Capítulo 4

 

I

 

              Pese a la llegada de la primavera, el viento era fresco.

              Sorteaban carruajes, otros jinetes y a los pocos transeúntes que optaban por cruzar la calle, arriesgándose a ser arrollados por las ruedas de un carro o las robustas patas de los rocines. Y la distancia  hasta el hospital parecía alargarse en lugar de disminuir con cada paso que avanzaban.

              Le sudaban las manos pese a agarrar con fuerza las riendas y su mente no podía apartar esa imagen. La misma que le despertaba de sus pesadillas con el corazón completamente desbocado, sudoroso y angustiado. Por las noches no escuchaba sus propios gritos llamando a Rob pero sí Doyle o Julia quienes acudían pálidos a su cuarto en plena oscuridad para intentar tranquilizarle.

              Como si eso fuera posible. Demasiadas veces como para llevar la cuenta o para esperar que no se repitiera en cuanto cerrara los ojos.

              Doyle insistía en que debía contárselo a Rob, que esconderlo le estaba carcomiendo por dentro pero, ¿cómo hacerlo, si apenas se hablaban? ¿Cómo hacerlo si hasta a él le costaba aceptar que ese temor se estaba convirtiendo en una obsesión?

              Esa maldita imagen que se repetía en su mente una y otra vez.

              Él a un lado del pasillo. Rob y Martin Saxton al otro. Una odiada verja de hierro separándoles.

              Y no cedía.

              Nunca cedía, impidiendo que le alcanzara, que le aferrara con todas sus fuerzas para que no se lo llevaran. Después el golpe y presenciar, sin poder evitarlo, cómo le alejaban de él, arrastrándole por el polvoriento suelo.

              Siempre lo mismo.

              Ese terror y la desmadejada figura de la persona que se ama, haciéndose cada vez más pequeña, alejándose entre sus roncos gritos y la risa enfermiza de Saxton. Dios, estaba aterrado. Le palpitaban las sienes tan sólo de pensar que al llegar, Rob pudiera haber desaparecido otra vez.

              Su pesadilla convertida en realidad. Una vez más.

              Hincó los talones de sus botas con suavidad en los flancos de su caballo y como si éste sintiera su ansiedad, parecía volar sobre el empedrado.

              El edificio era práctico y se distinguía en la distancia, con esa entrada de dos pisos, algo más pronunciada que el resto de las edificaciones que la rodeaban. Sobria. Las puertas del hospital de San Bartolomé estaban abiertas de par en par tras el arco de entrada y accedió con rapidez al interior dejando atrás por unos instantes a Guang acomodando las monturas.

Hacía frío en el interior, casi tanto como en el exterior.

              Un rostro femenino e inaccesible le observó desde el otro lado de una ventanilla que apenas dejaba otear lo que ocurría en esa habitación.

              No le dio tiempo a indagar antes de que le indicara su nombre, apellido y la razón de su llegada.

              La inquietud pareció filtrarse en esos ojos acuosos al contestarle que no había sido avisada de su llegada y que tendría que esperar a que llegara el responsable del ala en la que solicitaban acceder.

              Esperar.

              La mujer chocheaba.

              A su izquierda sintió la presencia de Guang y frente a él, el asombro de la mujer que tenía dificultad en apartar la vista de su menudo amigo.

              ─Señora, hemos sido llamados por el inspector Norris de Scotland Yard y nos espera en el ala este. Usted decide. Nos facilita el camino a seguir o despierto de un descomunal grito a todos los pacientes que tratan en este agujero. Tiene tres… cortos… segundos.

              La mujer boqueaba tratando de aspirar algo de aire.

              ─Uno…

              Muy bien.

              ─Dos…

              Tocaba escandalizar al personal.

              ─¡Peter!

              La sensación fue la de un peso asentarse en su estómago al escuchar esa voz medio enfadada a poca distancia y no perder los nervios resultó un completo logro. Más aún teniendo en cuenta que en pocos segundos comenzaron a agolparse a su alrededor numerosas personas. Algunos vestidos de calle, preparados para irse o recién llegados. Curioseando sin pudor alguno. A otros les cubrían ropas sencillas, de color crema y ajadas, que les identificaba como pacientes del lugar. Iban y venían sin control alguno.

              Increíble.

              Una dama menuda y regordeta con el cabello corto y desaliñado que le tapaba media cara se acercó a grandes pasos a Rob y le rodeó con sus brazos causando que éste detuviera su caminar de golpe, sin llegar hasta ellos. Su redondo rostro parecía estar cubierto de polvo y mugre. La coronilla de la mujer apenas llegaba al hombro masculino pero se alzó de puntillas para susurrar algo antes de que un par de enfermeros le separaran sin miramientos y le alejaran de Rob, quien le siguió con la mirada sorprendida.

              Por todos los…

              Sano y salvo. Y sin rasguños apreciables a simple vista.

              Le iba a estrangular con sus propias manos.

              No había terminado Rob de alcanzar el lugar donde le esperaban cuando no aguantó más.

              ─¿¡Acaso no tienes sesera bajo toda esa pelambrera!?

              ─Muy gracioso, Peter. Mira cómo me rio.

              ─Hablo en serio, Rob.

              Éste apretó los labios en una fina línea y ¿acababa de rezongar el canijo?

              ─Luego hablamos, Peter.

              Y tanto.

              ─Puedes jurarlo, amigo.

              El leve carraspeo precedió a un torrente de palabras apenas comprensible por la rapidez con la que hablaba Rob. Y eso nunca, jamás era buena señal. Dios, si hasta se comía las palabras.

              ─Me he agenciado un tutelado. No sé muy bien cómo pero lo hecho, hecho está. Es Titus y… Bueno, ha quedado meridianamente claro que nadie sabe la razón por la que está aquí encerrado. Su ficha no existe salvo para señalar su nombre y fecha de nacimiento y ni siquiera eso es de fiar. Ocultan algo, Peter y no… pienso… dejarlo en sus manos. Y para colmo han tratado de ahuyentarnos.

Respiró profundamente antes de mantener una conversación medianamente sosegada con Rob. De intentarlo, al menos.

              ─¿De dónde?

              ─ De la celda.

              ─Me refiero a que de dónde os han intentado alejar.

              ¿Le miraba el canijo con ojos extraviados?

              ─Te lo acabo de decir, Peter. No me escuchas. De la celda de Titus.

              ─¿El interno de la celda 223 al que se refería Clive?

              ─Ese mismo ─otro carraspeo─. He solicitado quedar a su cargo.

              ─¿Cómo dices?

              ─Lo que acabas de oír, Brandon.

              Sosiego. Un cuerno.

              ─Ya, pero puede que tus labios hayan querido decir una cosa y tu cerebro se haya ido por otros derroteros. No sería la primera vez.

              ─¿Me estás provocando, Peter?

              ─¿Yo? ¿A alguien tan cabal como tú? Que adopta a un perturbado sin pensarlo dos veces y pretende llevarlo a su casa donde carece de espacio y gente para atender adecuadamente a… a…

              ─A Titus.

              ─¡Ya lo sé!

              ─No hace falta ponerse gruñón, Peter. Tú hubieras hecho lo mismo en mi lugar.

              ─No, Rob.

              ─Sí.

              ─No.

              ─Sí.

              ─¡No! Y como digas sí de nuevo, ¡no respondo! ─apretó los puños dos segundos, los suficientes como para recobrar la calma al creer escuchar de entre los labios del canijo algo semejante a un que poca contención─. Diablos, canijo, me falta nada para estallar y te aseguro que no quieres dar semejante espectáculo a los buenos ciudadanos londinenses que nos están mirando con los ojos fuera de sus cuencas.

              Rob abrió los azulones ojos y ojeó los alrededores.

              Los curiosos se agolpaban por momentos, provocando que se sintieran  observados como peludos monos de feria. Con cajas destempladas Rob les mandó seguir su camino por orden de la sacrosanta policía, sus numerosos y estirados superiores, su grandiosa majestad la reina Victoria entremezclando  las frases con un estrambótico sonido que sonaba a un chop─chop, hasta que sólo quedaron ellos. Al fin. Y Guang, claro. Rob optó por hablar pero Peter se le adelantó.

              ─Os venís a mi casa.

              Eso le dejó seco.

              ─¡Qué!

              ─He dado orden de que os preparen estancias al viejo y a ti en la mansión. Hay espacio más que suficiente y muchas manos para ayudar. Claro que ahora tendremos que preparar otra para tu protegido y contratar personal especializado.

              Las palabras se le atascaron en la garganta a Rob.

              ─No pienso instalarme en tu casa.

              ─Lo harás.

              ─Y un cuerno, Peter. No necesito limosna.

              La vena de la sien le iba a estallar. Palpitaba demasiado.

              ─No, amigo. Lo que necesitas es un buen mamporro y al paso que vas, todo llegará.

              ─¿Es eso una amenaza?

              ─No. Una… promesa.

              Y, ¿por qué demonios no podía dejar de mirarle esos malditos labios? ¡Si dejara de humedecérselos con la lengua quizá dejara de distraerse con una mosca!

              ─Así vas por mal camino, Peter.

              Está bien, está bien.

              No le mires.

              Eres un hombre adulto, con raciocinio. Con éxito. Has pasado por mucho y has salido entero. Algo tocado pero entero. Un canijo desastroso con ideas de perogrullo no podría con él, ni con su paciencia.

              Esos labios, ¡diablos!

              ¡No… le… mires! Mira al frío y duro suelo. ¡Maldita sea! Duro, no. Frío. Eso, muy, muy frío y desagradable al tacto. Eso y…

              ─¡Peter!

              ─¿¡Qué!?

              ─¡Estás en las nubes, otra vez! Empiezas a preocuparme.

              ─¡Es tu culpa!

              El gesto de exasperación de Rob fue acompasado por una descarada mueca de hilaridad de Guang que llamó la atención del primero.

              ─Tu hombre se ríe de nosotros, Peter.

              Se inclinó hacía su menudo amigo.

              ─Así no me ayudas, Guang.

              El peculiar brillo en esos ojillos rasgados debió ponerle sobre aviso.

              ─Vosotros ser raros. Tú besar ahora al canijo y arreglar problema. Yo daros mi bendición, Peter.

              Rob casi se ahogó con su propia saliva. Y él… Él se puso rojo como la grana pese al tono de su piel. Gracias a los cielos los curiosos hacía rato que se habían dispersado. Una auténtica pesadilla en pleno estado de consciencia.

La guasona vocecilla de Guang se lanzó de nuevo a la carga.

              ─Vamos, Peter. No tener todo el día. Ale, ale.

              Instintivamente dio un paso adelante, reaccionando Rob alejándose la misma distancia.

              ─¡Ni se te ocurra!

              Dios, le chiflaba cuando se ponía todo pudoroso.

              ─¿Te da vergüenza, Rob?

              ─¡No!, ¡sí! Esto es ridículo y no te acerques, Peter.

              Alzó las manos en señal de rendición, logrando con ello que Rob no cayera de culo al suelo por su ansia en alejarse. Ni que lo fuera a morder.

              Morder…

              Las imágenes comenzaron a sucederse en su mente a una velocidad vertiginosa hasta que recibió un suave codazo en el costado. La perspicaz sonrisa de su menudo amigo consiguió devolverle al mundo real, lejos de sus fantasías.

              De acuerdo. Sin posar la mirada en Rob decidió que era el momento de lanzar el contraataque.

              ─Y si aceptan  tu petición de llevarlo contigo a casa, ¿quién cuidará a Titus mientras estés trabajando? ¿Tú padre? ¿Y si fuera peligroso, Rob? Piénsalo bien.

              La mirada ligeramente desorientada de Rob de inmediato se aclaró, frunciendo los labios.

              ─No lo es, Peter. Debieras verlo.

              ─No lo sabes con seguridad. En la mansión se le puede vigilar.

              Tocaba utilizar con total desvergüenza el peso pesado del razonamiento.

              ─No puedes arriesgarte a que quede a solas con tu padre y vayan a por él y lo sabes. Si como dices, le tienen aquí encerrado para ocultar algo siniestro, tratarán de callarle y aprovecharán cualquier resquicio para eliminarle.

              La duda comenzaba a resquebrajar la seguridad del canijo y se podía percibir a la legua. Le conocía demasiado como para no darse cuenta. Dios, ese enorme corazón que tapaba todo lo demás. Ese afán por proteger.

              ─Está bien, Peter pero será temporal. Hasta que organice algo por mi cuenta.

              Pues se iba a helar el infierno para entonces, si él podía evitarlo. De ésta no escapaba.

              Esos azules ojos se clavaron en los suyos. Suspicaces.

              ─Prométeme que no…

              Intuía lo que se acercaba y tenía tan clara la contestación que la barbotó antes de dejarle terminar.

              ─No dejaré de intentarlo, canijo. Nunca. No me rindo.

              ─¿Cómo puede alguien ser tan terco e insensato?

              Le guió el ojo, provocando a su espalda la risilla descarada de Guang.

              ─Es un don.

              Una sonrisa incontrolable asomó a la boca de Rob.

              Por primera vez en días notó algo de calor en su interior alejando esa maldita frialdad de sus huesos. La situación se había vuelto caótica pero no era nada nuevo en sus vidas. Al menos le tendría cerca de él. A una fina puerta de separación de distancia. Y los días y las noches daban para mucho.

              Para hablar, para rozarse… Para besarse.

              No pudo evitar sonreír con picardía. Sin darse cuenta de que la clara mirada no se apartaba de él, con completo recelo. Al fin las aguas parecían estar volviendo a su cauce aunque fuera contracorriente.

              ─Peter, me estás desquiciando con esa sonrisa.

              ─No me extraña.

              ─¡Peter! ¿Qué diablos planeas?

              ─¿Yo?

              ─Sí, tú.

              ─Naaada. Actuar como un gran anfitrión y hacerte sentir a gusto. Cómodo. Como en casa. Calentito. Poca cosa.

              Al canijo le iba a dar un sincope y él lo iba a disfrutar. Segundo a segundo, saboreándolo.

              Se giró para hablar con Guang cuando escuchó fluir la suave voz del canijo.

              ─Ella me dijo que le sacáramos de aquí, Peter.

              ─¿De qué hablas?

              ─La mujer que se me abrazó. La del cabello corto. Apenas le pude ver pero me dijo que si queríamos salvar a Titus que nos lo lleváramos con nosotros. Hoy.

              Ahora entendía la expresión sorprendida de Rob al soltarse la mujer de él. Con la oscura mirada recorrió los alargados y tétricos pasillos, las paredes, el brillante suelo y una sensación de pura maldad lo golpeó de lleno.

              ¿Qué diablos estaba ocurriendo en ese maldito hospital?

 

 

 

II

 

              Faltaban cinco minutos para que diera inicio la reunión con los hombres que desde esa mañana estaban bajo sus órdenes. Sus pocas pertenencias ya estaban colocadas en el despacho. Le había dado tiempo a leer y repasar con detenimiento los informes o casos asignados a los agentes. Nada fuera de lo normal.

              Hurtos, peleas, chantajes de poca monta y la extraña y singular desaparición de la enfermera Barbara Gates.

              La piel se le erizó al comenzar con la lectura del caso asignado a Clive y a Norris y eso nunca era buena señal. Sus instintos despertaron de golpe.

              La hermana mayor de la enfermera había informado que ésta no había vuelto a casa como hacía todos los días desde que había comenzado a trabajar en el Hospital de San Bartolomé. Seis meses dedicada al cuidado de los enfermos del pabellón dos del ala este. No era un lugar agradable para una mujer pero le habían asignado la tarea debido a la escasez de personal y a su buena mano con los pacientes.

              Era demasiado joven.

              Veinticuatro años y una vida desperdiciada o al menos eso era lo que parecía o lo que todos creían. Por su parte, hasta que no localizaran el cuerpo, no le daría por perdida e imaginaba que Clive haría exactamente lo mismo.

              Se preguntó qué demonios estaría haciendo en esos momentos el pecoso pero lo apartó de su mente. Más tarde tendría ocasión. Ahora, tocaba conocer a sus hombres. Una primera impresión y después ahondar en sus peculiaridades, sus manías, sus formas de trabajar, sus vidas.

              Su integridad.

              Ordenó los papeles que había desperdigado por la superficie de la amplia mesa, introduciendo en una carpeta de piel los que le interesaban y se levantó de la silla para salir de su despacho. A medio camino un corto golpe en la entrada sonó con claridad por lo que en un segundo alcanzó el pomo abriendo la cerrada puerta.

              Al otro lado, un joven agente.

              Más que joven parecía recién reclutado. Una incipiente y rala barba asomaba a su puntiaguda barbilla y estaba pálido, con ostentosas ojeras bajo los claros ojos. Unos ojos vivos aunque cansados. Casi agotados.

              ─Disculpe la interrupción, señor pero me dijeron que ya estaba instalado y…

              ─¿Sí?

              Le observaba casi con miedo.

              ─Y necesito hablar con usted. Bueno, mi compañero y yo esperábamos que nos diera unos minutos para hablar con usted en privado, señor. Soy el agente Roberts y mi compañero es el agente James. Llevamos esperando su llegada unos días.

              Curioso.

              ─¿Cuánto tiempo hace que pertenecen al cuerpo?

              ─El suficiente, señor.

              Extraña contestación como si insinuara que ya había visto más que suficiente a su edad. Su intriga se disparó al instante pero le aguardaban abajo y no tenía por costumbre hacer esperar a sus hombres.

              Fijó su vista en el desgarbado joven.

              El uniforme estaba bien cuidado pero le quedaba ancho, como si hubiera perdido algo de peso recientemente y miraba a espalda constantemente. Daba la sensación de que esperara una emboscada en cualquier momento. Su actitud era vigilante.

              ─Está bien, agente pero tendrá que ser más tarde. En unos minutos tengo una reunión inaplazable.

              La postura del joven agente se relajó al momento como si un inmenso peso hubiera desaparecido de sus caídos hombros.

              ─Nos ha tocado vigilancia de calabozos, señor pero si es posible preferiríamos no dejarlo para otro día. Es urgente.

              ─¿A qué hora terminan el turno?

              ─De madrugada, señor.

              ─Les esperaré en mi despacho a primera hora de la mañana. No se retrasen. Ambos.

              Una sonrisa cubrió el rostro del joven.

              ─No lo haremos señor. Puede jurarlo y gracias, señor. Sé que es su primer día pero… ─el agente tragó saliva─ …gracias.

              Demonios. El joven farfullaba del alivio.

              Tras un breve saludo el muchacho se lanzó escaleras abajo, dando la impresión de haber renacido tras la curiosa conversación, sin darse cuenta de que varios ojos seguían su veloz descenso.

              A punto estuvo de llamarle en voz alta para continuar con la charla. Le picaba la curiosidad y esa sensación que le recorría en ocasiones, ahí estaba.

              En pleno apogeo.

              Peligro.

              Desde lo alto de la escalera recorrió con la mirada el piso inferior captando el indiscreto examen de no pocos hombres uniformados. De reojo atisbó el pasillo que daba a la sala de reuniones, repleta de nerviosos agentes.

              Apartó de su mente la angustiada mirada del agente Roberts.

              Tocaba presentarse a su gente.

              Después, esperar a Clive.

 

III

 

              Se daba cuenta de que estaba ralentizando el paso según enfilaba la calle que ubicaba la comisaria pero sus cortas piernas no parecían querer responder al impulso ordenado por su cerebro. Le pesaban una tonelada.

              Ross ya estaría instalado y casi podía jurar que le habría disgustado no haber dado con él para mangonearle. Tendría que soportarlo, al igual que él aguantaba sus bruscos cambios de humor, creciente mal genio, impaciencia y órdenes. El muy empecinado no quería decirle qué demonios le ocurría. Ni una ligera idea y no terminaba de entenderlo.

              Siempre habían hablado de todo, como amigos íntimos que eran pero algo había cambiado con su ataque. Algo difícil de explicar con palabras.

              Le tenía totalmente descolocado. Y no conseguía salir de su estupor.

              Aborrecía esa sensación de desorden.

              La abuela de Ross, en una de sus habituales visitas a la mansión Torchwell, había insinuado, entre susurros, que la causa del creciente mal genio del gruñón era un inesperado y aterrador mal de amores. Le encantaba esa anciana y jugaba a los naipes como un verdadero tahúr. No había forma de vencerle. Había perdido la cuenta de las veces en que le había suplicado la revancha para enfrentar otra aplastante derrota minutos después.

              Y trampear a una anciana era inviable. Su código de conducta le impedía hacerlo. Bueno, hacérselo a cualquiera y punto. Eso no significaba que en sueños no hubiera logrado una apabullante y merecida victoria. Propia de un campeón. Dios mío, que sensación más acongojante. Casi se echó a llorar en sueños de la emoción.

              De vuelta a la triste y humillante realidad la anciana se reía con esa contagiosa risa tan semejante a la de su nieto y anunciaba que él no tenía una pizca de maldad en todo su cuerpo por lo que jamás ganaría a los naipes pero que le gustaba su honestidad. Le gustaba mucho.

              ¡Ja!

              Su gruñón amigo enamorado de una dulce damisela y por el mal genio que gastaba últimamente, quizá ésta le había rechazado. Algo incomprensible para el imán femenino en que se había convertido Ross desde su último estirón juvenil. Ya podría él medir unos cuantos centímetros más y borrar de su rostro esas condenadas pecas. Quizá así dispusiera de algo de ventaja con las señoras.

              No, si al final iban a ir a la par en eso de los amores no correspondidos.

              Él le había echado el ojo a la señorita Melody Maple. La dispuesta, diligente y tranquila señorita Maple. Un cielo de institutriz con una maravillosa mano para los niños que educaba y por qué no decirlo, estaba de muy, pero que muy buen ver. Dos años más joven que él, trataba de enamorarla con sutileza pero por el momento, no había dado frutos su insistente cortejo. Vale, su torpe cortejo.

              Quién se iba a imaginar que a una dama le podía sentar mal el exceso de dulces. Una urticaria en el sentido más amplio de la palabra había sido su último tropiezo. Rascarse manos y antebrazos hasta la extenuación, al parecer, no era algo que debiera provocar un pretendiente. Desde entonces se negaba a recibirle. La última le dio con la puerta en las narices pero él no se amilanaba. Ni que hubiera intentado matarle a dulces.

              El podía engullir una tonelada y el cuerpo le pedía más, nunca menos.

              Le tendría que pedir ayuda al gruñón dado su éxito con las mujeres de todo tipo y edad. Necesitaba descubrir cómo diablos conseguía que babearan por él y que le mandaran notas invitándole a sus dormitorios.

              El cortejo era un arte en sí mismo, ¿no? Eso comentaban las mujeres o puede que lo hubiera soñado en algún momento de su vida.

              Se estaba haciendo mayor y un hombre necesitaba una mujer a su vera. Una dulce y tranquila mujer que le recibiera en casa con los brazos abiertos y a la que no le importara que fuera pelirrojo y pecoso, paticorto, algo cegato y efusivo con las expresiones cariñosas.

              Todo lo contrario a la abuela Clotilde. Aspera y gruñona se había jurado desde niño ser lo opuesto a ella en todos los aspectos. Y lo había conseguido.

              Sonrió con benevolencia.

              A las mujeres les agradaban los hombres cariñosos, ¿verdad?

              El lo era.

              Sin darse cuenta se encontró de sopetón con la fachada principal de la comisaria y con el único agente con el que hubiera deseado no encontrarse. El inspector Glenn. Scott Glenn. Menudo hijo de mala madre.

              ─¿No tendrías que estar con tu amiguito, Stevens?

              Canalla persistente.

              Por alguna razón que se le escapaba el único grupo de compañeros que le hostigaban continuamente estaba encabezado por el hombre con el que acababa de cruzarse al ascender los escalones de entrada a comisaría. La mano derecha del anterior superintendente. Un maldito agente retorcido y mal avenido cuyo mayor entretenimiento, por lo visto, era incordiarle a él cuando le pillaba desprevenido.

              ─Te perdiste la reunión con el nuevo jefe. Aunque te dará igual, ¿verdad? Para lo poco que pintas en esta comisaría. ¿Por qué no lo dejas, chico? Nos harías a todos un favor. La comisaría dejaría de apestar a rata.

              La burda insinuación le puso de los nervios pero no iba a estallar. Esa mañana, no.

              Dos encontronazos y una pelea a puñetazos en diez días habían cubierto el cupo del mes. Tenía demasiados problemas entre manos como para desviar su intención con estúpidas malas lenguas.

              ─¿No contestas, niño bonito?

              Le ignoró sin una mirada atrás pero el malestar no se lo quitó de encima hasta encarar su mirada la del veterano agente Strandler que tras el mostrador de recepción parecía esperarle con impaciencia.

              ─El nuevo superintendente le espera en su despacho, inspector. Ahora mismo.

              Los escalones le recordaron a los del cadalso. Una pesadilla en toda regla. El movimiento a su alrededor era incesante. Agentes uniformados con detenidos, gritos, empujones, carreras y miradas subrepticias. Odiaba que todos supieran que había instado el traslado so pena de perder su rango de superintendente disparando los chismorreos, pero lo que más le fastidiaba eran las risas de soslayo y las muecas de burla al pasar cerca de cualquier grupo de agentes.

              Le había dejado bien claro que no pertenecía a esa comisaría, que no le consideraban uno más y que no por haber sido superintendente le iban a tratar con deferencia, sino todo lo contrario.

 

              Apestado.

 

              Eso le habían llamado en su última riña con los compañeros.

              Si una rata era mal vista, quien las protegía era peor desde el punto de vista de los policías. Flexionó el brazo contra el costado. Todavía lo sentía magullado pero no podía dar muestras de flaqueza porque le destrozarían. Al menos el resto de los morados, salvo los del rostro, los ocultaban las ropas.

              Conocía de sobra lo que estaba iniciando al emparejarse con Rob pero lo cierto es que no imaginó el alcance de la malicia de varios de los agentes con los que debiera trabajar codo con codo. Ni que como una jauría le fueran a atacar en grupo. De no haber sido por la interrupción del mismo agente que acababa de decirle que Ross le esperaba, el enfrentamiento habría acabado mal, para él.

              Posó la palma sobre la madera de la puerta. Sin llamar. No estaba de humor para broncas ni con tiempo que perder.

              ─¡Pasa!

              ¿Cómo diablos sabía que estaba al otro lado?

              A veces le desesperaba esa innata intuición. Atravesó el dintel tras empujar la puerta y decidió que era mejor un buen ataque a una floja defensa. Sin centrar la mirada en la imponente y algo borrosa figura sentada tras el escritorio, barbotó como una criatura las palabras. Menuda chapuza.

              ─No tenemos tiempo de discutir, Ross. Imagino que estarás al tanto que nos han asignado un caso ─se arriesgó a asentar la mirada en el rostro de su mejor amigo. Mala idea. Rezumaba seriedad y algo más que prefería no indagar─. Norris nos espera en el hospital de San Bartolomé. El paciente que supuestamente vio por última vez a la enfermera Gates, nuestra desaparecida, es el mismo que dice haber visto a un hombre con los rasgos de Martin Saxton… ─tosió incomodo ante el silencio de Ross─ …pero ese hombre no debiera estar ahí. En el hospital, quiero decir. Me refiero al paciente no a Saxton, claro─ qué horror, parecía un novato dando el parte diario─. Así que vine en tu busca para acudir al hospital y tratar de enderezar la situación. No quisiera dejar demasiado tiempo a Rob a solas aunque Peter Brandon ya está avisado y ha acudido en su ayuda.

              De acuerdo.

              Todo dicho, más o menos.

              Entonces, ¿por qué parecía que Ross no había atendido a una sola palabra? ¿Estaría en trance? Decidió resumir en esta segunda ocasión.

              ─Tenemos que sacar a ese hombre de allí dentro, Ross. Ya.

              Quemaba la mirada de esos desiguales ojos pero no iba a farfullar por mucho que le estuviera poniendo de los nervios con su mutismo.

              ─O sea, cuanto antes. ¿Nos vamos?

              El sonido de la silla al deslizarse por el piso le llenó de alivio.

              ─¿Y tus gafas, Clive?

              Odiaba que hiciera eso. Le enfurecía que Ross nunca respondiera como esperaba de él.

              ─Me las dejé en casa. Olvidadas.

              Maldición, estaba enrojeciendo y eso, en él, era señal de que estaba mintiendo descaradamente o se sentía avergonzado. Ross le conocía como la palma de su mano para darse cuenta pero no podía decirle que se le habían resquebrajado al recibir un puñetazo de un compañero que las hizo saltar por los aires y caer con un golpe seco. Supondría destapar la caja de los truenos y no era el mejor momento.

              No lo era.

              No podía reemplazarlas.

              Costaba demasiado dinero hacerse con un nuevo par por lo que tendría que aguantar con el remiendo hecho a base de cordel aunque el aspecto con ellas colocadas fuera soberanamente ridículo. Durante un tiempo se contentaría una vez más con apreciar el mundo que le rodeaba algo borroso en la distancia.

              Ross se acercó lentamente con ese endiablado aire que provocaba que la gente le dejara pasar sin planteárselo dos veces.

              ─Ya tengo preparado un carruaje listo para partir hacia el hospital ─anunció Ross.

              ─Ah, ¿sí?

              ─Ajá.

              ─¿Cómo…?

              ─¿He intuido que algo saldría mal? Una corazonada.

              ─Tú no crees en esas cosas, Ross.

              ─De acuerdo. Pura lógica. Os asignó el caso el anterior superintendente y con vosotros dos trabajando codo con codo, lo extraño es que todo hubiera ido como la seda.

              ─¡Eso no es cierto! Formamos un gran equipo. Capacitado, unido en la adversidad, intuitivo y…

              ─Más que gafe.

              Fue a protestar pero optó por callar.

              No había quien refutara eso.

              Eso no significaba que fuera a admitirlo por lo que quedó de brazos cruzados, estirándose en toda su extensión vertical. Desafiante. Portentoso. Algo intimidante.  Casi se puso de puntillas pero hubiera sido excesivo.

              Estaban de pie junto a la puerta como dos luchadores encarándose antes de comenzar la pelea. A unos pasos de distancia el uno del otro.

              Ross impertérrito.

              Él completamente colorado.

              Odiaba a muerte sus pecas.

              En ese mismo momento se dio cuenta de que los ojos de Ross se deslizaban con parsimonia sobre su amoratado rostro, sobre las malditas marcas que no habría podido ocultar ni queriendo.

              Sintió sobre su barbilla la sujeción de unos firmes dedos y el ladear de su rostro al ser guiados por éstos, hasta que apartó el rostro enfadado. No era un chiquillo, incapaz de defenderse, ¡diablos!

              ─Por supuesto.

              Su mejor amigo no dijo nada salvo esas dos palabras que rezumaban sarcasmo además de enfado a partes iguales y eso era más preocupante que si hubiera lanzado un grito descomunal a los cuatro vientos.

              Pues sí que estaba raro Ross. Y misterioso. Cada día más, hasta que recordó la insinuación de la astuta abuela de su mejor amigo.

Pobre hombre.

              Sufrir mal de amores era un asco. Un verdadero y rotundo asco. Y si no, que se lo dijeran a él que no conseguía ser el receptor de la atención de su linda señorita Maple. Bueno, siempre podrían reconfortarse mutuamente con sus malogradas historias de amor.

              Bien pensado, mejor no, que seguro que en el caso de Ross era él quien había roto o rechazado la relación sentimental en ciernes, mientras que en su caso, le habían mandado a hacer gárgaras por unos pocos dulces de nada. Lo cual, sonaba penoso. Incluso para él.

              Tras unos segundos inquietantes en los que Ross permaneció como una estatua mirándole fijamente, sencillamente éste se inclinó para asir el pomo de la puerta apartándole con la otra mano de un ligero empujón acompañado de un gruñido de exasperación y salió del despacho sin una mirada atrás esperando que él le siguiera.

              Así lo hizo ya que no tenía otra opción.

              Empezaba mal el día.

              Pues sí que estaba tocado el hombre.

 

******

 

 

Amor entre las sombras
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