9. Resultados de los ataques contra los griegos
Es evidente que el fracaso europeo de Persia afectó menos a la parte derrotada que a la victoriosa. A excepción de la franja extrema occidental del imperio persa, no tenemos bases para decir que haya tenido ningún resultado político serio. Una revuelta en Egipto, que estalló en el último año de Darío y que fué fácilmente sofocada por su sucesor, parece no tener conexión alguna con el desastre de Maratón; y aun cuando Persia haya sufrido otras dos derrotas señaladas en Grecia, y una cuarta frente a la costa misma del Asia —la batalla de Micala— a la cual siguió al poco tiempo la pérdida de Sesto, llave europea del Helesponto, y más remotamente la batalla no sólo de todas las posesiones persas en los Balcanes y las islas, sino también de las ciudades griegas de la Jonia y la mayor parte de las de la Eólide, y por fin —después de la derrota naval definitiva frente al Eurimedón—, del litoral entero de la Anatolia, desde Pamfilia hasta la Propóntide, ni aun después de todas estas derrotas y pérdidas sufrió merma el poderío de los persas en el interior del Asia ni su prestigio en el interior del Asia Menor. A decir verdad, algunos años habrían de pasar antes de que la eternamente inquieta provincia del Egipto aprovechara la oportunidad de la muerte de Jerjes para aliarse con la nueva potencia y hacer un nuevo intento por sacudirse el yugo persa; pero volvió a intentarlo en vano.
Cuando Persia abandonó la soberanía directa sobre el litoral anatolio, sufrió pocas pérdidas comerciales y quedó más segura. Es indudable que sus sátrapas siguieron manejando el comercio occidental, e igualmente claro que la opulencia de su imperio aumentó en mayor proporción que el de las ciudades griegas. Hay pocas pruebas de expansión alguna por parte de los griegos a consecuencia de las guerras médicas; pero en cambio abundan las que pregonan una pobreza helénica creciente e ininterrumpida. Sucedió que Persia se encontró en una posición en la que casi recobró en oro lo que perdió en las batallas, y en la que pudo ejercer una influencia sobre Grecia mayor y más duradera de la que estableció jamás con las armas. Más aún, su imperio estaba más a salvo de la posibilidad de ataques, puesto que estaba limitado por el borde occidental de la meseta de Anatolia, y ya no trató de conservar ningún territorio europeo. Hay una diversidad geográfica entre el litoral y la meseta de la Anatolia. En todas las épocas sólo la última ha sido parte integral del Asia interior, y la sociedad y la política de la una han permanecido distintas de las de la otra. La frontera fuerte del Asia en su extremidad peninsular occidental está no sobre la costa, sino detrás de ella.
Al mismo tiempo, aunque sus resultados inmediatos sobre el imperio persa no fueron muy dañosos, las expediciones abortadas contra Europa sembraron la semilla de la catástrofe definitiva. Como consecuencia directa de ellas, los griegos adquirieron conciencia de su valor combativo tanto en la tierra como en el mar, en relación al de los pueblos del interior del Asia y al de los fenicios. Desapareció su temor de las grandes superioridades numéricas y se disipó mucho del misterio que hasta entonces había magnificado y escudado el poderío oriental. No menos visiblemente sirvieron esas expediciones para sugerir a los griegos, por vez primera, que allí existía tanto un enemigo común de toda su raza, como un campo externo para asolar y saquear. En la medida en que una idea de nacionalidad estaba destinada a actuar jamás sobre la mentalidad griega, esa idea sacaría su inspiración, en lo sucesivo, de un sentido de superioridad y hostilidad común entre los orientales. En una palabra, Persia había puesto los cimientos y promovido el desarrollo de una nacionalidad griega en una ambición común dirigida contra Persia misma. Fué también su destino que, al forzar a Atenas a ponerse a la cabeza de los Estados griegos, le diese a la incipiente nación el más ejemplar y emprendedor de los conductores, el más fértil en ideas imperiales y el más apto para proceder a su realización; y en su retirada ante aquella nación atrajo a su perseguidor al interior de un mundo que, de no haber avanzado ella contra Europa, nunca lo hubiese visto por muchos siglos en lo venidero.
Todavía más, por un cambio subsecuente de actitud hacia su victorioso enemigo —aunque ese cambio no fué enteramente para descrédito suyo—, Persia engendró en los griegos un concepto todavía mejor de sí mismos y una mejor comprensión de la debilidad de ella. Los persas, con la inteligencia y versatilidad que han distinguido siempre a su raza, pasaron rápidamente de un altanero desprecio a una admiración excesiva por los griegos. Se pusieron a trabajar casi inmediatamente para atraer a su propia sociedad a los estadistas y hombres de ciencia helénicos y para utilizar a los marineros y soldados griegos. Pronto encontramos a los sátrapas occidentales cultivando relaciones cordiales con las ciudades jonias, agasajando hospitalariamente a griegos distinguidos y conciliando las preocupaciones políticas y religiosas griegas. Deben de haber obtenido éxito considerable, mientras así preparaban, incautos, el desastre. Cuando poco después de un siglo más tarde llegó la Europa occidental, con toda su fuerza, a poner fin a la dominación persa, algunas de las mayores ciudades jonias y carias le ofrecieron una resistencia prolongada que no debe atribuirse solamente a la influencia del oro persa o a un elemento persa en su administración. Mileto y Halicarnaso cerraron sus puertas y defendieron sus murallas desesperadamente contra Alejandro, porque concebían que sus mejores intereses estaban implícitos en la continuidad del imperio persa. Y no fué menor el éxito de los persas con los griegos que tomaron a su servicio. Los mercenarios griegos permanecieron fieles hasta el último hombre al Gran Rey cuando se dejó venir el ataque griego, y presentaron a Alejandro la lucha más difícil en las tres grandes batallas que decidieron el destino del Oriente. Con todo, tal actitud hacia los griegos fué suicida. Exaltó el espíritu de Europa, mientras menguó el coraje y minó la confianza que en sí misma tenía el Asia.