Capítulo 12
Amy no creyó que nada pudiese estropear esa noche. Bailar. Bailar de verdad. Poco importaba que estuviesen girando bajo el roble, solos los dos. No necesitaba observadores para hacerlo oficial. Un hombre la llevaba en brazos y ella lucía un hermoso vestido de seda, alzándose en un vals. Era más de lo que nunca hubiese soñado. Quería bailar y bailar y bailar, hasta que la luna dejara de verse y el amanecer iluminara el cielo.
Con la vista puesta en el rostro oscuro de Veloz, decidió que era el hombre más guapo del mundo. Pensar que había sido él quien le había comprado la cesta. Y por la escandalosa cifra de cien dólares. Se sentía flotando. Maravillosamente bien. Era una noche mágica, Veloz era mágico, todo era mágico.
Incluso había dejado de importarle que hubiese ganado los cien dólares robando. Criado como comanche, Veloz había crecido aprendiendo a ser un ladrón de caballos. El hecho de que hubiese aprendido este oficio tan bien no debería sorprenderla. Su promesa de que no volvería a robar le permitía a Amy olvidar que lo había hecho.
Cuando notó una punzada en el costado, intentó no hacerle caso. Esta era una noche única en su vida y quería disfrutarla al máximo. Cuando Veloz aminoró el ritmo y la balanceó contra su pecho, ella intentó protestar, pero no tuvo fuerzas para hacerlo.
—Estás cansada.
—Ah, Veloz, ¿tenemos que parar? Me siento tan bien.
—Habrá otras noches, Amy.
Él bajó la cabeza. Amy se dio cuenta demasiado tarde de que se había derretido contra él como una bola de mantequilla en una galleta caliente. La sensación de magia se rompió. Solo por unos minutos, había caído bajo su hechizo, como lo había hecho muchos años atrás, olvidando su pasado, olvidando que era una mujer en un mundo en el que los hombres tenían todo el poder. Pero nadie podía quedarse para siempre en un mundo de ensueño.
Ella echó la cara hacia atrás, asustada por el brillo que vio en sus ojos y la firmeza de su brazo rodeándola, atrayéndola hacia él, lo que ponía de manifiesto su deseo, incluso a través de las capas de tela vaquera, seda y muselina. Aunque la noche la cegaba, la luz de la luna iluminó la cara de él, mostrando la dureza de su rostro, la sonrisa determinada de su boca, la suave línea de su nariz. Amy había visto esa mirada en la cara de los hombres antes, pero nunca en la de Veloz.
Su pasión se habían enardecido al bailar con ella. Y, cuando a los hombres les sucedía esto, afloraba el animal que había en ellos. Ella podía oler el cambio en él, ver la capa de sudor que cubría su cara, oír la respiración rápida e impaciente. De repente se dio cuenta de que estaba de pie entre ella y el salón comunitario.
Él le pasó el brazo por el cuello y soltó la mano para ponérsela en la cintura. Pero no se detuvo allí. Mientras la reclamaba con los labios, hizo descender la mano por sus costillas, tanteándola con los dedos, frustrado al encontrar la red de huesos de ballena del corpiño de Loretta. Detuvo la mano en la suavidad de sus pechos, que se hinchaban bajo el corsé, cubiertos con la tela difusa de su combinación y la seda del vestido.
Amy hizo un movimiento brusco. El calor de la mano de Veloz le quemaba. Cuando ella gimió, él le metió su lengua, caliente y sedosa, en la boca, invadiéndola con un ritmo que ella conocía demasiado bien, empujando hondo, sin dejarle escapatoria. Él encontró la cima de su pecho y la capturó con sus dedos a través de la seda. Un huracán de sensaciones hizo que se estremeciera. Y la estela que dejó vino cargada de un pánico irracional.
Trató de apartar la cara, intentó librarse de sus brazos. Eran esbeltos y musculosos. La sostenía con tanta facilidad como si ella fuera una niña con una pataleta. Su cuerpo se encorvó alrededor de ella, tan duro como el acero, y su beso se hizo más exigente y decidido, como si forzándola pudiera convencerla de que lo que le estaba haciendo le gustaba. Ella intentó decir su nombre, le suplicó que se detuviera, pero las palabras se quedaron en su boca, en una confusión de gemidos.
El mundo se convirtió en un torbellino de rayos de luna y locura. Veloz había dejado de ser Veloz; era solo otro hombre malvado, consiguiendo lo que deseaba. Ella había dejado de ser la señorita Amy, segura en Tierra de Lobos, bajo un gran roble en las afueras del salón comunitario y con la música flotando en el aire. El instinto animal la guio de la misma forma que guiaba a Veloz, y luchó por sobrevivir.
Durante tan solo ese instante en el que Amy pasó de ser una mujer a un animal atrapado, Veloz susurró su nombre, aflojó su abrazo y le quitó la mano del pecho. Pero Amy no pudo percibir el cambio. Apartó violentamente la boca y trató de zafarse, ciega de pánico, pensando solo en irse lo más lejos que pudiera. Y lo cierto es que lo consiguió, aunque sin saber muy bien cómo. El ataque inesperado de Veloz la había sumido en una especie de secuencia de estímulo-reacción.
Él la liberó y ella salió corriendo.
—¡Amy!
La voz de Veloz, tenue de deseo, sonó como la de un extraño, y la alentó a seguir corriendo. No sabía adónde iba, pero no le importaba siempre y cuando fuera lejos de él.
—Amy, cariño, vuelve. No te adentres en la arboleda. ¡Amy, no!
De pronto se vio en un camino reducido a un túnel. Solo podía oír el ruido áspero de su respiración, el golpeteo de su corazón, los gemidos que rasgaban su garganta. Apenas podía oír el sonido de sus pies en el suelo. Una rama le golpeó la cara. Se tambaleó. El bosque apareció imponente frente a ella, con fantasmas más negros que la oscuridad, capaces de rasgarle la ropa, de cogerle por las piernas.
Y entonces oyó el sonido de unas botas, como un trueno, aproximándose detrás de ella, duras y rápidas. Se le puso la piel de gallina. Se obligó a correr hacia delante con mayor velocidad, frenética, fuera de sí. «Ay, Dios, ay, Dios.» Ningún lugar era seguro. Nadie podía hacer que se sintiera segura. Veloz era como todos los demás, corriendo detrás de ella, con el peso de toda su fuerza sobre ella. No podría luchar contra él ni detenerlo. Él terminaría por emprenderla a golpes con ella, temblando de satisfacción, y caería sobre ella, como un ancla inamovible de carne sudorosa que penetraría su terror. «Otra vez no…, otra vez no.»
—¡Amy, ten cuidado! Hay un tronco… Cariño, ¡ten cuidado!
Algo le golpeó por detrás. Amy gritó al caer, esposada en un lío horrible de brazos y piernas duras. Veloz la cogió a medio camino y cayó él primero en el suelo amortiguando el impacto. Pero Amy apenas pudo darse cuenta de esto. Gruñó y se revolvió, tratando de escapar de él. Al ver que no podía, se dispuso a atacarle de frente, golpeándole en la cara.
Sin parar de injuriar, lo agarró por las muñecas. Agitando el cuerpo, se levantó del suelo y aprovechó la reacción violenta de ella para inmovilizarla bajo él. Ella pataleó, pero las faldas se le engancharon en las piernas. Él le puso un muslo sobre los de ella y tiró de sus brazos para ponérselos bajo la cabeza.
Con la respiración acelerada y la cara encima de ella, dijo en alto:
—Ya está, Amy. Todo está bien.
Pero no estaba bien. Él la tenía. Las copas de los árboles, sus siluetas negras imponentes y cambiantes contra el cielo, eran como centinelas testigos de su afrenta. No podía moverse, no podía respirar. Él le ancló las muñecas con una mano, dejando libre la otra. Amy sabía lo que vendría después. Un grito manó dentro de ella, rasgándole la garganta hasta surgir como un maullido lastimoso.
—Perdóname, Amy. Lo hice sin querer. Cariño, lo hice sin querer. —La mano que ella pensaba iba a rasgarle el vestido, se posó con temblorosa suavidad en su pelo—. Ya está, Amy. Te lo prometo. No voy a hacerte daño.
Las palabras le llegaban como de muy lejos, las mismas palabras, una y otra vez, pero el cuerpo duro y pesado que había sobre el suyo hablaba con mucha más fuerza. Ella forcejeó hasta que quedó empapada de sudor, hasta que sus músculos dejaron de responder a las órdenes que les daba el cerebro, hasta que el miedo cedió un poco, contenido, esperando a reclamarla. Tembló y forcejeó, llorando, incapaz de formular los ruegos de clemencia que se arremolinaban en su cabeza.
—No pasa nada —volvió a decir Veloz—. Lo siento, Amy. Perdí la cabeza un momento. No tenía que haber pasado. Lo siento. No voy a hacerte daño. Te lo prometo. Ni ahora ni nunca.
Él pasó la mano de la cabeza al cuello, tocándole la nuca con sus cálidos dedos, acariciando los rizos ralos y húmedos que caían contra su piel mojada.
—No… no me to… toques. No…
La mano que tenía en la nuca se tensó.
—Cariño, no voy a hacerte daño. Te lo prometo. Tranquilízate. Esa es mi chica. Respira hondo.
Amy lo hizo y rompió en sollozos. Eran unas lágrimas salvajes e histéricas. Veloz perjuró y se movió para no estar encima de ella, llevándola con él al círculo que formaban sus brazos hasta que la tuvo encima de él. A Amy le pareció que tenía manos temblorosas por todos lados, en el pelo, en la espalda, en los brazos…, acariciándola, calmándola, obligándola a que la tensión cediera.
—Lo siento mucho —decía una y otra vez—. Por favor, no llores. Preferiría que me dieran latigazos antes de verte llorar. De verdad. Iré contigo al granero de Cazador. Puedes partirme en dos con la correa si quieres. Me lo merezco. Pero por favor, no llores.
Tumbada encima de él como estaba, Amy podía sentir el latido de su corazón. Tenía una mejilla sobre su camisa. Se estremeció y se quedó sin fuerzas, arrullada por la sinceridad de su voz y el temblor de arrepentimiento que notó en su cuerpo delgado.
Pasaba el tiempo y ella podía medirlo en cada uno de los latidos erráticos que daba su corazón. El viento susurraba, doblaba los árboles, haciendo crujir las ramas y las hojas resecas. Amy cerró los ojos, con la garganta demasiado seca para hablar, exhausta. Estaba segura de que debía de haberse vuelto loca, porque no tenía ningún sentido correr en estampida para alejarse de un hombre y tumbarse después sobre él, tranquila e inmóvil. Pero tumbada así como estaba, sentía una paz que no era capaz de entender y para la que tampoco tenía fuerzas con las que racionalizarla.
De todas formas, sus sentimientos hacia Veloz nunca habían tenido mucho sentido.
Después de un rato durante el que él se dedicó a pasarle los dedos por la trenza deshecha y jugar con ella entremetiéndosela por los nudillos, dijo:
—Quería que esta noche fuera perfecta para ti.
La voz vibró en su pecho y también en el de ella, ronca de emociones. Amy se acarició la mejilla con el pecho de él, sintiendo cierta tranquilidad al hacerlo por el olor a limpio de su piel, a jabón y a cuero.
—Nunca quise perseguirte de esa manera —susurró él—. Por favor, créeme. Surgió así y sucedió tan rápido que no me diste la oportunidad de detenerme antes de que salieras corriendo.
Ella apretó los ojos para contener las lágrimas.
—Ah, Veloz, desearía con todo mi corazón que los hombres no fueran algo que superar, sobre todo tú. —Tragó saliva y tembló—. Pero te convertiste en un desconocido. Y me asusta pensar que ese extraño está dentro de ti ahora, listo para saltar sobre mí cuando menos me lo espere.
—Supongo que me lo merezco. Pero, Amy, no hay ningún extraño dentro de mí. Te deseo de esa manera todo el tiempo. Es solo que ese deseo se hizo más grande durante un segundo. Era un sentimiento tan dulce, tenerte junto a mí.
Sus palabras la hicieron sentir muy incómoda. Estaba sobre él ahora. Con un suspiro, Veloz le puso la mano en la mejilla.
—No tengas miedo. —El tono era ronco—. Creo que prefiero oírte llorar, por mucho que eso me mate.
Hundiendo los hombros en el pecho de Veloz, Amy se levantó para mirarlo, aún aterrada por lo que acababa de admitir.
—Cre… creo que deberíamos volver al salón comunitario.
—No podemos. Mira como estás. Tu reputación se iría al traste si te vieran así. —Él le apartó un mechón de la cara—. Y no es que no estés preciosa, con ese pelo suelto cayéndote por los hombros como rayos de plata y oro. —Le acarició la mejilla con los nudillos y después pasó la punta del dedo por sus labios—. Bésame, Amy. ¿Podrías hacer eso por mí?
Amy se dio cuenta en ese mismo momento de que ella no era la única que se había vuelto loca.
—¿Qué?
—Bésame —repitió él amablemente—. No voy a sobrepasarme. Solo un beso. Una vez. Un beso verdadero, con los labios abiertos y tu lengua tocando la mía. Un beso bonito y duradero. Me gustaría que conocieras al extraño que hay en mí y que lo mirases de frente. Si no lo haces, desconfiarás de este lado mío para siempre, y no quiero que eso suceda.
Tal y como Amy veía las cosas, era mucho más inteligente seguir desconfiando. Era un truco, lo sabía. Empezó a moverse para alejarse de él, pero Veloz la cogió por la cintura, abrazándola con rapidez.
—Por favor. No te obligaré a que lo hagas otra vez si te resulta horrible. ¿Qué te parece ese trato? Un beso. Si lo odias… —Se calló y pareció considerar lo que estaba a punto de decir—. Si lo odias, te liberaré de la promesa de matrimonio.
Esto llamó su atención. Puede que fuera un truco, pero nunca lo había tenido como a un mentiroso. Apenas podía creer lo que estaba oyendo.
—Si odias besarme, seremos simplemente amigos de ahora en adelante —añadió en un suspiro contenido—. No volveré a molestarte.
Amigos. Eso sería un sueño hecho realidad…, ser capaz de estar con Veloz y no tener que preocuparse nunca más. Se le aceleró el pulso al pensar en besarlo. Pero si de verdad iba a librarla de la promesa de matrimonio, sería una locura no considerarlo. Porque estaba segura de que odiaría hacerlo.
—¿Lo… lo dices de verdad?
—¿Te he mentido alguna vez? Dime una vez en que lo haya hecho, Amy.
Veloz la observó, con el corazón en un puño, temiendo que ella se negara y más aterrado aún de que no lo hiciera. Si le besaba y lo detestaba, la perdería. Había mucho en juego…, el resto de su vida. Dada su inexperiencia, temía que incluso sus mayores esfuerzos se quedasen en un mero roce de labios y no en aquello de lo que los besos de ensueño estaban hechos. Pero era un riesgo que tenía que correr. Si dejaba que saliera del bosque con la imagen de sus jadeos y sus manoseos en la mente, nunca podría volver a acercarse a ella a menos de dos metros, a menos que fuese a por ella y la obligase.
La expresión en la cara de Amy dejaba entrever cada una de sus emociones y pensamientos, la mayoría de ellos desagradables. Pero había también un brillo de determinación en sus ojos. El que pudiera librarse de la promesa del matrimonio era sin duda una tentación muy poderosa. No tenía más remedio que aceptarlo. Tumbado aún, inmóvil, bajo ella, esperó.
—¿Me… me prometes que no te sobrepasarás? —preguntó con voz dubitativa y miedosa.
Veloz se había sobrepasado con la simple visión de Amy desde que la había visto por primera vez, un pequeño demonio furioso, con un glorioso pelo rubio y unos ojos azules que echaban chispas. Era todo tan extraño. Se había enamorado de ella por ese coraje salvaje que tenía y ahora la amaba incluso más porque no lo tenía. Esta Amy, que había sufrido tanto y por eso huía de él con un terror irracional, hacía aflorar su instinto de protección. Lo único que quería era protegerla del resto del mundo. Excepto, por supuesto, de él mismo.
—Te prometo que no perderé la cabeza —corrigió—, si es eso lo que quieres decir. Porque a eso te refieres cuando hablas de sobrepasarme, ¿verdad?
Ella se puso tensa y pareció que estaba a punto de saltar lejos de él. Veloz apretó el brazo con el que la rodeaba.
—Amy, es natural. Algunas veces, simplemente te miro y sucede. O huelo tu cabello y ocurre. Me sobrepaso casi siempre que estoy contigo.
Una expresión de auténtico terror inundó sus ojos.
—Ay, Dios. Veloz, vamos. —Le puso las manos en el pecho y empujó para levantarse—. Ahora, por favor.
Él siguió abrazándola para que no se moviera.
—No hasta que me beses. ¿No quieres hacerlo? Piensa en ello, Amy. Si no te gusta, seremos solo amigos, como tú y Cazador. Eso es lo que quieres, ¿no es así?
—Sin embargo, no sería así. Mi pelo no inquieta a Cazador. Yo… me quiero ir. Ahora mismo.
—Amy, escúchame. No hay nada que temer. Un hombre puede sufrir por el deseo de una mujer de vez en cuando, y yo sufro por ti. Sufrí esta noche cuando estábamos bailando. Y cuando te pegaste a mí, lo olvidé todo excepto eso, solo por un segundo. La gente se besa todo el tiempo sin que ocurra nada. Inténtalo. Vamos. No puede ser tan difícil después de todo. Piensa en lo que puedes ganar. —Y en lo que él tenía que perder.
Ella volvió a mirar sus labios con intensidad. Y entonces, agarrándole la camisa con los puños, dobló la cabeza y le tocó los labios con los suyos. Él abrió la boca unos centímetros, lo suficiente para dejar que ella entrara en él, pero no tanto como para asustarla.
Ella lo besó más profundamente, con un contacto tan ligero, tan húmedo, dulce y tímido, que el corazón de Veloz empezó a latir con fuerza y todo su cuerpo se contrajo de deseo. Veloz extendió la mano por la espalda de ella, total y absolutamente sobrepasado cuando la punta de su pequeña lengua le penetró como una flecha y rozó la zona sensible de su paladar. Dejó que ella experimentase con el acercamiento y el alejamiento, con cuidado de no hacer nada que pudiera ponerla nerviosa.
Por fin, cuando pareció sentirse segura de lo que estaba haciendo, pegó los labios a los de él, pasando con timidez la lengua por el borde de sus dientes. Él luchó por mantenerse pasivo, pero este beso lo estaba enloqueciendo de tal manera que tuvo que poner la mano por detrás de la cabeza de Amy para no perder el control. Al presionar con la mano, sus bocas se ajustaron con más firmeza, él arqueó la cabeza y tocó con cuidado su lengua. Ella se estremeció, pero Veloz afianzó su abrazo hasta ver cómo se relajaba.
Cuando notó que la tensión desaparecía, él pudo también relajarse en cierta manera, y el instinto le dijo lo que estaba pasando. Sabía que había ganado por la manera en que el cuerpo de Amy se moldeaba contra el suyo. Amy, su Amy. Casi con reverencia, Veloz exploró su boca, haciendo uso de toda la experiencia que tenía con las mujeres y del amor que sentía por ella para hacer que este beso fuera maravilloso.
A Amy, todo le daba vueltas. La boca de Veloz tiraba de la de ella, caliente y húmeda, jugando con la lengua, retirándose, con una sensación tan tentadora que se envalentonó y empujó con la suya hacia delante, deseando más. Un deseo que él le concedió con un gemido profundo en el pecho.
En algún lugar de su inconsciente, Amy trató de recordarse que era crucial que no le gustase eso. La libertad que tanto ansiaba tenía que hacer que no le gustase. La independencia y el sentimiento de supervivencia tenían que hacer que no le gustase. Porque, si le gustaba, podía despedirse de cualquier esperanza de recuperar el control sobre su vida.
Cuando sucedió, ella sintió el cambio en él, del mismo modo que lo había sentido antes. La pasión cubriéndole el cuerpo como una capa fina de sudor, la urgencia de su respiración, la tensión en la manera de sujetarla. Pero esta vez la sujetaba con cariño. Sus manos flotaban sobre ella como el aire, tan suavemente que la piel se le erizaba y revivía con expectación. No se sentía amenazada, sino adorada.
Y sentirse adorada fue su perdición. Veloz gimió de nuevo y rodó con ella, poniéndose encima. Todo giraba ya de tal manera que no le importó. Esta vez él no tocaba sus pechos. Le tocaba todo lo demás. Esa caricia eléctrica era tan maravillosa que no quería que parase.
—Amy…
Su nombre era una plegaria en sus labios. Mareada y arrobada de calor, movió las pestañas, apenas consciente de que su boca había dejado la de ella y se había aventurado por su garganta. Se sentía tan arrebatada de emoción que no tenía fuerzas para protestar. Unos labios como plumas trazaron la línea de su cuello, después siguieron por el hueco de sus pechos. Amy parpadeó, pero esto no hizo que Veloz fuera más despacio, y, antes de que pudiera pensar en una forma de mostrar su desacuerdo por las libertades que se estaba tomando, él la persuadió de que al fin y al cabo le gustaba lo que estaba pasando.
Él hundió la lengua por el borde de su vestido, tirando de la puntilla, deslizándose por debajo, rozando la punta de su pecho. Ella gimió y le agarró el pelo con los puños para apartarle. Antes de poder hacerlo, su pecho, ensalzado por el corsé y excitado por su lengua, se soltó del endeble encaje y fue directo a su boca. Conmocionada por la sensación que le golpeó el vientre, arqueó la espalda en rebeldía y Veloz se aprovechó de ello, tirando con fuerza de su pezón.
Cualquier pensamiento desapareció de su cabeza. Amy olvidó dónde estaba, lo que estaba haciendo, todo. Veloz y su boca caliente, implacable y exigente, eran su única realidad. Amy protestó y después gimió al sentir el mordisqueo en el pezón, hasta hincharlo, hasta que su aureola se hizo firme y el deseo se convirtió en cosquilleo.
Dulce tortura. Mordisqueando y pellizcándola suavemente con los dientes, pronto la tuvo temblando de frustración, presionándole el pecho con la cabeza, suplicando con su cuerpo para que le diera el calor total de su boca. Pero él se negó. Amy creyó que iba a derretirse, que sus huesos se habían convertido en líquido caliente que chorreaba por su cuerpo.
—Veloz… Veloz, por favor…
En el instante en que puso voz a su súplica, él dejó caer todo el peso de su boca sobre la de ella, sin cuidado esta vez, con una fuerza tan hambrienta, tan caliente, que tembló y se agitó con cada arrastre de su lengua. Un dolor de deseo empezó a crecer dentro de ella, un dolor agudo, insaciable e inflamado.
Era como estar entre una espiral divina y las llamas del infierno al mismo tiempo. Amy sentía una extraña necesidad dentro de ella, dañándola, poseyéndola. Deseaba. No encontraba una definición en su mente de qué era lo que deseaba, solo una noción primaria de una necesidad tan antigua como la feminidad, y se sentía presa de ella con una impotencia estremecedora, demasiado irracional como para poder analizar lo que estaba pasando.
Sobre ella, Veloz luchaba por recuperar el control sobre sí mismo, sabiendo que podía ahora conseguir más, tomarla como lo había deseado todo este tiempo. Pero era arriesgado. Se había prometido no tomarla, maldita sea. Y aquí estaba, a punto de romperle el vestido y hacerlo en el suelo duro y frío. Ella era suya. Estaba tan cerca.
En toda su vida, Veloz nunca había traicionado una promesa. En estos últimos años había ido abandonando todos sus principios, excepto el honor, algo que nadie podía robarle a menos que fuera él quien lo abandonase. Si ahora rompía la promesa que había hecho a Amy, cuando cada ápice de su confianza en él dependía de su palabra, el daño sería irrevocable. Si algo iba mal, el más mínimo descuido, como que ella se asustase en el momento de la unión, haría que lo que parecía tan perfecto se convirtiese en una pesadilla.
Él tragó saliva, trató de tranquilizarse y respirar más despacio. Con la cabeza levantada, bajó la mirada hacia su dulce rostro, impresionado del anhelo que había provocado en ella y que solo él podría saciar.
—Amy, amor… —Su voz temblaba—. Amy…
Ella tembló, agarrada a su camisa. Veloz bajó la cabeza hasta su pecho, suavizó los besos, haciéndola volver poco a poco. Volvió a meter su pecho redondo y perfecto en el escote de encaje y lo cubrió a su vez con la tela de seda…, una de las cosas más difíciles que había tenido que hacer en su vida.
—Amy…
La besó desde el cuello hasta la boca, susurrando su nombre hasta que la cordura volvió lentamente a sus ojos. Con la cordura llegó la incredulidad. Veloz se echó hacia atrás para que ella pudiera sentarse. Con las manos en la rodilla, la observó en reverencial silencio, sin estar muy seguro de cuál iba a ser su reacción.
Tocándose la mata despeinada y dorada de su cabello, miró a su alrededor como perdida, y dijo:
—Yo… ay, Dios mío…
No era exactamente lo que Veloz había esperado, pero al menos no era un reproche.
—¿Estás bien?
Ella lo miró como si no creyese que nada pudiese estar bien de nuevo y se puso una mano en el corpiño. Incluso en la oscuridad de la noche, Veloz pudo ver el doloroso rubor que subía por sus mejillas.
—Amy… —La rodeó con el brazo y, colocándose, tiró de ella para ponerla en su regazo. Con la cabeza de ella en el hombro, la besó en la frente—. Está bien, cariño. Confía en mí, todo irá bien.
—No —susurró ella—. ¿No ves que no?
Él cerró los ojos, inhalando el aroma de su cabello, dejando que los mechones le hicieran cosquillas en la nariz.
—¿No te ha gustado?
Notó su temblor, un temblor horrible y paralizante. Un miedo que se volvió contra él.
—¡No! Claro que no.
Él le pasó el brazo por los hombros y le tocó la oreja con los labios.
—¿Recuerdas cuando solía cogerte de este modo?
Amy lo recordaba, y los recuerdos la hicieron llorar.
—Sí. —Se mordió el labio, luchando por detener el horrible temblor que se había apoderado de su cuerpo. Ay, Dios, él había ganado. Se había derretido bajo su boca, había temblado y suplicado. Se estaba traicionando a sí misma, se estaba condenando. Ahora él insistiría en que se casaran. ¿Cómo había podido ser tan estúpida para aceptar su apuesta y besarlo? Debería de haber sabido que él estaba seguro de ganar, porque de otro modo nunca hubiese hecho semejante oferta. Y ella, como una boba descerebrada, se había puesto a sí misma en una situación en la que su consciencia no tenía la fuerza suficiente.
—De verdad, me gustaría que volviésemos a casa, Veloz.
Veloz le acarició el brazo, deseando encontrar las palabras apropiadas.
—Si quieres irte, te llevaré.
Ella clavó sus ojos azules en él, unos ojos que reflejaban un temor completamente distinto, un temor que ya no era provocado por él, sino por sí misma. Veloz no podía entenderlo, o saberlo, pero estaba allí de todas formas. Amy se acababa de enfrentar a su propia pasión y, por alguna razón que estaba lejos del alcance de Veloz, esto hacía que se sintiera aún más vulnerable de lo que se había sentido antes.