Capítulo 15
I
Con espanto.
A Peter no se le ocurría otro calificativo más apropiado.
Maura Kennedy engullía plato tras plato sin rechistar y comenzaba a mostrar cierto tono verduzco. La pobre mujer recorría a todos los presentes con mirada extraviada y Peter no terminaba de decidir el motivo principal. Si se debía al gentío que le rodeaba, a la insistencia efusiva de la Sra. Pitt en que comiera más rápido para rellenar de carne esos brazos de pajarillo, rodeándole de dos primeros platos, tres segundos y un par de postres de exquisito aspecto o que al fondo del saloncito el par de figuras que más atraían su atención fueran un gigante de rostro aniñado y un diminuto hombre de rasgados ojos que con unos sencillos papeles formaban formas impactantes. O lo que venía a ser lo mismo, Titus y Guang mano a mano. Conversando en su propio y extraño idioma. Resultaba inenarrable pero el gigante había asumido en unos días la costumbre de perseguir al hombrecillo por toda la casa y lo gracioso era que si el primero se quedaba rezagado, Guang le esperaba pacientemente o volvía sobre sus pasos para que no se desorientara más de lo debido.
Se aproximaba el atardecer y la espera para que la mujer despertara de su merecido descanso había hecho mella en todos. El único cuyo humor había mejorado a lo largo de la tarde era el de Marcus Sorenson. Casi había abrazado a Guang hacía un par de horas y plantado en beso en su coronilla de no habérselo impedido Peter bajo peligro de una estrangulante llave por parte del menudo hombre. La estrecha y curiosa relación forjada entre Titus y Guang había provocado que Elora dudara acerca de su decisión de llevarse al gigante a su destartalado hogar.
No había borrado la idea del todo de esa terca cabecita pero como había susurrado con una fogosa mirada Marcus, con esa hembra cualquier mínimo avance era un logro en comparación con su reciente comportamiento. Había sido contundente en compartir su reciente descubrimiento. Pondría su mano en el fuego de que todo era culpa de la memopausia esa que les daba a las mujeres de cierta edad. Pero la cerebral, no la de las zonas bajas e íntimas de las hembras y esas cosas. Vamos, que no es que él fuera un experto en esas lides y menos en las de su segunda al mando pero lo evidente era evidente.
Elora estaba pitipáusica.
Lo que en su mundo era sinónimo a gruñona y propensa a desobedecerle. Y por ese motivo y no otro, se sentía en la obligación de vigilarle de cerca.
Peter apretó los labios tratando de resistir una malévola risa.
Pobre hombre.
Le había pasado desapercibida la expresión de Elora al escuchar sus palabras. Incluso a él le habían entrado nervios en el estómago hasta que se dio cuenta que la diana de esa mirada de diablillo no era él, sino el hombretón que ubicado a su lado, con una venerable y relamida sonrisa en los labios, no se enteraba de absolutamente nada en cuestión de señoras y sus manías, pese al persistente babeo de un buen número de éstas al tenerle ante sus ojos, incluidas las presentes.
Un suave quejido le puso el vello de la nuca en punta.
Diablos.
Meredith se había redondeado todavía más y por las miradillas de reojo de los hombres, incluido él, temían que les tocara bregar con la posibilidad de acarrear en volandas a una embarazada de parto a donde hubiera de conducirla a toda prisa. Demonios, tendría que preguntar a Doyle lo que había que hacer por si acaso, porque realmente dudaba que Rob estuviera menos en la inopia que él con el temita de marras.
Una parturienta era algo desconocido y temible. Sin olvidar lo de aterrador. Los bebés se podían escurrir al nacer después de escupirles de ahí dentro, donde estaban cómodos y calentitos.
En su ensimismamiento apenas sintió el codazo en el brazo pero las palabras de Rob, disiparon de golpe su neblina mental.
─Va a empacharse o peor, se nos ahogará con un hueso de pollo y otra posibilidad de obtener información que se nos irá al garete. ¡Haz algo!
¿¡Él!?
Un ligero empellón le lanzó en dirección hacia su última invitada y la infatigable cocinera. La frase sus guisos valen su peso en oro, Sra. Pitt era infalible y el suspiro de alivio de la señora Kennedy al verse rescatada de su suplicio, perfectamente entendible. La mujer iba a explotar si ingería otra cucharada de comida. Estaba morada.
El se lo agradezco mucho, apenas perceptible, de la mujer fue la antesala de un relato que a bocajarro brotó de su boca. Como si, de pararse un momento, sus fuerzas fueran a flaquear. Lo que ninguno previó, fue su completo sinsentido.
─Sé la razón por la que estoy aquí pero yo no los maté, aunque sí ayude un poquito a envenenarlos pero teníamos que sacarles de allí. Verán…
─Sra. Kennedy…
─Barbara conseguía la droga del dispensario y la ocultábamos pulverizada en la comida.
Esto sí que era inesperado. Las frases les había dejado a todos helados e incapaces de reaccionar salvo, por lo visto, a él. A Rob le colgaba la lengua fuera de la boca y ello demostraba que el amor podía con todo. Le parecía enternecedor en lugar de un espantajo a la vista. Tras musitar un cierra la boca, canijo, su atención retornó a la mujer y a sus incoherentes palabras. Se centró en la última frase para empezar con algo de sustento.
─¿Se refiere a la enfermera Barbara Gates, señora?
La mirada sorprendida de la mujer se clavó en él.
─Sí. Se lo conté a mi hermano Blair y no debí hacerlo. Le puse en peligro y…
─Señora…
─Ahora se lo han llevado y no sé por qué.
Se estaba tornando colorada y su respiración sonaba entrecortada. Estaba a un paso diminuto de echarse a llorar y él parecía ponerle más nerviosa con su corpulencia por la forma en que estiraba el cuello, para mirarle y se aplastaba contra el respaldo de la silla. Sospesó darle unas palmaditas en la mano por lo que avanzó un paso para recular de inmediato al aguantar la buena mujer la respiración de golpe. Le miraba como si sujetara un cuchillo entre los dientes y danzara ante ella en taparrabos.
─¡Vas a desmayar a la dama, Peter!
Diablos. El rescate llegó en forma de mujeres. Suaves y delicadas. Y de aspecto no amenazador.
Todo lo contrario a él.
Diablos. Su cicatriz causaba estragos.
Las mujeres se arremolinaron alrededor, intentando sosegar a la histérica mujer, aconsejándole que respirara y lanzándole a él miradas acusadoras por lo que el resto de los varones se agruparon al otro lado del cuarto, alucinados por la poca efectividad en el interrogatorio e intentando protegerlo de las llameantes miradas de las señoras. Incluso Titus y Guang se habían unido al heterogéneo grupo.
─Creo que debiéramos decir a la mujer que su hermano seguramente esté muerto.
Por un segundo Rob le miró para desviar después los azulones ojos hacía la seria expresión de Sorenson. Ni pestañeaba el muy bestia.
Diablos. Lo proponía en serio.
Marcus era más torpe aún que ellos con las mujeres.
Las miradas que le lanzaron todos y el extraño balbuceo del impasible Guang acompañado de un insulto en chino que venía a significar tosco bárbaro, provocó que Sorenson se cruzara de brazos y refunfuñara que era tan sólo una idea para sentar las bases de una relación sin dobleces. Que a él le gustaría que se lo dijeran. El berrido de Doyle de que él no era una mujer y su bruta mente tampoco, detuvo las conversaciones que provenían del lado de las féminas.
Al menos éstas parecían estar dando frutos ya que le buena señora se había relajado ligeramente y asentía. Eso sí, seguía igual de inflada.
Lentamente y en bloque, se fueron acercando. Paraban si ellas callaban y retomaban el paso con el ruido de voces femeninas. Estando a unos pasos de distancia Peter se decidió a hablar tras recibir un buen par de pisotones tanto de Rob como de Doyle.
─Señora, ejem… ─carraspeó tratando de endulzar la voz, aflautándola todo lo humanamente posible─ …no pretendía asustarla.
¿Por qué diablos sacudía el canijo los hombros a su lado?
¡Se reía!, y el lelo de Stevens se mordía el labio. Repasó a los demás con mirada homicida y ¡sonrieron!
¡Mandaba huevos!
Achicharró con la mirada a Rob quién, por supuesto, tuvo que decir lo que pensaba.
─Hablas gangoso y fino, Peter.
─No lo hago.
─Pues suenas raro.
─De eso nada. He afinado la voz para no asustar a nuestra invitada..
Rob se giró hacia Clive.
─¿A que suena como una nena que se ha tragado un sapo?
─¿Un poco?
De fondo se escuchó una risilla femenina. Mere o Julia. Traidoras. se cruzó de brazos enderezando la espalda.
─No quería aterrarla de nuevo.
─Ya lo has hecho, Peter.
─Por eso mismo trato de relajar la voz, memo.
─Pues como no te encojas un buen tirón, te salgan cosas femeninas y desaparezcan otras, me da a mí que poco éxito vas a tener.
─Hazlo tú, a ver qué tal, genio.
Una voz bajita y temblorosa preguntó si siempre se comportaban así contestando de inmediato el resto de las mujeres que peor.
Rob se plantó ante Maura Kennedy y le lanzó una reluciente sonrisa.
─Señora, soy pacífico, paciente y bonachón. No como otros ─Hizo caso omiso al bufido a su espalda─. No la prejuzgaremos pero tendrá que contarnos la razón por la que se ocultaba y disparó a mis amigos.
La mujer bajó la mirada posándola en sus delgadas manos.
─No pasa nada. No llegó a dar en la diana.
Durante un par de segundos la mirada femenina recorrió con intensidad los rasgos que se enfrentaban a los suyos.
─Creí que venían a por mí. De verdad que lo siento.
─Está bien. Poco a poco.
Antes de comenzar se retorció las manos pero la calidez de un apretón en el hombro por parte de Julia le dio el impulso que necesitaba.
─Trabajo… Bueno, hace medio año comencé a trabajar como enfermera con una nueva compañera recién llegada.
─En el hospital de San Bartolomé,
─Sí. Durante años atendí a una anciana y me gustaba mi trabajo. Me sentía útil y me valoraban pero una pulmonía pudo con ella el invierno pasado. Así que me trasladé a vivir con mi hermano a la ciudad y comencé a buscar trabajo. No me costó demasiado, ¿saben? Tenía experiencia y al principio…
─Siga.
─Me pareció un logro encontrar ocupación tan pronto pero eso cambió al comenzar las sospechas.
─¿A qué se refiere?
En la habitación apenas se escuchaba un sonido, llenando el silencio el suave sonido de la clara voz.
─Me indicaron en el hospital que debía ayudar a que otra enfermera adquiriera experiencia. Nos hicimos amigas. Al parecer la conocen, Barbara Gates. Las horas a veces se hacen eternas y comienzas a hablar, a intimar. Creo que cada una por su cuenta apreciaba que algo no iba bien pero temía hacer el ridículo si abría la boca por lo que tardamos un poco en hablar del tema.
La mujer se estaba inquietando según avanzaba con la explicación. Por un segundo se planteó la posibilidad de detenerle pero un ligero toque en la espalda de Peter le indicó sin palabras que no lo hiciera. Los instintos de Peter eran infalibles así que dejó pasar el impulso y con un tono de voz completamente calmo le pidió que continuara pero no sin reiterar que estuviera tranquila, que entre ellos estaba a salvo.
─Les traían por la noche y por eso nos dimos cuenta. Cambiamos el turno a un par de compañeras por hacerles un favor y nos dimos de frente con algo que nos destrozó la vida.
─¿Qué traían?
─Cuerpos. También prisioneros. Algunas eran mujeres pero nunca llegamos a hablar con alguna. Les vigilaban estrechamente.
Peter intervino en ese momento.
─¿Asociaría a algo el hecho de que le mencionara una torre, unas águilas y cuevas?
La perdida expresión de la mujer contestó sin necesidad de palabras.
A su lado Peter se volvió ligeramente al percibir cierta alarma en la voz de Clive. Preguntaba a Torchwell qué le ocurría, pero se distrajo al lanzar una segunda pregunta.
─¿Qué tiene que ver con todo esto su hermano, señora?
Maura se llevó la mano a la cabeza deslizando los dedos entre el cabello en un gesto de pura angustia.
─La primera noche trajeron a dos hombres y les encerraron en el pabellón dos. Actuaban siempre del mismo modo, aprovechando los cambios de turno ─La mujer inclinó la cabeza en un gesto de vergüenza─. Si hubiéramos hecho algo antes o …
─Habrían muerto.
Esos ojos se alzaron de repente pero no refleron sorpresa sino certeza al escuchar las palabras de Marcus Sorenson. Prosiguió sin más tropiezo que el propio temblor de su voz.
─Contamos trece hombres durante el tiempo que servimos el turno de noche ─Una risa amarga surgió del mismo centro del pecho de la desolada mujer y cerró los ojos un segundo mientras susurraba que era el número de la mala suerte─. Lo siento. También confinaron a tres mujeres. Ellas sólo permanecían unas horas en el lugar antes de llevárselas.
─¿A dónde?
─Nunca lo supimos. Intentamos averiguar algo, incluso curioseamos en administración pero no había constancia de los ingresos o traslados en el pabellón dos. Eso confirmó nuestras sospechas. Ellos, se quedaban días. Un par de semanas más tarde nos enteramos que uno había enfermado, que había sido trasladado a otro hospital pero murió poco después. La idea se le ocurrió a Barbara. Si enfermaban quizá les sacaran de allí para atenderles y evitar preguntas incómodas sobre el motivo de su presencia en San Bartolomé, sin registro alguno de entrada. Tendrían una oportunidad, así que surgió la idea de envenenarles. Sé que suena a completa locura y supongo que lo es, pero funcionó con uno de ellos. Sólo con uno. Antes de acabar el turno les pasaban un frugal desayuno y en él, mezclábamos un poco de arsénico. Lo suficiente como para enfermar sin llegar a matar ─el delgado cuerpo se tensó repentinamente─. Dios santo, ¿y si le matamos en lugar de salvarle? ¿Y si…?
Se estaba asfixiando. Totalmente, por lo que Rob se agachó quedando a su altura.
─No. Hicieron cuanto pudieron, Maura. Lo que se les ocurrió en tal situación e hicieron bien ─Un suave suspiro emanó de la mujer─. ¿Sabe cómo se llamaba ese hombre?
─No estoy segura.
─¿A dónde le trasladaron?
─Intenté averiguarlo pero amenazaron con despedirme. Un celador que se retiraba un par de semanas más tarde me lo dijo.
─¿Qué?
─Le llevaron al hospital de Bethlem.
─¿El de Southwark, a orillas del Támesis?
La mujer asintió con la cabeza. Carecía de sentido. Al completo.
─Pero eso es ilógico. Es un hospital destinado a enfermos mentales ¿Por qué trasladar allí a ese hombre?
Los huesudos hombros se encogieron. Dolía mirar esos ojos desolados pero aguerridos y daba rabia pensar en esas dos mujeres peleando solas por proteger a unos hombres condenados.
─¿Recuerda si les facilitaron algún nombre?
─Siempre era Barbara quien cruzaba unas pocas palabras con ellos mientras yo vigilaba que nadie se acercara pero recuerdo un nombre de pila. Neil. No recuerdo el apellido, lo siento. Fue el hombre que trasladaron y no supimos más de él. Cuatro semanas después de comenzar con nuestro plan, enfermaron tres hombres más por lo que pensamos que estaba dando resultado pero una tarde al llegar al trabajo simplemente habían desaparecido sin dejar rastro. Todos menos uno de ellos y antes de que me pregunten, creo que era una mujer.
─¿Quién?
─No lo sé y Barbara no me lo dijo. Lo único que llegó a decir fue que le había localizado gracias a un nuevo amigo que le ayudaba cuando podía, que esa mujer había logrado escapar y permanecía oculta entre ellos y así debía permanecer. A salvo.
─¿Dónde?
El gesto de puro lamento en Maura provocó unos segundos de silencio. Los suficientes para que se recompusiera.
─No sé más y Barbara no tuvo tiempo de contármelo antes de desaparecer. Nos angustiamos creyendo haber sido descubiertas por lo que decidimos relatar lo que ocurría a mi hermano Blair.
─¿Qué hizo?
─No podría decirle. Lo que sí sé es que cuando le conté lo que sospechábamos su expresión fue llamativa por decirlo de algún modo, como si en un determinado momento encajaran las piezas de un complicado rompecabezas. Comenzó a hacer preguntas. Me acompañaba al trabajo y permanecía en el hospital hasta que terminábamos el turno.
─¿Qué hacía allí?
─No estoy segura. Solo sé que un día apareció muy agitado. Se negó a decirme lo que pasaba. Tres días más tarde le dieron una paliza de muerte que casi le mata. Permaneció inconsciente varios días pero después le costaba recorder ─el encogido cuerpo de la mujer comenzaba a temblar suavemente, de nuevo─. Por debajo de la puerta de nuestro hogar deslizaron un par de notas de aviso y…
Doyle la interrumpió.
─¿Las guardó?
─No, lo siento. Acudí a la comisaría con ellas y se las mostré a un policía.
Torchwell se aproximó unos pasos.
─¿Recuerda qué agente le atendió, señora?
Negó con la cabeza.
─Estaba tan asustada…
─¿Cómo era físicamente?
─Me pareció corpulento para ser policía, de rasgos clásicos. No sabría decirle. Pensé que no parecía un agente pero tampoco podría decirle el motivo ─parecía a punto de echarse a llorar de impotencia─. Le di las notas y se las quedó.
─ ¿Le reconocería si le viera de nuevo?
─No lo sé.
─Podríamos intentarlo.
─Cometí un gran error.
Peter frunció el ceño.
─¿Qué quiere decir, Maura?
─Yo misma condené a Barbara. Hablé cuando no debí hacerlo y por mi culpa le ocurrió algo malo. Estoy segura.
─Eso no lo sabe.
El brusco movimiento de su cabeza para mirar directamente a Peter, hablaba de una mujer destrozada, hundida pero no por ello ignorante. Era inteligente además de luchadora y con su expresión les pedía a todos que no la tomaran por lo que no era.
─No dije demasiado pero aquella pregunta al celador fue suficiente para que creyeran que Barbara era un cabo suelto que necesitaban atar. Empezó a hacer preguntas mientras que yo permanecí callada. Dos días más tarde me despidieron. Desaparecida como la espuma y mi hermano Blair quedó destrozado, por el simple hecho de ser descuidada. Tras la paliza a mi hermano decidí venderlo todo y alejarme de la ciudad con él. Lejos del dolor y del miedo que se había adueñado completamente de mí. Dejamos nuestras vidas atrás. Su tienda, amigos, conocidos y recuerdos. Pero nos siguieron y dieron con Blair ─los pequeños hombros se encogieron bajo el vestido─. Están muertos, ¿verdad? Mi hermano y Barbara.
El silencio fue sepulcral, cada vez más denso.
─Sí, señora. Seguramente lo estén.
Sorenson y su franca crudeza.
Maura quedó unos segundos con los brillantes y enrojecidos ojos fijos en los verdeazulados del hombre que ni un segundo apartó la mirada, hasta que le habló directamente.
─Gracias, señor. Gracias por decírmelo.
Ahora sí desvió el rostro quedando la suave mirada perdida unos momentos. Lloraría más tarde. Sola. Y así lo hizo entender a todos los presentes.
Una mujer dura.
Clive y Ross cruzaron miradas al igual que él y Peter. Ya pensarían cómo idear una manera de que la mujer identificara al canalla que le ignoró en comisaría, dejándole expuesta a los lobos. Y por la tensión en el rostro de Clive algo le decía que tenía en mente a un sospechoso en potencia.
─Falta algo más.
La femenina voz apenas se escuchó en el cruce de conversaciones generadas a raíz de la información. Hubo de repetirse hasta que Sorenson ordenó a todo el mundo que callara la boca de una condenada vez, que hablaban demasiado y como cotorras. Sin duda, ese hombre parecía capaz de mandar a la mismísima reina.
─Antes de salir de Londres y estando mi hermano aún enfermo vinieron a casa dos agentes. Los únicos que creí dispuestos a ayudarnos, ¿saben? Pese a ser tan jóvenes desprendían seguridad. Querían hablar con Blair pero éste no se valía por sí mismo y sólo recordaba cosas sueltas de su asalto. Dijeron que se pasarían más adelante cuando estuviera algo recuperado. Que ya disponían de todos sus datos, que la investigación de su ataque iba bien y que poco a poco iban cercando a quienes lo hicieron. Sentí tanto agradecimiento y alivio.
─¿Se identificaron?
En esta ocasión asintió con la cabeza.
─Los agentes James y Roberts, encargados del caso del ataque a Blair. Así se anunciaron y tampoco olvidaré lo que dijeron. Mi cerebro lleva dando vueltas a lo que me preguntaron desde entonces y sé que debiera entender o poder contestar pero no me es posible. Por alguna razón mi mente se cierra impidiéndome responder las preguntas que yo misma me hago una y otra vez. Intuyo que debiera reconocerlo pero…
─¿El qué, Maura?
─El nombre.
─¿Cuál?
─Esos agentes, antes de irse, tan sólo me hicieron una pregunta y sé que era importante y les fallé. Me preguntaron si mi hermano me había hablado en alguna ocasión de Osborne. Solamente eso. Cada vez que pienso en ello tengo en la punta de la lengua algo que he visto o escuchado, pero no va más allá. Como si fuera un modo de protegerme o una forma de cobardía contra la que mi mente no puede luchar.
La suave voz de Julia suavizó la tensión que comenzaba a escalar de nuevo.
─No diga eso, Maura. No es culpa suya.
─Lo es. En parte, lo es. Yo pregunté al celador y cause que Barbara comenzara a indagar. Yo acudí a la policía con las notas. Nada hice cuando se llevaron a Blair salvo esconderme como me pidió.
─No. Hizo lo que pudo, Maura. Puede que no se lo parezca pero usted sólo quería ayudar.
─Y lo único que logré fue que les mataran.
Se derrumbó. Con esas últimas palabras.
Completamente.
Tardaría tiempo en comprender y dejar de culparse pero Julia le haría entender. Nadie mejor que esa mujer que había pasado por algo muy parecido a la mujer cuyos sollozos desgarradores cortaban el vacío de sonido.
Peter apretó un momento el hombro de Rob al seguir con la mirada el movimiento de las dos figuras que habían permanecido al fondo del cuarto, lejanos a la escena que se había desarrollado pero, por lo visto, no ajenos a ella.
Titus se acercaba.
El gigante quedó en pie junto a las dos figuras femeninas que permanecían abrazadas rodeadas por Mere, Jules y Elora. La abuela Allison parecía proteger al grupo como una manta protectora. Guang quedó ubicado a su lado, impertérrito y a la espera de lo que fuera que Titus decidiera hacer.
Al principio las palabras surgieron a trompicones.
─Ella era mi amiga y cuando quisieron llevarme peleó. Les dijo que ella se iría en mi lugar. Me cuidó y me dijo que su amiga me ayudaría, cuando ella ya no estuviera. Que me iba a sacar del lugar feo y lo hizo. Aparecieron los señores ─antes de proseguir el gigante miró de reojillo a Guang hasta que éste asintió─. ¿Tú eres su amiga? ¿Eres la amiga de Bar…bara?
Los sollozos habían amainado con cada palabra que en un inmenso esfuerzo iba pronunciando el hombretón que se retorcía las manos como si temiera recibir una reprimenda por hablar.
El rostro húmedo de la mujer se alzó otro poco más hasta recorrer ese rostro suave y aniñado.
─Lo soy.
Y le regaló al gigante una hermosa sonrisa en su húmedo rostro que éste devolvió poco a poco. Sin miedo. Relajado y seguro. Rodeado de amigos. Titus aspiró profundamente y recorrió la estancia con la mirada antes de hablar, descansándola un segundo más de lo necesario en Elora, ubicada en pie tras Julia.
─Los otros también era mis amigos pero él ya no está. Se puso enfermo. Buscaba a mi Claire y quería a los niños pero no los que cuidábamos, sino otros pequeños ─la vocecilla de Titus casi se había tornado inapreciable en ese punto─. El que se puso malito tenía muuuucho miedo por los niños y le obligaban a hacer cosas muy malas. Muy, muy malas ─el gigante pareció encogerse antes de pronunciar la siguiente palabra, como si le aterrara decirla en alto─. Antes de que se fuera porque estaba enfermo el hombre malo le decía que se llevaría a los niños iguales si no hacía lo que ordenaba y le repetía que ella estaba allí pero que nunca, nunca la encontraría ─La inocente mirada se volvió hacia el hombre que no se apartaba de su lado─. ¿Lo he hecho bien, Gan?
El menudo hombre apoyó con increíble ternura la palma de su mano sobre el hombro de Titus.
Por todos… los… infiernos.
El gigantón se había quedado la mar de satisfecho con la perorata que había soltado.
En contraposición, la palidez en el redondo rostro de Elora al escuchar de labios de Titus el nombre de su gemela una vez más, se había multiplicado por diez. El ceño fruncido en Sorenson se había duplicado como poco tras soltar un suave gruñido y el resto estaba más perdido de lo que había creído encontrarse al entrar en el saloncito de marras.
Orientó su mirada hacia la negra del hombre que no se separaba de su lado. Destilaba dureza y eso, nunca era buena señal en Peter. Jamás. Indicaba furia y un Peter enfurecido era una bomba a punto de explotar con un leve roce.
Al final iba a odiar esa condenada sala.
II
Los sonidos de los pasos se acrecentaron al ritmo en que la distancia a la entrada que daba al final del pasillo se estrechaba. Una mujer de mediana edad y andar cansino apareció por una de las puertas que cubrían ambos lados del corredor pero se internó de inmediato en la habitación que acababa de abandonar en cuanto la alta figura pasó junto a ella sin dignarse a parar o inclinar la cabeza a modo de saludo. Ese hombre congelaba las reacciones de las personas que trabajaban en el lugar. Nadie hablaba de él. No le miraban. No le mencionaban y la razón era sencilla.
Hablar equivalía a desaparecer en el olvido.
Les pagaban en abundancia por callar y hacer cuanto se les ordenaba.
Tres meses atrás creyó que lo que le ofrecían era un ascenso, no que se fuera a ver envuelta en una red de corrupción, mentiras, chantajes y absoluto terror.
Terror por el bienestar de sus hijos. De su marido. De sus seres queridos.
Cerró la puerta tras de sí y las inquietas miradas de sus dos compañeras reflejaron su sentir.
No eran luchadoras ni arriesgarían lo que más amaban por una intuición. Tampoco por estar al tanto de la existencia de reuniones clandestinas de hombres demasiado poderosos como para luchar contra ellos. Aunque entre ellos se encontraran varios miembros de la junta metropolitana de obras públicas de la capital del reino y, que ellas hubieran identificado, dos miembros de la comisión recientemente creada para investigar el estado del suministro de agua y alcantarillado de la ciudad.
No era únicamente eso.
Las reuniones eran cada vez más frecuentes, a horas intempestivas y por el tono que ocasionalmente se filtraba por la puerta del fondo, cada vez más tensas. De tanto en tanto se entendía alguna frase y éstas congelaban la sangre. Siempre la misma voz. La de ese hombre. El que daba escalofríos.
No era la primera ocasión que escuchaban planear el mejor modo de acabar con un hombre y tampoco sería la última. El único que las escuchó yacía bajo tierra como consecuencia de un supuesto accidente.
Ellas sabían la verdad.
─¿Quién es ese hombre?
Se encogió de hombros al escuchar la temblorosa voz a su espalda. Dios mío, ni siquiera se había dado cuenta que apoyaba ambas manos contra la fría madera de la puerta. Como si ese sencillo gesto fuera a detener a aquello que estaba al otro lado. Lo que les aterraba hasta el punto de evitar hablar de ello.
No sabría de muchas cosas. Al fin y al caso carecía de estudios y su vida era sencilla. No, ya no lo era. No desde que el último miembro de la junta metropolitana de obras públicas había tomado posesión de su cargo.,
Apretó los labios. Fue sencilla, hasta hacía unos meses en que ese hombre con sus exquisitos modales y elegancia llenó de miedo y temor su mundo, emponzoñándolo todo.
Pese a ello si había algo de lo que estaba tan segura como de que el día seguía a la noche y ésta al día era que ese hombre era alguien realmente peligroso.
Y ellas simplemente tenían demasiado miedo y carecían de la importancia necesaria para ser escuchadas.
III
Rob aborrecía la sensación de no tener la menor idea de por dónde tirar al disponer de demasiados frentes abiertos al mismo tiempo y escasos hombres disponibles. Tampoco de un lugar seguro en el que reunirse debido al malnacido que les acechaba.
La comisaría estaba descartada ya que Peter no era miembro del cuerpo. Podían emplearlo puntualmente pero no era buena idea. Les vigilaban y la mansión Brandon o la de los Evers disponía de limitadas entradas por las que acceder sin ser controlados. Finalmente el hogar de Clive tampoco era idóneo ya que en el barrio residían demasiados policías como para que los chismorreos sobre la visita de numerosos hombres en la zona, no recorrieran al día siguiente los pasillos de la central.
Por ello se encontraban en ese momento en un tugurio inmundo al otro lado del río, tratando de pasar desapercibidos, lo cual parecía imposible dada la insistencia de un trío de prostitutas en que Torchwell se rindiera a su estupenda oferta de hacerle pasar la mejor noche de su vida. Los cuatro juntitos y a ser posible, revueltos.
El local estaba repleto pese a ser las dos de la madrugada y la mayoría de la clientela estaba embriagada o en camino de estarlo. Ocupaban un rincón del local en forma de ele cercano a las sucias ventanas laterales del mismo. Era espacioso pero estaba concurrido. Hacía calor entremezclado con la humedad que provenía del río. Él y Peter se habían ubicado con la espalda contra la pared. Doyle y Liam a ambos lados. Sorenson se había colocado de costado y no dejaba de observar el abarrotado local, al igual que Torchwell y finalmente Clive, quien había tomado asiento junto a Ross, con la espalda de cara al interior de la oscura taberna.
Con una paciencia envidiable Torchwell había declinado el generoso ofrecimiento de las mujeres hasta en cuatro ocasiones y la situación estaba degenerando en un jolgorio en cierto modo risible debido a los comentarios del resto del grupo y de las propias señoras que habían llegado al punto de ofrecerse a pagar al hombre en lugar de cobrar.
El mundo al revés en el caso del superintendente. Menudo efecto demoledor tenía el condenado con las mujeres.
El buen humor continuó un rato hasta que una cuarta mujer se le insinuó a Peter y otra a Doyle. En ese punto la risa, por su parte, había dejado paso a un ligero enfado pero al menos, éstas habían aceptado con dignidad los suaves rechazos. A Sorenson no se le acercaba ni un alma. Sólo se lo zampaban con la mirada los parroquianos del lugar. No se atrevían a dar un paso más y no era por falta de ganas a la vista de las lascivas miradas que recibía. Sencillamente el aspecto del hombre daba miedo. Y si alguna mujer mostraba un mínimo de intención en acercarse por el lado en el que él se ubicaba, la mirada lanzada por Peter les quitaba las ansias de cuajo.
El ambiente era medianamente distendido pese a la oscuridad que reinaba en el tugurio pero que la tranquilidad se mantuviera un buen rato parecía ser pedir demasiado. Excesivo alcohol circulando sin control.
Debieron haber escogido otro lugar para evitar ser detectados. Aunque, bien pensado, como no se escondieran bajo tierra, la atención que generaban era difícil que fuera a borrarse del mapa.
El grandullón le dio un suave codazo en el costillar.
Una figura algo tambaleante y con la mirada extraviada clavada en la nuca de Clive, enfiló en su dirección tras terminar de un trago lo que le quedaba de cerveza. Rob cruzó su mirada con Peter al apreciar que el pelirrojo hablaba sin darse cuenta de lo que se le venía encima y mucho menos de la rigidez que se iba fijando a los músculos de Torchwell con cada paso que daba la insegura forma, cada vez más cercana al grupo.
Ross se giró levemente en su banqueta llamando la atención de Clive.
─¿Qué haces?
─Esperar.
─¿A qué?
─A lo que se acerca a tu espalda.
Problemas.
Para variar.
Se prepararon para una pelea o una confrontación. Al fin y a la postre Stevens llevaba demasiados años trabajando en el cuerpo de policía como para no haberse agenciado unos cuantos enemigos y el beodo enfilado en su dirección permanecía con la mirada fija en él, de forma casi obsesiva.
El hombre quedó plantado a su lado. Quieto.
¿Babeaba?
Lo que ninguno imaginó fue que la siguiente oferta amorosa se la plantaran a Clive en los morros y mucho menos en los términos que el borracho que le repasaba con la mirada de arriba abajo, expuso con total descaro.
Si en ese instante se le hubiera concedido un deseo al pelirrojo, Rob hubiera apostado su brazo derecho a que éste hubiera sido tierra, trágame. Por su aspecto tampoco hubiera rechazado un ligero desvanecimiento para evitarse el horroroso aprieto.
La lasciva oferta provenía de un hombre bien vestido y de buen ver que no parecía dedicarse a la profesión más antigua del mundo sino que parecía buscar los servicios de alguien de su gusto. El cual, por alguna razón instalada en su alcoholizada mente, sufría una enfermiza y momentánea fijación con Clive. Aunque estuviera ligeramente bebido las palabras que había susurrado a la espalda del pelirrojo debió habérselas tragado si hubiera prestado atención al enfurecido gesto del mejor amigo de su diana amorosa, cuando se había acercado en exceso a la parte trasera de Clive. Casi rozándola.
Y el apelativo cariñoso, mucho más.
Mermeladita liiiiiinda.
Torchwell estalló sorprendiendo al tambaleante idiota.
Diablos. No le extrañaba la rápida reacción. El hombre se había explayado en sus cariñosos planes, tras soltar una gangosa risilla y algo parecido a un…estássss ba…bo…so. Algo le decía a Rob que había querido pronunciar un estás sabroso pero la lengua le chocaba de continuo al hombre, resbalando contra sus dientes. Cloqueaba sin parar y se reía solo.
Eso sí, pese a arrastrar las palabras se había hecho entender.
Alto y claro.
¿Podía hacerle eso un hombre a otro intencionadamente? ¿Con la...? Al parecer, sí y otras cuantas cosas innombrables que al espontáneo incorporado por su cuenta y riesgo a la reunión no se le ocurrió dejar calladitas en su tórrida además de pervertida imaginación y sin compartir con los presentes.
Sobre todo con Torchwell.
Por todos los…
¿Es que no podían tener una noche normal?
Sólo una. No pedía más.
El puñetazo en pleno rostro tras la contestación del idiota a la advertencia de Torchwell de que se largara a buscar en otro lado donde fuera bien recibido, se vio venir. El ¿acaaaso le quieres para ti soooolito, grandullón? del muy insensato sólo lo empeoró. El podríamos comparrrrtirlo balbuceante del embriagado hombre, al centrar la nublada mirada en los ojos dispares del hombre que acababa de incorporarse, sacándole una buena cabeza de estatura, fue la gota que colmó el vaso o la paciencia de Ross.
El disparo del puño dio en pleno pómulo y el beodo cayó como un fardo a los pies del grupo sin que un alma acudiera en su ayuda.
El puedo defenderme yo solo, Ross de Clive enfureció aún más al primero y la discusión entre los dos sobre el cuerpo inerte de quién había comenzado la algarada, parecía a punto de llegar a las manos. Y Clive ya tenía moratones más que suficientes para cubrir el cupo de medio año.
De un tirón él alejó a Clive y le sentó a su lado, mientras Doyle hacía lo propio con Torchwell. Liam planteó la posibilidad de trasladarse a otro lugar pero Clive se negó en rotundo, sólo porque el otro no pudiera contener su mal genio. La rabiosa frase de Ross, no tardó en emerger.
─Debiste decirnos entonces que estabas más que dispuesto a irte con ese imbécil inestable y me hubiera evitado la molestia, Clive.
En ese punto Rob no podía decir que estaba más rojo, si la cara o el cabello de Clive. Y tampoco podría asegurar si ganaba la vergüenza o el enfado hacia su mejor amigo.
─Sabes muy bien que no es eso lo que me enfada.
─O sea, que te hubieras ido con el idiota bebido.
─¡No!
─¿Por qué el enfado, entonces?
─Porque yo hablo por mí mismo, Ross. Soy adulto.
─¡Si estabas mudo con lo que te había propuesto ese idiota!
El no me extraña jocoso de Doyle recibió un par de miradas de asesino antes de que Ross se volviera de nuevo hacia su mejor amigo.
─Pudo creer que aceptabas al quedar callado, así que decidí rechazarlo por ti. ¿Ves que simple?
Nunca llegarían a saber lo que iba a contestar Clive al comenzar a despertar el angelito que tirado en el suelo había comenzado todo.
Los ruidos que manaron del mismo fueron… indescriptibles.
Repetía con fijeza incansable algo que se asemejaba a míooooo, sabrooooso o rojo melooooso. Cada cual sonaba peor de boca de ese engendro.
No pudo evitarlo pese al fuerte codazo de Peter. De verdad que no pudo tragarse la carcajada pese al empeño que puso. Si había alguien en este mundo que atraía a los raritos, desesperados, hambrientos de sexo y figurines sin cerebro, era Clive Stevens. Y eso enrabietaba a más no poder a su mejor amigo.
Por lo visto a Doyle le ocurrió lo mismo que a él aunque Sorenson mantuvo la calma y el decoro. Con esfuerzo.
La risa surgió descontrolada al escuchar la estrangulada frase del idiota tirado en el suelo que hizo encresparse el cabello rojo de Clive y el entrecerrar de ojos de Ross.
Lo siguiente que brotó entre babas y extraños ronquidos fue una verdadera oda al trasero y labios de Clive y una explícita descripción de lo glorioso que se sentiría dentro de…
No le dio tiempo a más.
Una fuerte patada de Ross mandó de nuevo al balbuceante hombre al mundo de los sueños. Sin cruzar otra palabra y ante la inactividad del resto de los clientes de la taberna arrastró al idiota y le instaló despatarrado junto a la puerta de entrada, en la intemperie. Para que espabilara en el futuro, según sus palabras.
El superintendente retomó su asiento con la furibunda mirada clavada en Clive.
Tocaba entrar en faena pero antes, a punto estuvo de impedir a Clive que se bebiera la cerveza de un sorbo ya que iba a terminar como una cuba para el final de la noche pero optó por no inmiscuirse. Después del horrible apuro pasado delante de amigos, bien se merecía un buen trago. Permanecía todo colorado y sin dirigir la palabra o mirada a Ross.
Vaya.
Esos dos…
La madre del…
No. No podía ser.
Sintió otro codazo que le distrajo de sus locuras mentales.
Lo malo era que Clive llevaba tres pintas y sin comer algo sólido que absorbiera mínimamente el alcohol el efecto iba a ser fulminante. Al paso que iban Torchwell tendría que llevárselo a casa y dudaba que le hiciera demasiada gracia a Clive por la forma en que le miraba de reojo, todo ofendido. La advertencia de Ross de que no sabía beber con moderación había recibido minutos atrás un furioso gruñido en respuesta y otro contundente sorbo de cerveza por parte del pelirrojo, seguido de un exasperado gesto del superintendente acompañado del aviso de que como se emborrachara no pensaba sacarle a rastras de allí. Que la mona la dormiría con la selecta clientela del lugar, incluido su beodo enamorado.
Rob se estiró golpeando su hombro derecho contra el de Peter, tras sacudir con resignación la rubia cabeza. La noche iba a ser larga y dura. Abrió la boca pero la grave voz de Sorenson se adelantó a sus intenciones.
─Resumamos. Tenemos un par de frentes abiertos. En primer lugar el hospital de San Bartolomé y sus jodidas desapariciones. Debemos averiguar qué diablos está pasando ahí y la razón por la que el nombre de Claire Robbins surge constantemente. Otro punto sería intentar averiguar a qué se refería el gigante aniñado con lo del hombre preocupado por los otros críos…
─ Titus, Sorenson. Se llama Titus.
─Eso mismo. Qué diablos es lo de las águila, cuevas y lo otro. Tercero, descubrir qué cuernos averiguó el matarife que provocó que le dieran una paliza de muerte y a dónde le llevaron. Cuarto, a quién diablos salvaron las enfermeras al envenenarle y lograr que trasladaran al hospital de Bethlem y si permanece allí recluido pero, ante todo, quién diablos es el tal Osborne. Y por esta vez no presumiremos que se trata de una persona y no de un lugar, objeto, clave, animal o cualquier otra cosa capaz de ser percibida por los sentidos. Una metedura de pata semejante es suficiente a lo largo de una vida ─todos suspiraron al recordar la maldita prisión de Wandsworth y el equívoco con el maldito nombre que ralentizó el caso de los Bray─. Sin olvidar la desaparición del buen doctor Piaret, claro, e intentar mantener fuera del jaleo a la panda de alocadas que parecen haberse encariñado tanto con ese dichoso club de investigaciones o del crimen o lo que sea, entre ellas mi segunda al mando.
Tras un carraspeo intervino Clive.
─Se exceden de un par.
─¿El qué?
─Los frentes.
Sorenson le miró de frente hasta el punto de incomodar al pelirrojo. Tenía todo el aspecto de sopesar si Clive le estaba tomando el pelo o era puro despiste por su parte exponer lo obvio y desastroso de la situación. Se inclinó por la segunda opción.
─Ya lo sé, amigo, pero suena bastante mejor a estamos desbordados o esto es un caos y estamos atontados.
─Eso sí.
El gesto de complacencia acompañó la siguiente frase de Sorenson.
─Escojo el hospital de San Bartolomé.
Rob sopesó el protestar pero la tensa mandíbula del hombre denotaba que no habría ser humano capaz de persuadirle de lo contrario.
Vaya, ese hombre estaba obsesionado con su segunda al mando por mucho que tratara de convencerse de lo contrario. Toda la pinta de estar coladito hasta la entretela, sí señor. Completa, desesperadamente y nunca mejor expresado, atontado por los huesecillos de Elora Robbins. ¡Ja! Si hasta había marcado con su cuchillo una E en la superficie de la mesa sobre la que se apoyaban. Como un jovenzuelo enamoradizo, marcando territorio. Y el pobre hombre no se enteraba de nada.
─Está bien ─aceptó sin dudar Peter─. Si necesitas ayuda, avísanos y ten cuidado ─se dirigió al resto─. Van cuatro personas desaparecidas y no se andan con remilgos. El gremio de los carniceros es duro. Son gente que protegen su espacio y sus negocios. La mujer dijo que su hermano no se sorprendió demasiado cuando le relató sus sospechas por lo que algo se cuece en ese mundillo. Quizá el carnicero se topó con algo que no esperaba o creyeron que se acercaba a algo que no convenía que sacara a la luz. Falta descubrir el lazo que une a esos dos mundos.
─Podríamos infiltrarnos en el gremio e indagar─ propuso Clive─. Sé de alguien que podría ayudarnos. Un viejo conocido que se retiró hace unos meses y dejó el negocio de carne en manos del hijo. Fue un caso que llevé hace años. La tienda la mantiene en la calle Percival, en Smithfield, por lo que nos viene como anillo al dedo.
─¿Por qué? ─indagó Sorenson.
─Está cerca del hospital de San Bartolomé. La zona pertenece a los carniceros.
─¿A qué te refieres? ─insistió Sorenson.
─A que la mayor parte del gremio se asienta en ese barrio. La feria y el Mercado de ganado se ubica en Smithfield. Es la más importante de la zona así que se congregan alrededor.
Torchwell se dirigió a Clive.
─Te podrían reconocer?
─No lo creo. Fue hace tres años y entonces era superintendente. El caso lo llevaron un par de buenos agentes y las reuniones que mantuve con el hombre no fueron en la zona, sino en comisaría.
─¿Estaría dispuesto a ayudar?
─Eso espero. Podría hacerme pasar por aprendiz. Sé algo del tema.
La dubitativa mirada de Doyle se unió a la de Torchwell.
─¡Sé degustar un buen chuletón!
El gemido fue colectivo. Y entre ellos se escuchó claramente un gruñido.
─Maldita sea, Clive. Estarías rodeado de cuchillos, serruchos, objetos puntiagudos y ¡estás topo total!
Todas y cada una de las miradas presentes se volvieron hacia Torchwell observándole con detenimiento como si hubiera perdido la coordinación entre cerebro y lengua.
─No me miréis así. No perdí la cabeza, aún. Preguntadle a él.
El brusco y desesperado gesto señalaba a Clive, por lo que las cabezas, a una, se giraron enfrentándole. Éste se encogió levemente tras lanzar una mirada de reproche a su mejor amigo.
─Exagera.
─¡No lo hago! ─gruñó Torchwell, ignorándolo Clive.
─Con la lluvia no sirven.
─Bajo techo… no… llueve, Clive.
─¡En lugares cerrados se me empañan!
Por la expresión del rostro del superintendente Torchwell, estaba perdiendo la poca paciencia que le quedaba esa noche.
Rob parpadeó confundido hasta que su mente lo hiló todo. Los comentarios. Las muecas que ocasionalmente mostraba el rostro de Clive al entrecerrar de los ojos. La duda en esas pupilas cuando apuntaban en la lejanía. La incertidumbre como si no estuvieran seguras de lo que veían.
Ahora lo entendía.
Dios, debió darse cuenta antes. Al fin y al cabo, ahora eran compañeros. Centró la mirada en Clive, antes de preguntar.
─¿Por qué no me lo dijiste?
El resto no lo había captado aún pero permanecían callados esperando que el hombre contestara. Sentía el rostro de Peter vuelto en su dirección, a su lado.
─De cerca no tengo problemas. No me arriesgaría en caso contrario, Rob. No lo haría y lo sabes.
─¿A qué distancia comienzas a ver borroso?
─Unos treinta pasos, más o menos.
─O sea, unos veinte.
─Puede pero no menos.
─¿Dónde las tienes?
El en casa, durmiendo la siesta que siseó Torchwell encendió el mal genio de Clive.
─¿Acaso alguien te ha dado vela en este entierro? No, ¿verdad? Pues a callar ─Cruzado de brazos Clive se giró hacia él, ignorando una vez más a Ross─. Se me rompieron un poco.
─¿Cómo?
─Un accidente… ─antes de seguir, ante el bufido de Torchwell se volvió hacia él y le dijo que como abriera de nuevo la boca, se comía su puño─ …sin importancia.
─¿No tienes otras?
─No.
─No entiendo.
─Joder, Rob. No tengo otras, ni puedo tenerlas. Al menos no en este momento. Déjalo estar.
Estaba avergonzado. Clive estaba apurado y no entendía el porqué. Podía comprarse otras aunque fueran costosas.
Maldita sea.
Eran… caras.
Un par de anteojos costarían demasiado para un hombre que, por lo que sabía, costeaba el bienestar de su anciana abuela y ayudaba a un par de personas a subsistir en la ciudad.
Los colores cubrían completamente las pómulos del hombre. Pese a la penumbra que los rodeaba era evidente que estaba tenso. Y esa grisácea mirada le pedía a gritos que dejara el tema. Que lo olvidara. Que ya lo arreglaría, sin su ayuda. Con enojo, esa penetrante mirada rozaba la súplica, por todos los santos, y nadie más parecía verlo.
¿Cómo no se habían dado cuenta antes? Clive era un hombre orgulloso y jamás permitiría que un amigo le prestara dinero. El salario de inspector era suficiente para que una persona viviera con cierta holgura pero siempre que no soportara otras cargas, como él, y en el caso de Clive, simplemente no era así. Maldita sea.
Debió darse cuenta al visitar su casa. El frío que hacía era helador y las ropas que usaba últimamente estaban algo desgastadas. Vestía el mismo abrigo que cuidaba con esmero y, ahora que lo pensaba, las camisas se veían ajadas como si los repetidos usos y consecuentes lavados las estuvieran dejando en las últimas.
Las ganas de gritar se las tragó.
Era un buen hombre. Demasiado, y ellos no prestaban atención.
El leve temblor en el labio inferior de su amigo al verle asentir dando a entender que al fin alguien le comprendía, le oprimió el pecho. Ya hablarían más tarde. Sin testigos ni interrupciones. Y sin la maldita vergüenza de reconocer que estaba con apuros económicos ante más de una persona.
Le costó retener las ganas de lanzar un buen puntapié a la entrepierna de Torchwell, aún más que dejar suelto el maldito punzante grito trabado en su laringe. La obsesión de Ross por el bienestar de su mejor amigo velaba lo demás y entre ello se contaba su capacidad para empatizar con él. La cual estaba desgastada o completamente mermada. No sabría decirlo. Borrico.
Por sus muertos que el tema anteojos iba a pasar a la historia, comenzando en ese mismo momento.
─Creo que te equivocas, Clive. Me pareció verlos en mi casa así que seguramente los dejaste olvidados.
Diablos. También tendría que enseñar a su nuevo compañero el arte del disimulo, la distracción y el engaño. ¿Cómo era posible que su rostro tuviera el aspecto de un tomate a punto de estallar del sofoco cuando mentía o mejor dicho, soslayaba, con ausencia total de maestría, la verdad?
Eso sólo iba a provocar lo que acababa de causar. Rob suspiró. La mirada llena de sospecha en esos llamativos ojos bicolor unida a una mueca que venía a significar, no me creo ni una palabra.
Torchwell entró al trapo como un búfalo.
─Me dijiste que los tenías en casa.
Clive aspiró hondo antes de hablar.
─¿Eso dije?
─Sí.
─¿Un lapsus?
─Ya.
─A veces me ocurre. No siempre.
─Claro.
El ceño de Clive comenzaba a fruncirse antes de preguntar directamente.
─Y, ahora, ¿qué diablos te pasa?
─Nada.
─Te conozco y has torcido el morro, Ross.
─No.
El superintendente se cruzó de brazos y susurró algo que se asemejaba a un no es el momento o a un estoy la mar de contento. No. La segunda opción, sin duda, quedaba descartada a la vista de su más que contrariada expresión.
Rob se acomodó en la dura silla. Su mente no estaba para mediar entre esos dos por lo que a punto estuvo de darle un beso a Peter cuando rompió el tenso momento.
─Ya lo arreglaréis más tarde. Nos queda el tema Osborne y tiene que estar relacionado de alguna manera con el carnicero desaparecido, Clive, y éste con lo que ocurría en el hospital. Por lo que relató su hermana sabía algo así que tendréis que hacer preguntas y seguramente llamen la atención.
─Está bien ─asintió Clive antes de clavar la vista en él para después posarla en Peter─. Pero nos olvidamos de lo más importante.
Maldita sea. Lo veía venir.
─¿Dónde diablos se esconde Martin Saxton y qué tiene que ver con todo este jaleo?
La maldita pregunta del millón de libras.
Y la que le impediría conciliar el sueño hasta descubrirlo.
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