Capítulo 26

 

I

 

              Apretaba el mango del puñal casi con desesperación. No reconocía al agente de policía que con semblante serio, se dirigía a Rob. Daba la impresión de que le conocía bien al igual que a Clive. Incluso se detectaba cierta familiaridad en el trato pero en demasiadas ocasiones, las apariencias engañaban y a él, no le iban a pillar por sorpresa. No, habiendo optado por arriesgar al no huir junto con Rob por la maldita ventana.

              El agente tenía un rostro peculiar, asimétrico, de rasgos llamativos y duros. Un hombre que había visto mucho a lo largo de su vida. De edad indefinida y por algún motivo le costaba imaginarle en su hogar, rodeado de mujer e hijos. El joven que le acompañaba desprendía inteligencia. Espigado, delgado y muy joven para formar parte del cuerpo de policía parecía demasiado inocente como para ser parte de semejante pesadilla.

              Los agentes Strandler y Hudson. Pertenecientes a la misma comisaría de la que formaban parte Rob y Clive.

              La sensación que recorría su cuerpo era que la vida de Rob, su carrera y la de Clive Stevens pendían de un hilo. De un fino hilo sujeto por un extremo por ese hombre. Y con ello su propia vida. Por eso sus dedos apretaban su puñal hasta cortar la circulación. Porque no dudaría en lanzarlo si la reacción de ese policía no era la esperada.

              No se llevarían al hombre que quería con ellos. No esta vez.

              Peter recorrió con la mirada a los presentes. La tensión inundaba la espaciosa entrada mientras una voz preguntaba y otra respondía. La clara voz de Rob no se hizo esperar. En cuanto Strandler mencionó a Saxton las alarmas estallaron.

              ─¿Cómo sabe lo de…?

              Una mano se alzó con rapidez interrumpiéndole.

              ─No son los únicos que persiguen a ese hombre y su organización, inspector. Somos más de los que creen.

              Increíble.

              Por un segundo la rabia casi hizo perder el control a Peter. Lo sabían. Sabían que Saxton seguía vivo. Que había simulado su muerte en la prisión de Wandsworth. Sabían que era un animal y pese a ello habían permitido que Rob e incluso Stevens dieran la cara, perdiendo por el camino todo aquello por lo que habían luchado durante años.

              Sintió la mirada de Rob sobre su rostro. Tenía que estar pensando lo mismo y se preguntó cómo aguantaba las ganas de gritar. De escupir a la cara a aquellos que habían permanecido en las sombras al igual que el hombre que les perseguía.

              Apenas escuchó las siguientes palabras del policía. Sentía tal impotencia que el rugido en sus oídos lo tapaba todo.

              Notó la suavidad del peso de una mano sobre su hombro derecho. Doyle. Su bendito hermano que le anclaba a la realidad. A veces con un suave gesto. A veces con un brutal puñetazo. A veces, simplemente haciendo notar su presencia. Y su apoyo. Los dedos apretaron, pidiendo calma. Sus hombros temblaron bajo la palma de la mano.

              Las frases del agente Strandler fueron adquiriendo nitidez y los latidos desbocados de su corazón se fueron calmando. Lentamente.

              ─En un principio el homicidio del joven celador parecía un caso más. La ciudad está enloqueciendo. La violencia y las bandas se están adueñando de ella. Envié a dos de mis agentes, de confianza, a comenzar con la investigación preliminar pero al descubrir la firma del inspector Norris en el libro registro de entrada y salida, algo me olió mal.

              ─¿Qué quiere decir?

              El gesto del agente Strandler indicando un poco de paciencia casi provocó un gruñido en Peter.

              ─Mantenemos una estrecha vigilancia sobre los policías sospechosos de corrupción pero también sobre los que tuvieron alguna relación con la supuesta muerte de Martin Saxton. Esto le incluye a usted, inspector Norris. Mis hombres le vigilaban cuando acudió al registro padronal.

              El asombro en el rostro de Rob vio su reflejo en el de Stevens.

              ─Tras el inspector nos consta que entró un hombre de baja estatura. De origen oriental, pero le descartamos. Conocemos el círculo de amistades del agente Norris y sabemos que ese hombre forma parte de éste. El mismo que ahora permanece junto a la puerta de salida de esta casa.

              Hablaba de Guang. Rob enfiló la mirada hacia el hombrecillo, quien únicamente sonrió en respuesta.

              El agente Strandler apenas pausó su explicación.

              ─Si hubiera matado al celador de la forma en que ocurrió es imposible que la sangre no le salpicara. El medico forense así lo ha expuesto. Y créanme, fue rotundo. Al joven, lo destrozaron. Claro que pudo cambiarse  de ropa o limpiarse pero tampoco cuadran los tiempos.

              ─¿Qué tiempos? ─preguntó Doyle.

              ─Una de administrativas recuerda la hora en que usted salió del registro, inspector, ya que comenzaba su descanso. Siempre cambia el turno a la misma hora. Ese día tuvieron pocos visitantes y le recuerda. Es más, nos facilitó una clara descripción suya. También de otras cinco personas, entre ellas un hombre alto, moreno y apuesto que se había mantenido apartado en la galería del primer piso mientras usted examinaba los libros. Era imposible que usted o su amigo le vieran. Le llamó la atención por ser diferente, según ella ─el agente sacudió la cabeza antes de continuar─. Lo que no sabe es cuánto. Tampoco quise decirle lo cerca que le había rondado la muerte. Le perdió de vista en un par de ocasiones pero tampoco le dio excesiva importancia. Poco después de que usted abandonara el edificio cruzó unas palabras con el celador, por lo que el joven seguía vivo. Eso, para mí, le descarta como sospechoso pero necesitaba saber su reacción cuando apareciéramos para detenerle. Si hubiera huido…

              Todos callaron pero Peter supo que pensaban lo mismo. Por una vez, la suerte se había aliado con ellos.

              Notó la presión de los dedos sobre su hombro y al girarse los transparentes iris de su hermano mayor hablaron más alto que cualquier sonido. Si Saxton había logrado esquivar la presencia de Guang para acercarse a Rob y deslizar la nota en el bolsillo de su abrigo, aunque no vistiera la prenda cuando lo hizo, es que incluso intuyendo lo peligroso que era, le habían subestimado.

              De una u otra forma, debían pararle. Como fuera.

              ─En cuanto el superintendente Stevens declaró ante la junta disciplinaria que el culpable de su ataque fue Martin Saxton, se inició una investigación interna. No debía trascender ya que nos constaba que numerosos miembros de la policía habían sido sobornados por ese hombre ─Peter sintió los ojos de Strandler sobre él. Le sorprendió la disculpa que desprendía su mirada─. Me opuse pero las órdenes fueron tajantes. Lo lamento. Quizá si se lo hubiera comentado al superintendente Torchwell, le habría puesto sobre aviso o…

              Clive se aproximó dos pasos al agente Strandler.

              ─¿Qué demonios quiere decir con eso?

              Los hombros del agente se cuadraron.

              ─Sabíamos que algo ocurría y también que el superintendente estaba limpio. Antes de que tomara posesión del cargo en comisaría ya existían sospechas de corrupción sobre varios agentes y un par de inspectores. En concreto, dos inspectores y ocho agentes. Demasiados para una comisaría de mediano tamaño. Y el poder de ese hombre no se limita a una sola comisaría.

              ─¿Por qué no actuaron antes?

              ─Falta de pruebas y el riesgo de que el enfrentamiento escalara y se trasladara a la calle. No podíamos arriesgaros, inspector.

              ─¡Debieron hacerlo! Quizá en este caso Ross no…

              ─Le tenemos localizado.

              Las claras palabras de Strandler acallaron la brusca respuesta de Clive. Pocas veces ese aniñado rostro cubierto de pecas había desprendido semejante ira. Era tan raro presenciar la transformación de un hombre que rara vez perdía los nervios que nadie intervino. La mirada de Strandler permaneció fija en los grises ojos.

              ─Hemos mantenido bajo vigilancia entre otros al inspector Scott Glenn pero también asigné un par de hombres al superintendente.

              ─Ross se habría dado cuenta de que le seguían.

              ─Puede. De ser así no lo impidió pero mis hombres son muy buenos en su trabajo. Se han turnado para seguirle. Por eso nos dimos cuenta que usted, el inspector Norris y él trabajaban juntos, señor. Y que comparten amistad.

              El cuerpo de Clive se tensó durante un segundo.

              ─¿Qué saben?

              ─Bastante. Uno de mis hombres le siguió a la campiña. El superintendente hizo una breve visita a su casa de campo familiar y no tardó en salir de vuelta camino a la ciudad pero le esperaban.

              ─¿Quienes?

              ─Siete hombres se cruzaron en su camino. Uno de mis hombres creyó que tendría que intervenir pero el superintendente no luchó.

              ─¡Miente!

              ─Mis hombres no mienten, inspector. Nos jugamos demasiado.

              El cuerpo de Clive parecía a punto de cargar contra el agente, olvidando todo rastro de civismo, ignorando que parecían dispuestos a ayudar e incluso que había mujeres delante, presenciando el duro enfrentamiento.

              ─Ross lucharía, ¿me entiende? No se rendiría. Nunca lo haría porque…

              Las últimas palabras apenas se escucharon, casi como si a Clive le costara pronunciarlas.

              ─Pues en este caso, algo le hizo no luchar, inspector Stevens. Desconozco el motivo pero debía ser una razón de peso. Reconozco que esa manera de actuar no cuadra con el hombre que conozco. Dos de mis hombres me dieron cuenta de la misma escena. Sin hablar previamente entre ellos. Y coincidieron en su informe. Tanto el que vigilaba al inspector Scott Glenn como el que debía proteger al superintendente. Torchwell paró en medio del camino y permaneció inmóvil hasta que le rodearon. Pudo huir y no lo hizo.

              Clive tragó saliva con dificultad.

              ─Siga.

              ─Le obligaron a desmontar y cruzó unas palabras con Glenn. Unas pocas.

              ─¿Estaba allí Scott Glenn?

              ─Sí. Por ello coincidieron dos de mis hombres en el lugar. Después…

              ─¡¿Qué?!

              ─Le golpearon. Con dureza.

              El rostro de Clive no demostró sentimiento alguno salvo frialdad. Y extremo distanciamiento. Algo tan ajeno al hombre que Peter se preguntó si era para protegerse de lo que iba a escuchar del agente que se mantenía a una distancia de un par de pasos.

              ─¿Está…?

              ─Le dejaron inconsciente y se lo llevaron con ellos. Mis hombres les siguieron el rastro hasta llegar a la ciudad. Allí se separaron en dos grupos y con ellos mis dos agentes. El que vigilaba al superintendente descubrió que le introducían en el mercado de ganado. A partir de ahí lo único que tenemos son elucubraciones. Si lo hubieran querido muerto, era el momento, inspector. Demasiados hombres contra uno solo. No hubiera podido hacer nada y tampoco mis hombres, salvo dejar la vida tratando de protegerle.

              La rabia impregnaba cada palabra de Clive.

              ─Debieron… intentarlo.

              Los labios de Strandler se apretaron, con fuerza.

              ─Habrían muerto, para nada.

              ─Yo lo hubiera intentado. Yo…

              Las siguientes palabras de Strandler fueron dichas entre dientes, casi imperceptibles.

              ─No lo dudo.

              Las rojizas cejas se fruncieron y Clive dio un paso en dirección a Strandler.

              ─¿Qué diablos insinúa, agente?

              La repentina tensión entre los dos hombres escalaba sin que nadie pudiera impedirlo. Quizá nadie estaba dispuesto a hacerlo. Una profunda aspiración fue el único gesto que acompañó las siguientes palabras de Strandler.

              ─Nada, señor. Absolutamente nada ─con lentitud el agente Strandler se volvió hacia Rob─. En estos momentos preparamos un asalto al lugar pero debemos reunir más efectivos. Estamos a la espera de que nos envíen un buen número de agentes y nos den el visto bueno.

              ─Llegarán tarde ─susurró Clive─. Demasiado tarde.

              La ronca voz de Peter intervino.

              ─Tienen a su abuela.

              El cuerpo del agente Strandler se giró al completo para enfilar en dirección a Peter.

              ─¡¿Cómo?!

              ─Me ha oído, agente Strandler. Creemos que Martin Saxton tiene retenida a la marquesa de Torchwell. Por eso el superintendente no luchó. Quería encontrarla y la única manera era dejarse capturar. También tienen a Elora Robbins.

              La oscuras cejas del gente se alzaron, incrédulas.

              ─Sí, sus oídos no le juegan malas pasadas. Tienen a la segunda al mando de Marcus Sorenson.

              El suave silbido del joven agente que acompañaba a Strandler se coló en la conversación. Indicaba el asombro que causaba la información. Los dos agentes cruzaron una mirada indefinible pero callaron.

              ─¿Dónde retienen a Ross? ─indagó Clive.

              ─Creemos que en los sótanos del edificio del mercado de…

              ─…ganado de Smithfield ─Clive terminó la frase en su lugar. En esta ocasión fue la mirada del maduro agente la que denotó sorpresa. Antes de continuar Clive desvió la mirada en dirección a Rob para volverse una vez más hacia Strandler tras unos segundos─ Lo que significa que puede estar en cualquier punto entre el mercado y el hospital de San Bartolomé. ¡Maldita sea!

              Strandler dudó un segundo.

              ─¿De qué diablos hablan?

              Clive cerró los puños con furia antes de contestar.

              ─¡De que han rascado tan sólo la condenada superficie de lo que está ocurriendo! Y de que nosotros, esta maldita noche, vamos a atacar con todo lo que tenemos. Con o sin su ayuda.

 

 

 

II

 

              Tenía las manos heladas. Completamente heladas. A su lado la marquesa parecía no respirar. Instintivamente, con el sonido más cercano de los pasos, recularon hasta que sus espaldas dieron contra la pared del túnel.

              No conseguía borrar de su mente sus preciosas caritas. El claro sonido de sus risas llenando su hogar. Incluso de sus peleas y travesuras. Le llenaban la mente. Le aterraba no volver a ver a sus pequeños, a no sentarse una vez más al borde de su cama y besarles en la mejilla respirando ese olor tan suyo mientras se dormían, lentamente, escuchando un cuento infantil. Adoraba esas miradas anticipando el final de un cuento que habían escuchado cientos de veces. No acariciarles una vez más era impensable.

              Hombro contra hombro dijo las palabras que jamás creyó tener que pronunciar.

              ─Si no sobreviviera necesito que diga a mis pequeños que les amo con toda mi alma. A mi Evan y a mi Katie. Que nunca quise…

              ─¡No!

              ─Por favor, Alexandra. Necesito que lo sepan. Necesito que…

              Ambas seguían con la mirada clavada en la puerta de acceso a su prisión pero notó unos delgados dedos aferrar los suyos y apretar. Con una fuerza inesperada en unos huesos frágiles.

              ─Saldremos de este infierno, querida. No he vivido tantos años y enterrado a mis hijos para que un solo hombre me venza.

              La puerta se abrió, con suavidad.

              Se le aceleró la respiración. Traían más prisioneros. ¿Acaso no iba a terminar nunca la capacidad del hombre que no apartaba la mirada de ellas de hacer daño?

              El sonido de angustia que emitió la mujer ubicada a su lado le hizo centrar la vista en el último grupo que acababa de llegar. Dios mío, no traían a un hombre amordazado y atado, sino a dos. Y el último era el nieto de la mujer que no movía un músculo a su lado. La inmensa altura pese a estar ligeramente encorvado, el llamativo color del único ojo que no permanecía cerrado por las magulladuras, el cabello oscuro revuelto y los hermosos rasgos, pese a estar deformados por la paliza que había recibido le identificaban al instante. Llevaba unos pesados grilletes en muñecas y tobillos que le impedían prácticamente avanzar pero no había perdido ese aire de lucha que era tan propio de ese hombre.

              Se dio cuenta del segundo exacto en que Ross Torchwell les vio y por una milésima de espacio de tiempo creyó que arremetería contra los hombres que le sujetaban. Uno de ellos debió presentirlo ya que le aferró del cabello forzando su cuello hacia atrás. Ni un quejido manó pese al dolor que debía sentir.

La marquesa avanzó instintivamente un paso pero ella le agarró del brazo, atrayendo la mirada de Martin Saxton y provocando en él una sonrisa espeluznante. Odiaba a ese malnacido. Y él le causaba un pavor imposible de controlar.

              Ese animal ordenó que ataran al superintendente a unos de los hierros anclados profundamente en la pared. No tardaron en hacerlo quedando con los brazos en alto, sujetos a la altura del rostro. Los pies permanecían unidos entre sí con una soga, tras retirar las cadenas.

              ─Te traigo el regalo, querida.

              Elora se giró, apartando la mirada de Torchwell. Saxton se dirigía a ella pero sus palabras carecían de sentido. Rezaba para que la marquesa no hiciera una locura. Tardó un segundo el fijar la vista en Martin Saxton.

              ─No es bueno ignorarme y puedes soltar a la vieja, querida. No hará una locura, ¿verdad marquesa? Nada que provoque que mis hombres metan una bala entre ceja y ceja a su nieto. ¿No es así, marquesa?

              La anciana se negó a contestar provocando un ligero gesto en Saxton en dirección al mismo hombre que hacía pocas horas le había amenazado. Glenn. No olvidaría ese apellido en la vida.

              ─¿No… es… así, marquesa? ─repitió con una dulzura engañosa Martin Saxton.

              Por favor, le iban a matar. La mano extendida de Glenn con el arma en dirección a la cabeza de Torchwell no temblaba.

              Respondió ella en lugar de la anciana.

              ─No se moverá. Lo prometo.

              Los azules ojos de Saxton se clavaron en ella.

              ─¿Acaso eres una marquesa, querida? No lo creo. Más bien diría que eres todo lo contrario a una marquesa ─de fondo se escuchó la risa burlona de Glenn─. Te falta la clase, la elegancia y la belleza.

              No le importaba lo que dijera o que lo hiciera delante de otros. Ya estaba acostumbrada. Siempre lo había estado. Lo que no permitiría era que ese condenado hombre se diera cuenta del dolor que, pese a los años, aún le provocaba escuchar las burlas.

              ─Soy tan marquesa como tú puedes ser el hijo de un duque, maldito.

              Tan pronto terminó de hablar, supo que se había equivocado.

              Al completo.

 

 

 

III

 

              Tardaron no más de diez minutos en relatar todo lo descubierto al inspector Strandler. Confirmaron que era Martin Saxton quien movía los hilos de todo y a la última pregunta que formuló le contestaron que sí. Estaba detrás de los asesinatos y desapariciones. Carecían de pruebas porque el hombre parecía ser un fantasma y borraba con una facilidad impactante todo rastro tras de sí. Pero sí, los jóvenes agentes James y Roberts estaban muertos. Y todo porque se les asignó un caso relacionado en algún punto de su investigación con Saxton.

              Todo lo que tocaba ese hombre se pudría.

              Ahora el hijo del duque disponía de ventaja. Tres de los suyos estaban en sus manos. Elora, Torchwell y la abuela de Ross. Y no podían concretar el lugar en que les mantenían prisioneros o si les retenían separados, dificultando con ello un posible rescate. Todo parecía torcerse.

              Las miradas de asombro de los dos agentes fueron adquiriendo dureza según avanzaban en el relato. Y la infantil mirada de Titus iba perdiendo poco a poco su brillo.

              Rob sintió la mirada de Strandler fija en su rostro.

              ─¿Por qué le odia tanto ese hombre, inspector?

              No supo responder. No pudo hacerlo ¿Cómo explicar una maldita y enfermiza obsesión a un hombre cuerdo? ¿Cómo explicarla quien ni siquiera lo comprendía él mismo?

              No contestó, centrando en su lugar la mirada en Peter. En la única persona que le daba algo de seguridad en ese momento. En el único que mantenía una pizca de cordura en semejante situación.

              Le observó dirigirse lentamente a las dos figuras que permanecían cerca de la puerta de salida de la mansión. Guang y Titus. Nadie se había dado cuenta pero el inofensivo gigante se había ido, poco a poco, cobijando en la esquina de la entrada a la casa. Casi oculto por un ramo de flores que Julia cambiaba cada pocos días sobre una mesita apoyada contra la pared. Con una mano inmensa perfilaba con delicadeza el tallo de una rosa blanca. Ignoraba todo lo demás. Todo lo que ocurría y escuchaba a su alrededor.

              Algo se estranguló en su pecho al ver cómo ese hombre se hundía en la oscuridad. En la misma en la que había pertenecido demasiado tiempo.

              Peter se le acercó lentamente, como si temiera sobresaltar a un cachorro acorralado. Guang también se había aproximado, con cuidado, hasta situarse junto a Titus. Sin tocarle. Haciendo notar su presencia. No se escuchaba lo que Peter decía. Sólo se apreciaban sus gestos. Tan suaves.

              Una de las manos del hombre que quería se alzó con la palma hacia arriba. Con la misma suavidad que empleaba con las mujeres o incluso, a veces, con él. Extendida y abierta. Los ojillos de Titus permanecieron clavados en las flores, tercos. Durante dos segundos. No más. Después parpadeó y extendió su brazo. Su mano rozó la de Peter y los dedos de éste se cerraron sobre la inmensa palma. Con un nudo en la garganta observó que algo contestaba Titus. Balbuceó mientras apretaba la mano de Peter. Se encogió de hombros y ladeó esa cabeza con esos rasgos infantiles, redondos e inocentes y sonrió. Dios, sonrió como un crío que ha hecho algo maravilloso y lo sabe, al dirigirse a su padre, orgulloso de ello.

              La otra mano de Peter se alzó ahuecándose sobre la redonda mejilla de Titus. Y apretó. Del mismo modo en que su padre hacía con él. Con cariño.

              La sonrisa que ambos compartieron fue preciosa.

              El maldito nudo en su garganta se afianzó. No supo qué había hecho Peter pero había sido lo correcto. La tristeza que había comenzado a invadir los ojillos del gigante ya no estaba ahí. Con un breve gesto en dirección a Guang, éste posó su pequeña mano en el brazo del gigante y lentamente se dirigieron a las escaleras que ascendían al piso superior. La espalda doblada de Titus permanecía erguida y el sonido de voz ya no temblaba.

              Al girarse Peter en su dirección su mirada se clavó en la negra. Fue a hablar pero las palabras no le salieron de la garganta. Lo intentó. De verdad que lo intentó pero no puedo formar ni un solo sonido mientras Peter se acercaba a él por lo que optó por hacer lo único que le permitía la emoción que sentía.

              Sonrió tratando de reflejar en su sonrisa el inmenso amor que sentía por el hombre que abrió los oscuros ojos al percatarse de que él había presenciado todo lo ocurrido con el inocente gigante.

              Las negras pupilas le recorrieron el rostro. Con esa manera tan suya. Como si memorizara cada rasgo hasta que se quedaron fijas en sus labios. Si no hubiera habido gente delante habrían compartido uno de los besos y caricias más hermosos de su vida.

              Su corazón lo supo. Y con eso le valía.

              Carraspeó para liberar su cuello del maldito nudo, provocando una sonrisa traviesa en el grandullón. Dios, cuando todo esto terminara y le pillara a solas no iba a dejar nada en el tintero. No esta vez.

              La mirada de Peter se desvió hacia el grupo que permanecía a sus espaldas, hablando e interrumpiéndose sin cesar.

              El lugar era un completo gallinero. Desordenado y concurrido. Con calma Peter alzó ambas manos atrayendo la atención de varios de los presentes.

              ─Necesitamos los condenados planos de los túneles que unen el mercado con el hospital de San Bartolomé. Puede que con lo que me ha dicho Titus ubiquemos el lugar en el que retienen a nuestros amigos.

              Maldita sea. La opresión en su pecho se despejó en un segundo. Lo había logrado. Al fin el muy terco lo había logrado. Titus le había dicho a dónde le trasladaban para cuidar de los pequeños y de paso le había mostrado la distribución de los túneles, aunque fuera con el dibujo formado por la mente de una criatura.

              Esperaba que el gigante no hubiera errado y no los condujera a un maldito túnel sin salida.

              Clive se volvió hacia Stradler para pedirle ayuda. Los datos estarían en el mismo Ayuntamiento, a buen recaudo, pero apenas disponían de tiempo para terminar de organizar la incursión al hospital de san Bartolomé. Necesitaban ayuda externa. El agente fue a contestar pero Doyle intervino. Ya estaba en ello. Sus hombres no tardarían en traer unas copias de los planos. Del mismo modo en que habían conseguido copias de la estructura del hospital lo lograrían de los condenados túneles.

              Dio gracias en su interior por tener entre sus filas a unos de los hombres más prácticos y avispados del universo. Se volvió hacia Doyle para lanzarle un beso pero los fuertes golpetazos en la puerta le sobresaltaron.

A él y a todos los demás.

              Si no terminaba con un sorpresivo infarto ese día, iba a ser un completo milagro.

 

 

 

IV

 

              Estaba fea y delgaducha. Y el uniforme le sentaba a cuerno quemado. El color gris le afeaba y no sabía el motivo, pero estaba a punto de echarse a lloriquear como una cría inmadura. Lo opuesto a su caracter en todos los sentidos.

              Eran los nervios y también, que se veía extremadamente fea. Y lánguida.

              ─Sé lo que piensas y no es cierto, Jules.

              Se giró en dirección al inmenso lecho desde el que Mere le observaba como un enano halcón. Todo salvo esos enormes y redondos ojos que no perdían la pista de lo que ocurría a su alrededor. No. Una lechuza. Eso. Nada de halcón sino una plumosa lechuza. Le pegaba mucho más, como anillo al dedo.

              ─Te estás desperdigando, Jules.

              ─No me estoy…

              ─Te lo veo en los ojos. Se te vidrian cuando te vas de viaje mental.

              Apretó los labios.

              ─¿Soy fea, Mere?

              Como una tromba se escuchó el movimiento de ropajes al ser retirados, un quejido alarmante unido a un demonio, mis bajíos, seguido de un gruñido y las ropas volviendo a su lugar inicial.

              No era la primera vez que a Mere se le olvidaba que acababa de dar a luz por partida doble y por ello John había fijado turnos para que le vigilaran e impidieran que se levantara de la cama, bajo pena de una sopesada y cruel venganza por su parte.

              Le tocaba a ella actuar de vigilante y habían aprovechado el rato para disfrazarse de administrativa de hospital. En la planta baja se había quedado el resto, incluyendo el fondón y a los dos agentes que se habían unido al completo desbarajuste organizado. También había optado por probarse el delantal de enfermera que llevaría consigo por si era necesario camuflarse más allá de lo necesario y deambular por los oscuros, tétricos y fríos corredores de ese fantasmal lugar.

              ¿Temblaba? Ay, Dios mío, iba a ser un completo desastre. Si se cruzaba con Martin Saxton seguro que se ponía a chillar como un cochinillo paticorto y fondón.

              ¡No emplees esa palabra, Jules! Borra de tu mente al fondón. ¡Pero ya mismo! Le distraía y no debía permitirlo.

              ─Eres preciosa. Tu cara es ovalada, dulce y proporcionada. Pagaría una fortuna por tener tu figura y tus andares ─la voz de Mere desde el otro lado de la habitación no vaciló─. Eres elegante, Jules Sullivan y con eso una nace, no se hace. Te lo digo yo que soy torpe a más no poder y mis patas son cortas. Claro que tengo otras cosas para compensar.

              Amaba a su amiga y adoraba esa risa limpia, llana y tan, tan traviesa.

              ─¿Me ves con buenos ojos porque me quieres, Mere?

              Un profundo suspiro de semi desesperación inundó la habitación.

              ─Sí y no. Aunque no fueras agraciada te vería hermosa porque tu interior lo es. Lo que ocurre es que también eres hermosa por fuera, Jules. Muy hermosa. Quien te diga lo contrario miente. O tiene envidia y de la mala.

              ─¿Mis brazos no son raquíticos?

              Oh, oh. La acababa de armar. La carita de Mere se contrajo, totalmente furiosa.

              ─Le voy a matar.

              ─Mere.

              ─¡Se lo merece por ser un bocazas!

              ─No es…

              ─¡Lo es! El fondón es un ¡memo! Y tú más, por hacerle caso. Como hagas caso a Jared, te lía la manta a la cabeza y es capaz de armarla bien parda. Es un liante nato, Jules. Hay que contraatacar, créeme.

              Se había quedado con la boca abierta y a medio vestir.

              ─Cierra la boca, Jules.

              Lo hizo.

              ─Le gustas.

              Volvió a abrir la boca con la lengua colgando fuera, al escuchar las palabras de Mere, lanzadas de sopetón..

              ─Lo que acabas de oír, querida. Está alelado por ti pero se niega a reconocerlo porque nació terco ─Mere refunfuñó en bajo antes de dirigirse a ella de frente─. Le conozco como si lo hubiera parido y se arrastra por la casa como alma en pena cuando no estás de visita. Te busca y olisquea el aire por si te capta. Claro que cuando estás cerca es como si alguien le hubiera pinchado en el trasero y le convirtiera en un buey almizclero, con toda esa melena al aire y los constantes bufidos.

              ─Creo que te equivocas, Mere. Me aborrece.

              ─Claro. Por eso está empeñado en entrar contigo al hospital, ¿no? Para zancadillearte en un descuido ya que te tiene ojeriza.

              ─No. Eso le convierte en idiota, más que otra cosa.

              El atragantamiento de Mere con su propia saliva casi la hizo sonreír. Casi. Hasta que su mirada le devolvió el reflejo de su imagen en el espejo de cuerpo entero. Entonces el miedo se hizo hueco de nuevo en su mente.

              ─¿Y si algo sale mal? ¿Y si nos pillan a las dos? ─madre mía, ¿era esa su voz? Sonaba a truenos pero era incapaz de parar─. ¿Y si me cruzó con ese hombre? Ya sabes, con el hijo del duque. Podría escupirle con fuerza pero seguro que me cae encima, con la puntería que tengo y además…

              ─Jules…

              ─…me queda grande la peluca…

              ─Jules….

              ─ Lo sé. ¡Lo sé!

              ─¿Qué sabes?

              ─Que soy una negada como espía.

              Una de las mantas cayó al suelo de golpe. No le extrañaba ya que hacía un calor infernal en la habitación pese al frío que reinaba en el exterior y la pequeña mujer que le observaba atentamente desde el lecho tenía la temperatura del cuerpo, desde el parto, totalmente descontrolada.

              Al observar el gesto cariñoso de Mere no dudó. Cogió carrerilla y se abalanzó sobre el lado de la cama que permanecía vacío. Tenían un rato para compartir a solas y ella, lo necesitaba. Le daba igual no actuar como una dama. Le daba igual que el lazo del delantal se le escurriera. O sentir el cuerpo cubierto de escarcha como la hierba al amanecer. Tiesa, fría y húmeda. Madre mía, hoy estaba tan pesimista como era habitual en su abuela. Todo se pegaba menos la hermosura. Y tanto tiempo rodeada de un ambiente sombrío la convertía en una sombra andante. Si no fuera por el club y la vida que le ofrecía, llena de color y luz, hubiera terminado en un convento. Plantando coles.

              ─Todo va a salir bien. Él no dejará que te ocurra algo malo. Jamás lo permitiría.

              ─¿Quién? ¿El todopoderoso?

              ─¡Jules!

              ─¡Me refería al señor!, no a tu hermano.

              Casi sonrió. No podía evitar pinchar a los dos hermanos. Se parecían tanto.

              ─Ya. No sé qué voy a hacer con los dos. Quizá amordazaros y amarraros juntos hasta que hagáis las paces y la calma llegue de nuevo a nuestro previamente manso reino.

              ─¿Qué reino?

              ─¡El mío!

              No pudo evitar soltar la risilla pese al nervio que le recorría el cuerpo. Sentía la necesidad de rascarse brazos y piernas y le resultaba casi imposible mantenerlos inmóviles. Los sacudió y los frotó contra la suave colcha, tras arremangarse la falda.

              ─¿Te está dando el tembleque Julesiano?

              Ay, dios mío, por unos segundos su mente había olvidado el plan de marras. Se escurrió hasta el borde del lecho, apoyó los codos en las rodillas y dejó caer la cabeza en medio de éstas para que la sangre retornara a la parte superior de su cuerpo. Notó el peso de una mano en medio de su espalda. El peso de una mano menuda. Diantre, Mere ya se había movido de su sitio. John la iba a estrangular.

              ─No estaréis solos. Sencillamente seréis la avanzadilla. Y cuando deis la señal, entrarán los demás, policía incluida.

              ─Y la abuela y yo, en medio de la trifulca.

              ─Con Jared. No olvides al fondón.

              ─¡Mere, no le llames así!

              ─¡Si me lo has pegado tú! ─algo debió percibir Mere en su ceño fruncido─. Perdón, quería decir nuestro Jared.

              Eso sonaba mejor.

              ─¿Crees que debiera ir armada?

              ─No sabes disparar.

              ─Me refería a un puñal o un palo o una vara o…

              ─Un puñal oculto.

              ─¿Dónde?

              ─Atado al muslo.

              ─¿Eh?

              ─Lo que oyes. Le diré a Jared que te facilite uno y te ayude a…

              ─Mere…

              ─…a colocártelo para…

              ─¡Mere!

              ─¡¿Qué!? ¡Estáis prometidos! Puede verte un poquillo de muslamen de tanto en tanto ─Mere se quedó pensativa un segundo─. Mejor pensado, no es buena idea.               No con Jared.

              Eso le intrigó.

              ─¿Por qué?

              ─Por la manera en que te mira.

              ─¿Cómo?

              La mirada desquiciada de Mere acompañó un bufido de agotamiento.

              ─Jules, si tengo que explicarte eso, estamos apañadas.

              ─¿Por qué?

              ─¡Oh, por los cielos! Muy bien, como te otee el muslamen, de seguido va la pechuga.

              ─Mere, no tengo plumas. Ni soy un pollo rechoncho.

              Una maquiavélica risilla inundó la habitación.

              ─Para él, lo eres. Créeme. Jugoso y sabroso.

              ─¡Mere!

              ─¡¿Qué?! Soy franca.

              Esto no llevaba a ninguna parte y la sangre ya había retornado a su cabeza. La cuestión era no dejarse amedrentar por lo que iba a pasar. No señor. Ella era dura y no era la primera ocasión en la que se veía mezclada en asuntos turbios. Iban a estar rodeadas y protegidas. Lo único de lo que debían ocuparse era de dar acceso a los demás al hospital de San Bartolomé. Punto. Ni actuaciones heroicas, ni insensateces propias de jovenzuelas.

              Unos suaves brazos le rodearon por detrás y notó el peso de una cabeza sobre su hombro derecho. Una suave y cálida mejilla. Sintió el abrazo como el de una madre. Una madre que apenas recordaba salvo en pequeñas y fugaces imágenes. Una madre que hubiera deseado que fuera como la mujer que le rodeaba con sus brazos.

              El cálido aliento le rozó el cabello.

              ─Él me lo ha jurado, Jules. No permitirá que te ocurra algo malo y confío en mi hermano. Por encima de todo, confío en su palabra.

              Las palabras se le atragantaron en la garganta por lo que lo único que hizo fue arrebujarse en el cálido abrazo y disfrutar de unos pocos momentos de calidez.

              Sólo eso.

 

 

 

V

 

              No esperaba presenciar el brutal golpe que recibió el segundo de los prisioneros que acaba de unirse a ellas. No lo entendía. Era ella la que había provocado a Saxton y era otro el que lo pagaba en su lugar. Sintió tal odio hacia ese hombre que apenas pudo hablar.

              ─Eres un cobarde, Martin Saxton. Un cobarde que disfruta con…

              Otro brutal golpe al prisionero y un quejido dolorido en respuesta del hombre al que apenas se le veía el rostro en medio de la penumbra.

              ─¿Decías, querida Elora?

              La reacción del hombre que acababa de recibir el golpe al escuchar la pregunta de Saxton, la impactó. Se irguió pese al dolor que debía sentir en el torso y se giró en su dirección. Algo en su postura, en los sucios rasgos le recordaba a...

              No. Era sencillamente imposible. 

              Los puñetazos habían impactado contra la carne con tal fuerza que el sonido había sido angustioso. A la izquierda de Elora se escuchaba el forcejeo contra las cadenas que sujetaban a Ross Torchwell. Trataba de hablar pero la mordaza no se lo permitía. Un suave gemido indicó que el tercer golpe lo recibió él para acallarlo. No lo lograron. El sonido metálico aumentó en intensidad.

              A su derecha la marquesa de Torchwell dio un paso vacilante en dirección a su nieto pero el cañón de un arma presionó contra el lateral de la oscura cabeza del superintendente. Una silenciosa amenaza que les paralizó a ambas, al completo.

              Estaba acostumbrada a una vida dura. A pelear y luchar. A defender a los suyos. No a la pura maldad. No a presenciar el disfrute al hacer daño al prójimo. No lo estaba y no lo entendía. Nunca lo hizo y jamás lo haría. La sensación fue de asfixia.

              Algo dentro de ella se rompió en pedazos. Con fuerza. No pudo más. No pudo.

              ─¡Basta! ¡Ya basta! ¿Qué quieres de nosotros? ¿Qué quieres de mí?

              Los helados ojos de Martin Saxton se centraron en ella, paralizándole.

              ─Que elijas, querida. Sólo eso. Algo sencillo, incluso para ti.

              ¿Elegir qué? ¿Entre quiénes? Ese enfermo hablaba en acertijos y ella estaba harta de todo. Quería escapar de ahí con la marquesa, con Torchwell e incluso con el encorvado hombre que quieto como una estatua no apartaba la intensa mirada azul de ella. Una mirada dolida y llena de rencor que no se separaba de ella. Dolía ver tanta rabia en esos ojos. Intensa rabia centrada en ella. Como si, en cierto modo, le odiara.

              No lo comprendía.

              En el mismo instante en que fue a volverse hacia Martin Saxton para responder a sus palabras la cabeza del hombre se giró completamente, perfilando la silueta de su rostro contra la lumbre.

              Parpadeó un par de veces y los músculos del cuerpo fueron incapaces de reaccionar.

              Era él.

              El perfil era de él. Del hombre que ya creía olvidado. Del hombre que tanto había querido creyendo ser correspondida. Hasta que cuatro palabras lanzadas con ira en medio de una discusión destrozaron sus ilusiones. Un instante en que el amor que una vez creyó sentir por el hombre que ahora apartaba la mirada de ella, quedó roto.

              Neil. Su marido.

              El hombre que desapareció sin dejar nada atrás salvo una nota que ella aún conservaba escondida en su mesilla de noche.

              El aliento se le congeló en el pecho.

              La impresión fue brutal pero aún lo fue más captar en la mirada de Martin Saxton lo que daba a entender. Apenas escuchaba lo que le rodeaba. Necesitaba pensar. Necesitaba entretenerlos. Necesitaba conseguir tiempo. Para no tener que elegir entre el hombre que una vez amó y su corazón.

              ─¿Te gusta mi regalo, querida?

              No. No podía ser. No podía obligarle a hacerlo.

              ─Veo que lo entiendes, querida mía. Quizá quieras disfrutar de un rato a solas con tu perdido esposo. Para reencontraros ─una sonrisa que helaba la sangre curvó la boca de Saxton─. Y para decidir a quién quieres más. A él o a ellos.

              Tragó saliva.

              No iba a llorar. No ante ese hombre.

              Las palabras no surgieron mientras observaba como, una tras otro, los hombres de Saxton abandonaban el túnel.

              Quedaron los cuatros a solas. Fueron unos minutos en los que su mente quedó en blanco. Incapaz de pensar en otra cosa que no fuera en el hombre que había quedado amarrado a la pared opuesta en la que permanecía atado Ross Torchwell.

              Estaba a unos pasos de distancia y le parecían interminables. La necesidad de echar a andar y no poder se había adueñado de sus piernas. En la lejanía, como si no ocurriera a su lado, escuchó los rápidos pasos de la marquesa de Torchwell acercándose a su nieto y liberándole de la mordaza. Un sollozo de la anciana y un suave murmullo masculino en respuesta, de su nieto. Tranquilizador.

              Y ella seguía inmóvil.

              Incapaz de acercarse al hombre que un día amó y odió.

 

 

 

VI

 

              Había dejado a Mere en las capaces manos de Julia y en compañía de sus bebés. Tan preciosos y regordetes que no había podido evitar darles un par de achuchones antes de alejarse. Bueno, unos cuantos. Le encantaba cómo olían, la suavidad de sus manitas y sus rostros. Eran una bendición. Dormían como leños. Sobre todo el pequeño. Casi como sintiera la presencia de su diminuta hermana a su lado y eso le amansara.

              Entre Mere y Julia le habían dado como poco una decena de instrucciones además de consejos y de seguido un par de abrazos finales que casi le habían estrangulado. Ellas no iban a estar en el asalto, ni iban a presenciarlo y eso les inquietaba en extremo. Siempre habían hecho todo juntas. Como miembros fundadores del Club del Crimen separarse equivalía a actuar casi contra natura.

              La forma en que Mere y Julia le habían apretado, fuerte, hablaba de miedo a que las cosas se torcieran en un segundo inesperado y eso, era lo que ella más temía. Lo imprevisible y el dolor que siempre lo acompañaba.

              Mientras caminaba por el largo e iluminado pasillo, tras abandonar a trancas y barrancas la habitación, comenzó a deshacer el lazo superior del delantal. Le apretaba el cuello y por primera vez en su vida lamentó no ser una seguidora y defensora de los grandes escotes. Claro que entonces estaría completamente agobiada con que pudiera verse demasiado y no haría más que tirar de la tela para arriba de continuo y…

              ─No soy idiota.

              Detuvo su caminar de golpe. Creyó que el hermano de Mere estaría en la planta baja culminando el plan. La voz sonó a su espalda, en la zona que al salir de la habitación quedaba atrás. Le entraron sudores al darse cuenta.

              ¡Les había espiado! ¡Mientras hablaban en confianza! Rememoró lo que había dicho y hecho. Con un suave suspiro deseó convertirse en un pudding, derretirse y esparcirse por el suelo hasta desaparecer en el olvido. Dios santo, el pesimismo de su abuela había vuelto a las andadas y ella comenzaba a divagar de nuevo.

              ─Ni insensato.

              Eso la enfureció porque el hombre, ¡se engañaba a si mismo! Era evidente que Jared Evers era memo e insensato a más no poder. Y, ¡cotilla! No pudo tragarse el gruñido mitad berrido que lanzó a su insoportable prometido. Debió sonar a sapo estrangulado propenso a saltar ya que el hombretón reculó un pequeño pasito y alzó una ceja, a la expectativa.

              ─¿Nos has escuchado? ¡¿A escondidas?!

              ─Sí.

              Increíble. Peor, imperdonable.

              ─¿No te avergüenzas, Jared Evers?

              ─Nop. Me encanta espiar a Mere. Lo hago desde crío para fastidiarle.

              Peor que imperdonable.

              ─¡Yo no soy tu hermana menor!

              Una sonrisilla relajó el rostro de Jared.

              ─Gracias a los cielos. O a los infiernos. No sabría decirte, querida.

              Jules se estiró cuan larga era. Y no era demasiado junto a esa presumida torre.

              ─Me ofendes, Jared Evers. Y no me llames querida. Es inapropiado en extremo.

              Pero, ¿de qué diantre se reía el memo? Estaba plantado en medio del desierto pasillo que daba al piso inferior. Ambos se encontraban ahí estáticos. Ni para adelante ni para atrás. Como renqueantes postes humanos.

              ─Me sale natural. Creo que me he acostumbrado.

              ─¡Que no sea así!

              Oh, no le gustaba pero nada esa semi sonrisa de estar tramando algo.

              ─No hay que luchar contra los instintos, Jules. O los deseos. Salen arrugas. También ronchones.

              Podía con ella. Del todo. No supo cómo responder por lo que se volvió como una tromba en dirección al rellano, a paso ligero. No escuchó los pasos que imaginó percibir tras ella. No es que ralentizara su andar para ver qué pasaba sino que la alfombra resbalaba ligeramente y no podía tropezar, caer y echar al traste con todo el plan de marras. Debía prevenir antes que lamentar. Era una pieza esencial en el ataque al hospital y debía ser precavida. Le encantaba ese dicho. Regía su vida. En todo menos en su extraña relación con Jared Evers. Ladeó el rostro. Un poco. Sin que él se diera cuenta. Seguía sin percibir si le acompañaba.

              ─¿Huyes, querida?

              Ohhhhh. ¿El fondón quería guerra? Guerra iba a tener.

              Se giró rabiosa para toparse de frente con la camisa clara que cubría un pecho ancho. Muy ancho. Toda la altura de la que carecía Mere se la había robado descaradamente su hermano.

              ─¿Por qué estás tan cerca?

              ─Te paraste de golpe. Yo te seguía como un buen y dispuesto prometido.

              ─Demasiado cerca.

              ─¿Te pongo nerviosa?

              ─¡No!

              ─¿Por qué tiemblas, entonces?

              ¿Temblaba? ¡Ella no temblaba! Sólo se balanceaba ligeramente y muy rápido de izquierda a derecha.

              Instintivamente dio un paso atrás hasta sentir la inmensa manaza asir con fuerza la parte frontal del delantal que aún rodeaba su cintura. La parte superior y los lazos para atarlo al cuello caían hasta rozar el suelo.

              Con cuatro de sus dedos palmeó la mano de su prometido. Estaba cálida pero el hombre no soltó su amarre. Repitió la protesta con algo más de fuerza pero los largos dedos se tensaron aún más. Como un cepo. Bajó la mirada hasta el punto en que su cabello casi rozó la blanca tela que olía a limpio y a… él. Olía tan bien… Era su cabello. Desprendía aroma a madreselva, a lluvia y a pura masculinidad que por alguna razón se había apoderado del hombre al completo. Y, ¿por qué diantre le bombeaba el pecho a destiempo?

              La cercanía de un hombre no era algo extraño para ella.

              Se le congeló la respiración al sentir los nudillos contra su cintura. Vestía tres capas de ropa y los notaba contra su vientre. Apretando la tela de su falda. Otro suave tirón la acercó a ese cuerpo, alejándola de la escalera. Otro más hasta que solo el puño masculino los separaba.

              Abrió la boca pero surgió un catatónico maullido. Aspiró entre dientes y carraspeó, sin mirar hacia arriba. Si miraba hacia arriba, igual se desmayaba y haría el ridículo más soberano como cuando rodó colina abajo para terminar contra el zapato de Jared. Se estaba poniendo muy nerviosa con la proximidad de Jared Evers. Su prometido. Eso.

              ─Necesito bajar a la reunión. Ahora mismo. Para saborear… ¡sabotear!, quería decir, sabotear los planes del duque de Yak. Osea, del hijo del duque ese, ¡como se llame! Nuestro enemigo. Dios mío.

              Que se ahogaba. Uno de los dedos masculinos se aflojó para acariciar su dedo índice. Con delicadeza. Con tanta que no casaba con el hombre que respiraba a un palmo de su rostro. De la nada surgió otra caricia. Contra su mejilla. La yema de un dedo recorrió el contorno de su rostro.

              Un escalofrío le recorrió la espalda antes de que la voz masculina surgiera en un susurro.

              ─¿El hijo del duque de Saxton?

              ─Sí. Ese. Hay que acariciarle... ¡aplastarle! ─ay, que se le resbalaba la lengua─. Eso. Con el dedo ese. Suavemente. Aplastarle sin piedad, quería decir.

              La caricia se deslizaba por la parte exterior de la oreja. Le hormigueaba. En dirección a la mandíbula y el lateral del cuello. Como un aleteó. Tan sensual. Lo más sensual que había sentido en su vida. No podía respirar. Sencillamente, sus pulmones no podían dejar pasar el aire. Si respiraba se apretaría más contra él. Y más, era demasiado para ella. El cuello del vestido impidió que el dedo siguiera su camino. Tragó saliva y apretó los dientes pero la mano no se retiró sino que la palma se ahuecó contra el lateral de su rostro, casi cubriéndolo al completo.

              El puño aflojó el amarre del delantal y sintió el dorso de la mano deslizarse hacia arriba, resbalando por su corpiño. Sobre el vientre, la cintura, entre sus pechos hasta que ambas manos masculinas rodearon su rostro. Los dedos se entrelazaron con su cabello.

              Alzó la mirada y se clavó en unos ojos brillantes, color jade. Unos ojos que no sonreían. Unos ojos que le miraban como si le observara por primera vez.

              ─Te voy a besar, Jules Sullivan.

              Vale.

              Ella solía reaccionar cuando algo le sorprendía pero en ese momento fue incapaz de mover un solo músculo, salvo abrir la boca para intentar decir que no estaba muy segura de si era apropiado que lo hiciera. Que no estaba segura de poder soportar que no lo hiciera. Que quizá debiera avisar que nunca le habían besado como era debido, por si las moscas. Que estaba pensando cosas raras e imprudentes que no casaban con ella y todo era por sus yemas suaves, táctiles y mágicas.

              ¡El hombre debiera llevar guantes!

              Cogió algo de carrerilla para hablar pero su mundo se concentró en calidez, humedad y carne presionando contra la suya.

              El sudor le cubrió las palmas de las manos de golpe y creyó que el corazón le iba a estallar. No conseguía saber contra qué tenía las manos apoyadas. Algo duro. Sintió presión, casi dolor en el vientre al notar el suave empuje contra su boca semi abierta. Contra su labio inferior. El sonido de labios chocando y separándose. Pegados a los suyos. Una y dos, hasta tres veces. Sabía a algo dulce y a un resquemor de coñac. Una mezcla que hizo que le ardiera la nuca. Sentía tanto calor. Tanto que fue a separarse un poco. Sólo un poco pero las manos de Jared afianzaron su agarre. Le pareció escuchar un suave no antes de que algo cálido se adentrara en su boca. Tentándola. Dios santo…

              Su lengua le saboreaba. Sin disimulo, sin retener nada y ella, le dejaba. No, no le dejaba. Le acompañaba.

              Le estaba volviendo loca.

              Un hombre que creyó aborrecer, le estaba enloqueciendo con un sencillo beso.

 

 

 

VII

 

              Diablos.

              Iba a ser una broma. Una pequeña broma que acababa de volverse en su maldita contra.

              Nunca había sentido eso. Nunca. No poder parar porque esa mujer le nublaba la mente. Era como si su boca estuviera hecha para él. Sólo para él. Daba tanto como recibía y por un segundo su mente voló imaginándola tendida en el lecho, con él entre sus muslos. Ardiendo para él. Toda la sangre se dividió entre su boca y su entrepierna.

              No podía dejarla escapar. No podía…

              ¡Diablos! ¿Qué hacía con esa lengua? Peleaba contra él y lo saboreaba. Igual que había hecho él antes. Estaba perdiendo la noción de todo. Del lugar en el que estaban. De la cercanía de su hermana y Julia. Del resto, en el piso de abajo, pero esa mujer podía con sus defensas.

              No supo cómo, ni cuándo. De estar en el rellano de la escalera, muy cerca del borde habían terminado en el fondo del pasillo, en una condenada esquina. Demasiado cerca de una de las habitaciones. Demasiado…

              Si entraban no saldrían enteros. De esa habitación pasarían al altar porque ni un condenado terremoto impediría hacerle al amor a la mujer que entre beso y beso le miraba con esos impresionantes ojos y sonreía. Diablos, sonreía y al ver curvarse esos labios algo en el interior de su pecho se apretó, con fuerza. Darle nombre le aterraba.

              Perderla, aún más

              Al diablo. Le aferró por la cintura alzándole del suelo. Sin dejar de besarle deslizó su espalda por la pared hasta dar con el marco de la puerta más cercana. Esa boca. Tan sabrosa. Tanteó con la mano el pomo de la puerta y un maldito juramento brotó de su pecho, sobresaltando a la mujer que seguía entre sus brazos. Dios, notaba el torneado muslo bajo la falda arquearse contra el suyo. Le iba a dar una ataque al corazón e iba a estallar sin siquiera haberle saboreado del todo.

              ¡¿Qué demonios le estaba pasando?!

              Estaba perdiendo el control. El maldito control del que se había enorgullecido toda la vida con las mujeres. Para evitar que le cazaran. Para evitar…

              ¡Le acababa de mordisquear la lengua!

              No sabía lo que hacía. La ardilla tentaba al diablo y no se daba cuenta. Y él de dejaba arrastrar. No hacerlo era impensable. No hacerlo, ya no valía.

              Ya era desesperación. No era ternura. Era salvaje. Era morderse. Era dolor y placer. Era restregarse el uno contra el otro.

              Tanteó de nuevo con desesperación. La segunda puerta. Ni idea de qué habitación era ya que no podía pensar. No con ella entre sus brazos. El pomo giró y su cuerpo ardió de anticipación.

              Dioses, la iba a amar de una vez por todas y al diablo con todo.

              Con el tacón de la bota abrió de un golpe la puerta y ésta se quejó al girar en sus goznes. Una fina capa de polvo salió de la maldita habitación cayendo sobre ellos. El castaño cabello de su mujer quedó cubierto de motitas de polvo, al igual que sus pestañas. Los redondos ojos de Jules parpadearon levemente y algo se le rompió en el vientre al observarle.

              Una de sus manos quedó quieta contra la parte baja de la espalda femenina. La otra presionaba con fuerza contra el condenado marco de la puerta que acababa de abrir.

              Ella no le perdonaría. No le perdonaría que la arrastrara con él sin estar segura de ello. No lo haría y perdería la oportunidad de amar a una mujer que merecía ser amada por encima de todo. Y quizá, de ser amado.

Maldita sea, odiaba tener conciencia. Y odiaba tener que parar. Su cuerpo le pedía seguir adelante, ignorar a su conciencia. Una mirada sobre esas mejillas sonrosadas y esos labios casi le hizo doblegarse pero esa mirada… esa mirada le hizo hacer una de las cosas más idiotas, absurdas y caballerosas de su condenada vida.

              Con suavidad presionó por última vez sus labios contra los más suaves, que ya conocía. Se separó con dificultad y deslizó el suave cuerpo contra el suyo hasta que Jules quedó algo tambaleante a escasa distancia de él. Unidos por las manos.

              Le costó un triunfo. Un verdadero triunfo.

              ─Si entramos ahí, no saldrás virgen.

              La única reacción de Jules fue un leve fruncimiento de cejas y la dilatación de sus pupilas. El color comenzaba a desaparecer de las mejillas femeninas y él, juró para sus adentros. Debió utilizar otras palabras pero con esa mujer, no le salían como le ocurría con el resto del mundo.

              ─Quiero decir que…

              El suave ladeo de su cabeza hizo que el recogido cabello cayera a un lado. Dios, tenía una hermosa melena. Castaña y espesa.

              ─Sé lo que quieres decir, Jared Evers. No soy una niña.

              Lo había estropeado. Todo. Maldijo en silencio.

              ─No es que  no quiera…

              ─Soy una ávida lectora. Sé de cosas mundanas y terrenales. Y no soy una cría. Te sorprenderías, Jared Evers.

              ¿Eh? Esa mujer le despistaba.

              ─Estupendo.

              Demonios. Sonaba tonto a más no poder.

              ─De acuerdo. Tampoco es que sea una experta y me gustó…

              El corazón le palpitó con fuerza al escucharle.

              ─…besarte.

              Le despistaba y le derretía.

              ─Pero sigo sin poder casarme contigo.

              ¡Diablos!

              ─¡!Por qué?!

              ─Por muchas razones.

              ─¡Dámelas!

              ─¿Todas?

              Vaya.

              ─¡¿Tantas son?!

              Y también le aturullaba. El brillo de esos ojos indicaba que estaba disfrutando con su descoloque. Condenada mujer.

              ─¿Me tomas el pelo, Jules Sullivan?

              ─¿Ya no me llamas querida?

              ¡Dioses! Definitivamente le volvía loco y no sabía si podría dejarla ir. No lo sabía y eso, le asustaba. La sola idea de poder perderla o de que le pasara algo podía con él. Y esa noche…

              La menuda figura se acercó a él. Casi tanto como antes.

              ─¿Qué pasa, fondón?

              Por primera vez no le importó el epíteto que le llevaba por la calle de la amargura. Fue la manera en que lo dijo. Como si sólo ella pudiera llamárselo. Como si fuera algo suyo. Al igual que antes, en el cuarto con Mere.

              Sonrió recorriéndole el ovalado rostro con la mirada.

              Era preciosa. Preciosa, única y él estaba completamente perdido. Sonrió antes de inclinarse un poco. Lo suficiente para que ella no tuviera que forzar el cuello.

              ─Mi hermana me conoce bien.

              La oscura mirada de su prometida reflejó perplejidad un segundo. No pensó. Sencillamente habló. Para ella.

              ─Me encanta mirarte porque eres preciosa. Te busco porque junto a ti me siento vivo. Tus brazos son perfectos. Aunque fueras fea, que no lo eres, a mis ojos seguirías siendo preciosa. Por la manera en que amas a mi hermana. Por tu lealtad. Por tu valentía ─una suave sonrisa curvó los labios masculinos─. Por tu forma de besar. Sin guardarte nada. Por eso nos casaremos, Jules Sullivan.

              Le chiflaba ese pequeño tic que denotaba nervios e ilusión en el rostro de su prometida.

              ─¿Y porque beso muy bien?

              Ahí estaba. Una fuerza de la naturaleza en forma de mujer y era para él. Nacida para él.

              ─Y por ser una ávida lectora.

Le encantó compartir esa íntima sonrisa con ella. Le gustaba compartirlo todo. Con la yema del dedo delineó la suave ceja antes de continuar.

              ─Y por eso jamás permitiré que te hagan daño. Nunca. Antes tendrán que matarme, Jules Sullivan.

              Los castaños ojos se oscurecieron al hacerle recordar lo que iban a enfrentar en unas horas. Hubría deseado poder evitarlo pero necesitaba que lo supiera. Por algún motivo ella debía saberlo antes de enfrentarse a esos malditos muros junto a él.

              ─Lo sé.

              Dos palabras que significaban un mundo para él de la mujer que sin darse cuenta, se había convertido en su vida. Lentamente. Sin apenas apreciarlo. Con sus discusiones, sus raras conversaciones y sus pequeñas manías. Con un profundo e inesperado beso.

              Sintió la suavidad de su piel al aferrar su mano. A punto estuvo su boca de pronunciar las dos palabras que jamás creyó dirigir a la mujer que le miraba con tranquilidad. Se mordió el labio inferior y casi lo dijo. En un desierto pasillo que lo había cambiado todo. En un segundo en el que se dejó llevar. Le miró directamente y leyó algo en sus iris. Comprensión y algo más que únicamente había visto reflejarse en aquellos que amaban. En aquellos que querían, sin miedo a hacerlo. Se le formó un nudo en la garganta. La clara voz femenina no le dio tiempo a hablar.

              ─Es hora de bajar.

              Asintió en silencio. Ya tendrían tiempo. Cuando todo hubiera terminado y le tuviera de nuevo, sana y salva entre sus brazos. Entonces se lo diría. Sin prisa. Saboreando las palabras.

              Apretando su mano con dulzura, descendieron los peldaños.

              Juntos.

 

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Amor entre las sombras
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