Capítulo 13
I
Lo primero que llamaba la atención al entrar en la habitación era el asfixiante calor entremezclado con la humedad y ese olor, tan peculiar. Lo segundo era esa cabellera. Rojiza. Hermosa y espesa a pesar del sudor que la cubría. El esfuerzo había sido considerable pero había dado sus frutos.
Su llegada movilizó a las tres personas que le habían atendido. En diez segundos las cortinas de la ventana que daban a la calle estaban corridas. Sólo un candelabro quedó encendido, regalando algo de lumbre en plena noche y la puerta se cerró dejándole a solas con ella.
Estaba pálida y un rastro de sangre le cubría la mejilla.
Durante dos minutos se quedó observando a la joven que permanecía tendida en el lecho. Era delicada y frágil. No le supondría mayor esfuerzo. Ni reto alguno. Extendió la mano.
Los pálidos ojos azules se abrieron de golpe. En cuanto el cerebro se dio cuenta de que no le llegaba el oxígeno.
Sintió el placer recorrer su cuerpo. Lo echaba en falta. La sensación de completo poder atravesándole. Demasiado tiempo sin matar, sin destrozar. Oculto en las sombras y a la espera.
Su socia le había ofrecido ese regalo en cuanto comenzaron las contracciones. El regalo de decidir cómo y cuándo. Lo primero había sido sencillo. A solas. El cuándo, lo estaba viviendo en ese momento. En la clara mirada desorbitada de la mujer.
Apretó más la palma sobre esa boca que trataba de hablar, de morder salvo que le faltaban las fuerzas necesarias. Presionó otro poco más hasta que los párpados comenzaron a temblar. La mirada de la mujer se apagaba poco a poco gracias a él. Tan sencillo.
Lo sintió entonces. En los sollozos que agitaban el pecho cubierto por las sábanas y mantas que la mujer debía sentir como una mortaja en vida. En la enloquecida mirada que intentaba recorrer todos los recovecos de la habitación, buscándolo.
La excitación recorrió su cuerpo.
El cuándo había llegado.
Saboreando cada movimiento acercó su rostro al de ella. En penumbra. Se regodeó. Ella apenas apreciaría su rostro, su forma. Quizá lo identificará con el diablo. Quizá no errara en demasía. Era lo que era. Poderoso. Especial. Quien tenía en sus manos su vida. Su esperanza.
Inútil mujer.
Sus labios rozaron la mejilla femenina y sonrío, antes de susurrarle al oído, con dulzura.
─No luches.
Un gemido, suave, pareció contestarle pero en realidad era una pregunta llena de angustia. Atormentada.
─Ha sido una niña y ahora es mía.
Encontró lo que buscaba. Aquello que alimentaba su alma.
Dolor extremo y tormento. Exquisito tormento.
Las patadas y movimientos bajo las sábanas murieron al tiempo que la vida de la joven desaparecía bajo la presión de su mano sobre boca y nariz. Pese a la falta de fuerzas había luchado. Valerosa. Una joven a la que la naturaleza condenó al nacer de una madre deforme. Casi le provocó compasión. Casi.
La muerte olía de una manera especial. Dulce.
Un toque en la puerta le despertó de su ensimismamiento. Ella era impaciente y atrevida para osar molestarle en ese momento placentero. Llegaría el momento de explicarle las normas. Siempre llegaba. Ahora le necesitaba para atraer a sus redes al agente de policía. Al que había escapado de la muerte en una ocasión.
No hubo un tercer toque. La figura femenina accedió al cuarto con su pequeña carga en brazos. Con su deforme carga. La naturaleza no siempre era sabia. Ocasionalmente erraba y por ello era necesario enderezarla. Sacar ingentes beneficios de ello, era algo colateral. Mundano.
A veces, cuando su mirada se cruzaba con la de ella se preguntaba si no habría dado con la persona que le superaba en crueldad, en vicio y frialdad. Nunca lo sopesó en el caso de Celeste. Roland Bray llegó a intrigarle pero al final resultó un mero instrumento hundido por su propia debilidad. Una debilidad centrada en una mujer. En la mujer de uno de los hermanos Brandon. El hermano mayor de la sombra.
Recorrió la figura de la mujer que sinuosamente se acercaba hasta el lugar que él ocupaba junto al lecho de la joven que acababa de parir y había eliminado dejándole un regusto en la boca que conocía de primera mano.
Angelique Mayers impresionaba. Su mirar. Su manera de moverse.
Era todo lo contrario a lo que su nombre de pila indicaba.
Era depravada. Y letal.
II
Comenzaba a fastidiarle la razón por la que se negaba a hablarle. O mirarle, para el caso. Y eso que él se consideraba un hombre paciente. Y bonachón. Casi siempre.
El desayuno había transcurrido en medio de un desacostumbrado monólogo sin las puntuales observaciones de Ross. El posadero tras la contestación entre rugido y bufido de éste a su pregunta de qué tal habían pasado la noche, les confirmó que una familia se había acomodado recientemente no lejos de allí. A unas pocas millas. No pudo asegurarles que fuera el hombre que buscaban pero tampoco lo negó de plano dando espacio a una pequeña posibilidad de averiguar qué diablos estaba ocurriendo. El canoso posadero estaba deseando perderles de vista. Y no le extrañaba en absoluto con el aura tormentosa que rodeaba de Ross.
─¿Crees que tendremos problemas?
─No.
─¿Has traído armas?
─Sí.
─Venga, Ross. No seas inmaduro.
No soltaba prenda el muy lerdo y desde luego tampoco era necesario que le mirara con cara de funerario.
De acuerdo. La situación había sido incómoda y rara a más no poder pero no podía decirse que le hubiera violentado sin posibilidad de recuperación. Si el muy terco se lo hubiera tomado a risa como él, nada habría pasado. Pero como el hombre estaba más raro que las moscas verdes, tras amanecer, la situación había degenerado en una tonta discusión para escalar hasta el punto en que ni le hablaba, ni le miraba y se empeñaba en mantener una distancia de dos pasos como poco, entre ambos.
Y todo por una nimiedad.
Había despertado con la mano sobre el trasero de Ross. Y lo había palmeado. Un poquito de nada. En sueños. Nada que un buen amigo no pasara por alto. Además, ni que hubiera sido a propósito.
¡Creyó que era el de su señorita Maple!
¡Y estaba necesitado de cariño!
Se lo intentó explicar, varias veces, pero la mirada llameante se había convertido en un ceño fruncido y después en una discusión a voz en grito. Y todo porque no le había contado antes que tenía una pretendida en ciernes. Lo de las palmaditas amorosas en el trasero parecía haber quedado en el olvido, tras recibir la nueva información.
¡Ni que tuviera que conocer cada íntimo detalle de su aburrida vida!
Chasqueó los labios, jurando entre dientes y atrayendo esa mirada que insistentemente le esquivaba. Tendrían que haber permanecido en el salón de la posada y no en el cuchitril diminuto en el que habían pasado la noche. Se hubieran evitado el insustancial disgusto de Ross y el ligero apuro de la pasada noche.
Se arrebujó en el abrigo. Pese al fuego de la chimenea sus ropajes permanecían algo húmedos. Con un ligero toque en el flanco de su montura trató de acercarse a Ogro, pero Ross se alejó manteniendo la distancia entre los caballos.
Pues sí que estaba enfadado. Se planteó por un segundo tocar el segundo tema prohibido.
El sacrosanto trasero de Ross Torchwell.
Entonces lo sintió. En la nuca. Ross se asemejaba a la calma personificada pese a los labios apretados en una fina línea. Optó por hablar.
─Nos observan.
─Desde hace un buen rato.
Se inclinó para susurrar a su mejor amigo, algo sorprendido.
─Pudiste decírmelo, ¿no crees?
─Te hubieras girado.
─¡No lo hubiera hecho!
La mueca escéptica de Ross sobraba por lo que optó por ignorarla y seguir a la carga.
─¿Dónde están?
─Cerca.
─¿¡Cómo de cerca!?
─Más de lo que crees.
Dios, esa mañana el hombre que tenía a su lado desprendía genuina amabilidad.
Se vio forzado a acicatear su montura para que siguiera el ritmo de Ogro, lo cual no era sencillo y el corazón le dio un vuelco al escuchar la siguiente frase de Ross.
Prepara el arma.
Odiaba las confrontaciones prefiriendo siempre un contundente diálogo. Era un pacifista por naturaleza, lo cual de poco le servía en los tiempos que corrían. Poco a poco había conseguido relajar el ambiente entre ambos camino al lugar que supuestamente habitaba el hombre que venían buscando. Le había resultado un soberano esfuerzo y se había mordido un par de veces la lengua pero valía la pena. Siempre lo hacía con Ross.
Blair Burgi.
Así se llamaba el hombre que intentaban localizar. Un profesional del gremio de los carniceros que a priori era tan peligroso como un mar en plena calma. Se preguntó con ligero desánimo si a Rob y a Peter les estaría yendo tan rematadamente mal como a ellos.
Ojeó los alrededores achicando los ojos y deseando tener sus anteojos para que lo borroso se tornara definido y calló el comentario que tenía pegado al paladar.
Ni muerto le recordaría a Ross que más allá de unos veinte metros las formas perdían algo de borde para camuflarse con el entorno.
Llevaban un buen rato recorriendo un monótono y estrecho camino empedrado con muros de irregulares rocas izados a los lados, delimitándolo. Tres casas desparramadas a ambos lados daban la bienvenida a los viajeros sin demasiado esmero ya que se encontraban desvencijadas y los hermosos jardines que las rodeaban, desarreglados. Imaginaba que sus moradores no dedicarían demasiadas horas al día para su cuidado. O simplemente puede que estuvieran abandonadas.
La casa que buscaban se encontraba al final del camino, unos pasos antes de llegar a la encrucijada que desviaba al caminante en direcciones contrarias. Pese a su deficiente visión era apreciable el destrozado tejado, curvado y totalmente hundido.
Dudaba que allí se cobijara alguien en su sano juicio, sobre todo por las lluvias sufridas los últimos días. Había sido un viaje en balde.
Por lo menos en esos instantes no llovía.
Le pareció escuchar un crujido, pero no provenía del camino sino del frondoso bosquecillo repleto de sombras situado a su derecha.
El grito de Ross para que se resguardara no hubiera encabritado por sí solo al caballo, pero el fogonazo y detonación del arma terminaron por hacerlo. Era buen jinete pero el brusco movimiento le lanzó al suelo, cayendo sobre su maltrecho costado, cortándole la respiración.
El revuelo armado a continuación no se hizo esperar. Discurrió increíblemente rápido. Los caballos salieron despedidos y sintió como le aferraban de la chaqueta para arrastrarle tras el pequeño muro que deslindaba la vieja casona de los terrenos que la rodeaban.
Una ronca voz masculina sonó con claridad, exigiéndoles que se dejaran ver si no querían terminar enterrados en la zona para el anochecer. Que si se entregaban nada malo les ocurriría.
Por supuesto. Qué alma tan caritativa. Y rebosaba sinceridad.
El juramente de Ross le sonó a gloria en verso. Estaba enfurecido y en ese estado el hombre era una fuerza incontenible y letal.
─Quédate aquí.
¡Qué!
Que un hombre tan enorme se pudiera mover con semejante rapidez era incomprensible pero en esta ocasión, no tenía la más mínima intención de permitírselo. Ross se había medio incorporado, pero con fuerza le agarró del faldón de la chaqueta y tiró hacia atrás causando que la pesada espalda de su mejor amigo chocara contra su costado derecho.
─De eso nada. Si te matan, a ver qué hago.
A unos escasos centímetros de distancia esos increíbles ojos le miraron detenidamente hasta ponerle de los nervios. Entrecerró los párpados.
─No ves bien.
Fue a abrir la boca pero no pudo mentir.
─Si veo. Más o menos.
Se aproximaban unos pasos. Quizá tres hombres.
─Maldita sea, Clive, ¿¡y las gafas!?
─En… casa.
─Descansando, ¿no?, no se vayan a desgastar. ¡Dios, me enfureces!
¡Él!
Con asombrosa agilidad, Ross sacó dos afilados cuchillos de algún lugar entre la ropa que anoche evidentemente no portaba encima. ¿Cómo demonios…? Empuñando el arma en su dirección y con cara de pocos amigos, Ross le repitió con verdadera mala baba un quieto aquí. Y desapareció. Puf. Como por ensalmo. Dejándole con el trasero en el barro, la espalda contra la fría piedra y sin saber muy bien cómo obrar.
Transcurrieron diez segundos y tan sólo se escuchaba el viento deslizarse sobre la hierba. Una gota de cierta consideración le rebotó en la punta de la nariz anunciando lo que faltaba para irse todo al cuerno. Se ponía a llover y él odiaba la fina lluvia inglesa. Ahora que lo pensaba, las gafas eran inservibles con lluvia.
Se emborronaba todo.
Azuzó el oído al creer escuchar un grito ahogado no muy lejos.
Con el arma bien amartillada en la mano se enderezó lentamente, encontrándose de sopetón con un hombre tan sorprendido como él. Iba mal vestido y le faltaban un par de dientes. No le dio tiempo suficiente como para apuntar con precisión antes de que se lanzara contra él a buena velocidad. Del impulso cayeron sobre el embarrado jardín, su enemigo encima, aprisionándole contra el suelo. Maldita sea, pesaba bastante más que él y desprendía una mezcla de olor a sudor, suciedad y algo más que no supo definir. Algo peculiar pero por algún motivo extrañamente familiar. Le tenía bien agarrado del cuello y apretaba. Cada vez más. Se… estaba… ahogando. Tanteó desesperado el suelo buscando algo, lo que fuera hasta que dio con ello. Aferró la piedra con fuerza formando su mano un puño a su alrededor y lo lanzó contra la quijada del animal. La inercia les tiró quedando en esta ocasión él sobre el hijo de mala madre.
Se acababan de volver las tornas.
La lluvia caía con fuerza empapando su espalda, su cabello, colándose por el cuello de la chaqueta pero toda su atención y fuerza se centraba en sus manos. En apretar. Un dolor agudo en el costado casi le hizo soltar a su presa. Casi.
Bajo su cuerpo el hombre trataba de tomar bocanadas de aire pero la constante presión de sus dedos le cerraban el paso. Su atacante perdía las fuerzas. Los espasmódicos movimientos de sus piernas bajo el peso de su cuerpo se debilitaban. Apretó más pese a lo ateridos que sentía los dedos contra el húmedo y áspero cuello.
Lo estaba consiguiendo hasta que por detrás alguien le golpeó con fuerza en el lateral del rostro, atontándole ligeramente.
Se escuchaba una pelea cerca, muy cerca. Varios hombres luchando. Reconocería ese sonido en cualquier lugar. Ross.
Y le gritaba.
¿Por qué diablos le gritaba? Le dolía la cara. La sien. Igual que cuando le hirió aquella mujer meses atrás. ¡Maldición! Su sien estaba gafada. Como le quedara otra fea cicatriz, su preciosa Señorita Maple iba a huir espantada.
Otro brutal golpe contra su espalda le lanzó de bruces al suelo, alejándole del hombre que le había atacado primero y enterrando su cara en el lodoso fango. Le habían golpeado a traición por detrás y hasta sus oídos llegó el sonido del choque de algo metálico contra otro objeto indefinible. No necesitó mirar para intuir que le apuntaban con una maldita escopeta de perdigones. Reconocería el sonido entre miles. Y el destrozo que podía causar.
Permaneció inmóvil hasta que la puntera de un zapato le dio una patada en el muslo y una voz masculina con cerrado acento le ordenó que se levantara si no quería terminar agujereado del todo. Lo hizo sin dudar pese a lo resbaladizo del suelo, preguntándose dónde estaría Ross.
─Baja el arma, imbécil o el que terminará con un agujero del tamaño de Londres en la cabeza serás tú.
Detrás del tipo. Ahí estaba Ross.
─Apártate, Clive.
Inició el movimiento ordenado por su mejor amigo pero el cañón del arma presionó contra el mismo centro de su espalda, deteniéndole de golpe.
Dios.
A esa distancia el idiota que le apuntaba le iba a volatilizar y todo se iría al demonio. Ni noviazgo, ni boda en ciernes, ni riñas con el ogro, ni aventuras, ni risas, ni…
El imbécil que le apuntaba habló, pero se dirigía a Ross.
─Si se mueve, aprieto el jodido gatillo, compadre.
La madre de… El muy idiota parecía dispuesto a cumplir lo que anunciaba. Y por el tono de Ross, al responder, también.
─Si tú te mueves, respiras o disparas, también caerás.
¿Acaso él nada tenía que decir?
─¿No podríamos negociar?
─¡No!
El grito mutuo de los dos hombres colocados a su espalda le enfadó.
Sopesó seriamente protestar y gritar o lanzarse al suelo en picado pero la puerta de la destrozada casa ubicada frente a él que habían ido a visitor se abrió de golpe y el amenazador cañón de otra arma asomando por la rendija en dirección al grupo que formaban los tres, le quitó las ganas de protestar. Lanzó un diablos, seguido de una condenada arma como si otra no le apuntara en esos momentos a la espalda, antes de que el condenado estruendo al ser disparada sonara apabullante a sus oídos.
El dispuso de tiempo para desviarse de su punto de mira al apreciar la amenaza. Ross percibió la amenaza en su grito y reaccionó. El hombre situado tras él, no.
Del impacto recibido cayó contra el muro que minutos antes había traspasado para atacarle, quedando inmóvil.
Totalmente seco.
Los hechos se precipitaron. Ross corrió hacia la casa lanzando todo su peso contra la roída puerta y contra la persona que se ocultaba tras ella, preparando el arma para un segundo ataque. Alcanzó a escuchar un chillido pero la mole que era el cuerpo de su amigo le impedía ver más allá. Cruzó la entrada.
Rígido, Ross empuñaba su arma en dirección al bulto tendido en el suelo tras recibir éste un tremendo impacto y que tenía todo el aspecto de ser…
Una mujer.
Vaya.
Una descolorida y flaca mujer casi les acababa de defenestrar con un arma más grande que su escuálido antebrazo.
Explotó sin querer contenerse ni un segundo más. Ni su enfado ni su rara vez expuesto mal genio. Estaba saturado para lo que quedaba de día. No, para lo que quedaba de mes. Su alarido sonó grandioso.
─¡Señora, casi nos mata con ese arma infernal!
Un rostro sucio y rodeado por una mata enredada de canoso cabello le miró con brillantes ojos para asir de seguido, mientras permanecía con las posaderas en el suelo justo ante ellos, una especie de desvencijado delantal que le cubría la rasgada falda color marrón y taparse con él su cara y cabeza al completo, dejando fluir tras la ropa una ristra descontrolada de jipíos y sollozos.
Lloraba.
No.
¡Sollozaba como una posesa!
¡Se iba a deshidratar a semejante ritmo de llanto!
Sintió sobre su rostro la furiosa mirada de Ross y de refilón alcanzó a captar el gesto en dirección a la buena mujer que venía a decir pero qué bestia eres, Clive, le hiciste llorar.
No, si ahora el malo de la historia iba a ser él.
Inconcebible.
III
─Lo lamento, señores pero el Doctor Piaret ha salido de viaje hace un par de horas a lo sumo.
─No puede ser.
─Lo es, señor. Yo mismo le vi marchar.
─¿A dónde?
─No lo dijo, señor.
─¿Sabe usted algo más que no sea que su señor ha salido de viaje? ¿Se entera usted de algo en este mundo que no sea…?
La tensión en los rasgos de hombrecillo que había aparecido tras la puerta de acceso al hogar del médico al ser avisado por una asustadiza criada denotaba que su dignidad estaba viéndose afectada por las ansiosas y ásperas preguntas de Peter. Y el sarcasmo que obviamente encerraban.
Le pegó un ligero golpecito en la espalda al grandullón quién, tras un gesto de supremo hastío, se apartó dejándole adelantarse hasta quedar a la altura del supuesto mayordomo de la casa Piaret.
─Verá usted. Soy el inspector Robert Norris. El doctor nos citó aquí y…
─No me dijo nada, señor.
─Eso no significa que no nos citara.
─Ni que lo hiciera, señor.
─¡Se lo digo yo!
─Pero usted, no es mi señor.
Vaya. Apretó los dientes. Para no morder al hombre.
─Buen hombre, está comenzando a enfadarme.
Le pareció escuchar una seca risilla de Peter tras él.
─Les repito señores, que no les permitiré la entrada en esta casa sin el permiso de mi señor.
─Le digo por enésima vez que soy inspector de la policía metropolitana de Londres.
Una fría mirada de desdén le recorrió de la cabeza a los pies. El pomposo e inflado hombrecillo trataba de estirarse cuan largo era.
─Y yo le repito, señor inspector, que me muestre alguna credencial.
─¡Voy de incógnito!
─También los ladrones.
Mal… di… ción.
¡Que le mataba y terminaba encarcelado! Le temblequeaban los brazos de las ganas de agarrarle, alzarle y lanzarle sobre su hombro dejando expedita la entrada a la puñetera casa para comprobar que el único hombre que había mostrado un mínimo de intención de hablar, no se les acababa de escurrir de entre los dedos. Casi salivó disfrutando de la imagen en su mente.
Un suave toque aunado a un susurro de es mi turno, dio paso a Peter, de nuevo.
Parecían David y Goliath pero algo intangible en la empecinada expresión del mayordomo le decía que David iba a poder con ellos.
Peter se inclinó ligeramente antes de hablar.
─¿Y si le dijera que creemos que el doctor puede estar siendo amenazado o chantajeado?
El cambio en la terca expresión del hombre evidenciaba una total sorpresa. Si así era, no estaba al corriente. El balbuceo que siguió a la información no era fingido. Pero algo en su mirada acicateó cierta alarma en ellos. Preguntó antes de que lo hiciera Peter.
─¿Qué ocurre?
Por unos segundos el hombrecillo dudó, repasándoles de arriba abajo con la astuta mirada. No supo qué fue pero la decisión de hablar apareció repentinamente en el fondo de esos ojos.
─Ha sido raro.
Pues sí que era críptico el mayordomo. Y a él se le había agotado la paciencia por lo que lo dejaría en manos del grandullón. Con un gesto le dio paso.
─¿A qué se refiere?
Un atisbo de duda se reflejó en los claros ojos del hombre sumados a un gesto de fiera testarudez.
─No les dejaré pasar… ─Peter se estiró de golpe sacándole más de dos cabezas─…pero eso no significa que no pueda expresar mi preocupación por mi señor.
¡Al fin!
Dio un paso colocándose a la altura de Peter.
─Hable.
─Verán, el doctor únicamente se desplaza por razones laborales y tiene costumbre de organizarlo con antelación.
─¿Y?
─ Con meses de antelación. Le desagrada lo sorpresivo.
─¡¿Y?!
Dios, Peter también estaba perdiendo la calma con la excesiva flema del hombre. Éste dio un paso alejándose del interior de la casa y redujo el tono de voz.
─Hoy llegó agitado del trabajo y el doctor nunca se inquieta. Su vida se rige por una serie de reglas inquebrantables y entre ellas está la…
─Organización. Sí, ya lo ha apuntado antes, buen hombre.
¿Por qué le miraba todo ofendido? Sólo trataba de aligerar la endemoniada conversación. Se giró al notar la llameante mirada de Peter. Vaya. Hoy estaba logrando enfadar a todo el personal.
Se encogió de hombros a modo de disculpa y el mayordomo se volvió una vez más hacia Peter.
─Nunca hubiera marchado de semejante manera de no haber sido por ese hombre. Llegó pocos minutos después del doctor y cuando le vio…
─¿Qué?
─Empalideció y…
─Siga.
─Se asustó. Ese hombre le daba miedo. Verdadero miedo. Llevo al servicio de mi señor media vida y jamás presencié semejante expresión en él.
Un nudo comenzaba a formársele en la boca del estómago y la inmensa figura de Peter a su lado se tornaba cada vez más rígida.
La ronca voz de Peter no se hizo esperar.
─Descríbamelo.
─Alto. Mucho. Casi tanto como usted. De porte gallardo y facciones muy apuestas aunque duras. Cabello oscuro y ojos claros. Pero…
Dios, con cada palabra que pronunciaba el hombre su corazón se aceleraba. Las siguientes palabras de Peter terminaron de hundirle.
─Sus ojos azules parecían helados, calculadores y una pequeña cicatriz irregular marcaba la parte inferior de su barbilla.
─¿Cómo lo…?
─Porque se la hice yo. ¿Dijo algo?
─No, señor pero el doctor…
Peter se tensó al completo.
─Es importante. Cualquier cosa que recuerde nos ayudará a encontrarle.
─Mi señor no ha partido de viaje, ¿verdad?
─No.
─¿Qué debemos hacer?
─Nada por el momento. Seguramente estén vigilados por lo que habrán de seguir con su rutina diaria. Dudo que se pongan en contacto con ustedes ya que han organizado todo para que parezca que el doctor Piaret ha partido por motivos de trabajo pero si lo hicieran, sabe dónde localizarnos. No hagan algo que llame la atención.
El hombre asintió completamente pálido.
─Ahora recuerde al detalle lo ocurrido. Algo que llamara su atención. Cualquier palabra o frase que dijeran, por nimio que le parezca. Es esencial. Antes iba a decir algo.
─Al colocar el abrigo al señor y mientras ese hombre le esperaba junto a la puerta me dijo una frase sin sentido. Fue muy rápido y me dio la impresión de que trataba de evitar que ese hombre le escuchara. Creo que intentó que pasara desapercibido porque no llego a comprender a lo que se refería. Me dijo Malcolm, comenta a mis dos invitados que he de acudir a realizar una visita médica urgente de una de mis pacientes cuyos achaques de edad han empeorado. Al campo, aunque no excesivamente lejos de la ciudad. Con la torre, las águilas y las cuevas. Es cuestión de vida o muerte, ¿me entiende? Es importante que lo recuerde. Dígales que…. ─ al mayordomo le temblaba la voz─. No tuvo ocasión de decir más al reclamarle ese hombre. Se le notaba enfadado por hacerle esperar. Entraron en el carruaje y desaparecieron. Me quedé un largo rato en la entrada porque sentía desazón. Por alguna extraña razón me sentía inquieto.
Los claros ojos ya no eran de rechazo sino que estaban cubiertos de preocupación.
─El doctor es un buen hombre y no merece que le ocurra algo malo. Es un buen patrón. ¿Le traerán de vuelta a casa?
Los negros ojos de Peter se clavaron en los del hombre con intensidad.
─Lo intentaremos. ¿Sabe a qué se refería?
El gesto mezcla de impotencia y de agradecimiento del mayordomo lo dirigió en esta ocasión a los dos.
─Ahora actúe como le hemos indicado y si surgiera cualquier contratiempo, sabe lo que debe hacer.
Segundos más tarde el grueso portón se cerró de golpe, provocando un silencio abrumador y opresivo.
No quería mirar a Peter. No quería porque si lo hacía se convertiría en demasiado real. No lo esperaba tan pronto. En absoluto.
La pesadilla comenzaba de nuevo. Demasiado pronto.
Saxton.
IV
─¿Vas a seguir mudo lo que queda de día, canijo? Me gustaría saberlo para evitar malgastar más saliva de la estrictamente necesaria.
No estaba para ironías y el muy bruto lo sabía pero no parecía importarle lo más mínimo así que optó por emplear su recurso favorito. La sutil ironía.
─Verás, Peter, es un día tan maravilloso que da pie a parlotear sin fin. No nos hemos topado con la sombra del canalla que nos persigue ni ha desaparecido como la maldita bruma de esta mañana un posible testigo o confidente o lo que diablos fuera el buen doctor y lo único que estoy logrando al hablar en alto ¡es enfadarme! Así que, sí, voy a estar mudo un buen rato. Y te aconsejo lo mismo antes de que terminemos peleados, para variar.
El silencio y la paz duraron ¡cinco segundos!
─Puede que no sea él.
─¡Saxton!, Peter. Decir su puñetero nombre no lo hace menos real, ni menos odioso.
─¿Qué te dijo?
─¿Quién?
─Él. En el barco, hace cuatro meses. Sé que no me lo has contado todo, canijo.
─No tienes por qué saber cada pequeña conversación de mi vida, Peter.
─Esa sí.
─Esa no.
─¿Por qué no?
Se quedó un buen rato observando ese hermoso rostro. Eres posesivo y terco. No iba a dejar el tema hasta que supiera aquello que quería conocer.
─Dame una razón lógica y la respetaré.
─¡No todo es lógica, Peter!
─Casi todo.
Se le estaba encrespando el cabello. Notaba las raíces en punta y eso denotaba que echaba chispas y de las malas. Aspiró profundamente mientras desviaba la mirada del hombre que cabalgaba camino a la mansión a su lado. Los costados de las monturas se rozaban. Había intentado mantener cierto margen de separación pero era imposible. Habían terminado al borde del camino en su afán por distanciarse algo y el de Peter por impedirlo a toda costa.
Si no terminaban arrollando a algún peatón podían darse por satisfechos. Por el momento decidió obviar el hecho de que le estaba acorralando, centrándose en el tema entre manos.
─¿Qué vamos a hacer?
Esos negros ojos se tornaron serios al instante al escuchar su pregunta. Incluso a sus propios oídos le sonó ansiosa.
─Seguir la pista del médico. Es la única forma de dar con él y con… Saxton.
Las tripas se le hicieron un maldito nudo.
─Disponemos de muy poco.
─Lo suficiente para indagar.
─Tendrá muchos pacientes, Peter. Es un médico de renombre.
─Ya, pero tenemos algo por lo que empezar. Ancianas residentes en el campo con achaques a causa de la edad.
─Esperemos que no se especializara en viejecillas porque estaríamos apañados. Abundan en el campo, aunque ahora que lo pienso, ¿no estaba estudiando no sé qué enfermedad de los huesos?
─Deformidades óseas.
─Eso mismo. Quizá ese dato reduzca la búsqueda. ¿Qué crees que significa lo de la torre, las águilas y las cuevas?
La mirada de ligero desconcierto de Peter debía ser un exacto reflejo de la suya. Éste se volvió en su montura hacia él.
─¿Algún lugar en concreto?
─Por lo que sé y no es demasiado, las águilas habitan los páramos abiertos y las montañas, no la ciudad o el centro y sur del país, Peter. ¡Te quieres estar quieto!
─¡No he hecho nada!
─Acabas de taconear al caballo con el talón para pegarte a mí.
─¿Y?
Una de sus manos soltó las riendas para enfatizar su siguiente frase sin apartar la mirada de esos iris oscuros que se habían tornado de nuevo juguetones. Ese hombre le desquiciaba los nervios.
Le enseñó un poco los dientes. A modo de ligera advertencia.
─En este mundo, amigo mío, hay o debiera haber un globo invisible alrededor de cada persona…─¿Se estaba mofando la mole? Más le valía que no, porque como una ligera sonrisilla apareciera en esos carnosos labios, estallaba, la armaba en plena vía y al cuerno con el decoro público─…para delimitar su espacio privado. Físico y mental. Como mi globo físico desapareció por tu condenada culpa hace tiempo, más bien años atrás, estoy dispuesto a proteger mi globo mental con uñas y dientes, Peter. Así que ya lo sabes. A alejarte unos pasos y a callar que sigo enfadado.
Exhaló el aire fresco tras hablar sin perder comba y sin aspirar aire. Faltaba que surtiera efecto en Peter.
─Tu teoría tiene un leve fallo, Rob.
Paciencia. Sólo un poco más de paciencia, hasta llegar a casa.
─Y un cuerno.
─La tiene.
─¡¿Cual?!
Por la maliciosa sonrisa supo que no le iba a gustar lo que estaba por decir la mole.
─Bien pensado, esa información forma parte de mi globo mental personal, Rob.
Increíble. Le acicateaba a posta.
─¡Haces trampa!
─¿Quién lo dice, canijo?
─Yo.
─¿También existen reglas para los globos esos? Interesante. Explícamelas.
─Si me dices antes lo del fallo.
─No vas a poder dormir si no lo sabes, ¿verdad?
Apretó los labios negándose a contestar y con el costado de la bota lanzó un puntapié a la que cubría la musculosa pierna de Peter.
─¿Ahora recurrimos a la violencia? ─el sonido del chasquido de la lengua de Peter le llegó claro y le enrabietó completamente─ Rob, estamos perdiendo las formas últimamente.
Por los santísimos mártires. Le llevaba por la calle de la locura.
─Dime… el… condenado fallo.
─¿Qué me das a cambio?
─¡Nada!
Otro chasquido de esa endemoniada lengua.
─Peter…
─Muy bien, lo hago por tu salud mental, canijo pero que te quede bien claro que no hemos terminado con el tema de Saxton.
Eso lo veríamos.
Paró su montura sin dudarlo tras asegurarse que ningún carromato, jinete u otro objeto móvil los seguía pero el muy bestia siguió adelante sin una sola vacilación. Una sonrisa de oreja a oreja recorría su rostro. El inmenso cuerpo se ladeó ligeramente en su dirección y sonrió, antes de echar a galopar.
Dios, con esa sonrisa que le derretía por dentro. La ronca voz le llegó con nitidez pese a la distancia que se incrementaba por momentos entre ambos.
Hablas mientras duermes.
─¡De eso nada!
Le estaba provocando. Ni más ni menos.
Sin parar, canijo y compartes las cosas más interesantes del mundo.
─¡Y un cuerno!
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