10. Los primeros contraataques

Pero no nos anticipemos a los acontecimientos. Acabemos de fijar la morada en el mundo oriental del año 400 a. C., y pasémosle revista tal como debe de haber aparecido a los ojos de quienes ignoraban el futuro. En términos generales, las costas del Asia Menor estaban en manos griegas, siendo las ciudades comunidades comerciales autónomas, a la manera como los griegos entendían la autonomía; pero en su mayor parte, y hasta cuatro años antes, habían reconocido la soberanía o mejor dicho la jefatura federal de Atenas y ahora reconocían de menos buena gana una supremacía espartana establecida al principio con la cooperación persa. Muchas de estas ciudades, que por largo tiempo habían mantenido relaciones estrechas con los gobernadores persas de la hinterland más próxima, no sólo conformaron su política de manera de agradar a éstos, sino que incluso reconocieron la soberanía persa; y como sucede que en este particular momento Esparta se había desamistado con Persia, y un ejército espartano a las órdenes de Dercilidas ocupaba el distrito eolio del norte, las ciudades «medizantes» de Jonia y Caria abrigaban dudas respecto de su propio futuro. En general, se inclinaban todavía por los sátrapas. La influencia y hasta el control persa habían aumentado grandemente en la costa occidental desde la anulación de Atenas por una potencia no acostumbrada a la política imperial y notoriamente inepta en cuestiones navales; de manera que las flotas de Fenicia y Chipre, cuyos príncipes griegos habían caído bajo la dominación fenicia, habían recobrado la supremacía del mar.

Sin embargo, tan sólo un año antes, «Diez Mil» griegos de arma pesada (y casi otro medio tanto de todas las armas), espartanos en su mayor parte, habían marchado a través de toda el Asia occidental. Habían formado parte, como aliados mercenarios, de un ejército nativo conducido por Ciro, príncipe-gobernador persa de la Anatolia central-occidental que codiciaba la diadema de su recién entronizado hermano. Habiendo atravesado los antiguos reinos lidio y frigio, entraron en la Cilicia y luego se dirigieron por el norte de la Siria hacia el Éufrates, en dirección (aunque sólo lo supieron después por las aguas del Gran Río mismo) hacia Babilonia. Pero nunca llegaron a la ciudad. Ciro halló la muerte y sus soldados orientales se dejaron derrotar en Cunaxa, a unos cuatro días de la meta. Pero los indomables griegos se negaron a rendirse, y con ser tan pocos, eran tan temidos por los persas que no se les molestó directamente y tuvieron que regresar a su propia tierra como mejor pudieron. Cómo, a pesar de habérseles despojado de sus jefes originales, se las arreglaron para llegar al mar Negro y a la salvación por el camino del valle del Tigris y los salvajes pasos de la Armenia kurdistana, lo saben bien todos los lectores de Jenofonte, el ateniense que recibió el mando. Ahora, en el año de 400 a. C., reaparecían estos griegos en las ciudades del Asia occidental y Europa para contar cuán abierto estaba el continente interior a todo saqueador audaz y cuán poco valían diez orientales, en el ataque o la defensa, contra un solo griego. Tales historias incitaron a Esparta a una política osada, y un día habrían de impulsar a una potencia occidental más fuerte a marchar a la conquista del Oriente.

Tenemos la dicha de contar con la narración detallada de Jenofonte de las aventuras de aquellos griegos, aunque sólo fuera porque ilumina de paso la situación del interior del Asia casi en el momento de nuestra investigación. Vemos que Sardes era, bajo Persia, lo que había sido bajo la Lidia, la capital de Anatolia; vemos los grandes valles de la Lidia, y la Frigia, al norte y al sur, bien poblados, abundantes en vituallas, y de vida ordenada, mientras que las ásperas laderas y las todavía más ásperas alturas del Tauro están ocupadas por contumaces montañeses a los que hay que mantener alejados de las llanuras por medio de los castigos periódicos que Ciro permitía a su ejército descargar en la Pisidia y la Licaonia. La Cilicia es administrada y defendida por su propio príncipe, quien lleva el mismo nombre o título que su predecesor en los días de Senaquerib, pero que depende fundamentalmente del Gran Rey. Su tierra es hasta tal punto su propiedad privada, que Ciro, aunque en apariencia dueño de todo el imperio, fomenta el pillaje de la rica capital provincial. La flota de Ciro desembarca hombres y cargamentos en el norte de Siria sin ser molestada, mientras que el país interior, hasta el Éufrates, y a lo largo del valle del río, hasta Babilonia, está en paz. El Gran Rey puede reunir más de medio millón de hombres del este y del sur para enfrentarlos a su enemigo, además de la leva de la Media, provincia que ahora parece incluir la mayor parte de la antigua Asiria. Estos cientos de miles constituyen un ejército desordenado, indisciplinado, inestable, no habituado al servicio, muy poco semejante a los ordenados batallones de una potencia esencialmente militar tal como lo había sido la asiria.

Del relato de la Retirada pueden sacarse ciertas conclusiones ulteriores. Primera, Babilonia era una parte del imperio no muy afecta al Gran Rey; de no ser así, los griegos no hubieran contado con el permiso de la milicia local para entrar en ella tan fácilmente, ni hubieran recibido el estímulo de los persas para que la abandonaran. Segunda, la antigua Asiria era una provincia pacífica sujeta ahora por una guarnición o guarniciones persas de más o menos fuerza. Tercera, el sur del Kurdistán no estaba sujeto en manera alguna al Gran Rey y sólo pagaba tributo en obediencia a alguna presión ocasional. Cuarta, el resto del Kurdistán y de la Armenia tan al norte como el brazo superior del Éufrates estaba en precaria posesión de los persas; y, finalmente, al norte del valle del Éufrates, hasta el mar Negro, todo era independencia. No sabemos nada preciso, en este año de 400, acerca de las lejanas provincias orientales o de las del sur de la Asiria. Artajerjes, el Gran Rey, vino de Susa para hacer frente a su rebelde hermano, pero a Babilonia volvió para dar muerte a los traicionados jefes de los griegos. En esta época Ctesias, el griego de Cnido, era el médico de su corte y no sentía amistad ni por Ciro ni por los espartanos; incluso estaba entonces en correspondencia con el ateniense Conon, quien se convertiría en almirante persa y destrozaría la flota espartana. De su historia de Persia han sobrevivido algunos fragmentos y algunos extractos resumidos relativos a este tiempo. Éstos tienen un valor que no parece haber tenido la masa del libro, puesto que relatan lo que oía y veía un contemporáneo bien colocado dentro de la corte. En uno se dice que el rey y la corte se habían apartado de las ideas y la práctica del primer Ciro. Artajerjes carecía de espíritu bélico, era tibio en cuanto a la religión (aunque había sido debidamente consagrado en Pasárgada) y adicto a prácticas no zoroástricas. Muchos persas grandes y pequeños le aborrecían y muchos de ellos se pasaron a su hermano; pero tenía algunos aventureros occidentales dentro de su ejército. Las damiselas reales ejercían casi mayor poder dentro de la corte que el Gran Rey, y reñían acremente entre sí.

Plutarco, que acopió materiales para su vida de Artajerjes no sólo de Ctesias sino también de otras autoridades ahora perdidas para nosotros, nos deja casi con la misma impresión de los señores del Oriente a fines del siglo V a. C. Un gobierno central corrompido y traicionero, dirigido casi por intrigas de harén; un pesimista conjunto de súbditos abandonados al capricho de los sátrapas; ejércitos ineptos y reunidos al acaso, en que los mercenarios extranjeros eran casi los únicos soldados de verdad, tal era en esta época la Persia. Era algo muy diferente al vigoroso gobierno de Ciro y al sistema imperial del primer Darío —algo muy semejante al imperio otomamo en el siglo XVIII d. C., algo que se derrumbaría ante el primer conductor de hombres del occidente que pudiera manejar su propio dinero y mandar un ejército profesional compuesto de su propio pueblo.