Capítulo 31

 

I

 

              Se aflojó la chaqueta y el cuello de la camisa para tener acceso a las fundas de los cuchillos ubicados a la altura de sus omoplatos. Llevaba el arma amartillada en la mano pero por alguna razón la sensación de las correas sobre la piel le proporcionaba calma.

              Los dos edificios de ladrillo estaban pegados el uno al otro y separados por ambos lados de los colindantes por una explanada amplia. Eran inmensos y ocupaban una gran superficie. Cada uno de ellos tanto como una fila de edificios de viviendas de un barrio cualquiera de la ciudad. Las cajas y bultos a su alrededor parecían cubrirlo todo causando la sensación de adentrarte en un complicado laberinto. Algunos bultos apilados apenas alcanzaban la altura de un hombre. Otros lo triplicaban.

              Frente a la puerta principal se apiñaba la mercancía desperdigada y desechada. La tierra, el polvo y los restos de diferentes géneros lo cubrían todo dando una sensación de completo abandono tan contraria a la realidad que impactaba.

              La vía  de acceso tendría que ser por el frente, después el lateral hasta alcanzar la parte trasera. Si tenían suerte puede que las ventanas traseras les permitieran atisbar lo que escondía el interior.

              Él y Peter entrarían en el almacén más alejado. A Sorenson, sus dos hombres y a Torchwell les había tocado el más cercano. Apenas perdiendo tiempo y tras un leve gesto de despedida tomaron caminos diferentes hasta que el suave sonido de las pisadas de los otros se convirtió en un espeso silencio.

              Una parte de él estaba aterrado. Temía separar sus ojos de la inmensa figura que le acompañaba. Miedo de que Peter desapareciera de su vista y no verle de nuevo. Avanzaron entre los carros vacíos con cautela. Le dio la impresión de que las sombras se movían pero era su maldito miedo. Respiró hondo. Debía recobrar la calma pero sentía la piel erizada.

              Su cuerpo le avisaba del peligro. Un peligro que intuía pero no podía ver.

              Entre los montones de mercancía y las carretillas que invadían la zona un pasillo libre marcaba un espacio bien definido de aproximadamente unos cuatro pasos de anchura que bordeaba ambos edificios. Lo suficiente para que un carromato arrastrado por un par de caballos de carga pasaran holgadamente, tras cargar el producto.

              Resultaba increíble el inmenso espacio que ocupaban los edificios. Pese a sus largas zancadas tardaron un buen rato en alcanzar la tenebrosa zona que buscaban. Casi jadeaba.

              Pensó que el lugar iba a estar más desolado pero desperdigados aquí y allá se acurrucaban mendigos. Dormidos y a la espera del amanecer para abandonar la zona de carga y descarga.

              La suerte no les acompañaba. Las dos ventanas que daban a la zona trasera del almacén estaban cubiertas por tablones cruzados entre sí.

              La visibilidad era nula.

              ¡Dios!

              El corazón casi le saltó del pecho al chocar contra los pies enfundados de otro mendigo. Pese al frío algunos se acomodaban en la zona evitando a la policía y aprovechaban las montañas de carga que hacía de tope a las corrientes de aire. También hurtaban aquí y allá para conseguir unas monedas. A nadie hacían daño salvo al olfato ajeno. Desprendía un fuerte olor a suciedad acumulada. Le dejaron atrás para adentrarse más en la oscuridad.

              No tardaron en alcanzar el lateral del edificio para asomarse al interior.

              ─¡Maldita sea! ─susurró Peter─. La luz procede del interior de una de las estancias y la puerta permanece entornada. Uno de los dos tendrá que entrar mientras el otro vigila el exterior.

              ─Peter…

              Nadie custodiaba la puerta interior y eso, no era normal. Olía a condenada trampa.

              ─Lo sé, Rob pero no tenemos tiempo de dar marcha atrás. Si Elora o Clive están retenidos ahí dentro debemos encontrarles.

              Desesperado pasó el puño de la manga por el cristal pero la suciedad que impedía ver el interior no se había acumulado en el exterior. El polvo reseco que cubría su superficie estaba en su interior.

              ─Podemos esperar un poco.

              Peter dudó. Un segundo. Después se giró hacía él y se acercó un paso. Los oscuros ojos se centraron en él.

              ─Te lo prometí, canijo. Que no me separaría de ti ─la sangre le circulaba tan rápido que le bombeaban los oídos─. Tú decides.

              Sintió ganas de gritar de rabia. Les obligaban a separarse. Ocurría de nuevo y él, se sentía incapaz de impedirlo.

 

 

 

II

 

              Limpió el filo del cuchillo por segunda ocasión en lo que iba de noche. No sintió remordimiento alguno. Puede que más tarde doliera pero no ahora. Ahora acabaría con cualquiera que se cruzara en su camino.

              Llevaban cuatro bajas en el bando contrario.

              Saxton se había preparado a conciencia. Les habían emboscado en tres ocasiones pero no contaban con que ellos pelearan a muerte. No contaban con que tuvieran demasiado que perder si fallaban y eso, solamente eso, les daba una ventaja de la que carecían sus enemigos.

              Los hombres de Saxton peleaban por dinero. Ellos por la vida de aquellos que amaban.

              Una mano topó contra su pecho al llegar a la esquina del almacén que daba al patio lateral. La zona que debían cubrir.

              Apretó los dientes y apartó el antebrazo de un brusco empujón ¿Por qué le detenía? ¿No veía que se les acababa el tiempo? Se volvió con rabia hacia Torchwell.

              ─¡Qué diablos…!

              La mano extendida apuntaba a dos bultos inclinados y apoyados contra la pared que daba al lateral del primer edificio. Parecían debatir o discutir. Podían ser vagabundos, hombres de Saxton o incluso Peter o Rob que habían descubierto algo antes que ellos.

              ─Viste falda ─susurró Torchwell.

              ¿Qué?

              ─Uno de ellos es una mujer.

              Una de las nubes que cubría el cielo pasó de largo. Tenía razón. El superintendente tenía razón. El pecho se le comprimió hasta doler. Quizá fuera ella. Quizá esa pequeña y terca mujer había logrado escapar e intentaba esconderse. Quizá…

              ─No es ella, Sorenson.

              El sonido de la bronca voz del superintendente desprendía compasión y él no la quería. No la necesitaba. Le quería a ella.

              Se enrabietó. ¡No lo sabía, maldita sea! Torchwell no lo sabía con certeza. Del viejo Sampson emanaba tal sensación de angustia que sintió la necesidad de apartarse de golpe de su lado.

              Le daba por muerta. A su Elora.

              Las ganas de maldecir al mundo, a su propia ceguera, al destino e incluso a la mujer que lo había dejado atrás, a todo lo que le rodeaba casi pudo con él. Sintió tal peso sobre los hombros que se sintió derrotado. Un segundo en que casi se rindió dándolo todo por perdido.

              Sus hombres apenas respiraban junto a él. Torchwell debiera callar la maldita boca porque puede que fuera ella. Puede que esa preciosa carita se volviera para mirarle y decirle que todo estaba bien, que no le habían hecho daño. Que…

              Sus piernas se movieron por instinto, porque no hacerlo era impensable. Detrás las pisadas sonabas apresuradas. El espacio parecía ensancharse y no conseguía llegar. Sentía las palmas de las manos sudorosas y de repente… heladas. Completamente heladas. Le temblaron como cuando era crío y se escondía en las calles. Acurrucado y dolorido. Y asustado.

              Cerró los ojos porque dolía.

              No era ella.

              No era su Elora.

 

 

 

III

 

              ─Tienes cinco minutos, Peter. Si no has vuelto en ese maldito tiempo, iré en tu busca y al diablo con todo, ¿me oyes?

              No conseguía pasar el nudo que le apretaba el cuello.

              Que Peter se cruzara o topara con Saxton y la mera posibilidad de que lucharan sin que él pudiera ayudar, le amedrentaba. Saxton nunca lucharía limpio. Nunca. Y Peter lo haría. Siempre lo hacía.

              La hermosa cara sonrió, con dulzura. De esa manera tan suya que le calentaba las entrañas y el corazón.

              No dijo nada.

              Se miraron en silencio durante unos segundos. Unos cortos instantes. Sin tocarse. Sin rozarse.

              El hombre que amaba se volvió con rapidez y el aire se le agolpó, impidiéndole respirar. Se alejaba. Se alejaba y él no podía respirar. La sensación de tener trabada una palabra en su garganta le resultó insoportable. Susurró su nombre con desesperación pero ya era tarde. Tarde para pedirle que tuviera cuidado, que le prometía esperar, que si no volvía él mismo lo estrangularía con sus propias manos. Para suplicarle que simplemente volviera con él. Sólo eso.

              Empezó a contar los segundos en su mente.

              Tan lentos que no se dio cuenta del movimiento.

              Cercano.

              En la oscuridad.

 

 

 

IV

 

              Una mano empujó su rostro contra la áspera superficie de la pared. Le dolía todo el cuerpo y apenas tenía saliva en la boca. Si así fuera, estaba seguro de que manaría mezclada con sangre. Sintió el rasponazo en la mejilla al chocar el lateral de su rostro contra la pared. La mano de Glenn presionaba con fuerza, evitando que pudiera girarlo.

              De reojo intentó ver quién acababa de llegar pero la sangre le resbalaba por la cara. La voz de Melody sonó diáfana.

              ─¿Dónde están?

              Desprendía una pizca de histeria.

              ─Te traemos a la madre.

              ─¡¿Y los niños?!

              Clive no escuchó respuesta a la desquiciada pregunta

              ─¡Necesito a los niños! ¡Sin ellos la madre no me sirve!

              El tenso silencio persistió.

              ─¿Y Saxton?

              Melody insistía pese a que le ignoraban. No reconocía la voz del hombre que hablaba pero tenía que ser un secuaz de Saxton. La presión de la mano contra su cabeza cedió. Giró el rostro e intentó limpiarse algo de sangre con el brazo. Parpadeó y pese a intenso dolor en la zona de las costillas consiguió tensar al máximo una de las sogas para ladear el cuerpo.

              Era un solo hombre y arrastraba de un brazo un cuerpo desmayado que se parecía a…

              El corazón se le paró en pleno pecho.

              ─¡Hijos de puta! ¡Malditos hijos de la gran puta!

              Sintió que la rabia le carcomía por dentro.

              Era Elora Robbins, herida e inconsciente. Dios santo, le habían golpeado con saña. Su rostro estaba magullado y un hilillo de sangre resbalaba por su barbilla y recorría su cuello hasta empapar el borde del vertido color rojo sangre. Tragó saliva.

Demasiada sangre…

              Si un mínimo de cuidado el hombre arrojóel cuerpo de Elora como un fardo a sus pies. Se revolvió con ira hacia Glenn, rasgándose la piel de las muñecas.

              ─¡Soltadme!

              Necesitaba comprobar que respiraba. Necesitaba asegurarse que estaba viva. Necesitaba…

              ─Soltadme.

              Sonaba exhausto. Incluso a sus propios oídos.

              Le ignoraron.

              A unos pasos de distancia la escena discurría lenta. Como en un teatro de esos a los que apenas acudía porque no podía gastar de más. Un escenario, dos grupos diferenciados y dos escenas viviendo y discurriendo, paralelas e independientes. Y no sabía porqué su mente pensaba semejantes idioteces en esa situación.

              Intentó alcanzar con unos de sus pies el cuerpo de Elora para intentar moverlo y comprobar que estaba viva. Le parecía ver moverse su pecho al ritmo de la respiración pero no estaba seguro. Ya no estaba seguro de nada. Ni siquiera de que, esta vez, les fueran a salvar.

              No podía estar muerta. No esa mujer. Tiró con pura desesperación de las sogas pero no se aflojaban.

              De reojo seguía la conversación entre el hombre que acababa de llegar arrastrando el cuerpo de Elora y Melo… No, Angelique Mayers.

              ─¡Saxton me prometió a los gemelos y es lo que tendré!

              La fría voz de Scott Glenn se incorporó a la conversación, dirigiéndose al hombre que acababa de llegar.

              ─El jefe nos dijo que podría ocurrir, Sands. Ya sabes lo que hay que hacer.

              La voz de la mujer sonó repleta de ira.

              ─¡¿De qué habláis?!¡¿Qué dijo Martin?!

              Por un segundo dio la impression de que Glenn no iba a contestar a la furiosa pregunta.

              ─Que si no estabas conforme únicamente con la entrega de la madre, te enviáramos con tu marido de inmediato pero que nos quedáramos con el pelirrojo y la mujer.

              Olvidó por un segundo a Elora, que seguía sin mover un músculo ni emitir un sonido. No le importaría un ápice que esa condenada mujer se reuniera con su querido Colin Piaret. Cuanto más lejos mejor pero por alguna razón, el vello de sus antebrazos se erizó. El tono empleado por Scott glenn no era normal. Tensó al máximo sus amarres para observar la escena de costado. Le costó hacerlo ya que el torso y el vientre le quemaban con cada movimiento que intentaba realizar.

              Aparte de Angelique Mayers, Elora y él mismo, permanecían en la estancia Scott Glenn, el hombre que acababa de llegar y dos individuos que trabajaban a las órdenes de Glenn y que ya estaban en el lugar al llegar ellos al almacén.

              Glenn hizo un curioso gesto en dirección al hombre que había aparecido arrastrando a Elora y que permanecía parado junto al costado derecho de Angelique. Le acababa de dar vía libre para algo.

              ¿Qué diablos?

              ─¡Ese no fue el trato! ─gritó ésta.

              La ronca voz de Scott Glenn sonó despiadada.

              ─El trato está roto, querida. Es hora de reunirse con tu marido.

              El corazón le pegó un bote mientras observaba, tenso, lo que ocurría.

No lo esperaba. El rápido movimiento y la aparición del arma. De la nada. El fluido movimiento hasta que la punta del cañón casi rozó los oscuros bucles que cubría la sien de la mujer que un día creyó poder amar.

              La sangre le salpicó el costado izquierdo. El más cercano a Angelique Mayers.

              Scott Glenn acababa de volarle la cabeza en pedazos.

 

 

 

V

 

              La imagen era dantesca.

              Los huesos se amontonaban como desechos dejados a un lado al azar. Algunos tan pequeños que sólo podían pertenecer a bebés recién nacidos o de pocos meses de vida.

              Al entrar por la boca del túnel se había cruzado con varios miembros de las brigadas de bomberos que salían veloces a respirar aire. Otros no habían tenido tiempo y vomitaban dentro del estrecho espacio.

              Se había preparado para enfrentarse a lo peor pero lo peor no se acercaba ni de lejos a lo que tenía frente a él.

              ─¿Qué diablos está pasando, James?

              ¿Cómo responder a su cuñado si ni él mismo tenía respuesta a semejante horror?

              Tantos huesos. Algunos aún sin descarnar del todo.

              Un escalofrío le recorrió el cuerpo y rezó porque ninguna criatura hubiera sufrido a manos de esos desalmados. La rabia llegó a oleadas hasta el punto que de haber tenido frente a él a Martin Saxton no hubiera podido evitar encañonarle y disparar varias veces, hasta destrozarle.

              Sus ojos se desviaron hacia los restos de las dos figuras tendidas la una sobre la otra y cerró un poco los ojos. Lo suficiente para serenarse. Parecían intentar protegerse el uno al otro, incluso en la muerte. Habían reconocido los cuerpos de los dos muchachos al instante, pese a su estado de descomposición. Los agentes James y Roberts al fin habían aparecido. Tirados entre los restos de animales como si sus vidas nada valieran. Como si no tuvieran familia o seres queridos angustiados y a la espera de saber qué había sido de ellos.

              Tendría que dar la noticia a sus padres. A unos padres que conocía y a los que había jurado hacer todo lo posible por encontrarles. Al fin lo había hecho. Lo que nunca esperó fue tener que dar la noticia de la muerte de un hijo a aquellos que más le aman.

              Por su mente pasó la imagen de sus pequeños y el corazón se le encogió en el pecho.

              Ningún joven o niño debiera sufrir o morir sin vivir y disfrutar de una larga existencia. No debieran sentir dolor o que otros se lo causaran. Debían ser amados y protegidos. Vivir con plenitud. Se hizo policía para ayudar y lamentó no haber llegado a tiempo para salvarlos. Lo lamentó tanto que las rodillas se le doblaron y su espalda golpeó contra la irregular pared del final del oscuro túnel.

              Escuchó el movimiento de unos pasos hasta que la presencia de su cuñado le hizo alzar la mirada. Sus oscuros ojos reflejaban tanto pesar como los suyos propios.

              ─¿Qué hacemos con él?

              Le hubiera gustado responder que por él, que ardiera en el mismo infierno que había ayudado a crear pero necesitaban algo tangible en todo eso horror. Para pillar de una maldita vez a un monstruo. Debieron imaginar que el hombre que llevaban intentando atrapar durante meses no dejaría rastro alguno tras él. Ni siquiera a su socio.

              Su mirada se desvió de la de su cuñado para quedar fija en el cuerpo inmóvil de Colin Piaret. No llevaba mucho tiempo muerto. Permanecía con los ojos abiertos, reflejando la sorpresa de una traición que no esperaba. Abiertos y asustados.

              La bilis ascendió con fuerza por lo que respiró profundamente. Le habían degollado. Con brutalidad.

              Se irguió, apoyando una mano contra la pared. Necesitaba salir del lugar que le recordaba a una fosa común.

              ─Que tus hombres trasladen el cuerpo a comisaría.

              Su cuñado asintió, alejándose lentamente por el tunel, en busca de sus hombres. Necesitaban el cuerpo mutilado de Colin Piaret para reunir pruebas contra Martin Saxton.

              Dio unos pasos hasta quedar junto a los cuerpos de los muchachos. Lentamente se agachó hasta apoyar una mano sobre el desgastado zapato que aún cubría uno de los pies del joven James.

              Habian luchado por sus vidas. Y habían perdido.

              Se encontró a sí mismo, un hombre que tras años de presenciar las miserias del ser humano había perdido la fe, rezando por las almas de dos jóvenes que nunca debieron morir.

              De dos críos que debieron vivir una larga y hermosa vida.

 

 

 

VI

 

              Rob frunció el ceño.

              Algo se movía en las inmediaciones. Con sinuosidad. Casi acechando.

              La  tambaleante figura se acercó a él. Hace unos segundos había estado tendido en el suelo y Peter y él, le habían dejado atrás, sin apenas una mirada de reojo.

              ¡Maldita sea! No disponía de tiempo que perder. Se enderezó para pedirle que se alejara ya que corría peligro mientras no apartaba la vista del camino por el que había desaparecido Peter. No tardaría en volver. El olor que despedía el mendigo seguía siendo igual de penetrante y agrio.

              Fue a hablar pero algo en él… Algo en él disparó todas sus alarmas.

              ─Es la tercera ocasión que no me reconoces, mi juguete. Me voy a sentir ofendido.

              Todo se paralizó. El viento, la brisa, la oscuridad. Los latidos de su corazón. Esa odiada voz. Con toda la rapidez que pudo reunir se apartó de la pared y alzó la mano. Llegó a rozar la punta del mango de una de las dagas al tiempo que el movimiento de la otra mano al alzar el arma en dirección a la sombra de Saxton se desviaba con el golpe de un puño cerrado. Por la inercia su cuerpo se ladeó ligeramente dejando su costado desprotegido. No podía respirar.

              Una arcada le sobrevino al mismo tiempo en que el frío metal de un arma se pegaba al lateral izquierdo de su cuello.

              ─No quieres gritar, Robert, créeme.

              Iba a vomitar. Sintió los dedos de la otra mano de Saxton retirar con suavidad un mechón de su melena para ubicarlo tras su oreja. Como una caricia.

              ─No me… toques.

              ─No seas arisco, Robert. Y controla esa lengua si no quieres perderla.

              Sintió cómo le olía. Cómo olía su cabello. Su cercanía. Los latidos de su corazón se aceleraron hasta alcanzar una velocidad brutal. El cálido aliento rozó su oído.

              ─¿Te gustaría que él viviera?

              ¡Dios! Hablaba de Peter. Si hablaba de Peter le destrozaría. Un brusco tirón de su cabello indicó que la paciencia de Saxton comenzaba a agotarse y eso era peligroso.

              ─Él no te ha hecho nada, hijo de…

              Dolió. El tirón dolió arrancándole un gemido que no pudo retener.

              ─¿Decías, Robert?

              ─Peter nunca…

              Unos labios repugnantes se acercaron a él hasta rozar la comisura de su boca. El olor era indescriptible.

              ─No hablo de la sombra, chico, sino de tu amado padre.

              Fue incapaz de hablar. Incapaz de moverse. Le costaba aspirar hasta el oxígeno.

              ─Imaginé que pelearías y eso me gusta, Robert pero no ahora. Ya tendremos tiempo más adelante, en alta mar. Sin interrupciones. Ahora preferiría que me acompañaras por tu propio pie y ahí es donde entra el adorable Edmund Norris.

Peter no tardaría en volver. No tardaría y…

              ─No llegará a tiempo, mi juguete. Tendrá que pelear y le llevará tiempo. Un tiempo del que tú no dispones.

              La odiosa voz continuó.

              ─Es sencillo. Si reapareces tras esta noche en tu hogar o en cualquiera de los lugares que frecuentas, incluyendo la comisaría, tu amado padre estará muerto en un plazo de cinco días. Me ha costado una pequeña fortuna pero ha valido la pena. Porque tú amas a tu padre, ¿verdad Robert? Imagino que más de lo que yo aprecio al mío. Claro que yo soy especial ─El duro cañón del arma apretó contra su carne─. ¿Qué me dices? ¿Damos un paseo hasta nuestro destino?

              La ira pudo con él. Sacudió el brazo hasta liberarlo pero el arma no se movió un ápice de su sitio. Un pequeño gesto de contrariedad asomó al rostro de Saxton mientras chasqueaba la lengua, recriminando el connato de rebelión.

              ─¿Qué has hecho?

              Una odiosa risa brotó de Saxton antes de contestar.

              ─Sencillo, mi juguete. Contratar a tres de los sicarios más competentes del país. Si uno falla, entra en escena el segundo. Puede que uno falle, muchacho, pero los tres, lo dudo. No creo necesario informarte de la manera en que el viejo va a morir. Lo único que diré es que no es agradable. Y dolerá. Son detalles escabrosos que un hijo no necesita conocer.

              ¡Dios!

              ─Eres un…

              La palma de una mano le cubrió la boca.

              ─No hacen falta apelativos cariñosos, mi juguete. Después podrás adularme cuanto quieras pero por ahora le pondremos remedio ─De unos de sus bolsillos Saxton extrajo un trozo oscuro de tela─ ¿Nos movemos?

              Sintió el tirón de una de las manos de Saxton en dirección al borde del muelle. Hacia uno de los barcos amarrados.

              Estaba nervioso y él intuía el motivo. El muy cabrón había esperado a que Peter y él se separaran. Lo había previsto todo. Desde la posibilidad que descubrieran dónde retenía a sus amigos, a que acudieran al lugar en su busca. No al fijado para el encuentro sino al real. Preparó los almacenes para que tuvieran que separarse en dos grupos como mínimo y sabía que él y Peter permanecerían juntos hasta que fuera imposible hacerlo más.

              Había esperado el momento, cumpliendo su maldita promesa.

              Una extrema inteligencia en una mente despiadada. Y todo por una maldita y enfermiza obsesión.

              Si pudiera entretenerle lo suficiente para que Peter llegara, para que le distrajera un segundo. Lo suficiente para… Y entonces condenaría a su anciano padre a una muerte brutal. Se mordió el labio inferior y cerró los ojos, desesperado. Nunca podría vivir con ello. Nunca y Saxton lo sabía. Sabía lo mucho que amaba a su padre y se valía de ello.

              Les había vencido. El maldito les había vencido. Empleaba el inmenso amor que sentía hacia su padre para vencerle y lo había logrado. Completamente

              Lentamente dejaron atrás el lugar en el que había prometido esperar a Peter.

              Sin una mirada atrás por parte de Saxton.

              Él dejaba atrás su alma… y su corazón.

 

 

 

VIII.

 

              Avanzaba con rapidez. Incluso dejando de lado la precaución pero odiaba alejarse del canijo y la sensación que le recorría el cuerpo le apremiaba. Dudó un segundo. La piel de la nuca se le estremeció. De repente. Detuvo sus pasos y giró. Por algún motivo se volvió para atrás pero la imagen de la valerosa mujer que tanto les había ayudado pudo con su vacilación. Unos minutos más y estaría de vuelta con Rob.

              Apenas tardaría. Lo justo para asegurarse. Si entraba en ese condenado almacén y les encontraba aunque estuvieran custodiados, pelearía a muerte.

              Cruzó la puerta que daba al interior del almacén. No necesitó moverla demasiado como si alguien le hubiera despejado el camino. Era una trampa. Lo sentía en todos los nervios de su cuerpo.

              El lugar permanecía en penumbras en lugar de la completa oscuridad debido a la luz que se filtraba desde el interior de una de las dos estancias que se ubicaban dentro del inmenso inmueble. Las mercancías se apilaban contra una de las paredes dejando libre el resto del piso.

              Recorrió los pocos pasos que le quedaban para alcanzar la puerta que permanecía entornada cuando chocó contra su espalda. Apenas trastabilló ya que lo esperaba. Su atacante era alto, casi tanto como él pero no era ágil. Un hombre que tenía más músculo que cerebro y empleaba la fuerza bruta. Por un instante lo pensó. No era un adversario que pudiera vencerle y Saxton lo sabía. El maldito lo sabía y pese a ello le había lanzado en su contra.

              Le hacían perder tiempo para ganar tiempo.

              La ansiedad casi le mareó. Cerca de su atacante permanecía expectante otro hombre. A la espera de un hueco o debilidad por el que entrar. No se lo daría.

              Casi sintió la punta del cuchillo y el filo entrar con rapidez en el costado de su oponente. La rápida y brusca aspiración que acompañaba a las cuchilladas profundas y el golpe al caer al suelo, sin fuerza. Reservando ésta para apretar la abierta herida.

              No le había matado pero estaba malherido. Lo suficiente para apartarle de su camino. El segundo no tardó en acompañarle sólo que a éste sí le mató. En el interior del cuarto apenas habrían escuchado sonido alguno ya que él había acallado cualquier ruido. Su mano sobre sus bocas les había impedido pedir ayuda. Apenas comenzaba a sudar y algo en su interior le recordó su estancia en el infierno. El frío que sentía colgado de las cadenas. Esa sensación que había comenzado a olvidar. La falta de compasión y el odio. Hacia todos y todo aquello que le rodeara.

              Como ahora.

              Tensó la mandíbula. El segundo atacante se había colocado entre él y la maldita puerta entreabierta. Y él no disponía de tiempo que perder.

              Rob le esperaba.

              Se acercó hasta el borde de la puerta y agudizó el oido. No se oía ruido alguno. Ni conversación, ni murmullos. Nadie pidiendo ayuda u ordenando atacar.

              Con la palma de la mano abrió del todo la puerta y frunció el ceño.

              Carecía de sentido.

              La habitación permanecía completamente vacía salvo por una astillada silla colocada en medio de la estancia. Sobre el pelado asiento una sencilla hoja doblada en dos.

              Una maldita broma en medio de una pesadilla.

              Avanzó fijando la mirada en el piso. No se fiaba. Las trampas tenían muchas formas y a veces, las de aspecto más inocente eran las más dañinas.

              Frunció el ceño.

              El silencio permanecía intacto.

              Se agachó hasta aferrar con dedos temblorosos la hoja y la desdobló.

              Su mundo se detuvo. Y se volvió con rapidez hacia la salida. Escuchó un ruido pero era él. El grito desgarrador era suyo.

              No debió dejarle atrás aunque Rob hubiera estado de acuerdo. Incluso cinco minutos eran demasiados.

              Olvidada quedó la hoja. Tirada en el sucio suelo pero su contenido había quedado grabado en su mente y en su corazón.

 

              No debiste subestimarme, sombra.

 

 

 

VIII

 

              El suspiro de alivio de Jules acompasó la llegada de sus amigos. Instintivamente aflojó el mango del puñal.

              Eran inconfundibles. La corpulencia y la rapidez de los dos hombres que se acercaban a una velocidad de vértigo sin reparar en los bultos colocados en medio del camino o las pilas de mercancía les delataban.

              La reacción al imaginar el caos en que se convertiría todo en cuanto Torchwell y Sorenson vieran lo que ocurría dentro del almacén provocó que se moviera hacia un lateral, algo alejado de la ventana, arrastrando con él a su ardilla y abriendo la boca para anunciar lo que ocurría.

              ─Están dentro. Heridos.

              Torchwell emitió un sonido extraño y no se paró.  Como una bala enfiló hacia el interior del inmueble y Sorenson le pisaba los talones. Ni vacilaron.

              ¡Maldita sea! Debió guardarse la última parte de información.

              En el mismo exacto momento en que Torchwell destrozaba de un brutal empujón el portón de entrada el sonido de un disparo reverberó por todo el espacio.

Se tensó y los dedos de Jules apretaron los suyos, desesperada, tirando hacia atrás. No perdió tiempo en mirar a través del sucio cristal. Lo primero que le vino a la mente fue que habían asesinado a Clive Stevens a sangre fría tras apalearle sin piedad pero sus ojos permanecían abiertos. La sangre le cubría el rostro, el lateral del cuello, el hombro, brazo y pese a ello, se mantenía en pie. No se movía como si el impacto de lo ocurrido le hubiera dejado impresionado. A sus pies ya no había una mujer, sino dos.

              Jules emitió un angustioso gemido a su lado.

              El arma que sujetaba uno de los hombres, el mismo que había matado a la mujer se giró en  dirección a Clive. Incluso desde esa distancia se dieron cuenta de que el dedo se tensaba sobre el gatillo.

              El grito de su prometida surgió abrumador. El suyo, no menos desesperado. Le iba a matar y ellos… Ellos estaban demasiado alejados como para impedirlo. Deseo que Clive le viera, que le escuchara, que se girara para que el impacto no le diera de frente, que reaccionara de una maldita vez pero él permanecía inmóvil. Como una estatua cubierta de sangre.

              Ese hombre no merecía morir así.

              Con rapidez aferró el arma que empuñaba Jules y la giró en su mano, golpeando con la culata el cristal de la ventana, haciéndolo añicos. Debían distraerles hasta que Torchwell y Sorenson entraran. Gritó desesperado en el mismo momento en que el arma que apuntaba a Clive debió detonar y en el que un cuchillo surgió de la nada, atravesando el antebrazo que la sostenía.

              Torchwell acababa de entrar y era una condenada fuerza de la naturaleza. Le sorprendió su fiereza y su brutalidad. Esos impactantes ojos de diferente color se clavaron un instante en su mejor amigo y cambiaron. De repente. Dejaron de mostrar la poca pizca de compasión que aún guardaba en su interior para tornarse en un despiadado enemigo. Sorenson apareció detrás y no se quedaba a la zaga. El alivio fue tan inmenso que sintió los músculos de la espalda aflojarse pero apenas duró.

              Uno de los hombres que permanecían en el interior les había visto. ¡Diablos! Debía ayudar pero no podía dejar a Jules atrás. No podía abandonarle sin protección. Nunca.

              Entonces se le ocurrió, con la aparición de los hombres de Sorenson. Aferró casi con desesperación la manga del hombrecillo que acababa de llegar con la lengua colgando, a la par del anciano marinero que trabajaba para Marcus, tratando de seguir el ritmo de Torchwell y Sorenson sin lograrlo. Sin pensarlo dos veces, le ordenó que cuidara de ella. Que si quería vivir al terminar la noche que cuidara de que su mujer no recibiera ni un solo rasguño.

              El hombre fue a hablar pero le ignoró.

              Golpeó los labios contra los de su prometida y le susurró que recordara lo prometido y tratara de no cabecear a alguien. Que por el momento se conformaba con eso pero que no se hiciera ilusiones. Que en cuanto mataran a los hombres de Saxton volvería con ella. Casi se le trababan las palabras pero por la mirada de esos ojos oscuros supo que le había entendido a la perfección.

              Le costó separarse de ella. Dios, le costó un mundo pero del interior ya surgía el ruido de una gigantesca pelea a muerte.

 

 

 

IX

 

              ¡No estaba! ¡Rob no estaba esperándole! El ahogo le llegaba a oleadas por lo que aspiró por la nariz. Varias veces. Necesitaba serenarse. Si quería encontrarle, debía pensar.

              Debía… ¡No lo conseguía! El aire olía extraño.

              No podía estar lejos. No con el escaso tiempo en que habían permanecido separados. Debía reaccionar con rapidez pero los pensamientos se le agolpaban uno tras otro. En dirección al muelle. Era lo más lógico. Juró para sus adentros. Como si en ese momento la lógica le sirviera de algo. Sólo quería al hombre que amaba. ¡Dios!, sólo quería que él volviera. Encontrarle.

              De reojo observó movimiento de tela. El único movimiento de los alrededores que era visible por lo que no lo dudó. Se lanzó a la carrera hasta casi alcanzarlo en el mismo momento en que la oscura figura giraba hasta quedar oculta por una montaña de cajas de madera de embalaje.

              Sentía el corazón en la garganta hasta que les vio.

              A ambos.

              En pocos segundos les había alcanzado, casi al borde del muelle en el que permanecía atracado unos de los barcos de comercio. Preparado para partir.

              Apuntó con su arma en dirección a la condenada cabeza de Saxton en el mismo momento en que ambos se giraron en su dirección.

              El brillo del curvado filo rozando el cuello de Rob lo detuvo. Paró todo movimiento por su parte. Saxton le había cortado y un hilillo de sangre resbalaba por el lateral del cuello.

              Miró directamente al hombre que odiaba con toda su alma. A muerte. Y entonces se dio cuenta. Algo preparaba y quería que Rob lo presenciara. Él no podía disparar. Si lo hacía se arriesgaba a que el hombre que quería se desangrara en minutos si la hoja del cuchillo le cortaba el cuello. Notó el temblor en su mano. Por primera vez en su vida, tembló.

              Esos ojos azulones le pedían perdón. Rob no emitía ni un solo sonido pero él conocía esos ojos. Los conocía como si fueran suyos y le pedían que les dejara ir. Le pedían… lo que él no podía dar.

              Desvió la mirada hacia Saxton y sonreía. El muy canalla sonreía.

              ─Creí que no llegarías, Peter. En realidad, esperaba que no lo hicieras pero siempre estás ahí, molestando.

              Nunca le había llamado por su nombre de pila. Siempre había sido la sombra.

              ─Te dejo elegir, Peter.

              ¿De qué hablaba ese maldito enfermo?

              ─Vuelves por donde has venido o mueres ─Por Dios, Saxton estaba disfrutando mientras presionaba el filo del cuchillo contra la frágil garganta de Rob con su mano izquierda, rodeándole el cuello con el antebrazo─. Verás, nuestro querido Robert no tiene demasiadas opciones en estos momentos. Y me ha elegido a mí.

              Condenado enfermo.

              ─Suelta el cuchillo y lo veremos.

              Una sonrisa llena de crueldad curvó los labios de Saxton al mismo tiempo que un suave quejido llegó a sus oídos. Le hacía daño. Le estaba haciendo daño a Rob y quería que él lo presenciara. El temblor de su mano cesó. Estuvo a punto de arriesgarse. Si daba en medio de la frente… Si conseguía alcanzarle en ese negro corazón…

              Los claros iris de Saxton se iluminaron. Repentinamente.

              ─Mejor pensado, creo que prefiero hacerlo yo. Siempre quise hacerlo para sentir algo especial y tú lo eres, ¿no crees, sombra? Vives rodeado de oscuridad y dolor. Como yo.

              Desde la distancia en la que estaba notó la tensión en los músculos del cuerpo de Rob. Iba a luchar. Dios, el canijo iba a luchar y ese animal le degollaría. Bajó el arma lentamente y lo supo. Sencillamente lo supo. Le dio la impresión de que el arma que sostenía Saxton en su mano derecha apenas se movía al ascender y apuntarle al centro del pecho.

              El golpe le lanzó a una buena distancia cayendo sobre su espalda.

              Ardía. El pecho le ardía. Y dolía. Mucho.

              Le costaba respirar y la presión en medio del esternón le mareaba. Algo caliente se extendía desde el centro de su pecho hacia los lados y frente a él únicamente veía estrellas.

              Hermosas estrellas en un oscuro y despejado cielo. Brillaban. Tan hermosas.

              En la lejanía, un grito que permanecería para siempre en su memoria. El grito del hombre que quería llamándole y que reflejaba… pura agonía.

 

 

 

X

 

              Nunca sintió tanto miedo. Jamás. Clive estaba cubierto de sangre y por un instante creyó que le habían disparado en el mismo instante en que cruzaba la puerta.

              Dos de los hombres estaban cerca, demasiado cerca de Clive y Elora. Los otros se ubicaban hacia el fondo del pequeño almacén. No lo pensó. No hubo tiempo. Se abalanzó sobre Glenn al tiempo que Sorenson destrozaba la cara del otro. Es sus oídos retumbó otro disparo. No supo si habría alcanzado a alguien ni de qué arma había brotado pero él… él iba a matar a Scott Glenn.

              Peleaba bien y en su mirada se leía la desesperación y sorpresa pero él ya no sentía dolor. Sólo condenada rabia. Ellos le habían golpeado. Le habían…

              Glenn consiguió pasar sus defensas. La chaqueta se le rasgó y notó el escozor. Repentino pero no importaba. No podía permitirle acercarse a Clive de nuevo. No podía.

              De reojo observó a Sorenson dar una brutal patada al hombre contra el que luchaba lanzándole contra la pared del almacén donde quedó desmadejado como una muñeca rota. Seguramente muerto. El viejo marinero que le acompañaba peleaba como si la vida le fuera en ello. Como si la vida de su familia le fuera en una única y decisiva pelea.

              Los ojos de Glenn perdían poco a poco la mirada desafiante pero no suplicaba piedad. Quizá intuyera que de nada le serviría. Sangraba de la ceja y la comisura de la boca. Le estaba machacando donde más dolía. Donde hacía más daño hacía pese a retener los golpes. Los movimientos de Glenn se ralentizaban, poco a poco, con cada minuto que pasaba. Apenas movía los pies tratando de esquivarle y se notaba que comenzaban a pesarle los brazos izados para defenderse.

              No merecía piedad. No la merecía pero entonces escuchó la primera palabra de su mejor amigo. La primera desde que había entrado en el almacén. La primera desde que fue en busca de su abuela. Esa hermosa voz que creyó no volver a escuchar. Una sensación difícil de explicar le ahogó. Los condenados sentimientos le apabullaron. Desvió la mirada un segundo y le vio. En pie y tan terco como siempre. Y tan compasivo. En ese rostro aniñado cubierto de sangre los ojos grises hablaban a voces.

 

              No lo hagas, Ross. No lo hagas… No merece la pena.

 

              Eso le detuvo. Su voz. Como si no se encontrara en el lugar, su propia mirada se desvió hacia el puñal que sujetaba en su mano derecha, cubierto de sangre. Glenn se apretaba el costado con desesperación. Dios santo, ni se había dado cuenta que le había apuñalado.

              Se acercó en dos pasos hasta que ese traidor reculó quedando apoyado contra la pared del almacén. El miedo le deformaba el rostro. Habló lentamente para que apreciara cada palabra. La amenaza que las envolvía.

              ─No morirás esta noche, por él. Porque él lo quiere así. Recuérdalo. Si por mi fuera la empuñadura de este cuchillo ya sobresaldría de tu pecho ─se acercó otro poco más hasta que el cuerpo de Glenn comenzó a deslizarse hasta quedar sentado en el suelo─. No te muevas de aquí o no saldrás vivo de este lugar.

              Sin otra mirada se giró hacia lo que ocurría a su alrededor.

              Jared Evers había surgido de la nada y peleaba contra el hijo de mala madre que comenzaba a ganarle la partida al viejo Sampson. No tardaría en acabar con él. Peleaba duro.

              Uno de los hombres de Glenn que se había apostado al fondo de la habitación intentaba escurrirse en dirección a la salida pero escuchó el grito de Sorenson dirigido a sus hombres que cuidaran de Elora, que él se encargaba. Tardó dos segundos en despacharle mientras el viejo marinero se acercaba presuroso hacia la mujer tendida en el suelo. Sampson empujó  a un lado y sin contemplaciones el cuerpo sin vida de Angelique Mayers para colocarse junto a Elora. Con los dedos apartó un mechón oscuro de la mujer que adoraba y que reposaba sobre el suelo. Con tanta suavidad que dolía ver el miedo reflejado en ese arrugado rostro.

              Él… Él se acercó a su mejor amigo.

              Sin mirarle a los ojos rasgó con su cuchillo las sogas al tiempo que escuchaba el susurrado gracias de Clive.

              Su mundo, sus miedos e incluso sus palabras se le atoraron en la garganta. Tenía miedo de lo que pudiera decir. Miedo de ver de nuevo esa mirada de rechazo por lo que calló. Con suavidad le aferró del brazo para colocárselo sobre sus hombros. La diferencia de estaturas dificultaba el movimiento pero Clive apenas se tenía en pie. Era eso o cargarle en brazos y…

              ─Mírame, Ross.

              Dios.

              No podía hacerlo. No podía. Si lo hacía Clive vería en su mirada lo que sentía. Vería reflejado lo que trataba de ocultar con desesperación. Un nudo se le formó en la boca del estómago y otro en la condenada garganta.

              ─Por favor.

              Temblaban. No sabía si era él o era Clive. No lo sabía. Aguantando la respiración bajó la mirada para enfrentarla a la grisácea que estaba casi a su misma altura. Y lo que vio, le hizo sonreír en pleno infierno.

              Amaba esos hermosos ojos.

 

 

 

XI

 

              Se le hizo eterno. Estaba al otro lado de la habitación y temía acercarse. Temía escuchar a Sampson susurrar que ella no respiraba. Le aterraba dar ese paso. El viejo retiró con suavidad el oscuro mechón de cabello y ella no se movió.

              No se… movió.

              En dos condenadas zancadas se encontró arrodillado junto a ella y por primera vez en su vida, una lágrima brotó libre. Y otra. Apenas las notaba. Sólo sentía el dolor y la rabia, el miedo que debió sentir ella cuando le estaban destrozando y no era capaz de defenderse. El terror de no volver a ver a sus pequeños. Se prometió en ese momento que nunca le dejaría ir, que siempre le protegería. A ella y a sus niños. A su… familia.

              ─¿Jefe?

              La voz del viejo sonaba igual que la de un crío aterrado de escuchar una noticia que no quería oír. El viejo parecía a punto de desmayarse. Le temblaba todo el cuerpo y no se atrevía a apoyar el oído contra el pecho de Elora. Se negaba a acercar sus dedos al cuello, a la espera de notar el látido de la sangre al circular.

              No olvidaría en lo que le quedaba de vida el intenso miedo que reflejaban esos arrugados ojos.

              No podía apartar la mirada de ella. Se inclinó y acercó dos de sus dedos hacia el lateral del cuello y aguantó la respiración en medio de un  horrible silencio. Le habían golpeado con dureza. El suave aliento movió el oscuro cabello empapado en sangre.

              Ahí estaba. Débil pero constante.

              ─Está viva, viejo. Viva.

              Un sollozo. El viejo marinero lloraba como un crío. Dios santo.

              El nudo en su garganta casi le asfixio antes de girar con toda la delicadeza que pudo emplear a la mujer que seguía sin moverse, sin apenas respirar. El pavor comenzó a adueñarse de él. Ella no podía irse. No después de haberle encontrado. No después de haberse dado cuenta que era un completo idiota y que la mujer que abrazaba con desesperación era suya, era su corazón y su alma. Para cuidarle, para amarle.

              Por favor… Por favor, mi amor, mírame.

              Extendió las piernas en el duro suelo y le acomodó entre ellas. Estaba tan fría. Se arrancó la chaqueta con cuidado para no hacerle daño y le tapó. Tenía que lograr que entrara en calor. Que despertara. Que le mirara de nuevo. Una vez más.

              ─Elora, cielo, por favor, abre esos preciosos ojos.

              Nada.

              ─Cariño…

              Por favor. Tus niños te esperan. Los hombres te esperan. Yo te necesito. Yo…

              Vio su propia mano acariciar la redonda mejilla, con tanta suavidad que apenas rozaba la piel. Le daba tanto miedo hacerle daño.

              Las largas pestañas aletearon.

 

 

 

XII

 

              Perdió la cabeza. Lo perdió todo al ver caer a Peter. Perdió la capacidad de sentir piedad, de protegerse incluso olvidó la innata necesidad de salvar a su anciano padre.

              Sin Peter nada valía la pena. Ni siquiera vivir. Se revolvió como una fiera. Había escuchado un grito desesperado y por un segundo creyó que alguien llegaba. Que les habían encontrado. Sintió el corte superficial en el cuello y la brusca aspiración de Saxton debido al brutal codazo en el costillar. Debía llegar a Peter. Debía llegar hasta él y parar la sangre que brotaba. Apretar la herida del pecho. Salvar al hombre que quería y sin el que no podía vivir, por mucho que creyera que podría. Debía ayudarle. Sólo eso. Debia…

              Se ahogaba.

              Consiguió desprenderse del agarre y dar dos pasos. Hasta que de nuevo le aferraron de la ropa con fuerza. Hasta que de nuevo le detuvieron. Se revolvió con pura rabia.

              ─¡Suéltame! Debo llegar a él, debo…

              Unos brazos musculosos le rodearon por detrás, cercándole e impidiéndole avanzar. Unos repugnantes labios rozaron su oreja y una voz llena de satisfacción susurró con claridad.

              ─Está muerto, chico.

              ¡No! No.

              La vista se le nubló y le costaba respirar. Peter no estaba muerto. Nunca moriría dejándole atrás. Se lo había prometido. Se lo había susurrado antes de alejarse en la oscuridad. Y él nunca mentía.

              ─¡Suéltame!

              ─¿Para qué? Lo único que verás si no ha muerto aún, es su agonía.

              El mundo se volvió rojo. En ese único instante en que sintió tal odio en su interior que perdió la razón.

              Le daba igual morir. Le daba igual, si estaba con él. Necesitaba verle y acercarse a él. Para que… Para que ninguno de los dos muriera solo.

              Tensó todos los músculos del cuerpo para desasirse en el mismo instante en que algo les golpeó con inmensa fuerza por la espalda pillándoles desprevenidos. Por un segundo algo del peso que sentía en el pecho desapareció. Mientras caían al suelo por la fuerza del golpe los pensamientos se agolparon apilándose uno tras otro.

              Era él. Era Peter. Tenía que ser él. Saxton había fallado y no le había alcanzado. O quizá le había dado pero la herida no era mortal. Había sobrevivido y en un instante posaría sus ojos sobre ese hermoso rostro que una vez más había engañado a la muerte. Que una vez más había luchado contra viento y marea para estar con él.

              Cayó de costado y al ir a incorporarse le pareció ver unos pies descalzos cubiertos de suciedad y cortes bajo el borde de una desgarrada falda. Su mundo se vino abajo. Era una mujer. Una mujer les había atacado lanzándoles a ambos al suelo.

              Gritaba que llevaba esperando mucho tiempo, que llevaba esperando el momento para hacerlo. El sonido de su voz rozaba la pura demencia. Era pequeña pero Saxton no podía desembarazarse de ella. Le arañaba el rostro y tiraba del cabello. Era como tener un animal salvaje entre los brazos.

              Durante un segundo quedó inmovil.

              Se incorporó con dificultad ya que las piernas de ambos trababan las suyas. Pese a intentar deshacerse de la mujer Saxton se dio cuenta de que él trataba de alejarse en dirección a Peter y le lanzó una patada. Era fuerte. El maldito era fuerte. Entre el desquiciado movimiento de brazos y piernas atisbó un segundo el suave rostro de la mujer y el tiempo se paró. Completamente.

              Era ella. La mujer que le detuvo en el hospital de San Bartolomé. La mujer que lo arriesgó todo para salvar a Titus. Incluso su propia protección.

              Era Claire Robbins.

              Apenas pesaría la mitad que el hombre del que se negaba a separarse pero Saxton no cejaba. El condenado no cejaba y logró levantarse del suelo. Los claros ojos de Saxton se clavaron en él pese a que trataba de alejar esas manos femeninas y sus afiladas uñas de sus ojos. Pequeñas heridas le cubrían el rostro y la mujer no dejaba de gritar palabras sin sentido. Algo sobre ella, sobre su pequeña…

              Que el demonio se la había arrancado de entre los brazos.

              Era una mirada difícil de explicar. Carente de sentimientos o empatía. De todo lo que hace a un hombre ser humano. Era pura maldad.

              Maldita sea. Estaban demasiado cerca del borde del muelle.

              Giró el rostro hacia el camino que daba al almacén. Sobre el cuerpo tendido en el suelo del hombre que amaba más que a su vida. Seguía sin moverse.

              Dios, seguía sin moverse…

              Trató de acercarse. Debía acercarse. Debía llegar a él pero una mano se lo impidió de nuevo. Unos malditos dedos que pertenecían al hombre que aborrecía por encima de todo. Volvió la cabeza con brusquedad hacia Saxton y éste… sonreía. Sonreía como si se hubiera dado cuenta de algo en ese mismo momento.

              El frío le congeló las entrañas.

              Lo iba a hacer. Por primera vez en su vida leyó en la calculadora mirada de Saxton como en un libro abierto.

              Si caían por el borde del muelle el inmenso casco del barco les aplastaría contra el muro. Nunca sobrevivirían a la caída. Imposible.

              Una muerte atroz.

              Lo hizo. De un brusco movimiento Saxton se desprendió de la mujer que se aferraba como una demente con brazos y piernas a su cuerpo, lanzándola a un lado de golpe y con ambas manos le aferró de la pechera de la camisa, desgarrándola un poco. El ruido le llenó los oídos. Sintió el impulso. El inmenso impulso en dirección al borde que no podría contrarrestar, por mucho que quisiera.

              Ni siquiera su necesidad de llegar a Peter lo impediría.

              El borde ya estaba ahí.

              El piso desapareció bajo sus pies al mismo tiempo que escuchaba la diabólica carcajada de Saxton.

 

 

 

XIII

 

              Le costaba respirar y con dificultad alzó una de sus manos para palparse el pecho. Sentía como si una mula le hubiera golpeado en medio del pecho. Por un segundo no supo dónde estaba. Se sintió completamente desorientado. Notaba el frío bajo su espalda y ruido. Ruido cercano de una pelea. Una mujer gritaba como si la vida le fuera en ello. Que prometió matarle cuando se la llevaron, que le llevaba esperando mucho tiempo, que…

              ¿Qué diablos?

              Lo recordó. De repente y con extrema claridad. El disparo. La mirada de satisfacción de Saxton. La mirada de horror de Rob. El dolor en medio del pecho. El ardor. La caída. Le había dado en el condenado reloj. Apenas lo podía creer. Con la punta de los dedos palpó suavemente. Acarició el metal rasgado y la herida que le había abierto en la carne al clavarse un pequeño borde. De ahí manaba el hilillo de sangre. Nada serio. 

              Casi lanzó una risa desquiciada.

              El miedo lo invadió todo a su alrededor. Debía mirar. Debía incorporarse para ver si seguían ahí. No podían haber desaparecido entre las sombras. No se lo perdonaría. Nunca se lo perdonaría.

              Si él no estaba ahí con su loca cabellera rubia y esos ojos como un cielo tormentoso perdería la razón.

              Entrecerró los ojos. Tres formas peleaban con desesperación y había una mujer entre ellos. Reconoció esa falda. Era la misma que vestía la figura que le había guiado hasta ellos al salir de almacén.

              Se levantó con algo de dificultad en el mismo instante en que se dio cuenta de las intenciones de ese malnacido. Lo presenció como si ocurriera ralentizado. El movimiento de rabia con el que Saxton logró desprenderse de ella y la firme sujeción de sus manos sobre la camisa de Rob.

              El instinto le hizo correr hacia ellos. Veloz. Increíblemente veloz. La distancia cada vez más estrecha pero lo supo. Supo que no llegaría a tiempo para evitar la caída y su corazón se rompió por dentro.

              En pedazos.

              Le dio igual todo. Sus piernas volaban sobre la tierra. Apenas sentía cómo tocaban el suelo. Rob le daba la espalda pero lentamente, del impulso, se fueron girando.

              Fue en el último instante. La mirada azulona de Rob rebotó contra la suya. El grito de rabia de Saxton le hizo disfrutar. El muy cabrón creyó que le había matado para descubrir que no era así. La mirada de los ojos del canijo… Dios, jamás se le olvidaría. Descanso, alivio, esperanza, alegría y amor.

              Inmenso amor.

              En el último momento Rob extendió el brazo y él, lo aferró con su mano derecha como si la vida le fuera en ello y en realidad así era. Agarró desesperado.

              Quedó tendido boca abajo al borde del muelle. Las piedrillas se le clavaban en el pecho, contra la herida pero apenas las notaba. Lo único que sentía era la muñeca de Rob bajo sus dedos y los dedos de Rob rodeando su propio antebrazo. Aquello que impedía que cayera a las negras aguas. Eso y la pila de mercancía contra la que compensaba el peso de su carga. Había conseguido enredar su pie bajo el peso de los cajones apilados a un lado del muelle.

              Pesaban demasiado. Dos hombres.

              No podía hablar. No podía malgastar sus fuerzas. No podía decirle que le amaba sin el temor de que cualquier leve movimiento le diera ventaja a Saxton. Le perdería y no podía enfrentarse a eso. No podía.

              Deseo tener un arma en su mano izquierda y volar la tapa de los sesos al hombre que en el último instante se había agarrado a la cintura de Rob. Se resistía a morir el condenado. Se resistía y en la posición que él ocupaba no podía hacer nada.

Sintió el brutal tirón. Saxton se revolvía intentando que Rob se soltara. Trataba de que ambos cayeran al fondo. Trataba de llevarse al hombre que quería con él.

              Dios, no iba a aguantar mucho más. Pese al frío una gota de sudor resbaló por su sien, siguiendo el maldito curso de su cicatriz.

              Entonces lo sintió.

              El agarre se aflojaba, lentamente. Por favor… No.

              No.

              Los dedos que rodeaban su antebrazo se separaron dejando de apretar. Y lo oyó. Suave. Tan suave que sólo él pudo escucharlo.

              ─Suéltame, mi amor. Suéltame.

              ¡No! No. No. Por favor…

              Le dio igual. Le dio igual todo salvo salvar a hombre que le miraba lleno de desesperación. Se lo dijo. Tanto con sus palabras como con su mirada.

              ─No me hagas esto, canijo, por favor. Agárrate ─apenas se escuchaba pero necesitaba que lo supiera─. Por favor te lo pido.

              Por favor. Apenas le salía la voz pero necesitaba que él lo entendiera. Tensó todo el cuerpo hasta que notó los músculos de la espalda a punto de rasgarse.

              Eso ojos azulones le miraban directamente. Tranquilos y llenos de paz.

              No. Dios, no.

              ─Un poco más. Sólo un poco más ─comenzaba a resbalar─.  Por mí. Por tu padre. No lo hagas, Rob. Te lo suplico.

              Una suave sonrisa curvó los labios del hombre que le miraba como si estuviera viendo lo más precioso del mundo para él.

              ─No te arrastraré conmigo, Peter. Suéltame.

              Comenzaba a amanecer y él sentía que su vida terminaba. Apretó los dedos otro poco más pero comenzaban a escurrirse. No podía utilizar la otra mano ya que la apoyaba contra un saliente del borde. El sudor lo hacía más difícil. Le miró a los ojos suplicando.

              Y él sonrió. Sencillamente sonrió.

              ─Te quiero, Peter. No lo olvides… Nunca. Más que a mi vida.

              ¡Dios!  No me hagas esto.

              Deseó poder gritar de agonía. El hombro le ardía. Los músculos de las piernas parecían a puntos de romperse y lo sintió. De nuevo. Otra sacudida de Saxton. Rob ya no se sujetaba. No lo hacía y a él se le estaba escapando. Poco a poco.

              Deseo gritar que no era justo. Que no lo era. Que no se merecían eso. Le miró de frente y el mundo desapareció a su alrededor. Quedaron solo ellos. Y lo dijo. Dijo lo que siempre supieron. Que uno nunca podría vivir sin el otro.

              ─Si caes, voy detrás, Rob. Voy detrás.

              Entonces lo sintió. A su lado. El brillo en medio de la oscuridad. El cañón de un arma brillando con las primeras luces del día. Una mano femenina lo empuñaba. Firme.

              Más allá de Rob los ojos de Saxton se abrieron, enloquecidos. Sacudió las piernas, desquiciado. Iba a morir y no cejaba. El maldito no se rendía. La muñeca de Rob se deslizó otro poco más y él apretó llenó de pura desesperación.

              El grito de Saxton antes de que la bala perforara su frente hablaba de su inmensa locura. Gritaba que su juguete era para él, no para la sombra. Nunca para la sombra. Que Robert nació destinado a él.

              Después el silencio tras el disparo.

              El cuerpo de Saxton cayó con el pequeño orificio en medio de su frente. Nunca olvidaría el sonido del chapoteo al rebotar contra la superficie del agua helada y el horrible sonido de un cuerpo al ser destrozado. El crujir de los huesos al ser aplastados y el golpeteo del agua contra la pared. Incontenible.

              Notó el peso de la mujer sobre sus extremidades para servir de contrapeso. Dejó de inmediato de apoyar la palma de su mano izquierda contra el suelo y se asomó por el borde hasta casi la cintura. Extendió la otra mano y Rob la agarró. Sin dudar un segundo ni mirar abajo. Con ambas manos asidas y ahí colgados, se miraron.  Pese al dolor, el inmenso miedo que habían sentido, el susto y el hecho de creerlo casi todo perdido.

              Lo habían conseguido. Entre los dos.

              Acarició con la mirada el rostro de Rob.

              Poco a poco, con esfuerzo, lo fue izando con la ayuda de esa mujer. No sabía quién era y le daba igual. Le estaría eternamente agradecido por salvarles y por matar al hombre que había convertido su vida en un infierno.

              Quedaron los dos de rodillas en el suelo. Frente a frente. Recorriendo cada detalle del otro. Del hombre que creyó que perdería para siempre y al que seguiría incluso al infierno.

              Le ardían los músculos de muslos, hombros y espalda pero era un dolor bien recibido.

              El sol salía por el horizonte, justo detrás de Rob, perfilando su contorno. Su rostro quedaba ligeramente en penumbras pero supo que sonreía.

              El canijo alzó una de sus manos y la apoyó en medio de su pecho. En el mismo lugar en el que le había alcanzado el balazo de ese enfermo. Con tanta suavidad que creyó que los latidos de su corazón se pararían de golpe. Tanto amor.

              ─No me vuelvas a dar otro susto semejante, grandullón.

              Del interior de su chaqueta Rob extrajo el destrozado reloj. Por una vez en su vida, el destino o la suerte se habían aliado con ellos. Una vez en la vida. No necesitaba más.

              Amaba su voz. Con su mano rodeó la que sostenía el reloj, envolviéndola. Estaba agotado pero no tardó en contestar.

              ─No lo haré si me prometes lo mismo.

              Dios, su sonrisa era lo más hermoso del mundo.

              ─Te lo prometo, Peter.

              ─Otra vez.

              Y su risa le llenaba los sentidos. Rob lo repitió tan suave que casi, casi no le escuchó.

              Se levantó con algo de dificultad y extendió ambas manos con las palmas hacia arriba. Rob se las agarró. Estaban cálidas. Increíblemente cálidas.

              En un segundo le rodeaba con sus brazos, con el rostro hundido en esa salvaje cabellera. Vivo. Estaba vivo. Igual que él, Y Saxton no les impediría de nuevo amarse con libertad, con tranquilidad. Sin miedo.

              La pequeña mujer no emitía ni un sonido a su lado hasta que se besaron. Suave. Apenas rozando los labios. Sintiéndose el uno al otro. El sonido que surgió de ella fue de inmenso respeto pese a ser una completa desconocida. Y estima.

              En la lejanía escucharon los gritos.  Les buscaban. La menuda mujer se dirigió por primera vez a ellos.

              La locura había desaparecido de su mirada y las líneas de su rostro se suavizaron, como si se hubiera quitado un peso de encima. Un peso casi inaguantable.

              ─Gracias.

              Le miraron asombrados pero antes de conseguir responder ya se alejaba de ellos hacia el grupo que se aproximaba.

              Sintió los dedos de Rob entrelazarse con los suyos.

              ─Vamos a casa, grandullón.

              Sin una mirada atrás a las turbias aguas o al cuerpo destrozado que permanecía entre ellas, se alejaron del muelle.

              En dirección a su hogar y aquellos que les amaban.

 

 

 

XIV

 

              Le daba hasta miedo tocar su piel por si se desvanecía en el aire.

              Recorda retazos de lo ocurrido. Los golpes y el dolor, tan crudo, en la oscuridad del carruaje. También la rabia en la voz de Martin Saxton porque ella se negaba a entregar a sus niños a ese hombre.

              Se inclinó ligeramente sobre su costado pese a la punzada de dolor hasta centrar la mirada en su gemela. Las ganas repentinas de llorar casi le impidieron respirar. Claire permanecía apoyada sobre el lateral del lecho que ella ocupaba, con la cabeza apoyada sobre los brazos cruzados.

              Habían pasado dos días durante los cuales había permanecido medio adormilada debido al potingue que le había obligado a ingerir el médico que cuidaba de Mere y su familia. A ratos creyó sentir la presencia de Marcus, la de sus viejos y queridos marineros, incluso durante un pequeño momento creyó percibir el maravilloso olor de sus pequeños pero la única constante que percibía era la presencia de su hermana.

              Claire se negaba a separarse de ella.

              Estaba tan delgada que apenas parecía poder sostenerse por sí misma. Aguantaba por pura tenacidad.

              En la lejanía había escuchado retazos de conversación e incluso algún grito entremezclado con voces. Habría jurado que Marcus amenazaba con partirle el cráneo a alguien.

              Quizá a Neil.

              No quería pensar en él. No podia hacerlo, por el momento. Quizá más tarde cuando su corazón no se resintiera al recordar sus palabras. Esas que habían dolido tanto.

              Deslizó la mano por encima de las mantas hasta rozar el brazo de su gemela.

              Sonrió.

              Estaba viva.

              ─Tenías razón, mujer.

              Por un segundo se sintió tentada de hacerse la dormida para evitar enfrentarse a Marcus. Tan tentada.

              ─Sé que estás despierta.

              Condenado hombre carente de delicadeza.

              ─¿Elora?

              E insistente.

              Con un suave gemido trató de girase hacia la puerta, para enfrentarse al hombre al que no podía permitirse querer. Una fuerte mano presionó contra su espalda para ayudarle a incorporarse. Apenas había sentido sus pasos al acercarse con rapidez.

              Únicamente vestía un delgado camisón de algodón que apenas la tapaba y se sentía avergonzada. No podía enfrentar esos ojos verde azulados.

              La mano se retiró para que apoyara la espalda contra la pila de almohadas.

              Ante sus ojos Marcus bordeó la cama hasta alcanzar la dormida figura de Claire. Con extrema suavidad sacudió el hombro de ésta hasta que despertó. Su gemela se levantó y colocó entre los dos sin dudarlo. Su postura indicaba su intención de no moverse ni un palmo pero algo en la mirada del hombre provocó que la cabeza de Claire se ladeara inquisitiva. Tras un leve asentimiento de la cabeza avanzó hacia la puerta.

              Aguantó la respiración. Su hermana se iba y le dejaba a solas con él.

              No quería quedarse a solas con Marcus.

              Fue a pedirle que se quedara, que esperara. Que él no mandaba sobre su vida aunque lo pareciera.

              ─Tenemos que hablar, Elora. A solas.

              Apretó los labios y alzó las sábanas hasta que le cubieron el cuello. Todo tenía que hacerse como y cuando él quería. Comenzaba a enfadarse.

              ─No tienes nada que no haya visto antes, mujer.

              Y bruto a más no poder. También mujeriego y gruñón.

              ─Puede, pero no a mi.

              Un suave carraspeo acompañó el movimiento de Marcus al alcanzar la silla ubicada en una esquina de la habitación para acercarla al lateral del lecho. Su corazón casi se detuvo. Unos de sus ojos estaba ligeramente hinchado y un corte rompía la curvatura de sus labios. Pese a ello, el hombre seguía siendo increiblemente apuesto.

              Los ojos masculinos se detuvieron un segundo sobre la tela que cubría su generoso busto. De seguido se desviaron hacia sus ojos.

              ─Yo no diría tanto.

              ¿Cómo?

              ─¿Qué…?

              ─El buen doctor necesitaba ayuda y a los viejos les daba apuro. Wigg se ofreció gustoso pero le despaché con cajas destempladas. Las mujeres estaban ocupadas y…

              ─¿Me has visto…?

              No podía pronunciar la palabra. El muy memo lo hizo por ella. Y para colmo, sonreía lleno de picardía.

              ─¿Desnuda?

              Abrió la boca pero no salió ni un triste sonido.

              ─Alguien debía desnudarte, lavarte y vendarte. Eres menuda pero no paras quieta un segundo. El médico no podía contigo él solo y suplicó mi ayuda. No pude negarme. Casi le muerdes. Al parecer peleabas con ese cabrón en sueños y creéme, a patadas no hay quien te gane, mujer.

              Qué horror. Esperaba que no fuera cierto y se tratara de ese humor tan especial que caracterizaba al hombre que no separaba su mirada de ella.

              Marcus paró un momento antes de continuar. La expresión de su rostro había cambiado de traviesa a inmensamente seria.

              ─Nunca debiste ir a esa cena, mujer. Nunca debiste exponerte así ni hacerte ilusiones con Evers. Eres una viuda con dos niños pequeños que ha pasado la edad del enamoramiento. No debieras…

              Debía callarle.

              ─No lo soy.

              Marcus frunció el ceño. Estaba tan cerca que quizá por eso no había notado que con cada palabra ella se enfadaba más. Le hablaba como si ella fuera un desecho con un lastre que ningún hombre aceptaría jamás. Una mujer que no debiera ilusionarse porque no tenía posibilidad de enamorar a hombre alguno. Y para colmo ahora le había visto desnuda, con sus inmensos pechos y rellena figura.

              ¿Qué hombre querría una mujer así, no?

              No supo el por qué. No supo el motivo por el que se destapó sacando los brazos de debajo de las sabanas, apartándolas de un manotazo y dejando a la vista el bajo escote de su camisón y su figura, apenas oculta por la fina tela. Le dieron tanta rabia sus palabras que casi pasó por alto la dilatación de las pupilas masculinas y la punta de la lengua asomar entre esos labios. La tension que invadió ese inmendo cuerpo y la postura relajada tornarse completamente rígida.

              ─Olvidas que ya no soy viuda, Marcus.

              Dios mío. Puede que se hubiera excedido.

              El color inundó el rostro masculino y esos ojos le recorrieron lentamente. Desde su enmarañado cabello hasta las redondeadas caderas. Le miraba como si fuera a devorarle. Una mirada que nunca antes había recibido de un hombre. Ni siquiera de Neil.

              Respiró profundamente y se tragó las ganas de taparse una vez más. Era una mujer adulta que no desconocía lo que era un hombre. Se cruzó de brazos para darse cuenta que había errado el movimiento. La brusca aspiración de aire de Marcus y el deslizar de las patas de la silla para alejarse un poco de la cama lo evidenciaron. Se mordía el labio inferior pese a la herida que lo cubría.

              La tension que había entre ellos casi podía palparse.

              Hablaban de Neil.

              Su marido había sobrevivido.

              ─No digas eso, Elora. Ese hombre no es tu marido. Oficialmente eres viuda.

              Lo que faltaba.

              ─Tú no lo decides.

              ─Oh, sí. Lo hago.

              ─Está vivo.

              ─Y te abandonó sin pensarlo dos veces. Ese idiota no es tu marido.

              ─¡Lo es!

              ─¡Un marido no actúa así!

              La silla se acercó nuevamente, de un brusco movimiento del cuerpo masculino.

              Empotró la espalda contra las almohadas.

              ─Y, ¿cómo lo hace? Dime, ya que eres tan experto.

              ─Así, no.

              Era incredible. Estaban dicutiendo sobre el matrimonio. Sobre su matrimonio y Marcus ni siquiera estaba casado para saber lo que esa palabra significaba.

              ─Un marido ama. Ayuda. Un marido defiende. Un marido nunca abandona, Elora. Jamás. No lo hace, si ama a la mujer con la que comparte su vida.

              Estaba dicho. De nuevo. De labios de un hombre que tenía la capacidad de hacerle mucho más daño y causarle más sufrimiento que cualquier otro.

              No iba a llorar. No lo iba a hacer.

              ─Entonces, soy una mujer con suerte, ¿no crees? ─se tragó el maldito sollozo que trataba de liberarse en su pecho─.  Casada con un hombre que no me ama y que jamás lo hizo. Y enamorada de otro que no puedo amar porque no me quiere. Porque si lo supiera me rechazaría o se reiría en mi cara.

              ─No digas eso, mujer.

              ─Es la verdad, ¿no?

              El colchón se hundió con el peso de Marcus al abandoner la silla y sentarse al borde. Junto a ella.

              ─No. No lo es. Cualquier hombre querría una mujer como tú. Si Jared Evers no lo ve así, es idiota. Un soberano idiota, Elora.

              ¿Jared Evers?

              ¿Marcus creía que amaba a Jared Evers? Si la situación no fuera tan compleja la carcajada habría surjido espontánea y agria.

              Sintió la suave caricia del índice recorriendo la palma de su mano. Tan suave. Retiró su mano pese a costarle un mundo. Ese hombre no era para ella pese a lo que sentía su corazón. Ojalá lo fuera pero no era así. Se podía vivir de sueños y esperanzas pero hasta cierto punto. Más allá el corazón se rompía en mil pedazos y ella… ella estaba llegando a ese límite.

              Una caricia que le valía un mundo y que le sabía a tan poco. Y que su corazón recordaría para siempre.

              Las yemas de los dedos de Marcus le retiraron el cabello de un lateral de la cara y le besó en la mejilla. Con tanta dulzura que las palabras casi brotaron.

 

              Ese es a ti a quien quiero, Marcus. Siempre lo he hecho.

 

              Casi.

              ─Yo lo arreglaré todo, Elora.

              No respondió. Si lo hacía dudaba que pudiera callar su secreto. Simplemente cubrió esos dedos con los suyos y asintió.

              En silencio.

 

 

 

XV

 

              ─¿Qué diablos haces, Clive?

              ─Vestirme.

              ─Ya lo veo. ¿Por qué?

              ─Creo que me detendrían si me paseara desnudo por Londres, camino a mi casa, ¿no crees? Demasiada piel lechosa al aire.

              De acuerdo. Le dolía todo y un poco más. Hasta las puntas de los cabellos le molestaban.

              Estaba hecho puré y no necesitaba que Ross se lo recordara. Ni que entrara de forma intenpestiva a su cuarto para vigilarle. Ni que con ello le recordara que había hecho el más soberano de los ridículos al caer como una florecilla enamorada bajo las garras de esa mujer.

              Se sentía idiota, torpe, más que ridículo y necesitaba escapar de las miradas lastimeras de todos aquellos que conocían su grotesca historia de amor no correspondido.

              ─Tú no sales de aquí.

              Iba a estallar. En cualquier segundo y él no era hombre de chillidos ni berridos ni histerias descontroladas.

              Se apretó el nudo del lazo con rabia.

              Sin pronunciar una sola palabra estiró el brazo con cuidado para alcanzar la chaqueta. Tardó una eternidad en vestirla y eso desvirtuó un poco la eficacia de su enfado. Se volvió hacia la puerta.

              ─¿Me dejas pasar?

              ─No.

              Vale. Podía intentarlo de nuevo, con caballerosidad inglesa y si era necesario y no había remedio porque la mole de Ross seguía pegada a la salida de la habitación, siempre podía descolgarse por la puñetera ventana. Aunque con la suerte que tenía, ¡seguro que caía de cabeza en los rosales!

              Contó hasta diez.

              ─Yo que tú contaría hasta veinte.

              ─¡Vete al cuerno!

              ─¡No es culpa mía, Clive!

              ¡Ja! Todo era su culpa. Hacía y deshacía sin contar con él. Le mandaba y siempre creía tener la razón. Le ponía nervioso y por su culpa no conseguía olvidar lo que había…

              No debía pensar en eso.

              Se lo había prohibido a sí mismo. Y esa misma mañana le había asestado el golpe definitivo. Se había enterado de la reasignación de parejas en el cuerpo esa misma mañana. Ni siquiera se había enterado por Ross sino por Rob.

              La última y definitiva zancadilla.

              Estaba convencido que Ross lo hacía para fastidiarle, para agobiarle y para ponerle en situaciones comprometidas.

              ─Iba a decírtelo hoy. No estaba decidido aún pero Robert Norris es un condenado bocazas.

              ─¡No lo es!

              ─Lo es.

              Ross seguía clavado ante la puerta. No se había desplazado ni un ápice.

              ─Está bien, puede que lo sea pero es mi amigo.

              Una extraña mueca se adueñó del rostro de Ross.

              ─Como no.

              Las dos palabras rezumaban ironía.

              Avanzó dos pasos hasta que quedó frente a la figura completamente rígida de su mejor amigo. Ross ignoró el gesto de su mano que pedía espacio para pasar.

              ─No puedes trabajar por tu cuenta y sin compañero, Clive.

              ─Podría.

              ─Y te arriegarías a que algún hombre de Saxton vaya a por ti. No les hemos detenido a todos, Clive. Llevará un tiempo y mientras tanto hemos de trabajar sobre seguro. Lo sabes pero eres más terco que una mula.

              ─No lo soy. Soy tenaz que es diferente.

              Un breve silencio se adueñó de la habitación hasta que Ross lo rompió.

              ─No lo haría y lo sabes.

              Su corazón botó descontrolado contra sus costillas doloridas. Si se refería a lo que imaginaba, no podría responder. Tartamudearía y las palabras se le atorarían como a un crío tímido y asustadizo. Suplicó porque no fuera eso. La maldita razón por la que no quería patrullar a solas con Ross. Por la cercanía, el roce, el contacto continuo durante demasiadas horas a lo largo del día.

              ─No te besaría si no quisieras.

              Maldita sea.

              Le temblaron las manos y sintió el color subir presuroso por los muslos, el torso y el cuello hasta instalarse en su rostro.

              ─Te has puesto colorado.

              Hijo de mala madre.

              ─No hace falta hablar de eso, Ross. Tú lo dijiste, ¿recuerdas?

              ─¿Qué?

              ─Que lo olvidara, Ross. Que para ti era agua pasada. Una bobada entre amigos.

              Esos ojos se clavaron en él con intensidad.

              ─¿Es eso lo que quieres?

              ─No. Es lo que ambos queremos, ¿no?

              ¿Por qué diablos no le contestaba? Sólo le miraba con fijeza. Le brillaban los ojos y daba la sensación de que luchaba consigo mismo. Las palmas de las manos comenzaron a sudarle. Dio un paso en su dirección. En dirección a la puerta.

              ─Por favor, Ross.

              No sabía si suplicaba porque le dejara pasar o porque dejara el tema del condenado beso donde debía estar. En el olvido. En la memoria y en sus condenados sueños.

              Ross heredaría un día el marquesado de Torchwell y su inmensa fortuna. Esperarían de él que contrajera matrimonio y engendrara descendencia. Que hiciera lo que se esperaba de un caballero inglés.

              Él encontraría una joven que quizá llegara a querer.

              También eran policías. Y los policías no podían…

              Sencillamente no podían. No si no querían la ruina para ellos, para sus familias, para aquellos que amaran. Rob y Peter eran diferentes. Rob tenía el apoyo de su familia y de la familia del hombre que quería. Peter Brandon tenía inmenso poder pero no respondía ante una sociedad que aplastaba aquello que no veía decente. Era un espíritu libre que respondía ante sí mismo y ante el hombre que amaba. Nada más. A veces sentía envidia. Una envidia sana.

              Él sólo se tenía a sí mismo. Su carrera de policía que amaba. Y a Ross. Y le aterraba perderlo por dar un paso que nunca debieron dar.

              Sencillamente, no podían. Seguirían siendo amigos. Los mejores amigos, como siempre. Visitaría a la abuela de Ross y jugaría a los naipes con ella. Reirían, pelearían y beberían cervezas con los compañeros o sus amigos. Y acallarían muy dentro esa pequeña llama que se avivaba cuando estaba juntos. Hasta apagarla completamente.

              El movimiento llamó su atención. Ross se acababa de apartar dejando libre el camino. No podía mirarle de frente. Se enderezó y encaminó hacia la puerta. Asió el pomo sintiendo la mirada de Ross fija sobre su nuca.

              Sin girarse lo susurró, sin llegar a saber si su mejor amigo podía escucharle.

 

              Gracias.

 

*****

Amor entre las sombras
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