Capítulo 19
I
Sentía los dedos de gelatina. Uno de los malditos botones en la camisa del canijo acababa de atascarse en el endemoniado ojal. Al diablo. Lo sostuvo con fuerza y tiró de él hasta arrancarlo y lanzarlo por encima del hombro. Una minúscula botonadura no le iba a parar esa noche ni dar al traste con sus bien diseñados planes. Ni parte de la vestimenta, ni la familia, ni los problemas, ni las inesperadas intervenciones.
Ahora fue su mirada la que se dirigió a la puerta de acceso al cuarto. Por un segundo sopesó la posibilidad de colocar una hoja de aviso repleta de amenazas de muerte para quien osara irrumpir en la habitación, en la parte exterior de la puerta, pero la imagen de Doyle guardándola para la posteridad y chantajearle sin pudor alguno, le hizo cambiar radicalmente de idea. Claro que sonaba peor una posible incursión de visitantes indeseados, por lo que, en un segundo, soltó la camisa de Rob, dio una palmadita en el mismo centro de su pecho ya descubierto, se volvió ante el asombro de éste para poder localizar aquello que buscaba con ansia, aferró por el respaldo la silla más robusta del cuarto y la colocó bajo el pomo, trabándolo.
─Estamos desesperados, ¿eh, grandullón?
Demonios. Esa voz le ponía el vello en punta. Completamente. La mezcla de ternura, broma y sutil provocación contenida en dos sencillas palabras. No pudo contenerse.
─Puedes jurarlo, canijo.
No sintió el movimiento de los pies, ni apreció la velocidad con que acortaba la distancia que les separaba. En un segundo ocupaban partes contrarias de la habitación. El siguiente le tenía aferrado con ambas manos rodeando su mandíbula y sencillamente, le estaba devorando.
Hambriento, totalmente perdido en las sensaciones que le provocaban esos labios que se movían bajo los suyos y completamente desesperado. Rob había acertado de pleno. Demasiada necesidad guardada bajo llave durante años.
Sintió el roce de la carne contra la suya. Era casi familiar. El tantear de las lenguas. Casi un baile. Casi familiar y al mismo tiempo, nuevo, desconocido y en cierto modo, desquiciante. Mordisqueó el labio inferior del canijo, con fuerza generando un gemido que llevó la sangre directamente a su entrepierna. Era demasiado. Muy pronto. Tan intenso que temió fallar al hombre que quería más que a su vida. Maldita sea, se estaba tensando hasta que la palma de una mano, le acarició la mejilla.
─Sin prisas. Sin miedo. Sin dudas. Regalémonos eso, Peter. Al menos, esta noche.
Por todos los diablos que nunca terminaría de entender esa manera que tenía Rob de intuir sus estados de ánimo con un mero gesto o un solo movimiento. Del mismo modo en que él lo percibía al observarle.
Si pedía mesura, no estaba seguro de poder dársela. No lo estaba. Se alejó un poco. Lo suficiente para que sus rostros quedaran enfrentados y lo supo. Al ver la forma pícara en que esos labios se curvaban hacia los lados y en que esas manos se deshacían con toda la parsimonia del mundo de la camisa que colgaba abierta a ambos lados del cuerpo. El muy bribón quería desquiciarle los nervios. Y lo iba a conseguir, en un maldito segundo.
Se había quedado con el torso desnudo, como él, por lo que le recorrió lentamente con la mirada. Cada línea, cada alargado y definido músculo. Era hermoso. Por algún motivo recordó la primera ocasión en que se desnudó delante de Rob, permitiéndole ver su espalda, sus cicatrices. Su vergüenza.
─Vuélvete.
Notó la sorpresa y la pregunta en la mirada clara pero no dudó. Rob no vaciló, dándole la espalda. Tan confiado que dolía. Se acercó hasta sentir su calor corporal. Rob parecía arder. Ni una marca. Tan diferente a él. Alzó la mano para deslizar la yema del índice desde la nuca hasta la cinturilla del pantalón deleitándose con la manera en que los músculos se marcaban bajo la piel y se movían bajo su tacto. La rubia cabeza se giró hacia la izquierda y su cuerpo reaccionó acercándose a su espalda. No importaba la diferencia de estaturas. Se amoldaban a la perfección. Pecho contra espalda. Vientre contra cintura, pelvis contra glúteos. Tan incitantes.
Sintió el movimiento para volverse hacia él antes de que se iniciara por lo que colocó sus manos en las caderas de Rob, impidiéndolo.
─¿Peter?
No contestó. Era incapaz. Sencillamente deslizó las manos, suavemente, bordeando la cintura de la prenda, por su vientre, acariciando el ombligo, ascendiendo finalmente por su esternón, para deslizarlas con lentitud una vez más, hacia abajo, hacia la cintura de la prenda que ocultaba la mitad inferior de su cuerpo. Lo desató con un fluido movimiento y no tardó en empujar el pantalón hacia abajo. Desechándolo.
La segunda ocasión en que Rob trató de girarse, no se lo impidió.
II
El ritmo de su respiración, cambió. Iba más rápido. Todo se aceleraba, salvo esas manos que casi le habían vuelto loco al soltarle el pantalón y que de nuevo le mantenían quieto. Estuvo a punto de apartarlas de sus caderas. Por todos los diablos, estaba perdiendo las formas y todo lo que se le pusiera por delante.
Tragó la poca saliva que le quedaba en la boca al sentir a Peter inclinarse. Agachó suavemente la cabeza hasta que sus rostros quedaron a la misma altura y tras susurrar un suave me vas a volver loco, avanzó, obligándole a él a andar hacia atrás. Dejándose guiar por esa boca, por esas manos. El roce de sus muslos contra los suyos era caliente. La parte posterior de sus piernas no tardaron en golpear contra el borde del lecho. Sin espacio para maniobrar quedó sentado al borde del mismo con los muslos desplegados y Peter en pie, entre ellos. Lo percibió extraño e íntimo. Inmensamente íntimo. Sintió una mano rodearle el lateral del cuello y una maldita rodilla rozar su condenada entrepierna.
─Levanta.
Dioses. Se iba a desmayar de la tensión acumulada la última media hora. Encogió las piernas hasta impulsarse lo suficiente para acomodarse en medio de la cama, para abrir espacio al cuerpo de Peter y el muy condenado lo aprovechó al momento. Se colocó entre sus desplegados muslos. El corazón le iba a mil y dobló en velocidad al sentir las palmas de esas inmensas manos separarlos aún más. Con cuidado, hasta que sus piernas quedaron ubicadas a ambos lados de su cuerpo. Como dos amantes enfrentados el uno al otro, a punto de dar el paso que cambiaría la manera en que se mirarían en adelante, en la que se tocarían, rozarían e incluso sentirían.
─¿Cómo vamos a…?
No le dio tiempo a preguntar más allá. Abrió su boca bajo la de Peter. Él le conocía a fondo. Lo que le agradaba, lo que le excitaba, lo que le tensaba. Lo que provocaba todo eso al mismo tiempo y no dudaba en utilizarlo. Notó una de sus manos perfilar el claro vello que cubría su entrepierna pero nada más. Sólo calor en la parte interior de su muslo, donde permanecían quietos esos largos dedos. La otra permanecía sobre la almohada, cerca de su rostro, manteniendo un poco de distancia. La suficiente para que sus cuerpos no se rozaran. La suficiente para que generara en él un deseo descontrolado de arquearse para sentirle. Demasiado espacio entre ambos. Su muslo derecho golpeó suavemente la cadera de Peter porque… diablos. Hacía algo o le daba un ataque de nervios.
─Relájate.
¡Él! Él estaba la mar de relajado. Sólo de cintura para abajo estaba tenso. Eso mismo.
─¡Lo estoy!
Sintió el roce. ¡Diablos! Cerró los muslos de golpe hasta donde pudo, que no fue demasiado. El musculosos cuerpo de Peter ocupaba demasiado espacio entre ellos y ¡dioses!, tenía acceso a todo. Incluyendo el mismo lugar que acababa de rozar con la yema del pulgar, tras separar levemente sus glúteos con ambas manos. Sin avisar para evitar un ligero susto. La sensación era tan extraña. Casi se le atragantaron las malditas palabras en la garganta.
─No soy nada flexible, Peter. ¿Te lo he dicho alguna vez?
Ante el silencio creado tras sus palabras, alzó la mirada. No debió hacerlo o quizá, sí. Peter permanecía completamente quieto, observándole. Sin apartar la mirada ni un instante. Ladeó la cabeza al mismo tiempo en que las yemas de las puntas de los dedos comenzaron a moverse. Ardientes, y él comenzaba a sudar. Su garganta se cerró por segunda vez al notar el envolvente calor cercando su miembro. Casi dolía pero no llegaba a ese punto en que dejas de sentir placer. Los movimientos de Peter eran suaves. Demasiado. Con un suave gruñido, reclamó más. Más velocidad, más intensidad, más… Sencillamente, más de todo aquello que quisiera darle.
Y se lo dio.
La presión comenzaba a escalar. Los músculos de su cuerpo se iban tensando y relajando. Una condenada locura, hasta que sintió un picotazo desconcertante de placer. Puro placer que llegaba de interior de su cuerpo pero era imposible separarlo de las caricias, de los movimientos de esa mano, cada vez más y más veloces.
Una única caricia fue suficiente para estallar dentro de ese calor. Arqueó la espalda contra el maldito colchón, presionado los muslos contra los costados de Peter, con fuerza. Se sentía a punto de resquebrajarse por dentro, por fuera. Incapaz de hablar hasta que la tensión fue dejando paso a la relajación. Entonces lo sintió y sus músculos obraron instintivamente.
─No. Relájate, canijo.
No podía hablar. Ni casi respirar y menos al sentir la suave rotación de ese dedo en su interior. No dolía pese a la extraña sensación que provocaba de cierta incomodidad. Dioses, ni siquiera había notado el momento de la entrada.
─No puedo.
Se incorporó ligeramente para tranquilizarse, para… para lo que fuera pero no fue buena idea. Se topó de frente con la caldeada mirada de Peter, la presión de la palma de éste sobre su bajo vientre, obligándole a mantener la posición y otro maldito movimiento de ese condenado dedo. Por todos los… Un escalofrío acababa de recorrer su columna vertebral, desde la nuca hasta la maldita curva del empeine. Apoyó las plantas de los pies hundiéndolas en el suave colchón. Debía asentarse en algo. Lo que fuera. Con tremenda fuerza. Dioses, le iba a matar de placer.
─¿Lo ves? Eres flexible.
Increíble. No supo si reír o echarse a llorar. Fijó la vista en el hombre que acababa de susurrar esas palabras con la voz tan ronca que apenas se le escuchaba y la protesta que guardaba en la punta de la lengua, se quedó ahí. Los musculosos brazos estaban tan tensos como el resto del cuerpo. Pequeñas gotas de sudor cubrían la frente de Peter y el brillo de esos ojos hablaban de miedo a errar. Condenado hombre.
─Más que tú, sin duda ─La pregunta apareció en esos oscuros iris de Peter─. En flexibilidad nadie me gana.
Tensó las piernas al sentir de nuevo esa sensación. Desquiciante y placentera.
─¿Qué diablos? Hazlo, de nuevo.
Esta vez fue un pico de placer que le hizo gemir. Le iba a matar.
─Me dijo que fuera suave.
No podía pensar. Sólo sentir.
─¿Eh?
Repentinamente la presión desapareció. El peso al completo del cuerpo de Peter cayó sobre él, aprisionándole, haciendo cuña y abriendo aún más sus piernas. Dejándole completamente vulnerable y… hambriento.
Notó las manos hundirse en su cabello, esa boca, esa lengua recorriendo cada recoveco de su boca, perfilando el interior del labio, el borde de los dientes, la ligera rugosidad del paladar hasta que él reaccionó, empujando, saboreando, rozando y eludiendo. Los dedos casi tiraron de su cabello. Peter no estaba acostumbrado a que le retaran. Era un depredador nato, nunca la presa, pese a lo que había sufrido en el pasado. Dominaba. Nunca se dejaba someter, salvo con él.
Con él, cambiaba.
Eran iguales y se sentían libres.
El beso duró un segundo o una eternidad. La fricción con el cuerpo que le cubría le estaba matando. Una poderosa ondulación de su pelvis hizo que aferrara el oscuro cabello con todas sus fuerzas. Tenía que doler pero el muy animal lo único que hizo fue repetir el jodido movimiento. Esos carnosos labios se separaron por lo que copió su movimiento, para evitar que se distanciaran.
─Vuélvete, canijo.
Necesitaba morderlos. Necesitaba lamerlos y saborearlos. Necesitaba…
Peter se alejaba. ¿Por qué diablos se alejaba?
Escuchó la palabra de nuevo pero le costaba un triunfo concentrarse.
Vuélvete.
Instintivamente se giró en dirección a Peter pero una ronca y profunda risa le hizo detenerse cruzado de lado a lado sobre el colchón, con una de esas manazas sobre la parte exterior de su muslo al mismo tiempo en que le pedía que parara de dar vueltas como una renqueante peonza. Fue a rebatir sus palabras con efusión pero Peter se le adelantó.
─Boca abajo.
Su corazón se desbocó enloquecido y vaciló. Un breve segundo hasta que visionó esa mirada repleta de amor. Suspiró y se acomodó de un condenado salto hasta sentir el peso de ese cuerpo desnudo sobre la parte superior trasera de sus muslos. El peso se liberó un momento y cayó con toda su fuerza de nuevo.
El olor llenó sus fosas nasales y hundió la cara en la almohada, riendo sin disimulo alguno. Siempre le sorprendería, hasta el día de su muerte.
Lo había guardado. El condenado romántico lo había guardado.
El ungüento mentolado de su primer y desastroso intento de seducción. O mejor dicho, de amarse.
─Eres un canalla, grandullón.
─Puede, pero tú también me quieres.
Una pizca de ungüento se deslizó por su baja espalda. La contestación fluyó sola. Un espejo de la frase que le había regalado Peter hacía poco.
─Más que a mi vida, grandullón. Más que a mi vida.
Un suave beso en la nuca precedió a otro golpe de frescura, al caer parte de la crema entre ambos omóplatos.
─No llegué a masajeártelos como merecían.
Rob sonrió mientras ahuecaba el centro de la almohada.
─¿Los hombros?
Una palmada en el trasero paró de golpe sus movimientos y el aliento rozando su oreja junto con el calor que sintió a unas pulgadas de su propia espalda, le causaron un estremecimiento.
─Primero masaje. Luego relajación y más tarde, intrusión. Eso me han aconsejado.
¿Aconsejado? Demonios, ¿Se atrevería a preguntar? Sí. Con Peter se atrevía con todo sin miedo ni temor a una falta de respuesta. Antes de que se le olvidara la pregunta. Antes de que esas manos comenzaran a acariciarle. Antes de perder el raciocinio.
─¿Quién?
Un perfecto círculo se formó en su hombro derecho desperdigando calor.
─¿Peter?
─¿Hum?
─¿Quién te…? ─Dios, tenía unas manos mágicas.
─Sigue, canijo.
─¿Eh?
─La pregunta. Quién… qué.
Dioses, ¿qué era? Trató de recapitular pero esa difícil centrar el pensamiento en algo que no fueran esas manos.
─¿Quién te aconsejó eso?
─¿El qué?
Diablos. Peter le estaba provocando.
─Lo del masaje, la relajación y lo otro.
─¿Qué otro?
─¡Peter!
Se alzó sobre los antebrazos y se giró lo suficiente para enfrentarse al muy pícaro. Lo estaba disfrutando inmensamente, con una placentera sonrisa en el rostro, un resto de ungüento embadurnando su mejilla como si se hubiera frotado el lateral del rostro, las manos brillantes y la mirada fija en su trasero. Sin parpadear.
─Que quién te ha dado consejos.
─Doyle.
Rob abrió los ojos hasta su tope. No era posible. El grandullón no podía haber debatido sobre lo que planeaban hacer tarde o temprano con su hermano mayor.
─Y Julia, claro.
Rob aspiró tragando un par de plumas minúsculas desprendidas de la almohada, provocando un ligero ataque de tos y de seguido unos fuertes golpes de descongestión en el mismo lugar en el que había comenzado a recibir un glorioso masaje.
─Respira hondo, que te me ahogas.
─Eres un animal.
─No lo niego, canijo. Nunca lo hice ─Otro suave beso recayó sobre el lateral de su oreja. Apenas perceptible─. Nos escuchó hablando del amor, sus variadas expresiones, así que decidió darme su propia versión femenina del tema. Al final les dejé discutiendo efusivamente en el despacho. Por lo que sé no salieron en cinco horas tras dejarlos todo acalorados y enfurruñados. Algo me dice que optaron por llevar a la práctica sus diferentes puntos de vista. Lo que no sé es quién de ellos ganó la contienda. Seguramente mi cuñada ─La oscura mirada le recorrió el rostro─. ¿Te ha dado un síncope, canijo? ─No le salía ni un palabra─. Parpadea un poco. Un ojo al menos.
Lo intentó pero el condenado ojo no respondió y surgió de su boca una especie de sonido gutural.
─Tú tranquilo que yo sé lo que me hago.
─Peter.
─He investigado.
─No estoy seguro de querer saberlo.
─¿No querías compartirlo todo?
─Sí, pero no tanto.
─Estás todo rojo, canijo. No hay que tener vergüenza. Además, también me ha facilitado variados estudios sobre lubricantes y alguna que otra muestra. Me refiero a mi hermano, no a Julia. Ya sabes, sobre las artes amatorias. Te voy a dejar echo un flan, canijo. Sé trucos, como el de antes.
Si pudiera observarse a sí mismo seguro que estaba con la boca abierta y la mirada extraviada. En un segundo la juguetona mirada se tornó seria e intimidante. Sintió la cálida palma de su mano en medio de su espalda, acariciándola. Casi calmándole con el tacto.
─Nunca te haría daño, Rob. Sé lo que es eso, la humillación, la rabia y moriría antes de hacerlo.
La ronca voz destilaba seriedad y una promesa que Peter jamás rompería. Rob se giró hasta quedar de costado. Clavando la mirada en el hombre cuya voz no había vacilado un segundo al formular una promesa.
─Lo sé, Peter. Dios, no sé qué haría sin ti.
Se deleitaron con las miradas, lentamente, sin subterfugios que difuminaran que lo que sentían con tanta fuerza había superado al tiempo, al miedo, al dolor y al odio.
III
Sin separar la vista el uno del otro, se acomodó, aun de rodillas, sobre el colchón, frente a Rob. Sonrió en la oscuridad. Por primera vez en su vida iba a amar a aquél a quien quería. Con plena libertad. Sin ocultarse, sin verse obligado a ello. Apoyó todo el peso de su cuerpo sobre el del canijo y se restregó sin contener el ansia. Estaban resbaladizos por el ungüento, el sudor, los fluidos y se sentía perfecto. Se deslizó hacia abajo mientras una de sus manos se colaba entre sus cuerpos hasta rodear el erecto miembro del canijo. Por un momento sopesó frotarse simplemente contra el duro cuerpo, con desesperación. Pecho contra espalda pero la necesidad de sentirse envuelto en el opresivo calor interno de ese cuerpo le hizo temblar. Demasiadas fantasías durante demasiado tiempo. Calientes, reiteradas, sensuales.
Le era imposible resistir más.
El rostro de Rob permanecía apoyado lateralmente contra la almohada por lo que golpeó esos labios con los suyos mientras aceleraba sus movimientos.
Con suavidad, se acomodó a un lado de Rob. Con suaves caricias extendió otro poco más de ungüento sobre la espalda, cintura, glúteos y muslos para adentrar, una vez más, un único dedo en ese calor no permitiéndose ralentizar sus movimientos. Poco a poco incrementaba la velocidad. Diablos. Tan estrecho que le mataría tomarse su tiempo. No poder enterrarse de golpe en él. Acompasaba la lenta entrada con las caricias en su rígido miembro. Notaba la tensión cada vez mayor en ese cuerpo y le encantaba saber que lo causaba él. Tanto placer. La muestra de una pasión única.
El canijo querría esperar, querría darle también placer sin darse cuenta que ya lo hacía. Con sus gemidos, con la manera en que se mordía con fuerza el labio o aferraba las sábanas dejándolas completamente arrugadas.
Un ahogado gemido le hizo vacilar pero el inmediato no pares, por todos los diablos le acaloró por todo el cuerpo. Demonios, el canijo ni siquiera le había tocado. Era suficiente con mirarle para perder la cabeza. Excitarle le hacía perder la poca cordura que aún le quedaba. El incremento en la tensión la sentía en toda la extensión del cuerpo que se arqueaba bajo sus manos, en la tirantez del cuello, en el agarrotamiento de los muslos que permanecían completamente desplegados ante su ávida mirada. Deseaba que estallara bajo las palmas de sus manos. No se cansaba de verlo. Los gruñidos anunciaron una oleada de placer y eligió ese exacto instante para introducir un segundo dedo, suavemente, acariciando su interior, rozando ese lugar que ya tenía localizado.
El gemido de placer le supo a gloria. Su miembro se retorcía envuelto en su mano. La otra no cejaba con el movimiento de sus dedos. Los extrajo para ubicar la mano en la cara interna de su muslo y empujarla a un lado.
El maldito corazón se le contrajo. Le quería con locura. Sin cesar con las caricias, no pudo evitarlo. Por alguna extraña razón sintió la necesidad de que Rob le mirara. Le daba igual que su mirada estuviera velada por el deseo. Necesitaba que le viera, que entendiera que era él quien le estaba amando.
─Mírame, Rob.
Por un segundo creyó que no le había escuchado.
─Hazlo, canijo.
Sintió su propio cuerpo tensarse de golpe. Esos ojos le miraron como jamás antes y esa boca… Esa boca formó la sonrisa más erótica, cálida y caliente que le habían ofrecido en su vida.
Se acercó todo lo que pudo a la unión de sus muslos y Rob se dejó hacer, dejando la entrada a su cuerpo desprotegida, confiando en él sin condiciones. Un maldito puño pareció apretarle las entrañas.
─Te amo. Con toda mi alma.
Esos azulones iris permanecieron clavados en él al hablar. Al pronunciar esas dos sencillas palabras que lo valían todo para él. Una hermosa sonrisa le dio el consentimiento que necesitaba para continuar. Retiró los dedos de su interior y sujetó esos fuertes muslos con fuerza. Necesitaba apretar algo para no perder la razón.
Dobló los muslos de Rob por las rodillas y los colocó a ambos lados de sus caderas. Sabía que le sería más cómodo si se volvía boca abajo pero le era imposible no amarle de frente. Observándose. De igual a igual.
Rob estaba relajado. Completamente por lo que se posicionó a la entrada de su cuerpo. Esperó, sin empujar hasta que notó el leve toque de unos dedos en su cadera.
Sin dejar de acariciar. Sin dejar de avanzar, con lentitud, sintiendo la presión y el calor.
Como un guante.
IV
Sentía por todas partes. Placer. Inmenso placer y esa sensación invasiva, desconocida hasta entonces. No desagradable, ni forzada, sino lentamente invasiva. El corazón parecía a punto de estallarle en el pecho y la sensación de esas condenadas manos incrementando las caricias, le enloquecían.
Como una vidriera que fuera a estallar en pedazos por la presión.
No iba a aguantar mucho más, sintiendo la tensión en su bajo vientre escalar. Peter se movió una pizca. La suficiente para adentrarse más en su cuerpo y causarle un picotazo de dolor, provocando que se tensara. Dios, demasiado. Era… demasiado. Era inmenso o así lo sentía. Sin dolor pero extraño. Lo sentía en la punta de la lengua. La petición de que parara pero ni si quiera él sabía muy bien si se referiría a esas manos de pecado o el impulso de esa cadera, insistente.
Peter le dio unos segundos, quizá minutos para acomodarlo en su interior. Respiró profundamente porque se sentía a punto de romperse por dentro pero las caricias cada vez más urgentes y tenaces sobre su casi dolorido miembro no le permitían pensar. Tensó la espalda, el pecho, los brazos al no poder impedir lo que llegaba y se derramó dentro de esa mano cálida. Notó más que escuchó las palabras del grandullón de deleite al compartir algo tan íntimo y fue a sonreír, pero por los dioses que casi se desmaya. Un corto y poderoso movimiento le hizo ver las estrellas, tensando los músculos internos de su cuerpo.
La brusca aspiración de Peter acompasó el peso de una de sus manos sobre su bajo vientre.
─No hagas eso, Rob. Dios santo... Estate quieto.
No pudo evitarlo. Quizá fuera que le encantaba llevar la contraria, quizá que sabía que daría placer a Peter, quizá que simplemente le enloquecía escuchar ese ronco y rasgado tono de voz. Se tensó una pizca, lo suficiente para sentirlo al completo. El gemido no tardo en surgir de esos llenos labios
─Me matas.
¿Matarle? Diablos ¿Y qué diablos le estaba haciendo él? Volverle completamente loco.
El vaivén del inmenso cuerpo ubicado entre sus muslos le estaba trastornando y con cada suave movimiento se repetía un picotazo de puro placer. Un sonido ronco, casi un gruñido le obligó a abrir los ojos y lo que su mirada enfrentó fue sencillamente hermoso.
Un hombre que nada ocultaba, un hombre que lo dada todo. La expresión en ese duro rostro oscuro era una mezcla de aguante, deseo, dolor y amor. No pudo evitarlo. Movió las caderas siguiendo la cadencia marcada por Peter pero poco a poco la incrementó. Dolía pero el placer lo superaba con creces. Era Peter.
Su Peter.
Todo estalló y sus propios gemidos se entrelazaron con los de él. El peso de su cuerpo quedó recostado sobre el suyo. Pesado, resbaladizo y tan familiar. Su olor, su sabor, su textura, la forma de sus músculos, la rápida respiración que poco a poco, muy lentamente, se iba sosegando.
Se le escapó una risa inesperada logrando con ello que ese duro rostro se alzara y las partes inferiores de sus cuerpos chocaran una vez más. Gruñó suavemente. Seguía sintiéndolo enorme en su interior.
Las respiraciones se iban acompasando, con dificultad.
─Yo también tenía razón en otra cosa, grandullón.
Una suave pregunta en forma de murmullo junto a su cuello casi le hizo soltar una suave risa. A Peter le gustaba el contacto y las caricias. Le agradaba sentir sus pieles unidas y no le avergonzaba mostrarlo.
Con suavidad y tras un peso demasiado se deslizó fuera de su cuerpo hasta quedar tendido a su lado. En la misma postura que habían acostumbrado a asumir en el lecho. De costado ambos. Él delante, Peter detrás.
Pero no en esta ocasión. No para lo que tenía que decir. Para lo que necesitaba decir. Para eso, debía mirarle de frente. Le costó un poco separarse debido al musculoso brazo que el grandullón ya había colocado sobre su cintura. Una pequeña punzada de dolor le hizo protestar al volverse, causando el fruncimiento de las oscuras cejas.
─Te duele.
─No.
Esos negros iris le retaron a mentir.
─Bueno, un poco. Eres algo…
─¿Grande? ¿Potente? ¿Mañoso?
Demonios, no tenía remedio. La sonrisa afloró en su boca ante la ceja alzada con picardía. El bailoteo terminó de derretirle. Le encantaba su humor. También su dureza, su gentileza y su ternura.
─Hermoso.
La mirada de sorpresa de Peter no le pilló desprevenido. La pregunta brillaba en esos iris.
─Como imaginé.
Otra suave interrogación en la mirada, pero Peter comenzaba a darse cuenta de lo que quería, de lo que necesitaba decir. Lo leía en esos ojos. Tragó saliva antes de hablar.
─Amarnos fue tan hermoso como imaginé.
Peter no contestó. Sencillamente le recorrió el rostro con la mirada, ladeó ligeramente la cabeza alzándola de la almohada, acercó la mano derecha a su mejilla y con extrema suavidad colocó uno de sus rubios rizos tras la oreja, en un gesto tan entrañable, como íntimo.
En un gesto que para ambos equivalía a pronunciar un te amo.
Un te amo… con todo mi corazón.
Para siempre.
V
La expresión en el arrugado rostro del viejo Lucas fue suficiente para ponerle sobre aviso. Estaban a solas en su casa tras acompañarla el viejo marinero al hogar. Se negaba con rotundidad a que hiciera el camino sin vigilancia desde las oficinas de Marcus y en parte se lo agradecía. Las calles de la ciudad se habían tornado peligrosas y más para una mujer sin acompañante. A veces, incluso ni eso servía de parapeto a un posible secuestro, asalto o peor, mucho peor.
Les constaban nuevas desapariciones de mujeres. Jóvenes, de mediana edad. Alguna, apenas adulta. En plena calle y sin testigos pese a que un par habían ocurrido en zonas concurridas. No lo terminaba de entender. Con la investigación de las peleas clandestinas por parte de la policía y las redadas en el mismo centro del corazón del clan de los Bray creyeron que las desapariciones se cercenarían de cuajo pero no había sido el caso. Lo que no terminaban de hilar era aquello que las unía con Saxton, con el gremio de carniceros, la paliza sufrida por uno de ellos y el todopoderoso Ayuntamiento de la ciudad de Londres. Nada parecía tener sentido para una mente abierta y medianamente despejada.
─Jefa.
El viejo marinero no era un hombre que se anduviera con delicadezas ni tonterías almibaradas, por lo que se cuadró, apartó los papeles que debía terminar para la reunión prevista con Marcus a primera hora de la mañana y centró su atención en la angustiada mirada que exhibía su viejo amigo.
Su cuerpo se tensó instintivamente.
─¿Qué ocurre?
─Conozco a Patrick MacShane desde críos, muchacha y no es un hombre temeroso. Quizá lo sea del altísimo pero no de lo humano. Y está asustado. Muy asustado.
La extraña frase le dejó helada. Tampoco era un hombre que se anduviera con rodeos por lo que la aprensión llenó su mente. No interrumpió permitiendo que su viejo amigo decidiera el ritmo a seguir.
─Les dijeron que si callaban, la recuperarían pero han pasado tres meses, jefa. Y temen haberla perdido para siempre.
─¿A quién?
─A su nieta. A su única nieta.
─¿De qué hablas, viejo?
Un suspiro dio paso a una frase casi atropellada.
─Es un viejo amigo. Ayer noche vino a verme suplicando ayuda, niña y no es un hombre que la pida con facilidad. Hace unos meses hubo de dejar la vida en alta mar porque su mujer cayó enferma. Las manos de su esposa apenas le respondían ya para coser y le resultaba imposible entregar los remiendos que le encargaban para zurcir. La familia no podía aguantar a que él amarrara en puerto, a la espera de su salario. En años anteriores subsistían con lo que sacaba su mujer pero al caer enferma, dejó de ser una opción. Además, su nieta estaba preñada por lo que volvió a casa. No le quedaba otra salida.
─Sigue.
Una sensación de ahogo comenzaba a invadirle el pecho. Una sospecha. Una maldita sospecha.
─Su nieta desapareció de la noche a la mañana, Elora, pero no dieron parte. Recibieron una misiva explicando que si no informaban a las autoridades, se la devolverían viva. Nada más. Callaron, muchacha y se equivocaron al hacerlo. Eso significa que han desaparecido más mujeres de las que controlan las autoridades. Puede que muchas más.
Una imagen surgió en su mente. Nítida y poderosa. Dos pequeñas figuras tendidas en un estrecho colchón, acurrucados, uno contra el otro, en el piso de arriba. Sus pequeños. Su Evan y su Katie. Indefensos y dormidos pero protegidos por una madre que mataría por ellos. Sin dudarlo un segundo, sacrificándose ella misma si fuera necesario.
La peor pesadilla en la que unos padres o unos abuelos pudieran verse envueltos. Que se llevaran a sus pequeños y no poder hacer nada para evitarlo. Nada. Un escalofrió recorrió su cuerpo.
No volver a verles.
La locura en vida.
Fijó la mirada en los claros y preocupados ojos de su viejo amigo pero no llegó a pronunciar la pregunta que parecía empujar desde el fondo de su garganta.
─Debiste decírselo a Marcus. No le gustará no haberlo sabido de primera mano, viejo amigo.
El gruñido del hombre le hizo acallar lo que estaba a punto de expresar.
─El jefe está atontado con esa nueva mujer y la endiablada cena encorsetada que está organizando.
─Jules Sullivan es una buena mujer, Lucas. Una gran mujer.
─Pero, ¡no eres tú! ─El viejo lucas se levantó con brusquedad como si con ello quisiera borrar el exabrupto lanzado y con él, la muestra de inmenso cariño surgida. Se alejó unos pasos para alcanzar un paño que reposaba cerca del fuego, antes de volverse hacia ella─. No eres tú, muchacha.
Un puntazo de tristeza que no pudo frenar debió reflejarse en su rostro. En todo su maldito esplendor y si algo caracterizaba a su viejo amigo era que podía leer en sus facciones como un libro abierto, sin secretos ni dobles pliegues. Demasiados años trabajando con ellos, conociéndose y encariñándose.
─Niña, no debieras guardarlo dentro. Duele demasiado.
Fijó su mirada en los ojos que no se apartaban de ella y casi soltó la carcajada de amargura que con el paso del tiempo cada vez pugnaba más por salir descontrolada. Cómo un rostro tan duro, con los rasgos cuarteados de haber permanecido media vida en alta mar y otra mitad en los bajos fondos podía mostrar semejante dulzura, le enternecía hasta lo más hondo y ello causaba que fuera incapaz de mentir al anciano que le veía como una hija.
─No puedo, viejo. No puedo.
─Hazlo, muchacha. Quizá te sorprendas.
─Se reiría. Me miraría con cara de no entender o de no querer entender para evitar rechazar algo que no desea que le sea ofrecido y yo moriría un poco por dentro. Cada día más, sabiendo que no me quiere.
─Él te quiere, muchacha. Estoy seguro ello. También el viejo Sampson.
─Puede, pero no como yo desearía. Me conformo con lo que tengo, viejo amigo. Es suficiente.
─Pero ha de doler, Elora.
─Puede pero más dañaría no verle o que me mirara con compasión o pena.
Sintió una dulce caricia en el cabello. Tan suave que creyó imaginarla hasta que volvió la cabeza.
─No te preocupes, muchacha, que el viejo Sampson y yo estamos en ello.
Ay, Dios mío.
─Viejo…
─Tú déjalo en mis manos. El atontado ni se lo imagina, muchacha. El acecho y abordaje ha comenzado. Hemos indagado y tenemos un plan. Un glorioso plan para que todo sea como debe ser. Para que se encauce todo.
─¡Lucas!
─De aquí a un año te veo con otro retoño entre los brazos. Bueno, démosle al plan algo más de tiempo y está hecho. Tras una ardua investigación por parte de los hombres hemos localizado al pretendiente perfecto y el plan está prácticamente esquematizado. Un gran plan. Sólo tienes que enseñar un poco más de pechuga, muchacha ─no podía estar escuchando lo que estaba oyendo. No. Imposible─. Al jefe a veces se le van los ojos, jefa. Te persigue con la mirada y se relame. El otro día perdió el hilo de la frase porque estiraste un poco la espalda. Tú no te das cuenta pero el viejo Sampson ha punteado en una hoja las veces en que lo hace al día. Unas cuantas. Innumerables, en realidad. Casi llenamos la condenada hoja y el viejo tiene una letra más bien esmirriada. Eso no le ocurre a un hombre con las miras en otro lado. No señor .
─¡Viejo!
─Dime, niña.
─Ni se os ocurra meteros de por medio.
─¿Dónde?
─¡Ya sabes dónde!
─Niña, es que el muchacho está ciego. Como un topo. No ve delante de sus narices y es ahí justo donde está el tesoro escondido. A plena vista.
No supo si reír, llorar, darle un achuchón al viejo marinero que le observaba como si no comprendiera su falta de total apoyo a una planificación infalible y completamente racional.
─Os va a despellejar vivos.
─Puede, niña pero valdrá la pena. Por ti, valdrá la pena.
Un nudo inmenso de emoción le trabó la voz. Al completo, por lo que lo único que se vio con fuerzas para hacer, fue acariciar con suavidad la áspera mano que se había posado sobre su hombro.
Insensatos hombres. Y tan queridos.
La vieja tetera que se calentaba al fuego comenzó a pitar insistente. Una taza caliente les vendría a sus estómagos como miel a la amargura.
Se levantó con rapidez de la silla que ocupaba en la planta baja de la casa, en la caldeada cocina, para apagar el fuego y añadir un seco leño a la estufa. Fuera hacía un frío de pelar los huesos y alguna que otra corriente se colaba a través de los desgastados marcos de las ventanas que daban al exterior.
Extendió la mano para cerrar otro poco más las claras cortinas y sirvieran de parapeto al frío. La dejó inmóvil rozando la clara tela. Una sombra acababa de cruzar por delante del ventanal. No. Dos sombras. Y ella no esperaba visitas esa noche.
******