Probablemente nunca usaría de nuevo las herramientas de la misma forma en que lo
había hecho antes del accidente; por el resto de su vida, el mundo lo consideraría zurdo. Sin embargo, eso no le impondría la más mínima desventaja. El doctor Sanderson ya había cesado de especular sobre la causa de la actual condición de Nelson. Sabía muy poco de electricidad; ése era el trabajo de Hughes. Confiaba en que el físico proporcionaría la respuesta a su debido tiempo; siempre lo había hecho así anteriormente. La compañía no era una institución filantrópica y tenía buenas razones para requerir los servicios de Hughes. El nuevo generador, que estaría funcionando dentro de una semana, era el niño nacido de su cerebro, pese a que no tenía casi nada que ver con los detalles de ingeniería. El mismo doctor Hughes tenía menos confianza. La magnitud del problema era aterradora; porque se había percatado, y Sanderson no, de que involucraba regiones de la ciencia extremadamente nuevas. Sabía que sólo había una manera por la que un objeto podía volverse su propia imagen especular. Pero, ¿cómo podría probarse una teoría tan fantástica?
Había reunido toda la información disponible sobre el fallo que había energizado la gran armadura. Ciertos cálculos habían dado una estimación de las corrientes que habían fluido a través de las bobinas durante los pocos segundos que éstas habían estado conduciendo electricidad. Pero las cifras no eran más que conjeturas; deseó poder repetir el experimento para obtener datos precisos. Sería divertido ver la cara de Murdock si le dijera: «¿Le molesta si provoco un perfecto corto entre los Generadores Uno y Diez en algún momento de esta noche?» No, eso estaba definitivamente fuera de consideración. Por suerte todavía tenía el prototipo. Pruebas efectuadas con él habían proporcionado una serie de ideas sobre el campo producido en el centro del generador, pero sus magnitudes ya eran materia de conjeturas. Debían haber sido enormes. Los alambres del bobinado permanecieron en sus ranuras sólo por milagro.
Hughes luchó denodadamente con sus cálculos por más de un mes y se internó en regiones de física atómica que había estado eludiendo cuidadosamente desde que abandonó la universidad. Lentamente, toda la teoría completa comenzó a desplegarse dentro de su mente.
Faltaba aún un largo trecho hasta la prueba definitiva, pero el camino estaba libre. En otro mes va habría terminado.
El gran generador, que había dominado sus pensamientos durante el último año, parecía ahora trivial y sin importancia. Apenas se molestó en agradecer las felicitaciones de sus colegas cuando el generador pasó la prueba definitiva y comenzó a alimentar el sistema con millones de kilovatios. Debieron pensar que era un poco extraño, pero siempre se le había considerado un tanto impredecible. Era lo que se esperaba de él: la compañía se hubiera sentido desilusionada si su genio amaestrado no poseyera ninguna excentricidad.
El doctor Sanderson fue a verle de nuevo dos semanas después. Estaba muy serio.. —Nelson está de vuelta en el hospital —anunció—. Me equivoqué cuando dije que estaba O.K.
—¿Qué le pasa? —preguntó Hughes, sorprendido. —Se está muriendo de hambre.
—¿Muriendo de hambre? ¿Qué demonios está diciendo? El doctor Sanderson acercó una silla al escritorio de Hughes y se sentó. —No pensé en usted durante las últimas semanas —comenzó— porque yo sabía que usted `estaba ocupado con sus propias teorías. Todo ese tiempo estuve observando a Nelson con mucho cuidado y escribiendo mi informe. Al principio, como ya le dije, parecía perfectamente normal. Yo no tenía ninguna duda de que todo saldría perfectamente bien.