5. El imperio persa
Ciro tuvo todavía que enfrentarse a una parte del Oriente que, como no había sido ocupada por los medos, aunque en cierta medida estaba aliada con ellos y les rendía vasallaje, no veía ahora la razón para reconocer la nueva dinastía. Ésta era la parte que había sido incluída en el Nuevo Imperio Babilónico. Finalmente, Nabónides fué derrotado en Opis en el mes de junio de 538; Sippara cayó, y el general de Ciro, al aparecer ante Babilonia, la recibió sin resistencia de los desafectos sacerdotes de Bel-Marduk. La famosa leyenda de Heródoto, de cómo penetró Ciro secretamente en la ciudad por el lecho reseco del Éufrates, parece ser un recuerdo extraviado de una recaptura posterior de la ciudad después de una revuelta contra Darío, de la cual volveremos a hablar más adelante. Así, una vez más, fué dado a Ciro cerrar un largo capítulo de historia oriental, la historia de la Babilonia imperial. Ni él la hizo su capital, ni ningún otro señor del Oriente la favorecería de tal manera. Si acaso Alejandro intentó revivir su posición imperial, su sucesor, Seleuco, tan pronto como se vió seguro de su herencia, abandonó la ciudad eufratiana por las riberas del Tigris y del Orontes, dejándola que se desmoronara hasta convertirse en el montón de barro que es hoy día.
Los feudos sirios de los reyes babilónicos pasaron de jure al conquistador; pero probablemente el mismo Ciro nunca tuvo el espacio o la oportunidad para asegurarlos de facto. La última década de su vida parece haberla pasado en la Persia y en el noreste, la mayor parte del tiempo en intentos por someter a los escitas que amenazaban la paz de Media; y al fin, habiendo acorralado al enemigo más allá del Araxes, encontró ahí la derrota y la muerte. Pero Cambises no sólo completó la obra de su padre en la Siria, sino que llevó a cabo lo que se dice haber sido el proyecto ulterior de aquél, por medio de la conquista del Egipto, donde estableció una dominación que habría de durar, con algunos intervalos, casi dos siglos. Hacia fines del siglo VI un solo imperio territorial se extendía por todo el Oriente por primera vez en la historia; y los griegos miraban de hito en hito al rostro de un coloso que abarcaba entre sus piernas a las puertas de Occidente, las tierras desde el Araxes hasta el Alto Nilo, y desde el Oxo hasta el mar Egeo.
Sin embargo, antes de absorbernos en la contemplación de una pugna que nos llevará a una más amplia historia, hagamos una pausa para considerar la naturaleza de la nueva potencia que surgía del Oriente, y la condición de aquellos de sus súbditos que más han influído en la historia posterior de la humanidad. Debería señalarse que la nueva potencia occidental no sólo no es semítica, por vez primera en la historia bien comprobada, sino que tiene su gobierno en un tronco puramente ario, mucho más afín a los pueblos de Occidente que cualquier otro pueblo oriental con el que éstos hayan tenido relaciones hasta entonces. Los persas aparecieron en los confines del mundo, sin contaminación del salvajismo alarodiano, y libres de las preocupaciones teocráticas y las tradiciones nomádicas de los semitas. Eran hombres de tierras altas, de vigor sin igual, de hábitos frugales, vida agrícola estable, cohesión social largamente establecida y concepciones religiosas espirituales. Es también posible que, antes de que salieran de la vasta meseta irania, estuviesen bastante versados en la administración de grandes territorios. En todo caso, su pronta inteligencia les hizo aprovechar los modelos de organización imperial que persistían en las tierras que entonces adquirieron, puesto que bajo el nuevo gobierno babilónico, y quizás también bajo el medo, habían subsistido reliquias del sistema asirio. En lo sucesivo, la experiencia que Cambises obtuvo en el Egipto debe haber contado en la educación de su sucesor Darío, a quien los historiadores atribuyen la organización definitiva del dominio territorial persa. A partir del reinado de este último, nos encontramos con un sistema provincial organizado, ligado al centro de la mejor manera posible mediante un servicio postal que circulaba por caminos del estado. El poder real es delegado en diversos oficiales, que no siempre son de la raza dominante, pero que son independientes unos de otros y responden directamente ante el gobierno de Susa: estos delegados viven de sus provincias, pero su primer y principal deber es ocuparse de que el centro reciba una cuota fija de dinero y una cuota fija de soldados cuando así se requiera. El Gran Rey mantiene residencias reales en varias ciudades del imperio y las visita con no poca frecuencia; pero en general es notable la libertad que se deja a los virreyes para que mantengan la paz entre sus gobernados y aun para que se las vean con sus vecinos extranjeros como mejor les parezca.
Si comparamos la teoría persa del imperio con la asiria, advertiremos todavía una falla capital. El Gran Rey de Susa no reconocía más obligaciones que sus predecesores para con los intereses de sus súbditos y para devolverles lo que les tomaba. Pero, mientras que por una parte no se podía concebir mejor teoría imperial en el siglo VI a. C. —y ciertamente ninguna otra se puso en práctica en el Oriente hasta el siglo XIX de nuestra era—, por la otra, la práctica imperial persa mitigó sus malos efectos mucho más que la asiria. Libres de la tradición semítica de las incursiones anuales, los persas redujeron la obligación del servicio militar a una carga soportable y evitaron la provocación continua de los vecinos fronterizos. Libres también de las ideas semíticas supermonoteístas, no buscaron la imposición de su credo. Viendo que el imperio persa era extenso, descentralizado y con medios imperfectos de comunicación, sólo podía subsistir mediante la práctica de la tolerancia provincial. Esta tolerancia provincial parece haber sido sistemática. Sabemos mucho sobre la situación de griegos y judíos bajo su dominio, y en la historia de estos dos últimos pueblos no advertimos signos de opresión religiosa y social como la que distinguía el poder asirio. En el Asia Menor occidental los sátrapas se mostraban por lo común conciliadores para con los sentimientos religiosos locales y en ocasiones hasta se sometían a ellos; y en la Judea, la esperanza de que los persas serían a manera de libertadores y restauradores de su estado no fué vana. Si el soberano de las ciudades greco-asiáticas contrariaba el sentimiento helénico con su insistencia en el gobierno «tiránico», no hacía más que continuar un sistema bajo el cual se habían enriquecido la mayoría de dichas ciudades. Está claro que tenían poco de que quejarse fuera de la falta de libertad democrática, libertad que, realmente, no habían disfrutado algunas de ellas en los días de su independencia. Parece que se daban a los sátrapas pocos —incluso ninguno— soldados persas, además de unos cuantos ayudantes persas para el cuerpo administrativo. De hecho, el elemento persa en las provincias debe haber sido extraordinariamente pequeño, tan pequeño que un imperio que por más de dos siglos abarcó casi toda el Asia occidental apenas dejó monumentos provinciales, labrados en roca o tallados en piedra.