Capítulo 28
I
Todos vestían de oscuro. Hasta el último de los hombres. Las únicas que destacaban algo eran Jules y la abuela Allison. Estaban nerviosas y no era de extrañar. Aunque en principio ellas no debieran correr peligro quedaban, en última instancia, bajo la vigilancia de Jared Evers.
La seguridad de las mujeres era una prioridad y nadie lo discutía. Éste vestía con ropajes desgastados y una gorra mantenía bajo control su cabellera. Rob dudaba que permaneciera así demasiado tiempo. Demasiado rebelde, al igual que la suya.
Las calles estaban prácticamente desiertas, como imaginaron. Entre semana y siendo noche cerrada, la gente no se aventuraba a salir a la calle salvo que buscara problemas.
Les había costado dar con Sorenson. Sus hombres se movían en la oscuridad como peces en el agua, al igual que él. Camuflados en esquinas, en callejas estrechas que deslindaban edificios o simplemente de despistados transeúntes, ocupaban lugares estratégicos cubriendo el barrio hasta el último rincón.
Marcus Sorenson estaba pálido y furioso. Su mirada prometía represalias. Desprendía tal dureza que un cerco que nadie osaba pasar parecía rodearle. Ni siquiera sus hombres más leales.
─Una vez haya entrado, me encargaré de que Jules y la abuela salgan de nuevo y queden al cuidado de Edmund ─Jared se giró hacia el anciano─. Te asegurarás de que lleguen sanas y salvas a casa de Mere, como quedamos y quedáis a la espera. Una vez dentro del hospital y con las mujeres fuera de peligro, nos separaremos ─con la mirada Jared acalló la protesta que comenzaba a percibirse en los ojos de Jules.
Rob suspiró de manera casi inaudible.
Su grupo lo formaban Peter, Jules Sullivan, la abuela Allison, su aterrado padre, Jared Evers y él. Clive debía unirse a ellos en poco más de media hora, justo diez minutos antes de que las mujeres abrieran el portón que daba a las cocinas de hospital de San Bartolomé para que accediera Evers al edificio. Eso les daba a las mujeres cuarenta minutos para presentarse, que les indicaran el lugar de trabajo, les dieran la información necesaria y firmaran en el registro y el papeleo pertinente.
Una vez dentro, Jared controlaría y minimizaría la presencia de extraños, apartándoles del camino si fuera necesario. En cuanto éste estuviera despejado, el hermano de Mere les daría acceso al interior. A Peter, a Sorenson y sus dos hombres, a Clive si llegaba a tiempo y a él. Pasar desapercibido suponía la incursión de menos personas. Los hombres de Sorenson controlarían el exterior.
En teoría sonaba simple. Sencillo.
En estos momentos Clive ya estaría coordinando las fuerzas policiales junto con el agente Strandler. Le quedaba poco tiempo si quería llegar a la hora. Si no lo hacía ellos no podrían esperarle y tendría que acompañar al segundo grupo que conformaba el ataque a Saxton esa noche, el grueso de agentes que accedería por la entrada oficial del propio mercado de ganado.
La única diferencia entre ambos grupos era que el ataque por ese flanco se llevaría a cabo media hora más tarde que el previsto por la entrada oculta desde el despacho de Colin Piaret.
La segunda diferencia era el número de personas que integraban cada grupo. Al ser menos tendrían la ventaja de la sorpresa de la que carecerían los que iban a entrar por el edificio del mercado de ganado. Contaban con evitar un enfrentamiento directo con los hombres de Saxton.
Él prefería que Clive estuviera a su lado, hombro con hombro.
La abuela Allison terminó de guardar los efectos que llevaba en el bolso que portaba. Poca cosa. A Jules le temblaban tanto las manos que no atinaba a doblar el delantal claro ni a abrir su bolso por lo que en un gesto inesperado de Evers, éste lo hizo por ella. Cerró el petate y se lo colgó con suavidad en el brazo, tras acariciarle la trenza que se le escapaba bajo el sencillo gorro.
No pudo evitar sonreír al apreciar el parpadeo sorprendido de Peter en reacción al gesto de Evers.
Había llegado la hora.
Las mujeres se alejaron de ellos acercándose lentamente a la esquina que les haría desaparecer de su rango de visión. Los hombros de Jared gritaban a voces de la tensión que sentía y la fuerza de voluntad que ejercía para no ir tras ellas. Sobre todo en el momento en que Jules giró la cabeza en su dirección. Justo antes de dar la vuelta al recodo. La ronca maldición la escucharon todos. Evers dio un paso hacia adelante para ser retenido por la firme mano de su padre.
Tenía que ser duro quedar atrás.
─Debemos esperar, muchacho. Aunque no nos guste. Y créeme, siento lo mismo que tú. Aquél que les vea llegar no dará la alerta. Les esperan pero si aparecen acompañadas de un desconocido, podemos perder la ventaja que tenemos.
La línea de los rígidos hombros de Evers apenas se relajó un ápice. Ambos hombres debían sentir lo mismo. No sabía si él hubiera sido capaz de dejar marchar a Peter. No lo sabía.
Tocaba esperar.
Se separaron en dos. Cinco minutos más tarde Jared se adentró en la oscuridad siguiendo el mismo camino que las mujeres habían recorrido antes. Debía colocarse sin ser avistado cerca del punto de entrada al hospital. Su padre se quedaría atrás a la espera de que llegaran los refuerzos policiales. Desconocían cuantos agentes mandaría Strandler pero la gran mayoría permanecería en el otro grupo.
En cuanto Jared diera la señal les tocaba moverse a Sorenson y sus dos hombres, a Peter y a él. Ellos no buscarían a los demás. No rescatarían a nadie salvo que toparan con ellos. De eso se encargarían Sorenson y los suyos junto con Jared.
Ellos irían a por Saxton.
II
Las palabras no le salieron. Sencillamente se quedó mirando los ojos del hombre que al fin había dicho lo que sentía.
Notaba la mirada compasiva de la marquesa de Torchwell en la nuca y no quería sentirla. No quería provocar lástima. No quería… No quería estar aquí. En un agujero inmundo rodeada de huesos pulverizados y habiendo encontrado al hombre que creyó muerto para descubrir que le había perdido completamente hacía años. Que quizá nunca le tuvo. Ni a él ni a su cariño.
No podía acercarse a él. No podía si quería mantener la calma. Apartó la mirada de Neil y con firmeza se volvió hacia abuela y nieto.
─Debemos intentar salir de aquí. Como sea. Antes de que lleguen de nuevo. Antes de que me obliguen a elegir.
─Pero Elora, no puedes… ─el repentino silencio evidenció la dureza de las palabras que la anciana callaba.
─Lo sé. Sé que no puedo elegir entre mis hijos y él, pero ellos no lo saben.
El desagradable sonido de metal al chocar retumbó contra las paredes. Tanto Torchwell como su marido permanecían encadenados y trataban de liberarse pero por un segundo su corazón se paró. Creyó que eran ellos que volvían para que decidiera, para que escogiera entre entregar a sus niños a esa mujer o negarse y con ello dictar la sentencia de muerte de su marido en ese mismo instante
Se frotó las muñecas cubiertas por rozaduras. Ese había sido el primer error cometido por los hombres de Saxton. Desatar las sogas que les mantenían a ella y a la marquesa prisioneras. Ahora sólo les tenían cautivas esas cuatro paredes y una puerta. Con eso podrían.
No llevaba su puñal. No imaginó que en una elegante cena con Jared Evers fuera a necesitarlo pero siempre llevaba consigo su pequeño billetero con los instrumentos facilitados por el viejo Lucas y cuyo manejo le había enseñado Wigg, el escurridizo ratero que era parte de la familia.
Cuando salieran de este engendro de situación le iba a dar un buen achuchón a ambos. Y varios besos en mejillas y frente aunque Wigg se desmayara de la soberana impresión.
Ante la mirada sorprendida de la marquesa les dio la espalda, se alzó las voluminosas faldas y agarró la pequeña faltriquera en la que portaba sus ganzúas. Otras mujeres las empleaban para ocultar el salario de la semana a buen recaudo. Ella llevaba ahí sus tesoros. Por si surgían imprevistos.
Escuchó el qué demonios hace de Torchwell pero al girarse y observar los iris de la anciana llenos de inteligencia supo que esa mujer iba a pelear con todas sus fuerzas, al igual que ella. El condenada mujer del superintendente casi le arrancó una sonrisa en ese infierno.
Casi.
Su marido no había pronunciado ni una mísera palabra tras decirle que no había vuelto porque hacerlo sin Claire no valía la pena. Ya le daba igual. Que hablara, que no lo hiciera, sentir su mirada fija en ella como si le sorprendiera que ella tuviera los suficientes arrestos como para tener cierta iniciativa. Ese hombre jamás la conoció. Nunca mostró interés en hacerlo. Nunca hablaron. Y ahora era tan tarde para hacerlo que ya le daba igual. Lo único que le importaba eran sus niños y la vida que llevaba. Volver junto a ellos. A una vida que adoraba y a un hombre que… No podía pensar en Sorenson. No ahora. Si lo hiciera, flaquearía.
Con un suave movimiento se acercó a la marquesa y le pasó una de las ganzúas. El sonido del roce con los grilletes no se hizo esperar. Tras una profunda aspiración se acercó a Neil. Ella no llegaba a alcanzar la cerradura de las cadenas por lo que le pasó la otra ganzúa.
Por primera vez sintió los ojos masculinos fijos sobre ella pero se desviaron enseguida hacia los grilletes.
─¿Cómo están?
Él no le miraba directamente. Quizá se sintiera avergonzado de no haber preguntado antes por sus niños. Sintió rabia y un punto de tristeza mezclada con tremenda soledad. Pese a ello contestó sabiendo perfectamente lo que preguntaba.
─Grandes.
El apenas apreciable roce del metal se paralizó.
─Siento no haber…
─No sigas. No lo digas.
La cabeza de su marido se ladeó ligeramente en dirección a la puerta y sus dedos reanudaron el movimiento para forzar la cerradura. Frenéticos.
─Ya vienen.
Se escuchó una maldición desde la pared de enfrente y un sonido de satisfacción femenino. Torchwell había liberado una de sus muñecas. Los dedos de Neil seguían intentándolo pero los pasos se acercaban cada vez más. Las suelas de los zapatos con el roce de la tierra eran inconfundibles.
─No llevo armas encima.
Los tres pares de ojos se centraron en ella. Si peleaban llevaban las de perder y más careciendo de medios con los que defenderse.
La puerta chirrió al abrirse y esa odiada voz llegó, nítida, a sus oídos.
─¿Ya lo has decidido, querida? ¿A quién quieres más, al padre o a las criaturas?
El aliento se le congeló en la garganta. El arma dirigida a la nuca de su marido no le daba la posibilidad de elegir con libertad.
Martin Saxton lo hacía por ella.
III
Era horrible. Un edificio hermoso pero al mismo tiempo espeluznante. Quizá se debiera a la falta de luz diurna o a lo tenebroso de las sombras que parecían inundarlo todo.
Los planos no engañaban. Algo en la mole que había sobrevivido al gran incendio de Londres en el año del señor 1666 reflejaba dureza. El hospital más antiguo de Londres formado con el paso de los años por cuatro alas que le conferían su aspecto cuadrado. Pocos años antes, en su mismo centro, se plantó un pequeño jardín. Puede que parar ofrecer algo de vida a su triste interior pero el efecto no había resultado el deseado. En uno de los lados se ubicaba la escalera principal del edificio que llevaba al cuarto que todo el mundo, residente o visitante, conocía como el gran pasillo. Una estancia llamativa de doble altura ubicada en el primer piso decorado al estilo barroco que desde el exterior llamaba poderosamente la atención.
No le agradaba y por el leve trastabilleo de la abuela Allison a su izquierda, ésta sentía lo mismo. La sensación era la de adentrarte en una cárcel de alta seguridad. No por la vigilancia que pudiera tener sino por la impresión que causaba a aquél que se enfrentaba al edificio.
De aislamiento del mundo exterior.
Las verjas que daban paso al acceso principal ya estaba cerradas pero un hombre de avanzada edad no tardó en aparecer tras hacer sonar la campana colocada a la entrada. Siguieron el paso cansino del anciano hasta cruzar la arcada y adentrarse en los tétricos pasillos.
La iluminación era escasa e incluso inexistente en algunos puntos, pese al alumbrado de gas. Siempre le había faltado a éste la calidez que desprendía la lumbre y en las condiciones en las que se encontraban la abuela y ella, las pequeñas lámparas se le antojaban siniestras. Deberían haber acarreado velas a doquier. Ocultas entre sus faldas o en sus hatillos. Más de una vez había fantaseado en crear una corona que alumbrara el camino en plena noche pero al final la desventaja evidente de un casco de cera por cabellera y las cejas o pestañas chamuscadas le habían arrancado la inventiva de cuajo. También podría servir de arma, en casos extremos. Siempre que el enemigo no apagase la mecha de un soplido. O un salivazo bien dirigido. Dios mío, estaba pensando memeces.
¡Con la mente a mil por hora se había perdido! ¡Y eso que acababan de entrar! ¡No valía de espía! Se desorientaba con facilidad. Habían girado a la derecha y luego de frente. No. De frente e izquierda. ¡También se le había olvidado contar los pasos!
¡Les iban a descubrir y convertir en carcasas humanas! ¡Espolvoreadas entre patas de vaca y muslos de cordero!
Ay, que se mareaba.
Se volvió hacia la abuela para enfrentar su cara de consternación. Eso significaba que ella respiraba como una vaca parturienta y se le escuchaba en la distancia. Se dio cuenta que el anciano que les había recibido se giraba hacia ella con cada ruido que emitía y su rostro reflejaba susto e incluso miedo. También una pizca de asombro. Lo único que captó entre las brumas y efluvios que le causaban sus miedos, nervios, angustias más que fundados e histeria fueron las susurradas palabras de la abuela Allison vocalizando en su dirección un deja de poner muecas, niña.
Intentó convertir su cara en cera pero le temblequeaba la quijada y no podía echarse a llorar. No. Imposible.
Si lo hacía, le preguntarían por qué lloraba y ella suplicaría sin que le entendieran del todo, por sus incontrolables balbuceos y chapurreos gangosos, que no le echaran de cabeza entre los huesos de pollo. Entonces le creerían una chalada absoluta, le encerrarían entre esas cuatro horripilantes paredes y…
La patada fue rotunda. Casi le hizo caer de bruces al piso. No entendía como una mujer tan fina y elegante como la abuela Allison arreaba semejantes coces. Ahora sabía a quién salía Mere.
La histeria desapareció con el leñazo. No toda pero sí una buena parte. Se recolocó el sombrero, la trenza que se le había enredado con el cuello casi asfixiándole y el bolsón que pesaba como una tonelada de huesos pulverizados.
¡No huesos! No… pensar… en huesos. Su máxima para lo que quedaba de noche. Eso si la superaban y llegaban al amanecer de una pieza. Dios mío, ¡iban a morir! ¡Indignamente! ¡Jared debió entrar con ellas disfrazado de mujer!
Tras respirar profundamente instaló una mueca semi rígida en su cara. Lo suficiente para permitir a sus mofletes moverse y hablar, sin alcanzar la alarmante fase de muecas.
Llegaron a un cuartito de mediano tamaño situado al final de un corredor ocupado por una mujer con aspecto de las malvadas de los cuentos de los hermanos Grimm. Adoraba sus relatos. Los devoraba en la soledad de su cuarto pero jamás esperó encontrar al espejo viviente de la bruja de Hansel y Gretel frente a ella. Con el cabello canoso, la aguileña nariz, hundidos ojos y mirada aviesa.
La histeria retornó de sopetón.
─¡No me como niños!
Dios míiiiiio, esperaba no haberlo gritado en alto. Eran los nervios descontrolados. Y le temblaban las manos como hojillas al viento. El temblor casi le llegaba a los hombros. Así que no podía saludar a la mujer estrechándole la mano ya que no daría con ella, chocarían nudillos y pensaría que era una enferma descontrolada. Con un tembleque extremis. Con dificultad debido al estorbo del bolso, cruzó ambas manos a la espalda.
Qué lista era.
La mueca en forma de sonrisa retornó a su boca. Debía arreglar el fiasco.
La mujer le miraba con inquietante fijeza por lo que le enseñó los dientes camuflados en una hosca sonrisa. Tenía dientes bonitos, alineados y confiables. A punto estuvo de chocarlos para llamar su atención sobre ellos pero se detuvo a tiempo. La imagen de un podenco con inmensas paletas llenas de heno o un amenazador tiburón emergió en su mente. Quería convencer a la señora de que estaba sana, no espantar al resto del personal y menos a la buena jefa Mallory, responsable en último término de decidir si ella valía como contable o lo que fuera a hacer en administración.
Debía rectificar. Su leve metedura de pata.
─No que no me los como, sino que no cuido niños ─Dios mío, Jules, dejar de reír como una mema. Carraspeó tragándose la risilla insulsa─. Sólo adultos. Grandes. Puede que antes me expresara un pelín mal.
La mujer parpadeó como tratando de asegurarse que el no me como niños había sido producto de su imaginación. La abuela se adelantó impidiendo que la mujer pensara demasiado. Bendita abuela Allison.
─Lamentamos llegar con algo de adelanto pero al ser el primer día y lo repentino de la sustitución pensamos que nos les importaría.
─No van a cobrar más de lo estipulado.
Menuda bruja roñosa.
Las cejas de la abuela se alzaron pero únicamente asintió mostrando su acuerdo.
─Muy bien, acompáñenme.
Bruja y hosca. El paquete al completo ¡Y andaba lento! A ese ritmo los cuarenta minutos de los que disponían se los iba a tragar el andar cansino de la jefa de sección Mallory. Apretó el paso hasta ponerse a la altura de la mujer para ver si conseguía achucharle un poco pero al llegar a un corredor se dio cuenta que no sabía para dónde tirar. Titubeó casi cayendo de morros, evitándolo la garra de la abuela Allison que le mantuvo en el lugar. El bufido de la jefa de administración le indicó que se estaba enfurruñando y que le consideraba una descarada. Una inepta descarada. Le daba igual ¡Que le despidiera mañana!
Casi vociferó un aleluya al llegar a administración. Le costó un triunfo callar al darse cuenta que eran las únicas en el turno de tarde o noche o lo que fuera. La urraca hablaba y hablaba y ella no le hacía ni caso. Bastante tenía con recordar el laberinto de habitaciones.
¿Por qué le miraban ambas? Como si esperaran algún tipo de contestación ¡Si no había atendido a lo que hablaban!
Los ojos de la jefa de sección se tornaron dubitativos al tiempo que se dirigía a la abuela Allison.
─No estoy muy segura de que la joven sirva para…
─¡Valgo un mundo! Y lo administro todo. En segundos. Lo organizo, quería decir. Para administrarlo de seguido. Después de apuntar todo, con suuuumo cuidado ─desesperada también se giró hacia Allison. Su boca no parecía capaz de dejar de emitir palabras sin sentido. Se sucedían una tras otra. En tropel.
La mirada de la jefa Mallory seguía nublada a más no poder. ¡Le iba a echar sin contemplaciones! Lo leía en su mirada. Y todo se iría al traste por su incapacidad para espiar, disimular y camuflarse con el entorno.
Lo hizo sin sopesarlo. Sencillamente su cabeza rebotó contra la de la mujer tras abalanzarse con la cabeza inclinada hacia ella. Al segundo siguiente la buena señora estaba hecha un ovillo a sus pies, muerta para el mundo. No muerta, vaya, sino un poco ida, debido al potente cabezazo.
Dios mío, ¡había agredido a otro ser humano! ¡Con la frente! Como un huracán y con un dolor de cabeza de mil pares de demonios en el lateral derecho del cráneo, se giró hacia la abuela casi lloriqueante. Notaba crecer el huevo sobre la piel, poco a poco. Haciendo pareja con el que ya estaba desapareciendo al otro lado de la frente. Iba a parecer un carnero en época de celo. Cabeceando a todo hijo de vecino. Le empezó a temblar el labio inferior. Cada vez más.
─¡Ni se te ocurra echarte a llorar que nos van a oír!
Se tapó la boca con la mano pero la retiró al darse cuenta que se estaba ahogando a sí misma.
─¡¿La he matado?! No la he matado, ¿verdad?
Apreciar un ligero movimiento en la arrugada cara apretujada contra el piso provocó que una bocanada de aire entrara a sus pulmones. Puro alivio. La jefa de sección seguía viva. Y a ella no le condenarían al garrote vil, la horca, la azada o lo que fuera por asesinarle con la cabeza.
─Debemos esconderle ─lanzó la abuela Allison.
Buena idea. Debían proceder. El tiempo pasaba rápido y ellas seguían inmóviles como lelas profundas.
─Vale. Tapémosle.
─¿Con qué?
─Con su abrigo o su cabello.
─¡Lleva moño, Jules!
─¿Con mi peluca, entonces?
─¡La tienes atascada en el sombrero!
─Atascada, no, ¡cosida para que no se me escurra!
Con desesperación recorrió el cuarto ¡Era enano y carente de mobiliario! Salvo las mesas, las sillas y las baldas repletas de archivos no había potencial escondite alguno.
─Llevémosle hasta la cocina. Allí pensaremos qué hacer.
Les quedaban veinte minutos. Y arrastrar un bulto costaba lo suyo. Eso si no se cruzaban con alguien que les diera el alto. Con su suerte seguro que se topaban con Martin Saxton y dudaba que sus muecas le espantaran.
Se arremangó las mangas del vestido hasta el codo. Ella podía con todo. Era una guerrera. Aguerrida y dura. Correosa. Según Mere, vaya. Ella a veces lo dudaba.
Le bombeaba la cabeza del cabezazo.
¡Diantre! La jefa Mallory pesaba una tonelada pese a ser todo huesos.
¡Rábanos!, ya estaba otra vez con la palabra prohibida.
IV
─Esta vez no nos separaremos ¿Me escuchas, Rob?
Se estaba poniendo de los nervios. Peter le había repetido hasta la saciedad que no debía separarse de él. Se lo había pedido, suplicado y ordenado en diferentes tonos de voz, a cada cual más agudo.
─Vale.
─Prométemelo.
─Te lo prometo.
─Otra vez.
─¡Peter!
─¡¿Qué?!
─No es el momento.
─Lo es, canijo. Ahora o nunca.
Pero, ¿qué demonios le pasaba?
─Ahora o nunca, ¿qué?
─Si algo saliera mal, prométeme que me dejarás hacer.
─Hacer ¿qué?
─Lo que tenga que hacer.
─Peter, hablas en acertijos.
─No lo hago. En mi mente hablo alto y claro.
─Pues para el resto de mundo farfullas sin sentido y no.
─No, ¿qué?
─No decidirás tú. No esta vez. No lo permitiré, ¿sabes?
─Rob…
─No. No permitiré que lo hagas de nuevo. Por mucho que creas que vale la pena el sacrificio ─se negó a apartar los ojos de los más oscuros que le miraban, casi retadores─. Para mí nunca lo valdrá.
Ambos hablaban de lo mismo pero ninguno lo había dicho en voz alta. No habían mencionado el tema. No, hasta ahora. A veces él lo recordaba y se giraba hacia Peter para preguntarle e incluso para recriminarle pero nunca terminaba la frase. Cuando se le pasaba por la cabeza la posibilidad de que Saxton hubiera aceptado su ofrecimiento. Esas palabras le acechaban y formaban parte de sus miedos más profundos.
Llévame a mí.
La sensación de desgarro al escuchar las palabras de Peter dirigidas a Saxton en la prisión de Wandsworth. El tiempo se paró hasta que ese animal respondió. El alivio le recorrió las venas pese a las súplicas y los gritos desquiciados de Peter cuando a él le arrastraban casi inconsciente hacia la oscuridad, lejos del hombre que quería.
No quería pasar de nuevo por eso. No podía.
Tenía que decírselo pero esa dura mirada le advirtió que de nada serviría. Condenado terco… Condenado y empecinado terco.
Sin pronunciar una palabra se apoyó contra la pared de piedra en la que permanecía sin decir una palabra su padre. Las arrugas inundaban su rostro. Se colocó cerca, lo suficiente para que sus hombros se rozaran. Llevaba puestas las dagas que le regaló Peter al igual que las correas cruzadas de suave cuero. Así se sentía más seguro. Bajo la camisa y la chaqueta apenas se apreciaban los bultos.
A unos pasos de distancia Sorenson desprendía tensión. No sabía cuánto aguantaría el hombre sin lanzarse a la carrera hacia la puerta principal del hospital. Con lo bruto que era no se conformaría con entrar por la parte trasera.
─¿Cuánto queda?
Pese a llevar un reloj de bolsillo encima su padre repetía cada pocos minutos la misma pregunta.
─Trece minutos para que entre Jared.
Atisbó los alrededores con sus sombras y espesa oscuridad incluso aquellos lugares a los que el suave reflejo de la luna no llegaba.
Comenzaba a inquietarse.
─Clive ya debiera estar aquí.
Peter repitió su movimiento recorriendo con la mirada las desiertas callejas más cercanas.
─Se habrá entretenido con Strandler.
─Dijo que entraba con nosotros, Peter y él siempre cumple. La única vez en que no lo hizo…
Recibió un maldito disparo que casi le mata. Le resultó imposible decirlo en voz alta.
─Yo entro.
Ya estaba. Lo esperado. A Sorenson se le había agotado la paciencia. Sin darles tiempo a reaccionar el hombre se lanzó a la carrera seguido por el viejo Sampson y el otro hombrecillo menudo que no se despegaba de ellos. Atrás quedó el último de los hombres que habían acompañado a Sorenson.
Peter lanzó un juramento y no tardó en seguirle y él, sencillamente reaccionó un par de segundos más tarde. Escuchó a su espalda el ronco grito de su padre pero lo ignoró. Si Peter entraba, él iba detrás. Recorrieron a la carrera, entre sombras, dos callejas estrechas que desprendían un fuerte olor. Sorenson era veloz el condenado o quizá estuviera al límite de su aguante. Se dio cuenta que Peter había dejado atrás al viejo Sampson y a su esmirriado compañero pero le iba a costar alcanzar a Marcus.
Enfilaron la calle que daba al hospital. Un gato se cruzó en su camino, asustado, para desaparecer de seguido.
No giraban para dirigirse hacia la esquina del hospital. El muy bestia encaraba la entrada principal y todo su plan se iba a ir al garete. Peter casi había alcanzado a Marcus y trataba de aferrarle de la manga. Con fuerza.
Marcus y Peter eran dos inmensas sombras deslizándose por el empedrado. De tanto en tanto una nube se desplazaba y los sudorosos rostros brillaban pero no alcanzaba a escuchar lo que hablaban. Él no tardaría en unirse a ellos y por los ruidos que provenían de su espalda, los hombres de Sorenson le pisaban los talones.
Escuchó el puede que ella esté ahí dentro, rabioso, de Sorenson, el puede que le estén haciendo daño. El atormentado puede que ya esté… y el silencio.
Ni siquiera podía decir en alto lo que temía. Jamás esperó ver derrumbarse a un hombre como Sorenson pero estaba a un suspiro de presenciarlo. Respiraba con ahogo, al igual que ellos pero había algo más. Algo con lo que parecía incapaz de luchar esta vez. Profundo e incontrolable miedo. Algo que dudaba que ese hombre hubiera sentido antes en su vida. Permanecían con la espalda contra el muro que lindaba la propiedad ubicada frente al hospital, en plena calle Smithfield y si permanecían así alguien les descubriría tarde o temprano.
Debían moverse.
Dirigió la mirada a la zona en la que debiera ocultarse Jared. Ya no estaba. Entre jadeos alcanzó a los dos hombres y se posicionó como ellos. Con la espalda contra la fría pared. Diablos, menudo desastre. Entre jadeos preguntó.
─¿Cuánto les queda a las mujeres?
─¡Demasiado!
─Cinco minutos.
Las dos respuestas surgieron al unísono. Maldita sea. Giró levemente su cuerpo para mirar más allá de Peter. Hacía el hombre que no apartada la mirada del portón principal. Con suavidad intentó recordar a Sorenson los riesgos.
─Si entramos y les sacamos de su rutina darán aviso de que algo ocurre y las mujeres no podrán moverse sin vigilancia.
─¡También puede ocurrir aunque no entremos!
Eso era cierto.
─Está bien.
¡¿Cómo?! Clavó su mirada en el rostro inclinado de Peter hacia él. Sus palabras le chocaron. Pese a ello se dio cuenta que éste seguía aferrando con fuerza la chaqueta de Marcus. Como si esperara un fuerte tirón y al hombre volando de nuevo a la carrera hacia el edificio. Fue a intervenir pero un suave gesto de Peter le detuvo. Sintió la presencia del viejo Sampson y el otro hombre a su lado. Respiraban con dificultad.
No pudo evitar decirlo.
─Apenas quedan tres minutos, Peter.
Las siguientes palabras fueron un susurro.
─Lo sé, canijo pero para él esos minutos son una eternidad. Si estuvieras en su lugar…
Dios, no lo había pensado así. Sólo le obsesionaba que el plan discurriera fluido, sin tropiezos, pero a veces los sentimientos lo hacen imposible.
Apartó la mirada de Peter para fijarla en el hombre que no apartaba la suya del camino de entrada al hospital de San Bartolomé.
Marcus no dudo en ayudarles cuando se llevaron a Julia. Gracias a él les encontraron. Gracias a él y a la preciosa mujer que puede que estuviera entre esas malditas paredes y él pretendía que no entrara a por ella, que no cometiera una imprudencia cuando en realidad la locura era esperar.
Le pedían que no intentara salvar a la mujer que amaba. A un hombre que quizá nunca hubiera amado antes.
Dios santo, le pedían lo que él jamás permitiría que le exigieran a él.
Sentía la mirada de Peter sobre su rostro. Se la devolvió y la mantuvo un par de segundos antes de asentir. Al fin y al cabo a veces la improvisación era un regalo de los dioses. Otras el camino directo a una buena patada en el trasero.
─De acuerdo.
El brusco giro de la cabeza de Marcus en su dirección habló más alto que cualquier palabra. El relajo en su enorme cuerpo provocó que Peter le soltara la manga de la chaqueta.
─Improvisaremos algo.
V
─Muy bien, querida. Nos vamos de paseo en busca de tus pequeños. Al fin y al cabo un trato es un trato y el estimado Dr. Piaret les necesita para su complejo estudio ─Saxton paró un momento de hablar antes de continuar─. En cuanto nos los entregues, liberaremos a tu esposo.
Martin Saxton hablaba con calma. Carente de sentimientos.
─Me ha sorprendido el buen doctor. ¿Quién hubiera imaginado que un hombre aparentemente inofensivo fuera tan astuto como para desviar ligeramente mis planes? Claro que el resultado ha sido inesperado. Sobre todo para él ─le hablaba a ella mientras sonreía pero la helada mirada de Saxton se dirigía hacia el superintendente Torchwell, burlona─. Mi socia nos espera con otro pequeño regalo. Estoy seguro de que los encantos femeninos han dado su fruto y en estos momentos el inspector Clive Stevens se encuentra algo… indispuesto.
Una cruenta sonrisa se apoderó del rostro de Martin Saxton. El sonido de las cadenas fue el único que se escuchó antes de que continuara.
─Veo que el superintendente Torchwell intuye de lo que hablo. No debiera extrañarme en un hombre inteligente.
Saxton dio unos pasos en dirección a éste hasta que la marquesa se interpuso en su camino.
La carcajada fue odiosa.
─Vamos, marquesa, ¿acaso cree que si quisiera matar a su nieto una anciana enferma y debilitada lo impediría?
Torchwell contestó con tranquilidad. Una tranquilidad pasmosa en semejante situación. Una pizca de esperanza invadió a Elora.
─Puede que sea así. Puede que ella le haya engañado pero Clive peleará. Nunca se rendirá, hijo de puta.
El brillo en los ojos azules de Saxton le heló las venas. Creyó que iba a arremeter contra Torchwell por lo que acababa de decir. La marquesa dio un paso atrás hasta topar con su espalda contra el tenso cuerpo de su nieto, llamando la atención de Saxton.
─Hace bien en temerme, marquesa aunque ya lo hacía, ¿verdad? Siempre lo intuyó pero hizo caso omiso a ese insistente aviso en su atrofiado cerebro. Facilitarme tanta información fue de una torpeza inexcusable en una mujer de mundo como usted, querida ─Saxton se acercó otro poco a Alexandra Torchwell─. Hablar sin contención de su nieto durante mis visitas a su propiedad, de lo orgullosa que está de él, de sus amigos, sobre todo de su gran amigo, el joven y solitario superintendente que acababa de convertirse en el compañero de fatigas de Robert Norris fue un gran desacierto. He de recalcar que ya estaba familiarizado con el inspector Stevens de previos encontronazos, podría decirse. Lo que desconocía era su predisposición o quizá la palabra sea desesperación por emparejarse con una mujer.
─Es usted un…
─No, querida. Una dama no debiera actuar como una verdulera ─una de las manos de Saxton forzó un gesto en dirección a ella─. Sobre todo teniendo a una ya presente. Que cada cual actúe como le corresponde.
Destilaba veneno. Ese hombre destilaba inquina, odio, desprecio y pura maldad. Saxton dio otro paso hacia adelante. Colocándose cerca, muy cerca de la marquesa. Ésta se apretó contra el cuerpo de su nieto pero no podía recular más. Saxton dio otro paso quedando sus ojos a la altura de los de Torchwell, ignorando a la anciana que había quedado atrapada entre ambos. La azul mirada se clavó retadora en la dispar.
─El caso es que regalé al inspector lo que buscaba. Una pena, ¿no cree, superintendente? Desperdiciar a un hombre tan peculiar en otro lugar cuando tenía algo mucho más cercano ofreciéndose en bandeja.
─Hijo de puta.
Las palabras de Ross Torchwell apenas se entendieron de la pura rabia con que las susurró.
La sonrisa de Saxton fue endiablada. Extendió un brazo provocando que la marquesa se encogiera sobre sí misma. Los labios no perdieron su sonrisa al observar el gesto. No tardó en alzarlos de nuevo hacia Torchwell.
─Hace bien en temerme, marquesa pero no le iba a golpear. No quiero dañarme los nudillos sin necesidad.
La pálida mano de Saxton aferró la mandíbula de Torchwell. Con firmeza.
─¿Acaso creíais que no os observaba? ¿Qué desconocía que la policía me busca, que saben lo de los túneles y lo del acceso por el despacho de Piaret? La muerte de las enfermeras y la del hermano sirvieron para ralentizar la investigación. Necesitaba algo de tiempo para cerrar mis negocios. Para organizarlo todo. Desde que mi juguete acudió al registro padronal supe que descubrirían mi pequeña incursión en la administración de la ciudad y tarde o temprano darían con mi pequeño negocio. Lo he organizado todo para salir del país, Torchwell. Acompañado.
─No…
La palma de la mano masculina tapó la boca del superintendente.
─Sólo lo diré una vez. Presta atención.
La oscura cabeza se sacudió bajo al agarre pero una segunda mano aferró el cabello de Torchwell con dureza para mantener la dispar mirada fija en la de Saxton.
─Angelique tiene a tu amigo. Puedes llamarla Melody, por supuesto. Lo dejo a tu elección. Espero que le esté tratando bien ─la oscura cabeza de Torchwell se sacudió de nuevo, entrecerrando los ojos─. Quizá incluso le está dando un poco de lo que quiere con tanta ansia.
Saxton chasqueó la lengua en reacción al empujón del inmenso cuerpo de Torchwell.
─No hay porque tener celos, superintendente. Además, puedes dañar a tu abuela si sigues luchando. El caso es que será un sencillo trueque. Yo tendré a los niños en mis manos, en un par de horas. Angelique tiene a Clive Stevens. Mi socia se ha desviado ligeramente del camino trazado pero todo se puede enderezar. Incluso una mala decision.
Sonaba desquiciado. Saxton continuó sin ser interrumpido.
─En cuanto entregue esos mocosos a Angelique, ella me dará a Stevens. El resto, es simple. Tendrás la tarea de convencerles a ellos ─Saxton se quedó unos segundos callado antes de continuar─. Tiene gracia, nunca había hecho un trueque a tres bandas.
La trémula voz de la marquesa formuló la pregunta que se iba formando en la mente de todos los presentes.
─¿Qué significa eso?
─Lo que has escuchado, querida ─la siniestra mirada se centró, una vez más, en Ross Torchwell─. Finalmente yo entregaré a Clive Stevens a su nieto, sano y salvo, a cambio de Robert Norris. De esa manera, todos logramos lo que queremos. Sencillo y eficaz, siempre que tú hagas tu parte, superintendente. La cuestión es, ¿podrás convencerle de que se entregue?
El puño tiró del cabello arrancando un gemido a Torchwell. El pulgar de la mano que sujetaba la mandíbula acarició de una forma enfermiza la magullada mejilla.
─Siempre me agradó ese sonido ─el rostro de Saxton se aproximó aún más a la del superintendente─. Si quieres volver a ver a Clive Stevens con vida dale este mensaje a mi juguete. Deberá acudir solo. A los muelles. Antes del amanecer, coincidiendo con la marea alta. Si se retrasa aunque sea un segundo, su compañero le será entregado en pedacitos y… ─Saxton calló un segundo y sonrió─ No. Te lo entregarán a ti. Poco a poco…
El resto de las palabras se perdió al susurrarlas Saxton al oído de Torchwell. Quizá la marquesa las percibiera al permanecer inmóvil entre ambos cuerpos masculinos. Apenas tardó unos pocos minutos en hablar pero debió decir algo que provocó que los iris de Torchwell se oscurecieran repentinamente. El cuerpo encadenado se revolvió con fuerza casi provocando la caída de la marquesa al suelo.
Dios santo… Desde el otro lado de la estancia observó cómo Saxton se alejaba de Torchwell y de su abuela. Ésta estaba extremadamente pálida. Tanto que por un segundo Elora creyó que se desmayaría.
No iban a salir de ésta. No lo iban a lograr. Un hueco se le formó en medio del estómago. No pudo mirar hacia Neil.
Para que Saxton lograra lo que quería ella tenía que entregar a sus niños a Angelique Mayers, lo que significaba, ponerles en manos de Colin Piaret. Esa era una de las condiciones para que esa mujer dejara en libertad a Clive Stevens. La otra era que Rob Norris se entregara a ese enfermo.
Tendría todo preparado para partir. A la espera de que Norris accediera por la pasarela de un desconocido barco sobre el que apenas habría control de entrada y salida al puerto de Londres. Una vez en alta mar nunca podrían seguir su pista. Nunca.
Saxton dio la espalda a abuela y nieto.
No miraba a Neil. Le ignoraba como si nada valiera para él. Sus ojos permanecían fijos en ella. Sin desviarse.
─Tenemos una cita, querida Elora. Seguro que la disfrutas inmensamente.
Tragó saliva.
No estaba cuerdo. Se le acercaba con el brazo extendido, en una posición que le permitiría a ella enlazar su brazo con el de ese hombre.
Aguantó la respiración antes de acercarse a él.
Nadie podía ser tan retorcido.
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