Capítulo 4

La revolución de los románticos

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En este capítulo

image Schubert y Mendelssohn, dos románticos amantes de lo clásico

image Hector Berlioz, el gran revolucionario de la orquesta

image Brahms, el tercero de las tres grandes Bes de la música

image La música del futuro vista por Liszt y Wagner

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El nacimiento del siglo XIX vino acompañado por un cambio en el gusto musical. Seguía vigente el clasicismo, sí, pero como la propia obra de Beethoven demostraba, se estaba abriendo paso también una necesidad nueva en los artistas. Ya no bastaba tomar una forma bien definida como la sinfonía o el cuarteto de cuerda, e intentar demostrar ingenio en su forma de abordarla. No, ahora el creador quería mostrarse también a sí mismo, los sentimientos que le embargaban.

Frente a la objetividad y perfección formal clásica, las artes, y en particular la música, se asomaban ahora a los abismos de la subjetividad y la expresión individual. Eso Beethoven ya lo había hecho con sus obras mayores, como la Sinfonía n.o 5 o las últimas sonatas para piano y cuartetos de cuerda, pero ahora su ejemplo iba a cundir en muchos otros compositores jóvenes, que lo tomaron a él como modelo y también al Mozart de Don Giovanni y su bajada a los infiernos. Nacía, pues, el Romanticismo, en el que lo más importante era la emoción, el sentimiento y la introspección, elementos subjetivos que muchas veces hallaban su reflejo en la naturaleza, de ahí la frecuencia con que en estas obras aparecen atardeceres, tempestades y trabajos en el campo.

No obstante, el Romanticismo, y te lo decimos ya, no es un movimiento homogéneo. Ni siquiera supone una ruptura radical con el período anterior como en un principio podría pensarse. Muchos compositores, de hecho, empezaron cultivando una música en el más puro estilo clásico, como Franz Schubert, y sólo más tarde derivaron hacia un estilo más romántico. Pero todos, de una manera más respetuosa o menos, conservaron las estructuras y formas tradicionales del clasicismo. Las enriquecieron, sin duda, pero no las tiraron por la borda. Señal inequívoca que los clásicos lo habían hecho bien creando unas formas flexibles y maleables.

Schubert y sus canciones

Veintisiete años tenía Beethoven cuando nació Franz Schubert (1797-1828). Observando con astucia que todos los grandes compositores del período clásico habían terminado por vivir más pronto que tarde en Viena, Schubert decidió ahorrarse el traslado y nacer de una buena vez allí.

Al igual que de Mozart, las melodías brotaban espontáneamente del cerebro de Schubert (cuyo retrato se muestra en la figura 4-1), como el agua de la fuente. Cuando terminaba una obra, simplemente comenzaba otra. Y sus melodías son cantables, pegadizas, incluidos los temas de sus sinfonías.

Tardes schubertianas

image Schubert fue un pianista notable, pero no un virtuoso como Mozart o Beethoven, y no ganó mucho dinero tocando. Pero su piano estaba siempre dispuesto en las alegres tardes que pasaba con sus amigos músicos, las que con el tiempo se llamaron schubertiadas. Se reunían, se contaban sus cosas y bailaban la música que Schubert componía allí mismo.

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Figura 4-1: Franz Schubert, uno de los más prolíficos compositores de canciones de la historia.

Y sobre todo cantaban, cantaban las maravillosas canciones que la fértil imaginación del compositor no cesaba de dar.

Ese círculo de amigos se acercó aún más cuando Schubert, quebrantado y sin trabajo, tuvo que vivir en casa de algunos de ellos por largo tiempo. Viena todavía recordaba a Haydn y Beethoven estaba en ascenso, de modo que era difícil para Schubert competir en el campo de la sinfonía. Por otra parte, un joven compositor llamado Gioachino Rossini (lee en este mismo capítulo el recuadro “Un siglo de ópera italiana”) arrastraba multitudes con sus óperas, así que Schubert tampoco lograba tener éxito con las suyas.

Una sinfonía sin acabar

image No obstante, las sinfonías de Schubert son exquisitas. Las primeras seis son trabajos escolares de aroma mozartiano, aunque en la calidad de sus melodías ya se aprecia la personalidad schubertiana. Pero la más famosa es la Sinfonía n.o 8 en si menor, la “Inacabada”. Y no recibe este nombre porque sí, sino porque realmente está inacabada. En realidad, nadie sabe exactamente la razón por la que Schubert escribió sólo dos movimientos en lugar de los cuatro habituales. Proponemos tres hipótesis al respecto:

Algunos musicólogos han tratado de reconstruir el tercer y cuarto movimientos pero, para nuestros oídos, no suenan compatibles con los dos primeros, que son extensos, emocionantes, llenos de una expresividad vivida. Puro romanticismo en estructuras clásicas.

Tras la “Inacabada” Schubert escribió su Novena, llamada en este caso la “Grande”, y por una buena razón: es la más larga de sus sinfonías, y una de las más largas del repertorio hasta la irrupción de las mastodónticas criaturas de Anton Bruckner y Gustav Mahler. Pero Schubert no tuvo oportunidad nunca de escucharla. Quedó en un cajón, y fue sólo diez años después de su muerte cuando otro romántico, Robert Schumann, la encontró entre unos papeles que tenía un hermano del compositor. Rápidamente advirtió su valor y se la envió a Felix Mendelssohn, que entonces era director de la orquesta de Leipzig. Allí se estrenó en 1839. Para Schumann, no se había escrito nada tan impresionante en la música orquestal desde Beethoven.

El maestro de la canción

A pesar de que sus sinfonías son buenas, Schubert estaba más dotado para escribir pequeñas piezas musicales, como las obras cortas para piano llamadas Impromptus y Momentos musicales, en las que su fantasía puede desarrollarse libremente sin necesidad de seguir unos esquemas formales estrictos.

Pero, sobre todo, Schubert fue un gran compositor de canciones, o lieder (lied en singular), por decirlo en alemán. Escribió en total más de seiscientos.

image Schubert las escribió para una voz con acompañamiento de piano. Aunque la palabra “acompañamiento” no es en realidad apropiada, pues en estas canciones voz y piano están en pie de igualdad. Cuando la voz canta “Margarita en la rueca”, en el piano se oye una figura melódica que se repite una y otra vez, evocando a la vez el girar de la rueda y la agitación de los pensamientos románticos de la joven. Cuando canta sobre un padre y su hijo que cabalgan en la noche en “El rey de los elfos”, el acompañamiento describe gráficamente el galopar del caballo. Si, como en “La trucha”, la voz canta sobre ese pez que nada en el río, el piano es el río y también el pez. Cuanto más se escuchan las canciones de Schubert tanto más se comprenden, y sin necesidad de conocer el sentido exacto de cada palabra.

Algunas de esas canciones Schubert las agrupó en ciclos, lo que le permitía explicar y desarrollar una historia más larga, siendo cada una de las canciones como la viñeta de un cómic. La bella molinera y El viaje de invierno son los dos ciclos que compuso y en los que hay de todo, desde escenas de carácter popular a toda la desolación del amor no correspondido o de la muerte.

Un año después de cargar el ataúd en el funeral de Beethoven, Schubert moría de fiebre tifoidea. Murió muy pobre, como había vivido, y en plena juventud: tenía sólo treinta y un años.

Para conocer más de Schubert

image Si deseas ser un schubertiano de la cabeza a los pies, escucha las siguientes obras:

En todas estas obras, la letra D se refiere al número de catálogo de Schubert.

Felix Mendelssohn

Mientras tanto, en Alemania surgía otro genio, que también estaba destinado a escribir grandes obras y a morir joven: Felix Mendelssohn (1809-1847).

Felix (puedes ver su retrato en la figura 4-2) fue un niño privilegiado. Su padre era banquero y su abuelo, filósofo. Cuando sus padres percibieron las inmensas dotes naturales de su hijo, le ayudaron a desarrollarlas contratando a los mejores profesores. No es extraño así que comenzara a componer desde muy temprano y que esa música suene muy madura a la par que espontánea y fresca, como demuestran tanto el Octeto para cuerdas, compuesto a los dieciséis años, como la obertura para la comedia de Shakespeare Sueño de una noche de verano, un año posterior.

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Figura 4-2: Felix Mendelssohn, el hombre que redescubrió a Bach.

image Mendelssohn compuso, unos diecisiete años más tarde, música adicional para la misma comedia. Entre las piezas compuestas entonces figura la más famosa de su catálogo: la “Marcha nupcial”.

Al igual que Mozart, Mendelssohn no necesitaba hacer bosquejos preliminares. La música fluía de su cerebro completa y no tenía sino que escribirla. Los colegas se maravillaban al ver a Felix escribir en medio de una conversación corriente.

El redescubrimiento de Bach

Mendelssohn fue uno de esos raros compositores que lograron fama y dinero sin tener que morirse primero. Pero no sólo destacó como compositor, sino también como director de orquesta. Uno de sus grandes hitos en este campo lo logró a los veinte años, cuando desempolvó y resucitó la Pasión según san Mateo de Bach en un concierto en Leipzig. Desde la muerte del compositor, era la primera vez que se escuchaba. Desde entonces, Mendelssohn participó activamente en la labor de recuperación de Bach, que comenzó a ser admirado, reverenciado y amado por el mundo entero.

El contacto con Bach acabó influyendo sobre el Mendelssohn compositor. Era inevitable, y así su huella está presente en los oratorios bíbicos Paulus y Elijah.

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Así era de bueno

En la primera ejecución de la Pasión según san Mateo, Mendelssohn caminó hasta el podio de director, abrió la gruesa partitura que estaba en su atril y, para sorpresa suya, se encontró que ante sí tenía otra obra diferente... Parecía la de Bach (la misma encuadernación en cuero y similar espesor), pero era una obra distinta y de otro compositor.

Pero dado que coro y orquesta ya estaban en su sitio, y que el público ya estaba también cómodamente instalado en sus localidades y a la espera de saber cómo sonaría esa vieja música, Mendelssohn no le dio más vueltas y empezó a dirigir la obra de Bach, pasando con frecuencia las páginas de la partitura para no alarmar a los músicos. Así dirigió, de memoria, toda la Pasión de Bach, que dura cerca de tres horas, sin que se notaran errores.

¡Y ni siquiera la había escuchado antes!

Su popularidad, no obstante, no puede compararse con la de sus sinfonías. Sobre todo la Sinfonía n.o 3 en la menor “Escocesa” y la Sinfonía n.o 4 en La mayor “Italiana”. (No hagas mucho caso de los números de las cinco sinfonías de Mendelssohn, pues de manera excepcional no indican el orden de composición; así, la Tercera es la última de las cinco que compuso, mientras que la Cuarta es la tercera, y la Quinta, la segunda.) Ambas son fruto de los viajes que el compositor emprendió en su juventud para empaparse de experiencias vitales y musicales por lugares tan románticos como pintorescos.

Los sonidos de Mendelssohn

image Además de las obras mencionadas en el texto, el catálogo de Mendelssohn tiene muchas otras que vale la pena escuchar. Busca cualquiera de éstas:

Con estas obras descubrirás un romántico de perfiles clásicos, es decir, un músico con una fina sensibilidad poética, pero para quien la música no necesariamente tenía que expresar pasiones desgarradoras, por lo que se encontraba bien a gusto con las formas heredadas del clasicismo. Algo que compartía con nuestro siguiente invitado.

Carl Maria von Weber

Como todo compositor romántico que se precie, Carl Maria von Weber (1786-1826) compuso gran cantidad de obras que suenan muy románticas. Pero también es recordado por sus contribuciones a la música clásica como un estilo de vida.

Weber (puedes ver su retrato en la figura 4-3) fue el primer director en disponer una ubicación particular para los músicos de la orquesta, es decir, un sistema de secciones o grupos que se usa todavía; el primero en hacer ensayos separados por secciones; el primero en dirigir, usando una batuta, desde el podio (en lugar de hacerlo desde el teclado o golpeando una vara contra el suelo). Y por si todo eso no fuera poco, fue el primero en exigir un completo control artístico sobre todos los aspectos de las producciones operísticas que dirigía, y tanto daba si se trataba de obras suyas o de otros. Si a eso se suma el que era uno de los mejores pianistas del mundo, sólo cabe una sana envidia.

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Figura 4-3: Carl Maria von Weber, uno de los primeros compositores románticos, innovador en casi todos los aspectos del medio musical.

Por otra parte, Weber es conocido como el padre de la ópera romántica alemana. Y para ganarse un lugar entre todos los que definieron la era romántica, logró morirse de un modo muy romántico: de tuberculosis, la causa principal de muerte entre los artistas de este período.

Weber fue un maestro de los ambientes. Creó diversos efectos de atmósfera, incluyendo una sensación estremecedora, escalofriante, perversa y sobrenatural en la escena culminante de su ópera más famosa, El cazador furtivo. Es como una escena de horror gótico. De hecho, y no por nada, la obra es contemporánea del Frankenstein de Mary Shelley.

Por encima de todo, Weber sobresalió en el campo de la ópera, al que hizo otra importante aportación: incluir unas oberturas basadas en melodías que se escucharían al alzarse el telón, pero usadas de tal modo que ya te están explicando la historia. De hecho, pueden considerarse auténticos poemas sinfónicos en un momento en que éstos aún no existían (si quieres saber más sobre ellos, lee lo que se dice en este mismo capítulo sobre Liszt y consulta también el capítulo 9). Y por ello, no es extraño tampoco que esas oberturas se interpreten habitualmente en los programas de las orquestas sinfónicas.

image Además del mencionado El cazador furtivo, he aquí otras obras de Weber que vale la pena conocer:

Esta última obra es un brillante vals para piano que se ha hecho popular en la no menos brillante orquestación de nuestro siguiente invitado, Hector Berlioz.

Hector Berlioz

Muchos de los grandes nombres de la historia de la música se conocen porque cambiaron las reglas de juego. Hector Berlioz (1803-1869), cuyo retrato puedes ver en la figura 4-4, es famoso por haberlas ignorado.

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Figura 4-4: Hector Berlioz, romántico, visionario, genio de la composición.

Berlioz fue un innovador aún mayor que Beethoven, al menos en cierto sentido. Escucha, por ejemplo, una sinfonía de Beethoven y luego acércate a la Sinfonía fantástica de Berlioz, escrita sólo tres años después de la muerte del genio de Bonn. Al comparar los sonidos y todo lo que ellos conllevan y sugieren, pensarás que te has saltado algo, o que sencillamente Berlioz es alguien venido de otro planeta.

A punto de fallecer durante una disección

image Berlioz nació en Francia cerca de Grenoble. Su padre era médico e indujo a su hijo a seguir sus pasos. Así que Hector se fue a París a estudiar medicina, pero una vez allí se convirtió en el más famoso de la larga lista de futuros médicos que han abandonado la profesión para dedicarse a cualquier otra cosa, por ejemplo la música. ¿Qué le hizo cambiar de opinión? Pudo ser el inefable atractivo de la música. O más bien que tuvo que hacer la disección de un cadáver. A propósito de este episodio escribió:

Cuando entré por primera vez en al anfiteatro, el espectáculo de esa horrible carnicería humana, los miembros esparcidos, la mueca de las caras, los cráneos destrozados, la sangrienta cloaca por donde caminábamos, el olor nauseabundo, el enjambre de gorriones que se disputaban los jirones de pulmón, las ratas que en un rincón roían vértebras sanguinolentas, me colmó de tal horror que salté por la ventana, huyendo a toda velocidad, jadeante hasta llegar a casa, como si la muerte y su pavoroso cortejo me persiguieran...

Berlioz fue siempre un exagerado, pero lo cierto es que dejó la medicina. Es imposible saber si se perdió así un gran médico, pero lo que es indudable es que la música ganó un compositor con una sensibilidad a flor de piel y, como ya deja entrever el texto, una imaginación enfebrecida... ¡Buen cambio!

El sueño de un nuevo tipo de música

Berlioz entró entonces en el Conservatorio de París para estudiar con Luigi Cherubini (1760-1842), un compositor de origen italiano que había gozado de cierto éxito en tiempos de la Revolución francesa gracias a la ópera Medea. En su papel de pedagogo, Cherubini tenía fama de ser tan estricto en la disciplina como conservador en sus gustos, tan obediente a las reglas musicales como alérgico a toda idea nueva interesante, por lo que el nuevo alumno acabó convirtiéndose en una pesadilla. Y es que Berlioz, incluso antes de acabar su formación, ansiaba crear ya un nuevo tipo de música y no podía soportar la miopía de quienes no le comprendían.

Para espanto de Cherubini, Berlioz sentía que debía apartarse de las normas si eso le ayudaba a expresar lo que deseaba. Y a ello se consagró no sin haber estudiado a fondo todos los aspectos de la música: las reglas de la armonía, la estructura de una sinfonía, el modo de escribir una melodía, el número de ejecutantes de una orquesta...

Una historia fantástica

A los veintisiete años, y contra pronóstico, Berlioz ganó el Premio de Roma del Conservatorio, beca de cuatro años que le permitiría residir con todos los gastos pagados en la Ciudad Eterna, se entiende que para proseguir su formación. En realidad, no compuso gran cosa allí, ocupado como estaba en conocer la ciudad y sus gentes. Pero se llenó de inspiración para obras posteriores, entre ellas la obertura El carnaval romano, todavía hoy una de sus partituras más populares.

image De regreso a París, su vida iba a experimentar un cambio radical. Cierta noche fue a una representación, en inglés, del Romeo y Julieta de Shakespeare. Cuando la actriz que representaba a la trágica protagonista salió a escena, Berlioz se enamoró perdida e irremediablemente de ella. No había entendido ni palabra del texto, pero desde entonces se propuso que esa mujer sería su esposa.

La mujer en cuestión era Harriet Smithson, una actriz irlandesa que no hablaba nada de francés. Pero eso, lejos de ser un obstáculo, avivó aún más la llama de la obsesión del músico. Comenzó a enviarle cartas, regalos y notas amorosas. E incluso viajaba donde ella se encontraba para hacerse el encontradizo. Al final tuvo éxito al aterrorizarla por completo.

Una obsesión hecha música

image Como resultado de su obsesión, Berlioz compuso una extraña sinfonía en cinco movimientos a la que tituló Sinfonía fantástica y para la que pergeñó todo un programa para que el público entendiera mejor de qué iba la cosa. Este “Episodio de la vida de un artista”, como figura a modo de explicación en la partitura, recrea una historia de delirio, amor y muerte en la que un joven artista se enamora locamente de una mujer que le responde con indiferencia (¡sorpresa, sorpresa!). Berlioz escribió un tema musical para representar esta obsesión y lo llamó idée fixe (idea fija). La melodía en cuestión se oye una y otra vez en todos los movimientos de la sinfonía, siempre adaptada a las circunstancias.

En el primero de esos movimientos, titulado “Sueños y pasiones”, el protagonista toma opio y se hunde en un mar de pesadillas; el segundo, “Un baile”, evoca la visión de la amada en una fiesta; el tercero, “Escena en el campo”, es un cuadro de paz bucólica; el cuarto, “Marcha al suplicio”, no es sino una brutal marcha que conduce al artista al cadalso, pues resulta que ha asesinado a su amada... La guillotina cae, rueda la cabeza y... ¡acabamos en un último movimiento que pinta un conciliábulo de brujas y otros engendros, que acogen el alma del condenado! Y todo con la melodía del Dies irae de la misa gregoriana de difuntos planeando sobre toda esa fantasmagoría...

Como puedes imaginarte, la Sinfonía fantástica era tan diferente de todo cuanto se había oído hasta entonces que Berlioz se vio obligado a escribir unas notas destinadas al director de orquesta que decían: “Esto no es un error del copista. Está escrito así a propósito. Por favor, no ‘corrijan’ las notas”. No era de extrañar su temor, pues la obra es tan original en su concepción (y no digamos en su orquestación, no en balde Berlioz revolucionó el arte de escribir para orquesta) que muchas de sus innovaciones bien podían ser tomadas por errores.

Sin embargo, y para disgusto de Cherubini, la Sinfonía fantástica fue un éxito. Musical y también en otro sentido, pues el artista consiguió a la chica. Harriet Smithson asistió al concierto y quedó flechada. Se dieron una cita y al final se casaron.

Y nos encantaría poder añadir que fueron felices y todo lo demás, pero no fue el caso: después de años de matrimonio, Harriet seguía sin hablar francés y Hector nunca aprendió inglés. Finalmente, desesperados y aburridos, acabaron por separarse. C’est la vie!

Otras obras de Berlioz

La obra de Berlioz no se agota en la Sinfonía fantástica. Después de ella siguió escribiendo obras no menos desmesuradas, pero también otras más sencillas, siempre para orquesta, pues ése era el medio que más y mejor estimulaba su imaginación. Era un mago de los sonidos, y cada obra suya lo demuestra.

Muchos esfuerzos los dedicó también a la ópera, aunque sin suerte. Sobre todo porque la obra de toda su vida, Les Troyens, dura prácticamente cinco horas y requiere un montaje escénico y un elenco de solistas, coro y orquesta al alcance de pocos teatros... En su versión completa sólo se representó en 1969, un siglo después de la muerte del compositor.

image Estas obras te servirán para completar la visión de Berlioz:

Como Berlioz, nuestro siguiente compositor vivió sobre todo en París. Pero difícilmente podría hallarse un temperamento y personalidad más diferente. Juzga tú mismo.

Frédéric Chopin

Si Berlioz prácticamente no compuso nada fuera del ámbito de la orquesta, Frédéric Chopin (1810-1849) hizo del piano su principal y casi exclusivo medio de expresión. Delgado y frágil (en la figura 4-5 tienes su retrato), fue él quien revolucionó el universo de la música para piano. Cambió las ideas comunes sobre lo que se podía lograr con el piano (intimidad, brillo, canto, timbres diversos) y demostró que todo era posible.

Infancia polaca

Como muchos de los compositores de este capítulo, Chopin fue un niño prodigio. A los siete años publicó su primera obra en su Polonia natal, y sólo un año después debutó como pianista de concierto. Su infancia estuvo impregnada por los sonidos de las danzas populares polacas, como la polonesa y la mazurca, influencias musicales que se manifestarían con posterioridad en su música.

Frédéric compuso todas sus obras sentado al piano (si quieres saber más cosas de este instrumento, consulta el capítulo 16), y le gustaba improvisar a medida que las ejecutaba. Odiaba escribirlas de una vez por todas, pues ello significaba que quedarían congeladas en una forma única. Por desgracia el genio de Chopin para improvisar al instante se perdió con él. ¡Lástima que no se hubieran inventado las grabadoras un poco antes!

Cuando Chopin llegó a París a los veintiún años, su virtuosismo causó sensación: nunca antes se había oído música como la suya. Pero por su naturaleza frágil y enfermiza no podía dar muchos conciertos. Con todo, lograba ganarse la vida dando clases de piano y vendiendo sus composiciones, al tiempo que limitaba sus presentaciones públicas a reducidos y más descansados conciertos de salón, que tenían lugar en casa de alguien y con los que obtuvo un gran éxito.

Dedos pequeños, gran corazón

Una vez vimos (y tocamos) una réplica en bronce de una de las manos de Chopin. A partir de esta experiencia podemos concluir lo siguiente: sus dedos eran pequeños, delicados, brillantes y metálicos.

A pesar de esas manos pequeñas, el joven Frédéric dominaba el teclado. Su música es una cascada de notas que suben y bajan como un torbellino. Sus obras son suaves, cálidas y tiernas; en una típica grabación de Chopin rara vez se perciben los sonidos de agonía y dolor.

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Figura 4-5: Frédéric Chopin revolucionó el sonido del piano.

Para conocer más de Chopin

image Si deseas conocer más cosas de Chopin, la verdad es que hay mucho donde escoger. Te recomendamos especialmente estas obras, por supuesto, para piano:

Un invierno en Mallorca

En París, Frédéric tuvo un célebre amorío con un escritor llamado George Sand. Bien, en realidad se llamaba Amandine Aurore Lucile Dupin, pero usaba ese seudónimo masculino para abrirse paso con más facilidad en el machista sector editorial de la época. Aunque también es verdad que le gustaba usar ropas masculinas, fumaba, tomaba licor y dominaba la relación con el pianista...

Durante cuatro meses, entre finales de 1838 y principios de 1839, la pareja vivió en la cartuja de Valldemosa, en la isla de Mallorca. Chopin había enfermado de tuberculosis, y los médicos le habían recomendadoque pasara el invierno en el benigno clima balear. El librito Un invierno en Mallorca relata aquella estancia que poco hizo para mejorar la salud del músico. Unos años más tarde, en 1847, la pareja acabó por separarse.

Te recomendamos estas obras, pero cualquier cosa que cojas de Chopin, sus mazurcas, polonesas, estudios, sonatas... Todo tiene valor y te mostrará a un creador con una escritura que más que tocar, parece que acaricie el teclado.

Robert Schumann

Robert Schumann (1810-1856) fue uno de los más notables compositores románticos alemanes, a pesar de no ser muy reconocido en su tiempo (puedes verlo en la figura 4-6). La historia de su vida, marcada por períodos de intenso traumatismo emocional, podría haber figurado en primer lugar en la lista de libros de autoayuda más vendidos.

Otro niño prodigio

Schumann mostró desde pequeño un talento excepcional para el teclado. Por desgracia la señora Schumann, como muchas madres de músicos antes y ahora, quería para su hijo una profesión más “respetable”, como la de abogado. De mala gana, Robert entró a la Escuela de Leyes de la Universidad de Leipzig. Pero, por desgracia para la señora Schumann, allí conoció a Felix Mendelssohn y se volvieron compinches. Muy pronto, como Berlioz, Schumann abandonó la universidad para probar suerte en la mucho más precaria carrera de músico.

Robert comenzó a estudiar piano con un fabuloso profesor llamado Friedrich Wieck, y muy pronto pasó lo que tenía que pasar: el alumno se enamoró de Clara, la hija adolescente del maestro.

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Figura 4-6: Robert Schumann, uno de los principales compositores románticos alemanes.

Buscando desesperadamente a Clara

Clara también era un prodigio musical. A los nueve años había recorrido Alemania como virtuosa del piano; en esos momentos, a los dieciséis, tenía toda una brillante carrera por delante. Como es de imaginar, el padre fue de todo menos indiferente con respecto al interés de Schumann, que tenía veinticinco años y ninguna profesión sólida ni visos de tenerla en un futuro cercano, por su hija.

Pero Wieck cometió un grave error: olvidó el precepto básico en la educación de los niños. Aquel que dice que si le prohíbes algo a tu hijo adolescente puedes estar seguro de que lo acabará haciendo de un modo u otro. Así que Clara se casó con Schumann.

image En lo personal, los años que siguieron fueron los más felices de la vida del compositor. Desde el punto de vista profesional la cosa no fue tan bien: en un intento por reforzar el dedo anular de su mano izquierda, que tiene menos amplitud de movimiento que los otros (¡ensaya y verás!), Schumann inventó un dispositivo. Amarraba el dedo con una cuerda, ataba el otro extremo de ésta al techo, y así dormía. En teoría el artificio lograría extender gradualmente el tendón y darle más flexibilidad; en la práctica el dedo quedó paralizado por completo.

Con su carrera de pianista destrozada, Schumann se dedicó por entero a la composición. Escribió sobre todo piezas para piano hasta que se vio con fuerzas para abordar otras formas más ambiciosas, como sinfonías, conciertos, oratorios y hasta una ópera.

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Detrás de un gran hombre hay una gran mujer

En todas las biografías de Robert Schumann (y no menos en las de Johannes Brahms) aparece siempre el nombre de Clara Schumann (1819-1896), Wieck de soltera. Pero lo hace como amante esposa o, como mucho, como pianista que toca las obras de su marido y del más joven amigo de éste. Lo que ya estaría bien si no fuera porque Clara fue también una buena compositora a la que sólo sus obligaciones con la familia y el hecho que en la época eso de que una mujer escribiera música no estaba del todo bien visto le impidió llegar más lejos en ese terreno. Aun así, con sólo diecisiete años ya había escrito un Concierto para piano en la menor (existen grabaciones de él), al que siguieron otras piezas para piano y canciones. Una de sus últimas composiciones, datada en 1853, lleva por título Variaciones sobre un tema de Robert Schumann, todo un homenaje a un esposo que para entonces ya había sido internado en un asilo.

Pero Clara no fue la única mujer compositora del siglo XIX. Fanny Mendelssohn (1805-1847), la hermana de Felix, supo aprovechar también el ambiente cultural que se respiraba en su familia y fue una excelente pianista y compositora, a la que también las circunstancias cortaron las alas. Algunas de sus canciones tuvieron cierto éxito en su época, aunque en un primer momento se publicaron como si fueran de su hermano, algo reconocido con posterioridad por éste. Sus lieder, música de cámara y para piano son una buena muestra de musicalidad romántica.

Otra compositora frustrada fue Alma Schindler, quien en 1902 se convirtió en la señora de Gustav Mahler. Para entonces había estudiado composición y había escrito algunos estimables lieder con piano, pero a raíz de su matrimonio su marido le dejó bien claro cómo ambos cónyuges iban a repartirse las tareas del hogar. La composición, por supuesto, quedaba reservada para él, aunque como era un hombre abierto de miras estaba dispuesto a aceptar los consejos y la ayuda de ella, sobre todo para pasar a limpio o copiar las partituras.

Un romántico de verdad

image En la más genuina tradición romántica, la expresión de las emociones en música era para Schumann más importante que la forma, la razón o la lógica. ¡Y no le faltaba material en el que inspirarse! Su personalidad fluctuaba con violencia entre dos polos: uno extrovertido e hiperactivo, el otro pasivo e introvertido. A veces sentía como si fuera dos personas a la vez. De hecho, llegó al extremo de bautizar sus dos personalidades y a dejar que ambas escribieran y firmaran artículos: Florestán era el extrovertido y Eusebio el introvertido.

Hoy conocemos el nombre clínico de su enfermedad. Schumann era maníaco-depresivo. Por desgracia, su enfermedad estuvo acompañada de alucinaciones en sus últimos años de vida. A los cuarenta y cuatro años, Schumann intentó suicidarse arrojándose al río Rin. Lo sacaron de las aguas empapado, mas vivo, pero su familia decidió internarlo en un asilo, donde finalmente murió dos años más tarde.

La música de Schumann

image Las mejores obras de Schumann son sus colecciones de piezas para piano, escritas con tanta libertad formal que parecen improvisaciones. Escucha especialmente las siguientes:

Y no dejes tampoco de escuchar estas otras obras, en las que Schumann se acerca a las formas clásicas, pero, como no podía ser menos, de una forma que les infunde nueva vida:

Y además, algunas otras recomendaciones en otros géneros:

Cualquiera de estas obras te mostrará la extraña y fascinante personalidad de Schumann, las luces y sombras de un músico que encarna como pocos todas las contradicciones el Romanticismo: por un lado, su necesidad de expresión; por otro, la cuestión de las grandes formas, que seguían siendo las clásicas. La resolución de ese conflicto vendría de la mano de Brahms.

Johannes Brahms

Al igual que sus predecesores Mozart y Beethoven, el alemán Johannes Brahms (1833-1897) fue un niño prodigio. Por fortuna para él, y para nosotros, su padre (un contrabajista) reconoció y alentó las capacidades de su hijo durante los años de formación. Pero al contrario que sus precursores, que obtuvieron empleos en sitios importantes como catedrales o palacios, Brahms consiguió trabajo como pianista en tabernas y burdeles de Hamburgo. Pero un trabajo es un trabajo, de modo que Brahms se familiarizó con una gran cantidad de música, en especial bailable, que interpretaba todas las noches. Puedes ver un retrato suyo en la figura 4-7.

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Figura 4-7: Johannes Brahms, uno de los más grandes compositores de música clásica.

Una venturosa pausa

Brahms tenía veinte años cuando se armó de valor y fue a conocer al músico a quien más admiraba, que no era otro que Robert Schumann. Éste, después de estudiar la música que aquél le traía, escribió en un periódico de crítica musical: “¡Descúbranse, señores: un genio!”.

Pero Robert no fue el único Schumann interesado en el joven Brahms. También lo estuvo la encantadora esposa de Robert, Clara. La historia no nos dice exactamente cómo de interesada, pero lo cierto es que, tras la muerte de Schumann, Brahms y Clara pasaban más y más tiempo juntos.

Las grandes ligas

El célebre pianista y director de orquesta alemán Hans von Bülow acuñó la frase: “Las tres Bes: Bach, Beethoven y Brahms”. Tal honor debió de ser en extremo halagüeño para Brahms, pero también lo colmó de un gran sentido de responsabilidad para llevar adelante la gran tradición musical germano-austriaca. Se estableció entonces en Viena, donde habían vivido los grandes maestros a quienes tanto reverenciaba.

Brahms estuvo a la altura de lo que se esperaba de él: añadió una expresión romántica, rica y cálida, a las formas y estructuras de la música de las épocas barroca y clásica. Pero, además, fue uno de los compositores de la historia más críticos con sus propias obras. Desechó docenas y quizá centenares de composiciones antes de que alguien las escuchara. Así, sólo a los cuarenta y tres años consiguió acabar su Primera sinfonía. ¡A esa edad Mozart había compuesto 41 sinfonías, y estaba muerto y enterrado desde hacía ocho años! En realidad, tardó una eternidad en componerla (tres lustros, mes arriba mes abajo) por la tan romántica convicción de que Beethoven había dicho la última palabra en materia de sinfonías. Así, el mismo Brahms confesaba que durante su composición le parecía sentir detrás la molesta y asfixiante presencia del de Bonn...

image Hoy nos sorprende que la música de Brahms, de armonía exuberante y seductor estilo, fuera considerada académica, laboriosa, árida y aun disonante por el público de su tiempo. (Juzga tú mismo escuchando la pista 5 de audio que puedes encontrar en la web de este libro en www.paradummies.es.)

Pensamos que tales reproches se deben a que la melodía no era el fuerte de Brahms. Trabajaba, como Beethoven, con pequeñas ideas musicales llamadas motivos, por ejemplo fragmentos de apenas dos o tres notas, y las modificaba de manera ingeniosa, explorando todas sus posibilidades y permutaciones. El resultado es sorprendente, pero no siempre cantable.

Sin embargo, a Brahms le hubiera gustado haber sido bendecido con el don de la melodía pegadiza. Cuentan que una vez dijo: “¡Daría todo lo que he compuesto por haber escrito El bello Danubio azul!”.

La música de Brahms

image Como la mayoría de las obras de Brahms tienen gran perfección, puedes comenzar por donde quieras y oír una buena cantidad de ellas. Aquí están algunas de nuestras favoritas. Entre las orquestales:

Las siguientes obras son de cámara e instrumentales:

Si Brahms fue un tipo más bien huraño al que no le gustaba demasiado prodigarse en público, los dos compositores de que te vamos a hablar ahora eran todo lo contrario. Eran lo más parecido a una estrella de rock que te puedas encontrar en la época.

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Figura 4-8: Niccolò Paganini (a la izquierda) y Franz Liszt, las primeras superestrellas de la música clásica.

Las superestrellas: Paganini y Liszt

image Las superestrellas de la música no comienzan con Elvis. Dos de las mayores estrellas de todos los tiempos vivieron en el siglo XIX, y las puedes ver en la figura 4-8), deslumbrando multitudes y haciendo chillar y languidecer a las jóvenes.

En su época, Niccolò Paganini (1782-1840) fue el más asombroso y dotado violinista conocido hasta entonces. Su técnica era perfecta: dedos ágiles y un luminoso manejo del arco. Y su estilo, emotivo y fervoroso, enloquecía al público.

image Paganini modificó por completo la manera de tocar el violín. Cierto es que podía tocar sin esfuerzo obras consideradas prácticamente imposibles, pero fue también uno de los mayores autopromotores de la música clásica, y se presentaba a sí mismo ante el público como un fenómeno. Por ejemplo, antes de un concierto preparaba su violín, aserrando casi por completo tres de las cuatro cuerdas. Durante la ejecución esas cuerdas se romperían, obligándolo a terminar tocando la música en una sola cuerda para pasmo del público. (Si quieres saber más sobre los violines y otros instrumentos de cuerda, ve al capítulo 12.)

Pero convertirse en una sensación para los medios de comunicación no conlleva sólo fama y fanáticos estridentes. Los chismosos de la época se divertían propalando toda suerte de rumores sobre Paganini. El principal, y con el que seguramente se sentía muy a gusto, era que había vendido su alma al diablo a cambio de su talento. Su rostro largo, delgado y cetrino, su expresión taciturna, poco menos que siniestra, sus dedos largos y huesudos, y su capa larga y negra no ayudaban mucho a disipar esos siniestros rumores...

image Con el fin de mostrar sus sorprendentes dotes de virtuoso, Paganini escribió seis conciertos para violín. La música es bastante buena, pero sus movimientos son principalmente piezas espectaculares, deslumbrantes y efectistas. Te recomendamos el Concierto n.o 1 en Re mayor y, sobre todo, el Concierto n.o 2 en si menor “La campanella”. Ambos son hoy los más interpretados, aunque si quieres disfrutar del Paganini más personal, escucha los 24 caprichos para violín solo, op. 1. El tono demoníaco del último de ellos ha inspirado obras de numerosos compositores, como Johannes Brahms (Variaciones sobre un tema de Paganini, para piano), Serguéi Rajmáninov (Rapsodia sobre un tema de Paganini, para piano y orquesta) y Witold Lutoslawski (Variaciones sobre un tema de Paganini, también para piano y orquesta).

Liszt sigue el ejemplo de Paganini

Si Paganini fue con el violín un maestro del espectáculo, el húngaro Franz Liszt (1811-1886) fue su equivalente en el piano. De hecho, el italiano fue su modelo y fuente de inspiración, pues se propuso llevar al piano las mismas diabluras que aquél hacía al violín.

image Las localidades de las salas de concierto se agotaban en cualquier ciudad en la que Liszt recalase. No es para menos, pues sus actuaciones tenían algo de circo: antes de comenzar a tocar se quitaba el par de guantes blancos, de marca, con un ademán elegante, insistía en tener un piano de repuesto listo, detrás del escenario, por si acaso las cuerdas del primero no resistieran los violentos golpes que propinaba al teclado, y hacía alarde de sus dotes memorísticas arrojando dramáticamente la partitura por encima del hombro y tocando todo de memoria.

Las mujeres se desmayaban con las interpretaciones de Paganini, pero Liszt iba más allá: ¡se desmayaba él mismo después de una obra particularmente arrebatada y emocional! Por supuesto, sus partidarios enloquecían. Eran tantos los que le solicitaban un mechón de cabello que tuvo que comprar un perro para arrancarle trozos de pelo cuando era necesario. La lisztomanía, como se llamó entonces (no exageramos), estaba fuera de control.

image Para exhibir su talento, Liszt compuso un gran número de obras para piano. Algunas constituyen piezas de una dificultad técnica al alcance de poquísimos pianistas. Entre las de mayor virtuosismo figuran sobre todo los seis Grandes estudios de Paganini, todo un homenaje al violinista italiano; los Estudios de ejecución trascendental y la Sonata para piano en si menor, una obra asombrosa no sólo por sus exigencias técnicas, sino también por su estructura formal, pues condensa los cuatro movimientos tradicionales de la sonata en un único movimiento de gran profundidad expresiva. Más fáciles de escuchar, aunque no de interpretar, son las Rapsodias húngaras, 19 piezas en las que Liszt recrea con virtuosismo los sonidos de su tierra natal.

Un retiro voluntario

Cuando tenía treinta y siete años, Liszt conmovió al mundo al abandonar su carrera como pianista y establecerse en la corte de Weimar como director musical. Allí dirigía óperas y conciertos sinfónicos, y compuso dos sinfonías programáticas, dos conciertos para piano y una serie de poemas sinfónicos, un género nuevo por el que la música dejaba de ser algo abstracto para pasar a explicar una historia o expresar el contenido de un poema. Para ayudar al oyente, este tipo de obras se acompañaban de un texto, o programa, que servía como guía de la audición. (Pasa al capítulo 9 para saber más sobre esta forma de la música orquestal.)

Diecisiete años más tarde, Liszt volvió a sorprender al mundo cuando viajó a Roma y, aunque nunca llegó a ser ordenado sacerdote, sí recibió las órdenes menores. Su acercamiento a la religión se vio acompañado por la composición de obras sacras, como los grandes oratorios Chistus y La leyenda de santa Isabel. Parecía, pues, que quisiera alejar aquella imagen de artista genial y un tanto demoníaco de su juventud.

image Si quieres escuchar más obras de Liszt aparte de las mencionadas, te recomendamos las orquestales:

Excesivo y multiforme, Liszt es de esos compositores que generan pasiones y odios irracionales. ¡A ver qué te parece a ti!

Richard Wagner

Liszt llamaba “música del futuro” a su estilo musical atrevido, de armonías y estructuras poco usuales, plasmado en obras como sus poemas sinfónicos. Pero el patrocinador principal de la “música del futuro” fue Richard Wagner (1813-1883), cuyo retrato se muestra en la figura 4-9. Wagner fue amigo y compañero de lucha de Liszt; más precisamente fue su yerno, ya que contrajo matrimonio con la hija de Liszt, Cosima, a la que cortejó hasta que logró separarla de su primer marido, el director de orquesta Hans von Bülow. Desde ese momento, éste se pasó al otro bando y se convirtió en el paladín de los músicos más “tradicionalistas”, entre los cuales figuraba Brahms.

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Un siglo de ópera italiana

El siglo XIX supuso una de las mejores cosechas de compositores operísticos italianos. Y tiene mérito, pues si leíste el capítulo 2 recordarás que fue en Italia donde nació esto de representar una obra teatral cantando.

Gioachino Rossini (1792-1868) es el que abre esta serie, un compositor capaz de escribir obras serias y cómicas con igual soltura, si bien han sido las segundas las que le han dado más fama. Es el caso de El barbero de Sevilla y La Cenerentola, una especie de Cenicienta pero sin hadas ni encantamientos. No obstante, el gran mérito de Rossini fue que sólo necesitó treinta y seis años para consagrarse como uno de los mejores operistas de todos los tiempos. Luego se retiró a gozar de sus otras pasiones, la primera la comida, y ya no volvió a escribir más que algunas pequeñas piezas y cancioncillas agrupadas bajo el título Pecados de vejez.

Gaetano Donizetti (1797-1848) y Vincenzo Bellini (1801-1835) se encargaron de introducir el Romanticismo en sus óperas, que no sólo estaban protagonizadas por seres desdichadísimos, sino que además daban a las sopranos todos los medios para que pudieran lucir sus voces. El primero de ellos parece que se puso como reto superar la increíble productividad de Rossini y así, a los cincuenta años cumplidos, contaba con más de setenta óperas en su haber. Eso sí, hubo que internarlo en un psiquiátrico. Lucia di Lammermoor y las cómicas L’elisir d’amore y Don Pasquale son algunas de sus mejores obras. En cuanto a Bellini, títulos como Norma e I puritani siguen haciendo las delicias de los amantes del belcanto.

Pero la gran figura de la ópera, y ya no sólo de la italiana, es Giuseppe Verdi (1813-1901). Nacido el mismo año que Wagner, renovó el género de otra manera, sin tantas revoluciones. Simplemente acentuando el carácter teatral de las obras y, con él, el dibujo psicológico de sus personajes. Rigoletto, La traviata, Don Carlo, Aida, Otello y Falstaff son algunas de sus obras maestras.

Su testigo fue recogido por Giacomo Puccini (1858-1924), cuya vida y obra ya penetran en el siglo XX. De su producción destacan La bohème, Tosca, Madama Butterfly y Turandot.

Si quieres saber más cosas de todos ellos, te aconsejamos que leas nuestro libro Ópera para Dummies.

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Figura 4-9: Richard Wagner, cima de la música romántica alemana.

Un personaje de ópera

image Hay compositores que cultivan absolutamente todos los géneros de su tiempo, como Mozart y Haydn, y otros que se especializan. Wagner es de estos últimos. La ópera fue su vida y prácticamente, fuera de un ciclo de canciones con orquesta y alguna pieza orquestal como el delicado Idilio de Sigfrido (un romántico regalo de cumpleaños para su esposa), no escribió nada que no fueran óperas. O mejor dicho, dramas musicales, que es el nombre que él daba a sus creaciones de madurez. Aquellas en las que intentó forjar una obra de arte total, una Gesamkunstwerk como él la llamaba (era alemán, o sea que no te extrañe la palabreja), en la que convivieran sintetizadas en un todo nuevo la música sinfónica, el canto, la danza, la poesía, la pintura y, ya puestos, la filosofía. Y todo al servicio de los ideales, la historia y la mitología de la poderosa nación alemana. No, si ambición precisamente no le faltaba a este hombre...

De Wagner podrás encontrar más información en nuestra obra titulada Ópera para Dummies. En ella descubrirás que Wagner, por si no lo habías intuido ya, era un egocéntrico de tomo y lomo (aunque eso no es exclusiva suya), pero también un compositor capaz de abrir la música a territorios hasta entonces desconocidos y por los que se aventurarían muchos compositores posteriores, entre ellos Richard Strauss y Gustav Mahler. (Para saber más de ellos, pasa al capítulo 5.)

image Si quieres escuchar la música de Wagner, lo mejor es que empieces por algo fácil, como las oberturas y preludios de sus óperas y dramas musicales. Son auténticos poemas sinfónicos en los que, mediante una orquestación extraordinariamente plástica, el oyente entra en situación, incluso familiarizándose con algunos de los temas que a continuación se escucharán. Temas melódicos que Wagner asocia a personajes, objetos e incluso ideas, y que forman en el drama musical una especie de hilos conductores (leitmotive en alemán) con los que tejer una estructura plenamente sinfónica.

Bruckner, el sinfonista wagneriano

Wagner era de la opinión que después de Beethoven, sobre todo de su Novena con coros, era imposible volver a escribir sinfonías. Ni cuartetos de cuerda, ni sonatas para piano... En fin, que no había nada que un músico pudiera escribir, a no ser que quisiera ser considerado un mero epígono. Pero Beethoven había mostrado el camino: la nueva vía era una música que uniera sinfonía y poema. Liszt lo tomó al pie de la letra e hizo el poema sinfónico. Pero Wagner le dio la vuelta a la idea y de ahí creó el drama musical, la obra de arte del futuro.

No obstante, entre sus filas hubo un compositor que siguió creando sinfonías y nunca se acercó ni al poema sinfónico ni al drama musical. Se trataba del austriaco Anton Bruckner (1824-1896), un humilde músico de provincias, católico devoto y autor de algunas piezas corales escritas con oficio pero anticuadas, que cuando contaba ya cuarenta años tuvo una revelación. Escuchó la música de Wagner y sintió que algo nuevo pugnaba en él por salir. Y lo que salieron fueron sinfonías, sinfonías larguísimas, trufadas de armonías wagnerianas, aunque respetuosas con la estructura clásica en cuatro movimientos. Bruckner dedicó la Tercera de ellas a su ídolo, quien proclamó a los cuatro vientos: “Si alguien tiene ideas sinfónicas después de Beethoven, ése es Bruckner”. Lo que era tanto un torpedo contra la línea de flotación del “tradicionalista” Brahms como un espaldarazo al ya maduro compositor de provincias.

Bruckner escribió nueve sinfonías (algunas de ellas varias veces, impelido tanto por las críticas que recibía como por sus propias dudas sobre su quehacer creativo), sinfonías que en más de una ocasión han sido comparadas con catedrales sonoras por su monumentalidad. Su tendencia a lo trascendente y una forma de orquestar que revela que Bruckner era un gran organista (su orquesta suena como un gigantesco órgano) acrecientan esa sensación.

Las oberturas de Rienzi, El holandés errante, Tannhäuser y Los maestros cantores de Núremberg, los preludios del acto I y III de Lohengrin y el Preludio y muerte de amor de Tristán e Isolda son las partituras más recomendables. A ellas puedes añadir fragmentos orquestales de la tetralogía El anillo del nibelungo, como la Cabalgata de las valquirias o la Marcha fúnebre de Sigfrido.

Y si te gustan, adelante con las obras completas. Son largas, a veces inhumanamente largas, pero si entras en ellas ya no saldrás. ¡Estarás enganchado de por vida!