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El caos en la calle era absoluto. El presidente había emitido un rápido comunicado en el que informaba del inminente impacto de un asteroide de grandes dimensiones sobre la Tierra y de sus letales consecuencias.

Había sido franco con su pueblo, dándoles la oportunidad de elegir la forma en la que querían enfrontarse a sus últimos momentos. La mayoría de la gente había buscado consuelo en sus amigos y familias, y muchos se habían reunido en grupos y rezaban juntos, esperando el final. El asteroide brillaba con fuerza y se iba haciendo más grande a medida que descendía hacia la Tierra. Era como una gran bola de fuego, mayor que el Sol, e iba dejando una estela roja a su paso.

Pero de repente, el cielo comenzó a teñirse de rojo. Una red de vetas moradas se extendió por todas partes y en apenas unos segundos una fina película carmesí se formó sobre sus cabezas. La gente miraba hacia arriba, desconcertada, sin comprender lo que estaba ocurriendo. La bóveda estaba reapareciendo.

Veinte naves descomunales cruzaron el cielo de Washington a baja altura dejando la ciudad casi a oscuras. Las naves se pararon unos segundos y después ascendieron velozmente, directas hacia la bóveda. No se produjo ningún impacto. Al alcanzar la estructura, las naves la atravesaron suavemente y se integraron en ella. La capa roja era aún tenue, casi translúcida, y las naves se podían ver perfectamente en su interior. Cada nave nodriza vomitó una infinidad de pequeñas naves que se arremolinaban en torno a las grandes. Estas descargaron a su vez otra ingente cantidad de naves aún más pequeñas, como si se tratase de una muñeca rusa.

La gente miraba absorta cómo las naves se movían a una velocidad de vértigo, llevando a cabo un baile aparentemente coordinado. La bóveda comenzó a adquirir densidad y a compactarse. A los pocos minutos se había vuelto casi opaca, escondiendo a las cientos de miles de naves que había en su interior.

Michael Winslow y Janus Goldman contemplaban el espectáculo, impresionados. Ellos sí comprendían lo que estaba sucediendo.

—Son las mismas naves que regeneraron la bóveda cuando lanzamos los ataques —dijo Goldman—. No las vimos cuando se formó la estructura la primera vez.

—En esta ocasión, deben de estar acelerando la creación del tejido orgánico —apuntó Michael—. Están intentando crear otro escudo a toda velocidad.

Pese al surgimiento de la cúpula y el aumento de su densidad y grosor, el asteroide se podía ver perfectamente a través de la estructura. Su tamaño se iba agrandando paulatinamente, doblando con creces el tamaño del Sol.

—No lo conseguirán —dijo Goldman—. El asteroide está demasiado cerca.

Michael no dijo nada.

El tiempo pasó muy despacio mientras la gente contemplaba estupefacta el descenso del asteroide. Había transcurrido una hora y veintidós minutos desde el surgimiento de la bóveda cuando el destructor se les echó encima. Pese a su velocidad estimada de unos sesenta mil kilómetros por hora, parecía que se movía a cámara lenta. Una gran sombra tapó por completo la luz roja filtrada por la bóveda, como si la noche hubiese caído de repente.

Se sintió una vibración sorda, que fue aumentando poco a poco, como el rumor de una tormenta lejana aproximándose. La tierra e incluso el aire palpitaban a su alrededor.

El temblor les hizo caer al suelo. Michael se tapó los oídos y permaneció atento al cielo sin perder un detalle. Estaba convencido de que iba a morir, pero se sentía extrañamente afortunado al poder contemplar un espectáculo tan increíble.

Entonces llegó el impacto.

El estallido de luz le dejó ciego unos instantes, y el rugido fue tan bestial, que Michael pensó que había llegado el fin del mundo. Después salió despedido por los aires y su cuerpo quedó unos segundos comprimido contra el suelo. La tierra tembló a su alrededor y de repente una ola de asfalto se erguió frente a él y amenazó con tragárselo. Michael intentó levantarse, pero la superficie bajo sus pies se movía como si estuviese sobre la cubierta de un barco en medio de una tempestad.

—¡Agárrate a mí! —La mano de Janus Goldman surgió de la nada y Michael se aferró a ella como pudo.

El científico dio un tirón poniéndole momentáneamente a salvo. Los dos hombres se arrastraron por el suelo tratando de alejarse de la grieta más cercana. Una torre de oficinas se tambaleó como un flan, se desplomó y derribó a otros edificios en su caída. No fue la única. Michael contempló cómo la mitad de los edificios de la ciudad se desmoronaban unos sobre otros, como un gran castillo de naipes fallido. Los incendios surgían por todas partes mientras la Tierra no paraba de convulsionar. Michael había vivido un terremoto en Tokio de ocho grados de intensidad en la escala de Richter. Comparado con lo que estaba sucediendo en aquel instante, aquel terremoto parecía una simple atracción de feria.

Un crujido terrible sonó sobre sus cabezas. Michael alzó la vista y comprobó que sus peores temores se estaban cumpliendo. La pared roja de la bóveda se estaba combando hacia abajo presionada por la fuerza del impacto.

—¡La bóveda! —gritó para hacerse oír—. ¡Se está desmoronando!

Una grieta tan grande como el río Potomac se estaba abriendo sobre la estructura. No se veía el otro lado, pero de la brecha central nacían otras grietas más pequeñas que iban creciendo como raíces y amenazaban con colapsar la bóveda.

Otro gran rugido se escuchó hacia el Noreste y una nueva grieta apareció en la bóveda. Por la distancia a la que se encontraba, se habría producido a la altura de Baltimore. En aquella zona, la bóveda se combó peligrosamente hacia adentro hasta que ya no pudo más. La estructura cedió y una lluvia de rocas rojas cayó sobre el suelo, sepultando la ciudad. Pese a la distancia, la cadena de estallidos se oyó con toda claridad.

Mientras, la bóveda seguía cediendo y hundiéndose cada vez más sobre Washington. En muy poco tiempo podría acabar como su vecina Baltimore. Una lluvia mortal de rocas rojas comenzó a caer sobre sus cabezas. Se trataba de pedazos de la bóveda resquebrajada que se desprendían como piel muerta.

—Va a ceder —dijo Michael—. Tenemos que buscar refugio.

—¡Allí! —Goldman señaló el edificio del Memorial de la Segunda Guerra Mundial.

Los dos hombres echaron a correr atravesando el parque, mientras la lluvia de rocas y cenizas rojas caía a su alrededor. Finalmente, lograron alcanzar el edificio sanos y salvos. No habían pasado ni diez segundos cuando la bóveda cedió tanto que quedó a solo unos cien metros de los edificios más altos. Si se derrumbaba, toda la ciudad sería aplastada.

Pero en ese instante el rugido comenzó a decrecer y la tierra se calmó repentinamente. En pocos segundos, un silencio absoluto sustituyó al caos que había reinado hasta ese momento. Michael escudriñó el cielo y se dio cuenta de que la bóveda ya no temblaba. Goldman también se había percatado de la situación porque miraba hacia arriba con los ojos muy abiertos.

Entonces, poco a poco, la bóveda comenzó a perder cuerpo y a volverse translúcida, fantasmal. Durante unos instantes pareció que una gelatina roja y viscosa cubría el cielo. A los pocos minutos se había evaporado completamente. Las grandes naves que habían visto antes seguían en el cielo, inmóviles. Dos de ellas ardían con un extraño fuego verde, pero las demás parecían indemnes. Las pequeñas naves revoloteaban alrededor de las nodrizas y desaparecían al poco en su interior, dejando el cielo despejado.

—Lo han logrado… —dijo Michael—. Pero, ¿cómo?

—No se fiaban de nosotros —respondió Goldman con una sonrisa en los labios.

—¿A qué te refieres?

—Tenían un plan de emergencia. Sabían que intentaríamos acabar con la bóveda y decidieron cubrir esa contingencia. No había un solo núcleo, sino dos. Nathan destruyó el que había en México, pero tenían otro dispuesto bajo las aguas del lago Michigan. Por eso detectamos las radiaciones X emanando desde ese punto.

Michael rumió unos instantes la respuesta del científico.

—Pero hay algo que no comprendo. Si eran capaces de parar el asteroide creando la bóveda pocas horas antes del impacto, ¿por qué la levantaron una semana antes? ¿Por qué permitieron que bajase tanto y matase a tanta gente?

Goldman permaneció callado. No conocía la respuesta.