adolescente puedes estar seguro de que lo acabará haciendo de un modo u otro. Así que Clara se casó con Schumann.
En lo
personal, los años que siguieron fueron los más felices de la vida
del compositor. Desde el punto de vista profesional la cosa no fue
tan bien: en un intento por reforzar el dedo anular de su mano
izquierda, que tiene menos amplitud de movimiento que los otros
(¡ensaya y verás!), Schumann inventó un dispositivo. Amarraba el
dedo con una cuerda, ataba el otro extremo de ésta al techo, y así
dormía. En teoría el artificio lograría extender gradualmente el
tendón y darle más flexibilidad; en la práctica el dedo quedó
paralizado por completo.
Con su carrera de pianista destrozada, Schumann se dedicó por entero a la composición. Escribió sobre todo piezas para piano hasta que se vio con fuerzas para abordar otras formas más ambiciosas, como sinfonías, conciertos, oratorios y hasta una ópera.
Un romántico de verdad
En la
más genuina tradición romántica, la expresión de las emociones en
música era para Schumann más importante que la forma, la razón o la
lógica. ¡Y no le faltaba material en el que inspirarse! Su
personalidad fluctuaba con violencia entre dos polos: uno
extrovertido e hiperactivo, el otro pasivo e
introvertido. A veces sentía como si fuera dos personas a la vez.
De hecho, llegó al extremo de bautizar sus dos personalidades y a
dejar que ambas escribieran y firmaran artículos: Florestán era el
extrovertido y Eusebio el introvertido.
Hoy conocemos el nombre clínico de su enfermedad. Schumann era maníaco-depresivo. Por desgracia, su enfermedad estuvo acompañada de alucinaciones en sus últimos años de vida. A los cuarenta y cuatro años, Schumann intentó suicidarse arrojándose al río Rin. Lo sacaron de las aguas empapado, mas vivo, pero su familia decidió internarlo en un asilo, donde finalmente murió dos años más tarde.
La música de Schumann
Las
mejores obras de Schumann son sus colecciones de piezas para piano,
escritas con tanta libertad formal que parecen improvisaciones.
Escucha especialmente las siguientes:
Y no dejes tampoco de escuchar estas otras obras, en las que Schumann se acerca a las formas clásicas, pero, como no podía ser menos, de una forma que les infunde nueva vida:
Y además, algunas otras recomendaciones en otros géneros:
Cualquiera de estas obras te mostrará la extraña y fascinante personalidad de Schumann, las luces y sombras de un músico que encarna como pocos todas las contradicciones el Romanticismo: por un lado, su necesidad de expresión; por otro, la cuestión de las grandes formas, que seguían siendo las clásicas. La resolución de ese conflicto vendría de la mano de Brahms.
Johannes Brahms
Al igual que sus predecesores Mozart y Beethoven, el alemán Johannes Brahms (1833-1897) fue un niño prodigio. Por fortuna para él, y para nosotros, su padre (un contrabajista) reconoció y alentó las capacidades de su hijo durante los años de formación. Pero al contrario que sus precursores, que obtuvieron empleos en sitios importantes como catedrales o palacios, Brahms consiguió trabajo como pianista en tabernas y burdeles de Hamburgo. Pero un trabajo es un trabajo, de modo que Brahms se familiarizó con una gran cantidad de música, en especial bailable, que interpretaba todas las noches. Puedes ver un retrato suyo en la figura 4-7.
Figura 4-7: Johannes Brahms, uno de los más grandes compositores de música clásica.
Una venturosa pausa
Brahms tenía veinte años cuando se armó de valor y fue a conocer al músico a quien más admiraba, que no era otro que Robert Schumann. Éste, después de estudiar la música que aquél le traía, escribió en un periódico de crítica musical: “¡Descúbranse, señores: un genio!”.
Pero Robert no fue el único Schumann interesado en el joven Brahms. También lo estuvo la encantadora esposa de Robert, Clara. La historia no nos dice exactamente cómo de interesada, pero lo cierto es que, tras la muerte de Schumann, Brahms y Clara pasaban más y más tiempo juntos.
Las grandes ligas
El célebre pianista y director de orquesta alemán Hans von Bülow acuñó la frase: “Las tres Bes: Bach, Beethoven y Brahms”. Tal honor debió de ser en extremo halagüeño para Brahms, pero también lo colmó de un gran sentido de responsabilidad para llevar adelante la gran tradición musical germano-austriaca. Se estableció entonces en Viena, donde habían vivido los grandes maestros a quienes tanto reverenciaba.
Brahms estuvo a la altura de lo que se esperaba de él: añadió una expresión romántica, rica y cálida, a las formas y estructuras de la música de las épocas barroca y clásica. Pero, además, fue uno de los compositores de la historia más críticos con sus propias obras. Desechó docenas y quizá centenares de composiciones antes de que alguien las escuchara. Así, sólo a los cuarenta y tres años consiguió acabar su Primera sinfonía. ¡A esa edad Mozart había compuesto 41 sinfonías, y estaba muerto y enterrado desde hacía ocho años! En realidad, tardó una eternidad en componerla (tres lustros, mes arriba mes abajo) por la tan romántica convicción de que Beethoven había dicho la última palabra en materia de sinfonías. Así, el mismo Brahms confesaba que durante su composición le parecía sentir detrás la molesta y asfixiante presencia del de Bonn...
Hoy
nos sorprende que la música de Brahms, de armonía exuberante y
seductor estilo, fuera considerada académica, laboriosa, árida y
aun disonante por el público de su tiempo. (Juzga tú mismo
escuchando la pista 5 de audio que puedes encontrar en la web de
este libro en www.paradummies.es.)
Pensamos que tales reproches se deben a que la melodía no era el fuerte de Brahms. Trabajaba, como Beethoven, con pequeñas ideas musicales llamadas motivos, por ejemplo fragmentos de apenas dos o tres notas, y las modificaba de manera ingeniosa, explorando todas sus posibilidades y permutaciones. El resultado es sorprendente, pero no siempre cantable.
Sin embargo, a Brahms le hubiera gustado haber sido bendecido con el don de la melodía pegadiza. Cuentan que una vez dijo: “¡Daría todo lo que he compuesto por haber escrito El bello Danubio azul!”.
La música de Brahms
Como la
mayoría de las obras de Brahms tienen gran perfección, puedes
comenzar por donde quieras y oír una buena cantidad de ellas. Aquí
están algunas de nuestras favoritas. Entre las orquestales:
Las siguientes obras son de cámara e instrumentales:
Si Brahms fue un tipo más bien huraño al que no le gustaba demasiado prodigarse en público, los dos compositores de que te vamos a hablar ahora eran todo lo contrario. Eran lo más parecido a una estrella de rock que te puedas encontrar en la época.
Figura 4-8: Niccolò Paganini (a la izquierda) y Franz Liszt, las primeras superestrellas de la música clásica.
Las superestrellas: Paganini y Liszt
Las
superestrellas de la música no comienzan con Elvis. Dos de las
mayores estrellas de todos los tiempos vivieron en el siglo
XIX, y las puedes ver en la figura 4-8), deslumbrando multitudes y haciendo
chillar y languidecer a las jóvenes.
En su época, Niccolò Paganini (1782-1840) fue el más asombroso y dotado violinista conocido hasta entonces. Su técnica era perfecta: dedos ágiles y un luminoso manejo del arco. Y su estilo, emotivo y fervoroso, enloquecía al público.
Paganini modificó por completo la manera de tocar el violín. Cierto
es que podía tocar sin esfuerzo obras consideradas prácticamente
imposibles, pero fue también uno de los mayores autopromotores de
la música clásica, y se presentaba a sí mismo ante el público como
un fenómeno. Por ejemplo, antes de un concierto preparaba su
violín, aserrando casi por completo tres de las cuatro cuerdas.
Durante la ejecución esas cuerdas se romperían, obligándolo a
terminar tocando la música en una sola cuerda para pasmo del
público. (Si quieres saber más sobre los violines y otros
instrumentos de cuerda, ve al capítulo 12.)
Pero convertirse en una sensación para los medios de comunicación no conlleva sólo fama y fanáticos estridentes. Los chismosos de la época se divertían propalando toda suerte de rumores sobre Paganini. El principal, y con el que seguramente se sentía muy a gusto, era que había vendido su alma al diablo a cambio de su talento. Su rostro largo, delgado y cetrino, su expresión taciturna, poco menos que siniestra, sus dedos largos y huesudos, y su capa larga y negra no ayudaban mucho a disipar esos siniestros rumores...
Con el
fin de mostrar sus sorprendentes dotes de virtuoso, Paganini
escribió seis conciertos para violín. La música es bastante buena,
pero sus movimientos son principalmente piezas espectaculares,
deslumbrantes y efectistas. Te recomendamos el Concierto
n.o 1 en Re mayor y,
sobre todo, el Concierto n.o 2 en si menor “La campanella”.
Ambos son hoy los más interpretados, aunque si quieres disfrutar
del Paganini más personal, escucha los 24 caprichos para violín
solo, op. 1. El tono demoníaco del último de ellos ha
inspirado obras de numerosos compositores, como Johannes Brahms
(Variaciones sobre un tema de Paganini, para piano),
Serguéi Rajmáninov (Rapsodia sobre un tema de Paganini,
para piano y orquesta) y Witold Lutoslawski (Variaciones sobre
un tema de Paganini, también para piano y orquesta).
Liszt sigue el ejemplo de Paganini
Si Paganini fue con el violín un maestro del espectáculo, el húngaro Franz Liszt (1811-1886) fue su equivalente en el piano. De hecho, el italiano fue su modelo y fuente de inspiración, pues se propuso llevar al piano las mismas diabluras que aquél hacía al violín.
Las
localidades de las salas de concierto se agotaban en cualquier
ciudad en la que Liszt recalase. No es para menos, pues sus
actuaciones tenían algo de circo: antes de comenzar a tocar se
quitaba el par de guantes blancos, de marca, con un ademán
elegante, insistía en tener un piano de repuesto listo, detrás del
escenario, por si acaso las cuerdas del primero no resistieran los
violentos golpes que propinaba al teclado, y hacía alarde de sus
dotes memorísticas arrojando dramáticamente la partitura por encima
del hombro y tocando todo de memoria.
Las mujeres se desmayaban con las interpretaciones de Paganini, pero Liszt iba más allá: ¡se desmayaba él mismo después de una obra particularmente arrebatada y emocional! Por supuesto, sus partidarios enloquecían. Eran tantos los que le solicitaban un mechón de cabello que tuvo que comprar un perro para arrancarle trozos de pelo cuando era necesario. La lisztomanía, como se llamó entonces (no exageramos), estaba fuera de control.
Para
exhibir su talento, Liszt compuso un gran número de obras para
piano. Algunas constituyen piezas de una dificultad técnica al
alcance de poquísimos pianistas. Entre las de mayor virtuosismo
figuran sobre todo los seis Grandes estudios de Paganini,
todo un homenaje al violinista italiano; los Estudios de
ejecución trascendental y la Sonata para piano en si menor, una obra asombrosa no sólo por sus
exigencias técnicas, sino también por su estructura formal, pues
condensa los cuatro movimientos tradicionales de la sonata en un
único movimiento de gran profundidad expresiva. Más fáciles de
escuchar, aunque no de interpretar, son las Rapsodias
húngaras, 19 piezas en las que Liszt recrea con virtuosismo
los sonidos de su tierra natal.
Un retiro voluntario
Cuando tenía treinta y siete años, Liszt conmovió al mundo al abandonar su carrera como pianista y establecerse en la corte de Weimar como director musical. Allí dirigía óperas y conciertos sinfónicos, y compuso dos sinfonías programáticas, dos conciertos para piano y una serie de poemas sinfónicos, un género nuevo por el que la música dejaba de ser algo abstracto para pasar a explicar una historia o expresar el contenido de un poema. Para ayudar al oyente, este tipo de obras se acompañaban de un texto, o programa, que servía como guía de la audición. (Pasa al capítulo 9 para saber más sobre esta forma de la música orquestal.)
Diecisiete años más tarde, Liszt volvió a sorprender al mundo cuando viajó a Roma y, aunque nunca llegó a ser ordenado sacerdote, sí recibió las órdenes menores. Su acercamiento a la religión se vio acompañado por la composición de obras sacras, como los grandes oratorios Chistus y La leyenda de santa Isabel. Parecía, pues, que quisiera alejar aquella imagen de artista genial y un tanto demoníaco de su juventud.
Si
quieres escuchar más obras de Liszt aparte de las mencionadas, te
recomendamos las orquestales:
Excesivo y multiforme, Liszt es de esos compositores que generan pasiones y odios irracionales. ¡A ver qué te parece a ti!
Richard Wagner
Liszt llamaba “música del futuro” a su estilo musical atrevido, de armonías y estructuras poco usuales, plasmado en obras como sus poemas sinfónicos. Pero el patrocinador principal de la “música del futuro” fue Richard Wagner (1813-1883), cuyo retrato se muestra en la figura 4-9. Wagner fue amigo y compañero de lucha de Liszt; más precisamente fue su yerno, ya que contrajo matrimonio con la hija de Liszt, Cosima, a la que cortejó hasta que logró separarla de su primer marido, el director de orquesta Hans von Bülow. Desde ese momento, éste se pasó al otro bando y se convirtió en el paladín de los músicos más “tradicionalistas”, entre los cuales figuraba Brahms.
Figura 4-9: Richard Wagner, cima de la música romántica alemana.
Un personaje de ópera
Hay
compositores que cultivan absolutamente todos los géneros de su
tiempo, como Mozart y Haydn, y otros que se especializan. Wagner es
de estos últimos. La ópera fue su vida y prácticamente, fuera de un
ciclo de canciones con orquesta y alguna pieza orquestal como el
delicado Idilio de Sigfrido (un romántico regalo de
cumpleaños para su esposa), no escribió nada que no fueran óperas.
O mejor dicho, dramas musicales, que es el nombre que él
daba a sus creaciones de madurez. Aquellas en las que intentó
forjar una obra de arte total, una Gesamkunstwerk como él
la llamaba (era alemán, o sea que no te extrañe la palabreja), en
la que convivieran sintetizadas en un todo nuevo la música
sinfónica, el canto, la danza, la poesía, la pintura y, ya puestos,
la filosofía. Y todo al servicio de los ideales, la historia y la
mitología de la poderosa nación alemana. No, si ambición
precisamente no le faltaba a este hombre...
De Wagner podrás encontrar más información en nuestra obra titulada Ópera para Dummies. En ella descubrirás que Wagner, por si no lo habías intuido ya, era un egocéntrico de tomo y lomo (aunque eso no es exclusiva suya), pero también un compositor capaz de abrir la música a territorios hasta entonces desconocidos y por los que se aventurarían muchos compositores posteriores, entre ellos Richard Strauss y Gustav Mahler. (Para saber más de ellos, pasa al capítulo 5.)
Si
quieres escuchar la música de Wagner, lo mejor es que empieces por
algo fácil, como las oberturas y preludios de sus óperas y dramas
musicales. Son auténticos poemas sinfónicos en los que, mediante
una orquestación extraordinariamente plástica, el oyente entra en
situación, incluso familiarizándose con algunos de los temas que a
continuación se escucharán. Temas melódicos que
Wagner asocia a personajes, objetos e incluso ideas, y que forman
en el drama musical una especie de hilos conductores
(leitmotive en alemán) con los que tejer una estructura
plenamente sinfónica.
Las oberturas de Rienzi, El holandés errante, Tannhäuser y Los maestros cantores de Núremberg, los preludios del acto I y III de Lohengrin y el Preludio y muerte de amor de Tristán e Isolda son las partituras más recomendables. A ellas puedes añadir fragmentos orquestales de la tetralogía El anillo del nibelungo, como la Cabalgata de las valquirias o la Marcha fúnebre de Sigfrido.
Y si te gustan, adelante con las obras completas. Son largas, a veces inhumanamente largas, pero si entras en ellas ya no saldrás. ¡Estarás enganchado de por vida!